El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Doctrina Shock pg141-160 -repost privado-

...continua desde http://www.taringa.net/posts/info/16618567/Doctrina-Shock-pag121-140-y-la-mesa-de-enlace-desaparece.html

Lo que Letelier no podía saber entonces era que Chile bajo
el gobierno de la Escuela de Chicago ofrecía un avance del
futuro de la economía global, una pauta que se repetiría
una y otra vez, de Rusia a Sudáfrica y a Argentina:

una burbuja urbana de especulación frenética y contabilidad
dudosa que generaba enormes beneficios y un frenético
consumismo, y rodeada por fábricas fantasmagóricas e
infraestructuras en desintegración de un pasado de
desarrollo; aproximadamente la mitad de la población
excluida completamente de la economía;

corrupción y amiguismo fuera de control; aniquilación de las empresas
públicas grandes y medianas; un enorme trasvase de
riqueza del sector público al privado, seguido de un enorme
trasvase de deudas privadas a manos públicas.


En Chile, si
estabas fuera de la burbuja de riqueza, el milagro se
parecía a la Gran Depresión, pero dentro de su caparazón
estanco los beneficios fluían tan libre y rápidamente que el
dinero fácil que las reformas estilo terapia de shock hace
posible se ha convertido desde entonces en la cocaína de
los mercados financieros.

Y es por eso por lo que el mundo
financiero no respondió a las obvias contradicciones del
experimento chileno reevaluando las premisas básicas del
laissez-faire. En lugar de ello, reaccionó como reacciona un
drogadicto: se preguntó dónde conseguir la siguiente dosis.

LA REVOLUCIÓN SE EXTIENDE, EL PUEBLO DESAPARECE

Durante un tiempo la siguiente dosis la aportaron otros
países del Cono Sur a los que la contrarrevolución de la
Escuela de Chicago se extendió rápidamente. Brasil estaba
ya bajo el control de una junta apoyada por Estados Unidos
y muchos de los estudiantes brasileños de Friedman
ocupaban puestos clave en el gobierno.

Friedman viajó a
Brasil en 1973, en la época de mayor brutalidad del
régimen y declaró que el experimento económico era «un
milagro».54 En Uruguay los militares dieron un golpe de
Estado en 1973 y al año siguiente decidieron seguir el
rumbo trazado por Chicago. Ante la falta de uruguayos

141
licenciados en la Universidad de Chicago, los generales
invitaron a «Arnold Harberger y a [el profesor de economía]
Larry Sjaastad de la Universidad de Chicago y su equipo,
que incluía ex alumnos de Chicago argentinos, chilenos y
brasileños, para que reformaran el sistema impositivo y la
política comercial de Uruguay».55

Los efectos sobre la
sociedad anteriormente igualitaria de Uruguay fueron
inmediatos: los salarios reales descendieron un 28 % y
hordas de mendigos aparecieron por primera vez en las
calles de Montevideo.56

El siguiente país en unirse al experimento fue Argentina en 1976
Antes de que la Junta tomara el poder, Argentina
tenía menos pobres que Francia o Estados Unidos —
solo un 6 % de la población— y una tasa de
desempleo de sólo el 4,2 %.


El siguiente país en unirse al experimento fue
Argentina en 1976, cuando una junta arrebató el poder a
lsabel Perón. Con ello Argentina, Chile, Uruguay y Brasil —
los países que habían sido los abanderados del
desarrollismo— estaban ahora todos dirigidos por
gobiernos militares apoyados por Estados Unidos y se
habían convertido en laboratorios vivos de la Escuela
de economía de Chicago.

Según documentos brasileños desclasificados en marzo de
2007, semanas antes de que los generales argentinos
tomaran el poder contactaron con Pinochet y con la Junta
brasileña y «esbozaron los principales pasos que debería
tomar el futuro régímen».57

A pesar de esta estrecha colaboración, el gobierno militar
argentino no fue tan lejos en su experimento neoliberal
como Pinochet; no privatizo las reservas de petróleo del
país ni la seguridad social, por ejemplo (eso vendría
después). Sin embargo, en lo que se refiere a atacar las
políticas e instituciones que habían conseguido elevar a los

142
pobres argentinos a la clase media, la Junta siguió
fielmente el ejemplo de Pinochet, gracias en parte a la
abundancia de economistas argentinos que habían asistido
a los cursos de Chicago.


Los argentinos recién salidos de Chicago se hicieron con
puestos clave en el gobierno: secretario de Finanzas,
presidente del banco central y director de investigaciones
del Departamento del Tesoro del Ministerio de Finanzas,
además de otros puestos económicos de menor nivel.58

Pero mientras los de Chicago de la rama argentina fueron
partícipes entusiastas del gobierno militar, el principal
puesto económico no fue para ninguno de ellos, sino para
José Alfredo Martínez de Hoz. Martínez de Hoz pertenecía a
la alta burguesía rural que formaba parte de la Sociedad
Rural, la asociación de rancheros que desde hacía tiempo
controlaba las exportaciones del país.

