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Para Entender La Pobreza y las Desigualdades

Reflexiones antropológicas
para entender la pobreza y las desigualdades humanas


Un tanto largo el post, pero me parece interesante.


Hablar, desde Occidente --las sociedades industriales del Norte--, de la pobreza y la marginación, de la miseria y las desigualdades sociales, pudiera parecer algo ya históricamente superado. No es así. Lo confirman los millones de pobres a los que me referiré: los involuntarios --pues no han elegido su estado-- y prácticamente perpetuos --sumidos en la trampa que tiende la pobreza--. De los 5.660 millones de humanos que pueblan la Tierra, solo 1.200 millones viven en el hemisferio Norte o desarrollado; el resto lo hacen en países del Tercer Mundo, subdesarrollado: basta recordar el continente africano --Etiopía, Somalia, Ruanda, Chad-- o las grandes áreas de América Latina o Asia --Bangladesh, India--, estados que viven en medio de una pobreza absoluta --personas que carecen de comida y abrigo--.

No obstante, la pobreza y el empobrecimiento también aparecen en bastantes regiones, comarcas y pueblos de occidente; referidos a España, Andalucía o Extremadura son claras manifestaciones.

Sin embargo, a lo largo de estas páginas, cuando hablo de pobreza, entiéndase que me refiero sobre todo al empobrecimiento (capitalista). Generalmente, en los discursos sobre la pobreza, muchos científicos --entre ellos los españoles (cf. Tortosa 1993: 87 ss)-- y políticos aluden a sus formas cuantitativas habituales: determinar el número de pobres, en un momento dado y en una sociedad concreta. Por encima de todo son estudios economicistas. En mi intención no está «medir pobres»: sus aspectos cuantitativos --aunque son imprescindibles para calibrar la gravedad de este problema mundial-- carecen de importancia si no hay, a la vez, cambios cualitativos, intelectuales, sociales y políticos respecto a ellos (1). Incluso cuando se ha aplicado alguna medida, por separado, normalmente se llega al fracaso.

Como dice C. Lles, «los estudios [sobre la pobreza] de los años ochenta, igual que los de los años sesenta, se caracterizan por un empirismo cuantitativista y descriptivo escasamente analítico. La realidad, troceada funcionalmente, se describe y caracteriza por una necesidad imperiosa de actuar, pero no de entender» (Lles 1989: 185). Por tanto, es más positivo reflexionar sobre los orígenes de la pobreza y, sobre todo, sobre los procesos del empobrecimiento, ya que su estudio «proporciona una visión más adecuada, completa y rica del funcionamiento de una sociedad o del funcionamiento del mundo» (Tortosa 1993: 29).

He de advertir que desigualdades humanas y empobrecimiento --conceptos claves de este artículo-- son diferentes, aunque ambos guardan una relación directa. Las desigualdades establecen diferencias sociales (de estatus o clase social o diferencias étnicas, religiosas). El empobrecimiento, además, genera hambre, miseria, necesidades primarias insatisfechas, injusticia y violencia (2).

Con otros términos, a las puertas del siglo XXI, la cuestión no es únicamente preguntarse si aún existen desigualdades sociales y empobrecimiento, en el sentido integral del término, sino también analizar por qué entre ricos y pobres las diferencias son cada vez más dilatadas e insalvables; por qué los pobres son cada vez más pobres. El capitalismo moderno ha aumentado el número de ricos y ha mantenido a un alto porcentaje de familias en la mitificada «clase media» (la séptima parte de los seres humanos); en el siglo XVI no había el 1% de «ricos», en términos simbólicos. Sin embargo, apenas ha mejorado el sector de la población mundial más miserable y desfavorecido, que continúa superando el 30% de la humanidad: es el grave problema del subdesarrollo. Sin olvidar que, al mismo tiempo, en el propio capitalismo occidental también se han creado más pobres. Es lo que se ha dado en llamar el Cuarto Mundo (3). En Estados Unidos se calculan unos 36 millones de pobres; unos 18 millones en la Europa Occidental. En el mundo hay al menos en extrema pobreza unos mil millones de seres humanos.

¿Por qué no se erradica en la actualidad la pobreza, si es objetivamente evitable? La tesis que defiendo es porque los pobres son y han sido siempre necesarios --económica, social, política, moral, religiosa y militarmente-- para la supervivencia del mundo moderno; un mundo que camina, como siempre (al menos desde el siglo XVI), guiado por los dictámenes que interesan a las clases dominantes, que en la actualidad no son otras que las clases (=intereses) internacionales de las multinacionales (4). Aun sabiendo que el sistema mundial capitalista no debe conceptualizarse como un ente inmutable, sino como algo en continuo cambio, aunque con algunas características básicas permanentes.

Para su mejor exposición y análisis, divido el artículo en varios apartados: una definición de pobreza, que aquilate el término en sus variadas acepciones, con un breve recorrido histórico. En segundo lugar, hablo de la cultura de la pobreza, aunque es un término que no todos los científicos aceptan. A continuación abordo la pobreza y el empobrecimiento como problemas políticos y sociales. Termino con una aproximación al Sur, como el hemisferio pobre, las relaciones Norte-Sur y la orientación que están siguiendo tras la caída del comunismo en la Europa del Este.

1. Hacia una definición de pobreza

En realidad, no pretendo tanto un exhaustivo análisis conceptual, cuanto la observación de las situaciones en las que los individuos están fuera, al margen, de la sociedad en la que viven, a los lados (5) de la corriente principal de esa sociedad.

Los términos pobre, pobreza o empobrecimiento no han sido nunca uniformes, sino que, según los períodos históricos, teniendo en cuenta las variables económicas, sociales, políticas, militares e incluso morales y religiosas, han ido variando y tomando diferentes connotaciones. De aquí la amplitud y diversidad del concepto, que, en definitiva, refleja un estado de diversos tipos de carencias de, al menos, alguna clase de bienes importantes para la vida social e individual. La pobreza es un estado de debilidad, de dependencia, de subordinación o humillación, respecto a la privación de medios para conseguir la subsistencia, pero una existencia humanamente digna; medios de todo tipo: económicos, sociales, de poder o saber, de salud, de honra, etc., aunque no han de faltar todos en la misma persona.

Por tanto, la pobreza no se puede considerar como un modelo único y absoluto, será siempre un criterio relativo, pero nunca podremos desligarlo de la noción de diferencia, de insuficiencia, de carencia en las necesidades básicas (de desigualdades humanas económicas). Carestía de un bien que cualquiera desea poseer --pues en verdad lo necesita-- y del cual el pobre escasea o no tiene (los bienes, como veremos, van cambiando según la mentalidad social vigente en cada período histórico). Por ello, es una dificultad siempre añadida tener que ir determinando en cada momento qué se entiende por la noción «necesidad básica», sobre todo cuando se quiere llegar a acuerdos universales al respecto. Así, el debate sobre estas y otras cuestiones metodológicas es bastante conocido (Piachaud 1987; Coulter 1989; Deeleck-van den Bosch 1990) y difícilmente se cerrará, ya que aparece como un callejón sin salida. Es lo que podríamos llamar el principio de indeterminación de la pobreza.

