Afganistán: la guerra que
EU y la OTAN no pueden ganar

Afganistán: la guerra que EU y la OTAN no pueden ganar


El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien prometió como candidato retirar de Afganistán a las tropas de su país y, por ende, a las de sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de otras naciones, ha modificado en el curso de poco más de un año sus propósitos y se aferra a la derrota del Talibán y de Al-Qaida como condiciones para iniciar el proceso de salida.

Obama afirma que busca una solución regional que incluya a Rusia, China, la India y hasta Irán, pese a las malas relaciones entre Washington y Teherán; pero los hechos irrefutables señalan que las tropas estadunidenses en territorio afgano ascienden a 55 mil y el total de efectivos militares extranjeros en el país rebasa los 100 mil.

De acuerdo con el más reciente informe del Consejo Internacional de Seguridad y Desarrollo (ICOS), Afganistán es presa de la miseria, los poderes fácticos tribales y caciquiles, el narcotráfico y la corrupción. Este es el caldo de cultivo que permite que los talibanes hayan ganado terreno: han incrementado su poder considerablemente en el último año y tienen ya presencia permanente en un 72% de Afganistán.

El presidente impuesto por Estados Unidos, Hamid Karzai, difícilmente gobierna más allá de Kabul, la capital; y algunos observadores extranjeros aseguran que su investidura apenas alcanza al palacio presidencial. Esta situación la analizó el Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI) en 2001, directamente en Afganistán, durante una exhaustiva visita de trabajo simultánea a la invasión estadunidense y de la OTAN; ya entonces, constató que los talibanes dominaban la mayor parte del país; y actualiza permanentemente su información al respecto.

Estados Unidos actúa como si pretendiera una presencia permanente de sus tropas y las de sus aliados. Desde el principio de las operaciones bélicas en territorio afgano, los estadunidenses establecieron 19 bases multifuncionales del Pentágono, gracias a las cuales tienen la posibilidad real de ejercer presión sobre China, Irán y Rusia.

Con el aval de la negligencia demostrada por los militares y los políticos estadunidenses –y quizá incluso con su complicidad--, los talibanes desestabilizan el Asia Central y la regiones de China con población musulmana. Cuentan para ello con la plena colaboración del Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), cuyo fundador y principal dirigente militar, Yumá Namanganí, muerto a fines de 2001, era el lugarteniente de Osama bin Laden en la región centroasiática y el Cáucaso; y con los separatistas uigures.

La inestabilidad en Asia Central es consecuencia directa de la presencia militar extranjera en Afganistán, pero, en perfecto círculo vicioso, resulta la mejor justificación para que el presidente Obama mantenga allá –e incremente—las tropas que el candidato Obama prometió retirar. Este foco de tensiones rebasa con mucho los límites regionales y se ha convertido en un problema que afecta al mundo entero.

Mientras Estados Unidos busca aliados para su “coalición antiterrorista” y el flujo de drogas de Afganistán crece exponencialmente, a la sombra de la ocupación extranjera, los altos mando de la OTAN ignoran las propuestas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) --Armenia, Belarús, Kazajstán, Kirguistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán--, sobre la necesidad de organizar la cooperación y el combate conjuntos contra la amenaza del narcotráfico procedente del territorio afgano.

Resulta inevitable cuestionar los verdaderos objetivos de la OTAN en Afganistán, toda vez que los principales productores de drogas operan en las zonas de responsabilidad de británicos y estadunidenses. Han surgido sospechas fundamentadas, conforme a testigos presenciales fidedignos, de que las bases estadunidenses podrían estar siendo utilizadas como puntos de tránsito para el narcotráfico hacia Europa. La negativa de la OTAN y de Estados Unidos de colaborar con la OTSC en una estrategia conjunta, fortalece esta percepción.

Según los cálculos de los especialistas, con los recursos financieros destinados a la ocupación de Afganistán y a las operaciones militares en la zona fronteriza con Pakistán, se podría crear una importante planta industrial en ambas naciones; pero la OTAN prefiere un entorno bélico.

Por ejemplo, la ayuda humanitaria destinada a ese país, es distribuida por las tropas extranjeras, situación que ha provocado una enérgica y reiterada protesta de las organizaciones de la sociedad civil internacional que trabajan en la región, como Oxfam, CARE, Action Aid, Save the Children y otras. Las OSC exigen que la OTAN suspenda inmediatamente las llamadas “iniciativas cívico-militares” y permita la estricta separación de la asistencia humanitaria y las operaciones militares.

El Comité Coordinador Internacional de la Red No a la Guerra, No a la OTAN, del que forma parte el CLAEI, sostiene que los conflictos nunca son resueltos por las guerras; y que el debate acerca de Afganistán y Pakistán ha llegado a un punto crítico. La opinión pública de los países en todo el mundo, tiene plena conciencia de la escalada belicista y se opone a ella, aunque se haya intentado disfrazarla de una “nueva estrategia”.

Wolfgang Gehrcke, portavoz de política exterior del Grupo de la Izquierda en el Parlamento federal (Bundestag) de Alemania –país donde la resistencia e enviar más tropas a Afganistán va en aumento—resumió así la posición de quienes se oponen a la supuesta nueva estrategia: “No queremos más excusas. La paz es posible. Frente a la línea aprobada en la conferencia de Londres y reiterada en Munich, de enviar más tropas, más armamento moderno, implantar la ley marcial y la militarización forzosa de la población civil, sostenemos que la mejor alternativa es la retirada de las tropas extranjeras, el apoyo a la reconciliación nacional y la estricta separación de la ayuda humanitaria y la asistencia militar de cualquier índole”.

EL CCI y el CLAEI coinciden en que el fin de la guerra requiere de la salida inmediata de las tropas de la OTAN de Afganistán. En el ámbito global, son indispensables la disolución y el desmantelamiento de la OTAN, en orden a contribuir a la seguridad internacional. Para ello estamos trabajando. La OTAN sólo significa más guerras. Nunca ha sido, ni será, una organización para la protección y la seguridad. Después de casi nueve años de presencia en Afganistán, la situación actual refleja lo que realmente es la OTAN: una alianza militar creada para imponer la voluntad de las elites occidentales.

Se necesitan respuestas políticas y sociales para la crisis de Afganistán y Pakistán. Deben respetarse las decisiones del pueblo afgano y encontrarse una solución regional que involucre a todos los países vecinos. Estas respuestas deben incluir un programa no militar, encabezado por las Naciones unidas, que reemplace el mandato de la ISAF (Fuerza Internacional de Apoyo para la Seguridad, constituida por la OTAN).