A estas familias, lo
más cercano a una aristocracia que tenía Argentina, el
orden económico feudal les parecía perfecto: no tenían que
preocuparse de que sus tierras se redistribuyeran entre los
campesinos ni de que el precio de la carne se redujera para
que todo el mundo pudiera comer.

Martínez de Hoz había presidido la Sociedad Rural, igual
que su padre y su abuelo antes que él; también formaba
parte de los consejos de administración de varias
multinacionales, entre ellas Pan American Airways e ITT.


Cuando tomó el cargo en el gobierno de la Junta quedó
claro que el golpe representaba una revuelta de las élites,
una contrarrevolución contra cuarenta años de avances de
los trabajadores argentinos.

La primera decisión como ministro de Martínez de Hoz fue
prohibir las huelgas e instaurar el despido libre. Abolió los
controles de precios, disparando el precio de la comida.

También estaba decidido a hacer que Argentina volviera a
ser un lugar hospitalario para las multinacionales extranjeras.

Derogó las restricciones a las propiedades que
los extranjeros podían tener en el país y en pocos años
vendió cientos de empresas estatales.59 Estas medidas le

143
granjearon poderosos aliados en Washington. Documentos
desclasificados muestran que William Rogers, subsecretario
de Estado para América Latina, le dijo a su jefe, Henry
Kissinger, poco después del golpe: «Martínez de Hoz es un
buen hombre.


Hemos mantenido consultas con él
constantemente». Kissinger quedó tan impresionado que,
«como gesto simbólico», organizó un encuentro de alto
nivel con Martínez de Hoz cuando éste visitó Washington.
También se ofreció a hacer un par de llamadas para ayudar
a Argentina en sus esfuerzos económicos:

«Llamaré a David Rockefeller», le dijo Kissinger al ministro de
Exteriores de la Junta, refiriéndose al presidente del Chase
Manhattan Bank. «Y llamaré a su hermano, el
vicepresidente [de Estados Unidos, Nelson Rockefeller] ».60

Para atraer inversores extranjeros, Argentina publicó un
folleto de treinta y una páginas en Business Week,
producido por Burson-Marsteller, un gigante de las
relaciones públicas, en el que se declaraba que «pocos
gobiernos en la historia han animado más a la inversión
privada.

Estamos realizando una auténtica revolución
social y buscamos socios. Nos estamos desembarazando
del estatalismo y creemos firmemente en la importancia
fundamental del sector privado»
.*61

La Junta estaba
tan ansiosa por subastar el país a los inversores que
incluso inundó «un 10 % de descuento en el precio de
la tierra para construcción durante los próximos
sesenta días».

También en esta ocasión el impacto humano fue
inconfundible: en un año los salarios perdieron el 40 % de
su valor, cerraron fábricas y la pobreza se generalizó.
62

Antes de que la Junta tomara el poder, Argentina
tenía menos pobres que Francia o Estados Unidos —
solo un 6 % de la población— y una tasa de
desempleo de sólo el 4,2 %. Ahora el país empezaba a
dar muestras de un subdesarrollo que creía haber dejado
atrás. Los barrios pobres carecían de agua corriente y

144
enfermedades que podían prevenirse se convertían en epidemias.
En Chile, Pinochet tuvo las manos libres para destripar a la
clase media gracias a la forma devastadora y aterradora en
que se hizo con el poder.

Aunque sus cazas y sus pelotones
de fusilamiento habían sido muy efectivos para extender el
terror habían acabado por convertirse en un desastre de
relaciones públicas. Las noticias sobre las masacres de
Pinochet provocaron la indignación del mundo y activistas
en Europa y América del Norte presionaron agresivamente
a sus gobiernos para que no comerciaran con Chile.

Era un resultado claramente desfavorable para un régimen cuya
razón de ser era mantener el país abierto a los negocios.
Los documentos recientemente desclasificados en Brasil
demuestran que cuando los generales argentinos estaban
preparando su golpe de 1976 se propusieron «evitar sufrir
una campaña internacional como la que se ha desatado
contra Chile».63

Para conseguir ese objetivo eran necesarias
tácticas de represión menos espectaculares, tácticas de
perfil bajo que pudieran extender el terror pero que no
resultaran tan obvias para los fisgones de la prensa
internacional. En Chile, Pinochet pronto optó por las
desapariciones. En lugar de matar abiertamente o incluso
de arrestar a su presa, los soldados secuestraban a la
víctima, la llevaban a campos clandestinos, la torturaban,
muchas veces la mataban y luego negaban saber nada del
asunto. Los cuerpos se enterraban en fosas comunes.

