Este es un post dedicado la cancion de Leongieco "Bandidos Rurales" donde habla de personajes de la historia Argentina. Me parecio muy interesante las historias y trate de hubicarlos a todos los que nombra el tema, pero no pude. Si quieren pasen el dato que asi puedo terminar el post. Mucas gracias a los que comentan y espero que les resulte util



Bandidos Rurales (Leon Gieco) Las Historias


BANDIDOS RURALES - Leon Gieco


Nacido en Santa Fe en 1894,
cerca de Cañada, de inmigrantes italianos
Juan Bautista lo llamaron, de apellido Bairoletto
Bailarín sagaz, desafiante y mujeriego
Winchester en el recado, dos armas cortas también,
un cuchillo atrás y un caballo alazán
Raya al medio con pañuelo, tatuaje en la piel,
quedó fuera de la ley, quedó fuera de la ley

Se enamoró de una mujer que pretendía un policía
lo golpeó, lo puso preso un tal Farach Elías
Andate de Castex le dijo, aquí tenemos leyes
Corría el año 1919
Antes de irse, fue al boliche a verlo al fulano
Con un 450 belga, revólver en mano
Le agujereó el cuello y lo dejo tirado ahí
Ahora sí fuera de la ley, ahora sí fuera de la ley

Bandidos rurales, difícil de atraparles
Jinetes rebeldes por vientos salvajes
Bandidos populares, difícil de atraparles
Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie

Por el mismo tiempo hubo otro bandolero
Por hurtos y vagancia, 19 veces preso
Al penal de Resistencia lo extradita el Paraguay
Allí conoce a Zamacola y Rossi por el 26
1897 en Monteros, Tucumán,
el día 3 de marzo lo dan por bien nacido
Segundo David Peralta, alias Mate Cocido,
también fuera de la ley, también fuera de la ley

Entre Campo Largo y Pampa del Infierno
el pagador de Bunge y Born le da 6000 por no ser muerto
Gran asalto al tren del Chaco, monte de Saenz Peña,
Anderson y Clayton firma algodonera
45.000 a Dreyfus le sacaron sin violencia
El gerente Ward de Quebrachales 13.000 le entrega
Secuestro a Negroni, Garbarini y Berzon
Resistió fuera de la ley, resistió fuera de la ley

Bandidos rurales, difícil de atraparles
Jinetes rebeldes por vientos salvajes
Bandidos populares, difícil de atraparles
Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie

Bairoletto cae en Colonia San Pedro de Atuel,
el ultimo balazo se lo pega él
El Ñato Vicente Gascón, gallego de 62,
con su vida en Pico pagó aquella traición
Sol, arena y soledad, cementerio de Alvear,
en su tumba hay flores, velas y placas de metal
El ultimo romántico lo llora Telma, su mujer,
muere fuera de la ley, muere fuera de la ley

No sabrán de mí, no entregaré mi cuerpo herido,
Quitilipi, Machagay, ¿donde está Mate Cocido?
Corría el 36 y lo quieren vivo o muerto
2.000 de recompensa, se callan los hacheros
Logró romper el cerco de un tal Cáceres torturador
de Gendarmería que tenía información
Herminia y Ramona dudan que lo hayan matado
a éste fuera de la ley, a éste fuera de la ley

Bandidos rurales, difícil de atraparles
Jinetes rebeldes por vientos salvajes
Bandidos populares, difícil de atraparles
Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie

En un lugar neutral, creo que por Buenos Aires,
se conocen dos hermanos de este barro, de esta sangre,
y dejan un pedazo del pasado aquí sellado
y deciden golpear al que se roba el quebrachal
Por eso las dos bandas cerquita de Cote Lai
mataron a un tal Mieres, mayordomo de La Forestal
Se rompió el silencio en balas, robo que no pudo ser
Dos fuera de la ley, dos fuera de la ley

Martina Chapanai, bandolera de San Juan,
Juan Cuello, Juan Moreira, Gato Moro y Brunel,
El Tigre de Quequén, Guayama el Manco Frías,
Barrientos y Velázquez, Cardoso y Cubillas,
Gaucho Gil, José Dolores, Gaucho Lega y Alarcón,
bandidos populares de leyenda y corazón
Queridos por anarcos, pobres y pupilas de burdel
Todos fuera de la ley, todos fuera de la ley

Bandidos rurales, difícil de atraparles
Jinetes rebeldes por vientos salvajes
Bandidos populares, difícil de atraparles
Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie



link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=Sm2tbqIcqzk


Un Poco de Historia
Hacia fines del siglo XIX, en un país donde la (de)generación del ´80 había trazado las líneas fundamentales del discurso racista sarmientino, en la nefasta antinomia civilización-barbarie, hoy actualizada bajo el maniqueísmo de piqueteros-ciudadanos (Repetto y Bompadre, 2004) en el marco de la ideología de la inseguridad (Wacquant, 1999; Pita, 1999; Zamorano, 2000; Biscay, 2002; Bompadre, 2004b). La región dónde Vairoleto se construiría un lugar dentro del mito de los bandidos que “robaban a los ricos para ayudar a los pobres” (Chumbita, 1974:8), había sido incorporada a la “civilización” dentro del proyecto político-económico más amplio, que decretaba el ingreso de la Argentina al mercado capitalista mundial como país proveedor de materias primas, fundamentalmente a las colonias inglesas del momento. En este sentido, para dar comienzo al plan, se lleva a cabo un genocidio sobre el pueblo-nación indígena que fue mucho más allá de la apropiación de sus tierras. Si bien el proyecto capitalista está en marcha, no es menos cierto que en estas regiones las prácticas cotidianas se acercaban más a una racionalidad de tipo feudal, con las características propias de la región. Las distintas vicisitudes (políticas, económicas, climáticas, etc.) se canalizaron en situaciones conflictivas, sobre las cuales en algunas oportunidades se hizo eco la prensa nacional (Asquini y otros, 1999).

La violencia que el nuevo orden económico-social estableció, fue acompañado no pocas veces con el brazo policial del poder, que fue asumiendo poco a poco un lugar de odio ante los ojos de campesinos, chacareros, puesteros, hacheros, peones, gauchos, paisanos, y pobres en general. El poder policial no sólo cometía abusos de menor entidad (prohibir pasar al galope frente a la Comisaría del lugar) sino que también aprendió a tejer una serie de relaciones de corrupción (Chumbita, 1974:13 y 1999:56; Etchenique, s/d), que en la actualidad se perfeccionaría con una exquisita racionalidad empresarial de recaudación ilegal y premios y castigos hacia dentro de la institución policial (Vallespir, 2002; Sain, 2002; Correpi, 2004a).




