Lo mejor de Mandela son sus discursos anticomunistas y haber acabado con el Apartheid; un logro algo paradójico.


Muere Nelson Mandela


Su padre le llamó Rolihlahla Dalibhunga. Literalmente es 'el que agita las ramas', pero en un sentido más coloquial quiere decir 'problemático'. En su clan le llamaban Madiba, sobre cuyo significado hay más de una versión. Para unos es 'reconciliador'. Para otros, 'cavador de zanjas'. Pero le conocemos como Nelson porque le llamó así un profesor suyo en recuerdo del héroe británico. Mandela tiene tantas facetas como nombres, y todos ellos han resultado ser proféticos.

Proviene de una baja nobleza sudafricana. Es hijo de la tercera esposa de su padre, lo que le relegaba a una posición modesta en el clan. Heredó de su madre la fe metodista, que se reforzó en el colegio. Su padre perdió su empleo, por lo que se vieron obligados a trasladarse a una villa aún más pequeña, la de Qunu, sin más caminos que los que hacían el ganado y los vecinos al andar. Su madre cocinaba en frente de casa maíz, calabaza, judías o sorghum, que eran sus alimentos habituales.

Cuando cumplió 16 años, junto con otros 25 jóvenes de su edad, Nelson se sometió a la circuncisión, un rito que marca la entrada en la edad adulta y el derecho de contraer matrimonio. Durante la ceremonia, el jefe Meligqili, que la celebraba, dijo que aquéllos jóvenes se incorporaban a la vida plena como esclavos. La tierra pertenecía a los blancos y, por tanto, ellos nunca serían capaces de gobernarse por sí mismos. Mandela dijo luego que él no entendió el significado de esas palabras hasta más tarde.

En la Universidad de Fort Hare, la primera que hubo para negros, conoció a su amigo y aliado Oliver Tambo. En sus aulas se imbuyó del comunismo y del panafricanismo, que nunca ha abandonado del todo. Los dos fueron expulsados por su activismo político, y Nelson completó su formación de abogado por correspondencia. A continuación siguió estudiando en la Universidad de Witwatersbrand, donde coincidió con Seretse Khama, primer presidente de la Botswana independiente.

En 1944 se casó con Evelyn Mase, prima del líder del Congreso Nacional Africano (CNA), Walter Sisulu. De su mano entró en la política, con una carrera fulminante: Se convirtió en presidente de las juventudes del partido en 1951, y presidente del partido en Transvaal al año siguiente, pero fue destituido, al entrar en vigor la Ley de Supresión del Comunismo. En aquéllos años 50' se destaca, junto con su socio Tambo, por su lucha contra el creciente Apartheid. En 1955, el Congreso del Pueblo acogió a las fuerzas contrarias a la discriminación institucionalizada, y se cerró con una Carta de Libertad que fue el programa del Congreso Nacional Africano a partir de entonces. Como respuesta, el gobierno, en manos del blanco Partido Nacional, arrestó a 156 dirigentes negros, entre los que se encontraba el propio Mandela. Tras cuatro años de juicio, fueron liberados pues el juez desestimó las acusaciones de traición. Mandela, que se había divorciado de Evelyn por desavenencias políticas, conoció durante el juicio a Winnie, con quien se casó.

La lucha no se arredró. Todo lo contrario. Se avivó la revuelta contra la Ley de pases, que decía a los negros dónde podían trabajar, y dónde no. Los negros tenían que tener un documento que limitaba su acceso a las zonas de blancos. Estar en lugar prohibido o no llevar el pase era un delito. El 21 de marzo de 1960, una manifestación de tres centenares de activistas anti apartheid en la ciudad de Shartpeville fue brutalmente reprimida por la Policía, que mató a 69 manifestantes, e hirió a otros 180.

El Congreso Nacional Africano se radicalizó en aquéllos años, a medida que la realidad en las calles era más dura y que los dirigentes del partido eran sustituidos por una generación más joven e ideologizada. Mandela promovió la creación de un grupo terrorista, el Umkhonto we Sizwe, o Lanza de la nación, del que fue su primer jefe. La reacción del gobierno fue aprobar una Ley de Organizaciones Desleales, en 1961, que prohibió los partidos CNA y Congreso Panafricano (CPA). Escapó del país en 1962 e inició una gira africana que le llevó, a una reunión de líderes panafricanistas en Adís Abeba. Luego recibió entrenamiento terrorista en Argelia, y antes de volver a su país reclutó a su socio Oliver Tambo, y a otros, que vivían en Londres. A su vuelta fue condenado a cinco años por abandonar ilegalmente el país e incitación a la rebelión.