Según la Comisión de la Verdad de Chile, creada en mayo
de 1990, la policía secreta se deshacía de algunas de sus
víctimas arrojándolas al océano desde helicópteros,
«después de abrirles el estómago con un cuchillo para que
los cuerpos no flotaran».64

Además de tener un perfil bajo,
las desapariciones se demostraron un medio todavía más
efectivo para aterrorizar a la población que las masacres
descaradas, pues la idea de que el aparato del Estado
pudiera utilizarse para hacer que la gente se desvaneciera
en la nada era mucho más inquietante.

145
A mediados de la década de 1970 las desapariciones se
habían convertido en el principal instrumento de coerción
de las juntas de la Escuela de Chicago en todo el Cono Sur
y nadie las utilizó con más entusiasmo que los generales
que ocupaban el palacio presidencial argentino. Durante su
reinado se estima que desaparecieron treinta mil
personas.65 Muchas de ellas, como sus equivalentes
chilenas, fueron lanzadas desde aviones en las turbias
aguas del Río de la Plata.

La Junta argentina se destacó por saber mantener el
equilibrio justo entre el horror público y el privado, llevando
a cabo las suficientes operaciones públicas para que todo el
mundo supiera lo que estaba pasando pero
simultáneamente manteniendo sus actos lo bastante en secreto
como para poder negarlo todo.

En sus primeros días
en el poder, la Junta hizo una única y dramática
demostración de su disposición a usar la fuerza de modo
letal: un hombre fue sacado a empujones de un Ford Falcon
(el vehículo habitual de la policía secreta), atado al monumento
más famoso de Buenos Aires, el Obelisco blanco de
67,5 metros, y ametrallado a la vista de todos los
transeúntes.

Después de eso, los asesinatos de la Junta pasaron a ser
encubiertos, pero estaban siempre presentes. Las
desapariciones, oficialmente inexistentes, eran espectáculos
muy públicos que contaban con la complicidad silenciosa de
barrios enteros. Cuando se decidía eliminar a alguien, una
flota de vehículos militares aparecía frente al hogar o lugar
de trabajo de esa persona y acordonaba toda la manzana,
muchas veces mientras un helicóptero sobrevolaba la zona.

A plena luz del día y a la vista de los vecinos, la policía o los
soldados echaban la puerta abajo y se llevaban a la
víctima, que a menudo gritaba su nombre antes de que se
la llevaran en el Ford Falcon que aguardaba con la
esperanza de que la noticia de lo sucedido llegase a su
familia. Algunas operaciones «encubiertas» eran mucho
más descaradas: la policía subía a un autobús abarrotado y

146
se llevaba a pasajeros arrastrándolos por el pelo; en la
ciudad de Santa Fe, una pareja fue secuestrada en el altar
durante su boda, en una iglesia repleta de gente.66
El carácter público del terror no cesaba con la captura
inicial. Una vez bajo custodia, en Argentina los prisioneros
eran conducidos a uno de los más de trescientos campos de
tortura que había en el país.67 Muchos de ellos estaban
situados en zonas residenciales densamente pobladas; uno
de los más conocidos ocupaba el local de un antiguo club
atlético en una concurrida calle de Buenos Aires, otro
estaba en una escuela en el centro de Bahía Blanca y aún
otro en un ala de un hospital que seguía funcionando como
centro sanitario.

En estos centros de tortura se veían entrar
y salir a toda velocidad vehículos militares a horas
extrañas, se podían oír gritos a través de las mal
insonorizadas paredes y se veía entrar y salir extraños
paquetes con forma de persona. Los vecinos eran
conscientes de todo ello y guardaban silencio.
El régimen uruguayo era igual de descarado: uno de sus
principales centros de tortura estaba en unos barracones de
la Marina que daban al paseo marítimo de Montevideo, una
zona junto al océano por la que antes solían pasear e ir de
picnic las familias. Durante la dictadura, aquel bello lugar
estaba vacío y los vecinos de la ciudad evitaban
cuidadosamente oír los gritos.68

La Junta argentina era particularmente chapucera al
deshacerse de sus víctimas. Un paseo por el campo podía
acabar siendo una pesadilla porque las fosas comunes
apenas estaban escondidas. Aparecían cuerpos en cubos de
basura, sin dedos ni dientes (igual que sucede hoy en Irak)
o, después de uno de los «vuelos de la muerte» de la
Junta, aparecían cadáveres flotando en la orilla del Río de la
Plata, a veces hasta una docena a la vez. En algunos casos
hasta llovían desde helicópteros y caían en el campo de un
granjero.69
Todos los argentinos fueron de alguna forma reclutados

147
como testigos de la erradicación de sus conciudadanos, y
aun así la mayoría afirmaba no saber qué sucedía. Hay una
frase que los argentinos utilizaban para explicar la paradoja
del haber visto cosas pero cerrar los ojos ante el .terror,
que era el estado mental predominante en aquellos años:
«No sabíamos lo que nadie podía negar».
Puesto que muchos de los perseguidos por las distintas
juntas a menudo se refugiaban en uno de los países
vecinos, los gobiernos de la región colaboraron entre ellos
en la conocida Operación Cóndor.

