La historia de Japon (del siglo XI al XVI)

La historia de Japon (del siglo XI al XVI)


HISTORIA DEL JAPON: INTRODUCCIÓN

Para empezar, por el alfabeto. No hay uno, sino tres. Los dos primeros integran el llamado kana: hiragana y katakana, y sus símbolos representan letras y sílabas. ¿Y por qué hay dos? Pues porque los nombres extranjeros y los ‘barbarismos’ se escriben en katakana. Insistamos: ¿por qué? No tengo la respuesta.

Pero lo peor empieza con los kanji, los caracteres chinos. Los kanji representan conceptos, y sirven a su vez como raíz, combinados normalmente con hiragana, para formar otros sustantivos, adjetivos o formas verbales. En resumen, nosotros tenemos un alfabeto compuesto por 28 letras. Ellos tienen tres, y hay cerca de 2.000 kanji básicos.

No es esta la única frustración padecida. El sistema de numeración japonés es más razonable que el occidental. Por ejemplo, 54 se expresa como 5-10-4, por lo que basta con conocer los números del uno al diez (más el 100) para poder numerar hasta 999. ¿Demasiado sencillo? Eso debieron pensar ellos. Ayer al final de la clase nos fue comunicado que esto no se aplica a algunas cosas (en realidad me pareció entender que las cosas redondas tienen su propio sistema de numeración, y no descarten la posibilidad de que sea cierto) Seguiré informando.

Aprovechando esta circunstancia voy a retomar (y a traer) una historia medieval de Japón que empecé hace tiempo. Sean benévolos, no esperen encontrar mucha erudición en ella.



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Introducción

La aproximación a la historia japonesa no está exenta de dificultades para el occidental. Para empezar, se suele partir de una ignorancia absoluta sobre el asunto, por lo que tendrá que aspirar a poco más del conocimiento de cierta nomenclatura. Además, los nombres que se manejan le resultan muy difíciles de retener, al no encontrar referencias en su lenguaje y encontrarlos muy similares entre sí. Una dificultad más: los apellidos se enuncian antes del nombre. Sin embargo lo peor es que, al adentrarse en la historia japonesa, uno puede hallar revelaciones como esta: “La guerra Genpei toma su nombre de la combinación de los nombres de las familias contendientes, los Minamoto y los Taira” Ante la imposibilidad de formar la palabra “Genpei” a partir de los nombres propuestos, el lector puede optar por seguir investigando, y de este modo encuentra una respuesta: los Minamoto eran también llamados los Genji, que en chino quiere decir “clan Minamoto”, mientras que los Taira recibían el nombre de Heike, que en chino quiere decir “familia Taira”. Esta aparente explicación enseguida abre la puerta a un estupor aún mayor: ¿Cómo es posible que exista una palabra en chino que signifique “Familia Minamoto”? ¿Es posible que el lenguaje chino sea tan exhaustivo como para proporcionar una palabra para cada cosa? ¿Puede ser que existan palabras concretas que definan significados compuestos tales como, por ejemplo, “los vecinos de la familia Kusonoki”, o incluso “el perro que defeca en el jardín de los Tokugawa”? Y todo esto sin entrar a intentar entender por qué una guerra de la historia japonesa es recordada por un nombre en chino (aunque quizás exista también una palabra china que lo explique, incluso alguna que resuma toda esta introducción) Es evidente, pues, que se trata de un proceso intelectual muy selectivo. Quizás por ello, los elegidos son premiados con el descubrimiento de una historia fascinante.

LOS COMIENZOS
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La flota de la emperatriz Jingô retornando victoriosa de la invasión de Corea.


No entraremos a describir en profundidad el Japón anterior al año mil, pero conviene saber que existía un Emperador. También es importante entender que el Emperador era Dios, con lo cuál su posición era notablemente mejor que la de sus colegas europeos. Su divinidad provenía de su parentesco con Amaterasu, diosa del sol, y esto tenía una serie de decisivas consecuencias: el título imperial sólo se transmitía hereditariamente, no podía ser ostentado por quien no tuviera sangre imperial, y un cambio de dinastía era impensable. Por eso, las familias poderosas que, para su desgracia, no tenían sangre imperial se veían obligadas a realizar aproximaciones indirectas para ejercer efectivamente el poder, como veremos.

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El príncipe Yamato, disfrazado de mujer, disponiéndose a liquidar a unos conspiradores en Kumaso.


De la bruma de la leyenda podemos intentar rescatar algún nombre. Por ejemplo, el del príncipe imperial Yamato Takeru, que tenía un carácter intratable y había ocasionado la muerte de su hermano. Pensando que no podría hace un hombre de provecho de él, su padre decidió enviarlo a las misiones más peligrosas con el fin de que encontrara la muerte en alguna de ellas. Pero él, con su astucia y su espada Kusanagi salía triunfante de todos los embrollos.

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La emperatriz Jingô en Corea.


También, el de la Emperatriz Jingô, que, hacia el año 500, estando embarazada, dirigió una invasión a Corea. Su hijo fue Ôjin, el primer Emperador histórico del Japón, que a su muerte, y tal vez por haberse acostumbrado a la batalla desde el claustro materno, fue deificado como Hachiman, dios protector de los guerreros.


sangre imperial
Taira no Masakado


En el s.VI la religión budista se introdujo en Japón, y entró en conflicto con el sintoísmo, la religión hegemónica hasta entonces. Esta penetración religiosa fue parte de una introducción global de la cultura china, que incluyó además la escritura, la arquitectura y el vestuario. En ese momento, la estructura social de Japón era la de una sociedad feudal, compuesta por cuatro castas: guerreros, comerciantes, artesanos y campesinos. En la cúspide, los guerreros: los samurai o bushi. Por supuesto, no todos tenían el mismo poder. Se hallaban jerarquizados configurando una pirámide similar a la de la nobleza feudal europea, unidos entre sí por vínculos de vasallaje. En ocasiones, el poder de algún samurai en concreto excedía al del propio Emperador, lo que determinaba permanentes conflictos con la casa imperial. A lo largo de la historia algún poderoso samurai intentó, sencillamente, derrocar al Emperador e instaurar una nueva dinastía basada en la suya propia: este fue el caso de Taira no Masakado en el año 935. Enfadado porque el Emperador le había negado un cargo al que creía tener derecho, huyó a su provincia y se proclamo a su vez Emperador, distribuyendo a continuación cargos en su corte entre amigos y familiares. Un miembro de la familia Fujiwara, Fujiwara no Tadabumi, acudió con un ejército a la provincia, venció al sublevado y envió su cabeza al Emperador en una cesta.