Juan Bautista Vairoleto


folklore

Juan Bautista Vairoleto se crió en la localidad pampeana de Eduardo Castex en una familia constituida por sus padres y hermanos (socialización familiar), fue a la escuela hasta 5º grado (socialización escolar), desarrolló múltiples trabajos (socialización laboral), incluso realizó el servicio militar en el Regimiento 2 de Caballería en las afueras de Ciudadela (provincia de Buenos Aires) donde aprendió y mejoró la técnica de tiro al blanco, y hasta llegó a estar preso en dos ocasiones en la cárcel de Santa Rosa (Chumbita, 1974 y 1999); es decir, lo que puede verse en la biografía de Vairoleto es una clara presencia socializante de las instituciones totales (Foucault, 2000). Pero también influyeron en él las historias que le contó Francisco Alcante sobre matreros y gauchos que se enfrentaban a los poderosos, como así también cierta predisposición al oficio de resero, debido a la libertad con que se lo podía ejercer. También aprendió de su padrino a ubicarse por las estrellas, interpretar el vuelo de los pájaros, comunicarse con los caballos, usar las boleadoras, conocer los caminos más olvidados y las rastrilladas indígenas (Chumbita, 1999); es decir que Vairoleto poseía muchas de las condiciones que se requerían en ese entonces para ser un bandido rural. La historia de Juan Bautista parece ser más la de una persona llevada paulatinamente por el destino y las circunstancias que le tocaron en vida, que por la decisión meditada y racional de una forma de vida elegida y libremente decidida: sus dotes de buen bailarín lo llevaron a ganarse el lugar de preferido entre una (“la Dora”) de las 45 pupilas que trabajaban en los tres prostíbulos castences, los que frecuentaban personalidades de todo tipo. Pero “la Dora” estaba en la mira del gendarme Farache, y los problemas por ganar el lugar se acrecentaron cuando el gendarme metió preso a Juan Bautista (bajo una causa falsa) para vengar sus amenazas incumplidas por nuestro bandido, y de paso despejar la ruta con la pupila en cuestión. Las crónicas populares cuentan que el policía lo montó con rebenque y espuelas (hasta hacerlo sangrar), aunque otras versiones indican que si bien el suceso fue cierto, no fue en esa ocasión ni en esa comisaría ni en ese pueblo (Chumbita, 1999:61). De cualquier forma, el hecho fue de un abuso y una violencia desmesurada que acabaría por sellar el destino de bala en la garganta del gendarme: nacía ese 4 de noviembre del año 1919 el mito de Juan Bautista Vairoleto. Sus hazañas, hechos, robos, atracos, venganzas, etc., son bastante conocidos, y han traspasado las fronteras de la provincia rápidamente. Lo que sí es preciso resaltar a los fines de este artículo es el concepto de la aceptación popular que tenía entre el pueblo, la decisión de robarles a los ricos y repartir entre los pobres, y la restauración del honor agraviado en muchos paisanos y chacareros por los poderosos (terratenientes, administradores, gerentes, comerciantes, políticos) y la policía.



David Segundo Peralta - MATA COCIDO

historia argentina

David Segundo Peralta, nacido en Monteros, provincia de Tucumán, que ingresa al Chaco en 1926 proveniente de la ciudad de Corrientes, se constituyó también en un adalid de amplios sectores marginales de la sociedad chaqueña. Al igual que Los Velásquez, se afirma que robaban a las multinacionales para ayudar a los desposeídos. Nada más alejado de la realidad. Prueba esta afirmación hechos como el de tener una cuenta en Caja Nacional de Ahorro y Seguros donde iban a parar los fondos obtenidos en los robos o secuestros y propiedades costosas en Córdoba, todas registradas con nombres falsos, además de comprobarse que utilizando un testaferro invirtió capital para la compra venta de ganado, luego de retirarse de la vida pública, a disfrutar de las pingues ganancias.
Respecto del alias se han tejido muchas conjeturas, y existen dos versiones sobre el origen de éste. El más conocido es aquel que intuyó un periodista del diario CRITICA de Buenos Aires, que observó una cicatriz en la frente. Asoció "mate" porque en el norte así se le llama a la cabeza. Esto ocurría en la década del 30. Es de hacer notar que en los prontuarios policiales de Tucumán, Córdoba y Santiago del Estero se registra la detención de David Segundo Peralta alias "Mate Cosido" y esto ocurría entre 1916 y 1924. Algunos investigadores serios, deducen que se le llamó así porque en su niñez, la madre llamaba a él y sus hermanos anunciando que la infusión estaba lista para tomar la merienda, ¡ mate cosido... mate cosido...
Durante su vida delictiva, utilizó varios nombres falsos, que se respaldaban en documentos apócrifos, otorgados por funcionarios corruptos. Entre ellos se puede citar: Julio del Prado, Manuel Bertolatti, José Amaya, Julio Blanco. Fue su característica no utilizar la violencia. Varias veces abortó asaltos, para evitar enfrentamientos abiertos con la policía. No por temor, simplemente era su manera de operar. Gozó siempre de la simpatía de mucha gente, que hasta deseaban que los visitara. Como se comportaba con humildad y educación, además de pagar generosamente los mínimos servicios recibidos, ganó popularidad y afecto. Sus escondites favoritos fueron la ciudad de Presidencia Roque Sáenz Peña, y Gancedo, aunque fue escenario de sus correrías toda la provincia del Chaco. La mayoría de las poblaciones importantes, fueron testigos de alguna acción de Mate Cosido.
Organizó una banda donde se rendía culto a la autoridad del jefe. Contó con muchos colaboradores, algunos: Eusebio Zamacola, Antonio Rossi, el Catalán Noy, el Chileno, Francisco Malatesta, Casimiro Ifrán, Pampita, el Tata Miño, Marcelino Peralta, Cardocito. Además de robar tendiendo emboscadas en los caminos o trenes a pagadores de grandes empresas multinacionales acopiadoras de algodón y del sector forestal, a fuertes ganaderos o comerciantes, realizó secuestros que le reportaron importantes sumas de dinero. Se desplazaba por los caminos vestido a la usanza de peones rurales o como viajante de joyería en las ciudades, lo cual no despertaba sospechas. El bandido pampeano Juan Bautista Bairoletto tuvo un encuentro con él para asaltar una fábrica de tanino, que abortó Peralta por diferencias en los métodos a utilizar. El pampeano realizó igual el asalto que no dejó ganancias y sí un empleado muerto en el tiroteo. Sorpresivamente en 1939 abandona la vida pública, perdiéndose todo rastro de su paradero. Solo se conocen especulaciones respecto de su destino. El cancionero popular le ha dedicado varios chamamés en su honor, que lograron singular repercusión.


Martina Chapanay

Leon Gieco

Martina Chapanay fue una luchadora de San Juan que lucho junto a su banda (integrada por su esposo y demás campesinos de la zona) por el caudillo riojano Facundo Quiroga.

Según algunas versiones fue esclava de una familia adinerada en su juventud pero esto no está del todo claro. Fue oficial del ejército libertador de San Martín. Admirada por su valor, por este último y los trabajadores rurales de la zona. Se cree también que su apellido fue adquirido debido a la zona donde residía su familia en Mendoza, donde hoy se encuentra la localidad de Chapanay. Una prueba de que el coraje y el valor no solamente está en los hombres, incluso en la antigüedad.