Con Cóndor, las agencias
de inteligencia del Cono Sur compartieron información
sobre «subversivos» —ayudadas por un sistema informático
de tecnología punta suministrado por Washington— y
dieron mutuamente a sus respectivos agentes
salvoconducto para llevar a cabo secuestros y torturas
cruzando la frontera, un sistema inquietantemente parecido
a la actual red de «extradiciones» de la CÍA.*70

La operación
latinoamericana parece haberse basado en la «Noche
y niebla» de ' Hitler. En 1941, Hitler decretó que los
miembros de la resistencia que se capturaran en los
países ocupados por los nazis fueran trasladados a
Alemania para que «se desvanecieran en la noche y la
niebla». Muchos nazis de alto nivel se refugiaron en
Chile y Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, y
algunos han especulado con la posibilidad de que
entrenaran a los servicios de inteligencia del Cono Sur
en esas tácticas.

Las juntas también intercambiaban información sobre los
medios más efectivos para extraer información a los
prisioneros que cada una de ellas había descubierto. Varios
chilenos torturados en el Estadio de Chile en los días
posteriores al golpe destacaron el inesperado detalle de que
había soldados brasileños en la sala aconsejando sobre
cómo usar científicamente el dolor.71
Hubo incontables oportunidades para este tipo de

148
intercambios durante este período, muchas de ellas a
través de Estados Unidos y con la implicación de la CIA.
Una investigación de 1975 del Senado estadounidense
sobre la intervención en Chile descubrió que la CIA había
entrenado al ejército de Pinochet en formas de «controlar la
subversión».72 Está perfectamente documentado, además,
que Estados Unidos asesoró a las policías brasileña y
uruguaya en técnicas de interrogación.

Según un
testimonio judicial citado en el informe de la Comisión de la
Verdad, Brasil: Nunca Mais, publicado en 1985, oficiales del
ejército asistieron a «clases de tortura» impartidas por
unidades de la policía militar durante las cuales se les
mostraron varias diapositivas que ilustraban diversos
métodos atroces. Durante estas sesiones se hacía venir a
prisioneros para «demostraciones prácticas» en las que
eran torturados mientras hasta cien sargentos del ejército
miraban y aprendían.

El informe afirma que «una de las
primeras personas en introducir esta práctica en Brasil fue
Dan Mitrione, un agente de policía estadounidense. Como
instructor de policía en Belo Horizonte durante los primeros
años del régimen militar brasileño, Mitrione recogió a
mendigos de las calles y los torturó en sus clases para que
la policía local aprendiera diversas formas de crear en el
prisionero la contradicción suprema entre el cuerpo y la
mente».73 Mitrione pasó luego a organizar la formación de
la policía en Uruguay donde, en 1970, fue secuestrado y
asesinado por los tupamaros.

El grupo de guerrilleros
revolucionarios izquierdistas planeó la operación para poner
al descubierto la implicación de Mitrione en la enseñanza de
la tortura.* Según uno de sus ex alumnos, Mitrione insistía,
como los autores del manual de la CIA, que la tortura
efectiva no se basaba en el sadismo, sino en la ciencia. Su
lema era: «El dolor preciso en el punto preciso en la
cantidad precisa».74,

Los resultados de sus enseñanzas se
pueden ver con claridad en todos los informes sobre
derechos humanos en el Cono Sur realizados en este
siniestro período. Una y otra vez dan testimonio de los
métodos característicos codificados en el manual Kunbark:

149
arrestos a primera hora de la mañana, encapuchamientos,
total aislamiento, drogas, desnude forzado, electroshocks…;
y en todas partes el terrible legado de los experimentos de
McGill con las depresiones económicas inducidas
deliberadamente.

La soberbia
película de Costa-Gavras Estado de sitio (1972) se
basa en estos hechos.
Los prisioneros liberados del Estadio Nacional de Chile dicen
que las brillantes luces del campo estuvieron encendidas las
veinticuatro horas del día y que parecía que el ritmo de las
comidas se rompía deliberadamente.75 Los soldados
obligaron a muchos de los prisioneros a llevar mantas sobre
la cabeza, para que no pudieran ni ver ni oír con
normalidad, una práctica incomprensible puesto que todos
los prisioneros sabían que estaban en el estadio.

El efecto
de las manipulaciones, informaron los prisioneros, fue que
perdieron el sentido de cuándo era de noche y de día y que
aumentó la conmoción y el pánico desencadenados por el
golpe y los subsiguientes arrestos. Fue casi como si el
estadio se hubiera convertido en un laboratorio gigante y
ellos en cobayas de un extraño experimento de
manipulación sensorial.