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Fujiwara no Tadabumi, en el palacio imperial, después de haber sido vejado y golpeado (por razones que se me escapan) mientras brota la sakura (la flor del cerezo).


El principal problema que encontraban estas insurrecciones consistía en que el Emperador estaba protegido por la legitimidad que le proporcionaba su sangre imperial y divina. Evidentemente, los samurai no podían infringir alegremente este derecho de sangre, ya que, a su vez, era el mismo que los legitimaba a ellos frente a sus súbditos. Por ello, era más práctico para las casas poderosas establecer vínculos familiares con la casa imperial y, a través de ellos, tejer una telaraña de poder. Así ocurrió con la familia Fujiwara, que fue la más poderosa del Japón entre los siglos X y XI.

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El ASCENSO DE LOS MINAMOTO

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Minamoto Yoshitomo.

A partir del año 1000 comenzó a sonar en la historia el nombre de otra poderosa familia: los Minamoto. En 1059 un gobernador provincial se rebeló contra la autoridad del Emperador, y éste envió a un miembro de esta familia para someterlo. No debió de ser fácil, porque originó la llamada Guerra de los Nueve Años. Finalmente, el gobernador rebelde fue derrotado, y se instaló a otro en su lugar. Pocos años después la historia se repitió con milimétrica exactitud: el nuevo gobernador se rebeló a su vez, el gobernador envió a otro Minamoto y de nuevo éste aplastó la revolución. Tardó menos esta vez: fue la Guerra de los Tres Años.

Pero mientras los Minamoto sofocaban rebeliones por el norte, otra poderosa familia estaba conspirando por el sur, los Taira. Ya hemos visto como un Taira había intentado infructuosamente derrocar al Emperador en el pasado. Ahora, aprovechando una breve disputa por la sucesión imperial, los Taira sustituyeron en el mapa del poder a prácticamente todos los Fujiwara en favor de miembros de su propio clan. Los Fujiwara habían sido más bien una aristocracia cortesana y civil, pero tanto los Taira como los Minamoto eran militares. El enfrentamiento entre estas dos poderosas familias estaba, pues, servido.

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Fujiwara no Yosimasa tocando la flauta a la luz de la luna.


Los Taira eran considerados una familia más refinada que los Minamoto, que destacaban más bien por sus cualidades militares. Como siempre es más fácil despreciar los valores del contrario antes que compararse desfavorablemente con ellos, podemos aventurar que los Minamoto consideraban el refinamiento de los Taira como decadencia afeminada, mientras que los Taira evaluaban la austeridad marcial de los Minamoto como mera tosquedad. En 1159 Minamoto no Yoshitomo se alió con el clan Fujiwara para ayudarles a recobrar el poder que los Taira les habían arrebatado previamente. Taira no Kiyomori, jefe del clan, se enfrentó a ellos y Yoshitomo fue eliminado junto con gran parte de su familia. Pero sus hijos pequeños, a los cuales Kiyomori había perdonado la vida, se convirtieron con el tiempo en dos de los personajes más destacados de la historia medieval de Japón. Eran Yoritomo y Yoshitsune, y acabarían aniquilando a los Taira. Quizás por esto, es frecuente ver en la historia del Japón como la derrota de un samurai es seguida por la muerte de una lista interminable de familiares, evitando dejar peligrosos rivales para el futuro.

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Taira no Kiyomori, en la hora de su muerte, acosado por los fantasmas de sus enemigos muertos

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LA GUERRA GENPEI

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Yoshitsune y Benkei

En 1180, con tan sólo un año de edad, ascendió al trono el Emperador Antoku, el cuarto de una serie de emperadores-títere manejados por los Taira (Antoku era nieto por parte de madre de Taira Kiyomori). En ese momento el príncipe imperial Mochihito, que se había visto postergado en la sucesión, se alió con Minamoto Yoritomo contra el nuevo Emperador y los Taira. Este fue el comienzo de la Guerra Genpei, que enfrentó a los Taira con los Minamoto a lo largo de cinco años. Tras dos años de lucha, en los que la balanza se fue inclinando sucesivamente a favor de uno u otro bando, el pretendiente Mochihito murió. A pesar de este notable inconveniente, Yoritomo continuó la guerra de sucesión y consiguió que los Taira abandonasen Kyoto, aunque llevándose con ellos al Emperador. A partir de 1183, Yoritomo dejó por completo el esfuerzo militar en manos de su competente hermano Yoshitsune.
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El camino de Yoshitsune Minamoto discurre paralelo al de un personaje muy querido del folklore japonés, asiduamente representado en el teatro kabuki donde simboliza la extrema lealtad: el shôei* Benkei. Hay versiones dispares sobre la paternidad de Benkei. Según algunos, su padre era un dios, y según otros un monje alcoholizado que había seducido a su madre (a la de Benkei). En lo que todos están de acuerdo es en que sus dimensiones eran colosales, su fortaleza descomunal, y en que era feo como un demonio. Manejaba, además, con soltura la najinata, un híbrido de espada y lanza, lo que hacía de él un adversario temible.