Su padre fue Juan Chapanay, un cacique toba que se refugió entre los indios huarpes, en el actual Departamento de Lavalle, Mendoza. Su madre era una cautiva blanca llamada Teodora, que crió a la hija con dedicación, tal es así que la casa de Martina se transformó en escuela para los níños del lugar. Cuando era adolescente, Martina se destacaba por sus actitudes de jinete y cuchillera, su habilidad para hacer galopar burros en los arenales, pialar terneros, cazar animales y nadar como un pez.

Cuando murió su madre, su padre la entregó a Clara Sánchez, de la ciudad de San Juan, que la educó con rigor. Sin embargo, Martina logró escapar, encerrando a toda la familia en la casa.

A partir de ese momento, Martina vivió con los huarpes y se transformó en ladrona y asaltante de caminos, repartiendo lo que robaba entre los más pobres. Luego convivió con Cruz Cuero, un bandido, y junto a él formaron una banda que asoló la región por años, e incluso atacaron la Iglesia de la virgen de Loreto en la provincia de Santiago del Estero. Esta relación con Cruz terminó en una tragedia ya que Martina se enamoró de un joven extranjero que secuestraron; Cruz golpeó a Martina y mató al joven de un balazo, pero Martina mató a Cruz con una lanza y quedo come jefa de la banda.

Sucesivamente, Martina se unió con sus secuaces al caudillo Facundo Quiroga, y combatió en el Ejército de los Andes, comandado por José de San Martín, hasta terminar la guerra de la independencia. Martina continuó luego luchando al lado de los caudillos Quiroga y Peñaloza, hasta que le ofrecieron el indulto y un cargo de sargento mayor en la policía de San Juan. En ese cuerpo militar se encontraba el oficial que había matado a Peñaloza por la espalda, y Martina lo retó a duelo; este duelo no tuvo lugar porque el oficial se descompuso por el miedo y pidió la baja. Se cuenta que otro oficial sanmartiniano, el cura Elacio Bustillos, cubrió la tumba de Martina con una laja blanca, sin ninguna inscripción, ya que “todos saben quién esta allí”.

El siguiente es un fragmento de La Mulata Martina, un relato de ficción sobre Martina Chapanay que integra el libro Cuentos de la Mendoza Marginal del periodista y escritor José Baidal.

"La Martina era una mulata de averías, jinetaza y cuchillera, que supo tener a mal traer a los que se pasaban con ella. Descontenta y sin saber qué era lo mejor, vivía en el barrio La Chimba, entre la actual los Pescadores (hoy Coronel Díaz) y el Canal Zanjón.

"Era machaza de verdad y más de una vez no sacó el cuchillo para defenderse, por que le sobró con un puñetazo para voltear al más zafado. Un día se topó con el Cruz Cuero, jefe de bandidos montoneros que se ocultan en medanales de lo que hoy es Lavalle y sólo salían de allí a robar. No entendió cuando él le dijo que conocía su fama y venía a llevársela. Ni tampoco le dio al Cruz Cuero para sacar la daga; extrajo la suya rápidamente, le aplicó un planazo y le buscó la panza. Desorientado el bandido sólo atinó a defenderse cuerpeándole a la morena, para luego, desde lejos, decirle entre carcajadas, que parara la mano, porque él quería arrimarse a ella, pa vivir juntos, pues. La mulata vestía blusa, bombacha de gaucho y botas de cuero. Dijo, mientras guardaba el cuchillo: eso ya es otra cosa.

"Y se juntaron nomás. Se quedaron en La Chimba, más bien en la calle de Los Pescadores, haciéndose clientes de la pulpería y de los patios con fiestas campestres (...). Cruz Cuero con sus antecedentes y costumbres pronto encontró dificultades, y con la mulata regresó a las lagunas, junto al bandidaje que se escondía en los bosque de centenarios algarrobos, entre los médanos de ese desierto que todavía existe (...).


"Allí la mulata peleó junto a su compañero, en asaltos a viajeros de la zona. La pareja se afincó en Lagunas del Rosario, donde ya se había levantado la capilla con ese nombre y el cementerio, junto al cual se eleva todavía, un algarrobo secular al que los lugareños llaman desde entonces, "el árbol de la Justicia y de los Suplicios". En una gruesa rama de éste se ahorcaba a los condenados a muerte y en el tronco - que tenía un cepo - se torturaba a los forajidos. La mulata, preocupada por los sobresaltos que de continuo le producían las corridas policiales, decidió que en alguna otra parte podría cambiar de vida.

"En las Lagunas del Rosario, con el tiempo, también se ocultarían llaneros que huían de La Rioja, como José Manuel Cornejo, Estanislao Gil, Cruz Albino y hasta el mismísimo y tan temido capitán Guayama.

"Le extasiaba el caos del desierto, le agradaba también su gente, se hubiera quedado allí para siempre, pero otros acontecimientos, como anticipándose a sus anhelos, dispararon sus dudas y causaron su futuro.(...)

"Un día, tras otro de los ya mentados asaltos, la Mulata vio cómo una de las partidas daba muerte a Cruz Cuero. Salvóse ella saltando como una fiera sobre los sorprendidos milicos, con su cuchillo cruzando el aire a diestra y a siniestra.

"“No se dio por vencida y reorganizó la banda, capitaneándola por mucho tiempo. La dirigió en muchos otros atracos, protegida por la gente humilde a la que entregaba lo producido de los robos. Pero un día, contemplando el Algarrobo de la Justicia y de los Suplicios, se le dio en pensar si alguna vez no le tocaría a ella ser colgada allí. No tuvo miedo. Sí una clara visión de la realidad y una rara sensación de disconformismo. Además, ya nada sería igual sin el Cruz Cuero.

"“Dejó en libertad de acción a la banda y volvió a la Chimba. Al verse nuevamente en lo suyo, supo que sería otra persona. Advirtió que casi no quedaban hombres jóvenes. Se habían ido a El Plumerillo, donde un general organizaba las fuerzas que liberarían a Chile y al Perú. Fue una revelación. Hacia allí se dirigió al galope de su caballo, urgida por algo desconocido. Y ofreció sus servicios a un extraño y admirado general San Martín, quien la nombró chasqui del ejército. Así nació otra vida, también llena de peligros y de hazañas, pero recompensada con el honor. Y galopó sin descanso en su montado día y noche, llevando y trayendo mensajes para el general San Martín. Se ganó el respeto de jefes y de soldados y lucía con orgullo la chaqueta de oficial que el General le había regalado, bombacha de paisano, botas de charol con espuelas. También supo cargar sable, se hizo diestra en el manejo del fusil, y hasta aprendió a disparar un cañón, pero sin dejar a su última amiga la daga, que llevaba metida en su bota, lista para ser usada.

"San Martín estaba sorprendido de su eficiencia y contemplándola con su mirada de águila, un día que salía a la carrera de su flete con otro mensaje, se dijo que mujeres así necesitaba la Patria. Mujeres como ésa -que ahora descansa de su azarosa vida protegida por la Historia- como esa, como la de Martina Chapanay".





