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BBC--México en la era del narco

México en la era del narco
Miles de muertos. Millones que han pensado en irse. BBC Mundo y MSN le destapan la cara al impacto social del narcotráfico en México. Un informe especial que recorre las múltiples facetas de este flagelo que repercute en toda América Latina.


Narcomoda

El narcotraje es el mensaje
El atuendo del narco es la inspiración para un relato de ficción de Élmer Mendoza que gira en torno a la narcoviolencia.
La ropa da pertenencia y jerarquía al interior y al exterior de la tribu. Entre los grupos delincuenciales, el traje es mensaje.
Humprey Boggart idealiza la imagen del mafioso que se simbiotiza con él, y no pasa mucho tiempo cuando todos visten trajes elegantes con esas estupendas camisas blancas. El atuendo es un importante elemento de integración.
Los primeros narcotraficantes eran campesinos. Llegaron a la ciudad con sus pantalones de mezclilla liváis y sus camisas cuadradas de lana o franela.
Calzaban huaraches o zapatos de cuero crudo y llevaban sombreros de palma y tal vez una pequeña cadena de la Virgen de Guadalupe para la protección. Las mujeres, faldas floreadas.
Con los años, e integrados a la ciudad, su imagen se modificó abruptamente. Porque como te ven, te tratan.
Diseñadores avezados se aventuraron entre la sobriedad de "El Padrino" de la película ocupándose de su huerto de tomates y las camisas cubanas de "Scarface", resultando pantalones de tela fina en colores caqui u oscuros, camisas desde lisas hasta las estampadas tipo Miami, botas de pieles exóticas como avestruz y cocodrilo, gruesos cinturones de ostentosas hebillas de cuero trabajado a mano (pitiado) y joyas gruesas, aderezadas con esmeraldas y brillantes.
Ellas, ahora, se visten en las casas más prestigiosas.Y ambos prefieren los jeans de marca, con incrustaciones o bordados y sombreros de US$10.000 dólares.
Los narcos son protagónicos. A pesar de que les convendría pasar desapercibidos, ocurre todo lo contrario, les encanta llamar la atención y en esto su indumentaria cumple un papel significativo.
Vestidos a su manera manifiestan su pertenencia a un grupo poderoso, que el resto imita con asombrosa felicidad.
De esa realidad de la sociedad mexicana de hoy, surge este relato de ficción.
LENNON ANTE UN PIANO
El Zurdo Mendieta es un policía que vive en la Col Pop, en Culiacán, un barrio bravo donde han vivido boxeadores, artistas, guerrilleros y narcos. Hubo un tiempo en que los jóvenes decían que sólo tenían dos opciones: la guerrilla y el narco, y como la guerrilla fue aniquilada demasiado pronto, gastaron sus sueños transportando maletas con droga, o camiones o lanchas a la frontera con Estados Unidos.
Tocan. El Zurdo, que vive solo, abre. Se encuentra viendo "Expiación" y no le agrada la interrupción. Qué onda, le sorprende el visitante y sobre todo a media noche. El único placa que me atrapó, dice el Roñas, un narco del barrio. ¿Puedo pasar? Ya estás adentro.
En efecto, el Roñas quitó unos periódicos del sofá y se sentó. Lucía botas de piel de avestruz amarillas, jeans negros y camisa de seda estampada. Se aderezaba con una esclava de brillantes en cada brazo y un Cartier en la izquierda. Colocó un paquete a su lado.
Ya pinche Zurdo, deja de mirarme como si no me conocieras. Es que, no entiendo qué haces aquí, a esta hora, vestido como si fueras a una de tus fiestas. Qué, no me ofendas cabrón, si me atreviera a ir a una fiesta así no me dejarían entrar, a eso se va bien línea o no se va. No me digas. Las botas, por ejemplo, deben costar el doble, y bueno, para eso tengo mis esclavas de esmeraldas. O sea que ahora vienes de pobre. Pues sí, no quiero que la raza hable de mí, que soy presumido y eso; además sólo es una visita, mi Zurdo, pero vamos a estar bien. ¿Quieres una raya? No. No imaginas lo que te pierdes y te repito lo que te dije hace varios años, lo que necesites, no se me olvida que fuiste el único cabrón que me echó el guante. No me lo recuerdes, casi me matan tus enemigos por dejarte libre. Ah, eso es otra cosa: pero me gustó que no olvidaras que somos del mismo barrio y que crecimos juntos.
Tenían más de 40 años y ambos acusaban la edad. ¿Tienes algo de beber? Agua. Me oxido, sonrió. Cerveza. Viene. Mendieta se sentó frente al visitante. Qué diferente, 14 años atrás, cuando lo apañó, vestía mezclilla y una playera con la efigie de John Lennon. Era admirador del Beatle y le gustaba que se supiera. No lo soltó porque fuera del barrio o por ser ex condiscípulos, sino porque meses atrás, le había avisado a su hermano que la policía política iba por él. En la Col pop todos se cuidaban la espalda y él no iba a regarla.De verdad, qué diferente. Con esa ropa de seda y ese aire triunfal. Puso atención y vio en el estampado de la camisa al hombre de Liverpool. Veo que sigues fiel a tu ídolo. Hay amores eternos, mi Zurdo, y éste es uno de ellos. Sé que aún vives con la Concha. Vieras a mi vieja, ya no es la flaca que conociste. Ahora se viste de marca, tiene sus buenas joyas y la verdad le engordaron tan bien las nalgas que cuando se viste de jeans casi la mato a la cabrona, o a los pendejos que se le quedan viendo; es un cuero, mi Zurdo.
Mendieta le abrió otra cerveza, él apenas había probado la suya. Sé que te estás matando por saber a qué vine, no digas que no. No tengo la menor idea y si lo quieres saber, ya me relajé, mintió. El Roñas era uno de los narcos más buscados, su cabeza tenía el precio más alto fijado por la DEA. Después de todo tienes razón, nos conocemos desde chiquitos. Sí, pero tú saliste loco, es lo único que explica que te hayas metido de placa y que sigas en la miseria; oye, y tú carnal. En el otro lado. ¿Se casó con aquella nalguita de la otra calle? Lo puso quieto. Ese cabrón era hombre no pedazo. Mendieta encendió un cigarrillo y bebió.
¿Quieres saber dónde vivo? No. Haces bien, desde que el presidente nos declaró la guerra esta ciudad es un desmadre, no se puede vivir aquí, mi Zurdo, no me gusta aquí para que crezcan mis nietos; qué es eso mi Zurdo, han llenado la ciudad de sardos y federales, varios de ellos se han alocado y ya ves los muertos por día, pero qué te cuento yo a tí, eres placa, cabrón, el único que me detuvo.
Se bebió su cerveza de un trago. Y vine a eso mi Zurdo, a prevenirte, cabrón. Se van a ir contra los polis. En este paquete hay ropa para que te disfraces de gente decente, porque a tus colegas, ahora mismo los están matando, será una masacre, pero nosotros no tenemos la culpa; lo que te traje te va a gustar, te vestirás como si fueras a una fiesta, salvo la camisa que es igual a la mía. ¿Cómo sabes eso? Nada se me oculta, mi Zurdo. Se miraron. La ropa es un salvoconducto. Nunca fui fan de Lennon. Lo sé, rompió la bolsa y sacó una camisa donde Lennon está ante un piano. Pero da buena suerte. Las esclavas y el reloj me los devuelves, ya te diré cómo. Roñas, no voy a huir. Sé que te sobran huevos, mi Zurdo, y no te estoy diciendo que huyas, vístete como nosotros para que salgas de aquí. Se quitó las botas. Tal vez son de tu número y no trates de entender, en una semana nos vemos en el Jardín Botánico, a las seis de la tarde, ahí me regresas las joyas, la ropa, como te va a encantar y te va a quedar pintada, puedes quedarte con ella. Pero por qué de John Lennon, me hubiera gustado algo de Mick Jagger. Deja de repelar o te meto un tiro aquí mismo, cabrón. Se puso de pie sonriendo.
Dos días después, la prensa reportó 52 policías muertos esa noche.
Élmer Mendoza es novelista y dramaturgo mexicano. Obtuvo el premio Tusquets de novela 2007 por "Balas de plata". Es además maestro de la Universidad Autónoma de Sinaloa y miembro del Colegio de Sinaloa. A Mendoza se le considera una de las voces que ha convertido a la novela policíaca en literatura de primer nivel en América Latina.

