¿Por qué somos tan impuntuales?


¿Por qué somos impuntuales?


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Sí, estoy de acuerdo, todos alguna vez hemos sentido la pena de entrar a algún lado de puntitas, con el corazón agitado, deseando ser transparentes, llenos de justificaciones y con cara de perdón, se me hizo tarde...

Sin embargo, ¿conoces a alguien que tiene el hábito de la impuntualidad crónica? ¿Qué tiene la inexplicable habilidad de levantarse a las seis y de todos modos siempre llega tarde a trabajar? ¿Personas que del más vale tarde que nunca? han hecho una forma de vida; que llegan al final de fiestas sorpresa, desayunos, juntas o funerales; lo que sea?

Las investigaciones demuestran que este hábito es difícil de superar y que se parece, de muchas maneras, a comer en exceso. Como el que se levanta con la firme decisión de hacer dieta, el impuntual crónico promete llegar a tiempo. Y así, como el primero se rinde ante el primer chocolate o taco que se le atraviese, el impuntual crónico sucumbe a la tentación de hacer esa última cosa antes de salir de su casa.

Habría que analizar que todo hábito negativo que adquirimos es porque consciente, o inconscientemente, en el fondo recibimos un beneficio. ¿Cuál?

Existen cinco tipos de impuntuales crónicos con hábitos y motivaciones que, en general, caben en una de estas categorías: El Hacedor, El Racionalizador, El Adicto a la Adrenalina, El Relajado o El Rebelde.


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El Hacedor. Es el que siente que tiene que exprimir cada minuto del día y constantemente compite con el reloj. Tiene un pensamiento mágico con el que sobrestima el tiempo y cree que va a poder hacer todo en un lapso específico. Aun cuando su reloj le indica que ya es tarde, piensa que sí puede hacer otra cosa más.

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El Racionalizador. Es aquél que, al llegar tarde, siempre tiene la excusa perfecta: el tráfico, los niños, mi jefe, lo que sea; siempre culpa a otros o a las circunstancias; minimiza las cosas, no reconoce que es su culpa o que en algo intervino, y se convence a sí mismo de que es la víctima.

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El Adicto a la Adrenalina. Es el que espera hasta último minuto para actuar, porque siente que trabaja mejor bajo presión. Se aburre rápido y disfruta vivir en el límite porque... es más divertido. El llegar a un lado de una manera tranquila y metódica simplemente no se lleva con su afinidad por la vida agitada.

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El Relajado. Es aquél al que le cuesta trabajo ser disciplinado y posponer el placer. Ya que está listo para salir, consciente o no, escoge hacer algo que provoca llegar tarde. Quizás, se baña con toda calma, toma otra taza de café, se cambia una vez más de ropa, lee otro artículo del periódico o hace esa última llamada. Puede ser disciplinado en otras áreas de su vida, pero no para llegar a tiempo.

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El Rebelde. Es aquél al que le gusta sentir que controla una situación y se rehúsa a ser controlado. Se le dificulta aceptar la autoridad y necesita ser y aparecer como alguien importante, especial, diferente. Le encanta desafiar las reglas, ver cómo otros aprietan los dientes y no siente la menor pena al llegar tarde. Puede ser un problema de baja autoestima.


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¿Por qué somos impuntuales?



Llegar tarde es una costumbre extendida en América Latina que incluso afecta la economía. En Uruguay, algunos políticos están intentando cambiar esa antipática conducta.

El año pasado, el gobierno peruano lanzó una campaña en favor de la puntualidad, llamada La hora sin demora. Es que allí, ocho de cada diez habitantes afirmó llegar tarde a sus compromisos, según una encuesta oficial. Para peor, liderada por el presidente de la República. Alejandro Toledo solía llegar a todas sus reuniones con una hora de retraso, por lo que "en su honor" en el país andino se habla de "hora cabana", en alusión al pueblo donde nació el ex jefe de Estado.

No sorprende. También aquí se bromea con el término "hora uruguaya" para aclarar que si algo se pacta para las 21, por ejemplo, en los hechos comenzará como mínimo 30 minutos después, cuando no más. Algunos políticos frenteamplistas, preocupados, ya están intentando cambiar la situación.
En Paraguay, los parámetros se testean con la aclaración "¿hora de goma o de piedra?". En el primer caso, se entiende que es "estirable".

