El mito de los orígenes para los aborígenes de AustraliaHistoria de las Religiones: Oceanía
Los antepasados de los actuales aborígenes australianos llegaron del Sudeste Asiático hace aproximadamente cincuenta mil años. Los hábitos de aquellos pueblos, recolectores y cazadores nómadas, sufrieron una importante transformación con la colonización europea de finales del siglo XVIII, pero su estructura social se ha mantenido inalterable a lo largo del tiempo.

Para los aborígenes no existen jerarquías: organizados en tribus, se dividen en numerosos clanes, compuesto cada uno de ellos por entre cincuenta y quinientos individuos. Aunque todos los clanes comparten el mismo universo mítico, cada uno hace suyas las aventuras que los héroes ancestrales vivieron en su territorio. Durante el recorrido que llevaron a cabo estos héroes creando el mundo, se cobijaron en cuevas, pescaron en riachuelos, dejaron sus huellas en rocas... Estas trazas conforman una señal indeleble de su paso por la zona y estos lugares se consideran sagrados, pues están impregnados de la energía creadora que desprenden los antepasados míticos. Los rituales llamados de "incremento" se celebran en estos espacios sagrados y los participantes se transforman en los antepasados y recrean sus viajes.

En Australia existe un lugar especial tanto por su condición sacra como por los innumerables mitos vinculados a él. Se trata de la montaña sagrada Ayers Rock (en lengua aborigen, Uluru). Con un perímetro de 9 kilómetros cuadrados es un macizo rojizo situado en el inmenso desierto de Simpson, en pleno corazón del continente. Una de las leyendas más famosas vinculadas a esta gran masa rocosa es la de las Siete Hermanas.

El mito, que es conocido por clanes que habitan a miles de kilómetros, cuenta la accidentada huida de siete mujeres al sur del país (escapaban del lascivo Nyiru, que quería violar a la mayor). Las escalas de su agitado periplo marcan un itinerario sagrado: acamparon en Witapula, bebieron en la fuente Tjuntalitja, unas líneas en una cueva de Walinya atestiguan que se sentaron allí... Al llegar a la costa, cerca de la actual Port Augusta, se lanzaron al mar y de ahí saltaron al cielo, convirtiéndose en estrellas (en la constelación de Kurialya). Pero ni aun así consiguieron librarse del lujurioso Nyiru, que continuó persiguiéndolas en el firmamento (se le identifica con la constelación de Orión).

La creación
Para los aborígenes, la tierra era un disco plano y flotante debajo del cual habitaban unas formas indefinidas. Tras una gran inundación que barrió el paisaje y el orden social anteriores, las misteriosas figuras tomaron apariencia humana y emergieron a la superficie. Estos seres ancestrales vagaron por la tierra y crearon las montañas, los ríos y las rocas, además de dar nombre a los animales y las plantas. Esta etapa (conocida como el Tiempo del Ensueño) corresponde al período de creación. Existe un fuerte vínculo entre este mítico Tiempo del Ensueño y los ritos religiosos, ya que se considera que aquella época posee una doble dimensión: la temporal (origen del mundo) y la espacial (conforma una realidad espiritual paralela a la realidad tangible e inmediata). Mediante la actividad onírica, y a través de ceremonias celebradas en lugares sagrados, los hombres tienen acceso al mundo "ensoñado", habitado por los espíritus de los muertos y por los dioses ancestrales.

La gran inundación, que tiene un correlato real en la última glaciación, se atribuye, según los clanes, a seres humanos y distintos animales. Para los kimberleys, los espíritus ancestrales del Tiempo del Enueño provocaron la inundación, mientras que los tiwi (de las islas de Melville y Bathurst) consideran que fue una anciana llamada Mudungkala la que separó estas islas del resto del territorio y las pobló con tres niños. Los yolngu (en el noreste de la isla) poseen un mito más elaborado: las hermanas Wawilak enfurecieron a Yulunggul (una enorme pitón), la cual, tras engullirlas, desencadenó una tormenta que lo inundó todo. Cuando se retiraron las aguas, la serpiente regurgitó a las dos mujeres y a sus hijos; éstos se convirtieron en los primeros yolngu iniciados. El episodio sirve como base a la ceremonia de iniciación: los jóvenes son recluidos en un recinto sagrado, de donde salen convertidos en adultos. Se cree, además, que los cánticos del ritual fueron inventados por las hermanas Wawilak.

Pinturas rupestres sagradas y héroes primitivos australianos
Como los aborígenes desconocían la escritura, el arte constituye la única vía no oral de transmisión de mitos. Las manifestaciones artísticas más importantes corresponden a grabados y pinturas rupestres que datan de cuarenta siglos atrás. Algunas de las representaciones que se conservan son muy esquemáticas: personas, animales y plantas aparecen como figuras apenas perfiladas. El esquematismo a veces es llevado al extremo, pues una simple línea de puntos debe ser interpretada en ocasiones como las huellas de un determinado animal. En Arnhem Land, al norte de la isla, se encuentran las pinturas rupestres más famosas del continente australiano. En ellas se observan dos estilos pictóricos bien diferenciados: uno más antiguo (sus figuras, que tienen mucho movimiento y son de color rojizo, forman parte de escenas de caza, lucha o danza) y otro posterior (que representa el exterior de los elementos de manera estilizada, pero también retrata su anatomía interna). En una de las cuevas de Arnhem aparece una alusión al mito de la creación: junto a representaciones de animales y diversos dibujos, se distingue la gran serpiente de la inundación (llamada también del arco iris).

En zonas alejadas de la isla se han encontrado manifestaciones artísticas muy enigmáticas. Los habitantes de la región de los montes Kimberley, por ejemplo, plasmaron unas misteriosas figuras blancas de cabeza redondeada y sin boca; al sur del cabo York se han descubierto representaciones de los quinkan (delgadísimas criaturas nocturnas de aspecto demoníaco que poseen ojos enormes y están relacionadas con las ceremonias de iniciación). Los postes funerarios de los tiwi son muy interesantes: construidos con madera y pintados de colores muy vivos, se erigen para señalar las tumbas; su número depende de la edad e importancia del difunto.

