Probablemente haya sido y siga siendo la Memoria el proceso cognitivo peor conocido, y no porque no se le haya prestado atención desde hace casi un siglo, como ha ocurrido por ejemplo con las emociones, sino porque quizá no disponemos todavía de una buena comprensión del hecho de recordar. Además esto resulta más sorprendente en la medida en que la comunidad científica sí ha sido consciente de la importancia de la memoria para nuestro conocimiento, nuestra constitución y mantenimiento de la identidad, para nuestra capacidad de tratar con símbolos y signos, etc. Tendremos tiempo después para imaginar qué pasa cuando perdemos la memoria, pero rápidamente imaginémonos desmemoriados, amnésicos, sin memoria, sin poder recordar nuestro nombre, sin saber dónde viven nuestros amigos, incapaces de utilizar lo aprendido porque no lo recordamos.

Históricamente, la investigación en memoria ha sido bastante infructuosa porque nunca hemos encontrado dónde residen los recuerdos. Los neuropsicólogos nunca han podido cartografiar la zona del cerebro encargada de producir o almacenar recuerdos, nunca hemos visto un recuerdo más allá de su aparición mental. Sin embargo, la investigación psicológica se ha empeñado durante décadas en la metáfora de la memoria como almacén. Posiblemente porque nuestros medios auxiliares para no olvidarnos de las cosas han sido las agendas, los almacenes y sus índices, incluso, cambiarnos el reloj de mano. Pensad en la biblioteca del centro, tiene muchos libros, si estuvieran colocados al azar resultaría difícil encontrar uno en concreto. Para ordenar toda esa información hemos dispuesto una estructura de armarios y un sistema de clasificación de libros que se puede reproducir en un fichero de entradas de libros. Pensad en la estructura del disco duro de un ordenador. Todo eso son memorias, arquitecturas físicas donde guardamos las cosas y reproducciones lógicas de esas arquitecturas que nos sirven de índices. Cuando hemos tenido o querido recordar algo nos hemos servido de este tipo de almacenes. Simónides de Ceos, un poeta griego, pudo reconocer los cadáveres de los comensales en un banquete que daba un noble de Tesalia, porque recordaba los lugares en los que estaban sentados antes de que el techo de la casa se le cayera encima y quedaran irreconocibles. Por cierto, que según cuenta Cicerón, Simónides se salvo gracias a la intervención de Cástor y Pólux, hijos de Zeus a los que había alabado en exceso según la opinión de su anfitrión que le había contratado para que las alabanzas recayeran en él, y por lo cual sólo pensaba pagarle la mitad del dinero convenido. La otra mitad, le dijo el noble a Simónides, se lo debía pedir a los dióscuros a los que había dedicado la mitad del poema, tal vez su salvación fuera el pago a sus alabanzas.

De este modo se inicia una larga tradición conocida como arte de la memoria que pretendió saberlo todo al poder recordar todo. Y para recordar todo, había que elaborar arquitecturas donde poner lo conocido e índices para poder recuperarlo en cualquier momento.

A pesar de que nuestro medio para recordar es almacenar con un orden que nos permite después recuperar lo almacenado tal y como fue almacenado, parece que nuestro cerebro no funciona así. En un texto clásico del año 1932, F. Bartlett ya nos advirtió de que considerar así nuestra memoria era un error, un error que se ha perpetuado hasta casi la década de los noventa. Detengámonos en un fragmento de la obra de Bartlett.

"Recordar no es la reactivación de innumerables recuerdos fijados, fragmentarios y sin vida. Es una reconstrucción imaginativa, o construcción, producida al relacionar nuestra actitud ante una totalidad de reacciones pasadas organizadas o experiencia y un pequeño detalle destacado que aparece en imágenes o de forma lingüística [...]

Si esta visión es correcta, la memoria es personal, no porque exista un yo intangible e hipotéticamente persistente, que recibe y mantiene innumerables recuerdos, reactivándolos cuando los necesita; sino porque el mecanismo de una memoria humana adulta demanda una organización de 'esquemas' que depende de la interacción de apetitos, instintos, intereses e ideales peculiares a un individuo dado."

F. Bartlett. Recordar. Un estudio de Psicología Experimental y social. Alianza. Madrid

Cuando vimos la teoría de Edelman que nos explicaba cómo los grupos de neuronas creaban categorías perceptivas adelantábamos ya las bases de la memoria.