Todo ajuste es bienvenido. Si no lo cree, preste atención a estos números: en 2007, Chile perdió 340 millones de dólares por impuntualidad, según un estudio encargado por el vicepresidente del Senado, Baldo Prokurica. "Los chilenos pierden 15 minutos por día debido a esto (...) Llegar atrasado no tiene reproche social. En cambio ser puntual se relaciona con gente que no tiene nada más que hacer", opinó el legislador.

Mauricio Macri, jefe de gobierno de Buenos Aires, no anduvo con vueltas. Apenas asumió, dejó claro que no admitiría impuntuales. Implementó un mecanismo que a varios dejó atónitos: cobra multas a los funcionarios que llegan tarde a las reuniones de gabinete. Por demoras mayores a diez minutos, 100 pesos argentinos (unos 700 uruguayos). Si tarda menos, 50. Lo que recauda, a fin de año lo donará a una institución. Lleva recolectados unos 1.000 pesos, según consigna La Nación. La estrategia dio excelentes resultados.

Está claro que se trata de una epidemia latinoamericana. Y por supuesto rebasa el ámbito político. Las demoras son una circunstancia cotidiana que afectan la vida social.
Al igual que en el resto de los países, en Uruguay difícilmente algo comience en hora.

Todo se inicia después de lo pactado: un espectáculo, un cumpleaños, una boda, un acto oficial, un programa de tevé, la cita con el médico. En 2001, en una encuesta de Interconsult, un 3% de los indagados consideró que la impuntualidad es la principal característica del uruguayo. Y tan inculcada está esa conducta que, en ocasiones, ser puntual aparece como inapropiado. "Me dijo que lo llame a las 3, pero... no voy a llamar 3 en punto. Mejor espero diez minutos".

¿A qué se debe ese comportamiento? ¿Es posible revertirlo o los puntuales están condenados a esperas interminables? Una revisión apta para este domingo, el más corto del año, donde el adelanto horario impone un nuevo desafío a los que ignoran el reloj: por 6 meses, todo comenzará aún más temprano.
Esperas que desesperan. "Me dormí", "el despertador no sonó", "el ómnibus no pasaba más", "ah, ¿era a las 12? Te juro que entendí 12.30"... La lista puede ser interminable. Imprevistos, descoordinaciones y malos entendidos, cuando no una conducta que consideran absolutamente comprensible ("¡bueno che, fue sólo media hora!", son las excusas de los impuntuales, que no decaen siquiera frente a la celeridad de la era actual, la cual exige sujetarse a la agenda.

¿Por qué somos tan impuntuales?


Es que cada vez hay menos tiempo, todo transcurre más rápido y las horas cotizan en alza; realidad que poco importa a los que administran su tiempo, y el de los demás, a su antojo. "En nuestro país impera una idiosincrasia basada en la laxitud horaria", afirma el psicólogo social Juan Fernández Romar. "Tan generalizado es este rasgo que en los entrenamientos protocolares de empresarios y políticos extranjeros destinados a Uruguay se los suele preparar para esa situación, advirtiéndoles que deben ser tolerantes en este aspecto y contemplar a priori en su agenda la demora del caso. Incluso se les suele sugerir, como muestra de adaptación temprana, llegar diez minutos tarde si se trata de un compromiso informal".

Pero lo cierto es que demorarse y hacer esperar a otro es de muy mal gusto en cualquier rincón del mundo, y más a nivel diplomático. "Denota mala educación y descortesía", asegura Cristina Sica, presidenta de la Asociación Uruguaya de Ceremonial y Protocolo.
RESPETO. En algunos círculos, los horarios deben ser respetados a rajatabla: el Ejército, la Iglesia y la diplomacia son algunos, recuerda Alicia Iruretagoyena, argentina experta en Relaciones Públicas. No obstante, su significado es el mismo en todas partes. Ser puntual o impuntual "demuestra la forma de asumir los compromisos" y refleja "el grado de valoración que se siente por el otro. Si se promete y no se cumple, está implícita la indiferencia. El incumplimiento demuestra desinterés o displicencia ante la respuesta que podamos obtener".

