Pobreza judía en Argentina

En los primeros años de esta década, la economía argentina se desplomó. Y con ella, arrastró buena parte de la comunidad judía hacia la pobreza. Cerca de cinco años después la situación para muchos judíos allí, aún no mejora Reportaje sobre el empobrecimiento de la principal comunidad judía de Latinoamérica.

Pobreza judía en Argentina

Mucho se ha escrito sobre la crisis de Argentina. Y mucho se ha hecho para mejorar la situación de cientos de familias judías de ese país. Pero al mismo tiempo, la situación está lejos de ser ideal. Las cifras son alarmantes y tristes. De una comunidad de cerca de 220 mil personas, con grandes aportes al judaísmo, al país en general, que ha enviado más de 90 mil inmigrantes a Israel, y que se caracterizaba por ser en su mayoría una comunidad de clase media, la situación ha cambiado radicalmente. Si bien hoy en día es difícil precisar la cifra, cerca de 60 mil judíos que viven en Argentina son pobres. Muchas de las antiguas profesiones, negocios e industrias que tenían los judíos allí desaparecieron.
Fabián Triskier, médico psiquiatra, es el Director de Programas Sociales del JDC, el Joint Distribution Committee en Argentina. Hasta el año 1994 trabajó intensamente en la comunidad judía, donde fue Director del departamento de Juventud del club Hebraica y luego entró en el 2002 al Joint. Desde su trabajo Fabián ha ido creando programas para ayudar a la comunidad en problemas de pobreza nunca antes vistos allí.
Uno de los aspectos derivados de la problemática de la comunidad judía argentina, es el aspecto psicológico. Como lo dice Triskier: “Uno de los problemas que tiene que afrontar cada persona necesitada, es antes que todo, aceptar y reconocer que es pobre. Y esa aceptación es un proceso doloroso, y que lleva su tiempo. Al grupo de estas personas que han necesitado ayuda, se le llama “La nueva pobreza”. Este término se refiere a personas que son pobres sus ingresos pero su estatus familiar y de educación es de clase media. Una de las cosas más difíciles es que se reconozcan como pobres”.
“En el 2001 varias instituciones fragmentadas brindaban servicios sociales. Llegaron en ese momento más fondos desde los Estados Unidos y el Joint se alió con Tzedaká, así como muchas instituciones comunitarias, para organizar los servicios sociales”, explica Nora Blaistein, quien es directora de programas sociales de AMIA desde hace tres años.
Muchas sinagogas como la de Bet El, la Sinagoga de Libertad, las 26 Sinagogas de Jabad, la Sinagoga Sucat David, y muchas otras, han creado a su alrededor redes de protección social, dándole de comer a la gente. El Joint, La Fundación Tzedaká, AMIA, Jabad con su programa Ieladeinu, Comunidades del interior del país, así como instituciones sefaradíes, unieron sus esfuerzos y en el momento más alto de la crisis llegaron a asistir, a dar alimento, medicamentos y ayuda básica a casi 37.000 judíos. Hoy en día aunque la cifra ha disminuido, aún persiste la mitad de ese número de judíos que reciben asistencia benéfica de algún tipo.

VIVIR EN LA PENSIÓN

Muchos de estos judíos, hoy les toca verse en la necesidad de recibir ayudas para pasar el día sin hambre. En un comienzo les daban bolsas con alimento, luego se pasó a los tickets y hoy en día, usan un sistema en el cual les entregan a los beneficiarios una tarjeta de débito para comprar en los supermercados Coto. Si bien la cantidad de personas que reciben este tipo de ayuda disminuyó, en la actualidad, aún 18 mil personas siguen necesitando de la misma para comer cada día.
La vivienda, aspecto básico para cada familia, sigue siendo un problema grave dentro de la comunidad. En la actualidad, 33 familias con chicos menores de 18 años viven en pensiones en difíciles condiciones. Sin niños, hay otras 333 familias en pensiones u hoteles precarios, de los cuales 256 son personas solas. Para todas las personas que tienen un problema de vivienda en general, se creó un programa especial donde a los necesitados se les deposita plata en una cuenta y reciben una ayuda mensual. En su momento la cifra de familias que vivían en estas condiciones llegó a dos mil familias y en la actualidad ha rebajado, pero aún 800 familias siguen recibiendo esta ayuda.
Otro aspecto fundamental es la exclusión social. Las familias sin trabajo, ni recursos, tienden a autoexcluirse de la comunidad. No sólo por razones económicas, sino por un sentimiento de “vergüenza” por su situación que los aleja de actividades sociales en general. Se debe luchar mucho en este aspecto, tal como lo asegura Bernardo Kliksberg, del Congreso Judío Latinoamericano, y especialista en el tema de la pobreza judía. “Es imprescindible fortalecer la educación judía base de la existencia comunitaria. Se debe hacer un esfuerzo especial por quebrar la exclusión social, hacer sentir a cada judío que debe superar toda vergüenza y reintegrarlo a la comunidad”.

