Nirbhaya - La joven que encendió la mecha en India

India. La espantosa historia de Nirbhaya desencadenó protestas espontáneas y sin precedentes. Nirbhaya era trabajadora y optimista. Se subió al colectivo equivocado, y su brutal violación iluminó las aristas más oscuras de una sociedad.

Por Shoma Chaudhury

El Enclave Mahavir es un bullicioso barrio de clase trabajadora en confines de Nueva Delhi, en el que las viviendas parecen meras pilas de ladrillos mal dispuestos y adosados entre sí. En ese lugar, en un diminuto cuarto, dos hermanos —de 20 y 16 años— luchan por alcanzar su sueño. El mayor estudia ingeniería y el más joven quería ser astronauta. Pero la hermana vivaz e inteligente que les allanó el camino, la que les sembró esas ambiciones, ya no está con ellos. Se ha transformado en el símbolo mundialmente conocido como Nirbhaya, "la valiente".

Desde hace tres meses, la historia de Nirbhaya —una paramédica de 23 años, violada brutalmente en un autobús el 16 de diciembre de 2012 y fallecida 13 días después debido a sus múltiples lesiones— desató la incredulidad e indignación del mundo entero, precipitando manifestaciones espontáneas y sin precedentes en India. La joven, cuyo verdadero nombre no puede ser revelado en virtud de una ley india que protege a víctimas de violaciones, se ha convertido en un icono de la resistencia. En una divisoria de aguas.


Nirbhaya - La joven que encendió la mecha en India


India es una nación desalmada con las mujeres. Cada día, los diarios aparecen repletos con relatos de víctimas anónimas que fueron violadas, asesinadas y desechadas en distintas partes del país; a menudo, niñas de apenas 3 años. El espectro de la violencia de género incluye también ataques con ácido, violaciones conyugales, homicidios por honor, discriminación laboral, feticidio femenino, desnutrición aguda. Sin embargo, el episodio del 16 de diciembre ya cambió algo en el país. La respuesta a la agresión sexual jamás será la misma. Mujeres de toda India se hacen escuchar; la maquinaria judicial y administrativa empieza a moverse. El gobierno se vio forzado a responder.

Antes del 16 de diciembre, Nirbhaya era una de millones de jóvenes anónimas que trataban de escapar a la sofocante monotonía de sus vidas. Varias décadas antes, su padre, Badrinath Singh, emigró de la feudal Uttar Pradesh en busca de una vida mejor, que no encontró; y luego de pasar por una serie de empleos insignificantes en pequeñas localidades industriales, en 1983 se estableció en Delhi con su mujer, quien esperaba a su primer hijo. El corazón de Singh estaba partido. Su empobrecido padre solo tuvo dinero para educar a dos de sus cuatro hijos varones; uno de ellos había encontrado trabajo como paramilitar y el otro había escalado a juez. En cambio, los dos más jóvenes se vieron condenados a desempeñar tareas agrícolas o a ganarse la vida en algún rincón urbano.


India

Como resulta comprensible, la educación era el hambre que impulsaba el hogar de los Singh. Con un salario de escasas 200 rupias (4 dólares) diarias trabajando doble turno como vigilador nocturno y cargador de equipajes en una aerolínea, Singh inscribió a sus tres hijos (por turnos) en una escuela privada donde las clases eran en inglés (en India, ese idioma es un vehículo de ascenso social). "Mi padre estaba decidido a que los tres tuviéramos una buena base", comenta Gaurav, hermano de Nirbhaya.

"Mi hija fue distinta desde el principio", recuerda Singh. "Desde muy pequeña anhelaba ir a la escuela y tuvo mucha suerte, porque siempre obtuvo lo que deseaba. Con muchas dificultades compramos este terreno cuando nació". Desde ese frágil agujero que llaman hogar, la familia comenzó a construir su vida.

Nirbhaya, obsesiva, trabajadora, optimista, era el elemento central de aquel universo. Luego del quinto grado tuvo que cambiarse a una escuela pública más barata porque su padre no podía seguir costeando la educación privada de los tres. Cuando cursaba el décimo grado, empezó a ofrecer tutorías a 25 o 30 chicos del barrio, dos turnos diarios, para pagar su matrícula y ayudar a cubrir los gastos escolares de sus hermanos.

"Apenas tenía amigos, porque no tenía tiempo para ellos", revela su madre. "Siempre estaba ocupada. Se levantaba a las 6 de la mañana para hacer yoga, corría al colegio a las 7, regresaba a las 13, daba instrucción hasta las 18 y luego, se ponía a estudiar". A pesar de su rígido horario, Nirbhaya se deleitaba con dispositivos electrónicos, se hacía reflejos en el pelo, lucía blusas tejidas y tacones altos, y en todo momento se esforzaba por hablar inglés, incluso con su madre. Le disgustaba volver a la aldea donde nacieron sus padres, porque allí nada había para ella.

"Aunque mi hija y yo trabajábamos doble turno, a veces solo había rotis [pan sin levadura] y sal", dice el padre. "Pero en casa reinaba un ambiente maravilloso. Trabajábamos para mejorar y sentíamos que pronto llegarían tiempos mejores".


violacion

Al terminar el bachillerato, Nirbhaya decidió estudiar medicina y cuando su padre le dijo que ni siquiera podía pagar los formularios de solicitud, "se desmayó de angustia", prosigue. "Cuando la reanimamos, me pidió que le diera el dinero que habría gastado en su boda. Ella se haría cargo del resto".

En 2008, Nirbhaya partió para Dehradun, una ciudad a cinco horas de Delhi, para obtener su licenciatura en fisioterapia (la neurocirugía le fascinaba, pero no consiguió aprobar el examen de ingreso). Una vez establecida, volvió a adoptar las rígidas rutinas de su infancia y para costear sus estudios, se unió a un call center canadiense donde trabajaba de noche de modo que, a diario, dormía escasas dos horas antes de salir corriendo a clase.

Pocas semanas antes de morir, volvió a casa tras una ausencia de cuatro años. Consiguió un internado en un prestigioso hospital, compró relojes pulsera para todos y una laptop para sí, y luego fue a que le hicieran reflejos en el pelo (rojo fuego, oro y blanco). Su gusto musical había pasado de Bollywood a Bryan Adams y con hermosa caligrafía, escribió su nombre en todos sus libros anteponiéndole el prefijo "Dra.". "Al fin iba a disfrutar el fruto de tantos años de esfuerzo", lamenta su madre.

Pregunto a la mujer cómo se llama. Asha Devi, responde. Su nombre "significa esperanza", interpone Gaurav con triste humor. El hermano interrumpió sus estudios de ingreso para ingeniería; la muerte de Nirbhaya le causó tres meses de retraso y ahora, debe prepararse por su cuenta. "Todavía la llamo a su teléfono cada vez que me surge una duda sobre los formularios de solicitud o cuando debo decidir algo", confiesa.

El padre yace sin ánimos en la cama con una fuerte infección en la rodilla. El hijo menor, Saurabh, ya no quiere ser astronauta; ahora ambiciona estudiar medicina y hacer realidad un sueño frustrado.

Las crueles ironías son muchas. La familia, sentada con desconsuelo en dos camas apretujadas entre sí, muy pronto abandonará la casa pues el gobierno le prometió una nueva vivienda y las autoridades de Delhi y Uttar Pradesh pagarán una compensación de 3,5 millones de rupias (US$ 70 mil). Podría decirse que la muerte permitió que Nirbhaya lograra su cometido de sacar a la familia de ese inframundo. Cumplió su palabra. "Pero todo sabe a tierra", murmura el padre.

La tarde del pasado 16 de diciembre, Awindra Pandey (28 años), ingeniero de hombros anchos y suaves modales, fue a recoger a Nirbhaya a su casa para llevarla al cine en un elegante centro comercial del sur de Delhi. La pareja fue a ver Una aventura extraordinaria, miró vidrieras un rato y luego volvió a casa. Caía la tarde, pero ninguno de los quisquillosos conductores de rickshaws motorizados quiso llevarlos. La pareja convenció a uno de que los acercara a una parada de autobuses, pero el transporte público no llegaba. Un colectivo blanco de alquiler estaba estacionado cerca y un muchacho joven les invitó a subir. Deseosos de volver a casa, accedieron.

Según los medios y la Policía, en un barrio de mala muerte, no lejos de esa parada, seis jóvenes se habían reunido aquel día para beber, jugar a las bolitas y maldecir. Casi podemos imaginar la agitación mental que les ocasionó el licor, borrando la sordidez de sus existencias, descorchando el cóctel mortal que bullía en su interior. Estaban hartos de ser sombras; querían participar de la acción, sentirse reyes del camino. Uno de ellos era el chofer del colectivo quien, de día, llevaba niños a la escuela y de noche, conservaba el vehículo consigo. Según la Policía, fue quien instó a los hombres a "divertirse un poco".

Primero, la pandilla encontró a un carpintero que volvía a casa tras un largo día de trabajo. Lo engatusaron para subir al autobús, y le robaron el celular y las ocho mil rupias (US$ 160) que llevaba en el bolsillo, para luego abandonarlo en el camino. Buscaban sangre. Y querían más.


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Awindra y Nirbhaya sintieron escalofríos tan pronto como abordaron el vehículo. Adentro solo había seis muchachos y las ventanas estaban teñidas de negro. La puerta se cerró de golpe. Cuando arrancó el autobús, uno de los hombres comenzó a hostigar a Nirbhaya por estar en la calle a esa hora. Awindra intentó hacerlo callar, pero los demás lo rodearon, de inmediato, como lobos. La joven corrió a defender a su amigo y aquel desafío enfureció a los acosadores. El enfrentamiento se salió de control y la emprendieron a golpes contra Awindra, usando un bastón de hierro. Mientras el ingeniero yacía en el suelo de la parte delantera, semiinconsciente, los agresores arrastraron a Nirbhaya, forcejeando y pateando, a la parte posterior del vehículo y allí, por turnos, los seis la violaron, mordieron y sodomizaron. Como la joven se resistía y logró morder a tres de ellos, le introdujeron el bastón de hierro oxidado hasta el diafragma, arrancándole los intestinos. "Sabe, el intestino mide siete metros de largo", dijo Gaurav. "Solo el cinco por ciento del órgano estaba intacto". Los médicos que la atendieron dijeron que jamás habían visto una mujer violada con semejante brutalidad.

Los agresores condujeron en círculos durante casi una hora mientras la violaban. Luego despojaron a la pareja de sus pertenencias y los lanzaron desnudos a la autopista. Incluso trataron de arrollar a la chica, pero fracasaron y al final regresaron tranquilos con el autobús para lavarlo, repartirse el botín y volver a sus casas.

Nirbhaya y Awindra yacieron dos horas en el frío invernal, gravemente heridos, antes que llegara la Policía. Ningún auto se detuvo para ayudarlos.

En cierto sentido, Nirbhaya personifica una nueva India que nadie entiende por completo. Sus ciudades y pequeños poblados están repletos de chicos y muchachas como ella: inquietos y en movimiento; hambrientos de educación, empleo, inglés, movilidad social, pertenencia. Son la generación de Internet; saben que más allá se encuentra un vasto mundo. Se reinventan con energía, desafiando centenarias fronteras de casta, condición social y riqueza.

Amistades como la de Nirbhaya y Awindra propiciaron esa nueva India. Él es hijo de un abogado de la encumbrada casta brahmán; ella, una kurmi que ocupaba un nivel muy inferior en la implacable escala social. La familia de Awindra vive en una casa de tres pisos en Uttar Pradesh; la de ella, hacinada en un espacio apenas suficiente para un auto. Y no obstante, el encuentro a través de un amigo común les permitió descubrir una afinidad instantánea. Viajaron juntos a sitios religiosos, compartieron habitaciones, abrazos, se tomaron de las manos; pero se abstuvieron de una mayor intimidad, conscientes de que fuera acechaba un mundo real y cuestionador. Se obsequiaban ropa, hablaban de sus ambiciones, debatieron el Bhagavad-Gita, intercambiaron consejos sobre sus carreras e inversiones. Él la llevó a descubrir libros como El alquimista, de Paulo Coelho y también trabó amistad con sus hermanos, ayudándoles a elegir materias, a tomar decisiones, a escribir sus currículos. A veces, incluso, hablaba por teléfono con la madre, pero como Nirbhaya no se hubiera sentido cómoda, jamás visitó su hogar. Siempre se reunían en la calle y ella lo llamaba "un hombre perfecto".

"Nunca pensamos en nuestras diferencias", dijo Awindra una tarde de principios de marzo. "Nada más importaba. La amistad no exige igualdad, sino complementación. Pero ella se ha ido y ahora solo me queda un objetivo. Hacer justicia".

Apoyado en un bastón, el ingeniero camina con dificultad por la pequeña habitación de hotel, sentándose de vez en cuando en el borde de la cama. Aún no se recupera de sus lesiones y le resulta difícil permanecer mucho tiempo parado o sentado. Han pasado tres meses y con ellos, se ha disipado la indignación del público. Ya ningún político está dispuesto a recibirlo; nadie pregunta por él. Lejos de la atención global se desarrolla un penoso juicio, cuyo único testigo ocular es Awindra.


nirbhaya

"No me gusta estar solo", prosigue. "Tengo miedo de vivir con mis pensamientos". Fue a visitar a la moribunda Nirbhaya cuatro días después del ataque, el 20 de diciembre. Las fechas eran importantes para ella: la primera vez que intercambiaron mensajes de texto fue un 20 de diciembre. Esa vez la encontró dormida, así que tuvo que regresar al día siguiente; pero la presencia del amigo conmovió a la joven, quien trató de rodearlo con los brazos pese a la maraña de sondas que la rodeaba. Al final, solo hizo el ademán de un abrazo.

Fue la última vez que se verían. Nirbhaya murió ocho días después, en Singapur, con los genitales destrozados, el vientre ahuecado, convulsivando por la septicemia y las lesiones cerebrales.

Awindra quiso pasar un rato más en el centro comercial aquel fatídico día y ella dijo que de haberlo escuchado, tal vez no habrían encontrado el aciago autobús. Quizás habrían ganado el tiempo necesario para modificar el universo. Él dijo que, posiblemente, habrían estado unidos el resto de sus vidas.

La noticia de la violación llegó a los diarios la mañana siguiente y durante las semanas posteriores se dieron a conocer los espantosos detalles. Y la historia impactó a la opinión pública, más que cualquier otra violación en la historia reciente de India.

La compostura de Nirbhaya contribuyó al enardecimiento. En los 13 días que sobrevivió, testificó dos veces ante un magistrado para dar detalles y un relato presencial del ataque. Y, sorprendentemente, sus médicos revelaron que no manifestaba trastornos psicológicos ni autocompasión. Aquella víctima había roto el molde dando a conocer su identidad, exigiendo que sus violadores rindieran cuentas, clamando porque "los quemaran vivos".

Bajo gran presión, la Policía de Delhi arrestó a los criminales en tiempo récord. En una semana, los seis estaban en prisión: Ram Singh, 33 años, chofer del autobús; Mukesh, 23, hermano del anterior; Vinay Sharma, 25, empleado de un gimnasio; Pawan Gupta, 24, vendedor de fruta; Anurag Thakur, 24, limpiador del colectivo; y un menor de 17 años y medio (conocido como Raju), trabajador eventual en fondas sobre la ruta.


Nirbhaya - La joven que encendió la mecha en India

Con las detenciones, las protestas alcanzaron su clímax y pusieron de manifiesto las profundas transformaciones psicológicas del país. Durante semanas, jóvenes que nunca habían participado en movimientos políticos formales enfrentaron la represión para exigir, no solo mejoras en la policía y el sistema judicial, sino también completa autonomía para las mujeres —conferirles el control de sus cuerpos y sus vidas. India conserva la exasperante tradición de culpar al "sexo débil" por la violencia de que es objeto; pero cuando algunos trataron de señalar vanas idioteces sobre la castidad y la reserva propias de las mujeres, la juventud se volcó en su contra con feroz sarcasmo.

Y de paso, los manifestantes pusieron en evidencia otro fenómeno perturbador: el gen cada vez más conservador del país. El deseo de Nirbhaya de ver en las llamas a sus violadores es muy comprensible; no obstante, la demanda de justicia en las calles trocó, rápidamente, en un clamor de venganza: los medios y la clase política reavivaron el impulso a la castración, la pena capital y la reducción de la edad legal para los delincuentes juveniles.