Por alguna razón, y sobre esto también hay diferentes versiones, un buen día Benkei se apostó en el puente Gojo de Tokio y se dedicó a retar a los guerreros que pretendían cruzarlo quedándose con sus armas tras vencerlos, lo que ocurría invariablemente. De este modo había conseguido reunir 999 katanas, momento en que hizo su aparición el joven Yoshitsune. Podemos suponer que Benkei se rió estruendosamente al ver al joven de apariencia frágil que se disponía a aceptar el desafío, pero Yoshitsune compensaba la diferencia de tamaño con una gran agilidad y destreza en el manejo de las armas. De este modo consiguió extenuar al gigante y vencerlo. Benkei, muy impresionado, se convirtió en su acompañante y servidor, y permaneció así el resto de su vida.

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Yoshitsune y Benkei

* Los monjes-guerreros sôheis nacieron como una especie de servicio de seguridad para defender los monasterios de posibles atacantes. Con el tiempo, su número se multiplicó, y los grandes monasterios llegaron a mantener verdaderos ejércitos. Aunque la preparación militar de los sôheis estaba muy lejos de ser equiparable a la de los samurai, su número y el aura de superstición que los rodeaba convirtió a los monasterios en un poder con el que los gobernantes tenían que contar. Uno especialmente importante fue el de Enryaku-ji, en el monte Hiei.

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EL DESAFORADO FINAL DE LOS TAIRA

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La carga de Minamoto Yoshitsune en Ichi no Tani

A partir de 1183 Minamoto Yoshitsune llevó a cabo una imparable campaña militar contra los Taira, que se vieron obligados a emprender sucesivas retiradas hasta acabar replegados en su formidable fortaleza de Ichi no Tani que, protegida por las montañas y el mar, era considerada virtualmente inexpugnable. Defendiéndola se encontraban los tres nietos de Taira Kiyomori, y en la bahía permanecía anclada su flota, pues los Taira poseían numerosos feudos en Shikoku y Kiûshû. En marzo de 1184 Yoshitsune dispuso el ataque a la fortaleza dividiendo a sus fuerzas en dos grupos. El más numeroso llevaría a cabo un ataque frontal, mientras que otro más reducido, dirigido por el propio Yoshitsune, emprendería una arriesgada cabalgada por las montañas que protegían la espalda de Ichi no Tani. Así ocurrió que, mientras los Taira se encontraban repeliendo el primer ataque, Yoshitsune y sus hombres cayeron a sus espaldas a través de un acantilado casi vertical, protagonizando un vertiginoso descenso que aterrorizó por igual a atacados y a atacantes. A pesar de que, según las crónicas, la impresión hizo que los jinetes realizaran la última parte del descenso con los ojos cerrados, la carga arrolló a los Taira que, con numerosas bajas, se retiraron en desbandada a sus barcos.
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Los triunfos de Yoshitsune comenzaron a despertar la envidia y el recelo de Yoritomo. Sin embargo, ajeno a las intrigas que se desencadenaban a sus espaldas, Yoshitsune comenzó a reunir una flota para atacar a los Taira en Shikoku, donde, a todo esto, habían llevado consigo al Emperador y las Insignias Imperiales. La batalla naval definitiva tuvo lugar en Dan no Ura. Yoshitsune gozaba de superioridad numérica, tanto en hombres como en naves, de modo que los Taira, comprendiendo que todo estaba perdido, iniciaron un suicidio masivo. Uno de los nietos de Taira Kiyomori se ató un ancla a la cintura y se lanzó a las olas, hundiéndose como una piedra. Otro, agarró firmemente a dos guerreros Minamoto por el cuello y saltó a su vez al mar. Un tercero se puso una armadura adicional y se zambulló a su vez. Finalmente, también la viuda de Kiyomasa, la abuela del Emperador, saltó tras coger a su nieto en brazos. Los Taira desaparecieron, pues, bajo las olas, y fue una gran pérdida para Japón. La familia había aportado numerosos artistas, además de valientes guerreros. Pero la última víctima de la batalla fue el propio Yoshitsune, cuyos éxitos militares iban pavimentando, paradójicamente, el camino de su destrucción.

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Yoshitsune y Benkei practicando ohanami (contemplación de los cerezos en flor) después de Ichi no Tani

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EL VISTOSO DECLINAR DE LOS YOSHITSUNE

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Estando rodeados por los hombres de Yoritomo en un templo, Tadanobu Satô salta por una ventana disfrazado con la armadura de Yoshitsune para despistarlos.


Tras la derrota de los Taira la estrella de Yoshitsune fulguraba con su máxima intensidad. Tanto que, comido por el recelo y la envidia, Yoritomo decidió eliminarlo. A lo largo de cinco años fue persiguiendo a Yoshitsune y sus seguidores, que no sólo se mantuvieron fieles hasta el final, sino que se dedicaron a morir de las maneras más pintorescas, especialmente aptas para ser representadas en el kabuki. Este fue el caso de Tadanobu Satô, que fue sorprendido por los hombres de Yoritomo mientras se encontraba con su amante (que lo había denunciado previamente), y, al ver entrar a sus enemigos, arremetió contra ellos agarrando lo primero que encontró a mano, que resultó ser un tablero de Go.

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Tadanobu Satô arremetiendo contra sus atacantes con el tablero de Go.


Finalmente, en 1189 el fugitivo Yoshitsune llegó al castillo de Koromogawa, donde había planeado darse una muerte digna. Con el fin de proporcionarle tiempo para realizar los arreglos necesarios, Benkei se colocó en el puente de acceso al castillo, y allí plantado combatió fieramente contra los hombres de Yoritomo ocasionándoles numerosas bajas. Atemorizados, éstos se retiraron al otro extremo del puente, desde donde pudieron observar que, a pesar de estar erizado de flechas, Benkei se mantenía en pie con una mirada fiera en los ojos. Finalmente un soldado reunió el suficiente valor para acercarse, y pudo comprobar que llevaba muerto desde un tiempo indeterminado. Por eso ese lugar se conoce como ‘la muerte en pie de Benkei’, cuya historia turbulenta discurrió, podríamos decir, entre dos puentes*.

