Historia de las Religiones 11: Israel despues del Reino

importancia religiosa y social del Templo de Jerusalén
Historia de las Religiones 11: Israel despues del Reino
El Templo de Salomón
La excepcional importancia del Templo de Jerusalén se deriva del hecho de que era concebido como la morada donde residía físicamente Yahvé, el Dios de Israel.

Cuando David decidió trasladar el arca de la alianza a Jerusalén, lo hizo con el propósito de construir un magnífico edificio para albergarla. Pero no fue él, sino su hijo Salomón, quien convirtió el proyecto en realidad.

La construcción fue ejecutada bajo las órdenes de un arquitecto de Tiro, con la colaboración de obreros especializados de esta misma ciudad. Por tanto, sus planos y disposición respondían a los cánones usuales de los templos fenicios. Las descripciones bíblicas son confusas. Aunque ensalzan la magnificencia del Templo, su esplendor parecía radicar más en la decoración que en la estructura arquitectónica. Se estima que el edificio tenía unos 27 metros de longitud, articulados en tres espacios: un atrio (ulam), seguido de una sala rectangular (hecal), denominada "lugar santo" o "morada", y, a continuación, el debir o "santo de los santos". El hecal estaba iluminado por una hilera de ventanas; en él se celebraban los actos culturales y se encontraban la mesa de los panes presentados o "panes de la proposición", el altar de los perfumes y el candelabro de diez brazos. El debir se hallaba en un nivel ligeramente más elevado y estaba separado por una cortina del hecal. Aquí reposaba el arca. Aquí habitaba Yahvé.

La construcción tenía una orientación este-oeste con la puerta de acceso en el este. Esta entrada estaba flanqueda por dos grandes columnas de bronce meramente decorativas, sin función arquitectónica. A escasa distancia del atrio se hallaba el altar de bronce o altar de los holocautos. El emplazamiento ocupaba, con toda probabilidad, el lugar de la actual mezquita de Omar o Cúpula de la Roca. Junto al Templo se hallaba el palacio real.

En 587 a.C. el Templo fue arrasado hasta sus cimientos por las tropas babilónicas de Nabucodonosor. No queda de él ningún vestigio en la actualidad.

Una de las preocupaciones fundamentales del grupo de judíos que, en virtud del edicto de Ciro, retornaron del destierro babilónico a Jerusalén fue la restauración del altar de los holocaustos (538 a.C.), seguida, a los pocos meses, de los primeros trabajos de reconstrucción del templo (537 a.C.). Muy probablemente la construcción imitaba la traza del templo salomónico aunque, dada la precaria situación económica de la comunidad, fue de proporciones y ornamentación mucho más modestas. Ya no se menciona la presencia del arca de la alianza, tal vez perdida para siempre durante el saqueo babilónico. El candelabro tenía ahora siete brazos. En 167 a.C. el Templo fue profanado por el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes, que ofreció sacrificios a Zeus Olímpico en el altar de los holocaustos de Yahvé. En 164 a.C., Judas Macabeo acorraló a la guarnición siria en la ciudadela de Jerusalén y purificó el templo (fiesta de la Dedicación).

Con la intención de ganarse la voluntad de los judíos, el monarca idumeo Herodes el Grande acometió, en el invierno del 20-19 a.C., grandiosas obras de ampliación y embellecimiento del templo, aún no concluidas en tiempos de Jesús. Los trabajos, llevados a cabo en una explanada de 1 500 metros de perímetro, incluían varios edificios rodeados de pórticos. En el curso de los trabajos se alzó, al suroeste del recinto, el "Muro de las Lamentaciones". Este tercer templo corrió la misma suerte que los dos anteriores. El 6 de agosto del año 70 d.C., en el curso del asedio y conquista de Jerusalén por las legiones romanas de Tito, fue pasto de las llamas.

Sacrificios
El sacrificio, en su sentido esencial, es la entrega a Dios de un bien que nos es querido, como reconocimiento de que todo cuanto poseemos viene de Él y, al entregarle una parte, expresamos nuestra gratitud. La entrega puede revestir también el carácter de expiación, nacida del arrepentimiento y el deseo de obtener el perdón y la reconciliación con Dios.

En Israel, los sacrificios son tan antiguos como los primeros patriarcas. Abraham, Isaac y Jacob erigieron altares en lugares elevados o en aquellos en los que se había producido alguna manifestación especial de la divinidad. En ellos ofrecían como sacrificio productos del campo o cabezas de ganado. Al contrario que en los países de su entorno, en Israel parecen haberse excluido totalmente los sacrificios humanos.

Según las diversas motivaciones o finalidades, los israelitas practicaron diferentes tipos de sacrificios: de comunión, de acción de gracias, de expiación por los pecados... El más importante de todos ellos era el holocausto. Aquí la víctima era quemada en su totalidad, es decir, estaba enteramente dedicada a la divinidad, sin reservarse nada para el disfrute humano.

Con el curso del tiempo, y gracias a un proceso de profundización del significado del ritual, los conceptos de templo y sacrificio fueron adquiriendo creciente contenido espiritual. Los profetas anunciaron que el verdadero culto radica en el cumplimiento del derecho y la justicia. Este proceso de espiritualización alcanza su cumbre en el cristianismo con la idea de que la morada de Dios se encuentra en la comunidad de los fieles. Así, cada creyente es templo del Espíritu Santo.

Las festividades hebreas
Las solemnes festividades contribuyen a acentuar el sentimiento de pertenencia a un grupo en el que cada individuo se identifica con una comunidad en la que halla cobijo y sentimiento de seguridad.

En el calendario festivo hebreo se distinguen, en razón de su origen, dos componentes básicos: el derivado del pastoreo, que hunde sus raíces en el remoto pasado nómada de Israel, y el surgido del ciclo agrícola, predominante a partir de la conquista y el asentamiento en Palestina. A veces, ambos orígenes acaban fundiéndose en una misma festividad.

Dado que la religión judía está sólidamente anclada en la creencia de la intervención de Dios en la historia, es obvio que, con independencia de los orígenes reales de cada festividad, en su reinterpretación cultual posterior se las haya asociado con acontecimientos concretos tras los que se percibe una actuación singular de Yahvé en favor de su pueblo elegido. Se abre, por tanto, la posibilidad de que una misma fiesta haya tenido diferentes atribuciones e interpretaciones en las diversas épocas de la historia de Israel.

En su sentido originario, estas fiestas eran días de alegría, como se desprende del término con que se las designa: jag, "corro de danza", aunque la evolución posterior ha convertido algunas de ellas en conmemoraciones de penitencia y duelo.