Otros soportes utilizados por los antiguos australianos para plasmar su concepción del mundo fueron las rocas, las cortezas de los árboles, algunos utensilios cotidianos, el suelo e incluso el propio cuerpo. En los churinga pueden encontrarse grabadas imágenes que representan al tótem del clan

El ensueño y la creación
El ensueño es el origen de los pueblos aborígenes, cuando los antepasados espirituales conspiraron para poner orden y dar forma al universo. El ensueño dio origen a las leyes tribales y comunitarias. Fue una presencia espritual constantemente manifestada en el entorno físico: en las rocas, los ríos, el mar, el desierto, los animales y las plantas. Todas las leyes morales y costumbres del mundo aborigen se remontan a este emparejamiento del universo físico y espiritual. Los vivos son guiados hacia el buen camino por el mundo de los espíritus, que son contemporáneos suyos. Los muertos están presentes en todas partes y los vivos y los muertos son, en último término, indivisibles. Cuando se refleja el tiempo de la creación en un ritual, los participantes penetran en el espíritu del ensueño; es decir, entran y se convierten en las figuras espirituales reales de la creación. El ensueño no es, por tanto, un estado fantástico o ilusorio, sino un estado que, aunque espiritual en su origen, es plenamente consciente del universo físico. Todos los aborígenes leen el pasaje como una serie de complejos sistemas de signos de los cuales derivan el significado y las verdades espirituales.

El Tiempo del Ensueño
La religión de los aborígenes australianos se basa en la creencia de que en los orígenes de los tiempos, la Tierra era un disco plano y vacío que flotaba en el universo; debajo de su superficie existían unas fuerzas indefinidas que, en un momento dado, emergieron para tomar el aspecto de seres humanos y se formó el mundo. Aquellos seres míticos, en su vagar continuo sobre la Tierra, crearon las montañas, los ríos, dieron nombre a las plantas y a los animales, proporcionaron las distintas lenguas a los hombres, les enseñaron a recolectar, cazar, pescar y preservar la naturaleza. Aquella época de creación se llamó "Tiempo del Ensueño".

Estilos de pintura rupestre
Las manifestaciones artísticas más importantes de los aborígenes australianos corresponden a sus grabados y a las pinturas rupestres. Las más antiguas de estas obras se remontan a dos mil años antes de nuestra era. En la Tierra de Arnhem, al norte del continente autraliano, existen dos tipos de pintura rupestre: uno muy antiguo, conocido como "estilo mimi", que consta de figuras con mucho movimiento y de color rojizo; y el otro, llamado "estilo de rayos X", con el que se representa no sólo el exterior de la figura, sino también su anatomía interna.

El "estilo mimi" es muy naturalista, formado por escenas de caza, lucha o danza. Con el paso del tiempo fueron estilizándose y simplificándose hasta transformarse en un estilo simbólico, a base de figuras compuestas por elementos humanos y vegetales.

El "estilo de rayos X" también sufrió una evolución en el tiempo, desde unas representaciones muy simples hasta otras mucho más complejas, pasando por las más equilibradas, que pueden considerarse clásicas.

En la región de los montes Kimberley, al noroeste, se han descubierto pinturas que representan figuras blancas de gran tamaño y cabeza reondeada, con rostros en los que no aparece la boca. Se las ha relacionado con los Wandjina, seres que llegaron del mar para habitar estas tierras.

En la zona situada al sur del cabo de York son características las figuras Quinkan, de aspecto demoníaco, que están relacionadas con ceremonias de iniciación. Se trata de figuras muy delgadas, entre las cuales pueden distinguirse mujeres y hombres. Sus rostros presentan grandes ojos, como si se tratara de seres nocturnos, pero carecen de boca y nariz.

Pinturas sobre corteza de árbol
La pintura sobre corteza de árbol, al igual que la rupestre, formaba parte de los rituales sagrados entre los aborígenes australianos. La decoración consistía -consiste todavía- en una serie de diseños místicos que se transmitieron de generación en generación hasta nuestros días y que servían para invocar a las fuerzas ancestrales.

Se trata de una tradición muy antigua pero, debido a la gran fragilidad del soporte, ninguna muestra ha llegado hasta nuestros días. Estas pinturas se realizan sobre la corteza interior de ciertas especies de eucaliptos con pigmentos minerales de color rojo, ocre, amarillo, blanco y negro. Las cortezas pintadas se utilizaban en determinadas ceremonias y tenían un claro contenido ritual y didáctico. Con ellas se explicaba a los miembros del clan todo lo que debían saber sobre los mitos y el territorio de caza.

En la actualidad, este tipo de pintura ha perdido su carácter ritual y se destina a la venta turística. Sin embargo, las piezas con clara simbología sagrada se reservan para los iniciados y se excluyen del circuito comercial.

La danza del canguro
La danza tribal no sólo era representativa, sino que copiaba el universo físico. Cuando se representaba un canguro en una ceremonia, los actores, más que imitar al canguro, invocaban al espíritu del canguro. La relación entre la tribu y el canguro era aún más fuerte. La sociedad aborigen aprendió técnicas de supervivencia mediante la observación de la conducta de las manadas de canguros, que no es muy distinta de la organización social de muchas tribus, e incluía hábitos de migración que definían claramente los límites territoriales. Los canguros se protegen de sus enemigos corriendo en pequeños grupos. En la vida cotidiana, cada miembro de la tribu era investido con una responsabilidad personal hacia el bienestar de la tribu como conjunto, y aunque existían divisiones tribales, todo el mundo contribuía directamente a la totalidad. Las leyes y reglas de comportamiento no eran aplicables a toda la sociedad aborigen en general, no eran intercambiables entre pueblos y territorios, sino que estaban arraigadas en cada estado y grupo particular.

El totemismo
Australia
Un símbolo de la identidad comunicativa
Aunque el totemismo tenga un espacio en la vida religiosa de numerosas tribus indias de América del Norte y africanas, es en Australia donde resulta más interesante, porque las creencias totémicas se encuentran aquí en un estado más cercano al origen y porque estas creencias constituyen la base de un sistema religioso completo.

