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Confesiones de un sicario economico -pagina 1-34

...A todos los paises de Sudamerica: ¡Alerta¡...
...al pueblo Español: ¡Alerta¡...
...Al pueblo de Islandia: ¡Alerta¡
John Perkins

Confesiones de un sicario economico - La cara oculta del imperialismo americano


TENDENCIAS

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Título original: Confessions of an Economic Hit Man First published by
Berrett-Koehler Publishers, Inc., San Francisco, CA, USA. AU Rights
Reserved Traducción: José Antonio Bravo Alfonso
Directora de Tendencias: Nuria Almiron
Proyecto editorial: Editrends


Copyright © 2004 by John Perkins
© de la traducción 2005 by José Antonio Bravo Alfonso © 2005 by Ediciones
Urano, S. A.
Aribau, 142, pral. - 08036 Barcelona
www.edicionesurano.com


ISBN: 84-934642-0-1
Depósito legal: B. 42.175 - 2005


Fotocomposición: Ediciones Urano, S. A.
Impreso por Romanyá Valls, S. A. - Verdaguer, 1 - 08760 Capellades (Barcelona)

Impreso en España -Printed in Spain




A mis progenitores, Ruth Moody y Jason Perkins, que me enseñaron acerca de
la vida y del amor y me infundieron el coraje que me ha permitido
escribir este libro

6

Índice

Prefacio... ..................................................................... 9
Prólogo.. ....................................................................... 17


PRIMERA PARTE: 1963-1971

1.
Nace un gángster económico................................... . 27


2.
«Para toda la vida».................................................... 37


3.
Indonesia: lecciones de gangsterismo económico..... 45

4.
Salvar a una nación del comunismo.......................... 49


5.
Cómo vendí mi alma................................................. 55


SEGUNDA PARTE: 1971-1975

6.
Mi papel de inquisidor............................................... 63


7.
La civilización a prueba............................................. 67


8.
Un Jesús diferente...................................................... 73


9.
Una oportunidad en la vida........................................ 77


10.
Presidente y héroe de Panamá................................... 85


11.
Piratas en la zona del Canal....................................... 91


12.
Soldados y prostitutas................................................ 95


13.
Conversaciones con el General.................................. 99


14.
Comienza un nuevo y siniestro período de la historia económica…………………………………. 105

15.
Arabia Saudí y el caso del blanqueo de dinero…….. 111

16.
Ejerciendo de proxeneta y financiando a Osama bin Laden…………………………………………... 123

TERCERA PARTE: 1975-1981

17.
Las negociaciones del Canal de Panamá y Graham Greene....................... 131

18.
Irán y su Rey de Reyes............................................... 139


19.
Confesiones de un hombre torturado......................... 143


7


20. La caída de un rey.......................................................... 147


21.
Colombia, la clave de Latinoamérica.....................…… 151


22.
La república americana contra el imperio global........... 155


23.
Un curriculum engañoso................................................ 161


24.
El presidente de Ecuador contra las grandesPetroleras……………………………………………… 171

25.
Mi marcha…………………………………………….. 177

CUARTA PARTE: DE 1981 AL PRESENTE

26.
Ecuador: muere un presidente………………………... 185

27.
Panamá: muere otro presidente……………………….. 191

28.
Enron, George W. Bush y mi compañía eléctrica……. 195

29.
Acepto un soborno……………………………………. 201

30.
Estados Unidos invade Panamá………………………. 207

31.
Un fracaso del gangsterismo económico en Iraq…….. 217

32.
El 11 de septiembre y las consecuencias sobre miPersona………………………………………………… 225

33.
Venezuela salvada por Saddam………………………... 233

34.
Retorno a Ecuador……………………………………… 238

35.
Levantando el barniz…………………………………… 247

Epílogo………………………………………………………. 257
Cronología personal de John Perkins……………………….. 261
Notas………………………………………………………… 267
Sobre el autor……………………………………………….. 277


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Prefacio

Los gángsteres económicos (Economic Hit Men, EHM) son profesionales
generosamente pagados que estafan billones de dólares a países de todo el mundo.
Canalizan el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo
(USAID) y de otras organizaciones internacionales de «ayuda» hacia las arcas de las
grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controla los
recursos naturales del planeta. Entre sus instrumentos figuran los dictámenes financieros
fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas
sexuales y el asesinato. Ese juego es tan antiguo como los imperios, pero adquiere nuevas
y terroríficas dimensiones en nuestra era de la globalización.

Yo lo sé bien, porque yo he sido un gángster económico.

En 1982 escribí estas líneas como comienzo de un libro cuyo título de trabajo era
Conscience of an Economic Hit Man. Lo dedicaba a los presidentes de dos países, a
dos hombres que fueron c1ientes míos, respetados y considerados por mí como
espíritus afines: Jaime Roídos, presidente de Ecuador, y Omar Torrijos,
presidente de Panamá. Ambos habían fallecido recientemente en aquellos momentos.
Sus aviones se estrellaron, pero no se trató de ningún accidente sino de
asesinatos motivados por la oposición de ambos a la cofradía de dirigentes
empresariales, gubernamentales y financieros que persigue un imperio mundial.
Nosotros, los gángsteres económicos, no conseguimos doblegar a Roídos y
Torrijos, y por eso fue preciso que intervinieran los otros tipos de gángsteres, los
chacales patrocinados por la CÍA que siempre estaban pegados a nuestras
espaldas.

Me convencieron de no escribir ese libro. Durante los veinte


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años siguientes lo empecé en cuatro ocasiones más. En cada una de ellas, mi
decisión estuvo influida por hechos contemporáneos de la política internacional:
la invasión de Panamá por Estados Unidos en 1989, la primera guerra del Golfo,
el conato de invasión de Somalia y la irrupción de Osama bin Laden. En todas
ellas, amenazas o sobornos me indujeron a abandonarlo.

En 2003, el presidente de una importante editorial propiedad de una poderosa
multinacional leyó un borrador de lo que luego ha resultado ser Confesiones de un
gángster económico. Lo calificó de «relato fascinante que debía ser contado». A
continuación sacudió la cabeza con una sonrisa triste, y me dijo que los
ejecutivos de la oficina central pondrían objeciones y que no podía arriesgarse a
publicarlo. Me aconsejó que lo reescribiera en forma de novela. «Podríamos
lanzarte como novelista, a lo John LeCarré o Graham Greene.»

Pero esto no es una novela. Es el relato real de mi vida. Otro editor más
valeroso, y no perteneciente a ninguna multinacional, aceptó ayudarme a contarlo.

Esta historia debe ser contada. Vivimos en una época de crisis terribles, y de
oportunidades tremendas. La historia de este particular gángster es la historia de
cómo hemos llegado adonde estamos y por qué nos enfrentamos actualmente a
una crisis que parece insuperable. Y hay que contarlo porque necesitamos
entender nuestros errores del pasado si queremos hallamos en situación de
aprovechar las oportunidades futuras. Porque han ocurrido cosas como el 11-5 y
la segunda guerra en Iraq. Porque además de las tres mil personas que murieron
a manos de los terroristas el 11 de septiembre de 2001, otras veinticuatro mil
murieron ese día de hambre y de otras secuelas de la miseria. O mejor dicho,
todos los días mueren veinticuatro mil personas que no encuentran con qué
alimentarse.1 Y lo más importante, esta historia hay que contarla porque hoy,
por primera vez en la historia, existe un país capaz de cambiar todo eso mediante
sus recursos, su dinero y su poder. Es el país en donde nací y al que he servido
como gángster económico:
Estados Unidos de América del Norte.