El calendario religioso se rige por el año lunisolar, de 29 o 30 días. A diferencia del año civil, el año litúrgico se iniciaba en primavera, en el mes de nisan, llamado "el comienzo de los meses". El calendario arrancaba de la observación del novilunio de nisan. Puesto que la Luna aparece al oscurecer, los días se contaban desde una puesta del sol hasta la puesta siguiente.

Israel y la visión espiritual de Dios
biblia
Según la concepción imperante bajo la dinastía davídica, a los ojos del pueblo judío el Templo de Jerusalén era indestructible por ser la morada de Dios. Su aniquilación significaría que los dioses de los pueblos idólatras eran más poderosos que Yahvé. Esta idea era blasfema. Los dramáticos acontecimientos que desembocaron en la destrucción de la ciudad y del Templo, la desaparición del reino de Judá como nación independiente y el destierro del pueblo (589 a.C.) suponían, por tanto, una cesura sin precedentes, una gravísima amenaza para la fe. Parecían implicar, en efecto, que Yahvé había sido vencido.

En aquella trágica situación se registró uno de los fenómenos más sorprendentes de la historia de las religiones. De aquella, a primera vista, aniquiladora catástrofe nacional surgió una fe yahvista firme, absolutamente purificada, ya para siempre, de las desviaciones idolátricas que habían sido una constante en el pasado de Israel.

El prodigio se produjo a través del mensaje de los profetas. El Templo no había sido destruido porque los ídolos babilónicos hubieran derrotado a Yahvé, sino porque Israel habia sido infiel a su alianza y Dios le había castigado, sirviéndose, como instrumento para ejecutar el castigo, de los imperios paganos. Es Dios quien dirige los acontecimientos de la historia. No hay historia profana. Todo es historia sagrada.

Los profetas y las religiones
El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios. Es el mensajero que anuncia a los hombres la voluntad divina.

El profetismo no es un fenómeno exclusivo de Israel. Son numerosas las culturas que conocen la figura de profetas extáticos, con sus multiformes y a menudo extrañas manifestaciones a través de cantos, danzas rítmicas y redoble de instrumentos músicos. Alcanzado el estado de trance, estos hombres tienen visiones que describen con lenguaje muchas veces indescifrable y entrecortado. En la época de la monarquía israelita fueron tan numerosos que formaban comunidades que la Biblia denomina "hijos de los profetas".

En las antiguas culturas de Mesopotamia, Egipto y Canaán era bien conocido otro tipo de profeta, el hombre dotado de poderes y técnicas especiales que le permiten descubrir los designios de Dios. Algunos de ellos estaban al servicio de la corte para hacer saber a los monarcas la voluntad divina. Su consulta era obligada en todos los asuntos importantes del Estado, sobre todo en lo relacionado con el culto y las campañas militares. Dada la condición de la naturaleza humana, entre los profetas cortesanos no faltaron, tampoco en Israel, quienes para asegurarse los favores de los monarcas, sólo les transmitían como palabra divina lo que respondía a los deseos de los gobernantes. Son los "falsos profetas".

La religión yahvista conoce, además, otra clase de profetas, a saber, los hombres llamados personalmente por Dios para comuniciar el auténtico mensaje divino, con frecuencia conminativo y exigente. Son los "verdaderos" profetas. Saben bien que Yahvé es el Señor de la historia, que la dirige a un fin e interviene activamente en los acontecimientos humanos. Por tanto, leen e interpretan los acontecimientos como expresión de la voluntad divina.

No llevaron a cabo esta labor de interpretación porque tuvieran una singular capacidad de análisis que les permitiera comprender mejor que sus contemporáneos el auténtico alcance de los hechos, sino en virtud de las revelaciones de Dios. De donde se deduce que uno de los criterios para distinguir a los "profetas verdaderos" de los falsos era el cumplimiento real de sus vaticinios.

Los profetas de la cautividad
Los profetas preexílicos habían anunciado repetidas veces, con apremiantes expresiones, la gran catástrofe que se abatiría sobre el pueblo si persistía en la idolatría y el incumplimiento de la Ley. El castigo anunciado se había cumplido, y habían acreditado que eran profetas verdaderos. Hablaban en nombre de Dios. Su palabra era palabra de Dios.

Ahora, en las calamitosas circunstancias del destierro, aquellos mismos profetas que habían anunciado el castigo proclamaban un mensaje nuevo. Declaraban que en los planes de Dios el castigo no es nunca la última palabra. El castigo tiene siempre, como objetivo final, promover el arrepentimiento y obtener la reconciliación. El destino de los sufrimientos es mantener viva la esperanza del perdón, pero no entendido como olvido del pasado y restablecimiento de la situación anterior, sino como su radical superación, como la creación de nuevos cielos y tierra nueva, como la aparición de un nuevo estilo de hombres, en los que Dios deposita un corazón nuevo y con los que pacta una alianza nueva en la que la Ley no está escrita en tablas de piedra, sino que se enraíza en el mismo ser humano. Por tanto, no será ya una ley quebrantada, sino cumplida "de corazón".

El destierro fue, pues, el oscuro túnel del castigo a través del cual Israel expió sus pecados y accedió al perdón. Desde la dramática experiencia del cautiverio, la idea de los sufrimientos entendidos como expiación se configura como uno de los elementos permanentes de la conciencia religiosa judía individual y comunitaria. Este pueblo vive y percibe los sufrimientos y las persecuciones -a menudo trágicas- que ha sufrido a lo largo de la historia por su concidión específica de judíos desde el prisma y con la conciencia de expiación. Pero no sólo como expiación por sus propios pecados. El hecho de ser el pueblo elegido le convierte en cierto modo en interlocutor privilegiado de la humanidad ante Dios. En los bellísimos poemas del "Siervo doliente de Yahvé" se describe a este varón (representante del pueblo judío) como víctima expiatoria ante Dios por las transgresiones de todo el género humano. Así, todas las vivencias de este pueblo son dolor y consuelo al mismo tiempo.

En la visión cristiana, esta misión expiatoria alcanza su plenitud y consumación última en la figura de Jesús, el hijo de Dios, cuya pasión y muerte han sido expiación, para siempre, de los pecados de la humanidad.