Narcomúsica

Hazañas narco con ritmo norteño
Los narcocorridos glorifican las correrías de los narcos, y gozan de gran popularidad. Pero muchos critican que las canciones h
Primero fue Camelia, la Tejana, mujer de agallas y heroína al margen de la ley.
En plena ruta, y mientras traficaba su "hierba mala", Camelia, pistola en mano, puso fin a la vida de su compañero de andanzas, el Emilio Varela. Siete balazos. De Camelia y el dinero, ya nunca más se supo.
Lejos de morir, Camelia pasó a formar parte del imaginario popular. La canción que le dio vida, "Contrabando y traición", se convirtió en el punto de partida de un género musical: el de los narcocorridos.
Y fue también el primer éxito de ventas con el sello distintivo de Los Tigres del Norte, banda emblemática de la música norteña que ha sumado discos y adeptos por más de tres décadas.
Los relatos heroicos al ritmo del acordeón no son una novedad: las baladas y los corridos, inspirados en valses y polkas, son parte del folklore mexicano desde hace por lo menos un siglo.
Se escuchan en cada cantina de las zonas rurales, y se repiten sus estribillos pegadizos mientras suenan estridentes los instrumentos de viento.
Como destaca José Manuel Valenzuela, académico especializado en el estudio del lenguaje, para la población mayormente analfabeta del México del siglo XIX, el corrido fue "crónica, diario, constancia e interpretación" de tragedias y eventos.
Cientos de ellos se han escrito para cantar loas a las figuras de la historia mexicana, como Pancho Villa y los líderes de la revolución.
A los narcohéroes
Luego, cuando los héroes comenzaron a jactarse de otra clase de hazañas, los corridos no hicieron más que reflejar esta realidad. Junto a los cultivos ilícitos y los traficantes de la frontera, el narco comenzó a tener su propia banda de sonido.
Muchos dicen, incluso, que los mismos jefes de los carteles entregaron jugosas sumas para que alguna banda les compusiera una canción que eternizara sus fechorías.
Elijah Wald, autor del libro "Narcocorrido", relata que "lo primero que un traficante hacía tras una operación exitosa, era contratar a alguien" que escribiera sobre su hazaña.
Aunque, por cierto, la mayoría de las bandas musicales siempre ha negado todo vínculo con los jefes de los carteles y sus secuaces. Ellos, repiten, son juglares contemporáneos y, como tal, cuentan historias y chismes - entre ellos, los del narco.
Los corridos, otrora relatos rurales, se infiltraron así en la cultura urbana, como si el relato de los submundos de las drogas le diera un matiz "narco-chic" que los vuelve digeribles para nuevas audiencias.
El viraje temático, junto con la globalización acelerada de la industria discográfica, hizo del narcocorrido un género líder en las listas de "los más escuchados".
Según Wald, en los años 90, más de dos tercios de los discos de música latina que se vendían en Estados Unidos eran de narcocorridistas mexicanos, y Los Ángeles se convirtió en el epicentro del género más allá del Río Bravo. Todas las voces, un sólo estilo: hazañas narco con ritmo norteño.
La era post-Chalino
En 1992, la muerte de Rosalino Sánchez marcó, para muchos, el fin de una era.
Este corridista de voz áspera y sombrero eterno, conocido por su apodo de "Chalino", construyó un negocio basado en la composición de narcocorridos y su distribución en cassettes, allá por los años 80. Tenía 31 años cuando lo mataron, al terminar un concierto en Culiacán.
Su confusa muerte alimentó la crónica policial y el fervor de sus seguidores. Más allá de disparar las ventas de sus discos, el asesinato del Chalino fue una señal de alarma: algo no estaba saliendo bien en el encuentro explosivo de la música y el narco.
Desde entonces, varios cantantes populares norteños fueron amenazados. Otros, atacados, secuestrados, degollados... Entre noviembre y diciembre de 2007, los medios informaron de nueve muertes violentas en el mundo de la música grupera.
Acusados de idealizar la vida pandillera, y el tráfico y el consumo de drogas ilícitas, varios cantantes salieron a defender su música que, según alegan, está arraigada en la tradición y no hace más que reinventarse de acuerdo con los tiempos que corren.
Otra vez se habló de los vínculos con los carteles, de composiciones a pedido, de conciertos privados para los jefes narco, y de enfrentamientos entre grupos musicales simpatizantes de carteles rivales.
Ya en 2002, durante el gobierno de Vicente Fox, los corridos fueron prohibidos en algunas radios locales, sobre todo en el norte y centro del país, como una medida para ayudar a erradicar la violencia creciente.
Pero, lejos de acallarse, la música siguió sonando. Millones de dólares en ventas, conciertos multitudinarios, clubs de fans internacionalizados y potenciados por internet. Hasta el escritor Arturo Pérez Reverte reivindicó públicamente el género, al asegurar que un narcocorrido fue la fuente de inspiración de su reciente novela "La Reina del Sur".
Otros, en cambio, destacan que la glorificación de la ilegalidad, aunque sólo sea con intenciones de crónica de una era, no tiene sino efectos dañinos para una sociedad jaqueada por la narcoviolencia.
En algunos clubes y cantinas de los estados fronterizos del norte, ya no se escuchan las andanzas de Camelia. Ni muchas otras historias que vinieron después, corridos con letras más explícitas y provocativas que celebran a los capos narco, desde los Arellano Félix al "Mochomo" Leyva.
Los dueños de los antros se autoimpusieron la veda, a pedido de un público que no quiere escuchar en ritmo bailable lo que ve en los periódicos y en las calles.
Jefe de jefes
Los Tigres del Norte, en tanto, siguen sumando discos y giras más allá de la polémica.
Junto a Los Tucanes de Tijuana, el quinteto de los hermanos Hernández es uno de los grupos de corridos de más larga trayectoria.
Así lo confirman sus 47 álbumes, 130 discos de platino y más de 32 millones de copias vendidas, más una larga gira por España y Estados Unidos durante 2008.
La banda de Sinaloa, que siempre se ha definido como simple cronista de la vida cotidiana mexicana, dice huir de la glorificación de los narcotraficantes.
Con ellos dialogó BBC Mundo para hacerles la pregunta que está en el centro de la polémica: ¿son los narcocorridos el reflejo de una sociedad o un instrumento de propaganda que glorifica a los criminales?
Asimismo, Los Tigres respondieron a las preguntas que nos hicieron llegar los lectores, en una jugosa entrevista interactiva para
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¿Qué dijeron? Aquí, un anticipo:
La entrevista completa con Los Tigres del Norte será publicada el viernes 26 de septiembre, en este mismo espacio.
Participe
¿Se le ocurre algún otro tipo de corridos?
¿Cree que se puedan contar otro tipo de historias al ritmo de la música norteña?
¿Tiene alguna idea de un corrido con diferentes contenidos?
En BBC Mundo lo invitamos a escribir un corrido diferente, cuya letra vaya en contra del narcotráfico. ¡Dele rienda suelta a su creatividad y envíenos sus letras!