¿Qué es lo que finalmente me convenció a ignorar las amenazas y los intentos de soborno?
La respuesta breve es que tengo una hija, Jessica, licenciada

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universitaria y emancipada. Y que, recientemente, al comentarle que estaba
considerando la publicación de este libro y participarle mis temores al respecto,
me contestó: «No te preocupes, papá. Si van por ti, yo continuaré donde lo hayas dejado.
Aunque sólo sea por los nietos que espero darte algún día». Ésa es la respuesta breve.

La versión completa tiene que ver con mi dedicación al país en que me he
criado y mi amor a los ideales proclamados por sus padres fundadores. También
con lo que considero mi deber para con la república americana que hoy promete
«la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» para todos, en todas partes.
Y,por último, tiene que ver con mi decisión -tomada después del 11-S- de no
quedarme ocioso contemplando cómo los gángsteres económicos transforman
esa república en un imperio global. He aquí la sinopsis de la versión completa
que se hallará desarrollada, en carne y hueso, a lo largo de los capítulos siguientes.

Éste es un relato real. Lo he vivido minuto a minuto. Los paisajes, las
personas, las conversaciones y los sentimientos que describo han formado parte
de mi vida. Es mi biografía y, sin embargo, debo situarla en el contexto más
amplio de los acontecimientos mundiales que han configurado nuestra historia,
que nos han llevado adonde estamos hoy, y que conforman los cimientos del
futuro de nuestros hijos. He procurado la máxima exactitud en la descripción de
esas experiencias, gentes y conversaciones. Cuando comento hechos históricos o
reconstruyo mis conversaciones con otras personas, he utilizado diversos
instrumentos: documentos publicados, registros y notas personales, recuerdos
míos y de otros participantes, los cinco borradores empezados en otros tiempos y
las narraciones históricas de otros autores, con preferencia para los recién
publicados y que revelan informaciones antes clasificadas o no disponibles por
otros motivos. En las notas finales doy las referencias para el lector interesado
que desee profundizar en estos temas.

Mi editor me preguntó si realmente nos referíamos a nosotros mismos
llamándonos gángsteres económicos. Le contesté que sí, aunque usábamos más
a menudo las iniciales EHM. En efecto, el primer día de 1971 que empecé a
trabajar con mi instructora, Claudine, ésta me dijo:
«La misión que tengo asignada es hacer de

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ti un economic hit man. Y que nadie se entere de tu actividad... ni siquiera tu
mujer». Y luego añadió, poniéndose seria:
«Cuando uno entra en esto, entra para toda la vida».

Más adelante, casi nunca volvió a mencionar la expresión completa. Éramos,
sencillamente, unos EHM.

El cometido de Claudine es un ejemplo fascinante de la manipulación
subyacente al negocio en el que me había incorporado. Era bella e inteligente, y
sumamente eficaz. Detectó mis puntos débiles y supo explotarlos en su
beneficio. Su trabajo y la habilidad con que lo realizaba ejemplifican la
mentalidad sutil de quienes manejan los hilos de este sistema.

Claudine no tuvo pelos en la lengua a la hora de describirme lo que iban a
exigir de mí. «Tu trabajo -dijo- consistirá en estimular a líderes de todos los
países para que entren a formar parte de la extensa red que promociona los
intereses comerciales de Estados Unidos en todo el mundo.

En último término esos líderes acaban atrapados en la telaraña del endeudamiento,
lo que nos garantiza su lealtad. Podemos recurrir a ellos siempre que los
necesitemos para satisfacer nuestras necesidades políticas, económicas o militares.
A cambio, ellos consolidan su posición política porque traen a sus países complejos
industriales, centrales generadoras de energía y aeropuertos. Y los propietarios
de las empresas estadounidenses de ingeniería y construcción se hacen inmensamente
ricos.

Hoy vemos los estragos resultantes de este sistema. Ejecutivos de las
compañías estadounidenses más respetadas que contratan por sueldos casi de
esclavos la mano de obra que explotan bajo condiciones inhumanas en los
talleres de Asia. Empresas petroleras que arrojan despreocupadamente sus
toxinas a los ríos de la selva tropical, envenenando adrede a humanos, animales
y plantas, y perpetrando genocidios contra las culturas ancestrales. Laboratorios
farmacéuticos que niegan a millones de africanos infectados por el VIH los
medicamentos que podrían salvarlos. En Estados Unidos mismo, doce millones
de familias no saben lo que van a comer mañana.2

El negocio de la energía ha dado lugar a una Enron.

El negocio de las auditorías ha dado lugar a una Andersen.
La quinta parte de la población mundial residente en los países más
ricos tenía en 1960 treinta veces más ingresos que otra quinta parte,

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los pobladores de los países más pobres. Pero en 1995 la proporción era de 74:1

.3 Estados Unidos gasta más de 87.000 millones de dólares en la guerra de
Iraq, cuando Naciones Unidas estima que con menos de la mitad bastaría para
proporcionar agua potable, dieta adecuada, servicios de salud y educación
elemental a todos los habitantes del planeta.4
¡Y nos preguntamos por qué nos atacan los terroristas!

Algunos preferirían achacar nuestros problemas actuales a una conspiración
organizada. Ya me gustaría que fuese tan sencillo. A los conspiradores se les
puede capturar y llevar ante los tribunales. Pero este sistema nuestro lo impulsa
algo mucho más peligroso que una conspiración. Lo impulsa, no un pequeño
grupo de hombres, sino un concepto que ha sido admitido como verdad sagrada:
que todo crecimiento económico es siempre beneficioso para la humanidad y
que, a mayor crecimiento, más se generalizarán sus beneficios. Esta creencia
tiene también un corolario: que los sujetos más hábiles en atizar el fuego del
crecimiento económico merecen alabanzas y recompensas, mientras que los
nacidos al margen quedan disponibles para ser explotados.

Es un concepto erróneo, naturalmente. Sabemos que en muchos países el
crecimiento económico sólo beneficia a un reducido estrato de la población, y
que de hecho puede redundar en unas circunstancias cada vez más desesperadas
para la mayoría. Viene a intensificar este efecto el corolario mencionado, de que
los líderes industriales que impulsan este sistema merecen disfrutar de una
consideración especial. Creencia que está en el fondo de muchos de nuestros
problemas actuales y tal vez es el motivo de que abunden tanto las teorías
conspirativas. Cuando se recompensa la codicia humana, ésta se convierte en un
poderoso inductor de corrupción. Si el consumo voraz de los recursos del planeta
está considerado algo intocable, si enseñamos a nuestros hijos a emular a las
personas con estas vidas desequilibradas y si definimos a grandes sectores de la
población como subditos de una élite minoritaria, estamos invocando
calamidades. Y éstas no tardan en caer sobre nuestras cabezas.

En su afán de progresar hacia el imperio mundial, empresas, banca y gobiernos
(llamados en adelante, colectivamente, la, corporatocracia) utilizan su poderío
financiero y político para asegurarse

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de que las escuelas, las empresas y los medios de comunicación apoyen (tanto el
concepto como su corolario no menos falaz. Nos han llevado a un punto en que
nuestra cultura global ha pasado a ser una maquinaria monstruosa que exige un
consumo exponencial de combustible y mantenimiento, hasta el extremo que
acabará por devorar todos los recursos disponibles y finalmente no tendrá más
remedio que devorarse a sí misma.