La desaparición del profetismo
Aquellas figuras de profetas que tan decisivo papel desempeñaron en la preservación de la fe monoteísta y tan firmemente contribuyeron a mantener viva la llama de la esperanza desaparecieron de la escena religiosa judía tras el retorno del exilio. Varias razones pueden aducirse para explicar su extinción. En primer lugar, el acendrado y ya para siempre inconmovible monoteísmo que Israel alcanzó en el exilio hacía superflua la función ejercida en el pasado por los profetas, a saber, la defensa a ultranza de la fe en el Dios único. La misión estaba cumplida. Por otra parte, con la edificación del nuevo templo y el restablecimiento del culto fue adquiriendo creciente importancia la función de los sacerdotes, inactivos durante el cautiverio, y pasaron a segundo término los profetas. La eclosión de la literatura sapiencial, que escudriñaba la Ley y descubría su sentido auténtico, asumía la tarea docente desarrollada en el pasado por el profetismo. Y, por último, y tal vez lo más importante, no se habían cumplido las grandes expectativas que el mensaje profético había despertado en el pueblo judío. Ciertamente, habían retornado a la tierra prometida según lo anunciado, pero la comunidad retornada era pobre, sufría numerosas privaciones y estaba rodeada de vecinos hostiles y sujeta a monarcas extranjeros. No parecía que pudiera convertirse en realidad, en un futuro próximo o remoto, aquella grandiosa visión de Isaías que contemplaba a Jerusalén como centro de peregrinación al que acudían, desde todos los puntos cardinales, multitudes humanas cantando himnos de alegría y cargadas de regalos.

Su desaparición dejó un poso de melancolía en el pueblo judío. Todavía en los últimos escritos revelados flota una esperanza nostálgica: "Hasta que aparezca un profeta..." (I Macabeos, 14,41).

Los escritos proféticos
Los mensajes de los profetas fueron, ante todo, discursos orales vivos, y sólo secundariamente comunicación escrita. En la historia de Israel ha habido profetas que han influido decisivamente en los acontecimientos de su pueblo, pero de los que no se ha conservado ningún escrito (Natán, Elías, Eliseo).

En algunos casos aislados, el profeta dictó el texto de sus mensajes (así Jeremías a su secretario Baruc). De ordinario, los círculos de los seguidores retenían en la memoria sus sentencias que luego, en un momento posterior, eran puestas por escrito y agrupadas por temas, retocándolas para acomodarlas a las situaciones concretas y completándolas con datos relativos a las circunstancias personales del profeta.

Los mensajes escritos se estructuran según un esquema básico muy simple. En la primera parte se denuncia la conducta errónea del pueblo o de sus dirigentes y a continuación se enuncia, poniéndola en labios de Dios ("oráculo de Yahvé", o "así habla Yahvé" la aplicación del castigo, seguida con frecuencia de la promesa de perdón en caso de arrepentimiento.

La doctrina de los profetas
Dentro de la gran diversidad de los mensajes proféticos, derivada de la personalidad de cada profeta y de las diferentes situaciones históricas y sociológicas en que pronuncian su sentencia, hay en todos ellos varias enseñanzas comunes.

El monoteísmo de los profetas incluye siempre un componente ético que no se contenta con el simple cumplimiento de los ritos. Sus palabras son una firme denuncia de las injusticias sociales. En las etapas de prosperidad económica vividas por el reino de Israel en la primera mitad del siglo IX a.C. y por ambos reinos, Israel y Judá, en el siglo VIII, se registró la desintegración del tejido socioeconómico israelita basado en la presencia de numerosos pequeños propietarios de la tierra. Las clases dominantes, en concreto la casta militar y los funcionarios de la corte, amasaron grandes riquezas a costa del campesinado. Para poder superar los períodos duros, por ejemplo en tiempos de grandes sequías, los minifundistas se veían forzados a contraer deudas, hipotecando para ello sus fincas e incluso sus propias personas. Este sistema generó un pequeño número de grandes latifundistas y una gran masa de campesinos empobrecidos o vendidos como esclavos. Contra esta situación alzaron su voz enérgica los profetas, denunciándola como pecado contra Dios, puesto que había sido Yahvé quien, después de la conquista de Palestina, había establecido aquel sistema de propiedad ahora arruinado.

El mensaje profético está siempre abierto al futuro, sustentado por la esperanza de una salvación última, de la implantación definitiva del reino de Dios universal. Será un reino regido por medio de un representante de Dios, un Ungido o Mesías, un descendiente de David que restablecerá su antiguo imperio terrenal. Pero con el correr del tiempo, y ante la cruda realidad de que muchos de los monarcas del linaje davídico eran claramente indignos, aquella esperanza de restauración se fue desplazando hacia horizontes cada vez más lejanos, situados al final de los tiempos, en dimensiones inequívocamente escatológicas. Hay incluso pasajes proféticos que describen a este Mesías no como soberano glorioso y dotado de poder, sino como príncipe humilde y benigno e incluso como siervo que expía los pecados de Israel. El cristianismo ha identificado a este Mesías anunciado por los profetas con la persona de Jesús.

Los libros sagrados
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De la tradición oral a la fijación canónica
El judaísmo, el cristianismo y el islam reciben el nombre de "religiones del Libro" porque creen que sus textos sagrados han sido escritos por inspiración o revelación divina, y contienen la palabra y la verdad de Dios.

Antes de alcanzar su forma escrita final, los libros sagrados del judaísmo recorrieron un camino preliterario de varios siglos, a menudo accidentado.

Sus más remotos orígenes se remontan a tradiciones orales de las diversas tribus hebreas que, desde principios del II milenio antes de nuestra era, nomadeaban por las amplias estepas débilmente pobladas de Irak, Siria y la península Arábiga. Eran tradiciones dispersas, que giraban en torno a las vicisitudes de los patriarcas considerados fundadores de los diversos clanes. Sólo en una etapa posterior, sobre todo después del asentamiento en Palestina, comenzaron a cohesionarse y armonizarse para formar la primera urdimbre de un relato unitario. A este primer avance unificador contribuyeron, sin duda, las peregrinaciones de diversas tribus a unos mismos santuarios, como los de Betel, Siquem o Silo.

Puede admitirse sin dificultad que algunas de estas tradiciones orales, varios textos éticos y jurídicos y normas rituales de no muy amplia extensión fueron consignados por escrito en épocas muy tempranas, ya en vida de Moisés. El conocimiento de la escritura estaba muy difundido en Oriente Próximo desde fechas muy remotas. Es indudable que Moisés, educado en la corte de los faraones, dominaba la escritura. Se le atribuyen varios pasajes del libro del Éxodo, entre ellos la victoria sobre los amalecitas de 17,14, el "libro de la alianza" de 24,4, el "decálogo cultual" de 34,27 y el itinerario de la marcha por el desierto de Números 33,2. Probablemente también es suyo el "canto de Moisés" del Deuteronomio (31,22).