En la antigua Australia, los clanes se agrupan en una unidad superior llamada tribu. Cada clan rinde culto a un determinado animal, planta u objeto inanimado que recibe el nombre de tótem, con el cual sus miembros establecen unos vínculos muy especiales. Para comprender la importancia de las creencias totémicas es fundamental entender qué es un clan y qué tipo de relaciones se establecen entre los individuos que lo integran. Los miembros de un mismo clan están unidos por un vínculo de parentesco, lo cual no significa que exista consanguinidad entre ellos, sino que participan de los mismos derechos y obligaciones que los miembros de una familia: no deben casarse entre sí, tienen que guardar luto cuando muere uno de ellos, etc. Pero lo que en realidad los identifica como miembros de una comunidad es el nombre que todos comparten (y que coincide con el de un animal, planta u objeto): su tótem.

La mayoría de objetos utilizados como tótem pertenecen al reino vegetal o animal, y sobre todo a este último. Otros tótems, mucho menos habituales, se refieren a elementos de la naturaleza o a fenómenos atmosféricos: el fuego, la lluvia, el viento, las nubes, el sol, la luna, el humo, el verano, el agua, el mar, las estrellas... A veces el tótem no es un animal, sino una parte de su cuerpo (la cola, el estómago, el hígado, etc.). Esto ocurre cuando un antiguo clan que compartía el mismo tótem se ha subdividido en varios clanes: cada uno de ellos adopta como suya una parte del animal. También son susceptibles de convertirse en tótems los lugares en que un antepasado mítico realizó una gesta importante e incluso el propio antepasado. Por lo general, los tótems se transmiten por vía hereditaria: según los clanes, el hijo adquiere el tótem de la madre o del padre (o el de la región donde fue concebido).

Tótem y emblema
Los aborígenes australianos consideran que el tótem es algo más que un nombre: es el emblema identificativo que señala su pertenencia a una determinada familia y les distingue de los miembros de otros clanes. Para que esta enseña sea recordada y para que la fuerza que emana de ella esté siempre presente, el tótem se imprime en distintos objetos relacionados con las personas: escudos, rocas, trozos de madera situados cerca de las tumbas, y en diferentes utensilios de uso cotidiano. Además, aparte de su función como aglutinante social (pues cohesiona individuos dispares a los que otorga una identidad común), la figura totémica está inextricablemente unida a la religión y es, ante todo, un objeto sagrado.

Durante las ceremonias religiosas, el tótem se integra en el cuerpo de los participantes. Su figura se reproduce mediante tatuajes e incisiones cutáneas, se representa en las máscaras y se evoca utilizando algunas partes de su organismo (si es un ave, sus plumas; si es un mamífero, su piel y, en ocasiones, su sangre). Pero es en los ritos iniciáticos donde la presencia del tótem desempeña un papel determinante.

La iniciación (que incluye la circuncisión y, en la mayoría de los casos, la extracción de dientes) permite al neófito adentrarse en el significado del ritual totémico, a la vez que le familiariza con los nombres y lugares de sus antepasados. Un instrumento imprescindible en la vida religiosa es el churinga (voz aborigen que significa "sagrado", que desempeña un papel fundamental en este rito. Construidos de madera o de piedra pulimentada, los churinga tienen una forma ovalada y suelen llevar grabado el tótem del clan con representaciones muy esquemáticas. Entre las milagrosas propiedades atribuidas a esta herramienta mágica destacan las de sanar las heridas provocadas por la circuncisión, curar enfermedades de todo tipo, otorgar fuerza antes de entrar en combate, debilitar a los enemigos...

El churinga es el tesoro religioso del clan y debe guardarse de manera disimulada en un recinto apartado (normalmente en una cavidad), fuera del alcance de los extranjeros, las mujeres y los no iniciados. Este espacio sagrado (llamado ertnatulunga) constituye un santuario para todo el grupo totémico y emana una poderosa energía que transmite a todo su entorno. Como lugar de paz, quien se acerca a él goza de derecho de asilo: sirve de refugio a los hombres perseguidos y no está permitido cazar ningún animal que habite en los alrededores.

El tótem individual
Pero además del tótem común a todos los miembros del clan, existe otro que es propio de cada persona y al que ésta dedica un culto particular, exclusivo. A través del tótem individual cada uno expresa su personalidad: entre él y el individuo, plenamente identificados, se establece un vínculo vital. El animal (porque suele ser un animal) se convierte en el alter ego del sujeto, quien, al participar de la dimensión divina de su tótem, empieza a considerarse a sí mismo como un ser sagrado. Así pues, cada persona posee una doble naturaleza: la humana y la totémica. Esta identificación entre el individuo y su animal patrón implica una serie de derechos y obligaciones hacia ambas partes. Por ejemplo, si un hombre tiene como tótem al emú, no podrá cazar ni comer ningún ejemplar de esta especie, y si lo hace estará sujeto a una serie de obligaciones (como purificarse después de llevar a cabo su acción). A cambio de este tributo que se le rinde, el animal patrón ayuda al hombre: le infunde coraje, le advierte de situaciones peligrosas y le protege de los males que le acechan. En definitiva, se comporta como su mejor amigo.

El totemismo individual es una práctica facultativa, ya que no está impuesta por el clan. Algunos individuos no tienen un tótem propio, mientras que otros tienen varios; además, está permitido renunciar a él y cambiarlo. A diferencia de lo que ocurría con el tótem colectivo, la elección del tótem particular no está determinada ni por los progenitores ni por el lugar de concepción, sino que se lleva a cabo en sueños o, tras el rito de iniciación, es un tercero (pariente, mago o anciano) quien lo sugiere.

Creencias y ritos en Polinesia, Melanesia y Micronesia
religion
La Polinesia comprende Nueva Zelanda, Hawai, Tahití y la isla de Pascua, entre otros archipiélagos. Las creencias de sus habitantes incluían toda una serie de divinidades similares a las del Olimpo griego; es decir, no son deidades identificadas únicamente con las fuerzas de la naturaleza, como es habitual en este tipo de zonas no civilizadas, sino seres humanizados con relaciones de amor, sexo, odio y rivalidades.