Narcocine

"La realidad superó a la imaginación del cine"
El mexicano Mario Hernández lleva veinte años tras las cámaras, y es uno de los referentes del llamado "narcocine". Entrevista
Hubo un tiempo en que los hombres del narco fueron los héroes de la pantalla grande.
Vestidos con botas rancheras y sombreros de ala, relataban sus hazañas al margen de la ley, acompañados por alguna novia del jefe del cartel que cumplía su capricho de actriz, aunque nomás fuera en un papel secundario.
El "narcofilme" mexicano se convirtió en un género por derecho propio ya en los años 70. Muchas de las historias llevadas al cine se inspiraron en los corridos que se repetían a toda hora en las radios, y fueron protagonizadas incluso por los mismos narcocorridistas -caras reconocibles y objeto de adoración de las audiencias populares.
Fue la "época de oro" en la que brillaron Antonio Aguilar y los hermanos Almada en cintas como "Operación marihuana" o "La banda del carro rojo".
Estos relatos visuales, llenos de escenas de ruta, violencia y romance en clave trágica, se encargaron de difundir la simbología del narco entre el público, y de llevarla más allá de las fronteras.
Se apagan los proyectores
Cuando la violencia de la realidad se impuso ante la del cine, el narcofilme cayó en desuso.
La pérdida de popularidad del género lo relegó a las bateas de los videoclubes, al circuito de consumo hogareño y a las salas de exhibición "clase B".
Algunas anécdotas sirven para ilustrar esta caída. En 2007, el actor Rumaldo Bucio -conocido en la industria bajo el seudónimo de Agustín Bernal- se retiró de sus protagónicos en películas ultra-violentas para postularse como alcalde de su pueblo natal, en Michoacán. Para él, el narcocine se había vuelto moralmente cuestionable.
Y aunque no todos los filmes glorifican las correrías de los carteles, y muchos se encargan de encarcelar a los maleantes antes de que aparezca el título de "Fin", la violencia parece ser excesiva para el espectador promedio de hoy.
Cuando la calle está en jaque, las narcopelículas parecen imitaciones burdas -como si resultara de dudoso gusto ver la realidad de cada día magnificada y en technicolor.
Dupla exitosa
Mario Hernández fue uno de los directores taquilleros de hace dos décadas y, trabajando en dupla con el cantante Antonio Aguilar, forjó su nombre gracias a narcocorridos ilustrados para el cine.
"Yo hacía esos corridos en un 'formato visual'. Eran películas muy elementales, pero muy exitosas", recuerda con voz pausada, a sus 72 años.
Con él dialogó BBC Mundo para conocer la gloria y debacle del narcocine mexicano.
¿Cómo fueron sus primeros pasos en el narcocine?
Con Antonio Aguilar hice como diez películas sobre corridos que ya habían sido compuestos. Él como cantante popularizaba los corridos, y cuando éstos adquirían fama y tenían atractivo, se convertían en películas.
En ese momento, el cine mexicano contaba con producción, distribución y exhibición manejadas por el Estado, entonces esas películas se mostraban en los cines y tenían mucha difusión.
A través de la Compañía Operadora de Teatros o Películas Nacionales, por ejemplo, había unas 2.000 salas disponibles en todo el país.
Entre las cintas que llegan hoy a los circuitos comerciales es difícil encontrar una "narcohistoria" de producción mexicana, mientras que Hollywood produce películas como "Traffic" u "Hombre en llamas". ¿El tema está vedado en el cine mexicano?
No es que esté vedado, pero Hollywood aborda el tema con mucha frecuencia. "Traffic", precisamente, fue una producción muy grande inspirada en nuestra realidad mexicana.
Pero actualmente ya no se producen tantas, aunque los corridos están muy vigentes y se siguen componiendo con buena respuesta del público.
Hasta hace unos años, los héroes del narco eran vistos como eso, como héroes, porque ayudaban a su comunidad. Pero eso cambió.
¿Por qué cree usted que es eso?
Pues creo que se saturó el tema, que estas historias ya no funcionan temáticamente porque la situación ha ido más allá de la imaginación que pudo tener el cine...
Como si hubiera decrecido el interés del público porque aumentó el problema en la realidad...
Ciertamente, el público se hartó de que se le esté contando lo mismo en el cine que en los periódicos. La realidad actual superó al cine.
Ante el crecimiento de la narcoviolencia, ¿usted siente, como cineasta, algún dilema moral al mostrar, con cierto tono de hazaña, un fenómeno que está afectando a la sociedad en su conjunto?
Bueno, existe un dilema, pero la responsabilidad del artista es mostrar la realidad desde todos los puntos de vista. Lo que sucede es que los cineastas hoy no tienen la información completa de lo que realmente sucede en ese mundo del narcotráfico, excepto lo que trasciende a la prensa. Eso obliga a incursionar en la ficción para el relato.
Lo que podía decirse, ya se dijo. Y lo que queda por decir - la corrupción, la filtración a otros ámbitos- no puede decirse, porque no creo que nadie conozca la verdad de primera mano. Y quien la conoce, no está interesado en difundirla.
¿Por temor a lo que pueda pasarle?
Sí, probablemente....
¿Y cómo pone el límite? ¿Cuándo dice "esta historia, no"?
Bueno, si la historia es interesante, vale la pena hacerla. Todo depende del enfoque.