Puede situarse en la primera época de la monarquía, bajo los reinados de David y Salomón, la creación de escuelas para la formación de los escribas indispensables para el funcionamiento de la administración del estado. En estos centros se fueron recopilando y consignando por escrito las pequeñas unidades orales dispersas, agrupadas en torno a los grandes temas de la liberación de la esclavitud de Egipto, la marcha por el desierto, la alianza en el Sinaí y la conquista de la tierra prometida. Surgía así el embrión de una especie de "historia sagrada" de Israel. Por otra parte, es evidente que, en esta época, también los sacerdotes recopilaron y escribieron las normas rituales, las festividades y los salmos necesarios para el culto en el templo. Asimismo, en estas fechas de florecimiento cultural israelita pueden situarse los primeros pasos de la literatura sapiencial, expresada sobre todo en proverbios.

Los libros de la Biblia
Esta actividad literaria desembocó en un cuerpo que abarca fundamentalmente lo que la Biblia hebrea denomina Torah o Ley (libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números, amplias secciones del Deuteronomio) y la colección de "profetas anteriores" (Josué, Jueces, Samuel [1 y 2] y Reyes [1 y 2]). No era todavía un texto cerrado e intocable. En las copias posteriores se fueron añadiendo nuevos datos y reflexiones hechas desde las perspectivas de los diversos redactores. Probablemente, estos textos adquirieron una forma muy parecida a la actual bajo el sacerdote Esdras, funcionario de la corte persa especializado en los asuntos de Judea, enviado a Jerusalén hacia el 398 a.C., o tal vez incluso antes (a mediados del siglo V), con poderes plenipotenciarios en todo lo relacionado con "la Ley de Dios".

La consignación escrita de los oráculos de los "profetas posteriores" (los nebî'îm, libros de Isaías, Jeremías y Ezequiel más "los Doce", es decir, los libros de Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías) se remontan, en parte, a los mismos profetas, pero con mayor frecuencia a los círculos de sus seguidores, que agruparon sus sentencias por grupos temáticos, en vida misma de los mensajeros divinos o poco después de su muerte. También en este caso, las copias sucesivas de los amanuenses registraron reagrupaciones, añadidos y dislocaciones. Puede situarse el punto final de esta labor de redacción hacia el año 200 antes de nuestra era.

El tercer gran bloque (los ketubîm o "Escritos" fue consignado básicamente después del exilio, aunque aprovechando con frecuencia recopilaciones de documentos anteriores. La Biblia hebrea enumera aquí Salmos, Job, Proverbios, los llamados "cinco rollos" (Rut, Cantar de los Cantares, Qohélet, Lamentaciones y Ester), Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas.

La formación del canon judío
De la gran masa de producción literaria generada por Israel durante más de un milenio, sólo la pequeña parte antes reseñada ha entrado en el "canon hebreo", es decir, ha sido considerada por la comunidad judía como inspirada por Dios. Este reconocimiento se produjo a lo largo de varias etapas y no sin controversias. Únicamente el grupo de la Torah gozó desde el principio de general aceptación. Es el único libro que fue aceptado también por los judíos samaritanos, hacia el año 300 a.C. El canon de los libros proféticos parece haber quedado cerrado hacia el 200 a.C. Fue más accidentada la inclusión de los "Escritos". De hecho, algunos de ellos suscitaron cierta resistencia a causa de su contenido (Qohélet, Ester) o de su erótica expresión literaria (Cantar de los Cantares). Existe la opinión generalizada de que este proceso de fijación del canon alcanzó su punto final en el llamado sínodo de Yabné/Yamnia, celebrado por doctores judíos de orientación farisea hacia el año 90-110 d.C.

El criterio para discernir que un libro ha sido inspirado por Dios no reside en que su autor lo afirme. La comunidad creyente reconoce que un escrito está inspirado porque así se desprende del texto mismo, es decir, porque su lectura genera fe. Es un texto inspirado porque inspira.

De la "Torah" a la cábala
La destrucción del Templo en el año 70 d.C. supuso el fin del culto y de los sacrificios, y la desaparición de Jerusalén como centro político y cultural de Israel. A partir de entonces, la vida religiosa se centró en la sinagoga, en la enseñanza y en el cumplimiento estricto de la Ley. El sanedrín se trasladó a la ciudad costera de Yabné/Yamnia, próxima a la actual Tel Aviv, donde un grupo de doctores de orientación farisea fundó una academia, pronto convertida en la máxima autoridad doctrinal judía. En las escuelas, la enseñanza se impartía de viva voz y consistía en la repetición constante, hasta grabarla en la memoria, de la Torah y de los restantes preceptos transmitidos oralmente de generación en generación. Ambas formas, la oral y la escrita, se remontaban, en opinión de los doctores, al mismo Moisés.

Una de las funciones esenciales de los maestros se centraba en explicar el sentido profundo de la Ley y reinterpretarla para adecuarla a las diferentes situaciones históricas y culturales de las comunidades. A esta tarea se le dio el nombre de midrash (explicación), y podía revestir un doble carácter: normativo, de aplicación a la conducta práctica (haláquico) o simplemente edificante (hagádico).

El aplastamiento a sangre y fuego de la rebelión de Bar Kokeba (135 d.C.) introdujo en el sistema educativo un novedad que habría de tener hondas repercusiones para la posterior vida cultural y religiosa de Israel. En la contienda pereció un gran número de los maestros de las escuelas, y ello supuso una grave amenaza para la conservación de la enseñanza basada en la transmisión oral. Para garantizar su supervivencia se inició la tarea de consignar por escrito las sentencias de las principales escuelas. Surgieron así, en el siglo II, colecciones escritas de midrashim, redactadas en hebreo y conocidas con el nombre de mishna (enseñanza).

Con el paso del tiempo comenzaron a producirse notables divergencias en las aplicaciones prácticas, según las diferentes soluciones que los doctores de las diversas comunidades daban a un mismo problema. Para evitar la desintegración y el caos de la normativa que regulaba el cumpliento de la Ley, hacia el año 200, el rabí Yehudá Han-Nasi (153-217 d.C.) acometió la tarea de coleccionar y unificar los materiales jurídicos existentes para darles un carácter oficial y vinculante. Esta recopilación, la Mishna por antonomasia, configura la parte fundamental del Talmud.