Juan Cuello

Juan Cuello era un criollo de de tez blanca, buen mozo. Alto moreno, su porte, el de un hombre seguro y arrojado, buen jinete hábil con las armas (boleadoras, facón, trabuco), temerario.
Gustaba de guitarreadas y era enamoradizo, en 1849 tuvo un romance con una joven, que también pretendía un ayudante del Cuerpo de Serenos, debido a este incidente Cuello se convirtio en el enemigo de la policía rosista, una noche al ir a ver a la muchacha fué atacado por la mazorca, al ser hábil y rápido con el facón superado por la desventaja numérica, fue atrapado pero sobrevivió, matando a dos policías.

Llevado al cuartel y a la espera de que se firmase la orden de fusilamiento, se dio por enterado el gobernador de lo sucedido y como necesitaba gente para reclutar, retiró la sentencia y ordenó que se uniera a las fuerzas militares. Por una malintencionada jugarreta de los amigos del ayudante (al que Cuello había quitado la novia) acusándolo de haber roto unas plantas del jardín de Rosas, fue castigado a longazos y puesto en el cepo, al salir del castigo huyó del regimiento convirtiéndose en desertor.

Al huir fue en busca de su enamorada, encontrándose con ésta y con su rival, los dos hombres comenzaron a pelear y Cuello mató al policía. Enterándose de lo sucedido en la comisaría el comisario mandó a detener al gaucho y sus cuatro compañeros, los cinco intentaron huir de la provincia pero fueron encontrados por un batallón, por lo cual se desató una batalla resultando muerto el capitán del escuadrón. Luego sumó otro amor prohibido, la hija del sargento de la mazorca y prometida del coronel Ciriaco Cuitiño jefe de Serenos, Margarita Oliden. En 1850 fue declarado "enemigo público".

Cuello estuvo perseguido por mucho tiempo, era encontrado en alguna campaña ofrecía lucha y escapaba, al igual que muchos desertores, busco refugio en las tolderias del cacique Mariano Moicán, alli se enamoró de la hermana del cacique, Manuela Díaz, en diciembre de 1951 la comunidad fue a una carrera de caballos en redededores de Azul donde Manuela fue seducida por un policía que le ofrecía una recompensa de cien mil pesos a cambio de que lo entregara, Manuela aceptó, emborracho a Cuello y lo enlazo, pero luego Manuela también fue traicionada por otro miembro de la tribu, que la mató y entrego a Cuello al cuartel.
Fue fusilado el 27 de diciembre de 1851 en Santos Lugares, la orden la impartió Juan Manuel de Rosas. Cuitiño el prometido de Margarita, fue fusilado junto con varios mazorqueros tras la derrota de Rosas en Caseros en 3 de febrero de 1852.
El gaucho se convirtió en un héroe romántico, debido a sus amoríos y aventuras, especialmente admirado por los porteños.




Felipe Pacheco - EL TIGRE DE NEUQUEN

Felipe Pacheco nació en Buenos Aires en 1827 y creció en el barrio de Palermo, según el autor de “El tigre del Quequén” un libro de poemas en verso escrito por Hilarión Abaca en el año 1920 y editado por Alfonso Longo en la ciudad de Rosario ...Felipe era una de esas/ criaturas desgraciadas/ que nacen predestinadas/ a padecer y llorar...

Sus inicios
De los poemas de Abaca se desprende que a Pacheco no se le conocieron padres ni ningún otro familiar y que fue criado por Gregoria Rozas, una mujer de buena posición económica que lo maltrató física y psicológicamente. Ya de muy joven, “El Tigre” se vio involucrado en peleas con otros malevos de la época. Hilarión destaca las que tuvo en defensa personal con “El Tuerto” y con “El Negro de Olivos”, a quienes decidió no matar a pesar de haber tenido todas las posibilidades de hacerlo.
Marcos, el mejor amigo de Pacheco, le sugirió que se fuera de Palermo porque las peleas que había tenido eran motivo suficiente para que lo buscase la policía. Y así lo hizo. “El Tigre” y su amigo partieron rumbo a Chascomús, donde aparentemente trabajaron como domadores de caballos, animales que a Felipe le habían interesado desde muy chico.

Pasado Militar
En aquella ciudad Pacheco se vio rápidamente enredado en problemas relacionado con las carreras de caballos, según Abaca, nunca por su culpa, pero lo cierto es que tuvo algún enfrentamiento violento que derivó en una nueva fuga junto a su inseparable amigo Marcos. En la huida fueron a parar a Ensenada. Allí conoció a Juana, con quien tuvo dos hijos, una mujer y un varón al que llamaron Marcos, probablemente en homenaje al amigo de “El Tigre”.

Felipe y Juana vivieron juntos en una estancia donde éste domaba caballos. En ese período Pacheco y su amigo ingresaron al ejército de Urquiza para combatir contra Rosas. En una de las batallas Marcos calló muerto. Pacheco había sido convocado al ejército de Urquiza por Miguel Martínez de Hoz, quien más tarde sería nombrado Juez de Paz en el Moro y lo llevaría allí como su sargento. El lugar era asolado por ladrones y asesinos de toda clase, a los que ”El Tigre”, por orden del Juez de Paz, los detenía o corría del lugar.

Problemas con la ley
Tiempo después, cuando Martínez de Hoz ya no era Juez de Paz, Felipe Pacheco fue encarcelado en Dolores y posteriormente sentenciado a pena de muerte. Abaca no explicita en su libro las causas que motivaron su detención, solo dice que levantaron cargos contra el un comisario y dos gauchos.

El día en que iba a ser asesinado, Pacheco logra escaparse y vuelve con su mujer, quien le advierte que la policía también quería matar a sus hijos, cosa que finalmente no sucede, pero que sirve como disparados del deseo de venganza de “El Tigre”. Perseguido por la autoridad, el gaucho atraviesa la ciudad de Buenos Aires en dirección sur hasta dar con el famoso escondite a la orilla del río Quequén Salado.

Distintas versiones
Otra versión, menos novelesca que la anterior, da cuenta que El Moro era una estancia propiedad de Martínez de Hoz, a la cual “El Tigre” fue a trabajar como premio por su buen servicio durante las batallas contra Rosas. Aparentemente allí tuvo problemas con un capataz llamado Jorge Rodríguez, a quien asesinó, escapando del lugar. También se ha dicho que Felipe Pacheco no enfrentó a los soldados de Rosas formando parte de los bandos de Urquiza, sino que se peleaba con ellos en encuentros casuales en pulperías, tal como los que solía tener con otros malevos.