PARA NO PASAR HAMBRE

También el sistema de educación de la comunidad resultó seriamente afectado por la crisis. Por primera vez, la colectividad judía en la Argentina debió cerrar escuelas, los clubes tradicionales se fusionaron para sobrevivir y se duplicaron las consultas para emigrar a Israel. En los shules (escuelas judías) mil chicos siguen recibiendo hasta estos inicios de 2007, por medio del Joint y AMIA, el subsidio para el comedor escolar. Ellos están becados hasta con un 80% de la cuota mensual. En plena crisis este número llegó a ser el doble y viendo el tipo de alimentos que traían de sus casas, se decidió ayudar para que recibieran por lo menos una comida caliente en la escuela. “Algunos traían un huevo duro, y con eso tenían que estar todo un día de doble escolaridad”. El Joint además desarrolló un proyecto en conjunto con la organización católica llamada Cáritas. Juntos apoyan 30 comedores en todo el país donde se atiende a población no judía y se utilizan fondos que han sido recaudados específicamente para ese fin.
La comunidad judía de allí no puede perder su objetivo central, y es el tratar de lograr sacar de ese círculo de la pobreza a estos judíos o evitar que otros caigan en él. Por eso han desarrollado un proyecto con jóvenes universitarios que son el futuro de la comunidad local. Como dice el director del área social del Joint, “Si tienen que salir a trabajar y no terminan sus estudios, esas personas pueden terminar en la pobreza. Por ese motivo les damos una beca por 10 meses mensuales para fotocopias, transporte, etc. sin la cual estudiar les sería casi imposible. Lo que ellos hacen a cambio, es devolver este beneficio con algún trabajo voluntario en la comunidad. Por ejemplo, hay chicos que están en Baby Help y ayudan a dar de comer a los bebés”. Baby Help es un proyecto de atención integral y complemento de ayuda para familias con menores de tres años. En este programa proveen a los bebés de comida, vacunas, leche, pañales, cuidado diario y actividades especiales para mujeres embarazadas y niños hasta los tres años de edad. El programa fue creado en el 2003 y ayuda hoy en día a 55 mujeres embarazadas y a cerca de 800 chicos judíos menores de tres años que están considerados niños que viven bajo la línea de pobreza.
De otro lado, para la entrega de medicamentos a los necesitados de la comunidad, existe una farmacia central de la comunidad judía en la cual se distribuyen medicamentos gratis y actualmente se están repartiendo un poco más de 11 mil medicamentos mensualmente.

UNA TORÁ EN LA CARCEL

Otro de los programas que tiene AMIA es el de internación geriátrica. Hoy en día tienen 90 personas hospitalizadas en diferentes hospitales y no pueden recibir ninguna persona más. “Hace tres años se cortó el ingreso por problemas económicos”, comenta Nora Blaistein, de la AMIA, quien fue anteriormente directora de programas sociales en la fundación Tzedaká.
También tienen el programa de visita a las cárceles y a los hospitales donde trabajadores sociales y voluntarios van con un rabino del Seminario Rabínico a dar soporte espiritual y económico a los judíos que se encuentran allí. “En las cárceles visitamos a 30 presos y cientos de personas en hospitales. Les llevamos de comer, vamos a charlar, a darles compañía”, explica Nora. Por primera vez en la Argentina se inauguró un templo judío en una cárcel, en la de Devoto.
“Vivienda donada” es otro de los programas de AMIA. Las personas que están solas y no tienen herederos, firman un contrato con un escribano público en el cual ellos ceden esa propiedad a la AMIA una vez que fallezcan y mientras estén con vida, AMIA debe solventarlos en todo. Luego, con esa propiedad AMIA decide dársela a alguna familia que no tenga donde ir a vivir o utiliza ese ingreso, o la alquila para invertir ese dinero en algún proyecto ayuda social. Nora Blaistein comenta cuál es para ella la gran diferencia entre los pobres del 2001 y los de la actualidad. “En el 2001 la persona cayó abruptamente en la pobreza y poco a poco fue saliendo, el tema de hoy en día es que los que quedaron, que siguen recibiendo ayuda no es sólo por la pobreza, sino que sufren una enfermedad crónica, o problemas de violencia familiar. Los que reciben nuestra ayuda son en cierta forma indigentes, a quienes tristemente sus ingresos no les alcanzan para sus alimentos básicos”.