En Melanesia (compuesta por Nueva Guinea y otras islas menores como las Hébridas o Nueva Bretaña) la acción de los misioneros hizo que muchos de los cultos religiosos se perdieran en pocos años. No obstante, nos han quedado algunos restos muy interesantes, como los coloristas y complejos dramas cultuales -a medio camino entre el teatro y la celebración ritual- que celebran algunas de estas tribus.

Muy pocos de los ritos de Micronesia (infinidad de pequeñas islas más al norte de la Polinesia y la Melanesia) han llegado hasta nosotros, debido a la despoblación de las islas y la facilidad con que muchas tribus abandonaron sus creencias para pasarse al cristianismo. Pero se conocen algunos detalles de cultos bastante curiosos y con un componente sexual muy claro.

Elementos religiosos de los Mares del Sur

Concepto de los espíritus
Melanesia: Culto a los antepasados y existencia de espíritus maléficos en los dramas cultuales
Polinesia: Espíritus de los antepasados (tiki)
Micronesia: Existencia de espíritus (anite) en las islas Marianas

Fascinación por lo foráneo
Melanesia: Cultos. Cargo
Polinesia: Identificación de James Cook con la deidad Lono
Micronesia: Pronta conversión en masa al cristianismo

Gran lugar sagrado
Polinesia: Isla de Pascua
Micronesia: Nan Matol (islas Carolinas)

Héroe cultural
Polinesia: Maui
Micronesia: Olifat (islas Carolinas)

Cultos a la fertilidad
Melanesia: Culto al ñame (Nueva Guinea)
Polinesia: Diosa Hina
Micronesia: Estatuas Dilukai (islas Palaos)

Ser supremo
Melanesia: Balum/Geb
Polinesia: Makemake/Tane/Tangaroa
Micronesia: Latmikaik (Diosa Madre de los dioses y seres humanos)

Lugar de culto
Melanesia: La aldea
Polinesia: Altares. Ej.: Heiau (Hawai)
Micronesia: Chozas; altares (islas Marquesas)

Fuerza sobrenatural
Melanesia: Mana/dema
Polinesia: Mana/dioses
Micronesia: Mana/dioses

Manifestaciones cultuales
Melanesia: Dramas cultuales, ritos de pasaje
Polinesia: Danzas músico-teatrales
Micronesia: Ritos de pasaje

Los dema melanesios
aborigenes
Sacrificios humanos, canibalismo y teatralidad
El legado de los aborígenes melanesios, hoy casi extinto a causa del descenso demográfico, la imposición o asimilación cultural y los cuatrocientos años de evangelización misionera, es variado y sorprendente: de la crueldad de los sacrificios humanos a una ingenuidad rayana en lo infantil, pasando por el impresionante espectáculo de los coloristas dramas religiosos dedicados a los dema o dioses.

La afición de algunas tribus de Nueva Guinea y otras islas de la Melanesia a coleccionar cabezas de enemigos e incluso a comerse a los prisioneros ha llevado a muchos a considerar bárbaras estas culturas. Pero otras civilizaciones que se han considerado muy avanzadas, por ejemplo, la de los aztecas, también practicaron la antropofagia ritual y no fueron tildadas de primitivas.

Por otro lado, el sacrificio humano y el canibalismo fueron sucesos aislados e infrecuentes entre aquellos nativos y, además, cuando sucedieron tuvieron una razón claramente religiosa.

En algunos grupos melanesios de la isla de Nueva Guinea se veneraba a los dos dema gemelos que, según la leyenda, habían conseguido acabar con un jabalí gigantesco que asolaba a los ancestros de las tribus, atravesando los testículos del monstruo con una lanza. Los gemelos y su madre se comieron más tarde la carne del malvado jabalí.

Este es el mito que reproducían los melanesios cazadores de cabezas.

Y al devorar a sus prisioneros más realizaban un acto de comunión con los sagrados dema, que daban satisfacción una bárabara afición al sabor de la carne humana o a la crueldad. Para los melanesios, el cuerpo del dema-jabalí se proyectaba simbólicamente durante el rito en la carne del prisionero.

De hecho, muchos de estos rituales se celebraban, y se siguen celebrando, sustituyendo la carne humana por carne de cerdo, animal que además tiene gran importancia en las sociedades melanesias. La riqueza y el rango social de un Big Man (hombre preeminente) se calculan por el número de cerdos que posee.

Un tipo de ceremonias que ha suscitado la curiosidad de los etnólogos, antropólogos y estudiosos de la religión en Melanesia son los llamados dramas cultuales. En ellos, los participantes se pintan con colores muy vivos, se disfrazan con estrafalarios atuendos y se ponen unas máscaras rituales que han hecho famosa la cultura de la zona.

Algunos de los grupos étnicos melanesios, especialmente los marind-anims del sur de Nueva Guinea, tenían estas representaciones como la fiesta principal del calendario. Se les llamaba mayo y mientras duraban se suspendía cualquier otra actividad, como pudiera ser la caza de cabezas u otros actos de culto.

Los suntuosos dramas cultuales
Los ritos del mayo no podían ser presenciados por personas ajenas a la tribu. En ellos, los actores personificaban a cada uno de los dema. Para las vestimentas se usaban varas de bambú, pieles, plumas de casuarios, aves del paraíso y patos e incluso semillas. Las máscaras eran de madera e incorporaban figuras simbólicas.

La que representaba al dema del Sol era especialmente impresionante: casi tres metros de abanico amarillo a modo de corona solar. Las máscaras de los elemas, también de Nueva Guinea, de forma oval y acabadas en punta, recordaban a las africanas y formaban parte de una representación siniestra, al estilo de las danzas de la muerte medievales, en las que los espíritus del mal, procedentes de las profundidades marinas, atemorizaban al espectador.