Las crónicas periodísticas son las encargadas de mostrar a un Pacheco bien diferente del que describen los versos de Hilarión Abacá e incluso llegar a lanzar críticas muy ácidas hacia una novela sobre el gaucho escrita por Eduardo Gutiérrez, en la cual también se habla bien de “El Tigre”, según la versión periodística de los hechos Felipe Pacheco inició su carrera delictiva a muy temprana edad, siendo las pulperías y boliches de lugares como Balcarce, Lobería, Necochea y Quequén “los escenarios de hechos que habrían de definir sus condiciones de compadrito, cuchillero y al mismo tiempo traicionero, a lo que unía un carácter altanero y provocador”, según relata un artículo del cual no podemos precisar fecha ni origen, aunque evidentemente fue escrito en el siglo XX.

Este accionar derivó en que las autoridades expulsaran a Pacheco de la zona, tras lo cual no se supo de él por mucho tiempo. No obstante los escasos pobladores de la región temían que en el momento menos esperado “El Tigre” reapareciera para robar o matar.

Su Fama
Felipe Pacheco habría encontrado refugio en margen del río Quequén Salado entre los años 1860 y 1875, en oportunidad de cumplir trabajos como arriero en los campos de José Zubiaurre, en la zona de lo que hoy es partido de Coronel Dorrego.

La fama del delincuente y hombre peligroso que había alcanzado el gaucho era motivo más que suficiente para que se le atribuyeran crímenes que jamás había cometido y esto sirvió para que las autoridades comenzaran a buscarlo con el fin de llevarlo preso. Luis Aldaz, a quien apodaba “el gorra colorada” era un comisario con tanta fama como Pacheco pero, lógicamente, había logrado ese reconocimiento trabajando del lado de los que luchaban contra personas como El Tigre”.

Fue precisamente Aldaz, el encargado de comandar la patrulla que finalmente detuvo a Pacheco. Los relatos antes citados señalan que “el gorra colorada” sabia que el delincuente se escondía en alguna parte del curso inferior del río Quequén salado, pero no le resultó nada sesillo atraparlo.

Su detención
El comisario y sus hombres buscaron a Pacheco durante varios días sin lograr resultados, inclusive estuvieron a punto de abandonar el rastreo. En realidad, era imposible que estos uniformados pudieran descubrir el escondite perfecto que “El Tigre” había hallado, a menos, claro está, que fuera él mismo quien los llevase hasta el lugar o que cometiera algún error.

Esto último fue justamente lo que sucedió. Felipe Pacheco tenía un perro, compañero inseparable en aquellas aventuras de vivir en el interior de una cueva, pero el can no siempre andaba junto a su amo de hecho, una noche se acercó al campamento de los policías que buscaban a Pacheco. Los uniformados temieron que el sabueso les comiera las pacas provisiones que les quedaba tras la larga búsqueda, y por ello fue que decidieron correrlo. Luego de transitar unos cuantos metros, las autoridades vieron como el animal se metía en el interior de un gran agujero junto a la barranca del río.

El tamaño de aquel hueco en la piedra y la presencia de un perro en la zona les hizo suponer que “El Tigre” podría estar oculto en ese lugar. Esa misma noche la patrulla se apostó entorno a la cueva y solo tuvo que esperar al amanecer para que Pacheco saliera del interior, luego de despertarse esa mañana.

La fecha exacta de la detención de “El Tigre” Pacheco no está muy clara, aunque podría haber sido en el año 1875. El encarcelamiento fue en Dolores, de donde salió en libertad cinco años después, en 1880.La tercera versión de la historia es la conocida por la señora Maria Salvatierra de Solfanelli, “Titina” para los conocidos tresarroyenses. Dos tíos abuelos de “Titina”, los que se llamaban Juan y Cipriano Salvatierra, fueron amigos personales de Felipe Pacheco y, según sus dichos, ninguno de los relatos difundidos seria verdaderos.

En su infancia “Titina” escucho cientos de veces la que seria la historia mas verídica sobre quien fue Felipe “El Tigre” Pacheco. Al parecer el famoso “Tigre” no había nacido pobre, sino todo lo contrario, Pacheco venia de una familia de muy buena posición económica, la que estaba vinculada con los mas altos jefes militares de la época. Según la misma versión, el hombre habría matado a un militar por algún problema entre ellos nunca revelado. Tras este hecho, Pacheco no tuvo más opciones que escapar, y habrían sido descendiente del mismísimo Manuel Dorrego quienes lo ayudaron, señalándoles las posibilidades de ocultarse en proximidades de sus campos, en un río en cuyas altas barrancas había cuevas tan grandes como una casa. Pacheco habría dado muerte a un policía que descubrió su escondite; esto derivó en la búsqueda que inicio el comisario Aldaz, el “Gorra Colorada” la que termino con su captura.



Olegario Alvarez - EL GAUCHO LEGA

Otro personaje mucho más mitológico tal vez, sobre todo por que en sus tierras la gente es mucho más creyente de leyendas urbanas y demás historias. Por lo cual en las historias que se contaban del “Gaucho Lega” hasta se l orelacionaba con animales, agrandando aún más su figura. En su ciudad, Saladas (Pcia. de Corrientes), el día 2 de noviembre se celebra el día de los muertos en su recuerdo Espero les guste…

El gaucho olegario alvarez, conocido como "Gaucho Lega", nació en Saladas en 1871. Preso y condenado por asesinato, logra evadirse de la Penitenciaria de la capital correntina en 1904. A partir de allí, integró una gavilla de matreros famosos en la región , junto al mentado Aparico Altamirano (otro "santo".

Convertido en gaucho matrero desde su temprana juventud, Olegario álvarez cosechó amores y odios.

La escritora Silvia Miguens narra la vida de este hombre que transitó un camino de rebeldía, signado por la violencia, y se hizo leyenda al amparo de la mitología correntina.

Cuando Nicolás Toledo y Paulina Álvarez engendraron a su hijo, el aire andaba enrarecido por el polvo que alzaban las tropas de Argentina, de Brasil y de Uruguay, que cabalgaban por los alrededores de Saladas, a 100 kilómetros de Mburucuyá, para embestir a las de Paraguay, durante la Guerra de la Triple Alianza. Nueve meses más tarde, corriendo ya el año 1871, el primer encantamiento de Olegario fueron los ojos de su madre. Tal vez por aquella primaria visión del mundo siempre se dio a conocer con el apellido materno, o puede que Nicolás Toledo no fuera más que uno de esos hombres de a caballo que van de paso. Para cuando Olegario nació, el aire no estaba enrarecido por las tropelías de las milicias. Inspiró profundo una oleada de heroísmo de esa tierra de héroes, y no sólo de los héroes que deambulaban por la zona, pues también en Saladas había nacido el sargento Cabral, que en el combate de San Lorenzo salvó de la muerte al general San Martín, otro correntino de ley.

