Historia de Dietrich Mateschitz, el dueño de Red Bull

El empresario austriaco Dietrich Mateschitz es el dueño de Red Bull, la exitosa bebida energizante.

Historia de Dietrich Mateschitz, el dueño de Red Bull

La diosa de la fortuna le sonrió hace 28 años. Ni él mismo imaginó que la encontraría en un viaje a Tailandia, cuando trabajaba para una empresa de cepillos de dientes.

Todo sucedió cuando Dietrich Mateschitz pidió una bebida en el hotel donde se hospedaba, para recuperarse del jet lag, y le ofrecieron un sabor que de inmediato lo atrapó.

La Kratinf Daeng, en español 'búfalo rojo de agua', fue la clave para que se convirtiera en el hombre más rico de su país y en el actual propietario del equipo campeón de la Fórmula 1 2010: el Red Bull Racing.

El líquido, basado en una fórmula que contenía cafeína y taurina -ingrediente sintético que ayuda a acelerar la eliminación de las sustancias nocivas que se acumulan en el cuerpo debido al esfuerzo físico y el estrés-, causaba furor en Tailandia.

Mateschitz vio en él la oportunidad de convertirse en un empresario exitoso y pensó que le generaría ganancias en Europa, donde no existía. Se quedó con el 49 por ciento de las acciones de Red Bull, la bebida energizante más vendida en el mundo, que fundó con US$ 500.000 de capital, y les dijo a sus socios tailandeses Chaleo Yoovidhya y Chalerm Yoovidhya, que se repartieran el resto.

De sólo siete empleados, Red Bull pasó a 7.000 trabajadores en su nómina. "Jamás creí que lo que empezó como un gusto personal, fuera a ser una 'bomba' mundial", expresa Mateschitz al referirse al impacto de su marca.

Sin duda, su historia es la de todo un emprendedor, la de un cazador de sueños y de oportunidades. Sus padres fueron dos maestros de primaria, que se separaron cuando él era un niño. De ahí que muchos de sus allegados afirmen que es un solitario en potencia, pues nunca se ha casado ni se le conoce descendencia.

Aunque no le gusta regodearse de sus triunfos, hoy, su gran orgullo es el haber silenciado a los Ferrari. El multimillonario austriaco, que creó Red Bull Racing en el 2004, tras comprar al equipo Jaguar británico, convirtió sus bólidos en los más rápidos del circuito en sólo seis años.

Cuando el alemán Sebastian Vettel se convirtió, hace 15 días, en el piloto más joven en coronarse campeón de la F1, con 23 años y cinco meses, en uno de sus carros, el imperio Red Bull, su imperio, llegó a lo más alto del reconocimiento empresarial. Como si fuera poco, la escudería también se situó de primera en el campeonato de constructores.

¿Cómo nació su fortuna?

Mateschitz se define como un hombre reservado, que raramente bebe alcohol y no fuma. Tiene una licencia de piloto y disfruta volando dos de sus tesoros: un Dassault Falcon 900 y un Piper Super Cub. En casi dos décadas, este coleccionista de arte, de aviones y dueño del Salzburgo (el equipo de fútbol de la ciudad sede de la empresa), construyó su imperio a partir de un solo producto: Red Bull.

Amante de los deportes extremos, Mateschitz supo siempre lo que quería hacer con la marca: llevarla a todo el mundo, comercializarla y hacer de ella una bebida que lo catapultara al éxito económico. "Apenas la probé, supe que tenía un sabor especial y que sería lo más importante de mi vida", afirmó en una entrevista concedida el día de la coronación de Vettel.

La empresa, fundada oficialmente en Austria en 1987, es hoy toda una institución en Salzburgo, la tierra donde nació el compositor Wolfgang Amadeus Mozart. Y su símbolo es el 'Hangar 7', situado en el aeropuerto de esa ciudad, que alberga una galería de arte, un restaurante gourmet de lujo, un museo automovilístico y aeronáutico, una cafetería y dos bares, y es visitado anualmente por unas 200.000 personas.

Esta instalación futurista, creada por el arquitecto austriaco Volkmar Burgstaller, en la que Mateschitz expone su flota de aviones, automóviles de carreras y motos, además de ofrecer un espacio a jóvenes artistas, desde afuera parece un ala gigante de avión, de 100 m de largo y 67 m de ancho.

Compuesto por 1.200 toneladas de acero y 380 toneladas de cristales especiales, por dentro, el 'Hangar 7' da la sensación de ser un firmamento celestial. Entre los carros mostrados se destaca uno que lleva el nombre de Vettel.

En el centro de la instalación, de unos 15 metros de altura, se encuentra el plató para un semanal programa deportivo transmitido en directo por Servus TV, el canal propio de televisión de Red Bull.

Marca más que exitosa

Red Bull vende por año unos 4.000 millones de sus latas en 160 países, con una facturación estimada de 3.200 millones de euros, de los cuales un tercio se invierte en mercadeo, incluyendo unos 600 millones de euros en patrocinio de deportistas en disciplinas de invierno y alto riesgo, pero también de fútbol y hockey sobre hielo, incluyendo los 180 millones en la F1.

En el béisbol de las Grandes Ligas, a uno de los que apoya es al lanzador Tim Lincecum, quien fue compañero del colombiano Édgar Rentería en los Gigantes de San Francisco.

Con los Red Bull Salzburgo y los Red Bulls de Nueva York, el enigmático Mateschitz, de 66 años, que poco suele hablar con la prensa, cuenta con dos grandes clubes de fútbol.

Pero las dos escuderías de F1 (también fundó Toro Rosso) son, sin duda, las principales joyas de su corona deportiva y empresarial, ya que sus triunfos han aumentado considerablemente la presencia mediática de la marca en todo el mundo.

Además de la televisión, especializada en reportajes y documentales relacionados con el mundo del deporte, el imperio mediático de Red Bull incluye una revista del corazón ('Seitenblicke Magazin') y una gratuita llamada 'Red Bulletin', con una tirada global de 4,3 millones de ejemplares.

Red Bull también cuenta con una emisora minoritaria en Europa central, pero Mateschitz pretende apropiarse el próximo año de los derechos de transmisión de la F1 y de la Copa del Mundo de Esquí. De lograrlo, esto aumentaría el valor de la principal marca austriaca, que oscila en unos 13.000 millones de euros.

Y como equipo ganador no se toca, el austriaco no está dispuesto a cambiar la fórmula de su éxito, e incluso, rehúye cualquier precisión sobre el valor actual de su empresa-marca. "A las cosas se les suele poner precio cuando están a la venta. Pero ese no es nuestro caso", dice Mateschitz, con la seguridad de todo un campeón.

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