Si el biólogo alemán Andreas Hejnol hubiese leído a Quevedo, tal vez habría alabado la importancia del ano con las palabras que el escritor dedicó a esta región anatómica en sus Gracias y desgracias del ojo del culo: “...que es más necesario el ojo del culo solo que los de la cara; por cuanto uno sin ojos en ella puede vivir, pero sin ojo del culo ni pasar ni vivir”. Pero en aras de la asepsia científica, Hejnol se limita a subrayar las excelencias fisiológicas que proporciona el ano explicando que “un tubo digestivo largo hace que sea ineficiente procesar el alimento y los residuos a través de un único orificio”.

Boca y ano: primos hermanos

El ano es una de las grandes innovaciones evolutivas de los organismos. Pero su aparición en el curso de la historia natural no es obvia. Cuando los animales salvaron el escalón desde la simetría radial –como en las estrellas de mar o los erizos– a la bilateral –desde los gusanos al Homo sapiens–, aún poseían un tubo digestivo con una sola abertura encargada de las dos funciones, comer y evacuar. Según la biología, no es tan simple como perforar un nuevo agujero en el extremo opuesto a la boca; los genes no saben usar un punzón.

En su laboratorio de la Universidad de Hawai (EEUU), Hejnol se dedica a una disciplina conocida con el rimbombante nombre de evo-devo, o biología evolutiva del desarrollo, consistente en comparar la formación de los organismos desde el embrión al adulto para inferir los parentescos evolutivos entre las especies. Para ello, Hejnol investiga un pequeño gusano marino llamado Convolutriloba longifissura. Considerado uno de los animales más primitivos con simetría bilateral, estudiarlo es como regresar a un momento ancestral de la evolución, cuando una simple lombriz de tierra, orgullosamente dotada de ano, todavía era un lejano sueño futurista: el gusano de Hejnol aún se conforma con un solo y triste orificio.

Boca y ano, primos hermanos

La teoría al uso asume que el origen del ano está en su alter ego, la boca, que se escindió para fabricar una segunda abertura. Una vez formada, ésta pudo migrar al extremo opuesto del cuerpo o, de nuevo citando a Quevedo, “donde no da el sol”.

Pero Hejnol no está de acuerdo. Al estudiar la actividad de los genes en la boca de su gusano y en la parte del tubo que hace fondo de saco, descubrió que en la segunda se encienden genes propios del ano de otros gusanos que sí lo tienen. Si la teoría clásica está en lo cierto, en C. longifissura estos genes deberían aparecer en la boca, el presunto origen del ano, y no en el fondo de saco.

Prosiguiendo con su investigación, el científico descubrió que cierto gen expresado en el ano de otros gusanos, en C. longifissura aparece en el conducto reproductor. En su estudio, publicado en Nature, Hejnol ofrece su interpretación: este segundo tubo, al fusionarse con el digestivo, pudo abrir la puerta de salida y dejar allí su firma genética, que perdura en especies más modernas. Una pista interesante es que en muchos animales, como anfibios, reptiles y aves, el mismo orificio hace doblete para evacuar y reproducirse.

Según publica Nature, a uno de los teóricos clásicos, Detlev Arendt, del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (Alemania), el argumento no le convence. Objeta que C. longifissura es una especie de evolución rápida, por lo que el proceso pudo ser el contrario al que propone su colega: un ano que se emancipó para entregarse a la reproducción. Y tal vez Arendt ha leído a Quevedo, porque concluye con una frase que parece todo un homenaje: “El asunto permanece abierto”.


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