Muchos niños, igual que Olegario, fueron forjados por las narraciones de sus mayores, susurradas en torno al fogón de las mateadas nocturnas. Acunado por mitos y leyendas, a la vera de los espíritus errantes y de los entreveros con las tropas de Rosas, nació y creció Olegario Álvarez, quien muy pronto, en su juventud, se convirtió en el Gaucho Lega, o Leguita. Imposible permanecer ajeno a ese caudillismo que convertía al entorno en un corral de riñas. Inquinas y resquemores eran parte del paisaje. La traición, la crueldad, los muertos devenidos en semidioses, mártires o delincuentes, según la corriente o la necesidad política. Muy de cerca le tocó ver un alzamiento en que la represión y el castigo fueron utilizados como escarmiento, la Matanza de Saladas, en octubre de 1891, que culminó poco después cuando, con el fin de conciliar la paz, se decretó una amnistía. Por esos días Lega tenía 18 años, y supo de inmediato de qué manera el grupo político vencido pasaba de la amnistía al degüello. Y del degüello al mito. Al año de la matanza era sargento de policía, y pertenecía al Partido Colorado.

Olegario fue parte de esa clase social marginada y pueblerina, de activos militantes políticos que se ganaban continuas persecuciones que terminaban llevándolos al pillaje, para sobrevivir. Tal vez porque se rebeló contra el vasallaje de los señores feudales de la zona, esa actitud desafiante y libertaria hizo que fuera considerado de un valor sin límite. Y, como sucedió con el Gauchito Gil y con Altamirano, todos piragües, es decir colorados, los estandartes, claveles, cintas y elementos de culto con que le rinden homenaje y se adornan los santuarios, son rojos. Por su filiación autonomista. Claro que también existen "santos celestes", del Partido Liberal, como Francisco José López en la zona de Esquina. Pero en el caso de Lega, era colorado y fue en uno de esos confusos episodios de comité cuando mató a un hombre. Poco después, en un duelo criollo, dio muerte a otro gaucho, a quien llamaban Poncho Café.

Fue apresado en Curuzú Laurel, entre San Miguel y Loreto, enviado a los Tribunales de Corrientes y sentenciado a cadena perpetua. En la cárcel se relacionó con Aparicio Altamirano y con Adolfo Silva. Los tres se volvieron inseparables hasta que, un martes de carnaval de 1904, huyeron aprovechando una fuga masiva de presos. Al poco tiempo se les atribuía, entre otros delitos, el de asaltar una estancia, asesinar al propietario, su esposa e hijos, y colgar sus cabezas del alambrado. Y así continuaron sus días, en estado de rebeldía. Fueron épocas de corridas y dicen que de transmutaciones, a la sombra y al reparo de los quebrachales y de los pastos que bordean los esteros. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní. Puede que no hayan sido pocas las veces en que se lo vio, convertido en un yaguareté que va olisqueando los alrededores en busca de la presa y con sed de venganza, mientras atraviesa el bosque húmedo y las palmeras de Yatay, en las cercanías de Saladas, Concepción, San Roque y Mburucyá, propiciando igual que siempre lo que está a su alcance para ayudar a la gente.

En cuanto al amor, Lega tampoco se quedó corto con la leyenda y el romanticismo. Un atardecer, amparado por las sombras y el canto de los primeros pájaros nocturnos, dejó su caballo detrás de la casa de un tal Lafuente, oficial primero de policía, y como un yaguareté que ha tomado las mañas de su perseguidor, un cazador de aguada, esperó que el oficial vaciara la botella de ginebra y, sólo cuando notó que la autoridad se había dormido, Olegario sigilosamente fue al rescate de su novia, Ángela Alegre. La muchacha permanecía recluida desde que Lega escapó de la cárcel. La sola sonrisa y el beso de Ángela justificaron la imprudencia de acercarse de nuevo a Saladas, donde era buscado y fácilmente reconocible. Dicen que Ángela se quedó junto a él hasta el mismito momento, el 2 mayo de 1906, en que una partida policial terminó con la vida de Olegario Álvarez, y también con la de Adolfo Silva, en el paraje denominado Juru'i, en Rincón de Luna. Aparicio Altamirano pudo escapar y fue muerto en 1932.

Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní.

Leguita, con apenas 35 años fue acribillado a balazos por la Policía, que dio cuenta de su muerte con gran alarde. Como contrapartida, de inmediato Lega renació como mártir legendario y gaucho milagroso. La imaginación pueblerina fue dando fe de sus milagros. Los motivos para su devoción empiezan justamente ese día, porque cuando la Policía bajó el cadáver, atado al caballo, el cuerpo emitió unos quejidos, tal vez por el aire aún en los pulmones y expulsado, o tal vez porque así estaba escrito. Se dijo que aún estaba vivo. En el patio de la comisaría, sólo después del largo traslado de su cuerpo a lomo de caballo, le quitaron el Kurundu, un amuleto con forma de campana confeccionado por el abá payé (hechicero). Según cuenta la leyenda guaraní, gracias al payé y pese a haber sufrido heridas de gravedad en muchas ocasiones, Lega no moriría hasta que se lo quitaran. Él mismo, dicen, pidió a sus captores que se lo sacaran para poder morir en paz. Lo que no les dijo era en qué momento lanzaría su último aliento.

Todos los lunes la tumba de Lega en cementerio de la Saladas es visitada por los creyentes. La tumba está pintada de rojo con una sola inscripción "O.A. 2 de mayo de 1906 a los 35 años". Los visitantes tienen también alguna prenda roja y depositan ofrendas, prenden velas de raros formatos. Las cintas pueden ser tomadas siempre que se las reponga: tienen poder para curar enfermedades y aliviar dolores. En sus extremos llevan bordadas las iniciales "O.A."

rock



Isidoro y Claudio Velázques - LOS VENGADORES

gauchos

Isidro Velázquez nació el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, Corrientes, hijo de Feliciano y Tomasa Ortiz. El año 1961 lo encuentra con su mujer y sus cuatro hijos en Colonia Elisa, Chaco, trabajando como peón rural, siendo considerado como el mejor baqueano, rastreador y cazador de los esteros y los montes.
Ese hombre alto, delgado, de rostro enjuto y mirada penetrante que era aceptado como buen vecino, asistía a las reuniones periódicas de la Cooperadora Escolar de Colonia Elisa hasta que un día, por alguna razón no muy clara, comenzó a ser hostigado por la policía y así, quien durante más de treinta años había sido humilde pero honrado, se había convertido de pronto en un peligroso delincuente.
En su prontuario figuraban tres causas abiertas en 1961 por robos y hurtos, y una cuarta por evasión las autoridades aseguraban que esos primeros delitos fueron reales, pero la gente decía que no, que Velázquez sufrió un hostigamiento injustificado de la policía que culminó con el encarcelamiento, su fuga y el comienzo de la historia de El Vengador.