Efectivamente, la memoria es, en un primer nivel, la habilidad para repetir una ejecución o una acción. El tipo de acción depende de la estructura del sistema en el que la memoria se manifieste, porque la memoria, en lugar del almacén de las teorías clásicas, donde nuestros recuerdos quedan almacenados como huellas, es más bien una propiedad dinámica de poblaciones de grupos de neuronas. Dijimos que las bases de la memoria surgen de alteraciones en la fuerza sináptica de grupos en un mapa global.

Al recordar se activan algunas, pero no necesariamente todas, de las porciones previamente establecidas del mapa global. De este modo se origina una respuesta categorial similar a alguna previa, pero normalmente los elementos que contribuyen a esa respuesta son diferentes, y en general es probable que hayan sido alterados por la conducta en marcha del organismo. Así pues, como las categorías perceptivas no son inmutables y son alteradas por la conducta continua del animal, la memoria es el resultado de un proceso de recategorización continua. El siguiente gráfico puede esclarecer esta idea.
capacidad del cerebro

Este es el nivel de descripción neurológico, pero como venimos insistiendo a lo largo de estos capítulos, es el punto de partida para la comprensión de nuestros sistemas de memoria. Lo fundamental aquí es comprender que ni siquiera en el nivel básico, los recuerdos son recuperados exactamente como quedaron grabados, sino que más bien son nuevas recategorizaciones, recreaciones de episodios pasados que salen a la luz dependiendo de las necesidades concretas del organismo. Advirtamos también que existen tantos tipos de memoria como sistemas específicos tengamos. Tenemos una memoria motora, otra visual, una que permite el aprendizaje, otra que facilita el trabajo lingüístico y conceptual, incluso una que se mantiene activa como una especie de cuaderno de notas cuando iniciamos un proceso extenso y complejo, aún otra que maneja los números de teléfono que hemos aprendido o las caras de personas que conocemos, y también una que organiza nuestros episodios biográficos permitiendo poder disponer de una vida. Es indudable que tal conjunto diverso de tipos de memorias no pueden localizarse en un único lugar del cerebro, que tampoco podemos pensarla como un mecanismo central pues tendríamos los problemas habituales que producen estos tipos de mecanismos centrales. Lo único teóricamente sensato desde el nivel biológico es pensarlo como hemos indicado como una propiedad de los grupos de neuronas que en función del refuerzo de sus sinapsis establecen conexiones sólidas entre grupos de neuronas y configuran mapas locales que a su vez se conectan con otros mapas creando otros globales. El interés de una teoría psicológica es entonces poder determinar o representar, para cada tipo de memoria, las estrategias que utilizamos para establecer las conexiones y para recrearlas cuando proceda. Lo que sigue a continuación son diversas teorías que intentan comprender esto último para distintos tipos de memoria. Repasémoslas brevemente.

memoria

Ya hemos hablado del modelo multialmacén, formulado por Atkinson y Shiffrin, que aunque ha dominado la concepción de la memoria en los últimos veinte años no ha permitido una buena comprensión de la misma. El problema fundamental consiste en pensar la memoria como un almacén en donde introducimos los recuerdos para después recuperarlos tal y como se grabaron. Esta concepción es demasiado estática y no permite una conexión con nuestros mecanismos biológicos. Este modelo fue el resultado de proyectar los sistemas de almacenamiento de información a la memoria humana. Comparemos el gráfico anterior con un esquema lógico de un ordenador.

cerebro
Como vemos, la analogía entre mente y ordenador dio lugar a la analogía entre memoria y almacén. Una Unidad de Proceso y Control (CPU) recaba instrucciones y datos a una memoria para realizar sus procesos y arroja resultados a la memoria de donde parten hacia los sistemas de salida y a donde llegan desde los sistemas de entrada. Igualmente, el homúnculo sentado en el centro de nuestra mente solicitaría datos a nuestra memoria que sirvieran de materia prima a sus procesos y los devolvería para su almacenamiento. Sin embargo, esto no se sostiene teóricamente para el cerebro humano. No existe tal homúnculo, ni tampoco un sistema de almacenes.

