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Jean paul Sartre, megapost

Jean paul Sartre, megapost

Jean Paul Sartre

Filósofofrancés, dramaturgo, novelista y periodista político, es uno de losprincipales representantes del existencialismo. Sartre nació en Parísel 21 de junio de 1905; estudió en la École Normale Supérieure de esaciudad, en la Universidad de Friburgo, Suiza y en el Instituto Francésde Berlín. Enseñó filosofía en varios liceos desde 1929 hasta elcomienzo de la II Guerra Mundial, momento en que se incorporó alejército. Desde 1940 hasta 1941 fue prisionero de los alemanes; despuésde su puesta en libertad, dio clases en Neuilly (Francia) y más tardeen París, y participó en la Resistencia francesa. Las autoridadesalemanas, desconocedoras de sus actividades secretas, permitieron larepresentación de su obra de teatro antiautoritaria Las moscas (1943) y la publicación de su trabajo filosófico más célebre El ser y la nada(1943).Sartre dejó la enseñanza en 1945 y fundó, con Simone de Beauvoir entreotros, la revista política y literaria Les temps modernes, de la quefue editor jefe. Se le consideró un socialista independiente activodespués de 1947, crítico tanto con la Unión de Repúblicas SocialistasSoviéticas (URSS) como con los Estados Unidos en los años de la guerrafría. En la mayoría de sus escritos de la década de 1950 estánpresentes cuestiones políticas incluidas sus denuncias sobre la actitudrepresora y violenta del ejército francés en Argelia. Rechazó el PremioNobel de Literatura de 1964 y explicó que si lo aceptaba comprometeríasu integridad como escritor.Las obras filosóficas de Sartre conjugan la fenomenología del filósofoalemán Edmund Husserl, la metafísica de los filósofos alemanes GeorgWilhelm Friedrich Hegel y Martin Heidegger, y la teoría social de KarlMarx en una visión única llamada existencialismo. Este enfoque, querelaciona la teoría filosófica con la vida, la literatura, lapsicología y la acción política suscitó un amplio interés popular quehizo del existencialismo un movimiento mundial.

En su primera obra filosófica, El ser y la nada (1943)Sartre concebía a los humanos como seres que crean su propio mundo alrebelarse contra la autoridad y aceptar la responsabilidad personal desus acciones, sin el respaldo ni el auxilio de la sociedad, la moraltradicional o la fe religiosa. Al distinguir entre la existencia humanay el mundo no humano, mantenía que la existencia de los hombres secaracteriza por la nada, es decir, por la capacidad para negar yrebelarse. Su teoría del psicoanálisis existencial afirmaba laineludible responsabilidad de todos los individuos al adoptar suspropias decisiones y hacía del reconocimiento de una absoluta libertadde elección la condición necesaria de la auténtica existencia humana.Las obras de teatro y novelas de Sartre expresan su creencia de que lalibertad y la aceptación de la responsabilidad personal son los valoresprincipales de la vida y que los individuos deben confiar en suspoderes creativos más que en la autoridad social o religiosa.
En su última obra filosófica Crítica de la razón dialéctica (1960),Sartre trasladó el énfasis puesto en la libertad existencialista y lasubjetividad por el determinismo social marxista. Sartre afirma que lainfluencia de la sociedad moderna sobre el individuo es tan grande queproduce la serialización, lo que él interpreta como pérdida deidentidad y que es equiparable a la enajenación marxista. El poderindividual y la libertad sólo pueden recobrarse a través de la acciónrevolucionaria colectiva. A pesar de su llamamiento a la actividadpolítica desde ópticas marxistas, Sartre no se afilió al PartidoComunista Francés, y así conservó la libertad para criticarabiertamente las intervenciones militares soviéticas en Hungría (1956)y en Checoslovaquia (1968). Otros textos de Sartre son las novelas La Náusea (1938) y la serie narrativa inacabada Los caminos de la libertad, que comprenden La edad de la razón (1945), El aplazamiento (1945) y La muerte en el alma (1949); una biografía del controvertido escritor francés Jean Genet, San Genet, comediante y mártir (1952); las obras teatrales A puerta cerrada (1944), La puta respetuosa (1946) y Los secuestradores de Altona (1959); su autobiografía, Las palabras (1964) y una biografía del autor francés Gustave Flaubert El idiota de la familia (3 volúmenes, 1971-1972) entre otros muchos títulos.Murió en París el 5 de abril de 1980.

Frases:

Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace.

Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.

El hombre nace libre, responsable y sin excusas.

Desconfío de la incomunicabilidad; es la fuente de toda violencia.

No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro.

Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es.

Soñar en teoría, es vivir un poco, pero vivir soñando es no existir.

Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo.

Los cobardes son los que se cobijan bajo las normas.

La conciencia sólo puede existir de una manera, y es teniendo conciencia de que existe.

Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren.

Lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra.

Basta con que un hombre odie a otro para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera.

El mundo podría existir muy bien sin la literatura, e incluso mejor sin el hombre.

Paul

Jean-Paul Sartre (1905-1980) quiere asumir hasta el final la muerte de Dios anunciada por Nietzsche. Dios no existe, pero sin embargo no todo está permitido. Vivimos en la contingencia absoluta, la gratuidad irremediable del existir. Pero este desamparo metafísico abre también la puerta a una nueva dimensión del vivir humano que de otro modo quedaría oculto: nuestra libertad. Paradójica condena esta de tener en cada momento que elegir y disponer, desde la soledad individual, de todos nuestros recursos para actuar, incluidos también nuestros proyectos de vida fundamentales. En este gesto creador tenemos como límites únicamente los que se refieren a su propia posibilidad; Sartre creerá que no es poco, pues con ello cabe planificar una vida moral y política. Moral y política en tanto que establece el esquema de una vida auténtica, vida propia e individual que, desde la responsabilidad que sobreviene al saber que el proyecto vital elegido compromete también a la comunidad, debe igualmente favorecer formas de organización social fundamentadas en la libertad. El sujeto sartreano no es el como el cogito de Descartes: ciertamente el cogito de Descartes es imprescindible para el logro del conocimiento, pero olvida que es en la mirada del otro, que me puede acoger desde la hostilidad o desde la aceptación, como podemos reconocernos y aprehendernos. Estos son los temas fundamentales de Jean-Paul Sartre, uno de los representantes más importantes del pensamiento existencialista (y, según él mismo lo definió, humanista) europeo.