Libre por completo de rivales, en 1192 Minamoto Yoritomo se proclamó shôgun, cargo que hasta ese momento había consistido en algo así como un ministro de la guerra. Yoritomo, por tanto, no fue el primer shôgun de Japón, pero sí el primero en ampararse en este título para ser el gobernante absoluto detrás de un Emperador-marioneta. Como para enfatizar la separación entre el poder efectivo del shôgun y el poder nominal del Emperador, Yoritomo desplazó las instituciones de gobierno desde Kyoto a Kamakura. Por ello, esta época es conocida como el shogunato (bakufu) de Kamakura.

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Otra versión del mismo episodio.

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EL CAMBIANTE MAPA DE PODER

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Minamoto no Yoritomo sentado en un taburete de piel.

Después de desembarazarse implacablemente de todos los obstáculos que encontró en su camino, incluido su hermano, Minamoto no Yoritomo demostró ser un gobernante muy capaz. Desgraciadamente, murió prematuramente al caer del caballo. El puesto de shôgun recayó entonces en su hijo, pues ya se estaba configurando como una monarquía hereditaria a la sombra del Emperador. El hijo de Yoritomo era un hombre joven y piadoso, y no estaba en absoluto preparado para lo que se le venía encima: su madre. Masako, la viuda de Yoritomo, una persona ambiciosa, decidida y sin escrúpulos, fue quien asumió efectivamente el poder, ayudada por su padre. En una inexorable secuencia, hizo abdicar a su hijo, que ingresara en un monasterio, y que fuera asesinado. Después, nombró shôgun a su vástago menor: sería el último Minamoto en ocupar el cargo. Dada la corta edad del nuevo shôgun, Masako nombró regente (shikken) a su padre. La política japonesa se había convertido en un laberinto de espejos: ahora no sólo el Emperador era una marioneta del shôgun, sino que éste era a su vez un títere del shikken. En este juego de poder, transcurridos unos años el regente ordenó matar al shôgun vigente, lanzando simultáneamente una campaña de propaganda contra los posibles aspirantes Minamoto al cargo. A continuación, se dirigió al Emperador de turno, Go-Toba, y le pidió que nombrara un nuevo shôgun suficientemente manipulable. Pero el Emperador vio su propia oportunidad, e intentó buscar un candidato que sirviera para restablecer su menguado poder. Durante un tiempo, Emperador y regente se dedicaron a pastelear, a presentar a sus propios candidatos, y a rechazar a los del contrario. Finalmente, en un arrebato de dignidad el Emperador declaró proscrito al regente y, apelando a la divinidad de la dinastía imperial, pidió ayuda a los monjes del santuario de Enryaku-Ji. No acudió ninguno, y Go-Toba se vio forzado a exilarse.

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el Emperador Go-Toba.

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LA PERTURBADORA ATENCION DEL KHAN

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Retrato de Kublai Khan por el artista y astrónomo nepalí Anige (1294)

Los sucesivos regentes continuaron dirigiendo el shogunato de Kamakura, y durante medio siglo reinó la paz. En 1268, en tiempos del shikken Hôjô Tokimune, llegó a Kamakura un mensajero de Kublai Khan para entregar una carta en la que el Emperador mongol de China exigía a Japón el pago de un tributo y el reconocimiento de su soberanía. Tokimune rehusó contestar, y Kublai Khan, aparejando una armada de 800 barcos y 30.000 hombres, emprendió la invasión de las islas más cercanas al continente. El arte mongol de la guerra desconcertó a los samurai, acostumbrados a un modo ritual y caballeresco de combatir. Los mongoles se basaban en movimientos de grandes masas de combatientes, una técnica que abrumaba a los japoneses, para los que la guerra era un asunto entre guerreros de igual rango, abundante en desafíos y combates individuales. En 1275 los mongoles llegaron a Kyushu y desembarcaron en la bahía de Hakata. A pesar de su inferioridad, los samurai se defendieron con tenacidad y obligaron a los mongoles a reembarcar, causándoles 12.000 bajas en el intento.

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Mongoles asaeteando a un samurai.


Pero no había sido más que el primer asalto, y Kublai Khan continuó requiriendo vasallaje al regente. Cuando la frecuencia de los mensajeros se incrementó, Tokimune tomo dos medidas, comenzar a decapitarlos y fortificar la bahía de Hakata. En 1280 Kublai Kan volvió a atacar. En esta ocasión había preparado una masiva armada de 4.400 barcos y 200.000 hombres, dividida en dos escuadras. La primera partiría desde el este, desde las costas de Corea; la segunda, mucho más numerosa desde el sur, desde China. Cuando la primera escuadra llegó a Hakata, su comandante decidió atacar sin esperar a la segunda. Una vez más, la desesperada resistencia de los samurai ralentizó el desembarco de los invasores, pero las noticias de la inminente llegada de la segunda escuadra hicieron presagiar que el fin estaba próximo. Sólo quedaba a mano la ayuda divina, pero el prudente Tokimune tampoco había descuidado este aspecto, y, mientras esperaba la llegada de la flota, había enviado al Emperador al Gran Santuario Ise para solicitar la ayuda de la diosa Amaterasu. Así, en el momento de mayor desesperación, los japoneses que esperaban la llegada de las naves del Khan vieron cómo el cielo se tornaba completamente negro. Entonces entendieron que la ayuda de Amaterasu se materializaba en forma de un kamikaze, de un imparable viento divino que se abatió sobre los barcos invasores, desarbolándolos y hundiéndolos.

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La segunda batalla de Hakata.

Sólo un tercio de los atacantes consiguió salvarse y volver al continente. El Khan planeó un tercer asalto, aún mayor, pero no llegó a materializarse, posiblemente porque el esfuerzo económico había sido excesivo. También Japón se hallaba en bancarrota después de su victoria, heroica, pero que no había aportado territorios ni botín. Peor aún fue que Tokimune falleciera en 1284, y durante muchos años el cargo de shikken no volviera a ser ocupado por una persona tan enérgica.