La corporatocracia no es una conspiración, aunque sus miembros sí suscriben
valores y objetivos comunes. Una de las funciones de la corporatocracia estriba
en perpetuar, extender y fortalecer el sistema continuamente. Las vidas de los
«triunfadores» y sus privilegios -sus mansiones, sus yates, sus jets privados-, se
nos ofrecen como ejemplos sugestivos para que todos nosotros sigamos
consumiendo, consumiendo y consumiendo. Se aprovechan todas las
oportunidades para convencemos de que tenemos el deber cívico de adquirir
artículos, y de que saquear el planeta es bueno para la economía y por tanto
conviene a nuestros intereses superiores. Para servir a este sistema, se paga unos
salarios exorbitantes a sujetos como yo. Si nosotros titubeamos, entra en acción
un tipo de gángster más funesto, el chacal. Y si el chacal fracasa, el trabajo pasa
a manos de los militares.

Este libro es la confesión de un hombre que, en la época en que fui EHM,
formaba parte de un grupo relativamente reducido. Este tipo de profesión es hoy
más abundante. Sus integrantes ostentan títulos más eufemísticos y pululan por
los pasillos de Monsanto, General Electric, Nike, General Motors, Wal-Mart y
casi todas las demás grandes corporaciones del mundo. En verdad, Confesiones de
un gángster económico es su historia tanto como la mía.

Y también es la historia de Estados Unidos, del primer imperio
auténticamente planetario. El pasado nos ha enseñado que, o cambiamos de
rumbo, o tenemos garantizado un final trágico. Los imperios nunca perduran.
Todos han acabado muy mal. Todos han destruido culturas en su carrera hacia
una dominación mayor, y todos han caído a su vez. Ningún país o grupo de
países puede prosperar a la larga explotando a los demás.

Este libro ha sido escrito para hacemos recapacitar y cambiar.
Estoy convencido de que, cuando un número suficiente de nosotros cobre
conciencia de cómo estamos siendo explotados por la

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maquinaria económica que genera un apetito insaciable de recursos del planeta y
crea sistemas promotores de la esclavitud-, no seguiremos tolerándolo.
Entonces nos replantearemos nuestro papel en un mundo en que unos pocos
nadan en la riqueza y la gran mayoría se ahoga en la miseria, la contaminación
y la violencia. Y nos comprometeremos a emprender un viraje que nos lleve a la
compasión, la democracia y la justicia social para todos.

Admitir que tenemos un problema es el primer paso para solucionarlo.
Confesar que hemos pecado es el comienzo de la redención. Que sirva este
libro, pues, para empezar a salvamos, para inspiramos nuevos niveles de entrega
e incitamos a realizar nuestro sueño de una sociedad justa y decente.

Nunca se habría escrito este libro sin las muchas personas cuyas vidas he
compartido y que se describen en las páginas siguientes. Les agradezco las
experiencias y sus enseñanzas.

Con independencia de ello, doy las gracias a los que me animaron a salir del
limbo y contar mi historia: Stephan Rechtschaffen, Bill y Lynne Twist, Ann
Kemp, Art Roffey y las muchas personas que participaron en las giras y los
grupos de trabajo de Dream Change, especialmente mis colaboradores Eve
Bruce, Lyn Roberts-Herrick y Mary Tendall, así como a mi increíble esposa y
compañera durante veinticinco años, Winifred, y a mi hija Jessica.

Quedo en deuda con muchos hombres y mujeres que aportaron revelaciones
e información personales sobre la banca internacional, las multinacionales y las
interioridades políticas de distintos países: gracias especialmente a Michael
Ben-Eli, Sabrina Bologni, Juan Gabriel Carrasco, Jamie Grant, Paul Shaw y
otros cuyos nombres recuerdo pero prefieren permanecer en el anonimato.

Una vez concluido el original, Steven Piersanti, fundador de la editorial
Berrett-Koehler y brillante jefe de redacción, no sólo tuvo el valor de aceptarlo
sino que me ayudó a revisado una y otra vez, invirtiendo en ello incontable
número de horas. Declaro mi profunda gratitud a Steven así como a Richard
Perl, quien me lo presentó, y también a Nova Brown, Randi Fiat, Alien Jones,
Chris Lee, Jennifer Liss, Laurie Pellouchoud y Jenny Williams, que leyeron y
criticaron el original. A David Korten, que además de leerlo y

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criticarlo me hizo pasar por el aro hasta satisfacer sus exigentes y excelentes
criterios. A Paul Fedorko, mi agente. A Valerie Brewster, que ha realizado el
diseño gráfico del libro. Y a Todd Manza, mi corrector final, maestro de la
palabra y gran filósofo.

Especial gratitud merecen Jeevan Sivasubramanian, director gerente de
Berrett-Koehler, y Ken Lupoff, Rick Wilson, María Jesús Aguiló, Pat Anderson,
Marina Cook, Michael Crowley; Robin Donovan, Kristen Frantz, Tiffany Lee,
Catherine Lengronne, Dianna Platner y el resto del personal de BK, donde la
gente comprende la necesidad de aumentar la conciencia social y trabaja
incesantemente para hacer de este mundo un lugar mejor.

También debo manifestar mi agradecimiento a todos los hombres y mujeres
que trabajaron conmigo en MAIN, desconociendo que sus funciones contribuían
a la tarea de los EHM y a configurar el imperio global. Sobre todo, a los que
trabajaron directamente a mis órdenes, me acompañaron a remotos países y
compartieron conmigo muchos momentos valiosos. Y también a Ehud Sperling
y sus colaboradores de Inner Traditions International, que editaron mis obras
anteriores sobre culturas indígenas y chamanismo y son, además, buenos amigos
que me ayudaron a convertirme en autor.

Quedo eternamente agradecido a los hombres y mujeres que me admitieron
en sus hogares de las selvas, los desiertos y las montañas, en las chabolas a
orillas de los canales de Yakarta y en los arrabales insalubres de incontables
ciudades de todo el mundo. Que compartieron conmigo sus alimentos y sus
vidas, y que han sido mi mayor fuente de inspiración.

John Perkins

Agosto de 2004

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Prólogo

La capital del Ecuador, Quito, se extiende a lo largo de un valle volcánico en
los Andes, a más de dos mil ochocientos metros de altitud. Los habitantes de
esta ciudad, fundada mucho antes de la llegada de Colón a las Américas, están
acostumbrados a ver la nieve en las cumbres que los rodean, y eso que viven
pocos kilómetros al sur del ecuador.

La ciudad de Shell, avanzadilla fronteriza y puesto militar roturado en la
Amazonía ecuatoriana para servir a los intereses de la petrolera cuyo nombre
ostenta, está casi dos mil quinientos metros más baja que Quito. Hirviente de
actividad, la habitan sobre todo soldados, obreros del petróleo e indígenas de las
tribus shuar y quechua que trabajan para aquéllos como peones y prostitutas.

Viajar de una ciudad a otra obliga a recorrer una carretera tan tortuosa como
impresionante. Las gentes de estos lugares dicen que durante el trayecto se pasa
por las cuatro estaciones del año en el mismo día.