No obstante, una aproximación al término podría quedar, grosso modo, así: «una situación forzosa o voluntaria, permanente o temporal, de debilidad, de dependencia y de humildad, caracterizada por la privación de medios, cambiantes según las épocas y las sociedades, relativos al poder y a la consideración sociales: dinero, fuerza, influencia, ciencia o calificación técnica, honorabilidad de nacimiento, vigor físico, capacidad intelectual, libertad y dignidad personales» (Mollat 1978: 10). Aquí me refiero, como dije, a los pobres forzosos, permanentes y privados de los bienes económicos y sociales básicos. Sin entrar en discusiones semánticas, es pobre quien tenga insatisfechas sus necesidades básicas de forma permanente e involuntaria.

El concepto de pobreza ha ido cambiando con el tiempo y los diferentes modos de vida: en una sociedad guerrera eran pobres principalmente quienes no disponían de armas: los desarmados. En el mundo medieval, la pobreza fue, de hecho, una realidad cotidiana; hasta el siglo XIII, los pobres eran quienes carecían de la condición de señores, es decir, el pueblo llano, los campesinos. Desde comienzos de la era cristiana hasta 1850 hubo en Europa trescientos cincuenta años de hambre: una hambruna cada década (Lohr 1959).

A partir de entonces, con el nacimiento y crecimiento de los burgos o ciudades y la instalación en ellos de los comerciantes y mercaderes, aparece el pobre de ciudad o mendigo, andrajoso, enfermo, colocado a la puerta de los monasterios de las órdenes mendicantes, para recibir la limosna diaria. Tal fue la extensión de la mendicidad, que el mismo Felipe II la autorizaba en 1565: «se sirva de que los pobres de Dios mendigantes verdaderos destos reynos, se amparen y socorran». En este contexto de pobreza y mendicidad hay que situar la aparición del pícaro, persona que no se resigna a su estado e inventa cualquier subterfugio para conseguir comer (6).

Durante los siglos XVI al XIX, son pobres, en las ciudades, sobre todo quienes no tienen un oficio especializado y no pertenecen a los gremios; en el mundo rural, las familias que carecen de tierras, los jornaleros o braceros. A partir de la revolución industrial la pobreza dejó de ser un fenómeno universal e inevitable y apareció la pobreza individual. En los países industriales «pobre» y «obrero» eran prácticamente sinónimos, tanto en el pensamiento marxiano como en la encíclica Rerum novarum. La explotación salarial se extendió también a mujeres y niños. Si querían completar los ingresos necesarios, las familias trabajadoras no tenían más remedio que recurrir a la mendicidad, el robo o la prostitución de sus mujeres (7). Por eso Marx enfatizó en El capital su famosa «ley de pauperización creciente del proletariado»: la explotación del trabajo --y el trabajador-- por el capital --y el capitalista--.

En la actualidad consideramos pobres a las personas que, excepto sus clases dominantes, habitan en el Tercer Mundo, subdesarrollado y oprimido; en él se aprecia la expresión más exacta de la pobreza actual: hambre endémica, miseria, hábitat insalubre, enfermedades crónicas, etc. En el occidente desarrollado, la pobreza no se ceba tanto en los trabajadores como en los no productivos o no rentables (8): el sistema capitalista, que ha hecho de la obtención del beneficio máximo el motor de la economía, es lógico que siempre tendrá que prescindir de aquellos ciudadanos que no sean plenamente funcionales. Por ello, la gama de pobres se ha ampliado, abarcando desde la población marginal --la mayoría de los jubilados, discapacitados, minorías étnicas; gitanos, hippies, inmigrados ilegales--, hasta los trabajadores de economía sumergida o «trabajo negro», los parados, desempleados y los transeúntes o los «sin techo»; las prostitutas, delincuentes y drogodependientes, etc. (Maestre 1974; Montaño 1987).

También, pues, en el estado del bienestar han aparecido lo que podemos llamar nuevos pobres (el Cuarto Mundo, dentro de Occidente). Las sociedades opulentas consideraron siempre que el empobrecimiento era un fenómeno residual e hicieron lo posible por mantener a los pobres extramuros para que no empañaran el optimismo y la buena conciencia de los demás. Sin embargo, en la última década, la crisis --económica, política (estado del bienestar) y de valores-- ha asestado un duro golpe a dicho optimismo y, como digo, se han incrementado los no productivos, en una especie de lumpemproletariado.

Obsérvese como los tres factores se retroalimentan y se configuran en un círculo vicioso: la crisis económica priva de empleo a muchos individuos; la crisis del estado del bienestar los deja casi sin protección alguna; por tanto, se ven obligados a la supervivencia, con trabajos clandestinos, la delincuencia y la prostitución: rompen con los valores sociales y morales establecidos. Además, en las grandes ciudades el hábitat de estos nuevos pobres es la periferia, áreas degradadas social y urbanísticamente (en lo que H. Lefèbvre (1983) denomina la «anticiudad» o la «no ciudad»).

Aún dentro de la pobreza, siempre ha habido una distinción más, los pobres de solemnidad. El pobre, por lo común, tiene fuerzas para trabajar y ganarse el sustento diario, aunque las circunstancias socioeconómicas del momento no se los posibiliten. Sin embargo, el pobre de solemnidad suele ser un enfermo crónico, imposibilitado, sin ninguna otra ayuda que la caridad de los demás o el oficio de la mendicidad, que a veces ni el mismo puede desempeñar.

Ya he apuntado que la pobreza no es un término unívoco, no es separable de la cultura donde se inscribe, ni de la estructura social y el desarrollo que cada país o región haya alcanzado, por ello es muy difícil señalar el «umbral de la pobreza»: el nivel mínimo de necesidad cubierto por una persona, familia o grupo social humano. En efecto, no es fácil llegar a acuerdos relativamente universales sobre el nivel de insatisfacción que puede considerarse constitutivo de pobreza. Por ejemplo, un determinado insumo de calorías no es igual en un hombre que en una mujer, y depende mucho de la actividad física o profesional que cada uno desempeñe, la latitud geográfica en la que se encuentre, etc.

Sin embargo, a pesar de la dificultad para señalar el «umbral de la pobreza», creo que hay una cualidad que determina más que ninguna otra al empobrecimiento: es el hambre (Comisión... 1985). Tradicionalmente todos los pobres pasaron o pasan hambre. En la actualidad, la mayoría de los pobres que genera el mundo desarrollado no pasan un hambre física, o al menos no mueren de hambre; pero sí sufren un «hambre social»: desigualdad de oportunidades, falta de prestigio («solo se cría buena sangre con pan y carne»), padecen necesidades económicas, «hambre de justicia» y «hambre de libertad», entre otras.

En el Tercer Mundo, los pobres siguen pasando hambre y carencias físicas, causa por la que su tasa de mortalidad es altísima, sobre todo en niños de corta edad, y sus expectativas de vida y longevidad son muy cortas. El informe que elaboró, en 1985, la Comisión Independiente sobre Asuntos Humanitarios Internacionales es muy claro al respecto. Referido principalmente al continente africano, la comisión afirma que «el hambre podría definirse como ese instante en que el acceso normal de un grupo humano a los alimentos queda colapsado de tal forma que se origina una inanición masiva. Pero el concepto no se limita únicamente a esto. El hambre también se caracteriza por la desorganización general que surge cuando los afectados comienzan a emigrar, rompiendo radicalmente con su comportamiento tradicional en la búsqueda de alimentos» (Comisión... 1985: 30-31). Esto es, el hambre es sólo la punta del iceberg de una profunda crisis.