Yo recuerdo, por ejemplo, mi película "El hijo de Lamberto Quintero" (1990), que era una historia que abordaba la amistad... hablaba de eso, y por eso me gustó. Que fueran narcotraficantes era por añadidura, podrían haber repartido leche o qué se yo... el tema era otro.
Usted que lleva 20 años tras la cámara, ¿cómo ha visto cambiar el género del narcocine, más allá de una disminución en la cantidad de títulos que se producen?
Afortunadamente, hubo una apertura temática. Cuando yo comencé, había aspectos que no se podían tocar, o sólo se hacía muy superficialmente, como la vida diaria de los supuestos traficantes.
Al haber esa apertura, entonces se abundó en esos temas y, por fortuna, se está haciendo un cine más real, más auténtico... más honesto, pues.
¿Y cómo se hace para sortear esa dificultad del acceso a la información del mundo del narco?
Si el cineasta es honesto y está preocupado por lo que sucede a su alrededor, encuentra maneras de llegar a esa verdad y difundirla, como lo hace el periodismo o la novela. Pero no es fácil.
¿Cree que estas películas tienen una "mexicanidad" propia, un tono distintivo que las hace reconocibles como producto cultural de México para todas las audiencias?
Creo que el hecho de abordar el tema musicalmente ayuda... Llega por ahí, la cultura nace de ese punto de vista.
Los traficantes son muy aficionados a la música, e incluso se encargan corridos para ensalzar a determinadas personas que, según ellos, trascendieron su medio.
Esos corridos que trascienden son punto de partida para el cine. Eso siempre fue así, porque los corridos eran la única fuente de información para el género. De información, y de inspiración.
Se habla del financiamiento de la música por parte de los narcos, con pagos a algunos narcocorridistas y composiciones a pedido. ¿Esto también ocurre en el cine?
También ocurre, sí... Se dice -claro que no me consta- que muchos productores lavaban dinero del narco produciendo películas. O los mismos narcos producían películas.
¿Y usted ha tenido alguna experiencia de primera mano?
No, para nada...
Ni amenazas...
No, de ninguna manera. Es que cuando yo hice esas películas, las hice al lado de una persona muy querida por el público, y cuando digo público, incluyo a los narcos. Aguilar era muy querido, entonces había un respeto.
Y si hubo algún intento, ellos [los narcos] entendieron que no había nada que hacer por allí, que no iba a prosperar. Sabían que iban a ser rechazados, porque lo que a Antonio le sobraba era financiamiento. No tuvo necesidad nunca de recurrir a ellos.
El negocio de este género tuvo un auge en los años 80 y fue, en parte, por el videohome, por el consumo hogareño. ¿Cómo afectó esto el proceso de pensar y producir películas?
Cuando el cine mexicano perdió su distribución masiva en las salas, porque el cine estadounidense acaparó los mercados y se hizo imposible recuperar la inversión de una producción nacional, quedó un público ávido por consumir esa clase de cine.
Y querían aquello a lo que estaban acostumbrados, sin grandes cambios.
Pero los productores, que ya no tenían los medios económicos de antes, empezaron a hacer películas con presupuestos ínfimos, lo que generó una especie de sub-cine.
Ello permitió, de todos modos, seguir haciendo películas del género.
¿Qué impacto tiene la comunidad hispana en Estados Unidos en el consumo del narcocine?
Precisamente, esas películas que proliferaron en video hasta hace pocos años eran, en parte, para satisfacer la demanda de ese público, de aquéllos que seguían añorando el cine popular mexicano desde fuera.
¿Cómo elegía usted a sus actores, a aquéllos que iban a encarnar a las figuras del narco?
Casi siempre tenían que ponerse en la piel de los héroes de los corridos, y convocábamos a personajes muy populares, como el mismo Antonio Aguilar, Vicente Fernández y otros corridistas.
Entonces, eran películas hechas como trajes a la medida para figuras como ellos.
Más recientemente, algunos actores decidieron retirarse del género porque tenían dilemas ante la necesidad de representar a figuras que cometen delitos y están al margen de la ley. ¿Qué opina usted de eso?
Bueno, es lógico... en este entorno, de pronto, muchos son asesinados o perseguidos, o desaparecen así, sin más... No sabemos qué sucede, aunque lo sospechamos. Esto pasa con los vocalistas de las bandas de corridos, entonces es lógico el miedo.
Y alguien responsable no puede hacer películas que fomenten la admiración por los narcos, dada la situación actual.
Un dilema que no afecta a Hollywood...
No, claro, ellos sólo lo hacen por cuestiones comerciales. Y lo ven desde el costado de una sociedad de consumidores, no de quienes sufren las consecuencias del tráfico.
¿Volvería hoy a hacer un "narcofilme"?
Nooooo... ahora es terrible.
Deberían hacerse películas con este tema, pero reflejando la realidad, expuesta con honestidad y objetividad, para de esa manera ayudar a erradicar el problema. Ese es el sueño de cualquier cineasta que se respete.
Mario Hernández dirigió más de 40 películas del cine mexicano, entre las que se cuentan "El Mexicano" (1976), "¡Que viva Tepito!" (1980), "Noche de carnaval" (1981), "Zapata en Chinameca" (1988) y "La sangre de un valiente" (1992). Su más reciente filme es "Cementerio de papel" (2007), sobre la "guerra sucia" en el México en los años 70.