Poco después, el 11 de julio de 1963, el gobierno del Partido Nacional hizo una redada en la sede del grupo terrorista, y llevó a sus dirigentes ante los tribunales, que procesaron más de 200 cargos de “sabotaje, organización de una guerra de guerrillas en Sudáfrica y organización de una invasión armada” del país. Mandela fue condenado a cadena perpetua. Al escuchar la sentencia, en su alegato, Nelson Mandela pronunció estas palabras: “A lo largo de mi vida, me he dedicado a la lucha por el pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca. He luchado contra la dominación negra. He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas, en armonía, y con iguales oportunidades. Es un ideal que espero vivir y alcanzar. Y, si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a dar la vida”.

Son las palabras de una persona con auténtica vocación política, consciente de que en algún momento serían esculpidas en bronce. Eran, también, las palabras de un terrorista. Según Amnistía Internacional, "Nelson Mandela participó en la planificación de actos de sabotaje y de incitación a la violencia, de modo que no cumple con los criterios para calificarle como un prisionero político”. No es el delito de su opinión lo que le llevó a la cárcel, sino, como el auto en su contra, “la preparación, manufactura y uso de explosivos, lo que incluye 210.000 granadas de mano, 48.000 minas antipersonales, 1.500 temporizadores, 144 toneladas de nitrato de amonio, 21,6 toneladas de pólvora de aluminio, y una tonelada de pólvora negra. 193 actos de terrorismo cometidos” por su organización “entre 1961 y 1963”.

Mandela contó, para su actividad terrorista, con el respaldo de una ideología que había justificado, amparado y fomentado la acción violenta en todo el mundo: el comunismo. En este sentido, Mandela era una gota en el océano del terrorismo de inspiración comunista que recorría todo el orbe. Él escribió, incluso, un pequeño opúsculo, lo más parecido a una obra intelectual que haya salido de su mano, titulado “Cómo ser un buen comunista” (1961). En él dijo que “la del comunismo es la mayor causa en la historia de la humanidad”. Gracias al “genio” de Marx, Lenin y Stalin, “un mundo comunista está a nuestro alcance”, en el que “no habrá explotadores y explotados, opresores y oprimidos, ricos y pobres”. Mandela no se engañaba respecto de la naturaleza de la oposición entre el futuro comunista y el presente de 1961: “El movimiento comunista todavía se enfrenta a poderosos enemigos, que han de ser aplastados y eliminados de la faz de la tierra, antes de que podamos lograr un mundo comunista. Sin una lucha dura, amarga y larga contra el capitalismo y la explotación”, sentencia, “no puede haber un mundo comunista”. Una lucha para la que él estaba, ya lo hemos visto, perfectamente preparado.

En 1984 recibió el Premo Playa Girón, otorgado por el régimen cubano. Orgulloso de haber recibido tal galardón, Mandela dijo que “hay un lugar en el que Fidel Castro se yergue una cabeza por encima de los demás, y es en su defensa de los derechos humanos y de la libertad”. No es el único premio que se ha preciado en recibir. Tres meses después de ser liberado de la cárcel, recogió el Premio Internacional Gadafi de los Derechos Humanos. Alguien ha dicho que es como recibir el Premio Heinrich Himmler a la Tolerancia Religiosa. Cuando Mandela volvió a Libia como presidente de Sudáfrica, en 1997, se refirió a su homólogo como “mi querido hermano”, y le premió con la Orden de Buena Esperanza, la mayor condecoración de Sudáfrica. Mandela se refirió a Yasser Arafat, otro terrorista líder político, como “compadre en las armas”, y en 1999, ante la tumba del Ayatolá Jomeini, pronunció una elegía en la que dijo: “Estamos endeudados con la revolución islámica”. Cuando, al año siguiente, el régimen de Irán acusó a 13 judíos de espiar para el “Estado Sionista, Mandela juzgó que su condena a muerte era “equitativa y justa”.

Pero esos años de reconocimientos mutuos con tiranos de medio mundo todavía se harían esperar. El apartheid, contra el que luchaba, no desapareció con su encarcelamiento y no lo hizo, por tanto, la lucha contra el mismo. Mandela se convirtió, desde el principio, en un preso político de renombre, y eso lo supo aprovechar su socio de toda la vida, Oliver Tambo, que hizo una campaña internacional centrada en su liberación.

A la sombra de Mandela se creó un movimiento de liberación que permitió que la lucha contra el apartheid viviese todos sus años de cautiverio, y permitió también que durante todo ese tiempo unos cuantos llevasen una vida de lujo y excesos, entre el robo, el saqueo de fondos, el secuestro, y otros crímenes. Es el caso de la mujer de Nelson, Winnie Mandela, que ha compaginado su carrera de bon vivant con la de la política y el crimen. Fue fue condenada a 15 años de prisión por saqueo. Ya había sido condenada, en 1980, por secuestro. Se libró, no por mucho, de que a esa condena se sumase la de asesinato. La “madre de la nación” vivía una vida de lujo con la que se financiaba, por ejemplo, el Club de Fútbol Mandela, uno de los motivos por los que Nelson se divorció de ella por sus infidelidades. Alan Boesak, otro dirigente de la CNA, también fue condenado por robar los fondos destinados formalmente a la lucha contra el apartheid.