El Talmud
En su raíz histórica, el Talmud (conocimiento) es la exégesis y el comentario de los textos jurídicos consuetudinarios nacidos de las interpretaciones que los rabinos daban a la Torah y consignados por escrito en la Mishna. Esta labor exegética se desarrolló en los centros de enseñanza judíos de Palestina (Cesarea, Sóforis y Tiberíades) y de la comunidad babilónica que había permanecido en el exilio (Sura, Pumbedita). Los comentarios, consignados por escrito en lengua aramea, reciben el nombre de Guemara. La suma de la Mishna y la Guemara es el Talmud. Surgieron, por tanto, dos "talmudes", el de Jerusalén, concluido hacia el 400 d.C., y el de Babilonia, mucho más extenso (cerca de 10 000 páginas en su traducción española), cuya etapa final se sitúa en los últimos años del siglo V d.C. Ambos fueron la norma jurídica vinculante de sus respectivas comunidades. Pero también ahora, como ya había sucedido con las mishnayot, se daban soluciones divergentes a los mismos problemas, a veces en cuestiones muy importantes, por ejemplo de derecho matrimonial, ya que eran muy distintas las circunstancias y las necesidades de las comunidades de Palestina y las de la diáspora. En razón de la evolución histórica (represión de las comunidades palestinas bajo el dominio bizantino y mayor margen de libertad en Babilonia bajo el califato de Bagdad), acabó imponiéndose el Talmud babilónico.

La cábala
Junto a esta vida religiosa orientada al cumplimiento de la Ley según la interpretación jurídica oficial, ha fluido, desde fechas muy antiguas, otra corriente de espiritualidad, de perfil místico, en la que, con el correr del tiempo, han ido desembocando otras muchas creencias, tan heterogéneas y de tan diverso origen que resulta difícil establecer un orden unitario y clarificador.

Esta dimensión mística parte de la idea básica de que, más allá de su texto literal, la Torah encierra otro sentido esotérico, oculto, que es preciso indagar. A todo este movimiento espiritual se le ha dado, desde la alta Edad Media, el nombre de "cábala". Tuvo importantes manifestaciones escritas en Alemania y Provenza, donde a las enseñanzas genuinamente judías se añadieron numerosos elementos gnósticos y neoplátonicos y, sobre todo, en España, donde alcanza su forma definitiva en el Sefer Hazoar ("Libro del Esplendor" "descubierto" por Moisés bar Sem Tob, muerto en Guadalajara en 1305, en realidad escrito por él mismo, aunque lo atribuía a Shimon ben Yohay, del siglo II.

Los teorizadores de la cábala admiten el principio -irrenunciable para la fe judía- de la trascendencia y la inmanencia de Dios, pero no creen que sea Dios el creador inmediato del universo. Lo ha creado por intermedio de diez emanaciones escalonadas (sefirot), dotadas de poderes que ejercen una influencia benéfica en la creación. La religiosidad última de la cábala perseguía liberarse de las cadenas de este mundo mediante la ascética y la mística. Las buenas acciones de los judíos piadosos pueden acelerar la llegada de la era mesiánica, cuya esperanza sobrevuela por encima de todas las especulaciones cabalísticas.

Tras la expulsión de los judíos de España, surgieron en Europa y en los países islámicos varios centros de difusión de las concepciones cabalistas. El más importante fue el Safed de Galilea y, bajo la dirección de Isaac Lauria (1534-1572), experimentó una profunda remodelación. En la época algunos renancentistas europeos, como Pico della Mirandola, se sintieron interesados por el universo de la cábala.

En la búsqueda del sentido esotérico de la Torah, hubo cabalistas que recurrieron a técnicas interpretativas exotéricas, como la sustitución de las letras de un texto por su correspondiente valor numérico o la transformación de las letras de una palabra en siglas de otras palabras para formar un texto completo. Se llegó así a una especie de magia de las letras expuesta a innumerables arbitrariedades. Estas prácticas no pasan de ser desviaciones de la intencionalidad profunda de los grandes teorizadores de la cábala.

Salmo 110 (109 en algunas versiones) "Oráculo del Señor a mi señor"
Oráculo dedicado al rey, ungido del Señor y con funciones sacerdotales propias. Se trata de un himno precioso para comprender e imaginar las ceremonias de entronización de los reyes de Israel y de Judá. Con el tiempo, se aplicó al Mesías y fue muy citado en el Nuevo Testamento.

Referido a David. Salmo

Oráculo del Señor a mi señor:
"Siéntate a mi derecha,
hasta que ponga por peana de tus pies
a tus contrarios".
"Desde Sión extienda el Señor tu cetro poderoso:
Impera en medio de tus enemigos.
Contigo la realeza desde el día en que naciste
entre poderes santos:
Antes ya del lucero de la aurora
Él te engendró, como rocío".
Juró el Señor y no le penará su juramento:
"Tú eres eternamente sacerdote
según el orden de Melquisedec".
El Señor a tu diestra
aplasta los reyes el día de su ira.
Juzga a las naciones,
alza hacinas de cadáveres
y aplasta cabezas por la vasta tierra.
En plena campaña bebes en el torrente
y después levantas la cabeza".

Los galut de Israel
nazismo
Además de los movimientos migratorios normales, que comúnmente obedecen a razones económicas, la literatura tradicional de Israel conoce cuatro grandes desplazamientos masivos forzados, es decir, expulsiones de la patria por métodos violentos, a los que se da el nombre de galut.

La primera de ellas tuvo lugar en los años 722-721 a.C., cuando Sargón II conquistó el reino de Israel. Siguiendo la política practicada en el imperio asirio desde la época de Tiglat Piléser de desterrar a los pueblos vencidos para prevenir futuras revueltas, los israelitas fueron deportados a Media y Mesopotamia, donde se fusionaron con la población autóctona y acabaron por desaparecer como pueblo diferenciado. Su territorio fue ocupado por colonos politeístas que, al entrar en contacto con los habitantes pobres e incultos no desterrados, crearon un sistema religioso sincretista en el territorio de Samaria.

Siglo y medio más tarde (596 y 587 a.C.) corrió la misma suerte el reino de Judá. Los judíos, derrotados por Nabucodonosor, tuvieron que emprender el camino del destierro a Babilonia. En el exilio, las comunidades judías cambiaron el hebreo por el arameo, pero conservaron tenazmente su identidad religiosa yahvista.