Una aplicación más fiel de los experimentos de la CIA pudo
verse en la prisión chilena de Villa Grimaldi, «conocida por
sus "cuartos chilenos", compartimentos de aislamiento
hechos de madera y tan pequeños que los presos no podían
arrodillarse» ni estirarse en el suelo.76 Los prisioneros de la
prisión uruguaya Libertad eran enviados a «la isla»:
pequeñas celdas sin ventanas en las que sólo había una
bombilla, que siempre estaba encendida.

Los prisioneros
más importantes fueron mantenidos aislados durante más
de una década. «Empezamos a pensar que estábamos
muertos, que nuestras celdas no eran celdas sino más bien
tumbas, que el mundo exterior no existía y que el sol era
sólo un mito», recordó Mauricio Rosencof, uno de esos
prisioneros. Vio el sol durante un total de ocho horas

150
durante once años y medio. A tal extremo llegó el
embotamiento de sus sentidos durante el tiempo de
reclusión que «olvidé los colores: los colores no
existían».*77

La administración de la prisión de Libertad trabajaba codo
con codo con psicólogos conductistas para diseñar
técnicas de tortura a medida del perfil psicológico de
cada individuo, un método que hoy se aplica en la
base de Guantánamo.

En la Escuela Mecánica de la Armada, uno de los mayores
centros de tortura de Buenos Aires la cámara de
aislamiento se conocía como la «capucha». Juan Miranda,
que pasó tres meses en la capucha, me contó cómo era ese
lugar oscuro. «Te mantenían con los ojos vendados v
encapuchado y con las manos y las piernas esposadas,
tumbado boca abajo en un colchón de espuma durante todo
el día, en el ático de la prisión. No podía ver a los demás
prisioneros, me separaban de ellos planchas de
contrachapado.

Cuando los guardias traían la comida, me
ponían de cara a la pared y luego me levantaban la
capucha para que pudiera comer. Era la única ocasión en la
que nos permitían sentarnos: por lo demás siempre
teníamos que estar tendidos». Otros prisioneros argentinos
padecieron la desnutrición sensorial en celdas del tamaño
de un ataúd, llamadas «tubos».

Lo único que aliviaba el aislamiento era el todavía peor
destino de la sala de interrogatorios. La técnica más
extendida, usada en cámaras de tortura de los régimenes
militares de toda la región, era el electroshock. Existían
docenas de variantes sobre cómo se aplicaba la corriente al
cuerpo del prisionero: con cables al descubierto, con
teléfonos militares, con agujas bajo las uñas, mediante
pinzas colocadas en las encías, pezones, genitales, orejas,
bocas, heridas abiertas; en cuerpos remojados con agua
para aumentar la intensidad de la carga o en cuerpos
atados a mesas o a la «silla dragón» metálica de Brasil. La

151
Junta argentina, formada en buena parte por rancheros, se
enorgullecía de su particular contribución: los prisioneros
eran atados a una cama de metal a la que se llamaba «la
parrilla» y se les aplicaba la «picana»
.*

Una vara a través de la que se descargaba corriente eléctrica
sobre la víctima. Su origen está en el instrumento
usado en los mataderos para el sacrificio de reses. (N.de la T.)

El número exacto de personas que pasaron por la
maquinaria de torturas del Cono Sur es imposible de
calcular, pero probablemente está entre 100.000 y
150.000, decenas de miles de las cuales fueron asesinadas.78

TESTIMONIO EN TIEMPOS DIFÍCILES
Ser de izquierdas en esos años significaba ser perseguido.
Los que no escaparon al exilio se vieron en una lucha
minuto a minuto para mantenerse un paso por delante de
la policía secreta, llevando una existencia de pisos francos,
códigos telefónicos e identidades falsas. Una de las
personas que vivió de ese período en Argentina fue el
legendario periodista de investigación Rodolfo Walsh.

Hombre renacentista y muy sociable, escritor de novela
policíaca y de relatos premiados, Walsh fue también un
superdetective capaz de descifrar códigos militares y espiar
a los espías. Obtuvo su mayor triunfo trabajando como
periodista en Cuba, al interceptar y descifrar un telegrama
de la CIA que demolía la coartada de la invasión de Bahía
de Cochinos. Esa información fue la que permitió a Castro
prepararse para la invasión y defenderse de ella con éxito.
Cuando la anterior Junta Militar argentina prohibió el
peronismo y estranguló la democracia, Walsh decidió unirse
a los montoneros, como su experto en inteligencia.

* Eso le convirtió en el hombre más buscado por los generales, y
cada nueva desaparición conllevaba el temor de que la
información que éstos obtenían a través de la picana llevara

152
a la policía al piso franco que compartía con su pareja, Lilia
Ferreyra, en un pequeño pueblo a las afueras de Buenos Aires.

Los montoneros
se formaron como respuesta a la anterior dictadura. El
peronismo fue prohibido y Juan Perón, desde el exilio,
pidió a sus jóvenes partidarios que tomaran las armas
y lucharan por la vuelta de la democracia. Lo hicieron,
y los montoneros —aunque tomaron parte en ataques
armados y en secuestros— tuvieron un papel
importante en conseguir que en 1973 hubiera
elecciones democráticas con un candidato peronista.

