Los poemas que no escribieron ni Borges ni Gabo ...Borges galeano


Son tres los que andan circulando x la Web:


1) Instantes (atribuído a Borges)
2) Marioneta (atribuído a Gabo)
3) Por qué no me he comprado un DVD (Galeano)


Bueno, ellos no los escribieron!!






La muerte anunciada de Gabriel García Márquez


En mayo de 1999 empezó a circular por correo electrónico un poema apócrifo, La marioneta, atribuido a Gabriel García Márquez. En una breve introducción, el texto indicaba que el Nobel lo había enviado a sus amigos a mediados de mayo, al enterarse "de que su grave enfermedad ha recrudecido".
Aunque La marioneta podría ser atractivo para ciertos lectores, su calidad literaria es la de un amateur y no la de un premio Nobel. En tono de despedida especula amargamente sobre las cosas que su autor haría si Dios olvidara que es una marioneta de trapo y "le regalara un trozo de vida". Este hipotético autor declara que no diría todo lo que piensa, pero en definitiva pensaría todo lo que fuera a decir, y luego desarrolla una serie de versos con paradojas sencillas como esa y frases hechas alusivas a la nostalgia y a la esperanza de ser cada vez más humanos. Haciendo honor a su título, el "poema" termina sospechosamente así: "Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, / pero realmente de mucho no habrán de servir, / porque cuando me guarden dentro de esa maleta, / infelizmente me estaré muriendo". Todo un subproducto de la literatura de autoayuda.
Cuando La marioneta empezó a circular en Internet, García Márquez sufría un constante cansancio. El 24 de junio de 1999 fue recluido en una clínica en Bogotá por un supuesto síndrome de agotamiento general. El 13 de septiembre, médicos de Los Ángeles le diagnosticaron cáncer linfático. Se puso en tratamiento de inmediato y semanas después se anunciaba que su condición había mejorado ostensiblemente.




El texto del hoax es el siguiente:


"Poema enviado por Gabriel García Márquez a sus amigos este pasado fin de semana, luego de informarse de que su grave enfermedad ha recrudecido”.




La Marioneta


Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo
Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que
pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que
significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos
los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan y cómo disfrutaría de un buen
helado de chocolate!
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo,
me tiraría
de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo
y esperaría a que saliera el sol.
Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas;
un poema de Benedetti y una canción de Serrat sería la
serenata que les ofrecería a la luna.
Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y
el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría
enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan
de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan
de enamorarse!
A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo
aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con a vejez,
sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la
montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño,
por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia
abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero
realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa
maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy
fuera a última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y
rezaría al Señor para pode ser el guardián de tu alma.
Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la
puerta, te daría un abrazo, un beso y tellamaría de nuevo para darte más.
Si supiera que esta fuera la última vez que voy a oír tu voz,
grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez
indefinidamente.
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría "te
quiero" y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer
las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me
gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.
El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo.
Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas.
Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega,
seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa,
un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un
último deseo.
Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los
necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo decirles "lo siento",
"perdóname", "por favor", "gracias" y todas las palabras de amor que conoces.
Nadie te recordará por tus pensamientos secretos.
Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos.
Demuestra a tus amigos cuanto te importan."
y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que
pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que
significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos
los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás
duermen.
Escucharía cuando los demás hablan y cómo disfrutaría de un buen
helado de chocolate!


poemas




Cuando se lee el texto, inevitablemente se recuerda el archiconocido poema Instantes, que se atribuye a Borges pero que fue realmente escrito por Nadine Stein o por el caricaturista estadounidense Don Herold, como informa el investigador Iván Almeida en un minucioso estudio sobre el tema.