Narcomujeres

Mujeres en las infanterías del narco
En el mundo narco la mujer por lo general no tiene un rol protagónico sino vinculado a la explotación y la discriminación.
"La fiesta estaba en su punto y la banda retumbaba... el señor ordenó: nadie dispare se bajó una bella dama con 'cuerno' de inmediato el festejado supo de quien se trataba era la famosa Reina del Pacífico y sus playas pieza grande del negocio una dama muy pesada".
"Fiesta en la sierra", Los Tucanes de Tijuana
Protagonista de narcocorridos, distinguido miembro de la aristocracia del narco mexicano, Sandra Ávila Beltrán, conocida como la "Reina del Pacífico", desnuda una realidad: cada vez con mayor frecuencia las mujeres se ven involucradas en el narcotráfico.
La captura de Ávila Beltrán el 28 de septiembre del 2007, en Ciudad de México, fue aprovechada por el actual gobierno mexicano para mostrar que en la "guerra contra el narcotráfico" ha logrado importantes victorias, aunque se tenga que lamentar la pérdida de más de 3.000 vidas en lo que va del año.
A esta mujer se la acusa de manejar una ruta de tráfico de droga proveniente de Colombia rumbo al mercado de Estados Unidos, por vía marítima.
Con su belleza de morena sinaloense, su porte y su confianza, Sandra fue explotada en una serie de spots comerciales transmitidos en los horarios centrales de la televisión.
Contrario al impacto y al uso mediático de personajes como Sandra Ávila Beltrán, el rol de las mujeres en el narcotráfico corresponde a situaciones de explotación y discriminación.
En México, la presencia femenina en este negocio ha aumentado en los últimos años, como resultado de la búsqueda de modos de supervivencia de quienes han visto agotados sus horizontes.
Infanterías del narco
Las mujeres son parte de las "infanterías" del narco. Los roles más frecuentes que desempeñan en el negocio son los de "burreras", dedicadas al transporte en menor escala de droga, siempre del sur al norte, hacia el mayor mercado del otro lado de la frontera de México con Estados Unidos.
Son también vendedoras del narco menudeo, dealers en el narcotráfico de la calle, el que se realiza a ras de asfalto. Muchas veces son reducidas a meros objetos de ornato y uso, aprovechadas por quienes controlan sus vidas convirtiéndolas en mercancías.
En los penales de ciudades fronterizas, como Ciudad Juárez o Nuevo Laredo, o en los de ciudades como Guadalajara o Ciudad de México, un alto porcentaje de las mujeres que han perdido su libertad están acusadas de narcotráfico.
Se trata de "burreras" que transportan droga a cambio de pagos cada vez más exiguos. Por desgracia hoy sobran mujeres para la tarea, casi siempre jóvenes -lo mismo en Uruapan, en el estado de Michoacán, que en cualquiera de los pequeños poblados de la sierra de Sinaloa y Durango, y en otros muchos lugares del país.
La mayoría de las veces, detrás de estas mujeres hay crueles historias de pobreza. En ocasiones son usadas como señuelos, se elige a un par de ellas para que sean capturadas y otro par sigue su camino para entregar la mercancía sin problema alguno.
En la cárcel de Santa Martha Acatitla, en Ciudad de México, la anciana "Guadalupe" aprovecha los días de visita en el penal femenino para vender dulces y golosinas. "Guadalupe" está convencida de que las drogas deben despenalizarse.
Ella administraba un pequeño negocio, la venta al menudeo de dosis de cocaína, cristal y marihuana. Un negocio que reportaba considerables ganancias a sus verdaderos dueños.
Los grandes consorcios del narco, los carteles conocidos como el de Juárez, el de Sinaloa y el del Golfo, desde hace años han encontrado en la venta al menudeo de drogas la vía para mejorar su negocio y extender el control de plazas y rutas mediante la corrupción.
Raptos y vidas truncadas
Hace poco menos de 20 años en Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, era común que ocurrieran raptos de mujeres jóvenes. Se las llevaban los narcos y no había remedio.
Vidas truncadas, extrañas historias de mujeres que de pronto se involucraban en una alucinante realidad. Las adicciones, la violencia, el poder y la riqueza. Pocas vivieron para contarlo.
Las mujeres bellas hoy encuentran el peor de los destinos cuando forman parte de la colección de damas de algún personaje del universo narco. Pasan la vida condenadas a la frivolidad y los excesos y pronto son excluidas, cuando alguien más joven, más bella, más dispuesta, ocupa su lugar.
Sólo por excepción las mujeres van más allá en la realidad del narco. Sandra Ávila, la Reina del Pacífico, pertenece a lo que puede llamarse la narco aristocracia: tiene nexos familiares con personajes que han controlado el negocio del narcotráfico en México desde hace 30 años.
De acuerdo a la información oficial, logró establecer una eficaz red de lavado de dinero que operó para distintas organizaciones, y después fue capaz de armar una ruta para el trasiego de cocaína de Colombia a Estados Unidos.
Otra mujer que resulta excepcional es Raquenel Villanueva, quien ha sido abogada de personajes a los que se liga con el narcotráfico. Villanueva fue víctima de varios atentados en contra de su vida y considera que el mayor problema en México para la justicia es la corrupción.
No hay duda de que en el último par de años ha aumentado la presencia de mujeres en el narcotráfico. Lo demuestra el número de mujeres víctimas de ejecuciones en distintas zonas del país.
Algunas mujeres han sido capturadas como parte de grupos armados, y presuntamente han participado en actividades de protección y como sicarios al servicio de los barones de la droga.
Después de todo, las empresas dedicadas al narcotráfico son eso: empresas, donde lo que importa es el negocio. Se trata de verdaderas trasnacionales. En ellas, como ocurre en la mayoría de las empresas que subsisten en una sociedad como la nuestra, las mujeres ocupan las últimas posiciones.
En México, son parte de las cada vez más numerosas infanterías del narco.
Víctor Ronquillo es periodista y escritor mexicano. Se especializa en temas vinculados a la violencia social. Es autor del libro "La Reina del Pacífico y otras mujeres del narco", así como de "Las muertas de Juárez" y "La guerra oculta: impunidad y violencia política",