La angustia: es el sentimiento más importante, hasta el punto de que Sartre llega a declarar que el hombre es angustia. Distingue la angustia del mero miedo: el miedo aparece ante un peligro concreto y se relaciona con el daño o supuesto daño que la realidad nos puede infligir; la angustia no es por ningún motivo concreto, ni de ningún objeto externo, es miedo de uno mismo, de nuestras decisiones, de las consecuencias de nuestras decisiones. Es la emoción o sentimiento que sobreviene con la conciencia de la libertad: al darnos cuenta de nuestra libertad nos damos cuenta de que lo que somos y lo que vamos a ser depende de nosotros mismos, de que somos responsables de nosotros mismos y no tenemos excusas; la angustia aparece al sentir­nos responsables radicales de nuestra propia existencia. Es muy importante también recordar que para Sartre esta conciencia de la responsabilidad<!--[if supportFields]> [/FONT][/SIZE] <![endif]--> se incrementa al darnos cuenta de que nuestra elección no se refiere solo a la esfera puramente individual: todo lo que hacemos tiene una dimensión social; cuando elegimos un proyecto vital estamos eligiendo un modelo de humanidad, no se puede elegir una forma de vida y creer que ésta vale sólo y exclusivamente para nosotros, no se puede desatender a la pregunta ¿y si todo el mundo hiciera lo mismo? Al elegir, afirma Sartre, nos convertimos en legisladores, por ello siempre nos deberíamos decir: “dado que con mi acción supongo que todo hombre debe actuar así, ¿tengo derecho a que todo hombre actúe así?”. Sartre nos recuerda que el sentimiento de angustia lo conocen todas las personas que tienen responsabilidades, y cita el caso del jefe militar que decide enviar a sus hombres al combate, sabiendo que tal vez los envía a la muerte; él es responsable del ataque, elige esta acción y la decide en soledad.
Podría parecer que la angustia, como miedo ante la elección de una posibilidad, lleva al quietismo o la inacción, pero, señala Sartre, esto no es así, al contrario: la angustia es expresión o condición de la acción misma pues si no tuviésemos que elegir no nos sentiríamos responsables ni tendríamos angustia. La angustia acompaña siempre al hombre, no sólo en los casos de decisiones extremas; sin embargo, cuando examinamos nuestra conciencia observamos que muy pocas veces sentimos angustia. Sartre explica esta circunstancia indicando que en estos casos lo que hacemos es huir de ella adoptando conductas de mala fe, no creyéndonos responsables de nuestras acciones.
El desamparo: este sentimiento es una consecuencia de la conciencia de la radical soledad en la que nos encontramos cuando decidimos: el elegir es inevitable, personal e intransferible. No podemos dejar de elegir (incluso cuando optamos por no elegir, elegimos no elegir, elegimos dejarnos llevar por la circunstancia, la pasión o la legalidad); somos nosotros los que elegimos: no vale excusarse indicando que estamos cumpliendo una orden de un superior o un mandato del Estado, siempre podríamos no hacerlo; sólo si no aceptamos nuestra libertad, sólo si nos consideramos como un eslabón más en la cadena causal de las cosas podemos creer que la elección viene de fuera, pero esto es una trampa, es una conducta de mala fe. No cabe refugiarse en la excusa de la fuerza de una pasión, o de la presión de una circunstancia o de la autoridad: somos libres, estamos condenados a ser libres, a elegir, y lo que hacemos depende de nosotros y sólo de nosotros. Nuestra decisión es intransferible y se hace en soledad también en otro sentido: los valores que dirigen nuestra elección los elegimos nosotros, o mejor, los inventamos: no existe una tabla de valores absoluta en la que podamos consultar lo correcto o incorrecto de nuestra decisión, en la que podamos apoyar nuestro juicio moral. Dios no existe, y por no existir Dios no existen valores morales absolutos, independientes de nuestra subjetividad, a priori: “en ningún sitio está escrito lo que debemos hacer; estamos en el plano de lo humano”; Sartre recuerda la frase de Dostoievsky “si Dios no existiera, todo estaría permitido” y declara que éste es el punto de partida del existencialismo. Todo está permitido si Dios no existe, y no hay excusas de ningún tipo para nuestras acciones. Ninguna moral puede presentar con detalle la conducta que debemos realizar, solo nos cabe inventarnos nuestra moral “el hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre”.
La desesperación: debemos comprometernos con un proyecto, debemos elegir nuestro ser, y esta elección no debe descansar en la esperanza de su realización inevitable pues sólo podemos contar con lo que depende de nuestra voluntad: el mundo no se acomoda necesariamente a nuestra voluntad, siempre hay factores imprevistos, siempre es posible que se trueque nuestra intención en algo totalmente distinto a lo previsto.


Libertad
Para Sartre, la categoría antropológica fundamental, el rasgo más típicamente humano.
En “El existencialismo es un humanismo” nos dice Sartre que la idea del hombre como un ser libre es una consecuencia inevitable del ateísmo Compara la concepción creacionista, la concepción según la cual Dios ha creado al mundo y al hombre, con la visión técnica del mundo. En el caso de los objetos artificiales la esencia precede a la existencia; la esencia es el conjunto de rasgos que invariablemente deben estar presentes en un objeto para que este objeto sea lo que es. Cuando queremos fabricar un objeto primero nos hacemos una idea de él, nos formamos un concepto en el que se incluyen las cualidades que le van a definir y su utilidad, su finalidad; el concepto expresa en el nivel del pensamiento la esencia del objeto que vamos a fabricar. Así actuamos, por ejemplo, en el caso de un libro o un cortapapel: el artesano se ha inspirado en el concepto de libro o de cortapapel; intenta que en todo aquello a lo que llamamos libro o cortapapel estén presentes los rasgos que piensa mediante el concepto o idea correspondiente. En este sentido se puede decir que la esencia es anterior a la existencia, puesto que primero es el concepto del objeto y luego su existencia concreta; la existencia concreta se intenta acomodar a la esencia que se expresa en la definición del objeto. Según Sartre, los que conciben a Dios como creador lo identifican con un artesano superior, el artesano del mundo: cuando Dios crea las cosas del mundo las crea a partir de la idea que se ha hecho de ellas, del mismo modo que el artesano crea un libro a partir de la idea que de él se ha formado, y por ello el hombre individual es una realización del concepto de hombre que Dios tiene en su mente. En la Edad Moderna la noción de Dios entra en crisis, pero no ocurre lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia; y, en el caso concreto del hombre, se sigue pensando que existe la naturaleza humana, y a cada hombre como un ejemplo del concepto hombre, exactamente igual que cada libro concreto es un ejemplo del concepto libro. El existencialismo, añade Sartre, es un ateísmo coherente, pues afirma que “si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre... ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después y será tal como se haya hecho. Así pues no hay naturaleza, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere y como se concibe después de la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo.”Con estas tesis Sartre declara la peculiar posición del hombre respectodel resto de seres: empieza existiendo, no teniendo un ser propio,empieza siendo una nada, y se construye a sí mismo a partir de susproyectos; el hombre es lo que ha proyectado ser. De este modo, Sartrerelaciona la libertad con la falta de naturaleza: tener una naturalezao esencia implica que el ámbito de conductas posibles están yadeterminadas; que algo tenga una naturaleza quiere decir que el tipo deconductas posibles que le pueden acaecer está restringida o limitadapor su propio ser; pero el hombre no tiene naturaleza, no tiene una esencia, por lo que es libre y es lo que él mismo ha decidido ser.
La reivindicación sartriana de la libertad es tan radical que le lleva a negar cualquier género de determinismo. No cree en el determinismo teológico, ni biológico ni social: ni Dios nos ha dado un destino irremediable, ni la Naturaleza ni la sociedad determinan absolutamente nuestras posibilidades, nuestra conducta. Somos lo que hemos querido ser y siempre podremos dejar de ser lo que somos. Los fines que perseguimos no nos vienen dados ni del exterior ni del interior, de una supuesta naturaleza, es nuestra libertad la que los elige. Como dice en “El existencialismo es un humanismo”, no se nace héroe o cobarde, al héroe siempre le es posible dejar de serlo, como al cobarde superar su condición. Estamos condenados a ser libres: condenados porque no nos hemos dado a nosotros mismos la libertad, no nos hemos creado, no somos libres de dejar de ser libres. Aunque todo hombre está en una situación, nunca ella le determina, antes bien, la libertad se presenta como el modo de enfrentarse a la situación (al entorno, el prójimo, el pasado). Ni siquiera los valores, la ética, se presentan como un límite de la libertad, pues en realidad, dice Sartre, los valores no existen antes de que nosotros los queramos, no existen los valores como realidades independientes de nuestra voluntad, los valores morales los crea nuestra determinación de hacer real tal o cual estado de cosas. Al escoger unos valores en vez de otros, la voluntad les da realidad. La libertad se refiere a los actos y voliciones particulares, pero más aún a la elección del perfil básico de mí mismo, del proyecto fundamental de mi existencia, proyecto que se realiza con las voliciones particulares.
Esta idea sartriana tiene dos importantes consecuencias:

*


  • hace al hombre radicalmente responsable: no tenemos excusas, lo que somos es una consecuencia de nuestra propia libertad de elección; somos responsables de nosotros mismos, pero también del resto de la humanidad; lo que trae consigo el sentimiento de angustia y, en los casos de huida de la responsabilidad, la conducta de mala fe;


  • hace del existencialismo una filosofía de la acción: de forma un tanto paradójica el existencialismo se presenta como una filosofía optimista; paradójica puesto que parecería que al declarar el carácter absurdo de la vida, el ser el hombre “una pasión inútil”, podría fomentar la pasividad, la quietud, pero dado que el hombre es lo que él mismo se ha hecho, dado que se declara que cada hombre es la suma de sus actos y nada más, nos incita a la acción, a ser más de lo que somos: no existe ningún ser que nos haya creado y que dirija nuestra conducta de uno u otro modo.



    Náusea
    Es la experiencia filosófica fundamental. Sensación que nos produce la realidad al comprender su gratuidad, su contingencia absoluta.
    La describe en la novela “La náusea” (1938): “Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Sólo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia: la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo, se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar... eso es la Náusea” (“La Náusea”).
    La náusea aparece al sentir el carácter absurdo de la existencia, al captar la realidad como algo superfluo, contingente; los existentes (nosotros incluidos) venimos de la nada, existimos sin justificación alguna y terminaremos en la nada. Hemos sido arrojados a la existencia, y del mismo modo seremos arrojados a la muerte. “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad.”




    Contingencia
    Rasgo común a todas las cosas (incluido el hombre). Es “el estar de más”, el existir de modo gratuito, sin que exista justificación o necesidad alguna para ello.
    La noción de contingencia no es exclusiva del pensamiento existencialista. La encontramos, por ejemplo, en Santo Tomás<!--[if supportFields]><![endif]-->. La filosofía tomista da mucha importancia a esta noción, indicando que todas las cosas finitas son contingentes pues constan de la composición metafísica esencia/existencia. Con esta afirmación, Tomás de Aquino quiere señalar el radical carácter indigente de las cosas finitas, el necesitar inevitable­mente de otras cosas para existir y para ser lo que son. Santo Tomás cree que es precisamente esta falta de fundamento en su ser lo que exige que exista un ser necesario, al que llama Dios. También el empirismo había señalado la contingencia, la pura facticidad, como uno de los rasgos básicos de la realidad. Sartre continúa la línea empirista pero destacando las consecuencias existenciales de este hecho, la fragilidad de la existencia, la existencia como algo gratuito, tesis que resume de un modo literario señalando que las cosas “están de más” ( y nosotros también). La gran diferencia entre el pensamiento tomista y el de Sartre está en que Tomás de Aquino considera que hay algo exterior al propio mundo que le sirve a éste de fundamento y que hace inteligible la totalidad de las cosas, les da un sentido. Sartre, sin embargo, rechaza la noción de Dios (a la que incluso llega a considerar absurda), se declara ateo, con lo que radicaliza al máximo la comprensión del carácter gratuito de la existen­cia. El mundo no lo ha creado ningún ser trascendente, existe pero podría perfectamente dejar de existir, y esto se traslada a las cosas concretas: éstas no existen como consecuencia de un supuesto plan o proyecto de la naturaleza o de Dios, tienen existencia bruta, son así pero perfectamente podrían ser de otro modo o no existir. Lo mismo ocurre con el hombre: estamos “arrojados a la existencia”, nuestra presencia en el mundo no responde a intención ni necesidad alguna, carece de sentido, la vida es absurda, el nacimiento es absurdo, la muerte es absurda.
    Los siguientes textos de “La náusea” resumen perfectamente la conciencia sartriana de la contingencia, de la gratuidad de la existencia: “Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos; no teníamos la menor razón de estar allí, ni unos ni otros; cada uno de los existentes, confuso, vagamente inquieto, se sentía de más con respecto a los otros. De más: fue la única relación que pude establecer entre los árboles, las verjas, los guijarros....Y yo –flojo, lánguido, obsceno, dirigiendo, removiendo melancólicos pensamientos–, también yo estaba de más. Afortunadamente no lo sentía, más bien lo comprendía, pero estaba incómodo porque me daba miedo sentirlo (todavía tengo miedo, miedo de que me atrape por la nuca y me levante como una ola). Soñaba vagamente en suprimirme, para destruir por lo menos una de esas existencias superfluas. Pero mi misma muerte habría estado de más. De más mi cadáver, mi sangre en esos guijarros, entre esas plantas, en el fondo de ese jardín sonriente. Y la carne carcomida hubiera estado de más en la tierra que la recibiese; y mis huesos, al fin limpios, descortezados, aseados y netos como dientes, todavía hubieran estado de más; yo estaba de más para toda la eternidad.” “Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo.”
    Posiblemente esta concepción de la gratuidad absoluta de la realidad, de la ausencia de sentido, proyecto o necesidad en el mundo, es el elemento más característico del existencialismo sartreano. De ahí que la experiencia filosófica más importante sea la de la comprensión, no sólo intelectual sino también vital, del absurdo de la existencia. Sartre llama “náusea” a esta experiencia originaria del ser, y la desarrolla en diversos escritos, pero particularmente en su novela homónima.