La marioneta tuvo un relativo éxito en 1999. Aún hay quienes lo envían a sus relacionados creyendo ingenuamente que es "el último poema de García Márquez", ignorando que éste jamás ha publicado poema alguno (de hecho, si alguna vez escribió poesía, la mantiene en secreto). Esto es a lo que se llama en los medios electrónicos un hoax, una falsa información que es distribuida masivamente como verdadera.
¿Cómo pudo La marioneta anunciar los problemas de salud de García Márquez antes del diagnóstico? Es probable que algún íntimo del Nobel hubiera divulgado la especie basado en especulaciones y que por esa vía se haya corrido la voz hasta llegar a oídos de quien creó el hoax.
A finales de mayo de aquel año García Márquez leyó el poema en la edición electrónica de un diario peruano. Ya el hoax tenía vida propia y de poco sirvieron sus aclaraciones. "Lo que me puede matar es que alguien crea que escribí una cosa tan cursi", declaró a la prensa el 31 de mayo.





Es evidente que, en plena masificación comunicacional, es poco lo que las nuevas generaciones leen de los grandes autores. Por ello se explica que tanta gente crea que Instantes es de Borges y La marioneta de García Márquez.

Ahora bien, ¿quién es el verdadero autor de La marioneta? Según el investigador Raúl Trejo Delabre, fue escrito por el ventrílocuo mexicano Johnny Welch, como parte del show de su marioneta "El Mofles". Esto explicaría por qué su autor declara, al final, que "al ser metido en su maleta, infelizmente se estará muriendo".



Poco tiempo antes de la muerte de Jorge Luis Borgesse puso de moda un poema supuestamente suyo que aparecía en revistas del corazón, se reproducía en tarjetas de aniversario y colgaba como póster en las paredes de no pocas casas a las que me tocó entrar. En ese poema, el falso Borges decía, entre una lista de cosas que le gustaría hacer si volviera a nacer, que comería más helados -no recuerdo si de fresa de chocolate- y que andaría descalzo sobre la hierba húmeda, o que metería los pies en la corriente de algún arroyo.
A su avanzada edad, Borges parecía despedirse de la vida con un acto de contrición, como si la hubiera desperdiciado en nimiedades, y en la próxima se declarara listo a vagar sin rumbo a la luz de las estrellas, y escalar las montañas más altas. Se trataba a ojos vista de un Borges sospechoso, por edulcorado, y por bien intencionado. Desde las alturas de su espléndido rigor verbal, parecía bajar en aquel poema al terreno del lugar común y lo prosaico, que se emparenta tantas veces con el favor popular, como le sucede a los políticos cuando deciden irse por el curso de la retórica sentimental, y suelen entonces ser efectivos en desconcertar las mentes, a imitación de los escritores de poca monta.

Años después, ya muerto Borges, coincidí en Caracas con su viuda María Kodama en un encuentro literario patrocinado por la Fundación Herrera Luque, y por supuesto que no resistí la tentación de preguntarle por aquel poema que, según me confirmó de inmediato, no era de Borges, sino de una escritora norteamericana de nombre para mí desconocido. Se trataba de una confusión ocurrida en la redacción de un periódico de Buenos Aires, cuando una traducción de ese poema, destinada a publicarse en un suplemento de variedades, le fue atribuida a Borges por esas magias negras que suelen ocurrir en las mesas de edición. No hay duda que la fácil pieza había agradado al público, que se encargaba ya de reproducirlo, y desde entonces, a pesar de que el asunto fue aclarado, la gente prefirió que el texto siguiera siendo de Borges.

Y si primeras partes fueron malas, las segundas vienen a ser peores. En una pésima imitación de aquel poema atribuido a Borges, circula hoy por el mundo, vía Internet, y se reproduce también en periódicos y revistas, o es recitado por algún locutor de medianoche, un escrito de despedida del mundo atribuido a Gabriel García Márquez que se llama "La Marioneta", aún más popular que el de Borges porque me hablan de él a cada paso preguntándome si ya lo he leído. Otra vez, una falsificación. Ni García Márquez se está muriendo, ni ha escrito ninguna carta de despedida, y peor, si se llama con tan rotunda cursilería "La Marioneta".