No obstante hay algo en este modelo que todavía hoy mantiene alguna vigencia y es la distribución temporal del proceso de retención de información. Efectivamente parece que nuestros recuerdos pasan por distintos estadios temporales hasta que llegan a consolidarse como recuerdos. Un primer estadio o una primera memoria es la sensorial que dura hasta medio segundo y sería la permanencia del estímulo una vez que ha desaparecido de nuestro campo sensorial. Como la atención, su capacidad es limitada y diversos experimentos confirman que podemos retener durante medio segundo 7 ± 2 elementos informativos .

El siguiente estadio sería la memoria a corto plazo que es la que fija la información durante el tiempo justo para poder utilizarla, pasado el cual desaparece y queda libre para nuevas tareas. No obstante podemos elaborar y esforzarnos en retener esa información lo que alargaría el tiempo de permanencia, por ejemplo cuando queremos retener un número de teléfono hasta que podamos apuntarlo por escrito o efectuar la llamada. Esta memoria está sujeta a numerosas interferencias, por lo que la solidez de la información es muy variable. Pensemos cuando nos disponemos a hacer algo, somos interrumpidos y después no recordamos qué íbamos a hacer.

Por último, tenemos la memoria a largo plazo, que es la que fija la información permanentemente y, salvo olvido o imposibilidad puntual de acceso, la deja disponible siempre y cuando la necesitemos. A largo plazo conservamos numerosos tipos de recuerdos, palabras, episodios, conocimientos teóricos o conceptuales, episodios autobiográficos, por lo que parece imprescindible analizar si cabe presentar nuevos modelos que atendiendo al tipo de recuerdo expliquen cómo podemos estructurarla. De esta manera obtenemos la distinción entre memoria semántica y memoria episódica. Pero, antes de ver como podemos organizar los recuerdos de estas memorias, se nos ha quedado un concepto por revisar, la memoria funcional o working memory, hagámoslo seguidamente.


6.3. Memoria Funcional


En el modelo clásico multialmacén el almacén de corto plazo resultaba muy especulativo, no existían datos fiables de su existencia, ni rastros neurológicos de su funcionamiento. Al intentar mejorar este modelo de la memoria aparece el concepto de memoria funcional (working memory) con la clara intención de sustituir al de memoria a corto plazo.

La aparente simplicidad con la que realizamos las tareas de la vida cotidiana da una falsa apariencia de la complejidad de operaciones en curso que ocurren en la mente. Esto ya lo hemos comprobado al estudiar la percepción. La más común de las rutinas, como pudiera ser mantener una conversación, exige una combinación de datos sensoriales y conocimiento almacenado que repentinamente se hace relevante. La combinación de la recuperación de la información memorizada y su aparición y uso continuo en la conciencia constituye lo que se ha denominado memoria funcional.

La memoria funcional permite a los organismos planificar el futuro y unir pensamientos e ideas. Es fundamental para la comprensión del lenguaje, para el aprendizaje y para el razonamiento.

La memoria funcional complementa a la memoria a largo plazo facilitando la activación y almacenaje a corto plazo de información simbólica, así como permitiendo la manipulación de esa información.

Imaginad que estáis realizando un cálculo mental. Esto requiere conservar resultados intermedios que tendremos que ir operando con ellos, pues ese trabajo de pizarra es lo que facilita la memoria funcional. A menudo se la describe como la pizarra de la mente y en la comparación con los sistemas informáticos correspondería a la memoria RAM .


6.4. Memoria Semántica


En los intentos por una mejor comprensión de la memoria humana aparecieron ideas para tratar con la memoria en función del tipo de recuerdo, con la intención de comprender cómo podíamos almacenar por ejemplo el sistema de palabras que conocemos o los acontecimientos que hemos vivido. Apareció así una división de la memoria en una de tipo semántico y otra de tipo episódico.

La memoria semántica es la memoria que almacena y permite la recuperación de símbolos verbales, es pues una memoria atemporal en el sentido que el tiempo de aprendizaje, de ocurrencia o de recuerdo no es relevante para el contenido conservado.