NO ME VOY DE ARGENTINA

En el peor momento de la crisis, muchos judíos emigraron a Israel. Cerca de 10 mil en dos años. Pero la gran mayoría se quedó y decidió no hacer aliá por diferentes motivos: Miedo a la guerra, no querían que sus hijos hicieran el ejército, la familia se quedaba en Argentina, se iban a sentir muy solos lejos, o por el problema del idioma. Esas siguen siendo las razones por las que muchos de los pobres judíos argentinos no emigran a Israel
Y frente a la pregunta de si ellos prefieren quedarse en Argentina recibiendo ayudas, ¿Hasta cuándo pueden seguir recibiéndolas? Por un lado hay muchas personas a las que se les dejó de ayudar porque su situación mejoró realmente y no necesitó más de la misma, pero también hay un número considerable de personas que les dejaron de asistir, porque se descubrió que el beneficiario mintió en los datos o porque no responde a los requerimientos que se le exige. Cada persona debe firmar un acuerdo con dicha institución por la cual debe aceptar tener una evaluación con la asistente social de su zona para analizar su situación en ese tiempo. Se los puede ayudar a buscar un empleo o para mejorar el que ya tienen. Esto lo realiza el Joint conjuntamente con la AMIA. También el Ariel Job Center trabaja en este campo. En caso que se les ofrezca empleos y las personas no acepten por razones injustificadas, se les suspenden los subsidios.
Es una realidad que estas organizaciones hacen un esfuerzo diario por mejorar la situación de los judíos pobres en Argentina, pero todos reconocen al unísono que lo que hacen tiene limitaciones. Ellos saben que no alcanzan a dar todas las soluciones a los graves problemas. Por eso cabe esperar y ser optimistas en el sentido que este episodio de pobreza judía en Argentina pueda pronto finalizar y ser cosa del pasado, y la comunidad y sus miembros, vuelvan a surgir, y luchar para que la pobreza judía no se vuelva una realidad en las otras comunidades de América Latina.

TESTIMONIO:

“Trabajaba como empleada doméstica”
Julieta, una beba de cuatro meses llorando, Jana de dos años, no permite que la madre le cambie los pañales. Mariela de cuatro estornuda y está moqueando y por último Javier de nueve años no para de quejarse. Todo esto sucede en un mismo metro cuadrado. En el medio de este caos está Cintia*, delgada, de 33 años, acostumbrada al vértigo. Los cuatro hijos son de padres diferentes. Pero el único a cargo es el padre de Julieta, la bebita, que a su vez también tiene hijos propios.
Cinco años atrás Cintia comenzó a vender antigüedades en el Mercado de las Pulgas de Buenos Aires con sus cuatro hijos a cargo, hasta que fue ayudada por el Joint, por la asistente social de la institución a donde Cintia llegó gracias al consejo de su padre. Ella estaba viviendo en las afueras de Buenos Aires como empleada doméstica en una casa. Como no podía pagar el gas, ella hacía fuego para poder preparar la comida.
El centro judío le cambió las perspectivas: Ayuda mensual para la comida, dinero para alquilar una habitación en un hotel y becas de estudio para los chicos. Además, los dos hijos menores fueron invitados al programa “Baby Help”.
“Baby Help no es sólo una canasta de ayuda, sino también es el soporte y la certeza que alguien está ahí, del otro lado de la línea telefónica”, dice Cintia. “Encontré un sendero, un mundo social, no me siento perdida y sé que los chicos pueden comer carne gracias a la ayuda del Joint”.
Julieta dejó de llorar, Cintia le dio de comer mientras los estornudos, los pañales sucios y las grandes quejas continuaban, pero la madre parecía tranquila. Su próxima batalla fue dejar el centro de Baby Help y tomar un colectivo repleto con los cuatro chicos y el cochecito para volver a la habitación del hotel sin cocina privada y sin su baño propio el cual se ha convertido en su hogar.

* Para preservar a las personas entrevistadas se utilizaron nombres ficticios en el testimonio

TESTIMONIO:

“Voy a estar enfermo y pobre hasta el día que me muera”
David*, 75 años, vive en Villa Ballester con su esposa, en la provincia de Buenos Aires. A pesar de su edad, no recibe ninguna jubilación del gobierno. Además de eso, su situación económica es complicada ya que tanto él como su esposa sufren de diabetes. David era pintor y carpintero pero debido a su enfermedad no pudo continuar trabajando. Debido a la crisis del 2001, David tuvo que dejar su casa y mudarse a un departamento prestado de su cuñada que vive en Israel. Los hijos de David ayudaron lo que pudieron pero ambos están también pasando por una situación económica precaria. Su hija y su yerno recibieron ayuda del Joint a finales del 2003 quienes luego de varios meses pudieron reestablecerse.
“Nosotros teníamos un negocio, pero nos tocó cerrarlo por las ventas bajas” recuerda David. “Por eso y por nuestras necesidades económicas, fue que solicitamos ayuda al Joint”. El se siente profundamente agradecido por todo lo que recibe aunque a veces piensa que las cosas nunca van a mejorar para ellos. “Yo sé que voy a estar enfermo y pobre hasta el día que me muera”. Cuando él trabajaba nunca pensó que la situación terminaría siendo tan precaria. El año pasado, David y su esposa, ya cansados de vivir en una constante situación de preocupación comenzaron los papeles para hacer aliá a Israel. No dijeron nada a la familia, hicieron todos los papeles pero cuando llegó el momento de avisarles que se iban, los nietos hicieron tanto alboroto, se angustiaron de tal forma, que ellos decidieron quedarse “a vivir en casa” y no ir a Israel, a pesar de la situación económica difícil de allí.

* Para preservar a las personas entrevistadas se utilizaron nombres ficticios en el testimonio

Fuente: http://www.piedralibre.co.il/revista/2007/22/2007_22_pobres_argentina.asp