Pero cuando Perón regresó al poder vio una amenaza
en el apoyo popular que concitaban los montoneros y
animó a los escuadrones de la muerte de la derecha a
que fueran a por ellos, por lo que el grupo —objeto de
gran controversia— ya estaba seriamente debilitado
cuando se produjo el golpe de 1976.

A través de su gran red de contactos, Walsh se dedicó a
rastrear los muchos crímenes de la Junta. Compiló listados
de los muertos y desaparecidos, así como de la localización
de las fosas comunes y de los centros de tortura secretos.
Se enorgullecía de conocer a su enemigo, pero hasta él
quedó conmocionado en 1977 por la cruel brutalidad que la
Junta argentina desencadenó contra su propio pueblo.

Durante el primer año de gobierno militar docenas de sus
amigos íntimos y de sus colegas desaparecieron en los
campos de concentración y su hija de veintiséis años, Vicki,
falleció también, lo que hizo que Walsh enloqueciera de dolor.
Pero con los Ford Falcon patrullando constantemente la
calle, Walsh no podía contar con una vida dedicada al luto
por su pérdida. Sabiendo que no contaba con mucho
tiempo, tomó una decisión sobre cómo señalaría el venidero
primer aniversario del gobierno juntista: mientras los
periódicos del régimen se deshacían en elogios hacia los
generales por haber salvado a la nación, él escribiría su

153
propia versión, sin censuras, de la depravación en la que su
país había caído. Se titularía «Carta abierta de un escritor a
la Junta Militar» y estaba escrita con la característica
valerosa claridad de Walsh. La escribió «sin esperanza de
ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al
compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar
testimonio en momentos difíciles».79

La carta sería una decidida condena tanto de los métodos
del terrorismo de Estado como del sistema económico al
cual servían. Walsh planeaba distribuir su «Carta abierta»
del mismo modo que había distribuido sus anteriores
comunicados clandestinos: haciendo diez copias y luego
enviándolas desde diez buzones distintos dirigidas a diez
contactos cuidadosamente escogidos que se encargarían de
seguir distribuyéndolas. «Quiero que esos cabrones sepan
que todavía estoy aquí, vivo y escribiendo», le dijo a Lilia al
sentarse frente a su máquina de escribir Olympia.80

La carta empieza con una descripción de la campaña
terrorista de los generales, mencionando su utilización de la
«tortura absoluta, intemporal, metafísica», así como la
participación de la CIA en la formación de la policía
argentina. Después de enumerar los métodos de tortura y
las fosas de forma dolorosamente detallada, Walsh cambia
súbitamente de marcha: «Estos hechos, que sacuden la
conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que
mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las
peores violaciones de los derechos humanos en que
ustedes incurren.

En la política económica de ese gobierno
debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino
una atrocidad mayor que castiga a millones de seres
humanos con la miseria planificada. Basta andar unas
horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez
con que semejante política la convirtió en una villa miseria
de diez millones de habitantes»
.80

El sistema que describía Walsh era el neoliberalismo de la
Escuela de Chicago, el modelo económico que se iba a
hacer con el mundo. Conforme sus raíces se adentraran en

154
la sociedad argentina durante las décadas siguientes,
acabaría por empujar a más de la mitad de la población
bajo el umbral de la pobreza. Walsh no creía que se tratara
de un resultado accidental, sino de la cuidadosa ejecución
de un plan, una «miseria planificada».

Firmó la carta el 24 de marzo de 1977, exactamente un año
después del golpe. A la mañana siguiente, Walsh y Lilia
Ferreyra viajaron a Buenos Aires. Se repartieron las diez
copias de la carta y las dejaron en buzones de diversos
puntos de la ciudad. Unas pocas horas después Walsh
asistió a una reunión que había organizado con la familia de
un colega desaparecido.

Era una trampa: alguien había
hablado bajo tortura y diez hombres armados con órdenes
de capturarle esperaban fuera de la casa para tenderle una
emboscada. «Traedme a ese bastardo vivo: es mío», se
dice que ordenó a los soldados el almirante Massera, uno
de los tres líderes de la Junta. Walsh, cuyo lema era «no es
un crimen hablar; el crimen es ser arrestados», desenfundó
su pistola al instante y empezó a disparar. Hirió a uno de
los soldados, que respondieron a su fuego. Para cuando
llegó a la Escuela Mecánica de la Armada estaba muerto.
Quemaron su cadáver y lo arrojaron a un río.82

LA TAPADERA DE «LA GUERRA CONTRA EL TERROR»
Las juntas del Cono Sur no ocultaron sus ambiciones
revolucionarias de cambiar sus respectivas sociedades,
pero fueron lo bastante astutas como para negar aquello de
lo que Walsh les acusaba públicamente: usar la violencia
masiva para conseguir objetivos económicos que, sin un
sistema que mantuviera al pueblo aterrorizado y eliminara
todos los demás obstáculos, con certeza habrían provocado
una revuelta popular.