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LAS DOS CORTES

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El Emperador Go-Daigo.

En 1318 el Emperador Go-Daigo ascendió al trono. Al ver al abúlico shikken del momento* decidió seguir los pasos de Go-Toba** e intentar recuperar para sí todos los poderes de gobierno. Esta vez se preparó mejor el camino con los monjes de Enryaku-Ji, poniendo a su propio hijo al frente de ellos. En 1331 el Emperador huyó de Kyoto con las enseñas imperiales, en las que residía parte de su legitimidad, y se refugió en el monasterio. Go-Daigo contaba además con el apoyo de Kusunoki Masashige, un personaje destacado en la historia militar del Japón por sus dotes de estratega. Hay que decir que, vistas retrospectivamente, las tácticas de Masashige parecen un tanto pueriles. Por ejemplo, estando sitiado en su castillo por fuerzas abrumadoramente superiores del shikken, hizo creer a éstas que sus hombres se habían suicidado en masa en una gran pira, cuando en realidad se habían escabullido por una poterna trasera. Y otra: estando asediado de nuevo, hizo creer a sus atacantes que la guarnición había sido sobornada, y, cuando aquellos entraron confiados por una puerta abierta, esta se cerró con ellos dentro y fueron masacrados. En cualquier caso, Masashige fue el primer militar japonés que desarrolló técnicas de asedio prolongado.

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Kusonoki Masashige en ropas civiles.

Finalmente el shogunato de Kamakura decidió acabar con el problema neutralizando físicamente al Emperador, y envió a un samurai, Ashikaga Takauji, para hacer prisionero a Go-Daigo. Al medio camino, sin embargo, Takauji decidió cambiar de bando, y tomó Kyoto en nombre del Emperador. Las cosas comenzaban a torcerse para el shikken. En 1333, a requerimiento de Go-Daigo, el samurai Nitta Yoshisada reunió un ejército y marcho contra Kamakura. Kamakura se encuentra rodeada de montañas, con pasos fácilmente defendibles contra un ejército invasor. Ante esto Nitta Yoshisada escogió el camino del mar, tradicionalmente considerado inexpugnable. Después de propiciar a los dioses del mar ofrendándoles su propia espada, y tras esperar prudentemente la marea baja, Yoshisada consiguió tomar Kamakura y acabar con el bakufu***, con el shikken, y con la influencia de la familia Hôjô.

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Nitta Yoshisada propiciando a los dioses antes de atacar Kamakura por el mar.

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Ashikaga Takauji

Go-Daigo ahora era de verdad Emperador. Pero, muy crecido por el devenir de los acontecimientos, comenzó a comportarse sin el menor tacto. Para empezar intentó reducir drásticamente el enorme poder de los samurai, y, para evitar que un nuevo shogun pudiera volver a desafiar el poder imperial, designó para el cargo a su propio hijo. Peor aún: demostró una gran ingratitud hacia los que habían combatido por él. Masashige era leal hasta la médula, pero Takauji era otro asunto. Mientras rumiaba su resentimiento, fue enviado por el Emperador a Kamakura para sofocar un intento de restaurar el shogunato por parte del desposeído shikken. Pero al llegar allí, el volátil Takauji cambió otra vez de bando y se colocó a si mismo al frente del bakufu. Inmediatamente, el Emperador mandó a Masashige contra él, que lo obligó a abandonar Kamakura y a retirarse a la isla de Kyushu.

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Kusonoki Masashige en combate

Con el tiempo, Takauji consiguió reorganizarse en Kyushu, infligió una severa derrota a las tropas imperiales enviadas contra él, y retornó a Honshu con un nutrido ejército. Muy alarmado, Go-Daigo acudió una vez más al fiel Masashige que, viendo la magnitud de las fuerzas que se avecinaban, sugirió una retirada táctica a Enryaku-Ji, dejando que Takauji tomara temporalmente Kyoto. Go-Daigo no quiso saber nada de retiradas, aunque fueran estratégicas, y ordeno a su general avanzar sobre Takauji. Masashige, a pesar de saber que era una batalla perdida, obedeció al Emperador y marchó contra Takauji en Minatogawa. Allí, en 1336, se encontraron por última vez estos personajes singulares, Masashige, dotado de la astucia de Ulises y la lealtad de Penélope, y Takauji, que era más bien del tipo Alcibíades. Masashige fue derrotado y herido en la batalla, y allí mismo cometió seppuku. Takauji entro en Kyoto, escogió a un príncipe imperial como nuevo Emperador marioneta, e instauró un nuevo bakufu. Por su parte, Go-Daigo se retiró a Yoshino llevándose, eso sí, las insignias imperiales.

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La batalla de Minatogawa

De este modo se produjo un cisma que se alargó durante más de 50 años. Durante este tiempo hubo dos Emperadores y dos cortes imperiales: la meridional de Go-Daigo que, si atendemos a la posesión de las insignias, era la legítima, y la septentrional, dirigida en la sombra por el bakufu de Ashikaga.

¿Y Nitta Yoshisada? Pues continuó siendo fiel al Go-Daigo, entre otras cosas por un inquebrantable odio hacia Takauji, pero fue sufriendo sucesivas derrotas a manos de éste. Su muerte fue tan memorable como su vida. En 1338, cuando se encontraba asediando el castillo de un enemigo, su caballo recibió una flecha ardiendo que lo derribó. Yoshisada quedó debajo de él, incapaz de moverse, y expuesto abiertamente a las flechas de sus enemigos. Juzgando la situación poco honorable, o poco estética, o ambas cosas, Yoshisada sacó su puñal y se cortó la cabeza.
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* Era Hôjô Moritoki. Intento poner el menor número posible de nombres para no liar aún más. De todas maneras aquí se puede consultar la lista completa de los shikken del clan Hôjô.
** Ver capítulo 6.
*** Bakufu quiere decir shogunato, es decir, el sistema de gobierno en el que el shogun ostenta realmente el poder. Aquí pueden encontrar un esquema de los sucesivos bakufu.


