Proverbios 27:4 enseña: Cruel es la ira, e impetuoso el furor;?Mas ¿quién podrá sostenerse delante de la envidia?
Todos nos hemos enojado, y a veces ¡más de una vez al día! Ese sentimiento de molestia no es malo en sí mismo, de hecho, Dios también se ha enojado. El problema es que fácilmente nos domina y provoca que reaccionemos ofendiendo a otros con nuestras palabras y acciones. La Biblia dice: “Airaos pero no pequéis”, es decir que es válido enojarse, aunque no lo es lastimar a alguien por esa molestia. La Palabra también dice que el sabio sosiega el enojo, pero el necio le da rienda suelta. Así que seamos sabios al aprender a controlar nuestro enojo.


Y hablar del enojo hace que analicemos otro sentimiento más terrible: la envidia. El Señor nos dice que la ira es cruel, el enojo es destructor,?pero la envidia es mucho peor. La razón es que somos capaces de reconocer nuestra molestia, por el contrario, es difícil identificar la envidia ya que se oculta detrás de otros sentimientos como la tristeza, la amargura, y el mismo enojo. Por lo que podríamos decir que es un sentimiento más profundo que causa otros, así que es difícil reconocerla, aunque todos la hemos experimentado. Quizá desde pequeños, cuando descubrimos que no éramos los únicos a quienes nuestros padres amaban, ya que nos vimos obligados a compartir su atención con nuestros hermanos y nos preguntábamos: “¿Por qué lo abrazan a él y no a mí?” De hecho, el primer problema de la humanidad se originó por la envidia que un hermano sintió por otro, esa fue la situación de Caín y Abel.

Entonces, podemos decir que la envidia es la tristeza en el corazón por el beneficio de otro. Surge cuando ves que alguien obtiene algo que tú deseas y que incluso crees merecer más. Por ejemplo, en el trabajo, tal vez te has esforzado por el ascenso que esperas, pero si se lo dan a otro compañero, la envidia provoca que te frustres y sientas que han sido injustos contigo. O cuando hay un grupo de jovencitas que ven pasar a otra muy guapa y bien arreglada, la envidia hace que las otras la vean y piensen: “¡Qué se cree!” Lo mismo cuando el equipo de fútbol contrario al tuyo logra una victoria importante, la envidia logra que te incomodes aunque tu equipo también logre triunfos. La envidia se presenta en todas las áreas de la vida.

La envidia divide
El la Biblia leemos sobre una familia donde la envidia determinó muchos de los sucesos durante generaciones. Es el caso de la familia de Jacob, quien muy joven, tuvo que huir de casa de sus padres por la envidia de su hermano Saúl que le vendió la primogenitura por un plato de comida. Entonces, Jacob se fue donde su tío Labán y se enamoró de Raquel, la hija menor de este. Trabajó siete años para casarse con ella, pero el día de la boda, Labán le dijo que primero debía darle a Lea, porque la costumbre era que primero se casara la hermana mayor, y que para casarse con Raquel debía trabajar otros siete años. Así lo hizo y al final, Jacob se encontró casado con dos hermanas. ¡Vaya problema! ¿Imaginas lo difícil que fue?

Claro que Raquel era la amada, la preferida, con quien vivía el romance, y Lea era la menospreciada y afligida. Por lo que clamó al Señor. Si lo analizamos, Lea hizo lo correcto porque no fue a reclamar a Jacob o a su hermana, sino que se acercó a Dios, quien la escuchó y le dio hijos. Lo mismo debemos hacer ahora. Ante una situación que pensamos injusta, debemos buscar al Señor, no reclamar a los hombres.

Lea tuvo cuatro hijos con Jacob. Al número cuatro le puso por nombre Judá que significa “Mi voz cantará de alegría”. De este hijo desciende el rey David y Jesús. Entonces, en ese momento, los papeles se invirtieron porque Raquel, sin hijos, se sentía menospreciada, ya que en ese tiempo ser estéril era una vergüenza y humillación muy grande.

Génesis 30:1-2 explica: Viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y decía a Jacob: Dame hijos, o si no, me muero. Y Jacob se enojó contra Raquel, y dijo: ¿Soy yo acaso Dios, que te impidió el fruto de tu vientre?