La tercera gran dispersión violenta se registró en la época helenística. En el curso de las guerras entre los diadocos griegos por el control de Palestina (entre el 300 y el 200 a.C.), numerosos contingentes de prisioneros de guerra fueron trasladados a Egipto y Cirenaica. Las comunidades deportadas adoptaron el griego como lengua propia y muchos de sus dirigentes entraron en contacto directo con la cultura y la filosofía helenísticas. En esta época se registra, además, la presencia de comunidades judías en Frigia, Bitinia, Galacia, Cilicia, Macedonia y Grecia.

La cuarta y última expulsión de Palestina tuvo lugar bajo el imperio romano. Tras la represión de las revueltas de los años 70 y 135 d.C., cientos de miles de judíos fueron vendidos como esclavos y dispersados por toda la ecumene.

La interpretación teológica
"El que vive fuera de Israel se asemeja al que no tiene Dios".

Las deportaciones, con su secuela última de desaparición del pueblo judío como nación independiente, han sido los episodios más dramáticos de la historia política de Israel y, a primera vista, el colapso final de todas sus esperanzas. Es, pues, natural que sus capas dirigentes se hayan esforzado por analizarlas y descubrir su sentido.

La explicación más obvia ha visto en ellas un castigo. Las penalidades sin cuento, el camino hacia el destierro de grandes muchedumbres encadenadas, desnudas, hambrientas y sedientas, la pérdida de los bienes, el alejamiento de la patria para tener que vivir en tierras desconocidas, entre pueblos de costumbres, lenguas y religiones extrañas, todo esto era consecuencia de la infidelidad de Israel.

La reflexión profética descubrió un segundo sentido, esta vez esperanzador. La diáspora es, ciertamente, un castigo, pero también una expiación, un proceso de purificación de las culpas pasadas como antesala del perdón de Dios y del restablecimiento de la antigua alianza. Expiada la culpa y alcanzada la purificación, surgirá una comunidad renovada. La diáspora es, pues, la etapa intermedia -necesaria tras la caída- hacia un futuro que los profetas describen con espléndidas pinceladas.

Los escritos sagrados posteriores ponen de relieve una finalidad aún más honda, más universal, en la diáspora. Las comunidades diseminadas entre las naciones son el instrumento de que Dios se sirve para manifestarse y dar a conocer su gloria a todos los pueblos de la tierra. De aquí se derivaba para los desterrados una responsabilidad acrecentada, porque su mala conducta desacreditaba a Yahvé.

El contacto diario con los idólatras enfrentaba a las comunidades judías con un problema que apenas se había planteado antes del exilio, a saber, la posibilidad de ganarse a estas personas para la fe y la religión yahvista o, dicho en otros términos, de admitir en el seno de la comunidad judía a individuos procedentes de otras etnias. Según la legislación talmúdica, quienes abrazaban en su totalidad la fe y las prácticas judías (incluida la circuncisión) gozaban, a todos los efectos, de la consideración de judíos. También ellos podían dirigirse a Dios, en las plegarias litúrgicas, y con el mismo título que los judíos de nacimiento, como "nuestro Padre". Había además quienes, atraídos por la superioridad del monoteísmo y la mayor pureza de costumbres de los judíos en el disoluto clima moral del paganismo, aceptaban las creencias y, en parte, la legislación judías. A éstos se les aplicaba el nombre de "prosélitos en el umbral" o "temerosos de Dios".

En la concepción de la cábala, la diáspora es una de las emanaciones (sefirot) de la divinidad. Por su medio acompaña Dios a su pueblo por toda la ecumene también en los momentos de adversidad. La misión última de la diáspora no es tan sólo difundir por el universo el conocimiento de la Ley, sino que implica un proceso cósmico suprahistórico y es símbolo de cuanto acontece en el universo superior de las emanaciones divinas.

Un análisis objetivo del devenir de las comunidades de la diáspora debe constatar el hecho, verdaderamente excepcional en las páginas de la historia, de que estos pequeños grupos humanos, minúsculas gotas de agua en océanos de naciones muy a menudo de superior cultura, de mayores progresos técnicos y de más amplia prosperidad económica, han sabido, por una parte, asimilar la lengua y numerosos elementos científicos y culturales de las comunidades de su entorno, pero conservando al mismo tiempo, durante milenios, la conciencia inalterada de su singularidad como pueblo diferenciado del resto.

Las cuatro grandes dispersiones históricas
Fiel a su palabra, el Dios de Abraham había dado a su pueblo la tierra que manaba leche y miel. La pérdida de la tierra fue proclamada por los profetas por una parte como fruto de la infidelidad de los judíos: el cisma entre los reinos de Judá e Israel, la idolatría y el incumplimiento de la Ley; y, por otra, como instrumento de inducción a una nueva visión de Dios -espiritual- y de la posesión de la tierra -simbólica.

El mapa de las dispersiones puede contemplarse, por tanto, como el cierre de un ciclo que había empezado con el periplo de Abraham desde Ur hasta Egipto atravesando las tierras fértiles (de pastoreo) en los límites septentrionales del gran desierto de Arabia, y que, siguiendo con el retorno de los judíos tras el liderazgo de Moisés, alcanzaba con la ocupación de Palestina la plenitud de un estado nacional. La división y la decadencia dieron pie a las invasiones extranjeras y, tras derrotas sucesivas, a otros tantos exilios: el definitivo de Israel, en los años 722-721, a Asiria, donde desaparece bajo Sargón II; el de Judá en 596 y 587, a Babilonia después de la derrota frente a Nabucodonosor y del que Judá se recuperará tras la intervención de Ciro; el de 300 y 200 a Egipto, Cirenaica, Frigia, Bitinia, Galacia, Cilicia, Macedonia y Grecia (estos judíos serán llamados más tarde helenistas); y el último y definitivo, bajo el Imperio romano, tras la represión de las revueltas de los años 70 y 135 de nuestra era.

La tercera dispersión hacia la cuenca oriental del Mediterráneo, por otra parte, explicará siglos más tarde -cuando la secta cristiana empiece a tomar los visos de una nueva religión derivada pero no dependiente del judaísmo- los numerosos viajes de Pablo y los destinatarios de sus epístolas; porque Pablo, en primer lugar, dirigirá el nuevo mensaje a los judíos dispersos por el mundo helénico, y sólo después a los demás que quieran escucharle (los "gentiles".