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EL PERIODO MUROMACHI

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Ashikaga Yoshimitsu.

Ashikaga Takauji instauró su bakufu en Kyoto, en el distrito de Muromachi, y así es llamado el periodo que media entre 1338 y 1573. También es conocido como bakufu Ashikaga, pues los sucesivos shôgun fueron descendientes de Takauji. Y es que en todos aquéllos que acceden al poder se revela uno de los más potentes (y absurdos) instintos humanos: el deseo de inmortalidad. En este caso la muerte se intenta vencer mediante la instauración de una dinastía: mientras sus descendientes gobiernan, sus antecesores se perpetúan en ellos. Por eso, no sólo el título de Emperador era hereditario, sino que también acabó imponiéndose esta condición en los puestos de shôgun y shikken. El impulso emocional es, pues, lo primero, y sólo después vienen las racionalizaciones para sostener la legitimidad de cada dinastía. Pero, curiosamente, es frecuente que estas racionalizaciones acaben cristalizando. Por ejemplo, como los Ashikaga descendían de los Minamoto, lo alegaron como título de legitimidad para ocupar el shogunato, y con el tiempo la acreditación del parentesco con esta familia se fue convirtiendo en un requisito para acceder al cargo.

Mientras tanto, entretenidos en sus luchas por el poder central, los sucesivos shôgun fueron perdiendo poder en las provincias a favor de los gobernadores de éstas. Eran éstos los shugo, grandes samurai que, al menos nominalmente, ejercían el poder provincial en nombre de la autoridad central. Con el tiempo, la tendencia centrífuga provocará la desintegración del poder en pequeños reinos de Taifas. Entonces los shugo, que ya serán gobernadores absolutos en sus respectivos territorios, pasarán a llamarse daimyô, y se dedicarán a guerrear entre sí con entusiasmo. Este periodo será llamado sengoku jidai, periodo de los estados en guerra, y culminará con un proceso centrípeto inverso en el cuál, a través de la acción de tres sucesivos unificadores, todo el poder disperso volverá a reagruparse en la persona de un shôgun. Pero no adelantemos acontecimientos.

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El Pabellón Dorado.

El tercer shôgun Ashikaga, Yoshimitsu, fue un personaje excepcional. Gran guerrero, excelente político, y aquejado de inquietudes artísticas y culturales, en 1395, con sólo 36 años, abandonó el shogunato y se retiró a vivir al palacio que se había hecho construir al norte de Kyoto. Era un lugar maravilloso cuya más famosa construcción era el “Pabellón Dorado”, un edificio de tres plantas, cada una de un estilo diferente, revestido con hojas de oro y rodeado de estanques que estimulaban la reflexión. Durante el gobierno de Ashikaga Yoshimitsu la corte meridional reconoció la inutilidad de su resistencia y abandonó sus pretensiones. El actual Emperador de Japón desciende, pues, de la rama septentrional.

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GEKOKUJO

Hasta ahora sólo nos hemos ocupado de la parte más vistosa de la historia, los samurai, la casta más alta de la sociedad. En el otro extremo estaban los campesinos. Tradicionalmente la política y la guerra había sido asunto exclusivo de los primeros, mientras que los campesinos, también de forma exclusiva, se dedicaban a cultivar la tierra. Este modelo social tenía una hermosa simetría, al menos para los samurai: ellos estaban en la cúspide de la sociedad y podían demostrarlo por la fuerza de las armas, lo que constituía una especie de refrendo cósmico al sistema. Pero con el tiempo entre ambos grupos diferenciados comenzó a surgir una zona gris. Por un lado había samurai con pocos recursos, llamados ji-samurai, que, dado que ni siquiera tenían dinero para mantener siervos, se veían obligados a compatibilizar la guerra con el cultivo personal de sus tierras. Y, por otro, había campesinos más o menos ricos, mucho más que algunos de sus vecinos ji-samurai, que, en ocasiones, se dedicaban a actuar como prestamistas, y pronto necesitaron contratar gentes de armas para su protección.

Los campesinos se limitaban a asistir pasivamente a las interminables luchas entre samurai. Estos los ignoraban por completo, por lo que en las guerras no eran frecuentes las masacres o los raptos. Lo que realmente temían los campesinos eran el hambre y las enfermedades derivadas de la destrucción de las cosechas. Eso, y al recaudador de impuestos: Durante el bakufu Ashikaga, la hacienda se llevaba nada menos que el 70% de todo lo que los campesinos producían. Hasta finales del s.XIV los campesinos se mantuvieron perfectamente dóciles, pero a partir de entonces las cosas comenzaron a cambiar. Entre otras cosas porque los empobrecidos ji-samurai sufrían con igual intensidad los embates del fisco, y su naturaleza era menos paciente. A principios del s.XV comenzaron a formarse organizaciones llamadas ikki dedicadas a formular quejas a las gobernantes cuando sus exacciones superaban toda restricción. Pronto, ante la indiferencia de las autoridades y sus crecientes necesidades financieras, comenzaron a estallar revueltas organizadas por los ikki, y en 1441 una de ellas, motivada por la promulgación de ciertos edictos fiscales, se extendió a Kyoto. Fueron tomados algunos edificios estratégicos, y la turba bloqueó todos los accesos a la ciudad hasta que el bakufu se vio obligado a revocar el edicto.