Dignas de mención son también las máscaras de los bainings (Nueva Bretaña), llamadas haraiga, que solían medir entre diez y quince metros. Se ha conservado incluso una de casi treinta metros. Para poderlas llevar sin dañarse, los actores debían ayudarse de fuertes varas de bambú. Muchos de los mensajes que se daban durante las representaciones eran un misterio incluso para la gran mayoría de los espectadores, ya que sólo los iniciados (los sacerdotes) podían comprender el significado de los ritos y su relación con la vida y milagros de los dema.

Ritos melanesios de iniciación juvenil
Como en otras culturas con un fuerte apego a la naturaleza y poca tendencia a la abstracción individual, los indígenas de la Melanesia valoran sobremanera los cambios de edad y de manera especial el paso a la edad adulta. En varias de la tribus de Nueva Guinea, por ejemplo, bukauas, yabims o tamis, la fiesta de iniciación es la más importante del calendario. El dema que regía esta fiesta se llamaba Balum y se representaba en los dramas cultuales como un ser monstruoso que devoraba a los jóvenes aspirantes a adulto para luego escupirlos. Mientras se sacrificaba un cerdo a Balum, los jovencitos eran circuncidados, lo cual significaba su "muerte temporal" durante el rito y, por tanto, su paso a otra vida, en este caso la vida adulta.

Muchos de los dema importantes entre los pueblos aborígenes melanesios tienen un origen mítico común, pero las diversas tribus no se ponen de acuerdo en sus nombres.

No obstante, mencionemos al cocodrilo que extrajo del agua las primeras extensiones de tierra, para crear el lugar donde habitan los hombres.

O a la madre común, personificada en distintos animales, que era objeto de una veneración principal. También nos ha llegado el nombre de Geb, un dema que suele ser identificado con el ser supremo y de cuyo cuerpo salió el primer plátano.

Como los sioux con el bisonte, los melanesios identifican a su deidad principal con su sustento alimentario. Nombremos también a Yawi, que se identifica a su vez con un cocotero.

También se rinde culto a los antepasados familiares; este culto se conserva en la actualidad y es similar al de muchas tribus de África occidental. Los ancestros se cuidaban de proteger a los nativos de cada clan de la influencia de los espíritus malignos que habitaban la selva, y además velaban por su prosperidad y salud.

Asimismo, podían castigar a sus descendientes si se portaban mal, pero en general los ayudaban. Por otro lado, según la visión de los aborígenes, esta ayuda tiene algo de interesada, ya que si los descendientes desaparecieran por una guerra o epidemia, los antepasados se quedarían sin familia, con lo cual se desarraigarían y se convertirían en espíritus malignos.

Muchas de las costumbres mencionadas hace ya tiempo que dejaron de practicarse. Las enfermedades que los blancos llevaron a los Mares del Sur diezmaron muchas poblaciones, y la acción de los misioneros también ayudó a enterrar viejas creencias.

Por otro lado, el indígena melanesio ha tenido una cierta tendencia a dejarse deslumbrar por todo lo foráneo. Por tanto, sepamos que de todo lo explicado sobreviven restos entre las tribus que menos se han dejado influir. Pero muchas de las máscaras de los dramas cultuales -por poner un ejemplo representativo- sólo pueden verse hoy día en los museos.

El culto a la ferocidad

Agiba: Altar para cráneos que se usaba en las culturas del pueblo kerewa (Nueva Guinea). Se hacían de madera troquelada y representaban inquietantes figuras antropomorfas.

Amenta: Según la tradición de los indígenas de Nueva Guinea, dema primigenio que plantó una semilla de coco y la regó con su propia sangre; de allí salió Hainuwele (ver definición), que estaba destinada a convertirse en el sustento de los seres humanos.

Balum: Dema (véase) que rige los ritos de iniciación en los pueblos melanesios del golfo de Huon (Nueva Guinea). Los ritos de pasaje son tal vez el rasgo o característica de mayor peso y más gereralizado entre los pueblos de esta zona.

Big Man: En la sociedad melanesia, persona que posee riquezas y el máximo rango social. Su riqueza se cuenta por el número de cerdos que posee, lo cual es normal en una estructura económica prácticamente neolítica.

Cargo cult: Curioso fenómeno que se dio durante la segunda guerra mundial entre los indígenas melanesios, que quedaron tan asombrados por las riquezas y adelantos que mostraban los barcos norteamericanos que los veían como un objeto de culto. Otra hipótesis afirma que los nativos esperaban la llegada de una nueva era (al estilo del milenarismo) y que la señal de que llegaba era la aparición de barcos extranjeros.

Dema: Ente divino al que los indígenas melanesios dan culto y al que festejan en las famosas representaciones teatrales en que cada persona se disfraza de un dema concreto. Como los dioses de cualquier tradición politeísta, se los imaginan como seres humanos con sus sentimientos amorosos y sus disputas bélicas.

Geb: Dema que en algunas tribus melanesias es el ser supremo y benéfico y en otras un ser repulsivo y atormentado. En todo caso, la dualidad entre la adoración y el sacrificio violento es uno de los pilares de las leyendas de las tribus de la Melanesia.

Hainuwele: Criatura primigenia que surgió del coco plantado por Amenta. Tras madurar en nueve días, fue sacrificada por otros dema. Amenta la desenterró, la desmembró y de sus pedazos nacieron las plantas de tubérculos que alimentan a los marind-anims; de ahí que el mito hable del enterramiento del cadáver de Hainuwele (los tubérculos crecen bajo tierra).

Haraiga: Máscaras que usan los bainings de Nueva Bretaña, en Melanesia. Son similares a las que usan para sus dramas religiosos otros pueblos de la zona, pero se diferencian en su enormidad dado que puden contar más de quince metros de altura.

Jensen, Adolf E: Antropólogo danés que estudió en profundidad el culto a los dema en el sur de Nueva Guinea, especialmente la leyenda de Amenta y Hainuwele.

Locura de Vailala: Fenómeno que se dio en Papúa-Nueva Guinea a partir de 1919 y proliferó en algunas zonas marginales hasta los años 30: era un movimiento que mezclaba la ingenuidad de los cultos Cargo y la pasión del milenarismo y estaba regido por profetas melanesios.

Malaggan: Festividades que celebraban los indígenas de Nueva Irlanda (Melanesia). Durante las celebraciones, los nativos mezclaban el culto a los muertos con el de la fertilidad y en los ritos se usaban máscaras de un aspecto cuando menos inquietante.

Mana: En las culturas de los Mares de Sur en general, fuerza sobrenatural, pero también en términos genéricos, carisma o "ángel". Se aplica a culturas tanto melanesias como polinesias o de la Micronesia.

Mayo: Fiesta principal de los nativos marind-anims (Melanesia) en la que se practicaba un rito secreto -estaba prohibido llevarlo a cabo en presencia de extranjeros- relacionado con los dema y la iniciación de los jóvenes.

Moaro: En las culturas de la isla de Nueva Caledonia (Melanesia), choza reservada exclusivamente a los hombres que se preparan para la pilou o fiesta del culto al ñame.

Ñame: Tubérculo gigante alrededor del cual los melanesios del nordeste de Nueva Guinea y también de otras islas como Nueva Caledonia, celebran un extraño culto fálico y místico en que los hombres, tras cultivarlos con artes mágicas para que se hagan más grandes, presumen exhibiéndolos ante sus vecinos.

Papua: Antiguo nombre de los indígenas que poblaban la isla de Nueva Guinea. Por extensión, el sinfín de diversas lenguas que hablan en esta isla y en el resto de enclaves de la Melanesia.

Sepik: Río de la isla de Nueva Guinea alrededor del cual todavía existen culturas arcaicas que dan culto a los viejos dioses melanesios y representan dramas cultuales con máscaras, escudos y otros ornamentos.

Yawi: Dema que algunas tribus melanesias identifican con el cocotero y otras con la muerte.

Las religiones de los Mares del Sur
rupestre
El "buen salvaje" religioso
Los aventureros del siglo XVIII que como James Cook exploraron los Mares del Sur se encontraron con sociedades muy diferentes y con costumbres cuando menos curiosas a los ojos de un europeo: desde los rígidos tabúes (de este vocablo austronesio procede la palabra que han adoptado posteriormente muchas lenguas) introducidos por los sacerdotes polinesios, hasta los cultos de fuerte componente sexual de algunas tribus de la Micronesia.

La cultura polinesia fue idealizada desde su descubrimiento por los intelectuales europeos. Además, algunos aspectos de la sociedad polinesia recordaban a civilizaciones muy mitificadas, como el imperio inca: por ejemplo, el hecho de que dentro de la jerarquizada estirpe gobernante, el jefe supremo sólo pudiera casarse con una de sus hermanas, ya que sólo ésta tenía pureza de sangre y era descendiente directa, como él, de los dioses. Pero ya sabemos que un gran partidario de las libertades teóricas como Voltaire era, a su vez, defensor de la esclavitud. No abundaremos en el tema (no es el que nos ocupa) y nos centraremos en las particularidades religiosas de estos indígenas, cuyas islas siguen constituyendo, ahora por motivos turísticos, una atracción de los occidentales.

Es curioso que uno de los detalles que se conocen popularmente sobre la cultura que nos ocupa sean los zumos y bebidas exóticas que la gente consume en muchos países, en oscuros bares de ambiente polinesio. Todo ello, aunque parezca mentira, tiene un origen socio-religioso: la kawa, bebida euforizante que procede de las raíces del pimentero. En todas las islas polinesias, salvo Nueva Zelanda, los indígenas bebían kawa respetando ciertos ritos y en pequeños grupos. Sólo los varones podían hacerlo y ello reforzaba la colectividad.

La dualidad sagrada polinesia: mana y tabú
Dos conceptos marcaban la vida en común (recordemos el componente de marcado carácter social de las religiones de los Mares del Sur) de los polinesios: el mana y el tabú. El primer concepto es difícil de traducir, pero equivale a una especie de fuerza de origen sobrenatural que, al concentrarse en el ser humano, refuerza sus virtudes, le da carisma. Es algo próximo a lo que en castellamo llamamos "ángel" o don.

En principio, el mana se opone al concepto de tabú. El primer europeo en escuchar esta palabra fue el capitán Cook. Su significado original entre los polinesios era lo prohibido, especialmente lo que es sagrado y, por tanto, está vedado al no iniciado. En la práctica, los tabúes eran impuestos por los sacerdotes y dirigentes de las tribus (los que tenían más mana) al resto de pobladores, y ello acabó sacando de su contexto la primigenia oposición entre ambos conceptos. Al final, las clases dirigentes consideraban tabú toda actitud que pudiera minar su poder. Tal vez por ello muchos polinesios fueron abandonando tales creencias y hoy en día las religiones nativas casi no se practican en estas islas.

Entre los dioses de que tenemos noticia, destaca Tangaroa, que para los maoríes (Nueva Zelanda) era el dios del mar y para las tribus de la Polinesia occidental, el creador. En cambio, para muchos otros pueblos, el creador llevaba por nombre Tane, quien surgió de Papa (Madre Tierra) y Rangi (Padre Cielo). Tane dio vida a Hina, la primera mujer, y con ella a toda la humanidad. También algunos hombres eran recordados por el mito polinesio: el héroe Maui (que recuerda a Hércules y aún es objeto de culto en muchas islas del sudeste) y el primer hombre, Tiki, salido del falo de Tane.

Los hawaianos celebraban el culto en los llamados heiau y veneraban especialmente a Laka, diosa de las plantas, y a Tu, dios de la guerra. Por el contrario, los habitantes de Tahití consideraban a Tu un mero ayudante de Tangaroa y tenían a su propio dios de la guerra, Oro. Longo es el dios de la agricultura y se contrapone a Tu, ya que representa la paz. Los hawaianos lo llaman Lono. Lono es responsable de la anécdota más divertida de los nativos de Hawai: como era representado por una lámina blanca ensartada en un palo, los indígenas creyeron que James Cook era el mismísimo Lono, ya que había llegado a sus tierras en un barco de vela que se parecía mucho al símbolo de este dios.

Micronesia: ritos perdidos
Poco nos ha quedado de las costumbres religiosas de los pueblos de Micronesia, un puñado de islas casi despobladas que además sufrieron la intervención de los misioneros desde fecha muy temprana. Por si esto fuera poco, las enfermedades introducidas por los europeos minaron la salud de los ancianos, que eran precisamente los que conservaban en la memoria estas tradiciones, con lo que muy poco se ha salvado.

Aparte de las impresionantes ruinas de la ciudad lacustre de Nan Mataol (que muchos han comparado con el enigma de la isla de Pascua) y algunas nociones sobre los espíritus marinos malignos de los chamorros (islas Marianas), tenemos información sobre dos culturas indígenas de esta zona: las islas Yap y las islas Palaos, donde los ritos religiosos son bastante curiosos.

Los habitantes de las islas Yap rinden culto a las llamadas fae o monedas sagradas. Se trata de unas gigantescas monedas perforadas como rosquillas y hechas de aragonito, con las que se saldan deudas importantes: por ejemplo, indemnizaciones o compras de mucho valor. Poseer un fae proporciona a las familias no sólo rango social y prestigio, sino que les garantiza un lugar de privilegio en el más allá, un poco al estilo de lo que significaban las indulgencias que los ricos compraban a la Iglesia católica en la Edad Media para obtener la salvación del alma. Además del dinero, otro aspecto muy valorado por los indígenas de las islas Yap es la fertilidad: tienen hasta siete dioses relacionados con ella.

En las islas Palaos, en el siglo pasado, existían unos clubes llamados bai, en los que los jóvenes se encontraban. En estas chozas no se permitía la entrada de mujeres, pero estaban decoradas con motivos sexuales. El ornamento más impresionante era la Dilukai, una mujer con las piernas completamente separadas, en una postura que podría interpretarse como pornográfica. Pero la razón es ritual: lo que significaba este motivo es que los jóvenes estaban en el interior de la mujer, como si hubieran vuelto al útero materno, tal vez con el fin de "volver a nacer", en este caso a la vida adulta. También hay quien relaciona a la Dilukai con Latmikaik, la madre primigenia de la cultura Yap, que creó el cielo y el infierno, a los dioses y, finalmente a los seres humanos, en un mito que recuerda algunas de las religiones de Indonesia.

Las islas de la felicidad

Ahu: Cada uno de los altares de más de cien metros de largo en que se colocaban las gigantescas estatuas de la isla de Pascua.

Airoi: Orden mixta (hombres y mujeres, plebeyos y nobles) religioso-teatral que habitaba la isla de Tahití. Recorrían la región representando espectáculos de música, danza y teatro, y practicaban el amor libre.

Anite: Espíritus de los muertos que atemorizaban a los indígenas que profesaban la hoy extinta religión de los chamorros, en las islas Marianas (Micronesia).

Dilukai: Escultura que preside las chozas de los jóvenes de las islas Palaos (Micronesia). Aparece con las piernas abiertas y suele representar a la diosa Latmikaik (véase definición).

Fae: Gigantesca moneda de piedra sagrada que tiene un gran valor socio-religioso en las islas Yap (Micronesia).

Galid: Nombre genérico que los nativos de las islas Palaos (Micronesia) dan a espíritus, dioses y demonios.

Hawaiki: Tierra mítica en la que sitúan sus orígenes los maoríes de Nueva Zelanda y otros pueblos polinesios.

Heiau: Nombre que daban los indígenas hawaianos a los lugares (templos, torres, altares) donde se celebraba el culto.

Hina: En las culturas polinesias, hija de Tane; por un lado es la Primera Madre, pero por otro es también soberana del reino de los muertos, lo cual demuestra la ligazón esencial que las culturas de los Mares del Sur establecen entre la fertilidad y la muerte.

Hula: Grupos de danzarines y actores que mantienen el culto a la diosa Laka en Hawai (Polinesia), aunque hoy sólo sea para disfrute de los turistas.

Kahuna: Nombre hawaiano que se da a los sacerdotes y que coincide con la definición de Tohunga (ver más adelante).

Laka: Diosa hawaiana de las plantas, la poesía y la danza.

Lapita: Tipo de cerámica que ha dado nombre a una cultura anterior al 1400 a.C. cuyos pioneros, de piel clara, poblaron desde el sudeste asiático gran cantidad de islas de los Mares del Sur.

Latmikaik: Madre Primigenia de los nativos de las Palaos que engendró primero a los dioses y después a los seres humanos.

Lono: Véase Rongo.

Makemake: Hombre-pájaro de los indígenas de la isla de Pascua. Es el dios principal y creador de esta cultura.

Marae: Nombre que dan al culto los indígenas de Tahití (Polinesia).

Maui: Héroe muy venerado por las sociedades polinesias: la leyenda dice que proporcionó el fuego a los hombres.

Nan Matol: Centro de culto -en ruinas desde hace muchos siglos- de los indígenas de las Carolinas (Micronesia). Sus grandes y numerosas plataformas (estaba construido sobre un lago) y su monumentalidad han creado un misterio sobre la civilización que lo construyó.

Olifat: Héroe venerado en varias de las islas Carolinas, especialmente en la cultura de Nukuor (Micronesia).

Oro: Versión tahitiana de Tu, el dios de la guerra de los pueblos polinesios.

Rongo: Dios maorí de la agricultura, representado por una caracola (rongo es en maorí "sonido", que en Hawai es conocido como Lono.

Tabú: En la cultura polinesia, acción o concepto prohibido y peligroso y, por tanto, fuera del alcance del no iniciado.

Tane: Dios creador de los maoríes de Nueva Zelanda, también conocido por ser señor de la selva y de los animales. Surgió del abrazo entre Papa (la Tierra) y Rangi (el Cielo). En otras islas polinesias sus funciones son atribuidas a la deidad Makemake.

Tangaroa: Para los maoríes, dios del mar. Para otros pueblos polinesios, dios de la creación. Para todos, deidad cuya fecundidad ha sido un motivo importante para muchas obras artísticas.