Lo que diferencia el hambre, a secas, de la escasez de alimentos y de la inanición es que aquélla es un factor político; es decir, las personas que se mueren de hambre, en su desesperación, huyen de sus hogares, dejando lo que es un problema personal en manos de otros: los gobiernos o estados vecinos. Así se explica los más de 10 millones de refugiados que hay en África, huidos de sus países, tratando de evitar la muerte. Ahora bien, como el hambre no significa únicamente morirse de inanición, sino que es también un profundo desmoronamiento social que acarrea unos trastornos que no pueden ser ignorados, las víctimas del hambre son una amenaza para la estabilidad mundial (recuérdese la díada de J. Galtung: hambre-violencia). En África hay unos 100 millones de personas que presentan hambre crónica y desnutrición como su estado de salud normal. Aquí radica la diferencia entre inanición y amenaza de hambre endémica.

La conclusión del informe es bien clara: «el problema del hambre puede evitarse en cualquiera de las etapas del proceso, desde su génesis, en la pobreza rural y en los fracasos en la producción de alimentos, hasta la reducción de las comunidades a la miseria y la inanición. Es más, sus causas son mucho más complejas que una simple mala suerte con la meteorología. Pensar sencillamente que eso, la falta de lluvias (...) impedirá que las cosechas progresen y hará que la gente se muera de hambre, podría ser una cómoda abdicación de cualquier responsabilidad humana sobre lo acontecido. Sería una simplificación engañosa» (Comisión... 1985: 30). Por tanto, la alimentación es en el pobre un menosprecio de clase.

Ahora bien, el hambre y la miseria consustancial a la pobreza no engendra sólo a un pobre económicamente, sino que, por sus carencias, conlleva asimismo un problema social y político tan amplio y complejo que abarca todo el sistema social.

2. La cultura de la pobreza

¿Existe, entonces, una cultura o subcultura de la pobreza? La diversidad de naciones, sistemas políticos, lugares, etnias, costumbres, etc., y la opacidad del sistema en sus extremos, dificultan hablar al respecto de similitudes y generalizar sin riesgo a equívocos. Incluso no faltan investigadores sociales que aseguran que no existe la pobreza, sino pobres.

Varios aspectos se suman a esta complejidad: uno, el estudio del pauperismo y el empobrecimiento están sujetos a modas; ya que si el universo de los pobres no puede ser disociado del resto de la sociedad, los estudios de ésta --en alguna medida-- obligan al análisis de aquéllos, con los cambios metodológicos obligados. O lo que es igual: si en México, en los años sesenta, O. Lewis (1968) puso de moda el concepto «cultura de la pobreza», hoy en los Estados Unidos se ha producido un notable cambio en el vocabulario público al respecto y la palabra «pobreza» ha desaparecido prácticamente del mismo. Ha sido sustituida por underclass o lumpen class, la «infraclase», o por la nueva pobreza estructural (aunque el concepto también varía según la óptica que cada científico social --o político-- adopten). En Latinoamérica se habla de feminización de la pobreza y en la Unión Europea, para referirse a «los nuevos pobres», los llaman colectivos menos favorecidos (corriendo los gobiernos el riesgo del olvido de los «pobres tradicionales»). En los países de Europa del Este prefieren denominarla como personas con renta baja (Tortosa 1993: 21-27).

En segundo lugar, aun aceptando que podamos hablar de la existencia de una subcultura de la pobreza, generalmente conviene hacer una distinción entre el pauperismo del mundo urbano y el del mundo rural. En la ciudad los sectores de pobres son grandes y, sin duda, el tipo de vida que éstos adoptan es diferente al modo de vida que realizan los pobres campesinos.

Tercero, podríamos hablar de una pobreza del mundo desarrollado o estado del bienestar y una del Tercer Mundo, con rasgos propios que caracterizan a ambas.

Sin embargo, todos los pobres presentan en común el desarrollo que han tenido que hacer en sus sistemas de vida y defensa, dentro de una sociedad que no los protege y los ignora. Por ello, la pobreza tampoco puede entenderse como una actitud individual, considerada como patológica; más bien, al contrario, una repetición de actos a nivel colectivo que cobran sentido en el grupo donde se presentan --la solidaridad y la ayuda mutua--, como algo dotado de lógica, natural y necesario: de otro modo no podrían sobrevivir. El contexto social del pobre puede permitirle recibir ayudas no monetarias de familiares o amigos e incluso practicar ciertos niveles de autoabastecimiento. «La cultura de la pobreza no es tan sólo un conjunto de datos negativos, sino también de cualidades que resultan positivas para la subsistencia del grupo» (Maestre 1974: 75-6).

Teniendo en cuenta estas dificultades, ¿es correcto hablar, pues, de cultura de la pobreza? En gran medida pienso que sí. Como dijo O. Lewis «la pobreza sugiere antagonismos de clase, problemas sociales y necesidades de cambio; por ello, las bolsas de pobreza crean una subcultura por sí mismas» (Lewis 1968: 17). El mismo Lewis destaca las propiedades económicas, psicológicas y sociales de esta subcultura. «Los rasgos económicos más característicos de la cultura de la pobreza son la lucha constante por la supervivencia, el subempleo, el paro, bajos salarios, una variedad de empleos no cualificados, trabajos de niños, ausencia de ahorro (...), falta de reservas de alimentos en los hogares (...), empeñar objetos personales, recurrir a prestamistas que practican la usura (...), vestidos adquiridos a bajo precio.

También existen unos rasgos sociales y psicológicos, tales como vivir en barriadas de gran densidad de población, falta de intimidad, el espíritu de gregarismo, el alcoholismo, el recurso a la violencia como medio para solucionar las disputas, los castigos corporales infringidos a los niños, pegar a las mujeres, iniciación precoz en la sexualidad (...), frecuente abandono de la mujer y los hijos (...), acentuada predisposición hacia el autoritarismo (...), creencia en la superioridad masculina (...), preferencia por el presente; y por último, una tolerancia general por todos los casos de psicopatología» (Lewis 1970: 31-32).

Creo que la gran aportación de O. Lewis a este tema fue presentar la independencia del fenómeno miseria y su configuración en un movimiento oscuro, persistente y cerrado; así como haber intuido que la situación de pobreza y de vida en condiciones miserables no era una fase transitoria o temporal.

En consecuencia, esta subcultura tiene su base en lo que podemos llamar el círculo vicioso del empobrecimiento, jalonado por el involuntarismo y el perpetuamiento a los que ya me he referido. Es decir, la pobreza engendra pobreza, incluso en las condiciones óptimas; se transmite y se perpetúa a sí misma.