    Condición Humana
    Marco o estructura fija en la que se desenvuelve la vida humana.
    Sartre considera que no existe la o naturaleza humana. Esto quiere decir que en nosotros no encontramos unos rasgos fijos que determinen el ámbito de posi­bles comportamientos o el de posibles características que podamos tener. Para muchos autores esta afirmación es exagerada: por poner dos ejemplos muy distintos, desde las teorías religiosas se defiende que el hombre, todo hombre, tiene un alma y que ésta es precisamente su naturaleza; desde las teorías naturalistas como la de la biología se indica que nuestra constitución genética y biológica se realiza en lo fundamental del mismo modo en todos los hombres de todos los lugares y de todas las épocas. Sartre rechaza la existencia de una naturaleza espiritual o física que pueda determinar nuestro ser, nuestro destino, nuestra conducta. Para él el hombre en su origen es algo indeterminado, y sólo nuestras elecciones y acciones forman el perfil de nuestra personalidad. Pero con estas afirmaciones Sartre se enfrenta a un problema: si no existe una naturaleza común a todos los hombres, ¿por qué llamamos hombres a todos los hombres?, ¿en qué nos fijamos para reconocer en el otro a un semejante? Seguramente preocupado por estas dificultades en “El existencialismo es un humanismo” introduce el concepto de “condición humana” (que para algunos intérpretes viene a ser un remedo de la noción de esencia o naturaleza): la condición humana, nos dice, es “el conjunto de los límites a priori que bosquejan su situación fundamental en el universo”. Estos límites son comunes a todos los hombres; es el marco general en el que invariablemente se desenvuelve la vida humana. Resume este marco básico de la vida humana en los puntos siguientes:
    1. estar arrojado en el mundo;
    2. tener que trabajar;
    3. vivir en medio de los demás;
    4. ser mortal
    Todo individuo, toda sociedad, se ha tenido que enfrentar a estos hechos inevitables y ha resuelto de distintos modos los problemas vitales a los que conducen. Con estos cuatro puntos Sartre se refiere a la inevitable sociabilidad humana, a la inevitable libertad en la que vive el hombre y a la inevitable indigencia material de nuestra existencia, indigencia que obliga al trabajo y a las distintas formas de organización social que sobre el trabajo se levantan. La existencia de la “condición humana” es lo que puede hacernos comprensibles los distintos momentos históricos y las vidas particulares; aunque los proyectos humanos sean distintos no nos son extraños porque todos son formas de enfrentarse a estos límites. En este sentido todo proyecto, por muy individual que parezca, tiene un valor universal: “hay universalidad en todo proyecto en el sentido de que todo proyecto es comprensible para todo hombre”.

    La infancia de un jefe (fragmento)

    " Lucien no pudo decidirse a tomar lainiciativa de volver a casa de Bergère. Durante las semanas quesiguieron, creyó a cada paso que iba a toparse con él, y cuandotrabajaba en su habitación se sobresaltaba cada vez que sonaba eltimbre de la puerta. Por las noches, tenía espantosas pesadillas. Porejemplo, Bergère le poseía por la fuerza en mitad del patio del liceoSaint-Louis y en presencia de todos los compañeros, que contemplaban elespectáculo riendo a carcajadas. Pero Bergère no hizo ninguna tentativapor volver a verlo, ni dio señales de vida. "Sólo quería eso de mí",pensó Lucien vejado. Berliac había desaparecido también y Guigard, quea veces iba con él los domingos a las carreras, afirmaba que se habíaido de París tras una crisis de depresión nerviosa. Lucien setranquilizó poco a poco. Su viaje a Ruán le parecía ya únicamente unsueño oscuro y grotesco, no ligado a nada; había olvidado casi todoslos detalles y sólo conservaba la impresión de un soso olor a carne y aagua de colonia y de un intolerable aburrimiento. "

    Qué es la Literatura (fragmento)

    " El poeta en cada palabra, por el solo efectode la actitud poética, realiza las metáforas en las que soñaba Picassocuando deseaba hacer una caja de fósforos que fuera toda ella unmurciélago sin dejar de ser una caja de fósforos. Florencia es ciudad,flor y mujer y es también ciudad-flor, ciudad-mujer y muchacha-flor. Yel extraño objeto que se muestra así posee la liquidez del río y eldulce ardor leonado del oro, y, para terminar, se abandona condecencia, y prolonga indefinidamente, por medio del debilitamientocontinuo la e muda, su sereno regocijo saturado de reservas. A esto hade añadirse el esfuerzo insidioso de la biografía. Para mí, Florenciaes también cierta mujer, una actriz norteamericana que actuaba en laspelículas mudas de mi infancia y de la que he olvidado todo, salvo queera larga como un guante de baile, que siempre estaba un poco cansada yera casta, que siempre representaba papeles de esposa incomprendida yque se llamaba Florencia y yo la amaba. Porque la palabra, que arrancaal prosista de sí mismo y lo lanza al mundo, devuelve al poeta, como unespejo, su propia imagen. Esto es lo que justifica la doble empresa deLeiris, quien por un lado, en su Glossaire, trata de dar a ciertaspalabras una definición poética, es decir, que sea por sí misma unasíntesis de implicaciones recíprocas entre el cuerpo sonoro y el almaverbal y, por otro, en una obra todavía inédita, se lanza a la buscadel tiempo perdido, tomando como guías ciertas palabras especialmentecargadas para él de valor afectivo. Así, pues, la palabra poética es unmicrocosmos. La crisis del lenguaje que se produjo a comienzos delsiglo fuen una crisis poética. Sean cuales fueren los factores socialese históricos que la produjeron, esta crisis se manifestó por accesos dedespersonalización del escritor ante las palabras. No sabía servirse deellas y, según la célebre fórmula de Bergson, sólo las reconocía amedias; se acercaba a ellas con una sensación de extrañezaverdaderamente fructuosa: ya no le pertenecían, ya no eran para él,pero, en esos espejos desconocidos, se reflejaban el cielo, la tierra yla propia vida. Y, finalmente, se convertían en las cosas mismas o,mejor dicho, en el corazón negro de las cosas.
    (...)
    Pero esteesquema no tiene nada de común con eso que llaman ordinariamente unesquema verbal: no preside la construcción de un significado. Seacercaría más bien al proyecto creador por el que Picasso predeterminaen el espacio, antes incluso de tocar su pincel, esa cosa que seconvertirá en un saltimbanqui o un arlequín. Huir, huir allá, adviertoque hay pájaros borrachos, pero, oh, corazón mío, oye el canto de losmarineros. "


    link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=N9NbHRmOEXs

    Imperialismo, Fase superior del capitalismo. Sartre


    link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=JyADXuhE0Gg

    Sartre. El rol del ciudadano


    link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=iXDQT-KsGXU

    los ultimos dias de sartre

    Pocos días después de la Semana Santa de 1979, los parroquianos del barrio Montparnasse en París pudieron observar en el interior de La Coupole o en la terraza del café Dôme, a un hombrecito ciego, tembleque, mal afeitado y casi decrépito blandiendo con dificultad su vendada mano izquierda. Era evidente que quienes lo podían reconocer quedaban asombrados. Se trataba de Jean Paul Sartre, la más alta expresión de la inteligencia y el pensamiento del siglo XX, el gran activista de la libertad en nuestro tiempo, que venía de ser el protagonista de un caso típico de baranda policial. Un poeta loco, Gerard de Cléves, de origen belga, a quien Sartre acostumbraba ayudar de vez en cuando con algunos francos, en una de las salidas que se le permitieron de la clínica siquiátrica resolvió acosar a su benefactor presionándolo a diario. Sartre le dio dinero durante varios días consecutivos hasta que, harto, le advirtió que no le recibiría de nuevo. Pero ocurrió que un día el hombre volvió furibundo, y mientras discutían por encima de la cadena de seguridad de la puerta - que Sartre no había querido quitar para que aquel no se entrara - el poeta enajenado sacó un cuchillo con el que le cortó su mano izquierda. Luego comenzó a golpear con violencia el portón que entre Sartre y su hija adoptiva, Arlette, lograron cerrar desesperadamente. El forcejeo fue tal, que pese a que la puerta estaba blindada, estuvo a punto de derrumbarse. Arlette llamó a la policía. Los gendarmes, sin embargo, se vieron a gatas para detener al hombre por entre los pasillos del edificio. La mano de Sartre comenzó a sangrar profusamente hasta que le fue curada y vendada. Esto ocurría un año antes de su muerte.