En el grado en el que se admitían asesinatos de Estado, las
juntas los justificaban con el argumento de que estaban
librando una guerra contra peligrosos terroristas marxistas
financiados y controlados por el KGB. Si las juntas
utilizaban tácticas «sucias» era porque su enemigo era
155

monstruoso. Con un lenguaje que hoy nos suena
inquietantemente familiar, el almirante Massera calificó la
situación de «una guerra por la libertad y contra la tiranía

... una guerra contra aquellos que están a favor de la
muerte librada por aquellos que estamos a favor de la vida.

... Combatimos contra nihilistas, contra agentes de la
destrucción cuyo único objetivo es la destrucción misma,
aunque lo quieran ocultar bajo la máscara de cruzadas
sociales».83


En los prolegómenos del golpe chileno, la CIA financió una
gran campaña propagandística que retrataba a Salvador
Allende como un dictador camuflado, como un maquiavélico
conspirador que se había servido de la democracia
constitucional para hacerse con el poder, pero que se
proponía instaurar un Estado policial al estilo soviético del
que los chilenos jamás podrían escapar.

En Argentina y Uruguay se presentó a los principales movimientos
guerrilleros de izquierdas —los montoneros y los tupamaros
— como amenazas tan graves para la seguridad nacional
que no dejaron otra opción a los generales que suspender
la democracia, hacerse con el Estado y usar los medios que
fueran necesarios para aplastarlos.


En todos los casos, la amenaza fue o bien brutalmente
exagerada, o bien totalmente inventada por las juntas.
Entre muchas otras revelaciones, la Investigación que llevó
a cabo en 1975 el Senado de Estados Unidos descubrió que
los propios informes de los servicios de inteligencia
estadounidenses mostraban que Allende no suponía
ninguna amenaza para la democracia
.84

Por lo que se
refiere a los montoneros argentinos y los tupamaros
uruguayos, eran grupos armados con un importante apoyo
popular, capaces de lanzar atrevidos ataques contra
objetivos militares y empresariales. Pero los tupamaros
uruguayos estaban totalmente desarticulados para cuando
el ejército tomó el poder absoluto y los montoneros,
argentinos desaparecieron en los primeros seis meses de
una dictadura que se alargó durante siete años (por eso

156
Walsh tuvo que esconderse). Documentos desclasificados
por el Departamento de Estado estadounidense demuestran
que César Augusto Guzzetti, el ministro de Exteriores de la
Junta, le dijo a Henry Kissinger el 7 de octubre de 1976 que
«las organizaciones terroristas han sido desmanteladas» y
a pesar de ello la Junta seguiría haciendo desaparecer a
decenas de miles de ciudadanos después de esa fecha.85

Durante muchos años el Departamento de Estado también
presentó las «guerras sucias» del Cono Sur como igualadas
batallas entre los militares y peligrosas guerrillas, una lucha
que a veces se les iba de las manos a las juntas pero que
aun así valía la pena apoyar militar y económicamente.
Cada vez hay más pruebas de que en Argentina, al igual
que en Chile, Washington sabía que estaba apoyando un
tipo de operación militar muy distinta.

En marzo de 2006 el Archivo de Seguridad Nacional de
Washington publicó las actas recién desclasificadas de una
reunión del Departamento de Estado que tuvo lugar sólo
dos días después de que la Junta argentina perpetrase su
golpe de Estado en 1976. En la reunión, William Rogers,
subsecretario de Estado para América Latina, le dice a
Kissinger que «es de esperar que haya bastante represión,
probablemente mucha sangre, en Argentina muy pronto.

Creo que van a tener que dar muy duro no sólo a los
terroristas sino también a los disidentes de los sindicatos y
a sus partidos».86

Y así fue. La inmensa mayoría de las víctimas del aparato
del terror del Cono Sur no eran miembros de grupos
armados sino activistas no violentos que trabajaban en
fábricas, granjas, arrabales y universidades. Eran
economistas, artistas, psicólogos y gente leal a partidos de
izquierdas. Les mataron no por sus armas (que no tenían)
sino por sus creencias. En el Cono Sur, donde nació el
capitalismo contemporáneo, la «guerra contra el terror» fue
una guerra contra todos los obstáculos que se oponían al
nuevo orden.


157
NOTAS
capítulo 3
Estados de shock: el sangriento nacimiento de la
contrarrevolución

1. Nicolás Maquiavelo, The Prince, trad. W. K. Marriott,
Toronto, Alfred A. Knopf, 1992, pág. 42 (trad. cast.: El
príncipe, Pozuelo de Alarcón, Espasa-Calpe, 2006).