Aunque he conducido muchas veces por esa carretera, nunca me canso de
sus espectaculares paisajes. A un lado, el roquedal desnudo, salpicado por
cascadas torrentosas y espesuras de bromeliáceas. Al otro, un despeñadero que
desciende abruptamente hasta el abismo por cuyo fondo corre el río Pastaza, un
afluente del Amazonas que serpentea Andes abajo. Sus aguas provienen de los
glaciares del Cotopaxi, uno de los volcanes activos más altos del planeta
considerado una deidad en tiempos de los Incas, y van a volcarse en el océano
Atlántico, a unos cinco mil kilómetros de distancia.

En 2003 salí de Quito en un todoterreno Subaru y enfilé hacia Shell provisto
de una misión muy distinta de cualquiera de las aceptadas por mí con
anterioridad. Iba a tratar de poner fin a una guerra que yo mismo había
contribuido a desencadenar. Como en tantos otros casos cuya responsabilidad
hemos de asumir nosotros

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los EHM, esa guerra era prácticamente desconocida fuera del país donde tenía
lugar. Yo iba a reunirme con los shuar, los quechua y sus vecinos los achuar, los
zaparo y los shiwiar; tribus decididas a impedir que nuestras compañías
petroleras siguieran destruyendo sus hogares, sus familias y sus tierras, aunque
ello significase poner en peligro sus vidas. Para ellos estaba en juego la
supervivencia de sus hijos y de sus culturas, mientras que para nosotros era
cuestión de poder, de dinero y de recursos naturales. Ese es uno de los muchos
aspectos de la lucha por el dominio del mundo, del sueño de unos hombres
codiciosos en busca del imperio global.1

Construir el imperio global es lo que se nos da mejor a los EHM.
Somos una élite de hombres y mujeres que utilizamos las organizaciones
financieras internacionales para fomentar condiciones por cuyo efecto otras
naciones quedan sometidas a la corporatocracia que dirigen nuestras grandes
empresas, nuestro gobierno y nuestros bancos. Al igual que nuestros semejantes
de la Mafia, los EHM concedemos favores. Estos adoptan la apariencia de
créditos destinados a desarrollar infraestructuras: centrales generadoras de
electricidad, carreteras, puertos, aeropuertos o parques industriales. Una de las
condiciones de estos empréstitos es que los proyectos y la construcción deben
correr a cargo de compañías de nuestro país. y el resultado es que, en realidad,
la mayor parte del dinero nunca sale de Estados Unidos. En esencia,
sencillamente se transfiere desde los emporios bancarios de Washington a las
constructoras de Nueva York, Houston o San Francisco.

Pese al hecho de que el dinero regresa casi enseguida a las corporaciones que
forman parte de la corporatocracia acreedora, el país destinatario queda obligado
a reembolsado íntegramente, el principal más los intereses. Si el EHM ha
trabajado bien, esa deuda será tan grande que el deudor se declarará insolvente
al cabo de pocos años y será incapaz de pagar. Cuando esto ocurre, nosotros, lo
mismo que la Mafia, reclamamos nuestra parte del negocio. Lo cual comprende,
a menudo, una o varias de las consecuencias siguientes: votos cautivos en
Naciones Unidas, establecimiento de bases militares o acceso a recursos
preciosos como el petróleo y el canal de Panamá. El deudor sigue debiéndonos
el dinero, por supuesto... y otro país más queda añadido a nuestro imperio
global.

Mientras conducía de Quito a Shell en mi coche, en aquel día

18





soleado de 2003, mi memoria retrocedió treinta y cinco años, a la primera vez
que vi esa parte del mundo. Había leído que Ecuador, pese a su extensión
relativamente modesta de 285.000 kilómetros cuadrados, tiene más de treinta
volcanes activos, más del 15 por ciento de las especies de aves que hay en la
Tierra y miles de especies vegetales todavía pendientes de clasificación.
Además, es un país multicultural, donde los habitantes que hablan lenguas
indígenas son casi tantos como los que hablan español. A mí me pareció
fascinante y, desde luego, exótico; pero, sobre todo, las palabras que acudieron
a mi mente en aquel entonces fueron puro, intacto e inocente.

Mucho ha cambiado en estos treinta años.

En 1968, época de mi primera visita, la Texaco acababa de descubrir petróleo
en la Amazonia ecuatoriana. Hoy el crudo representa casi la mitad de las
exportaciones del país. El oleoducto transandino construido poco después de mi
primera visita ha derramado desde entonces más de medio millón de barriles
sobre la frágil selva tropical: más del doble de lo que supuso el vertido del
Exxon Vdldez.2 En la actualidad, un nuevo oleoducto de quinientos kilómetros, y

1.300 millones de dólares de coste, construido por un consorcio patrocinado por
los EHM, promete convertir Ecuador en uno de los diez primeros proveedores
mundiales de crudo de Estados Unidos.3 Se han talado superficies inmensas de
selva, los guacamayos y los jaguares prácticamente se han extinguido, tres
culturas indígenas ecuatorianas han sido llevadas al borde de la desaparición, y
varios ríos antes cristalinos se han convertido en vertederos.
Durante ese mismo período, las culturas indígenas empezaron su lucha de
resistencia. El 7 de mayo de 2003, por ejemplo, un grupo de abogados
estadounidenses presentó, en representación de más de treinta mil indígenas
ecuatorianos, una demanda contra ChevronTexaco Corp por una cuantía de

1.000 millones de dólares. El escrito afirma que de 1971 a 1992 la petrolera
gigante derramó en ríos y charcas más de 18 millones de litros diarios de
efluentes tóxicos -es decir, aguas contaminadas con petróleo, metales pesados y
carcinógenos- y que la compañía dejó a sus espaldas casi 350 pozos a cielo
abierto llenos de contaminantes que siguen matando a humanos y animales.4
19





A través de las ventanillas de mi todoterreno podía ver grandes bancos de
niebla procedentes de la selva que remontaban las quebradas del Pastaza. Yo
llevaba la camisa empapada de sudor y el estómago empezaba a revolvérseme,
pero la causa no era sólo el intenso calor tropical y el serpenteo incesante de la
carretera. Empezaba a pagar mi tributo, conociendo el papel desempeñado por
mí en la destrucción de aquel bello país. Porque debido a la acción de mis
colegas EHM y mía, Ecuador está hoy mucho peor de lo que estaba antes de
introducir allí las maravillas de la ciencia económica, la banca y la ingeniería
modernas. Desde 1970 y durante ese intervalo llamado eufemísticamente el Boom
del Petróleo, el índice oficial de pobreza pasó del 50 al 70 por ciento de la
población. El desempleo y el subempleo aumentaron del 15 al 70 por ciento, y la
deuda pública pasó de 240 millones de dólares a 16.000 millones. Al mismo
tiempo, la proporción de la renta nacional que reciben los segmentos más pobres
de la población decayó del 20 al 6 por ciento.5

El caso de Ecuador, por desgracia, no es excepcional. Casi todos los países
congregados por nosotros, los gángsteres económicos, bajo el paraguas del
imperio global han corrido una suerte parecida.6 La deuda del Tercer Mundo
sobrepasa los 2,5 billones de dólares y su coste -más de 375.000 millones de
dólares al año según datos de 2004-excede el total de lo que gasta el Tercer
Mundo en sanidad y educación, y equivale a veinte veces toda la ayuda
extranjera anual que reciben los países en vías de desarrollo. Más de la mitad de
"la población mundial sobrevive con menos de dos dólares al día por cabeza,
más O menos lo mismo que recibía a comienzos de la década de 1970. Mientras
tanto, en el Tercer Mundo el 1 por ciento de las familias más ricas acumula entre
el 70 y el 90 por ciento de las fortunas privadas y del patrimonio inmobiliario de
sus países (el porcentaje varía según el país que consideremos). 7

Levanté el pie del acelerador para entrar en las calles de Baños, hermoso
centro turístico famoso por sus balnearios. Las aguas termales proceden de ríos
volcánicos subterráneos que bajan del muy activo monte Tungurahgua. Los
niños corrieron junto al Subaru agitando los brazos y tratando de vendemos
goma de mascar y caramelos. Luego dejamos Baños atrás. La espectacular
belleza del

20





panorama desapareció de súbito conforme salíamos del paraíso y entrábamos en
una versión moderna del Infierno de Dante.

