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Compañeros de odio: Chomsky y negadores del Holocausto

Compañeros en el odio: Noam Chomsky y los negadores de Holocausto


Por Werner Cohn

Avram Noam Chomsky, célebre lingüista del Instituto Tecnológico de Massachussets, es sin embargo más conocido por su filosofía izquierdista. Este libro pretende dejar claro que, en realidad, esa filosofía proviene tanto de la ultraderecha (especialmente, de la antisemita) como de la retórica de la izquierda norteamericana.

En marzo de 1989, no mucho después de la publicación de la primera edición de este libro, A. M. Rosenthal, del New York Times, escribió un artículo en conmemoración del décimo aniversario del tratado de paz entre Egipto e Israel. Aunque el tono del artículo era en general favorable a Israel, el autor también reprobaba la actitud de los judíos ante lo que calificaba como "el error histórico de rehusar a reconocer la realidad y el sufrimiento del Pueblo Palestino".

Uno de los argumentos de Rosenthal era que Jordania es un estado palestino (el territorio de esta nación se sitúa sobre el que el Reino Unido asignó originalmente a Palestina), por lo que se oponía a la creación de un segundo estado en esa zona. Esta opinión fue suficiente para desatar el legendario mal genio de Chomsky. El profesor escribió:

"Podríamos preguntarnos cómo reaccionarían los judíos si los árabes afirmaran que no se merecen una ‘segunda patria’, porque ya poseen Nueva York, con una población judía enorme, medios de comunicación que tienen controlados, un alcalde judío y el dominio de la vida cultural y económica".

Ocurre que Rosenthal no utiliza en ningún momento ni la expresión ni el concepto de "segunda patria".

Aún así, a Chomsky le parece apropiado entrecomillar esas palabras, para atribuirlas textualmente a Rosenthal. Como veremos en este libro, este profesor del MIT suele manipular lo que escriben los demás. Pero no adelantemos acontecimientos.

Lo que resulta verdaderamente llamativo en el párrafo citado es el tono displicente que Chomsky emplea para referirse a los judíos de Nueva York y el hecho de que su malicia no se asimila al típico "antisionismo" de la izquierda. El blanco de su ataque en ese fragmento son, simplemente, los judíos, sin preocuparse por fingir "antisionismo pero no antisemitismo".

Ciertamente, cuando Chomsky redactó esa respuesta, el alcalde de Nueva York era judío y había una importante población judía en la ciudad. También había judíos en los medios de comunicación y en todos los niveles. No es menos cierto que los judíos tenían una gran presencia en la cultura y la economía neoyorquinas. Estos hechos son innegables.

Pero ¿qué son los "medios de comunicación controlados por los judíos"? ¿Qué se pretende decir con que "los judíos dominan la vida cultural y económica"? Son afirmaciones llenas de odio, producto del clásico antisemitismo, con las que se sugiere que los judíos no actúan como individuos, sino como agentes de un enorme cabildeo. La típica propaganda antisemita siempre ha proclamado que los artistas y hombres de negocios judíos, no persiguen las mismas metas que otras personas. No; para Chomsky, esos hombres y mujeres están "controlando los medios de comunicación" y "dominando la vida económica y cultural", con todas sus habilidades como judíos y en nombre de un esquema judío.

Pero, antes de nada: ¿es el propio Chomsky quien hace esas afirmaciones antisemitas? ¿O se trata de algún musulmán anónimo? El profesor no aclara nada al respecto, ni tampoco dice explícitamente que no es él, dando por sentado que es ese árabe hipotético quien habla, sin especificar si da o no por justificables esas acusaciones.

Lo que no dice explícitamente Chomsky en su respuesta, lo dice implícitamente. Al mezclar hechos reales con acusaciones de "controlar" los medios y "dominar" la cultura, todo ello en la misma frase y con el mismo tono, está ratificando y justificando las proclamas antisemitas. Y lo consigue sin implicarse directamente. El profesor se muestra, como siempre, astuto, en todos los sentidos de la palabra.

En realidad, estamos ante un magnífico ejemplo de la retorcida ambigüedad de Chomksy. Hace sus afirmaciones antisemitas de forma directa y entonces, en el guiño de complicidad a sus seguidores neo-nazis (a quienes nos volveremos a encontrar más adelante) fabrica una respuesta para sus adeptos de izquierdas: no soy yo el que dice todo esto, no señor, pero, ¿cómo podría evitar que un musulmán oprimido hiciera unas observaciones tan interesantes?

