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Las pesadillas del soldado Urquhart.

Estas son las palabras de un veterano de guerra, un antiguo combatiente del Ejército Británico de tiempos de la 2ªGM, soldado escocés que cayó en manos de las temibles tropas niponas y pasó más de tres años en campos de prisioneros japoneses

Las pesadillas del soldado Urquhart.

Hola, me llamo Alistair Urquhart y no puedo dormir. Llevo 65 años sin dormir. Antes, cuando era más joven, por las noches salía de mi casa y deambulaba por las desiertas calles de Dundee, en Escocia. Ahora tengo 90 años y estoy en una silla de ruedas, y cuando llega la noche hago lo que sea por no dormirme, temo a la oscuridad, a la noche, a las pesadillas que me asaltan y me atormentan. Mi familia nunca ha sabido que me pasa, pero ahora, ya cerca del final de mi vida y tras la muerte de mi esposa, he decidido contarlo. He escrito un libro para que mis hijos comprendan el horror por el que he pasado.

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Tras leerlo, bueno, alguno fue incapaz de terminarlo, me han pedido que lo lleve a una editorial, que lo publique al mundo y así lo he hecho. Por mi y por la memoria de tantos como yo, que vivieron el horror, el horror del Puente sobre el rio kwai. Mi libro se titula,”The forgotten highlander”, y acaba de salir a la venta en el reino unido. Estas serian las palabras de este hombre que vivió el horror de los campos japoneses durante la 2ªGM. Allí vivió esclavitud, torturas, decapitaciones, canibalismo, vampirismo y una crueldad y sadismo ilimitados. Sus dos hijos no pudieron terminar de leer el libro. Alistair Urquhart nació en un pueblo pesquero de Newtonhill, en el noroeste de Escocia.

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Su padre lucho en la 1ªGM enrolado en el regimiento escocés de los Gordons Highlanders, pero nunca quiso contar su experiencia. De pequeño no entendía como su padre no le quería contar nada de sus “aventuras” y siempre rehuía el tema. Años después, entendió el por qué en su propia carne. En 1941, con apenas 20 años, fue reclutado por el mismo regimiento que a su padre y enviado a Singapur. Este era un destino privilegiado, pues la colonia británica era un paraíso, pero el 15 de febrero de 1942, se convirtió en un infierno, tras la invasión japonesa y la captura de 600 Highlanders. Los 600 fueron metidos en vagones de ganado, en los que solo podían permanecer de pie, haciéndose sus necesidades encima, sin agua ni comida, apenas sin aire, durante un terrible viaje que duro 5 días.

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Muchos, enfermos de disentería, la malaria o diarrea no aguantaron. Cuando se abrieron las puertas, estaban en medio de la selva Thailandesa. Aun tuvieron que recorrer a pie otros 160 kilómetros de jungla. Cuenta el anciano insomne: “Estaba totalmente aturdido. Padecía disentería y malaria y no había medicamentos. Si tenias una camiseta, eras afortunado, si tenias un gorro, eras extremadamente afortunado. Me arrastraba con sarna y piojos, y perdía peso. A los compañeros que caían enfermos o exhaustos, les clavaban la bayoneta en el pecho. Les azotaban con látigos de bambú, cuyo corte te provocaba ulceras tropicales que causaban gangrena y te tenían que amputar sin anestesia.

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Nos poníamos gusanos en las heridas, sentías como te comían la carne, pero esos gusanos te salvaban la vida. No existía la higiene, en tres años nunca me cambie de ropa, ni me asee y solo comía una ración de arroz cada dos o tres días”. Durante la travesía por la jungla pasaron entre los cuerpos mutilados y descompuestos de los miles de chinos asesinados en la masacre de Sook Ching. El inhumano viaje duro 32 horas. Cuando llegaron al Tenko de Changi, descubrieron a 50.000 prisioneros apilados en un campo para 4.000. Eran esclavos y realizaban trabajos para construir el infame ferrocarril de la muerte, desde Birmania hasta Siam, 415 kilómetros de rieles a través del terreno más duro de la tierra. El comandante del campamento se llamaba Usaki, pero le apodaban “el príncipe negro”. Era el más sádico de todos. Su mano derecha era el sargento Seiichi Okada, conocido entre los británicos como “Doctor muerte”.

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Su tortura favorita era tumbar a un prisionero en el suelo, fuertemente sujeto e introducirle una manguera por la boca. Lo llenaban con litros y litros de agua, hasta que su estomago estaba a punto de estallar. Entonces Okada, tomaba carrerilla y saltaba sobre su barriga. Muy pocos sobrevivían. Otra tortura habitual era tumbarlos en el suelo y atarlos de pies y manos a unos postes mediante hilos de bambú mojados. Cuando estos se secaban, se convertían en afiladas cuchillas, que les iban cortando la piel hasta llegar al hueso, seccionando tendones y cartílagos. Incluso los más fuertes gritaban como locos y los dejaban allí, agonizando. Al día siguiente, el prisionero ya no estaba allí, y nunca preguntábamos que habían hecho con él, dice nuestro superviviente. Una de las imágenes más aterradoras que recuerda fue la decapitación pública de un compañero que había intentado fugarse.

