Borges habla sobre el peronismo

Fernando Sorrentino: ¿Cómo recibió la Revolución del 55?

Jorge Luis Borges: Esa noche yo estaba mal informado. Yo creía que esa noche Rojas iba a bombardear la ciudad. Se nos había aconsejado alejarnos del lugar que iba a ser bombardeado. Yo había recibido aquella tarde un libro sobre literatura islandesa. Pensé: "Posiblemente esta casa sea destruida, pero voy a salvar este libro". La verdad es que hubiera podido salvar tres o cuatro, pero me pareció que, tratándose de un acto simbólico, debía ser un libro. Me hizo gracia la idea de que fuera un libro cuyo valor yo ignoraba, no un viejo libro querido. Entonces, con mi madre, fuimos a casa de mi hermana; no nos alejamos mucho, ya que mi hermana vivía en Juncal, a una cuadra de las Cinco Esquinas. Luego, yo salí a caminar (no sabía lo que había ocurrido, estaba pensando que se demoraba el bombardeo) y de pronto me encontré frente a la casa de una querida amiga mía, escritora, Susana Bombal. Subí, noté algo raro en la cara de la mucama. En eso llegó Susana, me abrazó, me dijo algo que ahora parecería teatral, pero que no lo era en aquel momento (porque lo teatral corresponde a los momentos de emoción). Me dijo algo así como: "¡Mi noble amigo!". Me preguntó si yo había tomado el desayuno; la verdad es que no lo había tomado, pero mentí: le dije que sí lo había tomado. Y entonces fui comprendiendo lo que había pasado: la Revolución había triunfado, y yo no lo sabía. Entonces hablé inmediatamente a casa, hablé también a la casa de Adela y Mariana Grondona (ya sabían la noticia). Y luego recuerdo una mañana confusa y feliz, una mañana de lluvia. Recuerdo haber recorrido la calle Santa Fe, haberme encontrado con la chica de Ortiz Basualdo —hija precisamente de la señora que editaba Los Anales de Buenos Aires, donde yo publiqué aquel primer texto de Cortázar— y, luego de habernos perdido en la muchedumbre, yo la encontré en la calle Libertad y de pronto resultó que habíamos llegado de nuevo a la calle Santa Fe, que yo ya estaba afónico de tanto gritar ¡viva la Patria! (creo que no se gritó un solo ¡muera! en aquel día). Estaba además calado hasta los huesos, porque estaba lloviendo a cántaros: y yo no me había dado cuenta de nada de eso, arrebatado por el entusiasmo de la patria. Y luego recuerdo aquella otra mañana que nos congregó a tantos en la plaza de Mayo. Recuerdo que yo estaba con Cecilia Ingenieros, hija de José Ingenieros, y allí me encontré con mi madre y con mi hermana, y ellas mejor que yo habían conocido la prisión durante la dictadura. Recuerdo esa felicidad, esa felicidad impersonal. Recuerdo que en aquel momento nadie pensó en su propio destino: cada uno pensó que la patria se había salvado. Y ahora aquella aurora está un poco borrada..., podemos decirlo, ¿no? Pero creo que finalmente no seremos indignos de ella.

F.S.: ¿Cómo conciliaría usted la idea de democracia y de elecciones libres con el hecho de que en los comicios suele triunfar el peronismo?

J.L.B.: Ése sería un argumento en contra de la democracia y en contra de las elecciones libres. Tengo la sospecha de que la forma de gobierno es muy poco importante, de que lo importante es el país. Vamos a suponer que hubiera una república en Inglaterra o que hubiera una monarquía en Suiza: no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma. De modo que no creo que una forma de gobierno determinada sea una especie de panacea. Quizá les demos demasiada importancia ahora a las formas de gobierno, y quizá sean más importantes los individuos.

F.S: Lo molestaré con una disyuntiva que para usted ha de ser atroz. Suponiendo que debiera forzosamente optar entre un gobierno peronista y un gobierno comunista, ¿por cuál de los dos se decidiría?

J.L.B.: No es una disyuntiva, porque serían lo mismo. Además, los peronistas son usados por los comunistas. Así que no veo ninguna diferencia entre unos y otros. Salvo que quizá... Sí, claro, en realidad creo que hay una diferencia, y es ésta. Yo puedo imaginarme a un comunista —aunque, desde luego, yo no soy comunista y aborrezco el comunismo—, pero no puedo imaginarme a un peronista. El peronista es una persona que simula ser peronista, pero que no le importa nada, que lo hace para sus fines personales. Posiblemente, un gobierno comunista sería un gobierno sincero. En cambio, un gobierno peronista sería un gobierno de sinvergüenzas. Creo que habría eso en favor del comunismo. Hay gente que es sinceramente comunista. Yo —por lo menos durante la dictadura— no conocí a nadie que se animara a decir "Soy peronista", porque se hubiera dado cuenta de que se ponía en ridículo. Más bien diría: "A mí me conviene el peronismo porque le saco tales ventajas". Por eso me resultó gracioso un cartel que había en Corrientes y Pasteur y que decía más o menos: "El desinteresado peronista doctor Fulano de Tal opina sobre la ley del divorcio desde su clásico bufete de la avenida Corrientes tal número". Y estaba fotografiado él, en su bufete, con sus libros y su tintero. Es gracioso: entre "peronista" y "desinteresado" hay una evidente contradicción. Y, además, está la frase clásico bufete, que parece una frase de Bustos Domecq. ¡Ja, ja, ja! El cartel estaba pegado en la pared y lamenté no poder arrancar uno para guardarlo como una especie de documento, ¿no?

F.S.: ¿Cómo le parece a usted que surgirá en un cerebro la idea de convertirse en dictador?

J.L.B.: La verdad es que parece una idea pueril, ¿no es cierto? Creo que la idea de mandar y ser obedecido corresponde más bien a la mente de un niño que a la mente de un hombre. Yo no creo que los dictadores en general sean personas muy inteligentes. También un fanatismo puede llevarlos a ello. El caso de Cromwell, por ejemplo: yo creo que él era un puritano, era un calvinista y creía que tenía algún derecho. Pero en el caso de otros dictadores más recientes, no creo que hayan sido llevados por el fanatismo. Creo que han sido llevados más bien por un afán histriónico, por un deseo de ser aplaudidos, de ser obedecidos y acaso por el mero afán pueril de la publicidad, que es un afán que yo no comprendo.

F.S.: ¿Qué diferencias ve entre la figura de Rosas y la de Perón?

J.L.B.: Yo creo que deben de haberse parecido bastante. Y aquí puedo hablar con cierta imparcialidad, porque yo soy pariente de Rosas. Creo que Rosas debe de haber representado en su época una calamidad igual a la de Perón. Desde luego, Rosas tuvo que ser más cruel que Perón, porque tuvo que habérselas con gente más dura que los argentinos actuales. Pero creo que Perón, que no vaciló en el uso de la picana eléctrica, no hubiera vacilado tampoco en el uso de los cuchillos mellados de los mazorqueros. Lo que pasa es que a Rosas le tocó una época más brava y eso lo obligó a ser más cruel y, por ende, también más espectacular que Perón. Ya que, aún ahora, pensamos en la época de Perón como en una época triste, y pensamos en la época de Rosas como en una época triste, pero también pintoresca. Es verdad que el país era pintoresco entonces, y actualmente no lo es: actualmente es un país gris, más bien, y entonces no lo era. Era un país que, fuera de algunas ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Montevideo (¿por qué no considerarlo también?), era lo que dijo Sarmiento. Dijo: "La República Argentina y la República Oriental son una estancia". Y lo que no era una estancia era tierra de indios.

F.S. ¿Qué opina de la labor que realizan los revisionistas históricos para rehabilitar la figura de Rosas?

J.L.B. Una prima mía se casó con Ernesto Palacio, que fue, con Irazusta, un iniciador del revisionismo. Desde luego, él admiraba a Mussolini, admiraba al fascismo, quería encontrar aquí una especie de Mussolini vernáculo, que era Rosas. Me propuso a mí que yo formara parte del Instituto Juan Manuel de Rosas. Yo le dije que, a pesar de cierto parentesco lejano que tengo con Rosas, a mí Rosas me parecía una persona abominable. Además, que toda mi familia es unitaria... Además, que ahí está Sarmiento... Y, finalmente, que no entendía por qué se tomaban tanto trabajo para llegar a una conclusión determinada de antemano. Si uno revisa algo, creo que debe revisarlo con probidad. Pero no decir: “Voy a revisar tales hechos para llegar a tal conclusión". Y le dije que, si ellos habían resuelto que los unitarios eran una mentira, no tenían por qué investigar nada, porque ya sabían que iban a llegar a la conclusión de que Rosas era un patriota, de que Rosas era un gran hombre, de que Rosas no era un cobarde como nosotros nos imaginábamos, etcétera, etcétera... Pero que no era necesario investigar nada, si ya sabían de antemano la conclusión. Es muy raro tomarse tanto trabajo en recorrer un camino cuando ya se sabe cuál es la meta. ¿Por qué no llegar directamente a la conclusión, sin necesidad de respaldarla con argumentos?

Libro Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, de Fernando Sorrentino, año 1974


Juan Manuel de Rosas