Los profetas en su entorno histórico
Años

900
Entorno: Edad del Hierro
Reina Acab en Israel (874-853)
Reina Josafat en Judá (871-846)
Profetas: Actividad del profeta Elías en Israel

850
Entorno: Reina Jehoram en Israel (852-841)
Reina Joram en Judá (848-841)
Profetas: Actividad del profeta Eliseo en Isarel; muere aproximadamente en 800

750
Entorno: En Isarel, rápida sucesión de reyes hasta la ocupación de Samaria por Sargón II de Mesopotamia y deportación de los israelitas. Fin del Reino del Norte
Profetas: Entre 750 y 730, inicio de la actividad de los profetas Miqueas e Isaías en Judá

650
Entorno: Reina Josías en Judá (640-609). Reforma religiosa.
Muere en campaña contra los egipcios
Bajo Sedecías (595-587), sitio y toma de Jerusalén, captura del rey, destrucción del templo y deportación a Babilonia: Profetas: Actividad de los profetas Sofonías, Nahum y Abacuc.
Inicio de la actividad de Jeremías.
Actividad de Ezequiel en Babilonia
Lamentaciones de Jeremías Capítulos 40 a 55 del libro de Isaías (llamado Segundo Isaías)

550
Entorno: Ciro el Grande (550-530) se apodera de Babilonia y autoriza a los judíos para que vuelvan a Jerusalén. Construcción del segundo templo sobre el primero
Profetas: Capítulos 56 a 66 de Isaías (Tercer Isaías)
Actividad de los profetas Ageo y Zacarías 450
Entorno: Reconstrucción de la ciudad de Jerusalén
Profetas: Libro de Jonás

El monoteismo de Israel frente a los pueblos paganos
Israel
Una espera mesiánica de milenios de duración ha cambiado el signo de la fe del pueblo de Abraham y de Moisés. La alianza divina, cuyo cumplimiento por parte del pueblo elegido suponía la posesión de la tierra prometida, ha tenido que ser reinterpretada desde una óptica profética estrictamente espiritual. La mística ha ocupado el espacio de la conquista bélica; el éxodo, la persecución, la exclusión y finalmente el Holocausto han puesto a prueba el mesianismo.

La teología judaica más radical ha comprendido que la literalidad de la "posesión de la tierra" no sólo está fuera de los términos de la alianza, sino que su mantenimiento a costa de más sufrimiento supone realmente el final de la religión judaica. Israel hoy se enfrenta a vida o muerte -como punto final- con el objeto del segundo Isaías en el tiempo de la deportación del reino de Judá a Babilonia: la comprensión espiritual de Dios y de su relación con el ser humano.

Judaísmo, mazdeísmo y helenismo
A lo largo de la historia, el esfuerzo intelectual y la mística judaica fueron perfilando la doctrina en los libros sagrados a fin de que fuera posible discernir netamente los aspectos espirituales y monoteístas de Israel frente a los pueblos paganos.

A través de las comunidades de la diáspora llegaba hasta las naciones politeístas el conocimiento del monoteísmo y de la moral del pueblo judío. Pero se trataba de un proceso de doble dirección, porque al entrar en contacto con la cultura pagana la fe yahvista, monolingüe, encerrada en sí durante los siglos de la época nómada y bajo las monarquías independientes de Judá e Israel, aprendía lenguas de comunicación universal y conectaba con mentalidades y sistemas conceptuales que aportaban nuevas ideas y planteaban problemas hasta entonces inexplorados.

La interrelación con culturas, filosofías y religiones distintas ha conocido en la historia del pueblo judío dos epicentros de singular trascendencia por sus repercusiones sobre las concepciones religiosas del judaísmo. El primero se dio en el ámbito mesopotámico de lengua aramea, en los siglos VII-II antes de nuestra era; el segundo coincidió con el espacio cultural del helenismo.

El mazdeísmo
La conquista de Babilonia por el persa Ciro (539 a.C.) aportó mayores niveles de libertad religiosa para el conjunto heterogéneo de pueblos del imperio aqueménida. A partir de Darío I (521-486 a.C.), la religión oficial persa fue el mazdeísmo, cuyos remotos orígenes parecen situarse en Irán oriental, en una fecha en torno al siglo XVII a.C. El rico y con frecuencia confuso universo conceptual de esta orientación religiosa gira en torno a la creencia en una serie de dioses, dotados de poderes y cualidades benéficas, frente a la que se alinea otra serie simétrica y opuesta de dioses con cualidades y poderes malévolos. Existen dos principios creadores: Ormuz, de quien procede cuanto es bueno, y Ahrimán, origen de todo cuanto es malo. El universo creado es el escenario en el que ambos principios se enfrentan. El hombre está dotado de libertad y puede elegir entre estos dos principios. Los ángeles siguen a Ormuz y procuran el bien de los hombres, mientras que los demonios se inclinan por Ahrimán y se esfuerzan por sembrar y difundir el mal. Los buenos serán premiados y los malos castigados en una existencia ultraterrena. El combate cósmico entre el bien y el mal finalizará con la llegada de un Salvador y con la renovación del universo, ampliamente descrita en la rica literatura apocalíptica iraní.

Difícilmente pudieron las capas cultas de las numerosas y a menudo florecientes comunidades judías del espacio mesopotámico mantenerse totalmente impermeabilizadas en este mar de ideas, sobre todo porque parecían aportar nuevos elementos para la solución del problema -inextricable desde las categorías antropológicas del judaísmo preexílico- de la justicia divina, que permite que los malvados prosperen y los justos sean humillados en la tierra. Existen indicios de la presencia de algunas de estas nociones mazdeístas en los escritos judíos de aquella época (Job, Proverbios, algunos salmos, la visión apocalíptica de Daniel). El profeta Jonás aporta una concepción del gobierno y la providencia de Dios de perfiles netamente universalistas. Parece asimismo de origen iraní la figura de Satán como autor del mal, mientras que en las concepciones preexílicas era simplemente un servidor de Yahvé. En el libro de Tobías, ángeles y demonios son personajes protagonistas. De todas formas, el estricto monoteísmo judío cerró herméticamente la puerta a la penetración de las concepciones gnósticas de dos principios -uno bueno y otro malo- como creadores del universo.

El contacto con el helenismo
La segunda gran zona de contacto entre las concepciones de los pueblos paganos y la visión del mundo del judaísmo se sitúa en el espacio del helenismo, y de una manera muy concreta y destacada entre la numerosa y floreciente comunidad judía de Alejandría y el vigoroso movimiento literario, filosófico y científico desplegado en aquel gran centro cosmopolita.