El siguiente paradigma-tipo muestra la interrelación de los diversos elementos y su concretización (el círculo vicioso): que va desde lo primordial en la sociedad (el trabajo-ingresos) a las formas de ser y de vivir, que al mismo tiempo influyen en el primero; por ello ha de ser tomado como un círculo, un conjunto o una cadena (a la que se puede entrar por cualquier momento). Es el efecto reproductor de la pobreza. No son simplemente unas «carencias», es algo que pasa desde «ser personas» a ser «una forma de vida». A saber:

Los padres buscan sus ingresos familiares, al carecer de cualificación, fuera de un trabajo estandarizado, incluso en la economía sumergida. El ambiente familiar se desequilibra, lo que produce agresividad, sobre todo respecto a mujeres y niños (malos tratos). En situaciones similares cada uno busca salida por su cuenta: alcohol, abandono, prostitución. Los hijos buscan liberar su tensión fuera de la casa, en pandillas, drogas; lo que conforman una personalidad propia --heredada--. Cualquier efecto escolar suele ser negativo: retraso, faltas de asistencia. Por tanto, desarrollan sus capacidades «paralelamente» a lo que se considera habitual en la sociedad (desde pequeños viven de la mendicidad, recogida de basuras, venta ambulante). Es muy probable que reincidan en el proceso que sus padres iniciaron:

1. Empobrecimiento/desempleo: hambre, enfermedad.
2. Subsistencia a toda costa: prostitución, trabajo sumergido.
3. Situación familiar: malas condiciones, hábitat, hacinamiento.
4. Inmaduración en los hijos: absentismo escolar.
5. Mínima cualificación profesional: trabajos marginales.
6. Pocas posibilidades de trabajo: desempleo/empobrecimiento.

Para José María Tortosa, los factores del empobrecimiento también se conforman en un círculo vicioso e introducen a los individuos en sustratos de pobreza. Son de índole económica, política, culturales y militares. A cada uno les corresponde, respectivamente, en un enfoque estructural: la crisis económica, el paro y la precariedad; la quiebra fiscal del estado y el neoliberalismo; el individualismo, el darwinismo social y la quiebra de la solidaridad; el armamentismo y las guerras. Desde un enfoque individual: la falta de medios o previsión, el endeudamiento; la marginación política; las patologías y la falta de «capital cultural» y, en lo militar, la violencia directa (Tortosa 1993: 110-112).

Concluyendo, si el empobrecimiento, la pobreza y la marginación conforman la dimensión estructural de un estilo de vida definitivo, propio y común, a un sector de la población, se puede hablar, con propiedad, que sus miembros se engloban dentro de una cultura o subcultura de la pobreza.

3. La pobreza, un problema político y social

La miseria, salvo actitudes voluntarias de rechazo a lo material --que son más bien vidas de ascetas o de austeridad--, no tiene aspectos que compensen sus males. Por tanto, nadie quiere ser pobre, de manera obligada, prolongada o endémica; porque la pobreza siempre ha degradado la condición humana, la ha rebajado hasta lo más ínfimo. Ser pobre es un descrédito social y humano. ¿Quién se resignaría a vivir toda su vida envuelto en miseria si pudiera salir de su situación? Como expongo a continuación, el empobrecimiento representa y se caracteriza por la nada: social, económica y políticamente; a los cristianos, como veremos, sólo les queda el consuelo del amor a Dios y la esperanza de una vida mejor en el más allá. El empobrecimiento, en suma, no es bello en ninguna parte, ni en ningún momento. La pobreza no es ética ni estética. Las necesidades básicas, insatisfechas de continuo principalmente arrastran enfermedades; y con éstas viene el dolor, la desesperación y la muerte prematura.

Desde el advenimiento del capitalismo desarrollado y el estado del bienestar, el problema del empobrecimiento quedó convertido, sobre todo, en una cuestión política y social, pues el pobre es un desigual y un marginado. Ahora bien, ¿hay alguna respuesta contundente para estas situaciones? Es real que en los dos últimos siglos la pobreza social y las desigualdades humanas han preocupado a multitud de gobiernos; pero ninguno ha tratado de erradicar el empobrecimiento con medidas cualitativas, que conlleven, al mismo tiempo, cambios políticos, económicos, sociales e intelectuales. Las únicas respuestas han sido librar fondos públicos para paliar los efectos de las desigualdades económicas: ayudas para el alquiler de vivienda, alimentación y ropa. Por ello, en los estudios sobre pobreza que realizan o encargan sólo les preocupa «contar pobres»; todos sus estudios son numéricos y economicistas, a pesar de las dificultades que presentan las diversas metodologías empleadas en sus diagnósticos (renta familiar, recursos sociales, niveles mínimos de subsistencia, etc.). Su pobreza siempre viene monetarizada.

A esto subyace, como José M. Tortosa ha visto, «que las cifras de pobreza son un indicador de los éxitos o fracasos de una política y, por ello, son utilizadas en la lucha partidista o en porfías, por ejemplo, [en España] entre el silencio vergonzante del Ministerio de Asuntos Sociales y los machacones 8 millones de pobres según Cáritas» (Tortosa 1993: 102). En función de quien sea, realzando el éxito o el fracaso, tratará de maximizar o minimizar el número de pobres. Pero, al final, tampoco la cantidad de pobres vale para realizar provisiones presupuestarias, más acentuada la dejadez en una época de crisis económica, como la que vive Occidente.

Tanto los gobiernos como muchos investigadores olvidan que los pobres no sólo lo son de bienes materiales, sino también, entre otros, de información y acceso a ella, de cualificación profesional, de educación y equilibrio personal y social; y esto no se combate sólo con dinero público que reparte leche, abrigos y asistencia social entre los menesterosos de los barrios marginados. Porque las estructuras socioeconómicas, políticas y militares que generan el empobrecimiento, nacional e internacionalmente, siguen inamovidas.

Socialmente, a medida que ha ido creciendo el número de familias cuyas necesidades más imperiosas están cubiertas, también crece su insensibilidad social, y con ella el desprecio hacia los menesterosos (personas y familias que se sitúan debajo). En los siglos pasados, la insensibilidad acarreó un descenso muy notable de las ayudas y limosnas personalizadas, y, por tanto, el aumento de necesitados. Tras ello, un descrédito generalizado de los mejor situados hacia la pobreza, al mismo tiempo que al pobre se le identificaba y definía como a un malhechor, holgazán, vagabundo, delincuente, mendigo, «mal trabaja». Tras la prohibición de la mendicidad en el siglo XVII, las cárceles se llenaron al instante de pobres que vivían de la caridad. Los más ricos anularon sus limosnas a particulares y las dirigieron hacia los hospicios, hospitales, órdenes religiosas mendicantes, cofradías y curatos, para que ellos las repartieran cristianamente hacia los «verdaderamente necesitados» (9); la historia pone de manifiesto que la pobreza no descendió, aunque sí crecieron las propiedades eclesiásticas y el número de pordioseros que vivían al cobijo de las puertas de los monasterios.

Con el inicio del precapitalismo y el capitalismo, la pobreza se extiende más aún y la población saneada se vuelve más insensible con los pobres, ya que éstos quedan sin justificación social y económica: el afán de lucro, de adquirir bienes económicos, de ascender en la posición social, de obtener dinero y prestigio --la fama--, alcanzar poder, es ideológicamente posible para todos: sólo hace falta trabajar, trabajar sin descanso si es preciso. Aunque, por entonces, el trabajo de 12 o más horas diarias, mal remunerado y físicamente agotador, tampoco repartió riqueza. El éxodo campo-ciudad que produjo la revolución industrial modificó el paisaje físico y social de las ciudades; las familias trabajadoras emigradas a la ciudad se vieron obligadas a vivir en ambientes insalubres, desarraigadas del mundo rural en el que habían crecido; y, sobre todo al principio, esta revolución sólo produjo más empobrecimiento y miseria, más explotación humana --incluyendo a mujeres y niños--, enfermedades, accidentes laborales y muertes prematuras.