Fuera de la ley

Queda claro que cuando Velázquez escapó de la cárcel de Colonia Elisa ya había tomado la decisión que lo empujó hacia el monte, hacia el delito y la clandestinidad, tras las mismas sendas que veinte años antes habían transitado Zamacola, Bairoleto y el famoso Mate Cosido.
Pero no solamente lo protegieron la vegetación y la geografía indómita del Chaco.
Miles de peones golondrinas habían emparentado su impotencia con la rebeldía de El Vengador, muchos provenían, como él, de Corrientes, otros de Santiago del Estero y Paraguay y, arrojados a su suerte, ni podían regresar a sus hogares ni encontraban trabajo debido a las secuelas de la crisis del tanino y al comienzo de la crisis algodonera que los condenaba a deambular por la provincia sufriendo las miserias de la desocupación, y es precisamente entre los hacheros desocupados, los golondrinas y los indígenas, donde Isidro Velázquez encontró refugio cuando se alzó contra la ley junto con Claudio, su hermano menor.
Comenzaron a ser famosos por su puntería, y se fabulaba que los dos hermanos usaban indistintamente ambas manos para abrir fuego con sus revólveres calibre 38 largo, que llevaban enfundados bajos, al estilo de los pistoleros del cine americano.
En su prontuario iban anotándose nuevos pedidos de captura por robos, homicidios y atentados a la autoridad, y se agregaba: “Ambos se desplazaban cómodamente por todo el territorio chaqueño, protegidos por el monte, amparados en los rancheríos humildes donde entregaban a los necesitados parte de lo que obtenían en sus atracos espectaculares”.
El 25 de junio de 1962, los hermanos fueron sorprendidos en una picada en las afueras de Colonia Elisa por una patrulla policial armada con carabinas, metralletas y pistolas.
Los Velázquez respondieron el fuego con un Winchester y revólveres, eludiendo el cerco a pesar de la superioridad numérica de sus perseguidores.
Tres días después aparecieron en Colonia Popular y protagonizaron un tiroteo a caballo frente al destacamento policial. Un mes más tarde, el 23 de julio, irrumpieron en el bar del chino Chou-Pin, de Colonia Elisa, y se llevaron ocho mil pesos, “una radio a transistores, linternas, bebidas, alimentos envasados y también fiambres”.
El 25 de ese mes atracaron al estanciero José Vicente Barrios y el 12 de agosto irrumpieron en el almacén de ramos generales que regenteaba Antonio Marcelino Camps en Lapachito, a dos cuadras de la comisaría. Desmontaron frente al almacén y se dirigieron a paso seguro hasta la caja que atendía Teresa Octaviana, la hija del dueño.
“¿Vos Isidro? –dijo la muchacha– no es posible que nos hagas esto”.
Mientras hablaba intentó sacar un revólver pero Claudio la derribó de un culatazo. Se produjo luego un tiroteo donde murió un vecino y cuando ya se retiraban, desde la trastienda salió Jorge Anastasio Camps, el otro hijo del dueño, disparando su pistola.
Isidro no quiso usar su arma. Habían sido compañeros de la escuela primaria y juntos habían salido a cazar más de una vez. Pero Claudio respondió el fuego y el hombre se desplomó con un balazo en la cabeza.
La infatigable persecución de la policía ya estaba en marcha pero los hermanos no se escondían, “visitaban los boliches, a sus amigos y se exhibían por las calles de Colonia Elisa, La Verde, Zapallar, Colonias Unidas, Lapachito, Plaza y La Escondida sin que nadie se atreviera a denunciarles”, aseguraban algunas publicaciones de la época.
Claudio Velázquez tenía un año menos que Isidro, usaba sombrero paisano con ala ancha y ladeado sobre la derecha; solía entrar a los pueblos con su inseparable poncho colorado. “Me da suerte, si lo pierdo seguro que me atravesarán de un balazo” bromeaba con sus amigos.
Desde la capital chaqueña y localidades cercanas llegaron policías de refuerzo, pero las patrullas se empantanaron en los grandes esteros de la zona. El 22 de abril de 1963, La Razón titulaba: “Están cercados en un islote del Chaco dos hermanos bandoleros”.
Isidro y Claudio huían en un solo caballo entre pantanos y pajonales y en un sendero del monte se cruzaron con un anciano y su nieto. Isidro les dio diez mil pesos por el caballo y el anciano les indicó dónde estaban apostadas las patrullas. Así pudieron burlar a sus perseguidores.
El 21 de mayo Claudio decidió festejar el cumpleaños de Isidro y tomó por asalto el paraje de Costa Guaycurú.
Ocupó la carnicería y el almacén y convocó a los vecinos: “Tomen lo que quieran –les dijo– los hermanos Velázquez invitan y pagan. Quiero saber si la policía se anima a venir a buscarme”.
Pero esa altanería le costaría muy cara: Wenceslao Ceniquel, comisario, de Zapallar, reunió a sus hombres y marchó a Costa Guaycurú. Dos policías fueron heridos en el tiroteo pero allí murió Claudio atravesado de un balazo. Hubo otra víctima que en un primer momento se identificó con Isidro, aunque dos días después las autoridades debieron informar: “El Vengador” se había escapado otra vez, el otro caído se llamaba José Tolentino Vega.
Durante un año Isidro permanecería inactivo. Por razones opuestas, la policía y los paisanos esperaban su reaparición. Aunque algunos comentarios lo ubicaban en Formosa su paradero fue una incógnita.