Narcocorrupción

Redes mexicanas de corrupción y violencia
El gobierno declara la guerra contra el narcotráfico pero ¿cuáles son los costos de la política antidrogas?
La guerra contra las drogas está a punto de cumplir un siglo y el problema a nivel mundial, lejos de resolverse, ha crecido en términos del consumo de drogas ilegales y ha generado costos muy altos para varios países que participan en la cadena de la producción, transporte y venta de drogas.
Estos costos son particularmente altos en algunos países latinoamericanos que, coincidentemente, cuentan con instituciones de seguridad y de justicia débiles, lo cual hace que los efectos de este fenómeno lleguen incluso a amenazar seriamente la gobernabilidad.
Éste ha sido el caso de México, por lo menos durante las últimas dos o tres décadas.
Si bien la producción y tráfico de marihuana y heroína existen en México desde principios del siglo XX, el problema adquirió dimensiones preocupantes a partir de mediados de la década de los 80, cuando la cocaína proveniente de Colombia empezó a inundar el mercado estadounidense y para llegar a su destino utilizó las rutas y los servicios de los "marihuaneros" mexicanos.
Ello alimentó de manera feroz el crecimiento de las bandas del narcotráfico mexicanas que, a mediados de los años 90, llegaron a ocupar el vacío dejado por los carteles colombianos desmantelados.
El fortalecimiento de los carteles mexicanos trajo un incremento en los dos efectos colaterales del narco: corrupción y violencia.
Violencia funcional
Los traficantes comenzaron a ejercer la violencia que necesitaban para operar como negocio ilegal: ajustes de cuentas, mantenimiento de la disciplina dentro de la organización criminal, y ejecuciones contra aquellos narcos que invadían los territorios o rutas ajenos.
Dos factores fueron clave en el mantenimiento de esta violencia funcional: la existencia de un mediador dentro del mundo del narco - papel que muchos atribuyen a Amado Carrillo, el jefe del cártel de Juárez- y una política de tolerancia del gobierno mexicano el cual, a fin de evitar que la violencia amenazara la estabilidad, permitió operar a los narcos con algunas reglas implícitas.
Estos dos elementos, a su vez, abrieron el camino para el desarrollo de una amplia corrupción que afectó a todas las fuerzas encargadas de su combate, incluido el ejército.
Esta "narcocorrupción" encajaba muy bien con un sistema político autoritario, para el cual el Estado de derecho no era una prioridad y cuyo funcionamiento dependía en buena medida de una corrupción instalada también en otros aspectos de la vida social.
En este sentido, sería un error decir que la corrupción llegó a México con el narcotráfico, pero sí se puede afirmar que la potenció y le dio una dimensión que no había tenido en el pasado.
Esta corrupción se insertó en una cultura de la ilegalidad prevaleciente en la población que persiste hasta la actualidad.
Batalla a la narcocorrupción
Con la llegada del gobierno de Vicente Fox, la política de tolerancia hacia el narco cambió, y se dieron arrestos de varios "capos" de la droga.
Estos procedimientos provocaron una disminución relativa de la corrupción a nivel del gobierno federal, pero también incrementaron los niveles de violencia, al generar desequilibrios entre las bandas del narco.
A su vez, ello dio pie a una guerra entre carteles, como la que libró el de Sinaloa contra el cartel del Golfo, desde 2005.
La disminución de la narcocorrupción fue también un efecto de la llegada a la presidencia de un candidato del Partido de Acción Nacional (PAN), que rompió un monopolio de 71 años en el poder del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
El cambio de mando afectó a algunas redes de corrupción establecidas por el narcotráfico. Paradójicamente, la alternancia política tuvo también el efecto de mover la corrupción del narco a los niveles municipales y estatales.
El gobierno del presidente Felipe Calderón decidió no sólo mantener la política de combate contra las organizaciones traficantes, sino incrementarla de manera sustantiva, mediante una serie de operativos policíaco-militares.
Esta política constituyó, en sí misma, un mensaje abierto a las bandas del narco de que debían parar la guerra que habían iniciado en 2005.
Esta guerra tuvo al parecer una tregua a mediados de 2007, cuando los niveles de la narcoviolencia disminuyeron, según registran algunas fuentes, presuntamente como resultado de un pacto entre los carteles del Golfo y de Sinaloa.
Nueva ofensiva
Sin embargo, a principios de 2008 Calderón lanzó una nueva ofensiva contra la estructura de los carteles - ya no sólo contra su dirigencia, como había ocurrido en el gobierno de Fox.
Lo cual ha generado una fragmentación de los grandes carteles y un consecuente incremento de la violencia intra-narco, así como un aumento en los ataques contra los cuerpos policiales y el ejército mexicanos.
El escenario actual muestra, en efecto, una disminución importante de la corrupción a nivel federal, aunque no así en los niveles estatales y municipales.
Al mismo tiempo, la narcoviolencia se ha incrementado de manera alarmante, lo cual pone al gobierno de Calderón en el dilema de proseguir con esta "guerra", con el costo en términos de ejecuciones que conlleva, o regresar a una política de tolerancia ya adoptada por los anteriores gobiernos priístas, con el consiguiente incremento de la corrupción.
Sin duda, un dilema de difícil solución.
Jorge Chabat es Doctor en Asuntos Internacionales de la Universidad de Miami, y forma parte de la planta académica de la División de Estudios Internacionales del Centro de Investigación y Docencia Económicas de México. Es coautor del libro "Crimen transnacional y seguridad pública: desafíos para México y Estados Unidos".