Sobre el río se alzaba un monstruo descomunal, una inmensa pared gris de
hormigón que desentonaba allí por completo. Era algo absolutamente
antinatural e incompatible con el paisaje. A mí, por supuesto, no tenía por qué
sorprenderme su presencia. Sabía que estaba allí, al acecho, como si me
esperase. La había visto muchas veces antes, y la había elogiado como símbolo
de los grandes éxitos del gangsterismo económico. Aun así, se me puso la piel
de gallina.

Esa pared tan horrorosa como incongruente es el embalse que contiene la
fuerza impetuosa del río Pastaza y desvía sus aguas hacia unos gigantescos
túneles excavados en la montaña, para transformar su energía en electricidad.
Se trata de la planta hidroeléctrica de Agoyan. Con su potencia de 156
megavatios, abastece a las industrias que enriquecen a un puñado de familias
ecuatorianas y ha sido fuente de inenarrables desgracias para los campesinos y
los pueblos indígenas que viven a orillas del río. Esa central hidroeléctrica no es
más que uno de los muchos proyectos desarrollados gracias a mis esfuerzos y
los de otros gángsteres económicos. Y esos proyectos son la razón de que
Ecuador forme hoy parte del imperio global, y el motivo por el cual los shuar,
los quechua y sus amigos amenazan con la guerra a nuestras compañías
petroleras.

Gracias a estos proyectos, Ecuador está agobiado por la deuda externa hasta
tal punto que se ve obligado a dedicar una proporción exorbitante de su renta
nacional a devolver los créditos, en vez de emplear su capital en mejorar la
suerte de sus millones de ciudadanos que viven en la pobreza extrema. El único
recurso que Ecuador tiene para cumplir sus obligaciones con el extranjero es la
venta de sus selvas tropicales a las compañías petroleras. O más exactamente,
una de las razones por las que el gangsterismo económico puso sus miras en el
Ecuador, para empezar, fue que según algunas estimaciones el océano de
petróleo encerrado en el subsuelo de su región amazónica podría rivalizar con
los yacimientos de Oriente Próximo.8 El imperio global reclama su parte del
negocio en forma de concesiones de prospección y explotación.

La demanda cobró especial urgencia después del 11 de septiembre de 2001,
cuando Washington temió que se cerrasen las es


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pitas de Oriente Próximo. Para colmo, Venezuela, el tercer proveedor de
Estados Unidos, acababa de elegir a un presidente populista, Hugo Chávez,
que se pronunciaba enérgicamente en contra de lo que él llamaba el
imperialismo estadounidense, y amenazaba con recortar los suministros de
petróleo a Estados Unidos. Los gángsteres económicos habíamos fracasado en
Iraq y en Venezuela, pero tuvimos éxito en Ecuador. En aquellos momentos se
trataba de ordeñar la vaca hasta la última gota.

El caso de Ecuador es típico de entre los países que los EHM han doblegado
política y económicamente. De cada 100 dólares de crudo extraídos de las
selvas ecuatorianas, las petroleras reciben 75 dólares. Quedan 25 dólares, pero
tres de cada cuatro de éstos van destinados a saldar la deuda extranjera. Una
parte del resto cubre los gastos militares y gubernamentales, lo que deja unos
2,50 dólares para sanidad, educación y programas de asistencia social en favor
de los pobres.9 Es decir, que de cada 100 dólares arrancados a la Amazonia,
menos de 3 dólares van a parar a los más necesitados -aquellas personas cuyas
vidas se han visto perjudicadas por los pantanos, las perforaciones y los
oleoductos, y que están muriendo por falta de alimentos y de agua potable.

Todas estas personas - millones en Ecuador, miles de millones en todo el
mundo- son terroristas en potencia. No porque crean en el comunismo, ni en el
anarquismo, ni porque sean intrínsecamente perversas, sino porque están
desesperadas, sencillamente. Al contemplar la presa hidráulica me pregunté, tal
como me ha pasado en otros muchos lugares del mundo, cuándo pasarán a la
acción esas personas; como los colonos de Norteamérica contra Inglaterra
hacia la década de 1770, o los criollos contra los españoles a comienzos del
siglo XIX.

La sutileza de los constructores de este imperio moderno deja en evidencia a
los centuriones romanos, los conquistadores españoles y las potencias
coloniales europeas de los siglos XVIII Y XIX. Nosotros los EHM somos
hábiles. Hemos aprendido las enseñanzas de la historia. No llevamos espada al
cinto. No usamos armaduras ni uniformes que nos diferencien de los demás. En
países como Ecuador, Nigeria e Indonesia vamos vestidos como los maestros
de escuela o los tenderos locales. En Washington y París adoptamos el aspecto
de los burócratas públicos y los banqueros. Parecemos

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gente modesta, normal. Inspeccionamos las obras de ingeniería y visitamos las
aldeas depauperadas. Profesamos el altruismo y hacemos declaraciones a los
periódicos locales sobre los maravillosos proyectos humanitarios a que nos
dedicamos. Desplegamos sobre las mesas de reunión de las comisiones
gubernamentales nuestras previsiones contables y financieras y damos
lecciones en la Harvard Business School sobre los milagros macroeconómicos.
Somos personajes públicos, sin nada que ocultar. O por lo menos nos
presentamos como tales y como tales se nos acepta. Así funciona el sistema.
Pocas veces hacemos nada ilegal, porque el sistema mismo está edificado sobre
el subterfugio. El sistema es legítimo por definición.

No obstante (y ésa es una salvedad esencial), cuando nosotros fracasamos
interviene otra especie mucho más siniestra, la que nosotros, los gángsteres
económicos, denominamos chacales. Esos sí son émulos más directos de
aquellos imperios históricos que he mencionado. Los chacales siempre están
ahí, agazapados entre las sombras. Cuando ellos actúan, los jefes de Estado
caen, o tal vez mueren en «accidentes» violentos.10 Y si resulta que también
fallan los chacales, como fallaron en Afganistán e Iraq, entonces resurgen los
antiguos modelos. Cuando los chacales fracasan, se envía a la juventud
estadounidense a matar y morir.

Mientras dejaba atrás el monstruo, la pared mastodóntica de hormigón gris
que encarcela el río, noté de nuevo el sudor que empapaba mis ropas y la
angustia que me atenazaba el estómago. Me dirigía hacia la selva para
reunirme con los pueblos indígenas decididos a luchar hasta el último hombre
para frenar a ese imperio que yo había contribuido a crear, y me invadían los
remordimientos.

¿Cómo era posible que se hubiese metido en tan sucios asuntos un chico de
pueblo, un muchacho provinciano de New Hampshire? me preguntaba.