    biografia

    El asedio de las miradas turbias

    Los últimos doce meses en la vida del filósofo de la libertad no debieron ser, además, muy consoladores para él en lo que se refiere a la comprensión de sus amigos más íntimos. Es que hay que pensar en lo que debió haber sufrido ese viejo ciego y tierno, libre y terco y por añadidura terriblemente orgulloso, pese a la capacidad crítica que tenía de auto-cuestionarse, de reconocerse en sus propios errores y de corregirlos con sabia resignación. Porque el orgullo —no soberbia — que lo acompañó siempre, fue un orgullo inteligente y racional. Pero este anciano tembloroso y tímido comenzó a sentirse asediado por las miradas turbias de sus más próximos (cuánta razón tuvo al desarrollar sus observaciones sobre la mirada de los otros y al afirmar que son precisamente ellas, las miradas, el infierno del otro), a verse regañado, incluso a sufrir de sus más queridos, viejos y leales compinches como Pouillon, Simone de Beauvoir, Bost, Lanzmann y otros, el rigor de la censura a su pensamiento y la asechanza final a la publicación de sus ideas, como ocurrió con el último reportaje que concediera a Pierre Victor para el semanario Nouvel Observateur unas semanas antes de su muerte. Y ejemplo de esa incomprensión desmesurada y cruel, es esta declaración de Jean Pouillon, su grande amigo a Annie Cohen-Solal: Para mí era angustioso, cuando comíamos juntos, ver como se le caía la comida de su tenedor sobre las piernas, lo que exasperaba al castor (Simone de Beauvoir) y enseguida, darme cuenta de la dificultad con que él seguía una conversación normal; se demoraba un cuarto de hora para respondernos alguna cosa pertinente. Bost, Lanzmann o yo mismo hubiésemos podido prestarle la ayuda que le prestaba Victor (su secretario durante los últimos siete años) pero nosotros no teníamos tiempo".

    Con razón Françoise Sagan en su último libro, Con mi mejor recuerdo, explicando su emotivo homenaje Carta de amor a Jean-Paul Sartre —carta ésta escrita precisamente el día en que Sartre celebraba su último cumpleaños, el 21 de junio de 1979—, expresa indignada: Debo confesar que contrariamente a lo que relatan sus allegados, a los recuerdos que tienen de sus últimos meses, nunca me sentí horrorizada ni molesta por su manera de comer. Por supuesto que todo zigzagueaba un poco en su tenedor, pero era a raíz de su ceguera, no por chochez. Me da mucha rabia los que se han quejado en artículos o libros, afligidos y despectivamente, de esas comidas. Hubieran debido cerrar los ojos, si eran tan delicados, y escucharlo. Escuchar esa voz alegre, valiente y viril, oír la libertad con que hablaba.

    Pero el afán por observar con respeto y fidelidad histórica los pormenores más sobresalientes que vivió y padeció durante sus últimos doce meses es lo que nos lleva a tratar de irnos de la mano de la cronología hacia ese memorable 15 de abril de 1980 que lo vio expirar, no sin dejar antes de estremecernos nosotros mismos ante la crapulosa rapacidad de las ambiciones y la ceguera brutal de las incomprensiones en que se vio envuelto al final de sus días.

    Las mujeres son menos comicas que los hombres

    El 4 de febrero de 1980, dos meses antes de su muerte, Sartre se hace un chequeo médico en el hospital Broussais de París. Se le encontró aparentemente normal. Los médicos no sabían, ni pudieron intuirlo, que habiendo dejado el cigarrillo, continuaba bebiendo en abundancia y amando más que nunca a aquellos sus amores contingentes. Siempre, hasta el final de su vida, estuvo rodeado de mujeres. Fue un mujeriego irredento. Muchas de esas mujeres, todas inteligentes por supuesto, ya han dado y seguirán dando sin duda sus testimonios más encendidos. Por una de ellas precisamente es que nos enteramos que un domingo por la mañana, comenzando el mes de marzo de 1980, es decir, a escasos treinta días de su muerte, Arlette lo encontró tirado sobre la alfombra de su habitación, con una terrible resaca. Supimos —dice Simone de Beauvoir— que se hacía traer botellas de whisky y de vodka por sus amigas, ignorantes del peligro. Las ocultaba en un cofre o detrás de los libros. Aquel sábado por la noche —la única noche que pasaba solo, cuando Wanda se marchaba— se había emborrachado. Arlette y yo vaciamos los escondrijos; llamé a las amigas pidiéndoles que no trajeran más alcóhol e hice a Sartre vivos reproches.

    Alrededor de anécdotas como éstas se ha desatado dentro de la familia sartriana universal, luego de su muerte, una encendida polémica. Los unos no perdonan la divulgación de ciertas escenas que aunque fueran verídicas, por lo íntimas y privadas debieron haber sido extrañas al conocimiento público. Para los otros, el mismo Sartre, totalizador él, no hubiese aceptado como válido el hecho de que se arropasen con velo de gasa las tripas de su vida mundana.

    Durante sus últimos años las personas más cercanas a él fueron todas mujeres, aparte de su secretario Pierre Victor, y casi todas ellas sus amores contingentes. Cuántas mujeres no se cruzarían por la vida del escritor que se confesaba serenamente polígamo. De ellas decía que le gustaban ante todo lindas y que las prefería a los hombres porque le parecían menos cómicas (ya Lacan había sentenciado que el hombre era particularmente cómico); que tenían una sensibilidad más desarrollada y que sus conversaciones, fluidas y naturales, se oponían a la pesadez del hombre siempre preocupado por las ideas. Para complicarse la vida un solo pensador basta y se sobra, debió haber concluido cuando decidió que prefería la compañía de las mujeres.

    Buscaba en ellas una atmósfera sentimental e intelectual bien equilibrada para que los encuentros sexuales no fueran degradantes a ninguno de los dos, y veía enriquecidas sus ideas cuando estaban contagiadas por el manto de la sensibilidad femenina. Pero nunca claudicó de su escogencia radical por las mujeres bellas. Cuando le preguntaron si alguna vez se había sentido atraído por una mujer fea, respondió tajantemente: si era real y completamente fea, no, nunca. Veía en la belleza femenina una manera natural para desarrollar su propia sensibilidad, y consideraba a la sensibilidad y a la inteligencia paralelas en el ascendente desarrollo integral del ser humano. Con los hombres, una vez que se ha hablado de política o de algo parecido —dijo en cierta ocasión—, gustosamente me callaría. Me parece que la presencia de un hombre durante dos horas en un día, aunque no vuelva a verle al día siguiente, es más que suficiente. Mientras que con una mujer esto puede durar todo el día y además continuar al día siguiente.

    Pero con todo, hay que reconocer, por encima de lo que diga Simone de Beauvoir, que fueron Victor y Arlette las personas más cercanas a él durante sus últimos años y particularmente durante sus últimos meses.

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    La sagrada y nueva familia

    En el otoño de 1973 Sartre se enfrentó a la ceguera definitiva. Pierden entonces interés para él, por aquella época, las agitaciones callejeras, los alborotos periodísticos, el Flaubert, que de hecho abandona, la escritura, la lectura y hasta su propio aspecto personal.

    Poco se inmiscuye en el arreglo de su último apartamento en el 29 del Boulevard Edgar-Quinet y naturalmente se desentiende de archivos, manuscritos y variados papeles preciosos. Creí ver a un muerto, le dice Raymond Aron a Claude Mauriac el 20 de junio de 1979, con ocasión de una conferencia de prensa en el hotel Lutecia relacionado con el Comité Un barco para el Vietnam. A los cuatro años de edad había perdido su ojo derecho y a los sesenta y siete viene a perder el izquierdo. Aparte de la hipertensión y de la trombosis de una vena temporal, el diagnóstico fue preciso: excesos diversos, entre otros el alcóhol, el tabaco las drogas (coridrina, mezcalina, etc.). Comenzaban pues los años de la oscuridad física que vendrían a abatirlo, a debilitarlo, a hacerle decir: Mi oficio de escritor está completamente destruido. Y con ella, con la ceguera que no perdona, se acumularían los males del cuerpo, las pérdidas de equilibrio, la mala circulación de la sangre, los dolores atroces en las piernas. Se necesita ser demasiado inteligente para padecer lúcidamente todo ello. Y es entonces cuando su carácter independiente y orgulloso se derrumba y cede. Comienzan a aflorarle las muletas, todas ellas a cual más absorbentes y posesivas. La dependencia física de Sartre es deplorable aunque se haya propuesto racionalizarla, dosificarla y soportarla estoicamente. Y aparecen pues en su vida los dos personajes que a punta de amor y lealtad, de constancia y sacrificio, de inteligencia y visión futurista habrían de competirle a Simone de Beauvoir su privilegiado sitial histórico: Pierre Victor y Arlette Elkaïm. Victor, su último interlocutor intelectual y políticamente válido, el sucedáneo que escogiera él libremente y con el cual pensaba no solamente revitalizarse sino remitir sus sueños de futuro, preservar su proyecto, prolongarse en su propio pensamiento, joven filósofo judío nacido en El Cairo, militante maoísta que respondía al verdadero nombre de Benni-Lévi y Arlette Elkaïm-Sartre, nativa de Constantina, ciudad del nordeste de Argelia, también judía, a la que Sartre conoció en julio de 1956 cuando la joven estudiante preparaba en Versalles el concurso de ingreso a la Escuela Normal Superior de Sévres. Ella le había escrito hablándole de algunos trabajos escolares suyos sobre la filosofía sartriana y detallándole la reprimenda que por ello había recibido de parte de su profesor de filosofía. Esta audacia, sumada a las dotes intelectuales que él le viera y a su simpatía y personalidad, llevaron a Arlette a convertirse, el 18 de marzo de 1956, en la hija adoptiva de uno de los hombres más importantes del siglo XX. Quizás, Arlette para lograrlo, supo hacer suya la sentencia de Sartre de que la existencia no es un regalo y que cada cual está obligado a legitimarla con sus actos. Ella y Victor conocían muy bien la filosofía sartriana del proyecto y lo hicieron a él a Sartre, el suyo propio, legitimando con la compenetración que alcanzaron con el filósofo, el derecho a ser reconocidos no sólo como sartrianos puros sino también como los dos últimos compañeros de ruta del sabio anciano ciego. La una como su hija, y el otro como su amigo y sucedáneo intelectual.

    Pero nada en esta vida nace o muere impunemente, nada alcanza gratuitamente el verdadero color rosa que añoramos de las cosas. En el entorno de Sartre, el aleteo de los celos y las incomprensiones, de la discordia y la competencia, afloran al tiempo que ellos dos se acercan con su afecto. La antigua familia sartriana reclama sus derechos pontificales y se atrinchera en el Templo; crea el Alto Tribunal Sartriano que está representado en lo intelectual por Bost, Lanzmann y Pouillon y en lo sentimental por Simone de Beauvoir. Sin embargo, la nueva familia no se detiene y responde: Usted traicionó a Sartre, dice Arlette a Simone de Beauvoir: ...y sería una cobardía de mi parte continuar callada. Yo hice lo posible por convertirme en sus ojos mientras usted no hizo nada para sentarse a su lado y, leyéndole punto por punto, le hiciera conocer aquello con lo que usted no estaba de acuerdo con él. Créame que él se sorprendió de que usted no hiciera nada...", etcétera.

    La ejecutora testamentaria de Sartre, su hija adoptiva, Arlette Elkaïm, no sólo estaba desplazando en los afectos a quien fuera su compañera de vida durante 50 años, sino que repentinamente y en forma acusatoria, venía a erigirse como la detentadora de la verdad, al menos de la última verdad sartriana. ¿A cuál de las dos creerle? Creemos que ni siquiera Sartre hubiera podido dirimir con justicia esa querella. Pero también Víctor, cuyos siete años de secretario y amigo íntimo le habían dado ciertos derechos —no todos gratuitos por cuanto se dice que llegó a conocer más a fondo la filosofía sartriana que el mismo Sartre, e incluso que le condujo las últimas lecturas al filósofo—, acosado por insultos como el que le hiciera Goldmann de ser un talmudista extraviado en el maoísmo, o el hombre de ninguna parte, que dijera Maurice Clavel, o la prótesis de naturaleza dudosa de Pouillon y que a sus 28 años tenía la desfachatez nunca vista de tutear a Sartre, debió responder que era lamentable que Simone de Beauvoir no hubiese comprendido que su relación con Sartre llevaba implícita la sobrevivencia intelectual de éste.

    Cuando Sartre conoció a Víctor, éste último se encontraba atravesando una difícil situación política. Era un apátrida sin documentos legalizados en ningún país del mundo. Sartre, a petición suya, resolvió engancharlo como su secretario y asignarle un sueldo que le permitiera aparecer ante las autoridades francesas como alguien a quien podía dársele una carta de estadía temporal. Pero con el tiempo fueron tales las simpatías que desató en él, que Sartre se dirigió al entonces Presidente de la República, Valéry Giscard d'Estaing, en una muy conmovida y antisartriana nota rogándole su intervención personal para que se le otorgara la naturalización francesa a su protegido.