Narcolenguaje

Tartamudearon los fierros
El glosario del narcomundo. Cómo algunos referentes de la narcocultura son utilizados en el discurso coloquial.
El narcomundo permea diversos espacios, y poco a poco se convierte en una fuerza que incide en la definición de imaginarios sociales.
El narco llegó al lenguaje. Algunos referentes de la narcocultura se inscriben en los discursos coloquiales de la población e inciden en el habla popular, de tal manera que las vicisitudes, avatares y actos espectaculares de los narcos adquieren presencia y visibilidad como estampas comunes de nuestras sociedades.
Si consideramos que la cultura es un conjunto de procesos y elementos que participan en la definición de los sentidos y significados de la vida, la presencia del narcotráfico participa de manera clara en la generación de expectativas y de trayectorias de un alto número de personas que buscan a través del dinero rápido (que no fácil) del comercio de drogas, obtener beneficios negados por la ausencia de proyectos de vida viables.
Y el negocio ilícito también ayuda a obtener aquello que manda la sociedad de consumo, y permite disfrutar de los beneficios asociados a los entramados de corrupción e impunidad que el mismo narcotráfico genera.
Los estereotipos anclan en la conciencia popular las imágenes que supuestamente definen a los narcotraficantes.
Así, la imagen del narcotraficante se reduce al personaje con sombrero tejano, pantalones vaqueros, cinto piteado y botas vaqueras.
La figura del narco se integra en los escenarios del narcomundo, cuyos entramados incluyen el trasiego de drogas, pero también un conjunto de acciones audaces, desalmadas o cobardes.
Éstas son contadas desde la nota sensacionalista de los medios masivos de comunicación, los informes policiales, los eventos reconstruidos en los barrios, las historias contadas en los corridos, y las recreaciones realizadas desde el cine y la producción literaria.
Quemar las patas al diablo
Paulatinamente, la sociedad mexicana integra, en sus lenguajes, palabras vinculadas al narcomundo.
Para empezar, aquéllas que refieren a las diversas formas de nombrar la medicina (la droga), entre las cuales las más comunes son las que nombran a la cocaína (el alacrán, la blanca, blanca nieve, harina, nieve, el perico), la heroína (chiva, goma, negra, piedra negra) y la marihuana, o gallo, pastura, mota, borrego y yesca.
También se incorporan términos vinculados al consumo o a las características de la droga, como atizado, traer el avión, burrero (el encargado de transportar la droga), el clavo (droga guardada o escondida), formar rayas (cortar cocaína), doctor de esquina (vendedor de droga cercano, menudista), hacer lodo (preparar heroína), libreta verde (una libra de marihuana), el pase (dosis de cocaína), ponerle (usar droga), quemar las patas al diablo (fumar marihuana)...
El narcomundo se define desde códigos de poder, los cuales establecen jerarquías y ejes valorativos para definir las reglas del juego: pautas claras de poder y obediencia, taxonomía inviolable, pues la transgresión conlleva el castigo o la muerte.
Arriba se encuentran los jefes, los chacas, los perrones, los pesados, los dueños de la plaza, los papás de los pollitos... pero más arriba sólo hay lugar para el jefe de jefes.
Como parte de los códigos que definen estas relaciones, se encuentran una serie de figuras transgresoras de las lealtades y la obediencia que demanda el narcomundo, como el soplón, las ratas o quienes saben cantar -delatores o informantes de la policía que, en el narcomundo, cumplen una actividad que se paga con la muerte.
La violencia en la palabra
De manera creciente, los discursos de los medios masivos de comunicación y las conversaciones que ocurren en los ámbitos cotidianos se ven saturados por palabras que refieren en forma directa a la violencia propalada por el narcomundo.
Entre ellas, las que nombran a los fierros (las armas) utilizados por los narcotraficantes, como los cuernos de chivo, las AK-47, que tartamudean de día y de noche, y quien escucha adivina el escenario.
También se vuelven conspicuas las características de los crímenes cometidos por los narcotraficantes, y esta condición se refleja en el habla: los levantones son aquellas personas capturadas por los narcotraficantes con el objetivo de obtener alguna información, mientras que los encajuelados son introducidos en las cajuelas de los vehículos para secuestrarlos o ejecutarlos.
Muchos de ellos posteriormente aparecen encuiltados o encobijados (envueltos en una cobija), enteipados (el cuerpo encobijado se fija con cinta autoadhesiva o tape, al igual que sus extremidades y su boca), o con el tiro de gracia.
Desde hace cerca de diez años, la población se ha familiarizado con los decapitados, palabra que tiene un contexto claro en los tiempos que vivimos y que refiere a personas asesinadas por los narcotraficantes, quienes posteriormente arrojan cabezas y cuerpos en espacios públicos, con el claro objetivo de que sean encontrados y los destinatarios reciban el mensaje.
Así, el narcomundo convoca una serie de imágenes que rebasan los escenarios de producción, distribución y consumo de drogas y adquieren centralidad en los espacios mediáticos y la esfera pública a través de la llamada guerra contra el crimen organizado -una supuesta guerra sin declaración ni consulta a la ciudadanía, que está pagando costos muy altos tanto en su seguridad como en la acotación y vulnerabilidad de sus derechos humanos y ciudadanos.
Los imaginarios del miedo crecen junto con la violencia, las ejecuciones, los secuestros, los levantones, los grupos militares y policiales, los cateos domiciliarios, los retenes en las calles, la corrupción... Los imaginarios del miedo también se alimentan de nuevas maneras de nombrar a los actores de la violencia.
El "narcoglosario" crece cada día con la creciente presencia social del narcotráfico -una presencia que hunde sus raíces en la lógica misma del prohibicionismo y las medidas institucionales supuestamente diseñadas para combatirlo.
José Manuel Valenzuela es Doctor en Sociología por El Colegio de México, profesor investigador titular y director del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte. Entre sus libros se encuentran: "Jefe de Jefes: corridos y narcocultura en México" y "Por las fronteras del norte".

