Toda la situación precedente (ver: Constitución de 1819) hizo crisis en los primeros meses de 1820. Rondeau había reemplazado a Pueyrredón en el gobierno. Las fuerzas
 nacionales enfrentaban a los artiguistas en Santa Fe desde 1818; las expediciones armadas enviadas contra los lugartenientes de Artigas (Estanislao López en Santa Fe y Francisco Ramírez en Entre Ríos) fueron rechazadas. Un precario armisticio se rompió en septiembre de 1819. El gobierno central llamó en su apoyo a las tropas que se batían con los ejércitos españoles en el norte y en Chile. Como ya se dijo, San Martín optó por dar el paso decisivo de su plan, el ataque al Perú, enviando al país sólo un batallón que al llegar a San Juan (enero de 1820) se amotinó derrocando al gobierno local.
El mismo día (9 de enero) el ejército proveniente del norte sé sublevó en Arequito, negándose a participar en la guerra civil, y uno de sus jefes, Juan Bautista Bustos, se hizo cargo del gobierno de Córdoba.
Batalla de cepedaTras derrotar al ejército porteño en Cepeda (febrero de 1820), las fuerzas del Litoral, conducidas por Ramírez y López, exigieron la disolución del Congreso y la renuncia del Director Rondeau. (imagen)
Frente al desmoronamiento del régimen y a la imposición de los vencedores de fijar los términos de la paz, el Cabildo porteño asumió el gobierno de Buenos Aires, como Cabildo Gobernador, hasta que la Junta de Representantes de la provincia —votada en Cabildo abierto— designó gobernador a Manuel de Sarratea.
Surgió así una nueva entidad política: la provincia de Buenos Aires que, como tal, firmó con las provincias litorales el Tratado del Pilar (febrero de 1820).
El acuerdo firmado con Ramírez y López reconocía como sistema de gobierno el de federación, aunque su organización se postergaba hasta un encuentro posterior de representantes, que deberían ser libremente elegidos por “los pueblos”.
Como principio económico fundamental, el Tratado del Pilar establecía la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Luego del retiro de las fuerzas militares del Litoral, se publicaron en Buenos Aires las actas secretas del Congreso, a la vez que se inició juicio a los implicados en el proyecto monárquico.
El derrumbe del poder centralizado dio origen a un proceso de fragmentación del poder, que se expresó en la conformación de provincias autónomas, las que, en ocasiones, se reagruparon políticamente. Aunque no se abandonó el proyecto de constituir una nación unificada, los estados provinciales soberanos fueron, por más de treinta años, los protagonistas políticos.
En enero de 1820 se produjo en Cádiz la sublevación de las tropas destinadas a América para vencer a los revolucionarios. Bajo la dirección del coronel Rafael del Riego, las tropas marcharon sobre Madrid e impusieron a Fernando VII el restablecimiento de la Constitución de 1812, de carácter liberal.
Esta situación favoreció el desarrollo de las guerras por la independencia de América. Así, luego de varias derrotas, los realistas fueron vencidos definitivamente por el general Antonio de Sucre en la batalla de Ayacucho, en diciembre de 1824. La independencia de las Provincias Unidas fue reconocida, sucesivamente, por Portugal (1821), Estados Unidos (1822) —que, simultáneamente, reconoció la independencia de otros países americanos— y Gran Bretaña (1824).
La batalla de Cepeda y el odio a los porteños
El 1° de febrero de 1820 se libró la batalla de Cepeda, nombre de un riachuelo tributario del Arroyo del Medio, límite es
te último entre Buenos Aires y Santa Fe. El Director Supremo José Rondeau con dos mil hombres enfrentó a 1.500 montoneros al mando de Francisco Ramírez, Estanislao López, Carlos María de Alvear, el chileno José Miguel Carrera y los irlandeses Pedro Campbell y William Yates.

La caballería de Rondeau se desbandó sin combatir, al ser atacada por la montonera con "alaridos y voces descompuestas" (según el parte de Rondeau). En instantes se decidió la batalla.
La infantería y la artillería porteñas, al mando del coronel Juan Ramón Balcarce, se retira en orden a San Nicolás. Rondeau quedó escondido varios días en la cañada de Cepeda, y logró eludir la captura. Ramírez dijo que dejó escapar
a los infantes para "no privar a la Patria de brazos útiles para su defensa".

José Celedonio Balbín, comerciante y proveedor del ejército de Belgrano, pasó por el lugar de la batalla de Cepeda, unos meses después, y en su libro Apuntes sobre el general Belgrano (1860), dejó estas líneas sobre los horrores de la guerra civil: "Llegué al anochecer al campo llamado de Cepeda, donde hacía unos meses se había librado una batalla entre las fuerzas de Santa Fe y las de Buenos Aires.
En el patio de la posta donde paré, me encontré de 18 a 22 cadáveres en esqueleto tirados al pie de un árbol, pues los muchos cerdos y millares de ratones que había en la casa se habían mantenido y se mantenían aún con los restos; al ver yo aquel espectáculo tan horroroso fui al cuarto del maestro de posta, al que encontré en cama enfermo de asma; le pedí mandase a sus peones que hicieran una zanja y enterrasen aquellos restos, y me contestó: 'No haré tal cosa, me recreo en verlos, son porteños...' entre aquellos restos de jefes y oficiales debía haber algunos provincianos... Pero en aquella época deplorable era porteño el que servía al gobierno nacional...".
José Miguel Carrera y las montoneras
El general chileno José Miguel Carrera fue figura destacada en la política de su patria, en el primer período independiente. Disgustado con O'Higgins y San Martín, se embarcó para Estados Unidos con el objeto de comprar navíos y armamento para liberar a Chile. Cuando regresó, en 1817, fue detenido en Buenos Aires por orden de Pueyrredón. Logró escapar a Montevideo y allí seenteró del fusilamiento, en Mendoza, de sus hermanos Juan José y Luis (abril de 1818). Juró vengarlos y declaró una guerra a muerte a Pueyrredón. Se unió a los caudillos federales, formó una tropa de chilenos e indios, y contribuyó a la caída del Directorio.

Pancho Ramírez lo recibió como a uno de los tantos refugiados que se acogían bajo sus banderas; pero Carrera, a los pocos días, poniendo en acción su genio y su poder persuasivo, ganó el ánimo del entrerriano. Logró reclutar de todos los cuerpos de la guarnición de Buenos Aires a los chilenos que servían allí, y formó conellos un cuerpo de 300 hombres a los que organizó en pocos días. Grupos de indios también se unieron a esa fuerza y declararon a Carrera Pichirey (Reyecito).
Con esta fuerza, Carrera vagaba por la campaña cometiendo robos y asaltos. Finalmente Carrera resolvió dirigirse a Chile con su tropa, pero fue apresado en Mendoza y fusilado en esa ciudad el 4 de setiembre de 1821, en el mismo lugar donde sus dos hermanos habían sido ejecutados tres años antes. Rechazó la venda con que se quiso velar sus ojos y murió con dos balas en el corazón y otras dos en la cabeza.