La vuelta de Isidro

Lo que nadie esperaba era que Isidro Velázquez reapareciera justo allí, donde habían matado a su hermano. En 1964 se asomó en Zapallar, más descarnado, dispuesto a todo y con la compañía de Vicente Gauna.
Dio un golpe certero y ambicioso y se ganó el mote de “El Vengador”: secuestró a los hacendados Carlos y Gabino Zimmerman, cobró un jugoso rescate y volvió a desaparecer.
En 1965, la fama de Velázquez y Gauna se extendía por todo el Litoral. El payé, la magia de los dioses ancestrales de la selva y los esteros, protegía, a Isidro y las puntas de su pañuelo lo orientaban entre los montes y los pantanos y señalaban el lugar donde se ocultaban sus enemigos.
Por entonces la población los cree invencibles; el sapucay de Isidro Velázquez detiene a quien lo enfrenta, su mirada paraliza. Cierta vez Isidro venía huyendo por el monte y sus perseguidores, guiados por un baqueano conocedor, organizaron la emboscada donde suponían que abandonaría la espesura. El destino quiso que el proscripto se encontrara frente a frente con el baqueano a quien se le trabó el arma o no atinó a disparar. Recriminado por sus superiores, el hombre balbuceó atragantado que Isidro le había hecho mal de ojo y que se había quedado duro como una estaca.
El 8 de julio del 67, el Poder Ejecutivo destinó 99 millones de pesos a la provincia para equipar a la policía con todo lo necesario para montar un operativo y atrapar a Velázquez.
Era tarde: Velázquez y Gauna habían ganado el monte y se movían entre los suyos. El 16 de julio. La Razón titulaba: “Mediante ayuda, los delincuentes Velázquez y Gauna habrían eludido el cerco policial”. La operación mas grande de la policía del Chaco había fracasado y se disolvió vergonzosamente en la espesura de los esteros. Pero la historia de los fugitivos se aproximaba a su fin.
Tras la operación fracaso, como la bautizaron los paisanos, Velázquez y Gauna se instalaron en Quitilipi, cerca de una reserva toba cuya población los alimentaba y protegía. Desde allí comenzaron a preparar el asalto a la sucursal del Banco de la Nación en la localidad, de Machagai. Pero esta vez la policía se les adelantó; detectaron posibles contactos y convencieron a dos de ellos, una maestra y un cartero, para que entregasen a los fugitivos.
La maestra, Leonor Marinovich de Cejas, de 40 años, dijo que había decidido capturar a Velázquez para cobrar la recompensa junto con el cartero Ruperto Aguilar. Los pobladores de Machagai aseguraban que no había sido así, que la maestra era amiga de Velázquez desde mucho tiempo atrás y había colaborado con él en otras ocasiones. “Isidro nunca hubiera confiado en una desconocida”, decían y aseguraban que su traición obedeció a la presión policial.
Al anochecer del primero de diciembre de 1967, la señora de Cejas y Ruperto Aguilar debían trasladar en el Fiat 1500 de la maestra a Velázquez y Gauna desde Quitilipi hasta Machagai. Velázquez se ató un pañuelo a cuadros en el cuello, se calzó un cinturón con balas y salió en paz con su Winchester y una 38.
Al llegar al puente de Pampa Bandera la maestra simuló un desperfecto y detuvo el auto. Así lo había convenido con la policía. Treinta hombres, entre los que también había civiles armados hasta los dientes, aguardaban emboscados junto al camino.
El cartero y la maestra bajaron del auto y se desató un tiroteo infernal, más de quinientos balazos cruzaron el aire en pocos minutos.
Gauna cayó fulminado, pero Isidro ofreció resistencia con su Winchester. Hirió al cabo Santos Medina, se tiró del auto y se abrió camino a tiros casi trescientos metros en dirección al monte. La oscuridad cubrió al fugitivo, sus cazadores, desesperados, iluminaron el lugar con los faros de sus autos y vieron a Isidro empuñando su carabina, herido en una pierna y en un hombro y a punto de alcanzar la arboleda. Isidro dio vuelta la cara, deslumbrado, y cayó atravesado por la descarga cerrada de sus perseguidores.
El primero de diciembre fue declarado día de la policía del Chaco y el automóvil fue acondicionado como monumento provincial. Pero la población humilde lloró la muerte de Velázquez. Hombres y mujeres peregrinaron hasta el árbol junto al cual había caído y también marcharon hasta su tumba en Machagai donde depositaron ofrendas.
Las autoridades decidieron entonces quemar el árbol y borrar las señas de la tumba. El chámame lo registra: “sin una vela encendida, sin una flor a su lado, sin una cruz en la tierra, hay dos sueños sepultados”; aún así son muchos los paisanos que todavía hoy conservan como reliquias astillas del árbol de Pampa Bandera y las tumbas NN de Machagai son hasta hoy objeto del culto popular. El chámame de Oscar Valles recorrió todo el país: “La muerte apagó la risa del sol que ardiente duerme en el Chaco, porque Machagai se ha vuelto un llanto triste de sangre y barro”.
El gobierno de Onganía prohibió la difusión pública del chamamé El último sapucay.
Todavía hoy, en las bailantas del Litoral cuando se canta la estrofa “vibra la selva chaqueña bajo el clamor de un valiente, que va cayendo doliente gritando su rebelión” , brota el sapucay de los bailarines.. un grito que puede ser de guerra, de vida o de muerte, de tristeza o de alegría, o por que no, de todo eso al mismo tiempo.




Antonio Gil - EL GAUCHITO GIL

gauchito gil
mate cocido


EL GAUCHITO ANTONIO "CURUZÚ" GIL



Nos cuenta Félix Coluccio que el gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez, o Antonio Gil, o Curuzú Gil (Cruz en guaraní)tenía a mediados del siglo pasado, una banda que "despojaba de dinero a los ricos para dárselo a los pobres". La denominación "curuzú" significa cruz.

Se cree que nació en el departamento correntino de Mercedes (antes denominado Pay Ubre), en cuyo cementerio se encuentra su cuerpo; murió un 8 de enero de 1878.

Su mayor trascendencia transcurrió entre 1840 y 1860, época de caudillos y montoneras. Su vida está envuelta en mil enredos, se dice que fue peón explotado que se volvió matrero, también que actuó en la Guerra del Paraguay bajo las órdenes del General Madariaga, y que fue ejecutado por desertor.

Según contaba doña Anabel Miraflores, su madre Estrella Díaz de Miraflores, una rica estanciera, tuvo amoríos con Gil, y a la vez era pretendida por el comisario del pago. Esta situación, más el odio que le tenían los hermanos de la estanciera, hizo que el Curuzú huyera de Pay Ubre y se fuera a alistarse en la Guerra del Paraguay.

Los federales litoraleños, después de la caída de Rosas, se dividieron en Rojos (tradicionales de la divisa punzó o autonomistas) y Celestes (liberales), según cuentan las historias, Gil fue reclutado por los celestes del coronel Juan de la Cruz Salazar, y como el gauchito era netamente colorado, aprovechó un descuido y se dio a la fuga con el mestizo Ramiro Pardo y el criollo Francisco Gonçalvez; compañeros a los que el derrotero convirtió en cuatreros famosos. Sus compinches fueron muertos a tiros de trabuco y el gaucho fue detenido y llevado a Goya. A pesar de la intercesión del Coronel Velázquez, en el camino, fue colgado cabeza abajo desde un algarrobo (en camino a Goya, a unos 8 kilómetros de Mercedes) y degollado.

Aparentemente fue colgado de esa forma para evitar los supuestos poderes hipnóticos que tenía y para que no influyera el payé de San la Muerte que tenía colgado al cuello.

Su primer acto milagroso sucedió momentos antes de su muerte. El dijo a su futuro verdugo que una vez que le diera muerte, iba a ir a su casa y encontraría a su hijo muy enfermo, pero que si lo invocaba, sanaría. Una vez decapitado, el comandante llevó la cabeza en sus alforjas a Goya, y el verdugo no dejó el cuerpo a las alimañas, dándole sepultura. Este mismo sargento-verdugo al llegar a su casa vió que sucedía lo que dijo el gauchito, entonces, volvió al lugar de la ejecución y puso una cruz de espinillo (algunos dicen que de ñandubay); al poco tiempo la gente comenzó a visitar el algarrobo y la tumba, dejando ex-votos y velas encendidas.

Los dueños del campo, de apellido Speroni, al ver el peligro que significaban las velas encendidas en el campo, hicieron trasladar la tumba al cementerio de Mercedes... pero al poco tiempo cayó gravemente enfermo con un mal que degeneró en locura, los médicos lo desahuciaron y él, en un momento de lucidez, prometió que si el gauchito lo sacaba de la cruel y desconocida enfermedad, le haría un monumento fúnebre... al momento curó y edificó un pequeño santuario de piedra que aún hoy se puede observar... de allí en más fueron varios lo milagros del gaucho y su culto se expandió por gran parte del territorio argentino. Actualmente compite cabeza a cabeza con otra creencia popular de magnitud: la Difunta Correa.







Fuente
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