En los márgenes de la sociedad israelí se ocultan, fuera de la vista de los turistas e incluso de sus propios ciudadanos, un buen número de charlatanes, visionarios, fanáticos y demás sabelotodos. Ese tipo de gente resulta de interés principalmente para los sociólogos y periodistas que se ganan la vida describiendo rarezas y curiosidades. Ante ellos, los israelíes normales simplemente se encogen de hombros y asumen que los judíos, como todos los demás pueblos, tienen su cuota de chiflados.

Pero incluso en Israel, con su tolerancia a los excéntricos y perturbados, el caso de Israel Shahak merece un comentario aparte. Es, sin ninguna duda, el más conspicuo judío antisemita del mundo. De hecho, su especialidad es de lo más infrecuente, incluso entre los antisemitas no judíos; es decir, es infrecuente desde que el nazismo fue derrotado. Consiste en difamar el Talmud, al igual que hicieron los nazis. Más aún, ha convertido en una forma de vida, su afán por popularizar las maquinaciones en contra del Talmud de Johann Eisenmenger, un antisemita alemán del siglo XVIII.

Shahak, que en la actualidad es un farmaceutico jubilado, viaja por todo el mundo proclamando una tesis muy sencilla: los judíos, con sólo algunas pocas excepciones (adivinen ustedes quiénes podrían ser), son malvados. El Talmud les enseña a ser unos criminales, y el Sionismo es un resumen de todas las maldades. Naturalmente, Shahak es un defensor activo y entusiasta del terrorismo islámico.

El panfleto más reciente de Shahak, Historia Judía, Religión Judía (Jewish History, Jewish Religion; London and Boulder, Colorado, 1994) exige a los judíos que se arrepientan de sus pecados y de los de sus antepasados. Para empezar, dice Shahak, los judíos deberían aplaudir, retroactivamente, las "manifestaciones antisemitas populares del pasado" como, por ejemplo, las masacres de Chmielnicki, en Ucrania, en el siglo XVII. Según Shahak, éstas no fueron sino alzamientos "progresistas".

En lo que concierne a los judíos de la actualidad, Shahak asegura que "a los niños se les enseña" a musitar una maldición ritual cada vez que pasan frente a un cementerio no judío. Aún más, asegura que "antes y después de cada comida, el judío piadoso se lava las manos... en una de esas ocasiones, está adorando a Dios... pero en la otra, está adorando a Satán".

Historia Judía, Religión Judía es un folleto tan enormemente absurdo de por sí, que difícilmente se venderá lo suficiente como para amortizar lo que costó producirlo. Pero no es un escrito aislado. Está prologado por un famoso escritor, Gore Vidal, que asegura que no es antisemita. El libro también incluye, en su portada, una defensa entusiasta a cargo de Noam Chomsky, que dice "Shahak es un investigador sobresaliente, dotado de una perspicacia y profundidad de conocimientos notables. Su trabajo está muy documentado y resulta penetrante. Es una contribución de gran valor".

De modo que es así como ahora se examina a los estudiosos en el Instituto Tecnológico de Massachussets.

Desde que apareció este libro por primera vez, en 1988, se han publicado varios trabajos acerca de los negadores del Holocausto y otros temas afines, que han sido críticos con Chomsky. Sin embargo, creo que esos ensayos, en conjunto, no son totalmente satisfactorios. Sus autores suelen mencionar algunos de los casos más evidentes de la conducta infame del profesor, pero sin centrarse en lo que yo consideraría como el problema que subyace bajo el fenómeno Chomsky.

Como se demuestra detalladamente en este libro, Chomsky prestó su nombre para apoyar a Robert Faurisson, un conocido neo-nazi francés negador del Holocausto. Además, ha publicado artículos en una revista de este corte ideológico y ha tratado por todos los medios de que los neo-nazis franceses editaran libros suyos. Ha propagado la idea antisemita de que el judaísmo es básicamente antisocial. No obstante, la intención, tanto de las críticas de Chomsky como de sus alabanzas, es la de recalcar su imagen de partisano de la izquierda política. Su empleo de una retórica antisemita (no siempre oculta tras un velo de "antisionismo" ) se ignora sistemáticamente tanto por sus detractores como por sus simpatizantes (sus acólitos, por supuesto, son un caso aparte).