Pero lo que asombra, es la credibilidad de que semejante texto goza entre tanta gente, no poca de la cual ha pasado a lo largo de los últimos cuarenta años, por lo menos, por alguna lectura de alguna página de García Márquez quien, entre las muchas virtudes de su escritura, tiene la de haber creado un estilo inconfundible, el que goza, a su vez, de una muy variada corte de imitadores. La carta de despedida ni siquiera está escrita en clave de realismo mágico. Igual que el falso Borges, el supuesto García Márquez afirma que disfrutaría de un buen helado de chocolate si le dieran una nueva vida, con lo que surge la sospecha de si estos textos apócrifos no serán el ardid publicitario de algún empresa de productos lácteos que prefiera irse a la prosa edulcorada para vender helados, digamos por ejemplo la Baskin Robbins, así como la Benetton se va a los contrastes dramáticos para vender ropa.

La prosa de García Márquez, sus hipérboles magistrales, su sentido mágico de la realidad circundante, su capacidad de transmutar los elementos del mundo rural en que todavía vivimos en motivos de asombro, son reconocibles ya en nuestro diario vivir, y su escritura es parte de nuestra cultura habitual. ¿Por qué, entonces, semejante falsificación, y porqué tantos adeptos deslumbrados por esa falsificación sin penas ni glorias? Un mediano lector de García Márquez no debería creerlo capaz de escribir que "regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...", como reza "La Marioneta". Esas líneas no merecerían lugar en el peor de los boleros, salvando, dicho sea de paso, la excelencia del bolero, que los hay de letras excelentes, dignas del mismo García Márquez, amante él mismo de ese memorable género musical.
Pero se trata de una especie de homenaje anónimo que se rinde a los dos prosistas más importantes de la lengua castellana del fin del siglo XX, por parte de un vasto público que si se muestra desinformado de la calidad artística de sus obras, reconoce la majestad de su fama y es capaz de endilgarles escritos muy sencillos, muy sentimentales, y muy potables, con lo que establece con ellos un vínculo para nada despreciable, compuesto de admiración y afecto, aunque se trate de un vínculo escasamente literario, y que con exceso de rigor podríamos llamar espúreo.
Ya se ve que la fama literaria acarrea consecuencias que desbordan las propias obras de creación artística, para despertar en el inconsciente colectivo una afinidad con el escritor admirado, al punto de atribuirle obras que aunque no sean suyas, respondan al propio gusto popular, para nada sofisticado, y no pocas veces emparentado con la cursilería. La cursilería, que si es un defecto para unos, viene a ser una virtud para otros, en tanto expresión del diario vivir. Son nombres que suenan en los oídos de muchos, y recogen pleitesía, una de las virtudes mágicas de la literatura, como le ocurrió a mi paisano Rubén Darío, enterrado con pompa inigualable en su León natal por una multitud que nunca lo había leído, y que sólo guardaba de él, quizás, los ecos musicales, repetidos de boca en boca, de La Marcha Triunfal.
Igual ocurre con García Márquez, a pesar de que lo han leído millones; muchos viven en el territorio de Macondo, aunque nunca hayan abierto las páginas de Cien años de soledad. La única de las promesas que el falso García Márquez hace en "La Marioneta", y que vale para el García Márquez verdadero, es la de dormir poco, para escribir más. La ha venido cumpliendo sin mayores contratiempos a lo largo de toda su vida.



Gabriel García Márquez



Instantes



Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años...
y sé que me estoy muriendo.






En un artículo exquisitamente escrito, Ivan Almeida, del "J. L. Borges Center for Studies & Documentation" (Dinamarca), explica el largo camino recorrido por éste, llamémoslo, poema.
Digo "llamémoslo" porque no se trata de un poema sino más bien de un texto en prosa, aunque las frases se corten a mitad del renglón.

Almeida señala que la inmensa mayoría de las consultas que recibe su Centro Borges se refieren a este poema y comenta el enojo de muchos lectores cuando se les insinúa que dicho texto no ha sido redactado por el escritor argentino.

Pero lo más curioso de este asunto es que mucha gente se niega a creer que el poema NO fue escrito por Borges, a pesar de que no se encuentra publicado en ninguno de sus libros y aunque lo diga la mismísima María Kodama.



La autora del apócrifo es una desconocida poetisa norteamericana llamada Nadine Stair, que lo publicó en 1978, ocho años antes de que Borges muriera en Ginebra, a los 86 años.