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PRIMERA
PARTE
1963-1971


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1

Nace un gángster económico

Todo empezó de forma bastante inocente. Yo fui hijo único, nacido en 1945 de
una familia de clase media. Mis progenitores, yanquis de Nueva Inglaterra con
tres siglos de solera, eran republicanos acérrimos que habían heredado de muchas
generaciones de antepasados puritanos sus actitudes moralizantes y estrictas. En
sus respectivas familias, habían sido los primeros en recibir estudios superiores
gracias a las becas. Mi madre era profesora de latín en un instituto. Mi padre
participó en la Segunda Guerra Mundial como teniente de navío al mando de la
dotación militar de uno de aquellos mercantes-cisterna altamente inflamables que
cruzaban el Atlántico. El día que nací en Hanover (New Hampshire), él estaba en
un hospital de Texas curándose una fractura de cadera. Cuando lo conocí, yo había
cumplido ya un año.

Una vez de vuelta a New Hampshire, consiguió plaza de profesor de idiomas
en Tilton School, un internado para chicos de la comarca. El campus estaba
orgullosamente -algunos dirían arrogantementeencaramado en lo alto de una
colina que dominaba el pueblo de su mismo nombre. Era una institución
exclusiva, que sólo admitía unos cincuenta alumnos en cada curso desde el grado
noveno hasta el duodécimo. La mayoría de los estudiantes eran vastagos de
familias adineradas de Buenos Aires, Caracas, Bastan y Nueva York.

En mi familia no teníamos dinero, pero desde luego tampoco nos
considerábamos pobres. Aunque el instituto pagaba muy poco a sus profesores,
teníamos cubiertas todas nuestras necesidades gratis: la comida, la vivienda, la
calefacción, el agua y los trabajadores que segaban nuestro césped y quitaban la
nieve delante de nuestra puerta. Desde que cumplí cuatro años empecé a comer en
el comedor de la escuela elemental, hice de recogepelotas para los equipos de
fútbol

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que entrenaba mi padre y repartí toallas en los vestuarios.

Decir que los profesores y sus esposas se consideraban superiores al resto de
sus convecinos sería quedarse corto. Mis padres solían bromear diciendo que ellos
eran los señores feudales y amos de aquellos palurdos, es decir, de la gente de la
población. Yo sabía que no lo decían del todo en broma.

Los amigos que hice en el parvulario y en la escuela elemental pertenecían a
esa clase de los palurdos. Eran muy pobres. Sus padres eran labradores, leñadores
y trabajadores del textil. Transpiraban hostilidad contra «esos señoritos de allá
arriba». En correspondencia, y a su debido tiempo, mi padre y mi madre quisieron
disuadirme de tratar con las muchachas del pueblo, «pendones» y «zorras» según
ellos. Pero yo había compartido lápices y cuadernos con esas chicas desde el
primer grado, y en el transcurso de los años me enamoré de tres de ellas: Ann,
Priscilla y Judy. Me costaba compartir el punto de vista de mis padres. No
obstante, me plegaba a su voluntad.

Todos los veranos pasábamos los tres meses de vacaciones de mi padre en una
cabaña que construyó mi abuelo en 1921 a orillas de un lago. Estaba rodeada de
bosque, y por la noche oíamos las lechuzas y los pumas. No teníamos vecinos. Yo
era el único niño en todo el entorno que se pudiese abarcar a pie. Al principio me
pasaba los días haciendo como que los árboles eran caballeros de la Tabla
Redonda y damas en apuros, llamadas Ann, Priscilla o Judy (según el año). Mi
pasión, de eso estaba yo convencido, era tan fuerte como la de Lanzarote por la
reina Ginebra... y más secreta todavía.

A los catorce obtuve una beca para estudiar en el Tilton. A instancias de mis
padres corté todo contacto con la población, y nunca más vi a mis antiguos
amigos. Cuando mis nuevos compañeros marchaban de vacaciones a sus
mansiones y a sus apartamentos de verano, yo me quedaba solo en la colina. Sus
novias acababan de ser presentadas en sociedad. Yo no tenía novia. No conocía a
ninguna chica que no fuese una «zorra». Había dejado de tratar con ellas, y ellas
me olvidaron. Estaba solo y tremendamente frustrado.

Mis padres eran unos maestros de la manipulación. Me aseguraban que yo era
un privilegiado por gozar de tan magnífica oportunidad, y que algún día lo
agradecería. Encontraría a la esposa perfecta, a la mujer capaz de satisfacer
nuestras elevadas normas morales. Yo hervía por dentro. Necesitaba compañía
femenina y sexo. No dejaba de pensar en las llamadas «zorras».

En vez de rebelarme, reprimí la rabia y expresé mi frustración

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procurando destacar en todo. Fui matrícula de honor, capitán de dos equipos
deportivos del instituto y director del periódico estudiantil. Estaba decidido a
darles una lección a aquellos pijos compañeros míos, y a volver las espaldas para
siempre al Tilton. Durante el último curso conseguí una beca como deportista para
Brown y otra por calificaciones para Middlebury. Preferí Brown, sobre todo
porque me atraían más los deportes... y porque estaba ubicada en una ciudad. Mi
madre era licenciada por Middlebury y mi padre se había sacado allí su título de
máster, así que ellos preferían Middlebury, y eso que Brown era una de las
universidades privadas de más prestigio.

-Y si te rompes una pierna, entonces ¿qué? -me preguntó mi padre-. Es mejor
aceptar la beca por calificaciones.

Yo me resistía. A mi modo de ver, Middlebury no era más que una versión
aumentada y corregida del instituto Tilton, sólo que no estaba en la parte rural de
New Hampshire sino en la parte rural de Vermont. Cierto que era mixta, pero yo
me vería pobre, y ricos a casi todos los demás. Por otra parte, hacía cuatro años
que no trataba con compañeras del género femenino. Me faltaba aplomo, me
sentía descolocado y avergonzado. Le supliqué a papá que me permitiera saltarme
un año, o dejarlo. Quería mudarme a Bastan, vivir la vida, conocer mujeres. Él
dijo que ni hablar. «¿Cómo haré creer que preparo para la universidad a los hijos
de otros, si no soy capaz de hacer que se ponga a estudiar el mío?», se preguntaba.

Con el tiempo he comprendido que la vida se compone de una serie de
coincidencias. Todo depende de cómo reaccionamos a ellas, de cómo ejercitamos
eso que algunos llaman libre albedrío. Las opciones que adoptamos dentro de los
límites que nos imponen los altibajos del destino determinan lo que somos. En
Middlebury ocurrieron dos coincidencias que tuvieron un papel principal en mi
vida. La primera se presentó bajo la forma de un iraní, hijo de un general que era
consejero privado del sha; la segunda fue una hermosa joven que se llamaba Ann,
lo mismo que mi ídolo de la infancia.

El primero, a quien llamaremos en adelante Farhad, había sido futbolista
profesional en Roma. Estaba dotado de una constitución atlética, pelo negro
ensortijado, ojos grandes de mirada aterciopelada y unos modales y un carisma
que lo hacían irresistible para las mujeres. Lo contrario de mí en muchos aspectos.
Me esforcé mucho por conquistar su amistad, y él me enseñó muchas cosas que
me fueron muy útiles en los años venideros. También conocí a Ann.

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Aunque salía en serio con un muchacho que iba a otra universidad, en cierta manera
me adoptó. Nuestra relación platónica fue el primer amor auténtico que yo había
conocido.