Esta insensibilidad hacia la pobreza parece que aconseja «vivir alejados de ellos». Más que la existencia de las propias chabolas preocupa que estén cerca de nuestra casa; y a los políticos, que estén en un sitio que se vean. En lugar de aceptar que la pobreza es una problemática que nos incumbe a todos de alguna manera, teniendo la obligación de combatirla, individualmente atacamos a los pobres, tildándolos de vagos, holgazanes, drogadictos, «camellos», etc. Por esta razón, en el Informe de la Comisión Independiente sobre Asuntos Humanitarios Internacionales, se dice: «la palabra 'hambre' implica, para quien la utiliza, la obligación de hacer algo al respecto: conseguir ayuda, censurar a los que no hacen lo suficiente, contribuir a la recogida de fondos; en suma, nos obliga a actuar en alguna dirección» (Comisión... 1985: 34).

También cabe, sin embargo, la pregunta: ¿han permanecido siempre los pobres sumisos a su situación? Ya he dicho que nadie desea ser pobre o marginado social. Ahora bien, las respuestas, violentas o pícaras, individuales o colectivas de los pobres ante su situación hay que entenderlas como una protesta desesperada a su estado de desamparo, más que como la búsqueda de una solución global al problema de la pobreza. Estas actitudes pueden englobarse en dos grupos: acciones individuales y acciones colectivas. Citaré exclusivamente algunas de las que se emplean en nuestros días en la sociedad occidental.

Individualmente la solución más clásica es el desarrollo personal de la astucia, ser un buscavidas, un pícaro. En cualquier gran ciudad se ven niños de corta edad pidiendo con sus madres --algunos incluso robados, comprados a redes que trafican con bebés--; niños de cinco o seis años vendiendo claveles, pañuelos, limpiando las lunas de los coches; ejercen la delincuencia fácil, el tirón del bolso, el robo de la radiocasete del coche. Hay rateros y estafadores, con un desarrollo de la picaresca social sin límites (Manrique 1977: 211-276): practican cualquier clase de timos; son guardacoches y «aparcacoches». Se convierten en camellos. Son utilizados en la economía sumergida; dan jornales a menor precio, etc.

También han actuado los pobres de manera colectiva: como las revueltas campesinas de los jornaleros, ya desde el siglo XIX, en Cuba, México, Brasil, China o España, con ocupaciones de fincas y latifundios. Creo, sin duda, que el estallido de violencia que tuvo lugar en Los Ángeles, los días siguientes al 29 de abril de 1992 (tras conocerse el veredicto que absolvió a cuatro policías blancos que habían dado una brutal paliza al ciudadano negro Rodney King, al detenerlo, el 3 de marzo del año anterior (10), fue mucho más que una reacción contra el llamado «caso R. King».

El veredicto (11) mostraba la inmensa desigualdad judicial que hay entre blancos y negros, consecuencia, una vez más, de las desigualdades clasistas entre unos y otros. No en vano la violencia estalló en South-Central, uno de los barrios más pobres de Los Ángeles, con un alto nivel de paro y la mayoría de sus habitantes negros. El sociólogo Joel Kotkin afirmó: «No se trató de unos disturbios raciales, fueron disturbios clasistas» (Newsweek, 11 de mayo de 1992). Así se explica que en éstos, en los saqueos, pillajes y actos vandálicos, participaran en igual medida blancos, negros e hispanos.

Una de las primeras víctimas fue R. Denney, un blanco de melena rubia, que había parado su camión en un semáforo en rojo, justo en el cruce donde estaban comenzando los motines. No pudo huir y cinco negros, de una pandilla, lo sacaron del camión y le aplastaron la cabeza con el extintor, golpeándole casi hasta la muerte. Fue rescatado por cuatro transeúntes negros y llevado al hospital. A continuación empezaron los disturbios totalmente incontrolados. Hubo 3.700 incendios que provocaron tanto humo que el mismo aeropuerto tuvo que cerrar tres días, por problemas de visibilidad; 58 muertos y 2.383 heridos. El saqueo y destrucción de miles de negocios, los edificios quemados y las propiedades destruidas superaron los mil millones de dólares en pérdidas. Disturbios similares estallaron también en San Francisco, Seattle, Atlanta, Pittsburgh, Las Vegas, pero no llegaron a semejantes niveles y fueron sofocados rápidamente, aunque en algunas zonas también se estableció el toque de queda.

La pregunta fundamental que corría era «¿qué pasó con el sueño americano»? ¿Cómo unos podían tener tanta riqueza, mientras una parte muy significativa de la población había llegado a niveles de desesperación y marginación tales que les daba igual matar a sangre fría a seres inocentes? Más que un odio racial, fue la venganza de los pobres; para sofocarla tuvieron que intervenir las tropas de la Guardia Nacional (que no lo hacían desde 27 años atrás), con vehículos de combate y ametralladoras. El mismo presidente Bush movilizó a 4.000 soldados desde las bases en el desierto de Mojave.

Meses después, el actor Edward James Olmos, de origen mexicano y criado en el barrio este de Los Ángeles, protagonista de la película American Me, dijo: «no entiendo cómo alguien puede decir que le sorprendió lo que sucedió en Los Ángeles (...) Me sorprendió que no hubiese pasado antes» (El País, 6 de junio de 1992).

4. El Sur y las relaciones Norte-Sur, Sur-Este

A lo largo de estas páginas me he referido en más de una ocasión al Tercer Mundo, como el conjunto de países de mayor nivel de pobreza absoluta y estructural; el estado más flagrante que en el mundo moderno envuelve al hombre. Dos salvedades antes de seguir adelante: una, no es posible comprender su situación desligada de sus relaciones históricas con los países desarrollados del hemisferio Norte, como potencias colonialistas, en el pasado, y en la actualidad como metrópolis neocolonialistas. El desequilibrio Norte-Sur, Oeste-Este, es el factor más crítico y preocupante para la comunidad internacional, tanto por su amplitud como porque no parecen razonables --a corto y medio plazo-- reducciones significativas en estas diferencias. También porque existen, en los países subdesarrollados, una serie de razones agravantes (tendencia de crecimiento económico negativo en África subsahariana; reciente deterioro en el Este, tras sus primeros esfuerzos de reorganización; en casi todos los países una frágil estabilidad política; un ensanchamiento de espacios de referencia, etc.).

Dos, nos referimos al Tercer Mundo y al Sur, pero, en realidad, ¿pueden definirse a sí mismos? y ¿cómo hacerlo? ¿Son algo que tiene por sí mismo una existencia propia? Ambos conceptos vienen unidos por el subdesarrollo endémico que padecen: su empobrecimiento y su marginalidad; a ellos me refiero. No obstante, sin olvidar que su dispersión geográfica es extrema: países sin recursos naturales limitan con productores de petróleo o con subsuelos que encierran riquezas potenciales; unos enormemente grandes --países-continente-- y otros extremadamente pequeños; unos muy militarizados y otros apenas sin ejército; también se combinan democracias con dictaduras y monarquías. Es la fragmentación y división del Sur: grandes diferencias con una marginación común. Todo esto agrava su dificultad a la hora de concretizarlo. El Sur, pues, como dice Rufin (1993: 15-17), hay que inventarlo (además de que cada Norte tiene también un sur). En este artículo entiendo por Sur: África, Asia (excepto Japón y los 4 dragones: Taiwan, Corea del Sur, Hong Kong y Singapur), América Latina y la Europa del Este (12). Aunque en la segunda parte del epígrafe, aun dentro del subdesarrollo y las desigualdades, diferenciaré los países del Este de los del hemisferio Sur.