Simultáneamente a las revueltas ikki, los campesinos comenzaron a encontrar oportunidades para mejorar su situación ingresando en los ejércitos de los shugo-daimyô, cada vez más necesitados de efectivos. Éstos les proporcionaban una somera formación militar, y les dotaban de una coraza con el emblema de su señor y armamento ligero. También les daban un casco cónico que, cuando no estaban en combate, les servía para cocer el arroz como si de un wok se tratase. Fueron llamados ashigaru (literalmente, pies ligeros), y su inclusión en el ejército significó una verdadera revolución social pues, como hemos visto, los samurai consideraban la guerra como un asunto de su exclusivo negociado. Sin embargo, desde un punto de vista pragmático, era mucho más rápido y barato para los shugo-daimyô formar un cuerpo de infantes o arqueros ashigaru, que además eran fácilmente reemplazables, que de samurai.

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Tres ashigarû acosan a un samurai, que reflexiona sobre el gekokujô

Y no eran estos las únicas turbulencias dentro de la rígida sociedad japonesa. Por ejemplo, un ji-samurai decidido podía progresar espectacularmente en función de sus éxitos guerreros. El caso paradigmático es el de Hôjô Sôun, que en 1491, a las órdenes de un shugo-daimyô, venció al gobernador de la provincia de Izu. Como recompensa fue puesto al frente de ella, y a partir de ahí se expandió conquistando los territorios vecinos. Hôjô Sôun es considerado el primer daimyô de la era sengoku, de la que más tarde hablaremos.

Insurrecciones de campesinos que anegaban la capital, labriegos haciendo la guerra (y cocinando en sus cascos), advenedizos ji-samurai que alcanzaban la cúspide del poder… Los altivos samurai contemplaban los acontecimientos con la nariz levantada y bastante inquietud. Y, a falta de algo mejor, al menos inventaron una palabra para definirlo: gekokujô, lo inferior triunfando sobre lo superior.

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LA GUERRA ÔNIN

La historia de Japon (del siglo XI al XVI)
Escena de la guerra Ônin

La rivalidad de dos familias samurai, los Yamana y los Hosokawa, aceleró el final de la era Muromachi. Hosokawa Katsumoto y Yamana Sôzen aspiraban simultáneamente al puesto de Kanrei, delegado del shogun en Kyoto. Ese fue el momento, particularmente inoportuno, que el shôgun Ashikaga Yoshimasa, una persona débil e incapaz, escogió para dimitir y retirarse a la vida contemplativa. Los aspirantes a la sucesión en el shogunato eran su hijo y su hermano menor, y los Yamana y los Hosokowa se alinearon respectivamente con cada uno de los pretendientes. Fue el comienzo de la Guerra Ônin, que duro de 1467 a 1477. A pesar de que prácticamente se circunscribió a Kyoto fue muy destructiva, y dejó la capital en ruinas.

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Hosokawa Katsumoto


Mientras tanto Yoshimasa permanecía al margen de los acontecimientos, preocupado únicamente por el diseño de su Pabellón de Plata, un edificio que pretendía emular al Pabellón Dorado de su abuelo*. La guerra finalizó con la poco deportiva retirada de los Yamana, que se marcharon incendiando la ciudad. A partir de ese momento, todos los sogunes Ashikaga fueron meras marionetas en manos de los Hosokawa. Hosokawa Katsumoto pudo dedicarse entonces a construir el Ryōan-ji, un templo zen, famoso por su jardín de piedras, que serviría de tumba para siete emperadores.

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El jardín de piedras de Ryōan-ji

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LA ERA SENGOKU

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El daimyô Uesugi Kenshin, del que hablaré en una próxima entrada, luciendo una magnífica armadura sengoku.

La Guerra Ônin marca el inicio del Sengoku jidai, el “periodo de los estados en guerra”, que abarca desde la mitad del siglo XV hasta comienzos del XVII. Todo empezó con el declinar de los sucesivos shôgun Ashikaga y el desvanecimiento del poder central, que fue gradualmente asumido por los antiguos gobernadores provinciales. Eran estos los shugo, que cuando llegaron a ser virtualmente independientes se llamaron daimyô, señores absolutos en sus respectivos Reinos de Taifas. Una vez independizados del poder central (aunque todos ellos continuaban venerando al Emperador), los daimyô se dedicaron a acrecentar su poder a costa de sus vecinos, y así, poco a poco, el poder disperso volvió a reunirse. Como una gota de mercurio que se estrellase contra el suelo y se fragmentara en otras más pequeñas, y después las más grandes de éstas fueran absorbiendo a las menores hasta volverse a reunir en un todo. Todo esto a lo largo de un siglo y medio.

La historia de Japon (del siglo XI al XVI)
Tanegashima, arcabuz japonés.

En 1542, el portugués Fernando Mendes Pinto salió de la colonia de Macao en dirección a Portugal. Una tormenta lo desvió de su rumbo e hizo que tuviera que refugiarse en Tanegashima, un puerto de Kyushu. Los portugueses fueron llevados ante el daimyô local, que se mostró muy impresionado por los arcabuces que llevaban. Los japoneses ya conocían, a través de los chinos, la pólvora y distintas armas de fuego, básicamente para asedio, pero nada parecido a estas armas ligeras. Después de estudiarlos detenidamente consiguieron reproducirlos, iniciando una exitosa tradición de imitación de tecnología. Estos arcabuces, a los que denominaron Tanegashima, por el puerto a través del que habían llegado, o teppô, suscitaron el desagrado de los samurai, ya que mataban de una manera impersonal que no permitía poner en evidencia el valor de los contendientes. Otra vez el gekokujô. Pero el pragmatismo volvió a imponerse, y poco a poco fue extendiéndose su uso, primero como un arma auxiliar, y, finalmente, como un arma decisiva en la batalla.

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Arcabuceros.

En uno de sus viajes Mendes Pinto regresó de Japón con un fugitivo llamado Anjiro. En Goa, Anjiro conoció al jesuita Francisco Javier, que se preparaba para evangelizar el Japón, y que lo convenció para que lo acompañara como intérprete. En 1549 llegaron a Kagoshima. A pesar de la formidable barrera idiomática, y la dificultad de transmitir ciertos conceptos teológicos cristianos, Francisco Javier consiguió crear congregaciones jesuitas estables en Hirado y Yamaguchi.