Farhad me animó a beber, a frecuentar las fiestas, a no hacer caso de mis padres.
Deliberadamente había decidido abandonar los estudios, romperme la pierna
académica para rebatir el argumento de mi padre. Mis calificaciones cayeron en
picado y perdí la beca. En mitad del segundo año decidí dejar la universidad. Mi padre
me amenazó con el repudio, mientras Farhad me incitaba. Irrumpí en el despacho del
decano y me despedí de la institución. Fue un momento crucial de mi vida. .

Farhad y yo celebramos en un bar de la ciudad mi última noche de universitario.
Un granjero borracho, un coloso de hombre, se encaró conmigo porque según él estaba
guiñándole el ojo a su esposa. Me levantó en vilo y me arrojó contra la pared. Farhad
se interpuso, sacó una navaja y le rajó la mejilla al campesino. Luego cruzó el local
conmigo a rastras y escapamos por una ventana para salir a una comisa de roca que se
asomaba al Otter Creek. Saltamos, y siguiendo por la orilla del río conseguimos
regresar a la residencia.

La mañana siguiente, cuando me interrogó el servicio de orden, mentí y negué
tener ningún conocimiento del incidente. Pero a Farhad lo expulsaron de todos modos.
Juntos nos mudamos a Boston, donde compartimos un apartamento. Conseguí empleo
en las oficinas de unos periódicos de Hearst, Record American/Sunday Advertiser, donde
ingresé como adjunto al redactor jefe del Sunday Advertiser.

Más tarde, aquel mismo año de 1965, varios de mis amigos de la redacción
recibieron la tarjeta de reclutamiento. Para evitar un destino similar me matriculé en la
Escuela de Administración de Empresas de Boston. Para entonces Ann había roto con
su antiguo novio y bajaba a menudo desde Middlebury para estar conmigo. Atención
que desde luego mereció mi agradecimiento. Ella se licenció en 1967, cuando a mí
todavía me faltaba un año para terminar en la EADE de Boston, y se negó
rotundamente a venirse a vivir conmigo antes de casarnos. Yo bromeaba diciendo que
esto era un chantaje, y en efecto me sentí un poco extorsionado por lo que, según me
parecía, era una prolongación de las arcaicas y mojigatas normas morales de mis
padres. Pero lo pasábamos bien juntos y yo deseaba estarlo más, así que nos casamos.

El padre de Ann era un ingeniero brillante que había puesto a punto el sistema
automático de navegación para una importante categoría de misiles, lo que le valió un
alto cargo en el Departamento

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Naval. Su mejor amigo, un hombre al que Ann llamaba tío Frank (no era Frank,
pero le llamaremos así en este libro), era un ejecutivo del máximo nivel en la
Agencia Nacional de Seguridad (National Security Agency, NSA), el menos conocido
y en muchos aspectos el más importante de los servicios de espionaje
estadounidenses.

Poco después de nuestro matrimonio los militares me llamaron para la revisión
física, que pasé, de modo que me enfrentaba a la perspectiva de ir destinado al
Vietnam una vez terminase los estudios. La idea de pelear en el Sudeste asiático
me desgarraba emocionalmente, aunque la guerra siempre me ha fascinado. A mí
me amamantaron con las historias de mis antepasados de la época colonial, entre
los cuales figuran patriotas como Thomas Paine y Ethan Allen, y había visitado en
Nueva Inglaterra y en el Estado de Nueva York todos los escenarios de las batallas
que se recuerdan de las guerras del francés, contra los indios y de la
Independencia contra los ingleses. A decir verdad, cuando intervinieron en el
Sudeste asiático las primeras unidades de fuerzas especiales del ejército estuve a
punto de alistarme. Pero luego fui cambiando de opinión, a medida que los medios
de comunicación denunciaban las atrocidades y las contradicciones de la política
estadounidense. A menudo me preguntaba de parte de quién se habría colocado
Paine. Estaba seguro de que habría abrazado la causa de nuestro enemigo el
Vietcong.

Fue tío Frank quien me sacó del apuro, al decirme que un empleo en la NSA
permitía solicitar prórroga y aplazar la entrada en el servicio militar. Gracias a su
mediación fui entrevistado varias veces en su agencia, incluida una penosa jornada
de interrogatorios bajo el detector de mentiras. A mí se me dijo que esas pruebas
servirían con el fin de determinar mi idoneidad para ser reclutado y entrenado por
la NSA. En caso afirmativo suministrarían además un perfil de mis puntos fuertes
y débiles, que serviría para planificar mi carrera. Dada mi actitud en cuanto a la
guerra de Vietnam, yo estaba seguro de no pasar las pruebas.

Cuando me lo preguntaron, confesé que en mi condición de ciudadano leal a su
país yo estaba en contra de la guerra. Quedé sorprendido cuando los
entrevistadores no insistieron en este punto y prefirieron interrogarme sobre mi
formación, mis actitudes para con mis padres y las emociones que había suscitado
en mi el hecho de haberme criado como un puritano pobre entre muchos señoritos
ricos y hedonistas. Exploraron también mi frustración por la falta de mujeres, de
sexo y de dinero en mi vida, así como el mundo de

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fantasías en que me había refugiado a consecuencia de ello. También me extrañó la
curiosidad que les mereció mi relación con Farhad y el interés que suscitó mi voluntad
de mentirle a la policía del campus con tal de proteger a mi amigo.

Al principio supuse que todos estos detalles les parecerían ne¬gativos y motivarían
el rechazo de mi candidatura a entrar en la NSA. Pero las entrevistas, a pesar de ello,
continuaron. No fue hasta varios años más tarde cuando comprendí que, con arreglo a
los criterios de la NSA, aquellos resultados negativos habían sido positivos en
realidad. Para la evaluación de ellos, no importaba tanto la supuesta lealtad a mi país
como el conocimiento de las frustraciones de mi vida. El resentimiento contra mis
progenitores, la obsesión con las mujeres y el afán de darme la gran vida eran los
anzuelos donde ellos podían prender su cebo. Yo era seducible. Mi determinación de
sobresalir en las clases y en los deportes, la insubordinación definitiva contra mi
padre, la capacidad para avenirme con personas extranjeras y la facilidad para mentirle
a la policía respondían precisamente a las cualidades que ellos buscaban. Más tarde
supe también que el padre de Farhad trabajaba para los servicios de inteligencia
estadounidenses en Irán. Por tanto, mi amistad con aquél debió constituir un punto
importante a mi favor.

Algunas semanas después de estas pruebas en la NSA, se me ofreció un empleo
para iniciar mi formación en el arte del espionaje. Debía incorporarme tan pronto
como recibiese el diploma de la EADE, para lo que me faltaban varios meses. No
obstante, y cuando aún no había aceptado oficialmente esta oferta, obedeciendo a un
impulso me apunté a un seminario que daba en la Universidad de Boston un reclutador
del Peace Corps (Cuerpo de Paz). Uno de los «ganchos» que utilizaba era que el
ingreso en el Peace Corps, lo mismo que los empleos de la NSA, servía de pretexto
para prorrogar la incorporación a filas.

Mi decisión de participar en el seminario fue una de esas coincidencias a las que
no se atribuye importancia en su momento, pero cuyas consecuencias cambian luego
la vida de una persona. El reclutador describió varios lugares del mundo especialmente
necesitados de voluntarios. Uno de ellos era la selva amazónica, donde, según señaló,
los pueblos indígenas seguían viviendo casi como los nativos de Norteamérica en
tiempos de la llegada de los europeos.