Pero la popularidad de la criminal Winnie Mandela lo puede todo, y ha llevado una carrera política exitosa. Es especialmente querida entre lo que se denominó “la generación perdida”. Aquéllos jóvenes que siguieron a rajatabla la llamada del movimiento anti apartheid bajo el reclamo: “Ninguna educación sin liberación”. Riadas de jóvenes irresponsablemente apartados de la educación y que han sido uno de los graves problemas del país, por sus dificultades para integrarse en el mercado laboral. Muchos de los que no pudieron o supieros llevar una vida ordenada buscaron una salida en el crimen, que en Sudáfrica alcanzó niveles de epidemia.

En 1976, el ministro de Interior Jimmy Kruger se acercó a la cárcel a ofrecerle a Mandela la libertad, a cambio de dejar de lado la lucha contra la regla de la minoría. Él rehusó y siguió en prisión. En 1982 arreció la presión sobre el gobierno desde fuera y en las calles. En 1985 el Gobierno se vio obligado a decretar el estado de emergencia por la protesta en las calles. Mandela, después de ser tratado en un hospital de un problema con la próstata, fue confinado a una celda incomunicada. En 1986, el ministro de Justicia, Kobie Coetzee, le ofreció la libertad a cambio de que “renunciase a la violencia”. Mandela se negó de nuevo, pero el gobierno mejoró sus condiciones, y le permitió recibir la visita de sus familiares.

Todo cambió en 1989. El presidente Botha se retiró de la política tras sufrir un infarto cerebral, y dio paso a Frederick William de Klerk. En diciembre se entrevistó con el líder del CNA, y el 2 de febrero de 1990 anunció ante el Parlamento la legalización del partido y la liberación de todos los presos que no hubieran cometido crímenes. El 11 del mismo mes, el gobierno de De Klerk liberó definitivamente a Nelson Mandela. A partir de ahí comenzó una negociación para la redacción de una nueva Constitución del país, un proceso conducido por Mandela y De Klerk que les valió, a ambos, el premio Nobel de la Paz.

El país celebró sus primeras elecciones sin discriminación de voto en abril de 1994, y en ellas el CNA obtuvo una amplia victoria, con el 64 por ciento de los votos. En su discurso de inauguración, Mandela dijo: “Hemos conseguido, al fin, nuestra emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo de la constante servidumbre las discriminaciones por pobreza, depravación, sufrimiento, género, y otras formas. Nunca, nunca, nunca jamás volverá a pasar esta bella tierra por la experiencia de la opresión de unos por otros. Que reine la libertad, y que Dios bendiga África”.

Su experiencia de gobierno no fue tan brillante como su discurso. Con el respaldo de esta amplia mayoría, más un amplio apoyo de otros grupos, se reformó la Constitución, que desde entonces prevé un gobierno con amplios poderes, sin más limitación que la de la mayoría de los votos, y la prohibición de que las leyes actúen en contra de una minoría racial, incluidos los blancos. Formó un gobierno de coalición, con la presencia de blancos del Partido Nacional. E introdujo un conjunto de normas encaminadas a favorecer el desarrollo económico de la mayoría negra.

Con todo, su discurso choca violentamente con uno de los episodios más negros de la historia del país en las últimas décadas. Mandela llegó al premio Nobel de la paz por uno de los caminos más seguros para alcanzarlo, como es el terrorismo. Pero ese galardón no le ha frenado en su invasión de Leshoto, uno de los países de África cuyas fronteras responden a su propia historia, y no tanto a los avatares de la colonización y descolonización. En 1998, el gobierno sudafricano ordenó su invasión “para restaurar la democracia y el imperio de la ley. Hay una responsabilidad de intervenir cuando la democracia está en peligro”. Es Mandela en 1998, no George W. Bush en 2003 justificando la intervención en Irak, contra lo que pueda parecer. El verdadero motivo es más prosaico. Según Fink Haysom, que fue asesor del presidente Mandela, el casus belli era, en realidad, la protección de ciertos intereses sudafrcanos detrás de la construcción de la presa Katse. Uno de sus principales defensores fue el viceministro de Defensa, Ronnie Karslis. Consideraba la invasión de Leshoto como “un honorable bautismo de fuego”. Karslis, un judío antisemita, uno más de una larga tradición, era además un comunista convencido, seguidor de otro de los suyos: Noam Chomsky. Cuando la operación económica y militar se completó, había que nombrar un Ministro del Agua que fuera resposable de la gestión de la presa de Katse. Ese hombre fue el honorable Ronnie Kasrlis.

Lo mejor del legado de Mandela son sus discursos no comunistas y haber acabado con el Apartheid. Un logro que no deja de ser algo paradójico, pues el Apartheid era un ataque a la economía de mercado con una base racista, y con su eliminación lo que triunfó, en un principio, no fue el comunismo, sino la libre contratación. El 18 de julio cumplió 95 años.