    Entre otras cosas le decía: ...mi vista reducida hará que la lectura y la escritura me sean en adelante imposibles. Tengo por la tanto necesidad de este muchacho para terminar mi obra. El me ayudará a rematar mi Flaubert... ¡ Y todo este humilde y quejumbroso ruego dirigido nada menos que a un hombre de Estado, ex-ministro de De Gaulle y presidente de Francia! Giscard, pese a conocer de la dificultad de la diligencia por tratarse de un reconocido militante extremista, se apresuró a complacer al invidente filósofo. Ya De Gaulle había dicho en su hora que no se encarcelaba a Voltaire cuando Sartre tuvo dificultades con la policía durante su gobierno, y ahora Giscard advertía que no había favores imposibles si se trataba de Sartre, un francés que con su pensamiento supo fecundar como ningún otro nuestro siglo. Ahora bien, en 1978 habría de comenzar el estallido de la crisis última de la gran familia sartriana. De pronto, Sartre no parece interesarse más en sus antiguos discípulos, toma sus distancias frente a Simone de Beauvoir a quien ve demasiado posesiva y dominante, no quiere saber nada de Les Temps Modernes y públicamente se le ve feliz, productivo y sereno junto a sus dos nuevos discípulos. Sobrevive intelectualmente gracias a ellos, ve por sus ojos, le leen y le informan, sus mentes le agitan su mente; Arlette le describe las imágenes de las películas en TV, lo lleva a pasear a la casa que ella tiene en el midi; Víctor le discute fieramente para que no se duerma, lo conmina a que se repase y corrija, le alimenta sus sueños de seguir escribiendo. Los dos le hacen ver que ellos prolongarán su propio proyecto. Él entonces comienza a hablar entusiasmado de su próximo libro que, desde luego, se hará a dos manos con Víctor: Poder y Libertad. Es para mi un libro sobre la política y la moral que quisiera ver terminado al final de mi vida, declara. Está radiante. No quiere que los celos de sus envejecidos primogénitos enturbien su dicha. Intenta aislarse un poco de aquellas tensiones pero no lo logra. Está allí entre la jauría, impotente, casi dócil. Y es entonces cuando uno imagina sus gestos confusos y su aire perplejo recubriéndole el rostro de su inteligente resignación y de su sabia paciencia. Cuando uno imagina, además, su inexorable desconsuelo, lo profundo de su tristeza y quizá también, por qué no, su alegría de no poder ver la codiciosa mirada de los otros posada sobre su endeble humanidad, devorándole como buitres su propia razón y sus principios en una lucha feroz por perpetuarlo como una momia histórica, intocable, inmutable, y pétrea, que nada tiene que ver con él y que él mismo rechazara en el 64 cuando la Academia sueca creyó recuperarlo con el Nobel de Literatura desde Las palabras, suponiendo que con ellas el autor se despedía definitivamente de su desafiante vida intelectual, arrepintiéndose. Y tiene que imaginarlo uno por último envidiando desde su corazón generoso Una muerte muy dulce, él, que tendría una muerte tan amarga. Allí nos parece verlo en el café Dôme, sombrío y ensimismado en medio del alboroto.

    Un almuerto sin palabras con Simone De Beauvoir

    Y es precisamente a raíz de una serie de reportajes que toda aquella antigua unión fervorosa de su familia se verá quebrantada. Luego de una gira de cuatro días por Israel en compañía de Arlette y Víctor, éste lo interroga y prepara un texto con tres reportajes que envía a Nouvel Observateur en donde no sólo tutea a Sartre, sino que firma: Sartre-Víctor. Además, según los antiguos, con conceptos débiles, ambiguos, contradictorios. Una nueva filosofía vaga y blanda que Víctor le atribuye, dicen. Lo arrastró a renegarse de sí mismo, afirma Simone de Beauvoir, Arlette y Víctor lo están manipulando, agrega.

    Ese giro sorpresivo del pensamiento de Sartre no sería permitido. Se pone en acción una formidable fuerza de presión para impedir que se publicara. Es lamentable, le reclama airada Simone de Beauvoir a Sartre. Déjalo, yo no le doy ninguna importancia, afirma ella que le respondió él. Y sin embargo, la lucha continúa por impedir la catástrofe, su publicación. Todos a una arrecian en su empeño. Y es entonces, según parece, en ese mismo instante en que ella le dice que es lamentable y él le contesta que lo deje, cuando se produce la ruptura total y definitiva de los dos viejos amantes del moderno siglo XX, dos meses antes de que el filósofo de la libertad, de la existencia y de la vida, muriera.

    En medio de toda la barahúnda, dice Jean Daniel, el responsable de Le Nouvel Observateur, "estaba a punto de llamar a Sartre en presencia de Horst y sin darme tiempo de que lo hiciera, el mismo Sartre me llamó. Su voz tenía una nitidez perfecta y hablaba con extrema autoridad: Creo saber que usted esta atormentado, me dice, yo sé que mis amigos han hecho su agosto. Soy yo, Sartre, quien le pide publicar ese texto y publicarlo integralmente. Si usted por ningún motivo quisiera hacerlo, yo lo publicaré en otra parte, aunque le quedaría agradecido si es usted quien lo hace. Sé que mis amigos lo han prevenido pero ellos se engañan. Lo que ocurre es que el itinerario de mi pensamiento se les escapa a todos, incluida el Castor Muy raras veces, continúa Jean Daniel, Sartre había sido tan nítido, tan preciso, tan dueño de su pensamiento y de sus palabras. De otra parte, cuando le dije que había un pequeño error en el texto y que yo estaba preocupado porque quería que fuera corregido por él, le pregunté: ¿Tiene usted a mano el texto? Me respondió: Lo tengo en la cabeza. Y, en efecto, se lo sabía de memoria. Cuento con usted, me dijo para terminar".

    Pero no son Simone de Beauvoir y Victor quienes chocan directamente en esta ocasión, como debió ser, teniendo en cuenta que ella le atribuía a éste una abierta manipulación del pensamiento y la voluntad sartriana y sabiendo que ya habían tenido un fuerte altercado con anterioridad. Son, quién lo creyera, aquella propia pareja mítica, los viejos amigos, los ancianos e inseparables amantes; él le mostró, en su apartamento del Boulevard Edgar-Quinet, los originales de la entrevista provocando en ella un desconcierto total, la consternación encarnada. Sobre los detalles de lo que nosotros nos atrevemos a llamar la primera y última ruptura de los dos grandes escritores, cuenta Arlette Elkaïm Sartre, la más confiable y cercana de las fuentes: Sartre no se encolerizaba nunca, era un hombre sólido que no se contrariaba por nada. Después de esta escena, y por primera vez, demostró una inmensa contrariedad. Anteriormente él jamás me habló de haber tenido contrariedades con el Castor; después de esta crisis, por primera vez, me dijo que no la comprendía; que luego de la lectura de las entrevistas, ella se había puesto furiosa; que había llorado y que había tirado, regándolos por toda la pieza, los textos de la entrevista. Que él quiso explicarle: "Pero hablemos de ello, Castor", le dijo, pero que ella no había querido, no había podido hablar. Sartre quedó, según la versión de Annie Cohen Solal, profundamente turbado por esta ineluctable alteración de sus relaciones con Simone de Beauvoir. Y se pregunta enseguida: De otra parte, en el curso de los dos meses que separaban esta escena del fin de su vida, ¿sus profundos lazos pudieron restablecerse verdaderamente? A lo que responde Sartre, según versión de Arlette: Yo todavía he almorzado con esas dos musas austeras (se refiere a Castor y a su amiga Sylvie) y ni siquiera me dirigieron la palabra.

    Simone de Beauvoir en La Ceremonia del Adiós hace alusión completa de este asunto, pero se cuida de tocar a fondo el altercado remitiéndose a atacar duramente a Víctor y a Arlette: Víctor era apoyado por Arlette, que desconocía por completo la obra filosófica de Sartre y simpatizaba con las nuevas tendencias de Víctor; aprendían juntos el hebreo. Ante este acuerdo, a Sartre le faltó esa perspectiva que sólo habría podido conseguir con una lectura reflexiva y solitaria: así pues, se doblegaba...