Con esa idea, el grupo político creado por el senador oficialista Eleuterio Fernández Huidobro, destacó en un documento del último congreso la importancia de la puntualidad. "Nos parece que tiene que ver con el respeto hacia las personas. El que llega tarde juega con el tiempo de los demás. En política es común. Con los uruguayos, depende de dónde vivan para ver a qué hora llegan: todos salen de su casa a la hora que empieza la reunión. Entonces, si vive a media cuadra llega en hora, y si vive a 15 kilómetros, llega 15 kilómetros tarde", alega el diputado Álvarez.
¿En qué difieren una boda, un negocio, una cita de amigos o una reunión diplomática? En cada situación hay personas a ser respetadas, opina Iruretagoyena. "La única diferencia es la gravedad de las consecuencias que pueda ocasionar la demora".


En el ámbito formal, la mayor tolerancia se establece en 15 minutos, pero jamás se debe llegar después que la máxima jerarquía, explica Sica. "Si en la recepción se encuentra el Presidente de la República, no se llegará después que él".
Entre diplomáticos, incluso existen sanciones leves. Si el que llega tarde tenía el tercer lugar en la mesa, deberá quedarse en el final. En otras situaciones, si la demora supera los 15 minutos, el visitante directamente no es recibido. "El ceremonial es estricto -explica Edmundo Sosa Saravia, director académico del Instituto Uruguayo de Relaciones Públicas-, menos en nuestro país". Y evoca ejemplos, otra vez referentes a lo político.

¿Tenemos a quién echarle la culpa de una conducta tan antipática? No con claridad.

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Identificar la causa de la impuntualidad casi genética de los uruguayos es difícil. El psicólogo social Juan Fernández Romar lista algunos indicios. "Tenemos una impronta productiva mucho más rural que industrial. No hemos sido nunca un país que se caracterice por la celeridad de sus medios de transporte y comunicación. La macrocefalia montevideana ha estado marcada por una burocracia lenta. Los tiempos institucionales fueron históricamente lentos.

Es lenta la administración y la justicia. Esos factores nos han moldeado en la tolerancia de la espera", opina el terapeuta. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a que todo tarda, y esa conducta se retroalimenta. Fernández Romar también ve una posible génesis en la ascendencia de los uruguayos; de españoles e italianos se ha heredado el cultivo de la sobremesa y la charla, y de los indígenas, el ritmo de la naturaleza, lo contemplativo.

Quizá por eso también sea un distintivo nacional dejar todo para último momento; desde un trámite hasta la entrega de un trabajo. Siempre al límite del tiempo establecido. Y las más de las veces, con retraso.

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Pero del otro lado del mostrador (siempre debe haber alguien) están los puntuales. Los que se quejan, se resignan y esperan. Los que ni siquiera sucumben al acuerdo de la impuntualidad tácita ("es a las 9, así que todos van a llegar 9.30; por ende, no voy antes", ¿por qué lo aceptan? "Podemos sentirnos molestos, pero si nos interesa el encuentro y el otro llega con su mejor sonrisa, estaremos dispuestos a creer que tuvo un problema; después de todo es cierto que tenemos un tránsito caótico, o que podemos quedarnos dormidos. En esos casos nuestro deseo de no sentirnos desairados nos predispone a creer excusas", dice la experta en Relaciones Públicas Iruretagoyena.


A su vez, los reclamos por puntualidad pueden volverse relativos, sostiene la argentina. "Si somos recibidos dos horas después por el médico, estaremos molestos, pero nuestra necesidad coloca en segundo plano el requisito de la puntualidad. Tampoco será bien visto llegar tarde a una entrevista laboral; pero si se llega a tiempo, el empleador no tendrá reparo en hacer esperar dos horas al postulante. Para él, su tiempo es más valioso. Mientras unos abusan, otros lo aceptan".



Lejos estamos del consejo de William Shakespeare: "Mejor tres horas demasiado temprano, que un minuto demasiado tarde".



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¿QUÉ REFLEJA LA IMPUNTUALIDAD?


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La impuntualidad se ha convertido en un hábito en muchos ambientes y forma parte de algunas tradiciones y culturas. Pero, ¿qué refleja la impuntualidad de las personas en los demás? ¿qué influencias puede acarrear el no ser impuntual?


La impuntualidad es una falta de respeto ante las personas El tiempo vale lo mismo para unos y para otros, y eso deberíamos pensar cuando vamos a llegar tarde a una cita.


La impuntualidad es una muestra de indisciplina personal Al contrario de las personas que administran bien el tiempo, la persona impuntual no lo hace. Cuando llega tarde se pone de manifiesto esa incapacidad para organizar su tiempo y su vida.