Es mi intención analizar un instante las propiedades más destacables del Sur y las relaciones entre hemisferios.

La década de los años 80 y sobre todo 1989-91 pasará a la historia como el momento de cambio de la posguerra y la guerra fría a la aparición de un «mundo nuevo» --«viejo», al mismo tiempo--: la caída del muro de Berlín, la desintegración de los regímenes comunistas, con la URSS a la cabeza, el despertar de los nacionalismos y los sentimientos religiosos, como en la ex Yugoslavia (13), etc. Además, en este nuevo mundo veremos surgir problemas que hasta ahora estaban silenciados y soterrados por el equilibrio del terror entre las dos superpotencias. El mayor problema que la comunidad internacional tendrá que combatir será cuando reclamen justicia y solidaridad las zonas más deprimidas del mundo: el Sur.

Hasta ahora se tiene la impresión, desde Occidente, de que la única relación posible Norte-Sur (riqueza-pobreza) es de solidaridad y una relación de ayuda (en el fondo, tratando de evitar los flujos migratorios hacia el Norte, tratando de eliminar competidores en el reparto de los gastos asistenciales del estado del bienestar (cf. Gracio 1992) (14), caso de la reanudación de conversaciones sobre emigración de Cuba a Estados Unidos, tras el problema de «los balseros», en el verano de 1994) (cf. Brandt 1980). Sin embargo, habrá que dilucidar si sólo con ayudas económicas mejorará sustancialmente la situación de estos pueblos, si únicamente es un paliativo insignificante (15) o si urge su desarrollo integral.

Muchos científicos y políticos tienen fundadas esperanzas en que continúe desarrollándose a buen ritmo de aciertos la llamada revolución verde del Tercer Mundo (Étienne 1990: 57). Con ella se trata de buscar soluciones al problema más imperioso de alimentar a la población. La revolución verde se inauguró en 1950-65 en México, con resultados muy satisfactorios; se propagó a Asia en 1963-64. Se trata de adoptar innovaciones técnicas para aumentar los rendimientos tradicionales de trigo y arroz, sobre todo. En la actualidad esta revolución está prácticamente extendida a todas las zonas deprimidas: Asia, el Magreb, Oriente Medio, América Latina, África. Pero los ritmos de producción no están siendo en todos los lugares iguales, pues se precisa, según las zonas, mejorar el abono orgánico y químico, renovar a tiempo las simientes, aplicar tratamientos antiparásitos, lograr nuevas hectáreas de regadío, etc.; y las políticas de desarrollo de los mismos gobiernos son con frecuencia obstáculos para una implantación eficaz. Sin embargo, sus resultados globales aún no se pueden evaluar, pero tampoco parece que vaya a ser una solución estructural al problema del empobrecimiento en el Sur.

Igual que en los países desarrollados las diferencias entre ricos y pobres son cada vez mayores, el Tercer Mundo es cada vez más pobre. Es curiosa la contradicción que aparece en América Latina: la década de los 80 supuso el renacimiento de las democracias (excepto Cuba, Haití y Panamá, el resto de países tienen gobiernos democráticos), pero al mismo tiempo, ha habido un retroceso del desarrollo económico. Sólo en 1989, el crecimiento medio de los precios subió un 1.000%. Además, los países del Tercer Mundo arrastran un lastre muy difícil de superar: de un lado, la gran deuda externa, que en 1990 ascendía a casi 430.000 millones de dólares. Esto ha imposibilitado las inversiones y el desarrollo, la reducción de los recursos públicos, produciendo un empeoramiento de los niveles educativos, de la salud pública, de las condiciones de vivienda, del paro y el subempleo: aumento de la pobreza y miseria.

El crecimiento de estos países pasa sin duda, primero, de un lado, por una postura suya colectiva, firme y llevada hasta el final, y de otro, por el compromiso de reducir del monto de la deuda al menos el 50%, por parte de los Estados Unidos (aunque el plan Bush proponía hace unos años sólo una reducción de 12.000 millones de dólares) (Chonchol 1990: 61). Segundo, solucionar la enorme presión demográfica que sufren: la gran cuestión es alimentar a todos sus habitantes.

Referente al primer aspecto, apuntar que la deuda del Sur es, quizá, el problema económico más grave de nuestro tiempo: el sistema monetario internacional estuvo a punto de hundirse en 1982, por culpa de los préstamos al Tercer Mundo. El FMI está haciendo de mediador entre deudores y acreedores y garantiza el cobro de las deudas, pero no puede asegurar cuándo; en un plan tras otro se reconoce el carácter duradero de la deuda, y, como sabemos, la deuda ejerce un efecto deflacionista en la economía mundial (Irazábal 1993: 56-68). De momento el Banco Mundial ha determinado sólo otorgar préstamos a los países que se tenga garantía de que van a emplearse en potenciar su desarrollo (16) y que gocen de garantías sobre su devolución.

En segundo lugar, hay que comprender la relación pobreza-superpoblación. Según el Informe anual del Fondo de Naciones Unidas, en el año 1998, la Tierra tendrá unos 6.000 millones de habitantes (17) y 8.500 para el año 2050. El problema es que estas previsiones no están igualmente repartidas: Europa permanecerá estacionaria, mientras Asia duplicará, América Latina triplicará y África cuadruplicará su población. Es decir, el 95% del crecimiento mundial se produce en los países pobres y en vías de desarrollo; más del 50% vivirán en las grandes ciudades, en el año 2000. Si en muchos de estos países no hay materias primas para alimentar a tantos individuos, necesariamente un volumen de población mundial tendrá que emigrar fuera de sus lugares de nacimiento, tanto desde el campo a la ciudad como fuera del país. Esto es, con estas cifras no es descabellado pensar que las grandes migraciones están aún por llegar y cuyo final no es posible predecir cómo acabará; pues en ningún país del mundo se puede eludir el hecho de que la razón entre un territorio y la población que puede soportar no es infinita.

Queda claro que el contraste demográfico entre el Norte y el Sur es una clara oposición: los pueblos del Sur son pueblos innumerables. Normalmente en el Sur una población numerosa es sinónimo de empobrecimiento. Hay, por ello, que hacerse la pregunta de por qué no se establecen medidas de control de la natalidad. En algunos casos, como México --con la ayuda científica y técnica de los Estados Unidos--, la India --que a partir de los años cincuenta se embarcó en uno de los programas de reducción de la natalidad más extremo y costoso, con escaso éxito--, o China --cuyo control reciente está suponiendo para la población una verdadera guerra, con una planificación familiar «voluntaria» que ignora cualquier libre elección del individuo--, lo han intentado. ¿Por qué no se ha impuesto en el resto de países, que ven morir, sin remedio, a miles de conciudadanos, especialmente niños, mujeres y ancianos, malnutridos? Por qué los habitantes del Sur reaccionan de forma emocional y en contra de las campañas contraceptivas.

