Por Jorge Muzam


La novela histórica en Chile

Parece casi una paradoja, pero la novela histórica en Chile no ha logrado arraigarse en nuestra conciencia histórica. Quienes leen en este país han sido más bien devotos de la novela histórica de otras latitudes o han preferido sumergirse en la historia pura para acercarse a épocas pretéritas. A la falta de lectores se ha sumado la falta de una crítica sistemática al conjunto del género.

¿Pero qué es lo que pretende el novelista histórico al tomarse tantas molestias? ¿Por qué no le basta con la explicación puramente histórica? ¿Cuál es el afán de remover los añosos adoquines, de imaginar otros olores, otros sueños y otras injusticias? Ciertamente que hay muchísimos aspectos extraordinariamente subjetivos de la vida pasada en los que el historiador común no se entromete demasiado, porque no le ayudan en su incansable búsqueda de la explicación de los procesos. Es allí donde viaja el novelista, a escarbar lo que nadie más escarba y a traerlo de vuelta, resucitando miles de Lázaros para que tengan una segunda oportunidad de ser comprendidos o denostados, perdonados o condenados, amados u odiados.

Hablar de novela histórica hoy me parece hasta inapropiado. La delimitación de géneros fue una perversidad inútil que predominó durante más de dos siglos, pero que ya ha quedado atrás, arrasada por el revisionismo conceptual y la nueva epistemología. Hoy más bien hablamos de obras contaminadas, que pretenden decir algo.

No creo usual que un escritor escriba una novela sobre su contemporaneidad con un ánimo estrictamente histórico. Pocas “Zeitroman” nacidas desde la conciencia del autor han visto la luz en el último siglo. No obstante, cada autor, independientemente de lo que escriba, contribuye con su pequeña pieza de rompecabezas a ensamblar el gran prodigio del entendimiento. Pero, conservando nuestro aprecio por las novelas que se autodefinen como históricas, podemos ir también a un buen archivo y traer parte del pasado-presente al presente-presente. Es aquí donde debemos faltarle el respeto severamente a las clasificaciones genéricas y hacia quienes las defienden como artilugios autónomos. La poesía épica, la crónica subjetiva, los laudatorios religiosos, las relaciones históricas, los epistolarios, los códigos legales, los juicios, los testamentos, la poesía moderna o la novela común debemos hacerlas confluir en el género mayor del contexto originador.

Chile, tan alejado del resto del mundo, ha atraído desde su descubrimiento a los más arriesgados aventureros y grafómanos. Desde las Cartas de Pedro de Valdivia al emperador Carlos V, que la actividad no se ha detenido. La temática de estos escribanos del tiempo no variará en lo posterior sino en leves matices: siempre habrá una exaltación del territorio y del esfuerzo humano para ganarle a la naturaleza y la adversidad. La Histórica Relación del Reino de Chile, del jesuita Alonso de Ovalle, y la Historia General del Reino de Chile, de Diego de Rosales, serán los primeros grandes panegíricos basados en la observación directa que retratarán el nacimiento de una nación. Posteriormente, la poesía épica, a través de La Araucana, Arauco Domado, El Purén Indómito y El Cautiverio Felíz, dejarán delineadas las características muy peculiares de este rincón del mundo. El golpe más rotundo en la afirmación erudita de Chile y América, y que no tendrá precedentes ni prosecutores a su altura, lo dará José Toribio Medina con su monumental Historia Jeneral de Chile.

Si proseguimos en nuestro intento por acercarnos al pasado-presente, encontraremos ejemplos valiosos como la novela Don Guillermo, de José Victorino Lastarria, los loores de personajes de Benjamín Vicuña Mackenna o los copiosos novelones de Alberto Blest Gana, como Martín Rivas o El Ideal de un Calavera. Si bien allí nos encontraremos necesariamente con multitud de descripciones plasmadas desde la contemporaneidad del autor, nos percataremos además de que hoy siguen funcionando como delicados cuadros de época, contribuyentes ineludibles en la búsqueda de la gran comprensión histórica. Si persistimos en este apropiado reduccionismo, podríamos llegar a afirmar que todas las novelas son al mismo tiempo históricas. Leo a Dickens, a Vïctor Hugo o a Thackeray de la misma forma que leo American Sicko, de Easton Ellis. Las obras siempre son una respuesta al presente, pues quienes van al pasado, al futuro o a la metafísica lo hacen para intentar apaciguar sus inquietudes actuales. Otro problema diferente, y que nos emparenta con la filosofía y la física, es que el presente nunca es presente, sino evocación. Todo lo apreciamos o sufrimos en pasado.

Pero volvamos a este ejercicio arriesgado. Avancemos hasta Casa Grande, de Luis Orrego Luco, Recuerdos del Pasado, de Vicente Pérez Rosales, y En el Viejo Almendral, de Joaquín Edwards Bello. Quién no podría estar de acuerdo con que aquellas tres notables obras constituyen una especie de alma o diccionario de la difícilmente aprehensible identidad chilena.