Ella en medio de la envidia no obró como su hermana, sino que le reclamó a su esposo. Cuando reclamas, la envidia te lleva a quejarte. Reclamas a tu jefe, a tus padres, a tu cónyuge por lo que te incomoda. Además, la envidia provoca juicio porque vemos una injusticia donde no la hay. Esto conduce a una rivalidad o contienda. Peleas por lo que crees que mereces y no recibiste, además de dejar de apreciar lo que sí tienes. La envidia nos ciega y nos impide agradecer. Eso sucedió con Raquel. Ella no vio lo que tenía: el amor de su esposo, y se concentró en lo que tenía su hermana: los hijos. Cuando eres agradecido cierras la puerta a la envidia, pero si ves lo que otros tienen y no aprecias lo tuyo, le abres la puerta y le permites entrar en tu corazón. Además, eres incapaz de ver que Dios quiere bendecirte, que Él tiene tu parte, diferente a la de otros.

Raquel le reclamó a Jacob, hizo un berrinche, cuando realmente era ella quien no podía concebir. La envidia generó un problema matrimonial, pero en ese momento, como ahora, es difícil identificarla como la razón que provocó todo. La solución que Raquel encontró fue darle su criada a Jacob para que tuvieran un hijo. Imagina que prefirió criar como suyos a los hijos de una desconocida a abrir su corazón y decirle a su hermana que le ayudaría a criar a sus sobrinos, que también eran hijos de su esposo. Así que la envidia también provoca que actuemos de forma incorrecta.

La criada de Raquel tuvo dos hijos. Y al ver esto, Lea también le dio su criada a Jacob, quien tuvo otros dos hijos. Además, Lea de nuevo quedó embarazada y tuvo dos varones más y una niña. Al hacer la cuenta, vemos que la familia ¡ya tiene once hijos! En esa circunstancia, Raquel, cansada, avergonzada y menospreciada, finalmente hizo lo que debió hacer años antes, clamó a Dios quien la bendice con un hijo, José, con quien, luego de un largo proceso, se rompe la cadena de la envidia.


Pide con fe
Santiago 4:2-3 enseña: Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

La Palabra nos dice que codiciamos y envidiamos porque no pedimos, y si pedimos, lo hacemos mal. No debemos pedir a Dios con la vista puesta en lo que otros tienen, sino en el propósito que Él nos ha reservado en lo personal. La envidia ahoga la fe y el deseo de Dios en nuestro corazón. La Biblia nos cuenta la historia de Ana, otra mujer estéril que se acercó a Dios para pedirle un hijo, pero lo hizo con la actitud de fe correcta, por lo que hizo un voto especial: le consagró el hijo que le daría. Entonces, Dios le concedió lo que anhelaba, ya que ella hizo parte a Dios de la bendición que recibiría. Así nació Samuel, el gran profeta que el Padre le envió a Su pueblo. Ana demostró que creía que Dios era el único que podía darle lo que esperaba y ofrendó, segura de que recibiría su bendición.

Frente a lo que esperas, puedes seguir reclamando justicia al mundo, puedes continuar luchando, o decir: “Padre, clamo por lo que me corresponde y confío en que lo recibiré de Tus manos”. El Señor quiere darte tu parte, no se opone a tus deseos sino a la envidia. Decídete a agradecer de corazón lo que otros tienen y que tú deseas. Dile al Señor: “Si lo puedes hacer por esta persona, estoy convencido de que también lo puedes hacer por mi”. ¡Ya no luches!, ya no veas al suelo, levanta tus ojos al cielo y asegúrale al Padre que estás seguro de las bendiciones que quiere darte, y de que tu mayor riqueza es saber que Él te ama.

El mayor problema de la envidia es que te impide acercarte al trono de Dios porque no tienes los ojos puestos en Él sino en lo que otros poseen. Pero si llegas ante Su presencia y le dices: “Tú eres todo lo que quiero, eres mi mayor tesoro”, todo será diferente. ¿Por qué anhelar lo que otros tienen si puedes anhelar lo que Dios tiene para ti?

Abre las puertas de la bendición
Salmo 37:1-5 aconseja: No te impacientes a causa de los malignos,? ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados,?y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien;?y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová,?Y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino,?Y confía en él; y él hará.


No permitas que la envidia te cierre las puertas de la bendición. Confía en Dios, acércate a Él, disfruta de Su compañía, encomiéndale tu camino y verás que Él obrará a tu favor. Pídele: “Señor echo fuera la envida, te pido perdón por los celos amargos que me han contaminado hasta hoy, porque me han llevado a juzgar, tener rivalidad y pelear, pero ahora te agradezco por todo lo que me has dado y me darás”. Alégrate del bien ajeno, y cree en que la bendición para tu empresa y tu familia no tardará, porque Dios ve que tu corazón es generoso y la fe guía tu camino.