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Después de golpearle durante días, lo colocaron frente al resto de los prisioneros formados, puesto de rodillas, apareció el “príncipe negro”, vestido con su uniforme de gala y le corto la cabeza con su espada samurái. Urquhart intento pasar desapercibido, mezclarse en la masa, pero una noche la disentería le jugó una mala pasada en plena noche y salió corriendo hacia las letrinas. Le detuvo un guardián, que intento violarlo. Se defendió dándole una patada en la entrepierna y a los gritos del guardia aparecieron más guardianes y el mismísimo “príncipe negro”. Le obligo a cuadrarse delante de él tambaleándose con un dedo del pie roto. Lo golpearon durante días, para después encerrarle en un hoyo en el suelo, donde no podía ponerse en pie ni sentarse, dado su estrechez y escasa altura. Cada día le arrojaban un cucharon de agua. Conto hasta 7, 7 días pasó allí. Al sacarle, lo llevaron a la enfermería.

Las pesadillas del soldado Urquhart.

Enfermo de disentería, malaria y beriberi, contrajo el cólera, pasando 6 meses en el hospital. Una vez recuperado, le metieron en un tren, rumbo a Singapur y una vez allí, en un barco, rumbo a Nagasaki, Japón. Amontonados en las entrañas del barco, comenzó un crucero de horror y fatalidad. Sin comida ni bebida, muchos enloquecieron y se alcanzaron los más bajos niveles de humanidad, al primar el primitivo instinto de la supervivencia. Se bebían la orina, se mataban los unos a los otros para beber la sangre o comer la carne, a los enfermos se les apaleaba, hasta matarlos. En su sexto día en el mar, el submarino norteamericano USS Pampanito les torpedeo y Urquhart salió volando entre las llamas. Se agarro a una pequeña balsa y sobrevivió a la deriva, hasta que un ballenero japonés lo encontró ya moribundo y lo llevo a Japón, en donde fue trasladado a un campo de prisioneros a 12 kilómetros de Nagasaki. El 9 de agosto de 1945 fue lanzada la bomba atómica sobre Nagasaki y en palabras de nuestro amigo, “escuche un ruido desagradable y una ráfaga me zarandeo. Después supe que había sido una bomba”. Más tarde padecería un cáncer de piel y artritis, como consecuencia de la radiación. Al final de la guerra se reencontró con su familia. Habían pasado 4 años y ya le habían dado por muerto. Al regresar a Escocia recupero su trabajo como comercial de una empresa eléctrica y se caso con su novia Mary, con la que tuvo 2 hijos, pero al igual que su padre, nunca le conto a nadie el horror vivido. Es un milagro que sobreviviera. Desde entonces padece de insomnio.

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“Al principio pasaba las noches sentado en una silla por miedo a hacerle daño a mi mujer en una de mis pesadillas”. Su esposa falleció en 1993, tras 46 años casados, sin sospechar el infierno que su marido había vivido, junto al rio Kwai. “Aun hoy le temo a la noche, cada vez que me duermo termino en uno de aquellos terroríficos campos de prisioneros. A menudo me preguntaba por qué no podía contar aquello, pero hablando con otros supervivientes, me di cuenta de que la mayoría no lo queríamos contar para no trastornar a nuestras esposas y familias”. Solo ahora lo explica, cuando ya no puede hacer daño a su esposa, le duele menos a el, y ya ha comprendido al fin, porque su padre nunca hablaba de la guerra. Urquhart, aunque tiene algunos problemas de salud propios de su edad y va en silla de ruedas, sigue viviendo solo y valiéndose por sí mismo, con la memoria intacta.

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Cuando decidió escribir su historia, su intención era entregársela a sus hijos y nietos. Pero estos quedaron tan atónitos y horripilados al leerla que le pidieron que la llevara a una editorial, esa historia debería conocerla el mundo entero. El impacto del libro ha sido tal, que apenas unos días después de su publicación, ya ha recibido 3 ofertas de Hollywood para llevarla a la gran pantalla. A él le gusta la idea, pero quiere que se sepa realmente lo que paso, así que asegura que incluirá una clausula que obligue a reflejar todas las torturas y atrocidades vividas, y que estas no sean eludidas, como en la película “El puente sobre el rio kwai”. Después de la guerra sus torturadores, incluido el “príncipe negro” fueron ejecutados por los británicos. Pero cree que su muerte fue demasiado buena. Aun después del tiempo pasado, ni perdona ni olvida. Una vez el capellán de su parroquia le pregunto por qué no era capaz de perdonar? Le contesto, “cuando lea el libro, lo sabrá”. Urquhart sigue determinado en no dejarse vencer, “Espero vivir más de 100 años y morir de viejo, no por lo que me hicieron, dormirme al fin en paz, esa será mi victoria”.

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Si quieren ver el libro aca lo pueden descargar, esta en ingles http://booksgreatchoice.com/getbook/p24528/?id=30
Este es un tema serio, asi que si vienen a comentar estupideces, les aviso desde ya, seran eliminadas

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3 comentarios - Las pesadillas del soldado Urquhart.

@ANTI-SISTEMA Hace más de 1 año
Me gustaría en español...
@TuRompeCorazones Hace más de 1 año
Lo busque pero todavía no sale
@ANTI-SISTEMA Hace más de 1 año
voy a buscarlo...
@bocamaiden Hace más de 1 año
hay cosas que de tan truculentas parecen imposibles (o quizas uno preferiria pensar que es asi)