El problema es que la crítica literaria no obedece a la lógica binaria: poder afirmar que un texto no es de Borges no es haber probado que su autor es Nadine Stair. Así, los “stairistas” no han mostrado mayor rigor intelectual que los “borgistas”.

Nadine Stair, originaria de Louisville, Kentucky, fallecida en 1988 a la edad de 86 años, probablemente no ha existido nunca, al menos con ese nombre y ese apellido. El primer testimonio de autoría de este extraordinario personaje borgesiano remonta a 1978 (es, pues, dos años posterior a la supuesta entrevista de Poniatowska con Borges...) y aparece en la página 99 de Family Circus del 27 de marzo (cf. Benjamin Rossen). El texto, que de revista parroquial en T-shirts, ha ido sufriendo innumerables adaptaciones, es el siguiente:

If I Had My Life to Live Over

I'd dare to make more mistakes next time. I'd relax, I would limber up. I would be sillier than I have been this trip. I would take fewer things seriously. I would take more chances. I would climb more mountains and swim more rivers. I would eat more ice cream and less beans. I would perhaps have more actual troubles, but I'd have fewer imaginary ones.

You see, I'm one of those people who live sensibly and sanely, hour after hour, day after day. Oh, I've had my moments, and if I had to do it over again, I'd have more of them. In fact, I'd try to have nothing else. Just moments, one after another, instead of living so many years ahead of each day. I've been one of those persons who never goes anywhere without a thermometer, a hot water bottle, a raincoat and a parachute. If I had to do it again, I would travel lighter than I have.

If I had my life to live over, I would start barefoot earlier in the spring and stay that way later in the fall. I would go to more dances. I would ride more merry-go-rounds. I would pick more daisies.

Nadine Stair

85 years old

Louisville, Kentucky

Esta versión nos produce ya un primer alivio, el de confirmar las sospechas de que se trataba de una prosa.

El 11 de febrero de 1999, un mensaje electrónico remitido por Ilza Carvalho me advierte de la existencia del texto “If I had My Life to Live over”, firmado por el caricaturista americano Don Herold, en la revista Reader’s Digest de octubre de 1953 (cuando Borges tenía 54 y Nadine 55 años). Mi amable interlocutora me comunica además que está en contacto telefónico con la hija del célebre caricaturista, la escritora Doris Herold Lund, quien confirma sin equívocos la autoría de su padre.

No fue difícil conseguir en la biblioteca del Iberoamerikanisches Institut de Berlín la edición en cuestión y comprobar de visu la exactitud de la información.

Por razones de copyright me está vedado reproducir aquí la totalidad del texto de Don Herold. Pero desde la primera frase resaltan el tono escéptico y el humor negro del caricaturista, totalmente ajeno a la espiritualidad de la que se reclaman los miles de prosélitos del texto en su versión Stair/Borges. Cuidadosamente censurado por las versiones espirituales, el incipit reza así: “Por supuesto, nadie puede desfreír un huevo, pero no hay ley que impida considerarlo” (Of course, you can't unfry an egg, but there is no law against thinking about it”). Luego viene el párrafo inspirador:

If I had my life to live over, I would try to make more mistakes. I would relax. I would be sillier than I have been this trip. I know of very few things that I would take seriously. I would be less hygienic. I would go more places. I would climb more mountains and swim more rivers. I would eat more ice cream and less bran.

Obsérvese, de paso, la evolución de esta última frase, de una versión a otra. El viejo humorista desearía haber comido más helados y menos “bran”, es decir, menos “afrecho”. La señora mayor, en cambio, hubiera preferido más helados y menos “beans”, es decir menos alubias (frijoles o porotos). A Borges moribundo, en cambio, le hubiera gustado “comer” (él hubiera dicho “tomar”) más helados y menos “habas”. Es curioso, a pesar de Mr. Kellogg, no puedo imaginarme a un americano de los años cincuenta comiendo exageradamente afrecho; tampoco llego a figurarme a una anciana de Kentucky quejándose de haber comido demasiados frijoles (y no Kentucky Chicken & Frites), y menos, a Borges arrepintiéndose de haber comido tantas habas, las cuales, aunque el refrán diga que se cuecen en todas partes, no forman parte de la comida diaria de un argentino. Sin embargo, si, como parece imponerse, se acepta la hipótesis de que la versión borgista ha transitado por México, resulta natural que al pobre anciano, por misericordia, se lo haga renunciar a las habas pero nunca a los frijoles, a los que renunciaba sin pena la señora de Kentucky.

