Un tesoro escondido entre los cerros


Tesoros perdidos en argentina



Dicen que un antiguo caballero español escondió en la cordillera "millones de oro y plata" que extrajo de una mina en la montaña sanjuanina. Murió sin poder sacarlo del escondite. Aseguran que el tesoro aún espera quien lo halle.

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El tesoro de Osorio es el nombre con el que mucha gente conoce al oro que, están convencidos, un caballero español llamado Francisco de Paula Soria enterró en las cercanías de Angualasto durante el siglo XVIII. Este personaje, aseguran, explotaba una mina en la cordillera sanjuanina haciendo trabajar a los nativos del lugar. La leyenda explica que por algún motivo personal Soria debió viajar rápidamente a Chuquisaca, en Bolivia, y para evitar que durante su ausencia alguien se quedara con su fortuna despidió a los mineros y enterró en un lugar secreto todo el oro que había acumulado. Su idea era volver a buscarlo. Pero el caballero enfermó y murió en Chuquisaca, sin poder enviar a alguien por su oro.



Sin embargo había escrito de puño y letra el derrotero del tesoro, es decir, la descripción del camino a seguir para llegar hasta sus millones. Antes de morir alcanzó a confesarse con un sacerdote jesuita, quien se convirtió en el depositario del secreto: El agonizante caballero español le entregó al cura el derrotero.

El texto era el siguiente: "Saldréis del pueblo de Calingasta y tomando al poniente por el camino de los indios bajaréis a un arroyo y tomaréis arroyo arriba hasta encontrar un cerro derrumbado en ambas partes, por donde pasa el agua por debajo de unos puentes de piedra y en poca distancia encontraréis un arroyuelo a mano derecha. Tomaréis por él hasta su remate ... También te encargo que busques con alguna prolijidad una piedra verde de estatura de un hombre que está parada a cuyas inmediaciones se halla, y encontrada que sea la voltearéis y escavaréis: Allí dejé tapados millones de oro y plata. Igualmente buscaréis en las cercanías una casa que se dice blanca que tiene la puerta al sol en donde tiene una gran lápida verde tapada. Lee con alguna detención este formulario y el pitipiés que tengo honor de acompañarte por el cual seréis feliz y no desconfíen vuestros descendientes de este mi razonar así. Dado en la ciudad de Chuquisaca y marzo 25 año 17...(roto). Francisco de Paula Soria".



Nadie sabe si esta historia es real o no. En el convento Santo Domingo, donde la leyenda indica que está guardado el derrotero, aseguran que ese documento no existe.

Perdidos

El testigo

A pesar de eso el fallecido periodista y escritor Rogelio Díaz Costa, que se dedicó a investigar sobre el tema, asegura en algunos de los escritos publicados sobre el tema, que él mismo vio el derrotero. Sin embargo, más allá de la transcripción que hace, no hay registro fotográfico o de algún otro tipo.



En una investigación suya, publicada en 1944 en los Anales del Instituto de Etnografía Americana, el periodista explica que en los años donde se sitúa la leyenda se le llamaba Calingasta a parte del territorio que hoy ocupa el departamento de Iglesia, con lo cual el Calingasta del derrotero no sería el actual.



En la misma publicación Díaz Costa detalló que la leyenda situaba en ese pueblo de Calingasta unos yacimientos auríferos de inmenso valor que en la época de la colonia habrían sido explotados por este capitán español. "La clave para encontrar estos yacimientos estaría en unas lomas situadas en las cabeceras del distrito de Angualasto, al Norte de la provincia, desde los cuales podría verse durante la noche los fuegos encendidos por los mineros indígenas", dice el documento.



Díaz Costa detallaba en esa publicación que Desiderio Aguiar y Salvador Debenedetti conocieron, según su propio testimonio, la leyenda en cuestión.

"Tales minas existían. Las conoció el Cabildo de San Juan y el de Mendoza en 1789 y lo confirman dos derroteros existentes en poder de los señores Juan Antonio Dávila y Juan José Fonseca y en el archivo del convento Santo Domingo, de San Juan, perteneciendo este último a los jesuitas", decía Díaz Costa.



Ambos se refieren al pueblo de Calingasta -en realidad se trataría de Iglesia- como punto de partida del camino que conducía al mineral, el que los señores Dávila y Fonseca redescubren en 1846, situándolo en las serranías del Salado, no muy distante de Angualasto.

Rogelio Díaz Costa aseguraba que en el convento de Santo Domingo existía incluso otro documento que hablaba del tesoro. Se trata de una hoja suelta sin fecha ni firma que estaba dentro de una carpeta caratulada: "Escrituras antiguas y Capitanías".



En esto documento, escrito con una pobre ortografía, podía leerse según el desaparecido periodista: "Relación de las minas de Soria que están delante del pueblo de los indios Huarpes llamado Calingasta, Jurisdicción de San Juan de la Frontera". Luego de dar casi la misma ruta para llegar a las minas de oro de Soria termina diciendo: "Junto a estos cerros está una casa blanca con una pequeña puerta hacia donde sale el sol y enfrente de la puerta está una piedra verde parada, de la estatura de un hombre, y al pie de la piedra grande que tapa el tesoro de Soria, y dentro de dicha casa estaban los bastimentos y herramientas con que trabajaban las gentes del pueblo de Calingasta...". Al pie aparecía una nota escrita en distinta letra a la del texto que decía: "Este derrotero lo hubo Don José, Godoy del Mro don Francisco Cano, quien dijo que se adquirió de los jesuitas".

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Expedición

Cierto o no, a principios de 1954 se realizó una expedición auspiciada por Dante Elio Adler, que tenía por objeto hallar la antigua ciudadela dedicada al laboreo de metales supuestamente situada en la zona cordillerana del Norte de San Juan. No la hallaron, pero si descubrieron un conjunto de construcciones precolombinas sobre el río Frío, afluente del Valle del Cura al pie del cerro Las Tórtolas.

Díaz Costa participó de esta expedición que describió en dos artículos aparecidos en el diario La Acción, el 3 y 7 de marzo de 1954.



Posteriormente este descubrimiento fue publicado como "Las pircas indígenas de Río Frío". Díaz Costa relata que encontró trozos de cerámica indígena diseminados sobre el piso de las antiguas construcciones. "Creemos que la misma fue destruida por los agentes climáticos y los infaltables buscadores de tesoros, que por lo general no vacilan en destruir todo", decía en aquel momento.



En este conjunto de construcciones o pircas semidestruidas, hay una que destaca: La que se encontraba al borde del río y en cuyo interior, según la creencia popular, estaba enterrado el tesoro de Soria.

Díaz Costa estaba convencido de que, si en verdad existía, el tesoro de Osorio no estaba en río Frío y que, casi con seguridad, ya había sido rescatado por los jesuitas, que eran quienes conocieron antes que nadie su existencia.

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El testimonio de los buscadores

La leyenda los tesoros perdidos en la cordillera alentó varias expediciones. Algunas de personas con pocos conocimientos históricos o científicos y movilizados más que nada por la promesa de hacerse ricos o famosos. Otras búsquedas estuvieron al frente de profesionales, más interesados en descubrir si los derroteros -de ser reales- podían llevar a hacer otros descubrimientos arqueológicos o históricos. Como sea, lo concreto es que muchos hombres se adentraron en la cordillera tras el oro legendario.





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fuente
http://www.diariodecuyo.com.ar/home/new_noticia.php?noticia_id=100765




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