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El debate Alberdi-Sarmiento

¿Un modelo importado para la Constitución?
El reciente “Constitución y política” recopila por primera vez Las discusiones entre Alberdi y Sarmiento sobre los fundamentos constitucionales del texto de 1853. Recuperar ese debate ilumina el presente y la pertinencia o no de una reforma.


El debate Alberdi-Sarmiento

Producto de una dedicada edición (en la que colaboraron Sebastián Abad, Esteban Amador y Guillermo Jensen), e introducido por un exquisito prólogo de Natalio Botana, la editorial Hydra acaba de publicar el libro Constitución y política , que reúne dos textos centrales de Juan Bautista Alberdi y Domingo Sarmiento, en torno a la Constitución Argentina de 1853. Por un lado, los Comentarios a la Constitución de la Confederación Argentina , escrito por Sarmiento; y por el otro, los Estudios sobre la Constitución argentina de 1853 , redactado por Alberdi.

La discusión que el libro recoge representa la continuidad de la seria polémica que se diera entre ambos pensadores. Por supuesto, Alberdi y Sarmiento coincidían en cantidad de cuestiones fundamentales, con las cuales podríamos seguir coincidiendo nosotros hoy, a partir de un común interés en la reforma institucional.

Ambos criticaban al entramado de instituciones vigentes en el país; ambos mostraban confianza en el sentido y valor del cambio constitucional; ambos compartían la certeza de que en el pasado podían hallarse claves de enorme importancia para modificar el presente. Muchos de nosotros podríamos suscribir hoy cada uno de tales acuerdos. Sin embargo, tan cierto como lo anterior es que Alberdi y Sarmiento se encontraban separados –finalmente enfrentados– en cuestiones también sustantivas, que también a nosotros podrían separarnos. Tales diferencias aparecían, en muchos casos, exageradas por ellos mismos, como una forma de marcar diferencias que tal vez, en el fondo, no eran tan graves ni tan reales.

Sarmiento

La polémica entre ellos resultaba curiosa, por cierto, teniendo en cuenta que ambos compartían un pasado de acuerdos y elogios mutuos, que había encontrado su punto más alto en Chile, cuando ambos se encontraban exiliados y miraban con desdén a Juan Manuel de Rosas. Sin embargo, derrotado este último, las diferencias entre Alberdi y Sarmiento parecieron expandirse de pronto, y se agudizaron hasta el extremo en momentos en que comenzaba a discutirse la Constitución. Fue así como, súbitamente, los viejos aliados ingresaron en un territorio marcado por la ofensa, la burla, la descortesía hacia el otro. Y también por los comentarios agudos, los comentarios brillantes, la ironía fina.

La primera parte de la polémica entre ambos fue epistolar y quedó reflejada en cinco extensas cartas, que cada uno fue escribiendo en desafío o respuesta hacia el otro: las Cartas quillotanas , escritas por Alberdi, desde la ciudad chilena de Quillota, entre enero y febrero de 1853. Y cinco cartas de réplica producidas por Sarmiento, y tituladas Las ciento y una . La disputa que refleja Constitución y política , en cambio, es más reposada. Aquí, se advierten diferencias fundamentales entre ambos intelectuales públicos, pero el arrebato ha dejado lugar para una reflexión más serena.

De los muchos temas de los que trata esta parte de la polémica, hay uno, en particular, que destaca frente a todos los otros. Me refiero a la discusión acerca del papel del pasado –las tradiciones propias– sobre el presente, que se acompañara entonces por otra cercana: la discusión acerca del lugar que correspondía otorgársele a las experiencias e instituciones foráneas, en relación con las prácticas e instituciones locales. Se trataba de una disputa que hoy sigue siendo decisiva y que a veces es presentada, en la actualidad, como una disputa sobre el valor (y la misma posibilidad) de los “trasplantes” e “injertos” institucionales.

politica

¿Dónde es que observamos hoy la continuidad de aquellas discusiones? En múltiples situaciones: cuando nos enfrentamos acerca del valor de “importar” recetas constitucionales, como las provenientes de las recientes reformas en Bolivia, Ecuador o Venezuela, minimizando las diferencias que nos separan de tales países, o exagerando los efectos de nuestra común pertenencia a Latinoamérica. Cuando, frente a ineficiencias propias de nuestros sistemas políticos, apelamos a la necesidad de seguir el “modelo europeo”, desentendiéndonos de las brechas culturales y económicas que nos separan del mismo. O por el contrario bloqueamos la posibilidad de compararnos con ellos, alegando “peculiaridades” que tornarían único a nuestro caso. Cuando, con ligereza, señalamos a cualquier acto presente, como si remitiese a lo mismo a lo que remitían los peores actos pasados (“esta acción es destituyente”); o cuando realizamos análisis simplemente ahistóricos, desentendidos del aquí y ahora políticos en donde estamos situados. De estos materiales y estas preguntas, tan pertinentes en el presente, se nutrían la polémica pasada entre nuestros dos próceres.