La conclusión que saca Benjamin Rossen de las docenas de versiones que compara, es que todas se sitúan en alguna parte de un inmenso recorrido de plagio de un autor único y con copyright, Don Herold. Personalmente no me atrevería a defender tal hipótesis hasta la muerte. Desautorizar las versiones borgistas y stairistas me parece justificado. Atestiguar la originalidad del texto de Herold y la propiedad intelectual de su autor parece igualmente imponerse. Pero es metodológicamente difícil decidir que Herold no tiene predecesores. Desde el medioevo escolástico sabemos que es más fácil demostrar una existencia que una no-existencia. Por eso no podemos descartar del todo la hipótesis de que, a su vez, el texto del caricaturista hinque sus raíces en un locus común. No por nada la expresión I’d Pick More Daisies, que sirve de título a su texto, va extrañamente precedida por una frase interrumpida y entre comillas, como para citar las palabras de algún otro (o de la tradición) : “If I Had My Life to Live Over—“





Por qué todavía no me compré un DVD



Anda circualando por la internet un artículo titulado Por qué todavía no me compré un DVD atribuido a Eduardo Galeano. Galeano ha informado que el artículo no es de su autoría y que se deslinda completamente de su contenido.

Encontramos el texto en páginas de Italia, Chile, Cuba, Argentina, México, Australia, España y en foros, páginas, diarios y semanarios de una enorme cantidad de ciudades del mundo con el título de “Porque todavía no me compre un DVD”.
En otras páginas llevaba el título “Para los de más de 40” y en otras “Ahora todo se tira”.
En todos los casos al pie figuraba la firma de Eduardo Galeano.
En el día de hoy comenzó a circular un desmentido confirmando que el texto no pertenece al reconocido escritor compatriota.

A continuación publicamos el texto original, sin las modificaciones que se le han hecho en los últimos meses y con la firma correspondiente.
Lamentamos la situación producida y el perjuicio que pueda haber sufrido nuestro estimado Eduardo Galeano a quien leemos y admiramos desde Marcha y desde “Las venas abiertas de America Latina”.



DESECHANDO LO DESECHABLE


Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida.
No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos.
O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”.
Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises.
Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos… nuestros nenes… apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales).
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar.
¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables!
Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor.
Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.

Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida.
¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están jodiendo!
¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.
Nada se repara.

¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon.
La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo.
Y no es que haya sido mejor.
Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo)
Me educaron para guardar todo.
¡Toooodo!
Lo que servía y lo que no.
Porque algún día las cosas podían volver a servir.

Le dábamos crédito a todo.
Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.
Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita.
¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones.
El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.

Y guardábamos.
¡¡Cómo guardábamos!!
¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!

¡¿Cómo para qué?!
Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.
Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos.
Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar.
Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas!
Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa.
Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más.
No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables… eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.
Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal.
Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.
Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.

Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.
Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza.
Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.

No lo voy a hacer.
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.
Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.
No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.

Y yo…no me entrego.





Yo no escribí el texto que está circulando en Internet, con mi firma, bajo el título "Por qué todavía no me compré un DVD".

No escribí eso ni nada que se le parezca.

Sin duda, muchos de quienes lo difunden actúan de buena fe, pero eso no hace más que dar fuerza a mi pedido de que retiren
de circulación, de inmediato, esa impostura.

Las redes de Internet han abierto, sin duda, caminos nuevos para la difusión de textos que alimentan la diversidad, pero esos caminos están, lamentablemente, llenos de emboscadas.


Eduardo Galeano



Falsos



Fuentes: