Las fotos ocultas de Eva Perón
Cuando era primera dama, Evita concedió un reportaje gráfico a la revista norteamericana Life que terminó en un incidente diplomático. Hasta el día de hoy, esas fotos han sido quitadas de la iconografía oficial de Evita.

Las Fotos Ocultas de Evita
En 1950 la revista Life le encargó a la fotógrafa francesa Gisèle Freund un fotorreportaje sobre Evita. En su último libro publicado, El mundo y mi cámara, Freund cuenta cómo fueron esos encuentros con las primera dama.




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Después de larguísimas esperas y varios intentos frustrados, Freund consiguió acceder a la intimidad de Evita. La primera dama la llevó hasta un ambiente donde tenía sólo vestidos de fiesta, ostentosas pieles, más de cien sombreros y zapatos.




Evita
Evita estaba encantada. "Quiero que todo el mundo vea lo que tengo", le dijo a Freund. Sin embargo, el secretario de prensa no pensaba lo mismo. Al enterarse sobre los retratos, citó a la fotógrafa para que se presentara con todos los negativos. Freund dijo que se los llevaría y se tomó un avión rumbo a México.





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Finalmente, el fotorreportaje salió publicado en la revista Life el 11 de diciembre de 1950. Las fotos fueron levantadas por todos los medios del mundo y la figura de Evita ridiculizada por su "mal gusto para vestir".





Eva Peron
De todas formas, las generaciones de peronistas que sucedieron al secretario de prensa cumplieron con su deseo y las fotos no se volvieron a ver nunca más hasta que Freund las publicó nuevamente en su último libro.


LA HISTORIA:

Las imágenes de Evita forman parte de las postales argentinas junto con las de Gardel y las del Che: Evita en pleno discurso frente a micrófonos de los años cuarenta, Evita con su cabello trenzado y sujeto en un rodete y su collar de perlas, Evita sonriente con un niño en brazos. Resulta enigmático que algunas fotos de evidente valor histórico y tomadas por una de las fotógrafas más reconocidas del siglo XX, hayan sido sistemáticamente obviadas, incluso en el último libro de imágenes, Evita en fotos, de Felipe Pigna, editado el año pasado por Planeta.

Gisèle Freund fue una fotógrafa osada y deslumbrante. Por su lente pasaron todos los grandes escritores franceses –André Gide, Paul Valéry, Paul Éluard, André Breton, Jean-Paul Sartre, André Malraux, entre otros cien–, que retrató antes de huir de Francia y a su vuelta, una vez finalizada la segunda guerra. Además de la fotografía, adoraba leer y por eso se especializó en retratar escritores. Leía sus obras, los entrevistaba y después intentaba sintetizar algo de todo eso en una foto. “Mi cámara me lleva a prestar especial atención a un gesto, a una expresión aislada –dice Freund–, y paulatinamente llegué a pensar que todo se resume en el rostro humano.” También retrató a James Joyce, Henri Matisse, Frida Kahlo, Virgina Wolf, Le Corbusier, Pablo Neruda, Bertolt Brecht, Nicolás Guillén, Marcel Duchamp. Y también a Evita.

En 1940, Victoria Ocampo, siempre con un olfato especial para los talentos, le gestionó la visa argentina para sacarla de Francia, donde corría peligro por su condición de judía y la recibió en su residencia. Gracias a Victoria, conoció a muchos escritores a los que fotografió: Mallea, Borges, Martínez Estrada, Cortázar, Mujica Lainez y hubiera podido vivir de retratar a la clase alta porteña, pero Freund sabía que para eso debía someterse a sus caprichos y no estuvo dispuesta. Decidió entonces vivir como reportera fotográfica y trabajar para revistas norteamericanas y europeas. Así pasó una década recorriendo Tierra del Fuego, Chile, Perú, Bolivia y Ecuador retratando indígenas.

En 1950 regresó a Buenos Aires con una misión más difícil que atravesar la Patagonia a caballo. La revista Life le había encargado un fotorreportaje sobre Evita. En su libro, recientemente publicado, El mundo y mi cámara, Freund relata en varios capítulos cómo fueron los encuentros con la primera dama. El secretario de Prensa, Raúl Apold, le advirtió que a Evita no le gustaban los periodistas extranjeros. Sin embargo, las suspicacias iniciales de Evita se fueron transformando.

La primera cita fue infructuosa. Freund estuvo sentada en una sala de espera en el Ministerio de Trabajo desde las seis de la tarde a las once de la noche sin poder verla siquiera. En la segunda, pudo pasar a su despacho, donde además de Evita había media docena de secretarios y una pequeña multitud que también había ido a entrevistarla: comerciantes rosarinos que le llevaban una heladera y una alfombra con su nombre bordado a modo de agradecimiento, madres con varios hijos, trabajadores de manos encallecidas y hasta un misterioso egipcio.

Un mes después, Evita la citó por tercera vez en su despacho del ministerio, y Freund fue testigo de las negociaciones que llevaba a cabo con sindicalistas. Recién pudo hablar con ella a las dos de la mañana. “Haga todas las fotos que quiera aquí –le dijo–; como verá, no tengo vida privada.”

A los pocos días, Freund recibió una invitación para que fuera a la residencia de Perón y Evita en la avenida Alvear. Era el 9 de Julio, y la fotógrafa llegó minutos antes de que la pareja partiera rumbo al Teatro Colón para asistir a una función de gala por la Independencia. Evita llevaba puesto un vestido de tul celeste bordado con perlas –“lo diseñó para mí Christian Dior”, le dijo–, una capa de plumas de avestruz, un collar de perlas de varias vueltas y aros y anillos de Van Cleef & Arpels. Ante la cámara de Freund, Evita le pidió a su asistente que le prendiera sobre el pecho sus condecoraciones de la Legión de Honor. El general Perón observaba la escena entre crítico y paternal. Le reprochó a Evita que sus adversarios volverían a decir que es una “bataclana”, palabra que aludía al espectáculo Bataclan, de una compañía francesa con bailarinas vestidas con poca ropa.

Dos días más tarde, Evita la citó a las ocho de la mañana en la residencia y esta vez la hizo subir al primer piso. En un gran salón, mientras su peluquero la peinaba y una manicura le arreglaba las manos, Evita discutía con los ministros con su caniche blanco sobre las piernas. Una vez lista, accedió a mostrarle a Freund sus vestidos, de los que tanto se hablaba. La llevó hasta un ambiente donde tenía sólo los vestidos de fiesta, todos de París; en otro estaban las pieles, en otro más de cien sombreros y otra habitación estaba dedicada a los zapatos. Para sorpresa de Freund, Evita hasta quiso abrir su caja fuerte y mostrarle su colección de joyas. “Son todos regalos”, le aclaró para evitar lecturas equivocadas y Freund comprendió que le mostraba sus posesiones porque ella se consideraba un ejemplo viviente de movilidad social y porque todos sus tesoros eran las pruebas de agradecimiento a su obra con los más pobres.

Hubo dos sesiones más de fotos en las que Freund la acompañó a Evita, espléndidamente vestida y enjoyada, a visitar hogares y casas de albergue, y un último, en un restaurante de la Avenida de Mayo adonde la invitó a almorzar y la acompañó hasta las cuatro de la tarde.

Al día siguiente, Freund le llevó medio centenar de fotos a la residencia. La primera dama estaba encantada. “Quiero que todo el mundo vea lo que tengo,” le dijo. Pero al secretario de Prensa, Apold, no le pareció tan buena idea y a medianoche llamó a la fotógrafa para que se presentara a las ocho de la mañana siguiente con todos los negativos. Freund le dijo amablemente que allí estaría, pero a las siete se tomó un avión rumbo a México.

El fotorreportaje salió publicado en la revista Life, el 11 de diciembre de 1950 y las fotos de Freund fueron levantadas por medios de todo el mundo que ridiculizaron la figura de Evita. Lo más liviano que dijeron era que tenía muy mal gusto para vestirse. Esto causó un incidente diplomático y que Life pasara a integrar la lista medios prohibidos en la Argentina.

Contrariamente al deseo de Evita de mostrar lo que tenía, las fotos no se volvieron a ver nunca más. Ella creía que no tenía por qué esconder sus posesiones ni avergonzarse de ellas; al contrario, eran un motivo de orgullo. Ella sabía que asistir con sus pieles y joyas a los sindicatos y hogares de niños no hacía más que reforzar el lazo con su pueblo: ella encarnaba un sueño hecho realidad. Se podía ser del pueblo y estar vestida como una reina. Pero parece evidente que, así como Apold intentó incautar las fotos, las generaciones de peronistas que lo sucedieron siguieron haciendo lo mismo.



El fotógrafo famoso que descubrió su vocación por estas fotos de Evita

Entre las centenas de miles que vieron las fotos de Freund en el mundo, estaba Jan Saudek, un adolescente de un país comunista, Checoslovaquia, que encontró en aquel ángel blanco vestido como una reina una inspiración.

Saudek es hoy el fotográfo checho vivo más reconocido internacionalmente. Críticos y colegas lo acusan de ególatra, de kitsch y de tener un pésimo gusto. A él no le importa. Con sus 73 años, decenas de mujeres le tocan diariamente el timbre de su estudio para que las fotografíe desnudas. Él se reconoce un ser primitivo, orgánico, excesivo. Está orgulloso de sus músculos abdominales y de su desnudo frontal, que exhibe hace décadas en sus fotos junto a sus modelos. Ignorado por la prensa especializada y hostigado por los intelectuales checos, lo bancan sus 16 libros de fotografía, la centena de fotógrafos que lo imitan, sus premios y muestras en todo el mundo.

La fotografía de Saudek exhibe brutalmente lo femenino, que para él es blanco como el rostro de Evita y como la muerte que vio en las calles de Praga durante la guerra, cuando a sus nueve años se quedaba mirando con curiosidad infantil y morbosa las sacudidas de brazos y piernas de los instantes finales. “Parecían como hechos de cera o de yeso,” escribiría en uno de sus libros.

Su sello fotográfico recogería algo de esto: desnudos de pieles color ceniza y las venas coloreadas de púrpura. Un centenar de mujeres de todo tipo –obesas, flacas, jóvenes, enanas, peludas, peladas, niñas, viejas– posan frente a lo que él llama “su pared”. La piel de las mujeres aparece artificialmente blanca, mientras que a él mismo se lo ve oscuro. Para lograr este efecto apela a un método en desuso, colorear a mano fotos en blanco y negro.

En 1977, cuando Saudek ya era famoso, conoció a Gisèle Freund y le contó que aquellas fotos de Evita habían sido para él una revelación. Instantáneamente, ella abrió su bolso, sacó una Rolleiflex y le dijo que las había sacado con esa cámara. Y se la regaló. Saudek usa esa Rolleiflex hasta el día de hoy.

FUENTE:
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=13062[/link]