Tal vez el hombre que mejor encarna la problemática surgida como consecuencia del encuentro y el enfrentamiento entre las categorías racionales del pensamiento griego y las creencias religiosas judías sea Filón de Alejandría (hacia 13 a.C.-45/50 d.C.). Profundamente creyente, gran conocedor y sincero admirador de la literatura y la filosofía griegas, se impuso la tarea de conciliar las afirmaciones del Pentateuco y los enunciados filosóficos, las sentencias de Moisés y las tesis platónicas y aristotélicas, es decir, las verdades de la fe y las de la razón, a partir de la convicción básica de que no puede haber contradicción entre ellas, puesto que todas tienen su origen en Dios. Para alcanzar este objetivo recurrió a la interpretación alegórica de las páginas bíblicas. En el marco de las concepciones platónicas, Filón entiende que Dios no llevó a cabo la creación directamente y por sí mismo, sino mediante su Logos (Palabra). Aunque es controvertido el origen de este concepto en los escritos sagrados, está fuera de duda la influencia que, a través de la idea del Logos, ejerció Filón en los grandes pensadores cristianos -también alejandrinos- Clemente y Orígenes.

El Libro segundo de los Macabeos, surgido en el seno de la diáspora grecorromana, ofrece palpables pruebas de la profunda penetración de las ideas y las costumbres (a menudo paganas) helenísticas en la comunidad de Palestina, y es una excelente demostración de la aceptación de los cánones literarios griegos en las comunidades grecoparlantes judías.

La traducción griega de la Biblia
La aportación más trascendente nacida del encuentro entre las comunidades de la diáspora y el entorno helenístico es la traducción griega de la Biblia, llamada de los Setenta. Según la tradición, el rey Tolomeo (Tolomeo Filadelfo, 283-246 a.C.) hizo llevar de Palestina a 72 sabios hebreos (seis por cada una de las 12 tribus), cada uno de los cuales realizó, por separado, en 72 días, la traducción de los Libros de la Ley" (el Pentateuco). Dejando aparte los datos legendarios, el hecho cierto es que hacia el siglo III a.C. se vertían por primera vez las ideas bíblicas a un idioma y un universo conceptual no semita.

La cultura hebrea en la Europa medieval
Uno de los aspectos más reseñables de las comunidades hebreas en la Europa medieval radica en el hecho de que, con independencia de la hostilidad latente contra los judíos en las capas incultas de la población (véase "El Holocausto", los grupos dirigentes de ambas confesiones, es decir, los judíos y los cristianos, a los que se añadían, en el caso de España y Portugal, los musulmanes, supieron mantener con frecuencia relaciones de amistad, diálogo y cooperación en numerosísimos campos de las artes y las ciencias.

El florecimiento europeo
En Italia destaca la figura del médico, poeta y exegeta Immanuel ben Salomo (1263-h. 1330), amigo personal de Dante. Judas León Abravanel (1460-1520), llamado León Hebreo, de origen portugués, ejerció una notable influencia en la poesía amorosa y la mentalidad platónica renacentista a través de sus Dialoghi d'amore.

En Alemania, los judíos consiguieron, ya desde el siglo X, organizarse en comunidades autónomas. Crearon importantes centros culturales en Maguncia, Worms, Tréveris y Espira. Entre sus aportaciones más destacadas figura el libro Luces del exilio, de Gerschom ben Yehudá (960-h. 1028 o 1040), rector de la Academia de Maguncia. La obra contiene una serie de disposiciones morales, que se convirtieron en obligatorias para todas las comunidades judías occidentales, entre ellas la prohibición de la poligamia y del divorcio sin el consentimiento de la esposa. Sorprende, por su modernidad, la garantía del secreto de la correspondencia epistolar.

En Francia se crearon, a partir del siglo XI, numerosas escuelas rabínicas de orientación básicamente babilónica. Las exégesis bíblicas de Salomo ben Isaac de Troyes (1040-1105), conocido como "Rashi", ejercieron una notable influencia en las interpretaciones de Nicolás de Lyra e incluso de Lutero. Sus comentarios al Talmud (Tossafot, "Añadidos" figuran en todas las ediciones talmúdicas posteriores.

El pensamiento hebreo alcanzó un vigoroso desarrollo en el espacio meridional francés de la Langue d'oc. La confluencia en tierras provenzales de ideas talmúdicas, platónicas y gnósticas y de nuevas sensibilidades artísticas permitió un despliegue científico y literario de amplios vuelos. Entre sus logros más destacados pueden mencionarse los tratados cabalísticos.

El caso específico español
En España la floración de escuelas hebreas potenció los estudios de gramática, lexicografía, exégesis bíblica y talmúdica, tratados de filosofía y medicina y el cultivo de la poesía.

La nómina de pensadores judíos de esta época es abundante. Ocupan en ella un lugar destacado el malagueño Salomón Ibn Gabirol (m. 1050), llamado Avicebrón por los latinos, exponente del aristotelismo contemplado con ojos neoplátonicos; el toledano Yehudá Ha Levi (m. 1141), más interesado por la poesía y la mística que por la filosofía; Ibn Saddiq, muerto en Córdoba hacia 1149, seguidor de la línea platónica de Ibn Gabirol aunque con mayor insistencia en la antropología, y el toledano Abraham ibn Ezra (m. 1167), cuyos comentarios bíblicos incluyen numerosos elementos conceptuales neoplatónicos. Las ideas aristotélicas se abren paso a través del también toledano Abraham ibn David (m. 1180), filósofo firmemente convencido de la armonía, e incluso de la coincidencia, entre la fe y la ética bíblica y las ideas aristotélicas.

Maimónides y su influencia
Este clima de efervescencia cultural tuvo su culminación en el cordobés Moisés Maimónides (m. 1204, en El Cairo). Su obra principal lleva el significativo título de Guía de indecisos, porque es precisamente a los pensadores que vacilan entre las verdades de la fe y las de la razón a quienes presenta sus reflexiones. Maimónides basa su argumentación en la filosofía aristotélica. Afirma que la revelación y la filosofía constituyen un todo, un continuum, en el sentido de que la segunda es el instrumento más idóneo para llegar a captar el auténtico contenido de las verdades reveladas.

El universo conceptual de Maimónides ofrece abundantes puntos de contacto, aunque también profundas divergencias, con su contemporáneo Averroes y con Tomás de Aquino, y ha ejercido una persistente influencia en numerosos filósofos, entre ellos Spinoza. Su obra tuvo como consecuencia la división en dos campos enfrentados, en partidarios y adversarios de sus ideas, de los estudiosos y los dirigentes de las comunidades judías. Entre los adversarios más radicales debe mencionarse a los cabalistas. Abraham Abufalia (1240-1292) intentó crear vías de entendimiento entre el racionalismo de Maimónides y el misticismo de la cábala.

SHALOM

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