El sueño de una niña castigada

"Anina" tiene el orgullo y la carga de ser el segundo largometraje de animación de Uruguay. O el primero hecho en dibujos animados, ya que "Selkirk" se hizo con marionetas. Para sus responsables y para el público, es un viaje a la infancia.

El sueño de una niña castigada

Anina Yatay Salas es una niña de diez años que, como muchos otros de su edad, tiene problemas con su nombre. El suyo es único y salta a la vista ya que tanto el nombre como los dos apellidos son palíndromos. Y al igual que le sucede a muchos otros niños, sufre las burlas de algunos de sus compañeros de escuela por su nombre, sin que los intentos de su padre por enseñarle el encanto de los palíndromos resulten.

Una pelea en el recreo con una compañerita que se burla de ella la lleva a la dirección, acompañada por sus padres. La directora, cuya voz corre por cuenta de Cristina Morán, le impone un castigo a ella y a la compañera con la que se peleó, pero no les dice cuál. Les entrega dos sobres lacrados para que lo guarden una semana sin tocar y les anuncia que volverán a juntarse para revelarles el castigo que encierra cada sobre.

Así comienza esta historia bellamente dibujada, con un ambiente muy uruguayo y una sorprendente sencillez que corre por detrás del trabajo artístico. Su director, Alfredo Soderguit, es un reconocido ilustrador de libros infantiles y juveniles de treinta y nueve años, dueño del estudio de animación Palermo (del que entre otros, salió el popular videoclip Mateo Bros.) Ayer estaba en Buenos Aires, acompañando la presentación de su película en el festival de cine independiente, Bafici, donde tuvo una buena acogida entre el público.

"Esta película se conecta con mi historia directamente" explicaba. "No por los hechos sino por ciertas vivencias que atravesé y la forma de ver el mundo a mi alrededor a esa edad. Fue algo que nos tocó a todos los que hicimos el proyecto. La estética del barrio, la escuela, se parecen mucho a los recuerdos que tengo de la infancia. Hay un vínculo directo con una proyección de nuestra infancia".

Su primer contacto con la historia fue en 2004, cuando la editorial Alfaguara le encargó ilustrar la novela Anina Yatay Salas de Sergio López Suárez (a esta altura Soderguit ha ilustrado más de cuarenta libros en Uruguay y en Europa). "El trabajo en esas ilustraciones puso en movimiento la bola de nieve", explicó. "El compromiso con el laburo en esa etapa generó toda la adaptación posterior y la interpretación que hice a través de esas nueve o diez ilustraciones. Ese trabajo me calentó bastante la sangre para una película".

Hasta ese momento Soderguit no se había propuesto hacer una película. Con una animación sobre Hemingway había ganado un concurso de Canal 10 a los dieciocho años y también había hecho algunas piezas breves de animación realizadas en cursos de Bellas Artes. Uno de los trabajos que marcó su carrera fue Limbo, un videojuego que hizo con el ilustrador y animador Alejo Schettini, que usaba elementos del terror para enseñar idiomas.

Tras esa experiencia, Soderguit y Schettini fundaron Palermo Estudio, la empresa que sirvió de hogar para Anina durante más de siete años.

Para describir su interés por la adaptación del libro al cine dice que "estaba obsesionado" en esos primeros tiempos. Al mismo tiempo, el escritor Federico Ivanier, que trabajaba para la misma editorial, lo llamó para presentarse y discutir posibles proyectos. En ese primer encuentro Soderguit le comentó su intención de hacer la adaptación y así comenzaron a colaborar.

"Creo que la aventura se ve favorecida porque se trata de una historia cotidiana", explicó Ivanier. "Si bien no se trata de una historia ambientada en un universo paralelo ni nada por el estilo, es una aventura que plantea un desafío al personaje que implica arriesgarse y también cambiar".

"Lo que me gustó más de hacer el guión y lo que más le incorporé, no por faltas de la novela sino por imaginarlo visualmente, fue traer la visión de la niña, qué es lo que imagina a medida que pasan los días. Le incorporé cierto costado que no estaba en la novela, es el costado más de aventura, más Roald Dahl. La novela estaba muy bien pero como lector yo necesitaba más aventura", decía el escritor.

Ivanier trabajó por su cuenta en el guión durante casi dos años, primero con una adaptación muy literal del libro y luego con incorporaciones, que surgían de reuniones semanales que tenía con Soderguit y el productor Germán Tejeira. A partir de cierto punto, lo dejó en manos del director y su equipo para eventuales intervenciones y cambios. "Las re-escrituras nunca se dieron conmigo porque ellos estaban todos los días en el estudio y yo no, pero era algo de mutuo consentimiento", agrega.

Más o menos al mismo tiempo que había comenzado a trabajar en la adaptación de Anina, Soderguit conoció a Tejeira y Julián Goyoaga. Hizo la dirección de arte de un cortometraje que dirigieron cuando estudiaba en la Escuela de Cine y, finalmente, resolvieron trabajar juntos en esta película.

De este modo, paso a paso, Anina fue creciendo e incorporando gente que movía la bola de nieve que comenzó en la cabeza del ilustrador. De a poco fueron apareciendo premios y oportunidades que le permitieron avanzar, hasta que encontró a Antorcha Films, la empresa colombiana que se asoció al proyecto y les permitió hacer el sonido y la posproducción en las mejores condiciones.

De esta manera, casi setenta personas trabajaron en la película a lo largo del tiempo, de las cuales veinticinco fueron animadores, ilustradores y productores contratados en Palermo Estudio. Entre esos veinticinco estuvieron algunos de los mejores ilustradores uruguayos de las últimas décadas, como el propio Schettini y Sebastián Santana.

Lo que surgió de ese largo proceso es una película con un altísimo trabajo estético que cuenta una anécdota cotidiana, en un barrio típico montevideano, pero con un vuelo único. Además, se reserva algunas sorpresas para el espectador.

1 comentario - El sueño de una niña castigada

@juanbustos28
peor es que se llame Lucila Tanga
@LALOQUIS +1
jajajajajja, es vdad