Si recordamos nuestra explicación de los conceptos y de las categorías que veíamos en el tema anterior, nos será fácil progresar desde la creación de conceptos hasta su almacenamiento y recuperación. Así, dependiendo de qué punto de vista conceptual se adopte así se producirán diferentes modelos de memoria semántica

El primer modelo de memoria semántica, las redes semánticas, fue propuesto por Quillian. Una red semántica es una organización jerárquica de conceptos. Cada concepto se puede representar como un nodo en la red. Los nodos se conectarían entre sí por nexos etiquetados, que fundamentalmente responderían a relaciones de pertenencia (es un/a) o de atribución de propiedades (tiene, puede). El gráfico ejemplifica una red de este tipCapacidad
Si, por el contrario, atendemos más a las características prototípicas de las categorías o a sus procesos metonímicos de creación obtenemos otros modelos de memoria semántica como la teoría conjuntista de rasgos de Smith, Shoben y Rips. En esta teoría los conceptos se almacenarían como conjuntos de elementos, que serían valores de atributos como tamaño, forma, color, etc. Algunos de estos elementos deben definir la pertenencia a la categoría, y la posesión o variación de este grupo central determina una distancia respecto del centro prototípico.

El gráfico muestra dos ejemplos del modelo conjuntista de rasgos. La distancia de los elementos respecto a ave o mamífero representa la posesión de atributos en comparación con los del prototipo. En general, la distancia entre petirrojo y ave, es menor que la de pollo y ave, luego petirrojo es un mejor ejemplo de ave que pollo. La mayor distancia parece requerir un mayor tiempo en el recuerdo, por eso no es extraño que ante la petición de nombrar una ave, aparezca a nuestra mente antes gorrión que ganso, por ejemplo.bits
6.5. Memoria Episódica


Tal vez lo más significativo de la memoria humana tiene que ver con lo que se ha denominado memoria episódica. Este tipo de memoria almacenaría los episodios que conforman la biografía de un individuo, lo que ha vivido. Ahora bien, lo que ha vivido un individuo depende en gran medida de lo que recuerda. De algún modo, la vida es siempre una mirada al pasado, un recorrido por nuestra memoria autobiográfica. Sin recuerdos perderíamos nuestra identidad. En este tipo de memoria es donde mejor se aprecia la idea de que los recuerdos son recreaciones, recategorizaciones, por los cuales traemos al presente un recuerdo del pasado, pero esta evocación va a quedar siempre mediada por nuestro interés, nuestro estado de ánimo, nuestros fines y esperanzas del presente. Aunque esto es intuitivamente así, es decir, sentimos que deformamos nuestros recuerdos en función del momento en que se rememora, que nos apropiamos de recuerdos ajenos, que hemos integrado como nuestros episodios escuchados, es indudable que alguna estrategia de recuperación construimos para poder recrear los episodios vividos, es más, muchos de ellos no se olvidarán nunca. Detectar esas estrategias ha sido el trabajo de los psicólogos que se han ocupado de la memoria episódica o autobiográfica.

Como vemos en el gráfico, los modelos de memoria episódica no almacenan directamente los recuerdos, en lugar de ello se agrupan elementos similares alrededor de un concepto de acuerdo a sus rasgos diferenciales, para esta organización podemos utilizar los marcos o escenarios que estudiamos en el tema anterior. Los procesos de recuperación son claramente reconstrucciones que exigen un conocimiento de los conceptos que estructuran los recuerdos y un progresivo estrechamiento de la descripción del evento a recordar.capacidad del cerebroSupongamos que alguien nos hace la pregunta de si hemos estado en el Museo del Louvre. Seguramente iniciemos nuestra búsqueda en el concepto 'vacaciones', de ahí pasaremos a 'vacaciones en Europa', 'en París', etc. O bien como indica el gráfico entraremos a 'visitas a museos' y así descenderemos en la estructura.

Además de estas estructuras conceptuales, que, de nuevo, nos recuerdan lo ya visto sobre los conceptos, no es improbable que finalmente organicemos nuestras recreaciones en estructuras narrativas, que las dote de sentido, de secuencia temporal y las ponga palabras que podamos transmitir. A menudo, nuestros recuerdos son historias que cambian cada vez que las contamos.


6.6. Algunas Lecturas


Queremos terminar este tema iniciando una reflexión sobre la importancia de la memoria para la identidad personal, pero también sobre la importancia del olvido para el pensamiento y la vida en general. No hemos hablado del olvido, pero imaginad que pudiesemos recordar todo lo experimentado con todo lujo de detalles ¿Estaría bien o no?

Para facilitar la tarea de imaginar cómo sería la vida de un amnésico o, al contrario, de un hipernésico; recomendamos el capítulo segundo del libro de Oliver Sacks que ya conocemos, para lo primero y un relato de J.L. Borges, "Funes el memorioso", para lo segundo. Para el debate o el comentario, aquí ofrecemos algunos fragmentos de estas obras.


El MARINERO PERDIDO

Jimmie era un hombre de buen aspecto, con una mata de pelo canoso rizado, cuarenta y nueve años, de aspecto saludable, bien parecido. Era alegre, cordial, afable.

-¡Hola, doctor! - dijo -. ¡Estupenda mañana! ¿ Puedo sentarme en esta silla?

Era una persona simpática, muy dispuesta a hablar y a contestar cualquier pregunta que le hiciesen. Me dijo su nombre, su fecha de nacimiento y el nombre del pueblecito de Connecticut donde había nacido. Lo describió con amoroso detalle, llegó incluso a dibujarme un plano. Habló de las casas donde había vivido su familia... aún recordaba sus números de teléfono. Habló de la escuela y de su época de escolar, de los amigos que había tenido y de su especial afición a las matemáticas y a la ciencia. Habló con entusiasmo de su época en la Marina, tenía diecisiete años, acababa de terminar el bachiller, cuando lo reclutaron en 1943... Recordaba los nombres de varios submarinos en los que había servido, sus misiones, dónde estaban estacionados, los nombres de sus camaradas de tripulación. Recordaba el código Morse y aún era capaz de manejarlo y de mecanografiar al tacto con fluidez.

Una primera parte de la vida plena e interesante, recordada con viveza, con detalle, con cariño. Pero sus recuerdos, por alguna razón, se paraban ahí. Recordaba, y casi revivía, sus tiempos de guerra y de servicio militar, el final de la guerra, y sus proyectos para el futuro. Había llegado a gustarle mucho la Marina, pensó que podría seguir en ella. Pero con la legislación de ayuda a los licenciados y el apoyo que podía obtener consideró que le interesaba más ir a la Universidad. Su hermano mayor estaba en una escuela de contabilidad y tenía relaciones con una chica, una "auténtica belleza";, de Oregón.

Al recordar, al revivir, Jimmie se mostraba lleno de entusiasmo; no parecía hablar del pasado sino del presente, y a mí me sorprendió mucho el cambio de tiempo verbal en sus recuerdos cuando pasó de sus días escolares a su período en la Marina. Había estado utilizando el tiempo pasado, pero luego utilizaba el presente... y (a mí me parecía) no sólo el tiempo presente formal o ficticio del recuerdo, sino el tiempo presente real de la experiencia inmediata.

Se apoderó de mí una sospecha súbita, improbable.

-¿En qué año estamos, señor G.? - pregunté, ocultando mi perplejidad con una actitud despreocupada,

-En cuál vamos a estar, en el cuarenta y cinco, ¿Por qué me lo pregunta? -Luego continuó -: Hemos ganado la guerra, Roosevelt ha muerto, Truman está al timón. Nos aguarda un gran futuro.

- Y usted, Jimmie ¿qué edad tiene?

Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante. Parecía estar haciendo cálculos.

-Bueno, creo que diecinueve, doctor. Los próximos que cumpla serán veinte.

Al mirar a aquel hombre de pelo canoso que tenía ante mí, tuve un impulso que nunca me he perdonado... era, o habría sido, el colmo de la crueldad si hubiese habido alguna posibilidad de que Jimmie recordase.

-Mire -dije, y empujé hacia él un espejo-. Mírese al espejo y dígame lo que ve. ¿Es ese que lo mira desde el espejo un muchacho de diecinueve años?

Palideció de pronto, se aferró a los lados de la silla.

-Dios Santo -cuchicheó-. Dios mío, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Será una pesadilla? ¿Estoy loco? ¿Es una broma?

Parecía frenético, aterrado.

-No se preocupe, Jimmie - dije tranquilizándolo -. Es sólo un error. No hay por qué preocuparse. ¡Venga!

Lo llevé junto a la ventana.

-Verdad que es un maravilloso día de primavera - le dije -. ¿Ve aquellos chicos que hay allí jugando al béisbol?

(Oliver Sacks, El Hombre que confundió a su mujer con un sombrero. El Marinero Perdido, págs. 45-46).




Funes el Memorioso

Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas, a unos setenta mil recuerdos, que definiríá luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez.

Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.

J.L. Borges, Funes el Memorioso

Fuente