Narcocultura

El misterio del perico, el gallo, y la chiva
Los símbolos del narco se filtraron en la cultura popular mexicana pero ahora ellos mismos los evitan.
Dentro del edificio de la Secretaría de la Defensa Nacional en Ciudad de México existe un museo que no está abierto al público. En él se muestran las joyas, armas, vestimenta, relicarios que les han sido incautados a los narcotraficantes desde 1985.
La colección es una muestra de los símbolos de los que se nutre el narco en México: una Colt .38 de oro e incrustaciones de esmeraldas que perteneció a Amado Carrillo, líder del cartel del norteño estado de Chihuahua, y que fue un regalo del líder del cartel de Sinaloa, Joaquín "El Chapo" Guzmán, quien se fugó en 2000 de la cárcel.
Un rifle AK-47 con una palmera de oro en la cacha, que pertenecía a Héctor "El Güero" Palma; o una camiseta con doble blindaje en el lado del corazón que fue de Osiel Cárdenas, líder del cartel del Golfo de México.
Pero, además de armas, hay sombreros, botas y cinturones de vaquero, altares a la Virgen de Guadalupe y a Jesús Malverde, un santo originario de Sinaloa, donde comenzaron, en los años 50 -con las guerras de Estados Unidos en Corea y Vietnam-, las plantaciones de amapola y marihuana, y el tráfico masivo hacia Estados Unidos.
El culto a Malverde establece lo que para el narcotráfico es su justificación moral: la ley y la justicia no son la misma cosa.
El mito de Malverde cuenta que era un ladrón del siglo XIX, que se vestía con hojas de plátano para pasar desapercibido (de ahí su nombre, el "mal-verde", hasta que es apresado por la policía porque su compadre lo delata. Lo ahorcan y el cura no quiere sepultarlo. Así que la gente lo entierra en el camino y le pone una piedra encima.
Ahora, con una capilla y un culto no reconocido por la Iglesia Católica, a Malverde se le piden favores para que resuelva una injusticia llevándole algo -lo que sea, pero que sea robado.
Esa santidad de lo ilegal fue adoptada por los narcotraficantes mexicanos que se tatúan la imagen de un hombre de bigotes, le levantan altares y financian capillas.
Asociaron lo "verde" del "mal" con la hoja de la marihuana. A tal grado quedó asociado un culto prohibido con el tráfico de drogas que la DEA estadounidense, en los años 90, interrogaba a cualquiera que tuviera un tatuaje del santo.
Pero ahora, en el museo, toda esa imaginería del narco poderoso, nacido en tierras indómitas, y armado porque es valiente, ha quedado atrás.
Las imágenes se fueron filtrando a la cultura popular mexicana, al cine, y a las canciones, pero los narcotraficantes ya no siempre usan esos símbolos. Algunos incluso los evitan.
La segunda generación narco es de universitarios con grados en administración de empresas, que no ostentan su dinero y contratan químicos para que les fabriquen drogas de diseño.
El narco canta y actúa
El mercado de canciones y cine sobre narcotraficantes está prohibido en estaciones de radio y salas de exhibición. Como el tráfico mismo, vive de un mercado paralelo: los discos piratas y el cine que se hace sólo en DVD.
En el caso del cine, existe ya desde 1976 cuando Antonio Martínez filma "Contrabando y traición" y "Mataron a Camelia La Texana", basadas en dos canciones, llamadas narcocorridos, escritas por Los Tigres del Norte, que son -por así decirlo- Los Beatles del género.
Las películas de narcos cuentan siempre la misma historia: una familia honesta atraviesa problemas financieros -una mala inversión, una plaga en la cosecha de maíz-, y acaba ayudando a traficar drogas.
Las películas de bajo presupuesto aprovechaban los plantíos verdaderos de marihuana y amapola como locaciones, y a las novias de los traficantes, curvilíneas con minifaldas, como actrices.
Los narcocorridos son parte de una cultura prohibida, la de las drogas, que necesita justificarse moralmente. En sus versos se da cuenta de cuáles son los motivos y razones: que era muy pobre y ahora tengo de todo y sin límite y, aunque me maten, valió la pena vivir en lo ilegal.
Son canciones de aquéllos a quienes el narcotráfico les significó una metamorfosis. No sólo de posesiones (ellos jamás presumen de ser ricos, sino que hacen listas de sus posesiones: casas, coches, armas, dinero en efectivo, mujeres y alcohol), sino en términos de poder.
Eran pobres don nadies, y ahora tienen poder... mientras dure. Toman el discurso del poder imperante: la libertad de mercado y la legitimidad de hacer dinero.
De hecho, algunas canciones como "La cruz de amapola", se refieren a los capos como gerentes y a los dealers como distribuidores. Como la economía de mercado, los narcos se plantean como inobjetables:
Esto no es nada nuevo, señores,
Ni tampoco se va a acabar;
Esto es cosa de toda la vida,
Es la mafia de origen global.
El mensaje es críptico. Si no sabes de drogas, no entiendes, porque parodia a las canciones rancheras mexicanas escritas por campesinos de maíz, no por sembradores de amapola:
Vivo de tres animales que quiero como a mi vida;
Con ellos gano dinero y ni les compro comida.
Son animales muy finos: mi perico, mi gallo, y mi chiva.
El perico es la cocaína, el gallo es la marihuana y la chiva es un rifle de asalto AK-47, llamados "cuernos de chivo" por la forma del cargador. Esta canción pasó a la radio sin que los programadores supieran de su verdadero contenido.
El narcotraficante ideal que plantean los narcocorridos, y la narcocultura en general, es alguien que justifica todo por un culto individual a la autonomía personal.
No se deja dar órdenes, no se rinde, sabe que se vive una vez y no quiere ser pobre.
Tampoco quiere ir a Estados Unidos de ilegal, porque significaría una pérdida de poder: prefiere "exportarle" drogas en su "sucursal".
Durmiendo con el enemigo
La narcocultura mexicana es, al mismo tiempo, popular y prohibida. Está por todos lados: canciones, camisetas, cine, tatuajes.
De hecho, la moda de las clases media y alta de comprar camionetas Hummer con vidrios polarizados viene de tratar de sentirse seguros como ellos, es decir, impunes.
Que la clase media escuche narcocorridos o vea cine de ese género ayuda, también, a una cierta identidad en un país donde la gente es más empática si ve el mismo programa de televisión que si vive en la misma ciudad.
Y es una cultura que se plantea a sí misma como funcional a la economía global: es un mercado de exportaciones que, si no existiera, haría a mucha gente infeliz.
Cuenta con medios de comunicación, música y cine, y una estética que, si bien ya no es usada por los capos superiores, sigue reclutando a las nuevas generaciones como identidad: botas, cinturón, camisas con pedrería incrustada, y un iPhone.
El narco dice lo mismo que el mercado global en un país como México donde las oportunidades nunca son, ni remotamente, las mismas para todos: todo, aquí y ahora.
Así me lo explicó hace algunos años un recién reclutado joven de 14 años en Culiacán, Sinaloa, donde todo empezó: "Ya me dieron un apodo".
Para él era el principio de una carrera gerencial vertiginosa - tanto, que quizás acabaría muy pronto a fuerza de balas. Y, acaso, su revólver de oro, terminará expuesto en un museo.
Fabrizio Mejía Madrid nació en Ciudad de México en 1968. Actualmente es colaborador de la revista "Proceso". También escribe en las revistas "Letras Libres", "Gatopardo" y el suplemento "El Ángel" del periódico "Reforma". Sus textos se han publicado en "The Mexico City Reader" (University of Wisconsin Press, 2004) y "A Ustedes les consta", la antología de crónica mexicana de Carlos Monsiváis, entre otros.

Fuente: Aquí

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3 comentarios - BBC--México en la era del narco

@Eloy -2
Amo los narcocorridos, tengo casi 19 GB
@perropunk
la narcocultura no solo es mexicana ni se trata de corridos,... es un comportamiento muy estandar en todas las sociedades del mundo... solo cambiale a un narco su sombrero por una gorra de los yankees y su camisa de seda por una chamarra de g-unit y tienes un hiphopero narco promedio... la narcocultura es un sentido de pertenencia a una elite intocable e impune.
@8films
Hola hablo de Argentina, esde mi humilde opinion, con respecto al cinenarco y estructura cinematografica, ¿a decaido mucho en los ultimos años? , ¿se utiliza como cine b aunque sea, relatando sus historias? , sin ir mas lejor el mariachi es una , y no estamos lejos. El cartel de los sapos ( colombia ) , que incluso la vi capitulo por capitulo, escrita por un ex narco, como el bien lo conto , es esta terriblemnete bien hecha . En mexico el cine es muy pero muy bueno , saludos y me llevo todo el texo para leerlo bien , te dejo 10. Un abrazo .