La pregunta que ellos se hacen es: ¿gente extraña --políticos extranjeros-- conocen mejor que nosotros lo que nos conviene? A la hora de analizar los comportamientos reproductores de los campesinos del Tercer Mundo hay que entender que la clave del control demográfico se encuentra en el problema de «asegurarse la vejez»: en la mayoría de los países pobres los hijos constituyen la única riqueza y el único seguro cuando llegue la vejez: no tienen otra riqueza que su prole (18): «Desde un punto de vista paterno concreto, y considerando la utilidad que se obtiene a lo largo de la vida, se considera a los hijos por lo general como productores de diversas utilidades directas e indirectas que se pueden designar de forma conveniente como 'utilidad derivada del consumo' (...), como 'utilidad derivada de la renta' (los hijos contribuyen directamente a los ingresos de la familia con su trabajo) y como 'utilidad derivada de la categoría social, de la seguridad y de los seguros' (...); (seguridad, especialmente la de los ancianos; y seguros, dado que un hijo más puede generar diversas utilidades si otros hijos no logran hacerlo, principalmente debido a una mortalidad temprana)» (Stark 1993: 25).

Sin duda alguna, la natalidad comenzará a bajar cuando adquieran conciencia de que sus hijos vivirán seguro; entonces pensarán en asegurarles un buen nivel de vida. El desarrollo es el mejor contraceptivo.

He hablado del «seguro de vejez». Hay también otras razones: «cuanto más insistía el Norte en que el crecimiento demográfico era un drama, más cuenta se daba el Sur de que podía ser su arma» (Rufin 1993: 57). Es la «bomba P» de China. Etiopía y Nigeria, v. gr., han falsificado reiteradamente sus censos, para asegurar mejor su papel de líderes en la OUA. Incluso la propia rivalidad entre estados, comunidades y etnias les hace rechazar, a priori, el principio mismo de la regulación de la natalidad.

Otros elementos, como la religión, también influyen a mantener el alto nivel demográfico del Sur. En muchas ocasiones, como el fundamentalismo islámico, se oponen fuertemente a los programas de limitación de nacimientos.

El Sur ha comprendido que mantener alto el nivel de fecundidad causa pavor a Europa (19): más que su multitud, la incertidumbre sobre su número es lo que permite identificar hoy a los pueblos del Sur como bárbaros. Incertidumbre que impide conocer y predecir --desde Occidente-- la evolución de esta situación. De aquí el miedo del Norte --y el combate que mantiene-- a las migraciones extracomunitarias, llegadas desde el Sur: «el temor a ser invadidos por bárbaros» (20).

Por tanto, el problema del empobrecimiento y la población mundial deben ser abordados sin planteamientos egoístas. Según G. Tapinos, los diferentes factores susceptibles de amortiguar o reactivar las migraciones extracomunitarias sugieren una recuperación probable de los flujos en el inicio del siglo XXI. Los factores que condicionan el futuro de ciertas trayectorias migratorias pueden resumirse en cuatro casos posibles. Uno, posibilidad de una ruptura del sistema internacional que procurara masivos desplazamientos de población. Es un caso catastrofista, improbable, pues supondría el fracaso total de las reformas económicas del Este y del Sur, una ausencia de coordinación entre los estados, etc. Quienes preconizan esta posibilidad no quieren sino mantener el miedo a la invasión y apuestan por el cierre total de fronteras.

Dos, cierre total de fronteras (difícil de justificar y de practicar).

Tres, que Europa proponga políticas de empleo según contratos temporales (tratando de evitar la presencia masiva de extranjeros).

Cuarta posibilidad, que parece la más real: que la inmigración hacia Europa continúe, pues subsisten las razones originarias que las provocaron y que incitan a los futuros emigrantes a tomar el mismo camino que sus predecesores.

Tapinos cree que, para conciliar el aumento inevitable de las corrientes migratorias y la voluntad de mantenerlas a un nivel aceptable para los países de acogida, la solución podría encontrarse en la elaboración de una política migratoria común de los estados de la Unión Europea: «que definiría un ritmo de entradas conforme a las preferencias colectivas de los países de acogida. El éxito de tal política está vinculado a dos condiciones estrictas: Es necesario para empezar que esta política resulte del compromiso político de los ciudadanos, a través de las instituciones representativas, y que no se reduzca a una gestión administrativa de control de entradas» (Tapinos 1992: 39-40). Ninguna de estas dos condiciones, en mi opinión, están cercanas a cumplirse; menos aún en los momentos de crisis y recesión económica que padece el Norte.

Es cierto que a Occidente le preocupa la «invasión» que los sureños pueden llevar a cabo en el Norte; sin embargo, su miopía no es casual. Olvida que millones de refugiados --por tanto, inmigrantes-- salen de sus países diariamente, dentro del Sur. Si en Europa se cuentan por miles, en África es por decenas de millones. No en vano, en Europa el estatuto del refugiado se concede a individuos concretos y da derecho a la entrada en un país en el que se ofrece y concede acogida y estancia definitivas; es una situación transitoria de emigración que permite escapar de un peligro y encontrar un lugar más seguro para vivir.

Nada tiene esto que ver con lo que J.-C. Rufin (1993: 68-74) llama el «estatuto tropical del refugiado». A saber, en el Sur, el concepto de refugiado no se aplica a individuos, sino a naciones enteras; por ello, la obtención del estatuto de refugiado es esencialmente haber cruzado una frontera. Tiene como característica que en él no existe un país de acogida definitiva; es, además, una situación que se prolonga indefinidamente, pero sin esperanza de regresar.

Ahora bien, en multitud de ocasiones se aplica el concepto de «no expulsión»: es el nivel cero del derecho de asilo: el emigrante no es expulsado, pero tampoco obtiene reconocimiento de refugiado (en las islas de Indonesia, Malasia, las sabanas de África y montañas de Asia viven millones de personas, testigos de esta situación; la única ayuda humanitaria que reciben, a veces, es alguna comida y ropa). No hacen nada, pero tampoco se mezclan con los autóctonos y no pueden regresar a sus países (aunque allí tampoco tendrían garantías de vivir mejor). En verdad, ciertamente se han convertido en valederos para los países de acogida, pues son éstos los que obtienen cuantiosas ayudas, desde la comunidad internacional. Estamos asistiendo a la generalización en el Tercer Mundo del modelo palestino.

Resumiendo, paulatinamente estamos asistiendo a una nueva imagen del Sur, estructurada en una oposición binaria respecto al Norte. Las terrae incognitae han traído un primer enfrentamiento: el de lo conocido (el Norte) y lo desconocido (el Sur). También la demografía señala un punto de contraste, entre los pueblos que han dejado de crecer (el Norte) y los innumerables (los del Sur). Por último, los archipiélagos de la miseria ilustran el enfrentamiento entre los sedentarios (el Norte) y los nómadas y refugiados (el Sur).

¿Cómo parece que van a evolucionar, a corto plazo, las relaciones Norte-Sur? Por si fuera poco, además, una situación inmediata debe preocupar al Sur y América Latina en particular, que vendrá a agravar su estado de pobreza. A saber, antes de que estallaran los últimos acontecimientos de la Europa del Este, existía una enorme confianza en que la Comunidad Europea ejercería un importante papel en los esfuerzos latinoamericanos para relanzar proyectos económicos claves y de envergadura. Pero ahora es muy probable que los capitales europeos (oficiales y privados) se trasladen en su futuro inmediato hacia los vecinos países del Este; Polonia y Rusia ya han ejercido contactos con la Unión Europea en este sentido. A estos países los une una historia común, proximidad geográfica y política, afinidades culturales y de lengua (Latinoamérica, Asia y Suráfrica quedan más lejos).