En dicha polémica, Sarmiento parecía colocarse cerca de un extremo: denostaba a los antecedentes locales –a los que consideraba “(borrados) como caracteres trazados en la arena”– y sugería seguir aquellas experiencias internacionales exitosas –aquellas que habían “recibido la sanción del tiempo”. Al decir lo dicho, Sarmiento pensaba fundamentalmente en un caso: el modelo estadounidense, al que proponía adherir de modo incondicional. Para el sanjuanino, no tenía ningún sentido invocar “el capcioso pretexto de la originalidad o de las especificidades nacionales, porque la verdad es una, y sus aplicaciones sólo tienen autoridad cuando cuentan con la sanción del éxito”. Explicitando y resumiendo su filosofía en la materia, Sarmiento sostuvo entonces que “los pueblos deben adaptarse a la forma de gobierno, y no la forma de gobierno a la aptitud de los pueblos”. Y también: “el legislador debe propender siempre a levantar los hechos a la altura de la razón, poniendo a la ley de parte de ésta, en vez de capitular con los hechos que no tienen razón de ser”. El ejercicio propuesto por Sarmiento era racional-deductivo, muy distinto al que defendería, contra él, Alberdi –un análisis que pretendía estar anclado en lo más propio de la historia nacional.

Influido por el historicismo francés, por los escritos del francés François Guizot y sobre todo del jurista alemán Friedrich Karl von Savigny, a quien conociera a través del estudio de Lemminier, Alberdi rechazaba la idea de que se pudieran importar un constitucionalismo “ajeno” a las tradiciones locales. El buen constitucionalismo, por el contrario, era el que resultaba capaz de reconocer las propias realidades del poder local. Como dijera en el Prefacio al Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho , “el hombre redacta, no crea la ley”. Y también: “El poder es hijo de los acontecimientos; la constitución no lo crea sino que consagra y adopta... Pero en tanto que el Poder, creado por los hechos, no es admitido voluntariamente por el país como institución escrita en la carta, no tiene verdadera legitimidad, es un accidente que puede desaparecer, no es un beneficio que valga la sangre derramada en procurárselo”.

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Las posiciones ofrecidas por ambos autores parecían ser contradictorias entre sí, irreductibles, sin punto de encuentro. Sin embargo, como suele ocurrir, la disputa, magnificada y atizada por ellos mismos, resultaba en el fondo bastante más compleja de lo que sugerían las palabras dichas. En verdad, Sarmiento, el que aparecía despreciando las tradiciones locales, puede ser considerado el primer gran sociólogo nacional: pocos hombres públicos tuvieron, como él, un ojo tan atento, interesado y agudo para mirar y entender las prácticas locales (y el Facundo es sólo un gran ejemplo al respecto). Alberdi, mientras tanto, el que reivindicaba, frente a aquél, el lugar de las propias prácticas, el que se enojaba por la recurrencia de Sarmiento a los ejemplos foráneos, fue el primer gran comparatista argentino. Su libro Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina es, ante todo, un recorrido minucioso y lúcido en torno al derecho comparado en América Latina. Su crítica a la mirada de Sarmiento sobre la “importación” de modelos institucionales “ajenos” y en particular, su crítica al uso del ejemplo de los Estados Unidos escondía su admiración y su conocimiento fino del derecho norteamericano, y su propia permanente apelación a los ejemplos vecinos (el caso de Chile resultaba, al respecto, el más visible. Ello, al decir de Alberdi, porque el contexto argentino “mil veces más se asemeja al de Chile que al de Estados Unidos”).

Lo cierto es que el final de esta extendida polémica dejó en claro que Alberdi y Sarmiento no habían podido resolver las fundamentales preguntas que se habían formulado: ¿cuánto peso otorgarle a las propias tradiciones, a la hora de crear el nuevo derecho? ¿Qué lugar darle al “derecho importado” en este proceso creativo? ¿Cómo garantizar una operación “injerto legal” exitosa? ¿Cómo evitar un “rechazo” de parte del “cuerpo” legal existente? ¿De qué modo enfrentar las limitaciones impuestas por el pasado sobre el presente? ¿Cómo hacer para erradicar las prácticas pasadas menos deseables (si es que había alguna forma de hacerlo)?

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En esa grave dificultad para dar una respuesta definitiva a tales cruciales asuntos, Alberdi y Sarmiento no estuvieron solos. Muchos de los principales pensadores constitucionales del siglo XIX padecieron similares dificultades, enfrentados a las mismas angustias: desde Simón Bolívar a José María Samper, pasando por Andrés Bello, Jacinto Chacón, Victorino Lastarria, Lucas Alamán o Lorenzo Zavala, entre tantos otros, se enfrentaron a estos interrogantes sin poder ofrecer respuestas definitivas en la materia.

Hoy, en momentos en que vuelve a hablarse de reforma constitucional, tendemos a acompañar a nuestros antecesores en muchas de sus búsquedas, todavía irresueltas. Muchos de nosotros, convencidos del valor de la reforma constitucional, consideramos tan importantes los avances en la materia, como el hecho de que ellos estén atados a momentos constitucionales, como los que supieron identificar quienes nos antecedieron: el logro y la consolidación de la independencia, en un comienzo; el desierto y el atraso, en tiempos de Alberdi y Sarmiento; la cuestión social, a principios del s. XX; la tragedia de los derechos humanos, a finales del siglo pasado. Nos preguntamos entonces, como se preguntaban ellos: ¿cuál es el drama de nuestra época? ¿Cuál es el desafío que las instituciones –también las legales– deben ayudarnos a enfrentar?

El debate Alberdi-Sarmiento
http://www.senado.gov.ar/web/interes/constitucion/cuerpo1.php

2 comentarios - El debate Alberdi-Sarmiento

@frantik +1
Muy buen articulo.
@leoscaaaar +1
Uno de los grandes debates de la historiografía agentina como el de Mitre y Vicente Lopez