Llamar la atención Otras veces, la puntualidad descubre a personas a las que les gusta llamar tanto la atención y que dan tanta importancia a su propia persona que siempre tiene que llegar tarde para hacerse notar.
Esas personas deberían pensar que quien les está esperando es tan importante o más que ellos mismos y que hay otras maneras más respetuosas de llamar la atención.


Para demorar acontecimientos En ocasiones las personas son impuntuales porque les da miedo enfrentarse a un suceso importante, les da miedo enfrentarse al éxito o fracaso del mismo. Por ello, inconscientemente, llegan tarde. Aunque tengamos miedo, ser impuntual no ayudará nada.


La impuntualidad se contagia. Es decir, que aún cuando una persona es medianamente puntual, puede verse contagiada por esa impuntualidad que las demás personas le demuestran. A nadie le agrada esperar a los demás y si es siempre, menos.


Preferir la impuntualidad. Hay gente que no valora la puntualidad; es más, creen que está mal visto. Creen que si se les invita a una cena y llegan antes o puntuales, las personas que les han invitado van a pensar que son unos muertos de hambre.



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Lunes...


Las 10 mejores excusas para la impuntualidad


1. TRAFICO: Ha sido el tráfico: ¿hoy? peor que nunca. Y encima, lloviendo.

2. SALUD: Me sentía mal / enfermo / no sé qué me pasa. Pero ahora ya estoy mejor.

3. SALUD: He tenido que ir urgentemente al médico. Hoy. Sin avisar. Podría ser algo grave...

4. FAMILIA: Mi niño no se quería tomar el desayuno. El perro tampoco.

5. COCHE: Al ir a sacar el coche del garaje / plaza, había otro impidiéndome el paso. He tenido que llamar a la grúa.

6. OBRAS: Han abierto una nueva zanja por donde solía pasar / han cerrado la salida de la autopista que solía tomar. Se me ha averiado el coche.

7. SOCIALIZACIÓN: Al intentar entrar a la empresa, me he encontrado con un proveedor / colega / jefazo al que hacía mucho tiempo que no veía y he tenido que parar a saludarlo. Durante media hora.

8. DESPERTADOR: Mi despertador se ha quedado sin pilas / he olvidado poner el despertador anoche.

9. DESPISTE: Creía que hoy era sábado.

10.INCONFESABLE: Mi mujer creía que hoy era sábado...



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En América Latina la impuntualidad forma parte de su cultura.

Expertos afirman que este problema podría residir en el cerebro.


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Diana Delonzor autora del libro "Never be late again", dice que los impuntuales no tienen intención de molestar a las personas que los esperan, ni de llamar la atención, simplemente que son así y lo han sido durante toda su vida, según publica la versión española del New York Times en El País.

Hace referencia a las pocas investigaciones que se han hecho sobre el tema y a las teorías a las que se ha llegado.

La teoría más aceptada por los expertos en la materia, afirma que ciertas personas están más predispuestas a ser impuntuales que otras y que parte del problema podría residir en el cerebro.

La autora distingue entre dos tipos de personas impuntuales, los que son adictos a los plazos límites y los que se ven fortalecidos si consiguen hacer muchas cosas en el menor tiempo posible.

La impuntualidad se ha convertido en un vicio para la sociedad, en una costumbre cada vez más arraigada, y no sólo a nivel nacional sino también internacional.

América Latina es quizá el país en que la impuntualidad llega a límites insospechados, hasta el punto de que ministros y concejales llegan tarde a las sesiones y debates sobre el Estado de la Nación. Y es que si los gobernantes no dan ejemplo, que pueden esperar de la sociedad.

En Latinoamérica ni los aviones, ni los trenes, ni los autobuses llegan a la hora, incluso en los actos oficiales se producen innumerables retrasos, como ya hemos comentado anteriormente.

Y es que esta costumbre ha pasado a formar parte de su cultura y tradición, y se encuentra tan “incrustada” en la sociedad que intentar cambiarla sería un trabajo complicado.

Este vicio ha alcanzado tal fama, que para los argentinos llegar puntual a una cita, está mal visto. Los colombianos por su parte, tienen un refrán que dice que “Después de la gente, lo que más se pierde en el país es el tiempo".
Si usted es un impuntual sin remedio, no se preocupe, en algunos países los retrasos están "muy bien vistos "y son síntoma de “buena educación”.



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