Lo que viene después es suficientemente conocido, salvo en lo que concierne a las obras que intencionadamente se han adscrito al registro clásico de la novela histórica. Encontramos así auténticas joyas literarias como La Monja Alférez, del escritor nazi Carlos Keller; Supay el Cristiano, de Carlos Droguett; La Ley del Gallinero, de Jorge Guzmán; La Ciudad de los Césares, de Manuel Rojas; Cosa Mentale, de Antonio Gil; El Príncipe Rojo, de Manuel Balbontín; El Sueño de la Historia, de Jorge Edwards; La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende; Santa María de las Flores Negras, de Hernán Rivera Letelier, y una verdadera cumbre literaria como lo es Ranquil, de Reinaldo Lomboy.

Quizás no sea la mejor escrita, pero El príncipe rojo, de Manuel Balbontín es quizás una de las más emotivas. Nárranse allí partes de la vida del contraalmirante Patricio Lynch, personaje de nuestra historia de controvertido legado. Balbontín teje un retrato amable del marino. Con un tono pausado y evocativo sigue sus pasos en su niñez y juventud, previos a su desempeño crucial durante la Guerra del Pacífico y la ocupación del Perú. En uno de los pasajes, se narra un singular encuentro en China durante la primera Guerra del Opio. Patricio Lynch, entonces un joven cadete al servicio de las fuerzas británicas, se ve obligado a participar en una escaramuza contra un batallón de fuerzas chinas. Arremeten las balas, los cañonazos y los gritos inentendibles. De pronto, del lado de la trinchera enemiga se encucha un “¡tomen ingleses conchesumadre!”. Lynch comprende al instante que al otro lado sólo puede haber un chileno, y le lanza epítetos parecidos. Terminada la escaramuza ambos chilenos se reúnen y repasan las extrañas circunstancias que han llevado a ambos combatientes a pelear en esa guerra tan lejana.

Hace unos días tuve el privilegio de acceder a la lectura de “Cíclope”, del escritor chileno Claudio Rodríguez, novela histórica de pronta aparición en el mercado editorial. Se narra allí la odisea política y existencial del periodista Luis Mesa Bell, enmarcada en el período que antecedió y prosiguió a la implantación de la República Socialista en Chile en 1932. Mesa Bell, un hombre recto, obcecado y temerario, arremete con su furiosa pluma contra ciertos intocables de ese entonces, para culminar prontamente masacrado a orillas del Mapocho.

Rodríguez, con artesanal pulcritud, distribuye los puntos de vista de los personajes en capítulos autónomos. No hay un narrador sino varios narradores, no hay un solo estilo sino que los estilos van en directa relación con la forma de apreciar el mundo de cada personaje. Es, en definitiva, una obra coral, donde distintas voces describen, denuncian, se exculpan, exoneran a otros u omiten su participación en los hechos que desencadenaron el trágico final. El narrador central es Julio Müller, un abogado medianamente conservador y aficionado a la escritura, que intenta ensamblar las piezas de un enorme rompecabezas policial. Hay elementos de la mejor tradición de la novela negra y la novela existencialista: personajes bien delineados que encubren sus propias espaldas con dobles y triples discursos, hay motivaciones oscuras y ambientes sombríos; voluntariosos líderes nazis se relacionan con policías corruptos, políticos inescrupulosos, feroces inmigrantes, actrices prostitutas, idealistas varios y de fondo, el incesante tecleo en las oficinas de la revista Wikén, donde conviven los creativos egos de Jorge Délano, Pedro Sienna, Carlos Cariola, Roque Blaya, Julio Müller y el mismísimo Luis Mesa Bell, despotricando contra las injusticias del mundo y poniendo en serios aprietos a sus compañeros de labor.

De esta forma, quienes apreciamos tanto el aroma añoso de las bibliotecas antiguas como el del papel recién editado, no podemos sino estar expectantes ante esta nueva obra que se acerca a nuestras manos, tal como la novela sobre la batalla de Placilla que prepara desde hace algún tiempo el escritor Marcelo Mellado.


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Jorge Muzam
Escritor chileno. Licenciado en Historia en la Universidad de Chile. Nació en San Fabián de Alico en 1972. Ha publicado artículos, crónicas, ensayos y relatos en diversas revistas y periódicos americanos y europeos. Es autor de las novelas El Espermio Errante y El odio, y de tres libros de relatos: La vida continúa, Nadie te debe nada y El insomnio de la carne. Hoy prepara una nueva novela titulada Es tarde para oler manzanillas, y una recopilación de textos filosóficos titulada Mi yo inútil. Todas sus obras han sido publicadas por Sara Bell Editores. Es, además, columnista en The Huffington Post, y un controvertido bloguero político, cuya voz independiente se ha expandido a todo el mundo hispano, incluyendo a los Estados Unidos. Se le ha descrito como un autor de pluma corrosiva, provocadora y amarga.