Yo siempre había soñado vivir como los abnaki, los pobladores

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aborígenes de New Hampshire en la época en que se establecieron allí mis
antepasados. Sabía que llevaba en mis venas un poco de sangre abnaki, y deseaba
conocer las costumbres de aquellas gentes y la vida en los bosques que había sido tan
familiar para ellos. Fui a hablar con el reclutador después de su charla y le interroguéen
cuanto a la posibilidad de ser destinado a la Amazonia. Él me aseguró que hacían
falta muchos voluntarios para esa región, y que podía contar con una gran
probabilidad de ser admitido. Llamé a tío Frank.

Con no poca sorpresa por mi parte, tío Frank me animó a considerar esa
posibilidad. En plan confidencial me dijo que después de la caída de Hanoi, que
muchos en posiciones similares a la suya daban por cierta en aquellos tiempos, la
Amazonia iba a pasar al primer plano del interés.

«Está que rebosa de petróleo -dijo-. Necesitaremos buenos agentes ahí, individuos
que sepan entender a los nativos.» Me aseguró que el servicio en el Peace Corps sería
un entrenamiento excelente para mí, y me instó a que procurase dominar cuanto antes
la lengua española así como varios dialectos indígenas. «Es posible que acabes al
servicio de una compañía privada, no del gobierno», dijo con sorna.

En aquel entonces no comprendí lo que había querido decir con estas palabras.
Estaba siendo ascendido de espía a agente del gangsterismo económico, aunque aún
no hubiese oído jamás esa expresión, y aún iba a tardar varios años más en oírla por
primera vez. Desconocía por completo la existencia de cientos de hombres y mujeres
que, repartidos por todo el mundo, trabajaban por cuenta de consultarías y otras
empresas privadas, sin recibir nunca ni un centavo de salario de ninguna agencia
gubernamental, pero sirviendo, no obstante, a los intereses del imperio. Ni podía
adivinar entonces que hacia el fin del milenio iban a ser miles los representantes de
una nueva especie, denominada más eufemísticamente, y que yo iba a representar un
papel señalado en el crecimiento de semejante ejército.

Ann y yo solicitamos el ingreso en el Peace Corps y ser destinados a la Amazonia.
Cuando nos llegó el aviso de incorporación, al principio sufrí un fuerte desengaño. La
carta decía que íbamos destinados al Ecuador.

¡No, caramba!, pensé. Yo había solicitado la Amazonia, no África. Fui a buscar un
atlas, para mirar dónde quedaba Ecuador. Cuál no sería mi contrariedad al no
localizarlo en el continente africano. En el índice, sin embargo, descubrí que estaba en
Latinoamérica. Y en el mapa pude ver la red fluvial que bajaba desde los glaciares
andinos

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hasta el poderoso Amazonas. Otras lecturas me aseguraron que las selvas
ecuatorianas figuraban entre las más variadas y formidables del mundo, y que sus
pobladores indígenas continuaban viviendo como habían venido haciéndolo
durante miles de años. De modo que aceptamos.

Ann y yo pasamos la instrucción para el Peace Corps en el sur de California.
En septiembre de 1968 partimos hacia Ecuador. En la Amazonia convivimos con
los shuar, cuyo estilo de vida, efectivamente, se asemejaba al de los aborígenes de
Norteamérica en la época precolombina. También trabajamos en los Andes con
los descendientes de los incas. Estaba yo descubriendo un aspecto del mundo cuya
existencia ni siquiera sospechaba. Hasta entonces, los únicos latinoamericanos que
yo había visto eran los señoritos ricos que asistían a las clases de mi padre en el
instituto. Descubrí que me caían bien aquellos nativos cazadores y agricultores.
Me sentía extrañamente emparentado con ellos, y por alguna razón me recordaban
a los pueblerinos que había dejado en mi país.

Hasta el día que apareció en la pista de aterrizaje comarcal un individuo en
traje de ciudad. Era Einar Greve, vicepresidente de la Chas. T. Main Inc. (MAIN),
consultoría internacional que practicaba una política empresarial de gran
discreción. Por entonces, estaba encargado de estudiar si el Banco Mundial debía
prestar a Ecuador y países limítrofes los miles de millones de dólares necesarios
para la construcción de embalses hidroeléctricos y otras infraestructuras. Además,
Einar era coronel de la Reserva estadounidense.

Para empezar, se puso a hablarme de las ventajas de trabajar para una
compañía como MAIN. Cuando mencioné que había sido admitido por la NSA
antes de ingresar en el Peace Corps, y que estaba considerando la posibilidad de
incorporarme a aquélla, él puso en mi conocimiento que algunas veces actuaba de
enlace con la NSA. Mientras lo decía, me miraba de una manera que me hizo
sospechar que venía con el encargo de evaluar mi capacidad, entre otras cosas.
Hoy creo que estaba poniendo al día mi perfil y, sobre todo, tratando de calibrar
mis aptitudes para sobrevivir en unos entornos que la mayoría de mis compatriotas
juzgarían hostiles.

Pasamos juntos un par de días en el Ecuador y luego seguimos en contacto por
correo. Él me había pedido que le enviase informes sobre las perspectivas
económicas del país. Yo tenía una pequeña máquina de escribir portátil y me
gustaba escribir, de manera que atendí su petición con mucho gusto. En el plazo
de un año le envié a Einar unas

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quince cartas bastante extensas. En ellas especulaba sobre el porvenir económico y
político del Ecuador y comentaba la creciente intranquilidad de las comunidades
indígenas enfrentadas a las compañías petroleras, a las agencias internacionales de
desarrollo y a otras tentativas de introducirlos en el mundo moderno aunque fuese a
puntapiés.

Cuando nuestra toumée con Peace Corps finalizó, Einar me invitó a una entrevista
de empleo en la sede central que tenía MAIN en Boston. En una conversación privada
conmigo subrayó que, si bien el negocio principal de MAIN eran los proyectos de
ingeniería, últimamente su principal cliente, el Banco Mundial, venía indicándole que
contratase a economistas a fin de elaborar los pronósticos económicos indispensables
para determinar la viabilidad y la magnitud de los mencionados proyectos. Y me
confesó que antes de hablar conmigo había contratado a tres economistas muy
cualificados, de credenciales impecables: dos profesores y un licenciado. Pero habían
fracasado miserablemente.

-Ninguno de ellos estaba en condiciones de elaborar proyecciones económicas
sobre países donde no se cuenta con estadísticas fiables explicó Einar.

Además, siguió diciendo, ninguno de ellos había aguantado hasta la fecha de
expiración de sus contratos, cuyas condiciones incluían desplazamientos a lejanas
regiones de países como Ecuador, Indonesia, Irán y Egipto para entrevistar a los
dirigentes locales e inspeccionar personalmente las perspectivas de desarrollo
económico. Uno de ellos sufrió una crisis nerviosa en una remota aldea panameña. La
policía del país tuvo que escoltarlo hasta el aeropuerto y meterlo en el avión de regreso
a Estados Unidos.

-Las cartas que enviaste me dieron a entender que no se te caen los anillos y que
sabes buscar datos cuando no están disponibles. Y despué

2 comentarios - Confesiones de un sicario economico -pagina 1-34

aledrago
Hola el link del libro completo en español existe? Gracias
aledrago
@gargantamasprof Gracias hno. Un abrazo.