2. Milton Friedman y Rose D. Friedman, Two Lucky People:
Memoirs, Chicago, University of Chicago Press, 1998, pág.
592.

3. Batalla de Chile [documental en tres partes] compilado
por Patricia Guzmán, producido originalmente en
1975-1979, Nueva York, First Run/Icarus Films, 1993.

4. John Dinges y Saúl Landau, Assassination on Embassy
Row, Nueva York, Pantheon Books, 1980, pág. 64.
5. Report of the Chilean National Commission on Truth and
Reconciliation, vol. 1 , trad. De Phillip E. Berryman, Notre
Dame, University of Notre Dame Press, 1993, pág. 153;
Peter Kornbluh, The Pinochet File: A Declassified Dossier on
Atrocity and Accountability, Nueva York, New Press, 2003,págs. 153-154.

6. Kornbluh, The Pinochet File, op. cit., págs. 155-156.
7. Estos números son objeto de debate porque el gobierno
militar era famoso por encubrir y negar sus crímenes.
Jonathan Kandell, «Augusto Pinochet, 91, Dictator Who
Ruled by Terror in Chile, Dies», New York Times, 11 de
diciembre de 2006; Leslie Bethell (comp.), Chile Since
Independence, Nueva York, Cambridge University Press,
1993, pág. 178; Rupert Cornwell, «The General Willing to
Kill His People to Win the Battle against Communism»,
Independent (Londres), 11 de diciembre de 2006.

8. Juan Gabriel Valdés, Pinochet's Economists: The Chicago158
School in Chile, Cambridge, Cambridge University Press,1995, pág. 252.
9. Pamela Constable y Arturo Valenzuela, A Nation of
Enemies: Chile Under Pinochet, Nueva York, W. W. Norton& Company, 1991, pág. 187.
10. Robert Harvey, «Chile's Counter-Revolution», The
Economist, 2 de febrero de 1980.
11. José Piñera, «How the Power of Ideas Can Transform a
Country», sepinera.com>.
12. Constable y Valenzuela, A Nation of Enemies, op. cit.,págs. 74-75.
13. Ibídem, pág. 69.

14. Valdés, Pinochet's Economists, op. cit., pág. 31.
15. Constable y Valenzuela, A Nation of Enemies, op. cit.,pág. 70.
16. El único arancel de Pinochet fue una tarifa de un 10% a
las importaciones, cosa que no constituye una barrera al
comercio sino un impuesto de importación de poca monta.
André Gunder Frank, Economic Genocide in Chile:
Monetarist Theory Versus Humanity, Nottingham, Reino
Unido, Spokesman Books, 1976, pág. 81.

17. Es una estimación conservadora. Gunder Frank escribe
que durante el primer año de gobierno de la Junta la
inflación alcanzó el 508 % y puede que se acercara al 1.000
% en lo relativo a las «necesidades básicas». En 1972, el
último año del gobierno Allende, la inflación fue del 163 %.
Constable y Valenzuela, A Nation of Enemies, op. cit., pág.170;
Gunder Frank, Economic Genocide in Chile, op. cit.,pág. 62.

18. Qué Pasa (Santiago), 16 de enero de 1975, citado en
Gunder Frank, Economic Genocide in Chile, pág. 26.
19. La Tercera (Santiago), 9 de abril de 1975, citado en159
Orlando Letelier, «The Chicago Boys in Chile», The Nation,
28 de agosto de 1976.
20. El Mercurio (Santiago), 23 de marzo de 1976, citado en ibídem.
21. Qué Pasa (Santiago), 3 de abril de 1975, citado en ibídem.
22. Friedman y Friedman, Two Lucky People, op. cit., pág.399.
23. Ibídem, págs. 593-594.
24. Ibídem, págs. 592-594.
25. Ibídem, pág. 594.

26. Gunder Frank, Economic Genocide in Chile, op. cit.,pág. 34.
27. Constable y Valenzuela, A Nation of Enemies, op. cit.,págs. 172-173.
28. «En 1980 la inversión pública en sanidad había
descendido un 17,6% comparándola con la de 1970 y la de
educación en un 11,3 %». Valdés, Pinochet's Economists,
op. cit., págs. 23 y 26; Constable y Valenzuela, A Nation of
Enemies, op. cit., págs. 172-173; Robert Harvey, «Chile's
Counter-Revolution», The Economist, 2 de febrero de 1980.

29. Valdés, Pinocbet's Economists, op. cit., pág. 22.
30. Albert O. Hirschman, «The Political Economy of Latin
American Development: Seven Exercises in Retrospection»,
Latin American Research Review, vol. 12, n°3, 1987, pág.15.
31. Public Citizen, «The Uses of Chile: How Politics
Trumped Truth in the Neo-Liberal Revisión of Chile's
Development», proposición de debate, septiembre de 2006,
.
160

0 comentarios - Doctrina Shock pg141-160 -repost privado-