    Cómo no pensar entonces en la soledad amarga del anciano y ciego filósofo, de un hombre que no conoció la gratitud en esta vida y que, sin embargo, le dio luces a su siglo y ayudó a aclararlo, si lo que lo rodeaba en el ocaso de su existencia no era otra cosa que el conjunto de barrotes acerados de sus celosos discípulos cercándolo, el ruido y los entrecejos, los cortantes rictus del odio y de la envidia! Gris y triste debió verse el rostro del talentoso y obcecado pensador cuando su propio pensamiento, al final de su vida, se veía contradicho y enjuiciado por sus herederos espirituales. Del obcecado pensador, decimos, porque las palabras fieles de Jean Daniel confirman su terquedad y también su lucidez, su talento y su honestidad.

    Su formidable humor de hombre grande debió encerrarse huraño y extrañado entre los pliegues de su corazón desconcertado. Pero su obcecación la interpreta Simone de Beauvoir, después de su muerte, así, miserablemente: Sartre se entercó porque estábamos contra él; redobló su entercamiento por debilidad... pensaba que yo no lo comprendía, creía que yo lo manipulaba, siendo que él era manipulado por Víctor y Arlette, hacia la que se había inclinado hábilmente después de la crisis del 78. Estaba desgarrado por todo eso y no tenía deseos de darse cuenta de la verdad... Sartre no delegaba en nadie la pretensión de ser el futuro de Sartre, pero él ya no contaba con sus ojos, no tenía futuro y sabía muy bien que estaba condenado próxima e irremediablemente a la muerte..."

    Me trataban como a un muerto que tiene el inconveniente de manifestarse

    Pero no podemos dar por terminado este episodio sin traer a colación dos testimonios más. El primero, de Robert Gallimard, su editor de siempre, quien afirma que Sartre le dijo por esos días: Vamos, Robert, usted no vaya a ser como todos los demás, no vaya a joderme también. Dése cuenta, condenarme a nombre de los sartrianos, es como para morirse de la risa.

    Y el último con relación al asunto, de Arlette: A él no le molestó tanto la crítica como la apropiación por el grupo de Los Tiempos Modernos de la verdad sartriana. Me dijo: Me tratan como a un muerto que tiene el inconveniente de manifestarse... él acababa de poner en tela de juicio el libro de Simone de Beauvoir Final de cuentas, en donde ella hacía un balance de sus vidas...

    El inmenso Sartre, como dijo alguien, aquel hombre que ocupara su siglo como Voltaire y Hugo ocuparon el suyo, llegaría también a su final. Había dicho que quería que su muerte no entrara en su vida, que no la definiera, por cuanto él quería ser siempre un llamado a vivir, pero no había previsto la anarquía y la soledad que le rondarían durante sus últimos días.

    El jueves 20 de marzo de 1980, mientras aparecían en Nouvel Observateur los famosos reportajes que le irían a amargar la víspera de su definitivo descanso, bajo el título de La Esperanza Ahora, firmados por Benni Lévy, el verdadero nombre de Víctor, Sartre es internado en el hospital Broussais. Aquella mañana a las nueve, Simone de Beauvoir fue a su apartamento del Boulevard Edgar-Quinet a despertarlo. Lo encontró sentado en el borde de la cama semiparalizado, en medio de una atroz crisis que se le repetía y a la que él había denominado en ocasión anterior aerofagia.

    Llamaron de urgencia a los médicos y a punta de oxígeno se lo llevaron en una ambulancia en estado de extrema gravedad. Eran aproximadamente las 11:00 a.m. Simone de Beauvoir confiesa que regresó al apartamento de Sartre, se arregló allí por última vez y se fue a cumplir un compromiso de almuerzo que tenía con Jean Pouillon. Sartre grave, metido dentro de una ambulancia, atravesaba las calles de París bajo el ensordecedor ruido de las sirenas y ella no había indagado siquiera por el sitio donde sería recluido. Cuando terminó de comer, enterada ya del nombre del hospital, se dirigió allí en compañía de Pouillon. Se encontraba en la sala de reanimación, cuenta después, no estuve mucho tiempo allí... no quería hacer esperar a Pouillon... El viernes 21 por la tarde, los médicos le comunicaron que tenía un edema pulmonar y sufría de fiebres altas que lo llevaban a delirar.

    Que, además, la falta de irrigación en los pulmones, lo tenía en ese estado de gravedad. Entonces Sartre y Simone de Beauvoir discutieron. Ella le dijo que todas esas cosas que decía en medio de su delirio eran puros sueños y nada más. Me dijo que no, con aspecto enojado, cuenta ella misma que le respondió él.

    A los pocos días volvió a recaer y fue llevado de nuevo a la sala de reanimación. Como su vejiga le funcionaba mal, le hicieron una desviación y podía vérsele llevar, cuando se paraba a caminar, una bolsa de plástico llena de orina que colgaba de su entrepierna. Fue cuando por primera vez se habló de uremia. El doctor Housset le hizo una reflexión científica que interpretada por Simone de Beauvoir y vista hoy en perspectiva, no deja de ser polémica e históricamente controvertible. Los médicos me explicaron después —dice ella— que los riñones ya no estaban irrigados, y por consiguiente ya no funcionaban. Sartre orinaba, pero no eliminaba la urea. Para salvar un riñón hubiera sido necesario una operación que no podía soportar; y entonces sería el cerebro, por donde la sangre no circularía correctamente, lo que provocaría la chochera. No había más solución que dejarlo morir en paz.

    La falta de circulación sanguínea hizo que la gangrena le invadiera el cuerpo y que las escaras o costras lo cubriera todo y le dieran un aspecto repugnante, que al mismo tiempo lo hacía sufrir a causa de las constantes curaciones a que era sometido.

    Entre tanto las visitas se fueron sucediendo bajo el control riguroso de su hija adoptiva, Arlette. Víctor fue llamado de urgencia a El Cairo en donde se encontraba por esos días preparando un reportaje para el Corriere de la Sera y cuenta que cuando entró en su pieza, Sartre se despertó y le dijo: Ah, Víctor, vamos a mejorarnos pronto, tú sabes. Pero la única especulación que realmente nos interesa por ahora es la que se refiere a sus últimas palabras.

    Georges Michel asegura que sus últimas palabras fueron las que le dirigió a Pouillon cuando éste le alcanzara un vaso con agua: La próxima vez que bebamos juntos —habría dicho Sartre— será en mi casa y con whisky. Annie Cohen-Solal ratifica la anécdota pero como ocurrida un día... y Simone de Beauvoir, admitiendo la exactitud de las palabras de Sartre a Pouillon, niega que éstas hubiesen sido las últimas. Dice que un día Sartre le habló preocupado sobre los costos del entierro: ¿Cómo vamos a hacer para pagar los gastos del entierro?, le habría dicho él ansioso y contenido a la vez, mientras ella se ponía a explicarle lo de la Seguridad Social y a desviarlo de esa torturante preocupación.

    Ya al otro día, asegura, Sartre, con los ojos cerrados, la agarró de la muñeca y le dijo a ella sus últimas palabras: "Je vous aime beaucoup, mon petite Castor".

    Pero que sea el contradictorio encanto de una amor eterno y total, esencial y no contingente, un amor ambiguo y absorbente, dominante, un amor que, lo admitimos también, habría que salvar para la historia, quien nos guíe hacia el itinerario de una muerte que nos hizo pens

    3 comentarios - Jean paul Sartre, megapost

    Gonimov
    deberias ponerle algo de color y buscarte algunos libros para descargar. me envias un mp cuadno lo hagas para darte los 10 puntos.