Los violadores de Nirbhaya eran diabólicos, no cabe duda; pero si hubieran sido meros psicópatas o desviados sexuales, esta historia habría concluido con más facilidad y la horca habría erradicado un virus aislado. Pero un vistazo rápido a los antecedentes de los acusados demuestra que no hay soluciones fáciles.

Todo lo contrario. Es posible que las alegrías y la devastación de la vida de Nirbhaya sean parte del continuo que genera la aterradora ira y violencia que asola India. El 15 de marzo, en el centro del país, seis hombres violaron y robaron a una suiza que viajaba en bicicleta con su marido, quien también fue brutalmente golpeado. Es difícil ignorar el arquetipo.

A medida que una nueva economía expulsa a millones de sus tierras y oficios tradicionales, empujándolos hacia megalópolis hostiles, se escucha el estruendo de dos mundos que chocan. La deslumbrante urbe con sus nuevas costumbres y seductoras imágenes se yergue en íntima proximidad con el paisaje rural, y si bien la membrana que los separaba ha desaparecido, las divisiones persisten.

Las frustraciones pueden ser el lado oscuro de la aspiración.

El 11 de marzo de 2013, tres meses después de la violación colectiva, Ram Singh, principal acusado, se ahorcó en su celda de alta seguridad en la prisión de Tihar, Nueva Delhi. Se dijo que él y el menor Raju habían sido los agresores más violentos, de modo que es difícil saber que lo llevó a quitarse la vida. ¿Un repentino arrepentimiento? ¿O una profunda desesperanza?


India

La noche antes del suicidio, estuve con sus padres en la Colonia Ravi Dass. Los medios han descrito el asentamiento como el estereotipo de la insalubre barriada india, con drenajes abiertos, gran pobreza, familias apretujadas como sardinas. En apariencia, la Colonia Ravi Dass es todo eso, pero también pude percibirse algo más complejo. Igual que en el Enclave Mahavir, donde vivía Nirbhaya, por sus arterias corre una desasosegada y optimista energía que ha desplazado a la resignada aceptación, esa clásica actitud india. Es posible que muchos padres de familia comenzaran como humildes obreros, pero sus hijos subieron un peldaño y ahora visten y hablan como dicta la moda. Con todo, tienen que reconciliar sus nuevos sueños con la cruda realidad de sus vidas y eso les convierte en volcanes durmientes. Cuatro de los acusados son originarios de ese barrio.

Según cuentan, Ram Singh —el supuesto líder de la pandilla— era un "loco" beligerante, volátil y bebedor. Tiempo atrás desapareció con una mujer casada y luego volvió al barrio, aun más agresivo, asegurando que su compañera había muerto de una enfermedad. La noche de los hechos, Ram Singh llegó a casa, con toda calma cocinó y consumió un pollo, y luego se fue a dormir. Hacía unos años se mutiló un brazo en un accidente laboral, pero su patrón se negó a compensarlo.

"Ojalá hubiera muerto en ese accidente", dijo su madre, sollozando, la noche antes del suicidio. "Tal vez mi hijo menor no habría seguido su ejemplo. Ahora todos nos desprecian; ni siquiera podemos regresar a nuestro pueblo. Quisiera que nos ahorcaran junto con nuestros hijos".

Su marido, albañil, estaba sentado en el suelo, desconsolado, con la cabeza entre sus rodillas, mientras un ratón corría sobre la cama. Ninguno tenía un gramo de carne en los huesos; eran el arquetipo del indio desamparado: pellejos, huesos y la huella de los años.

Mientras hablaban, la pareja pasaba de la culpa a la vergüenza. Lanzaban airadas acusaciones contra la víctima por salir a la calle de noche y luego daban paso a teorías conspirativas. El padre increpaba ocasionalmente a su mujer. "Seguro que Sonia Gandhi tuvo que ver en eso", acusó una vez. Sin embargo, la madre parecía embargada por un sufrimiento indescriptible.


"Pasamos hambre para criar a nuestros chicos", dijo. "¿Qué demonio se les metió?".