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Estatua de Francisco Javier y Anjiro en Kagoshima.

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SHINGEN VS KENSHIN

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Takeda Shingen con su abanico.

He aquí una magnífica historia del Sengoku jidai. Takeda Shingen y Uesughi Kenshin eran daimyô de provincias situadas en la zona central de Honshû. Shingen estaba emparentado con los Minamoto, mientras que Kenshin provenía de una familia samurai de rango menor que había ido ascendiendo progresivamente gracias a su habilidad política y sus éxitos militares. Ambos eran consumados guerreros,y mecenas de las artes. A partir de aquí hay ciertas diferencias entre ambos. Kenshin se mantuvo soltero toda su vida y no tuvo hijos. Shingen tuvo dos esposas, tres amantes oficiales, y unas treinta extraoficiales. Además, por si este alarde fuera poco, era bisexual, y mantenía una relación estable con uno de sus generales (aunque no en batalla).

La historia de Japon (del siglo XI al XVI)
Uesugi Kenshin.

Ambos eran budistas. A Shingen le gustaba ser representado como el demonio Fudo Myo-o, y Kenshin era considerado por sus seguidores un avatar de Bishamonten, deidad budista de la guerra. Quizás por ello, para él la guerra no era un medio, sino un fin: “Shingen hace la guerra para conquistar territorios y plantar arroz en ellos. En cuanto a mi, me fastidia que se enmohezcan mis lanzas”.

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Takeda Shingen representado como Fudo Myo-o.

Ambos, en fin, compartían una recíproca y renuente admiración, y se peleaban de una forma bastante caballerosa. Un ejemplo. Shingen obtenía sal del océano Pacífico, pero su provincia no tenía costa. De modo que, cuando sus poderosos vecinos, los daimyô Hôjo e Imagawa se pusieron de acuerdo, Shingen se quedó sin suministro. Cuando Kenshin lo supo envío una carta a Shingen que decía: “Me he enterado de que Ujiyasu (Hôjo) y Ujizane (Imagawa) están usando la sal para atormentarte. Esto es cobarde e injusto. Yo peleo contigo con arcos y flechas, no con arroz y sal. Por eso, te ruego que obtengas la sal a través de mis tierras”.

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Una imagen más serena de Takeda Shingen.

El escenario de sus luchas fue Shinano, la provincia que tuvo la desgracia de estar entre ambos. Allí, entre 1553 y 1563, Shingen y Kenshin se enfrentaron en nada menos que seis batallas, y siempre en el mismo sitio, el valle de Kawanakajima. De todas ellas, la cuarta fue la más dura. En una ocasión, en Kawanakajima, Shingen estaba esperando en retaguardia noticias de una escaramuza cuando unos jinetes se acercaron al galope. Nadie sospechaba una incursión enemiga, pero se trataba de Kenshin en persona. Antes de que la guardia personal pudiera reaccionar, Kenshin cargó contra Shingen, que, sin tiempo para coger su katana, tuvo que defenderse con el abanico que usaba para dar indicaciones en combate (de este episodio salió con heridas de diversa consideración).

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Una de las batallas de Kawanakajima.

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Un general de Kenshin, en Kawanakajima, rompiendo un escudo de un sablazo.

Puede decirse que la guerra entre Kenshin y Shingen terminó en tablas. A continuación, Kenshin dirigió sus esfuerzos hacia los daimyô Hôjo y Oda Nobunaga (de quien más adelante hablaré), y en 1577, en Tedorigawa, infligió a este último una de las pocas derrotas que sufrió en su vida. En ese momento Kenshin parecía el único daimyô capaz de oponerse a Nobunaga, pero un año más tarde un criado lo encontró agonizando en sus aposentos. Tan providencial resultaba esta muerte para Nobunaga, que se sospechó que había sido obra de éste a través de asesinos ninja.

La historia de Japon (del siglo XI al XVI)
Estatua en Nagano representando el famoso episodio de Kenshin, Shingen y el abanico.




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Fuentes de Información - La historia de Japon (del siglo XI al XVI)

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6 comentarios - La historia de Japon (del siglo XI al XVI)

@SoozLee Hace más de 2 años
Si hubo algo que me senté a leer fue la historia de Japón. Gracias por el post, está completísimo. Mañana cuando tenga puntos te doy unos cuantos.
@SoozLee Hace más de 2 años
alantosello1 dijo:
SoozLee dijo:Si hubo algo que me senté a leer fue la historia de Japón. Gracias por el post, está completísimo. Mañana cuando tenga puntos te doy unos cuantos.

Emperadores

Sabes, me gustaría saber cuál es la verdadera leyenda de Amaterasu, creo que se escribe así. Porque leí dos versiones de la leyenda y me quedé con la duda.
@SoozLee Hace más de 2 años
alantosello1 dijo:
SoozLee dijo:Si hubo algo que me senté a leer fue la historia de Japón. Gracias por el post, está completísimo. Mañana cuando tenga puntos te doy unos cuantos.

sangre imperial

Sobre la historia de los orígenes mismos de Japón, me quedé muy feliz de saber que era matriarcal, y que el primer emperador no había sido el tenno, sino una mujer. La parte de la historia que cuentas en el post es la más interesante de toda la historia de Japón. Me encanta.
@staffatore Hace más de 1 año +1
Sólo me queda un punto que poner.
Impecable post. Te felicito.
@alantosello1 Hace más de 1 año
Gracias
@ElGato-ConBotas Hace más de 1 año
I-M-P-E-C-A-B-L-E !!! Medio sintetizado, pero para no hacerlo así con la historia japonesa tendrías que escribir una tesis mas o menos . Muy bien redactado , ameno y llevadero TE PASASTES LOCO!
Te dejo+10 +fav + Reco + mi mas humilde agradecimiento!
PD: Si quieres hacer uno entero de la era sengoku te puedo ayudar. Saludos!