Parece posible que el comercio de Europa con América Latina se mantenga o mejore, pero no las inversiones y las transferencias de recursos, que es lo que más necesitan y que supondría una baza importante para su despegue económico. En los próximos años, pues, el Sur no va a recibir muchos ingresos. Las privatizaciones de empresas públicas que se están sucediendo en toda la Europa del Este van a atraer a los empresarios del Oeste. Por el contrario, el Sur irá distanciándosenos aún más.

Laidi acierta cuando asegura que en las próximas décadas la oposición no va a establecerse entre Norte-Sur (hemisferio rico-hemisferio pobre), sino entre Este-Sur (dos amplias zonas pobres, luchando por atraerse los beneplácitos de las inversiones del Oeste desarrollado). Así se expresa: «el porvenir económico del Sur se basará más en el terreno de las inversiones privadas que en el de la ayuda pública. El Este ya no será para el Sur un medio de negociación política con el Oeste, sino en el mejor de los casos, una fuente de rivalidad y una necesidad inesperada de adaptación económica» (Laidi 1990: 56).

La misma opinión pública del Norte parece que está tomando conciencia de que sus hábitos políticos y culturales han de evolucionar hacia una apertura. Especialmente hacia los países del antiguo bloque del Este; que si en otro tiempo no muy lejano se mostraban cerrados e inaccesibles, son nuevamente accesibles (en el inicio de un proceso de integración e intercambio). Buena prueba de ello son, v. gr., las empresas turísticas que ofrecen entre sus circuitos visitas a la antigua URSS, a los campos de concentración de Siberia, etc. Por el contrario, con los países del Sur se observa un repliegue dramático y hostil. Su tendencia es a la inversa: vuelve a sus divisiones y a la oscuridad --hermetismo y falta de transparencia--. En el continente africano, cada vez se están produciendo más zonas blancas en el mapa (terrae incognitae): inaccesibles, como si estuvieran aún por descubrir.

De todo lo expuesto en este apartado se desprende, a mi modo de ver, una consecuencia global: la solución seria y eficaz al gran problema social que supone la pobreza y miseria en el Tercer Mundo no se encuentra privatizando los medios de producción, abriendo fronteras económicas y dejándolo todo a la decisión partidista del mercado (controlado por varias multinacionales), pues seguirán profundizándose las brechas de las dependencias nacionales y humanas, y recreando bolsas de subdesarrollo y empobrecimiento, sino con una completa cooperación internacional (bien con relaciones bilaterales entre estados --antiguas potencias colonizadoras y ex colonias--, bien con acuerdos y marcos de trabajo regionales, v. gr., el Mediterráneo europeo con los países del norte de África); cooperación plenamente decidida a poner fin a las desigualdades humanas, aplicando planes económicos, de urgencia, a medio y a largo plazo, que permitan el desarrollo de recursos y el establecimiento de una nueva relación económica y política, que permita la independencia real de los países pobres. Es la alternativa de una política de cooperación que acelere el desarrollo económico de los países del Tercer Mundo, que alcanzaran el objetivo deseado, favoreciendo un proceso de desarrollo caracterizado por un aumento de la renta, el empleo y el bienestar; y políticamente, por la estabilidad política y la democracia. No obstante, los países europeos y Norteamérica no han tomado aún en consideración una política de este tipo, ni tampoco lo han hecho los países que serían los beneficiados de ella.

Los políticos tienen la primera palabra y la obligación de caminar en este sentido. De no ser así, seguramente serán los pueblos oprimidos quienes se decidan a actuar. Curiosamente, cualquier economista sabe que con una organización social apropiada y un uso apropiado y racional de las tecnologías, habría para dar de comer a todos los habitantes de la Tierra, aún en mayor número del que hoy la poblamos (Tortosa 1993: 41). Así lo ha demostrado D. H. Meadows (1992) en su actualización de Los límites del crecimiento; aunque esto no significa que no haya límites biológicos al número de personas que pueden habitar en el globo.


Pero para ello sería preciso corregir el modelo de desarrollo y su mala distribución. Un ejemplo basta: el 6% de la población mundial, la de los Estados Unidos, consume la cuarta parte de la energía mundial: un norteamericano gasta como dos europeos, 10 chinos, 55 indios ó 900 nepalíes. O cómo el 18% de la población mundial, los habitantes de los países industrializados, consumen el 80% de la energía mundial y generan una proporción similar del pernicioso dióxido de carbono.

Sin embargo, la esperanza de que esto cambie no es muy certera, así lo demuestran los acontecimientos. En la primera Conferencia sobre desarrollo y medio ambiente, celebrada en Estocolmo en 1972, la señora Gandhi dijo: «la peor contaminación es sin lugar a dudas la miseria». La tercera conferencia, denominada «Cumbre de la Tierra», celebrada en Río de Janeiro, en junio de 1992, lo ha dejado aún más claro: la degradación del medio ambiente es producida generalmente por la pobreza en el Sur y por la abundancia en el Norte (Irazábal 1993: 177-196).

A pesar de que el entonces presidente norteamericano G. Bush amenazó con boicotear la conferencia, si las conclusiones que salieran eran perjudiciales para los intereses de su país, la mayoría de los responsables políticos del mundo eran conscientes de que el deterioro de las condiciones de vida en nuestro planeta estaban exigiendo una solución urgente. La Declaración de Río o la llamada Carta de la Tierra enumeró los 27 principios para una buena gestión de los recursos del planeta, que giran en torno al concepto de desarrollo sostenible: el desarrollo no puede separarse de la preocupación ecológica o conservación de los recursos disponibles --más bien escasos--. Así lo define el Informe Brundtland: «aquél que satisface las necesidades del presente sin limitar el potencial para satisfacer las necesidades de las generaciones futuras». Sin embargo, en el Convenio sobre el clima que aprobó la conferencia, la Unión Europea renunció a proponer un impuesto ecológico sobre el consumo de energía y tampoco se fijó un calendario ni unas normas para reducir la contaminación atmosférica.

Más difícil de aprobar fue la Declaración sobre el bosque. El Norte no tenía inconveniente en restringir la tala de madera de los bosques (pieza esencial para la renovación del oxígeno de la atmósfera). Sin embargo, países como Brasil, Malasia o Indonesia, tienen en sus bosques una gran fuente de divisas. ¿Cómo pedirle a un país con dificultades económicas, por ejemplo Brasil, que mantenga intacto el 65% de su territorio --selva tropical-- para permitir la transformación del CO2 en O2 del planeta, mientras que la Norteamérica desarrollada es responsable de la cuarta parte del CO2 producido en todo el mundo?

Extraña solución resulta ahora para el Sur que el Norte le exija mantener sus países como en especie de parques naturales intocables, presentando las selvas tropicales como patrimonio de la humanidad, lo que además frena su desarrollo y es una violación de su soberanía, cuando los países desarrollados han estado acostumbrados a explotar en beneficio propio los recursos naturales del mundo entero y tampoco ahora piensan renunciar a sus niveles de consumo y confort.

O lo que es igual, «en Río, el medio ambiente chocó con la pobreza de unos países que tienen en sus manos una parte de la solución al problema. O, mejor dicho, chocó con la gran brecha entre ricos y pobres, causante de incomprensiones y ella misma directamente amenazadora de los recursos de la Tierra» (Irazábal 1992: 185).

Notas

Las notas al respecto, ir a la fuente.


FUENTE

2 comentarios - Para Entender La Pobreza y las Desigualdades

ToxiMaxe
Un tanto largo el post



Jajajja





Saludos tony