Taputapuatea: Gran centro de culto de los indígenas de Tahití. En él se veneraba especialmente al dios de la guerra, Oro.

Tiki: Nombre que se da en las islas Marquesas (Polinesia) a los antepasados. En muchas culturas polinesias, miembro viril del dios Tane.

Tohua: Grandes altares de más de tres metros de altura donde se celebraba el culto de los nativos de las islas Marquesas. También eran usados por el jefe de la tribu para construir su casa.

Tohunga: En lengua austronesia "experto"; sumo sacerdote de las culturas polinesias. Por extensión, algunos pueblos llaman también así a los magos y curanderos.

Tu: Para los polinesios de Tahití, lugarteniente de Tane: para los maoríes y los hawaianos, dios de la guerra.

Tuaha: Recinto cuadrangular prohibido a los profanos en que el sacerdote de la cultura maorí de Nueva Zelanda se encerraba para buscar inspiración y consejo de los dioses.

La religión en la isla de Pascua
totem
Megalitos esculpidos. ¿Para qué?
Las famosas estatuas de piedra de la aislada isla de Pascua fueron descubiertas por Roggeveen en 1722, en una isla escasamente poblada por habitantes de origen polinesio. La cultura y las tradiciones que se ocultan tras estos enormes megalitos constituyen un misterio. No lo es tanto el culto que estos indígenas rendían a Makemake, el dios pájaro.

A 3 760 km de la costa occidental de Sudamérica se encuentra una isla de origen volcánico que ha cautivado la atención y la curiosidad de todo el mundo desde que los europeos llegaron a ella en pleno siglo XVIII. Es muy sorprendente que en un lugar donde nunca vivieron más de 6 000 nativos (aun hoy, la población no supera los dos millares) se encuentren restos de más de cien lugares dedicados al culto. Si tenemos en cuenta la proporción de templos por miles de feligreses que en la actualidad se aplica en cualquier parte del mundo, aún es más sorprendente este dato.

Los ahu y las enigmáticas cabezas
Los polinesios (y los habitantes de la isla de Pascua pertenecen a esta cultura) llaman ahu a una especie de altar de piedra que, a modo de pedestal, sostiene diversos motivos ceremoniales, por lo general de grandes dimensiones. En el caso que nos ocupa, los ahu eran tan grandes que a veces cabían en ellos hasta quince estatuas. La isla estaba plagada de estos megalitos, ya que se han contabilizado unos seiscientos, pero hay restos de muchos más. Como hemos visto en fotografías y reportajes, se trata de unos enormes torsos, rematados con cabezas de extraña forma cuadrangular. Las estatuas están construidas con toba y pesan varias toneladas. Las extrañas cabezas están coronadas por una especie de moño hecho de otro material.

Qué representan estas estatuas continúa siendo un enigma, pero lo que está claro es el gran valor que tenían para los indígenas, que hacían tremendos esfuerzos para transportarlas a los ahu, tratando de que no se cayeran y rompiesen por el camino, lo cual, sin embargo, ocurría a menudo. Parece ser que las diversas tribus habían empezado a competir respecto a quién veneraba a la estatua mayor, de modo parecido a lo que hacen los abelames melanesios de Nueva Guinea con el culto al ñame -recordemos cómo estos últimos competían entre sí por ver quién tenía el tubérculo de mayor tamaño-, aunque la situación debió de llegar a tales extremos de obsesiva competitividad que provocó varias disputas bélicas. Estas guerras internas acabaron, casi con toda probabilidad, con el culto a las estatuas gigantes, por lo cual, cuando Roggeveen llegó a la isla, la mayor parte habían sido destruidas o abandonadas. Por ello, nadie puede asegurar si se trataba de dioses, héroes u otro motivo artístico-religioso. Esto nos recuerda a las quince cabezas gigantes pertenecientes a la cultura olmeca encontradas en La Venta (México).

El culto al dios pájaro
Los habitantes de la isla de Pascua compartían dioses con otras culturas polinesias: veneraban a Tangaroa (señor del mar) y a Rongo (dios de la agricultura), pero, al contrario que los maoríes, tahitianos o hawaianos, no reconocían a Tane como deidad principal. Este papel lo desempeña un dios bastante interesante: Makemake, también conocido como el hombre-pájaro.

Makemake era un dios primordial: se le consideraba el creador del universo, el fecundador por excelencia y paradigma de la masculinidad; recordemos lo habitual que es entre las culturas de Oceanía el culto al falo, como podemos comprobar si observamos cualquier estatuilla polinesia o melanesia de las que se hallan en los museos etnológicos de todo el mundo.

Los nativos imaginaban a Makemake como un hombre-pájaro y las representaciones artísticas que nos han llegado de su figura lo retratan como un híbrido con cabeza de ave y cuerpo de hombre, al estilo de las divinidades egipcias. La fiesta anual en honor de esta deidad se celebra en la isla de Moto Nui, muy cercana a la isla principal. El rito era poco menos que curioso y consistía en lo siguiente: los jóvenes nadaban por el estrecho entre las dos islas -que además estaba plagado de peligrosas rocas y escollos- hasta llegar a los nidos de las golondrinas que había en el desfiladero, para robar los huevos de estas aves. Cada nadador representaba a una de las tribus. El primero que conseguía llevar el huevo a su jefe, adquiría gran prestigio, pero además convertía, por efecto de esta extraña competición deportivo-ritual, a su caudillo en la reencarnación de Makemake durante todo el año siguiente.

El culto al dios pájaro ha llegado hasta nosotros a través de la información de los observadores extranjeros y también por el testimonio de los propios nativos, pero hay más: los indígenas polinesios conocían la escritura y se han descubierto textos nativos que se sabe que hablan de este dios y de otros que se veneraban en la zona, aunque todavía no se han podido descifrar por completo. Tal vez las próximas generaciones puedan acceder, gracias a la labor de los paleógrafos, lingüistas y antropólogos, a los secretos de la isla de Pascua. Entonces, los enormes megalitos que tan bien representan el enigma de este enclave oceánico cobrarán nuevo sentido.

SHALOM