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Salvo Ram Singh, ningún otro acusado tenía antecedentes de violencia previos a la noche apocalíptica. Mukesh, hermano de Ram, era un joven apacible apasionado por la ropa y la música. Sus prendas estaban siempre limpias, recuerda la mujer. Sin importar cuán tarde llegara a casa, se saltaba una comida con tal de lavar su ropa. Y al parecer, eso hacía cuando su hermano lo llamó para ir a tomar unos tragos aquella fatídica noche. Sus padres recién le habían encontrado una joven para esposa.

Vinay, uno de cinco hermanos y graduado de comercio, era empleado de limpieza en un gimnasio y también tenía reputación de hombre tranquilo. Comenzó a trabajar a temprana edad para ayudar a pagar las cuentas de su padre, albañil y vendedor de globos. Su hogar, que compartía con seis miembros de la familia, no era más grande que un camarote de tren. Parado fuera de la habitación, cubierto con los escombros de años de esfuerzo desperdiciado, el padre —hombre estoico y conmovedoramente digno— declaró: "Vi a mi hijo una vez en prisión. Le dije que si lo había hecho, tenía que pagar. Deberían ahorcarlo". El 12 de mayo, por lo pronto, compañeros del presidio se encargaron de intoxicarlo y golpearlo.

El vendedor de fruta y el limpiador de autobuses, Pawan y Anurag, tienen historias similares. Pero Raju, el menor, era el más desamparado de todos. Dejó su hogar en la infancia, hacía muchos años. Su padre quedó como vegetal cuando un ladrillo le cayó en la cabeza, lesionándole el cerebro y su madre apenas ganaba lo suficiente para sostener a sus hijos. Raju solía enviarle 600 rupias (US$ 12) anuales y luego, ni eso pudo darle. Cuando la Policía registró la choza paterna en la aldea —armada con láminas de plástico amarradas entre sí—, la mujer declaró: "No sabía que mi hijo vivía. Creí que había muerto". No fue a verlo a prisión, porque no puede pagarse el viaje.

Cuando se fue de casa, Raju trabajó varios años lavando platos y haciendo otras pequeñas tareas en las dhabas (ubicuas fondas de las autopistas). Uno de sus patrones, quien le tenía aprecio y lo consideraba un empleado eficiente, me contó una anécdota reveladora. Al parecer, Raju lo abordó un día y le pidió que lo nombrara gerente de la fonda; no quería lavar otro plato sucio en su vida, anunció. Incapaz de acceder al pedido, pero deseoso de conservarlo, el patrón elevó su salario a mil rupias (20 dólares) mensuales para que hiciera el mismo trabajo. La mañana siguiente, el chico armó la valija y se fue sin cobrar su último sueldo. No volvieron a saber de él durante un par de años y entonces, aparecieron los titulares sobre la noche infernal.

Investigar los antecedentes de los acusados no pretende mitigar o humanizar la bestialidad del ataque contra Nirbhaya, sino entender sus motivaciones. La violación no es exclusiva de la clase obrera, pero hay que detenerse a mirar el áspero paisaje que les sirve de escenario —un mortífero horizonte de lobreguez, de esperanza y ambición frustradas— y reconocer la ira contenida que inevitablemente palpita bajo la superficie. Y que ahora conduce al desconsuelo y al desconcierto. "Siempre creí que Dios vivía en cada uno de nosotros", dijo llorando la madre de Ram Singh. "Había seis almas en el autobús aquella noche. ¿Acaso Dios no habló siquiera con una de ellas?".


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Shoma Chaudhury es editora general de la revista india Tehelka.

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4 comentarios - Nirbhaya - La joven que encendió la mecha en India

@Our_Hero Hace más de 1 año
@Skapero Hace más de 1 año
@KARABOO Hace más de 1 año +1
terrible...
@Skapero Hace más de 1 año
No conocía la historia.
@gioacchi1991 Hace más de 1 año +3
Paz a su alma, resignacion a la familia y todo el peso de la ley a los responsables
@Skapero Hace más de 1 año +1
El principal responsable ya fue "suicidado". Ojalá algo cambie!
@diego_nando_96 Hace más de 1 año +4
Que horror, es indescriptible lo que hicieron los delincuentes y peor aún que las violaciones sean pan de cada día allá
@Skapero Hace más de 1 año
Es cierto! Al menos, parece que algo está cambiando.
Gracias por pasar!