¿Cómo se puede responder a semejante negligencia?

En primer lugar, tenemos la bien conocida astucia de Chomsky, como ya se observó en su comentario al artículo de Rosenthal. Pero ésta, por sí sola, difícilmente habría podido despistar a los autores eruditos y sofisticados que han escrito sobre él (aunque, desde luego, ha podido tener algo que ver en bastantes casos).

En segundo lugar, tenemos lo oculto de gran parte de la bibliografía de Chomksy. Algunas de sus proclamas más maliciosas han aparecido tanto en publicaciones ultraizquierdistas como neo-nazis, con frecuencia en francés, con lo que han permanecido ocultas para del grueso de los lectores estadounidenses. La descripción más reveladora de la estrecha relación de Chomsky con los neo-nazis fue escrita, en francés, por su socio Pierre Guillaume y publicada por una desconocida editorial parisina (como comento en detalle entre las páginas 52 y 62 de este ensayo; pido al lector que preste a este tema especial atención). Pero, por otro lado, el profesor también ha hecho algunas afirmaciones descaradamente antisemitas, como por ejemplo, sus declaraciones acerca de las enseñanzas "genocidas" del judaísmo, tal y como puede verse en "The Fateful Triangle", uno de sus libros, bien accesible y muy conocido.

En otras palabras, la célebre habilidad que Chomksy tiene para ofuscar y lo oculto de gran parte de sus publicaciones, pueden explicar (sólo parcialmente) por qué sus relaciones con los neo-nazis han escapado a la crítica general.

Desde mi punto de vista, hay algo que hace más difícil entender el fenómeno Chomsky. Creo que existe una arraigada mentalidad que tiende a dividir la política en "izquierda" y "derecha" y que ve a la primera incapaz de atormentar a los judíos. Incluso algunos de los escritores más lúcidos caen de vez en cuando en esta trampa.

Cualquier persona informada sabe, por descontado, que siempre ha existido antisemitismo en la izquierda. Aunque últimamente, se le disfraza de "antisionismo", es una vieja historia que se remonta hasta el siglo XIX. 5 En tiempos más recientes, la Unión Soviética, mientras existió, se encargó de propagarlo mediante facciones disidentes de la izquierda y no menos aún mediante la propaganda de los progresistas del cristianismo protestante. Sin embargo, la retórica siempre ha sido esencialmente distinta de la del antisemitismo de la derecha. Mientras éste se expresaba en términos racistas o religiosos, la izquierda tendía a emplear un vocabulario propio del humanismo marxista.

Estas diferencias argumentales han llevado a la conclusión errónea de que la derecha y la izquierda son ideológica y socialmente incompatibles y que los antisemitismos de una y de otra son mutuamente excluyentes. Como consecuencia, se asume incorrectamente que un defensor de la ideología izquierdista no puede estar involucrado en cualquier anticuado ataque al judaísmo. La postura más característica de Chomsky, que le pinta como un gladiador de la izquierda, batallando contra el Sionismo, es una coartada que ha resultado serle muy útil.

Benito Mussolini comenzó su vida política como un socialista revolucionario. Cuando creó el Fascismo no abandonó ni los métodos ni las doctrinas de su viejo resentimiento "anti-burgués". De un modo parecido, el "nacionalsocialismo" hitleriano, por su propia definición, usaba las maneras, ideologías e incluso a los miembros de la ultraizquierda. En muchos lugares de la Europa de la preguerra, comunistas, nazis y anarquistas, aunque andaban enzarzados en peleas callejeras, no tenían inconvenientes en pasar juntos de un terreno a otro según la ocasión lo requiriera.

Los factores comunes de esta sórdida algarada ultra-radical entre izquierdas y derechas, eran el antisemitismo, el culto a la violencia y la mendacidad desenfrenada; en pocas palabras: el rechazo a la respetabilidad de la burguesía. Todos estos ingredientes han creado un caldo de cultivo que aún perdura hoy día.

Los grupos sectarios que en la Europa actual se declaran abiertamente nazis e izquierdistas a la vez, como por ejemplo los "Nacional Bolcheviques", o los miembros de la Tercera Vía en Francia e Italia, siguen ocultos a la opinión pública. Este oscurantismo envuelve también a La Vieille Taupe (descrita más adelante en este libro) el principal vínculo de unión entre Chomsky y los neo-nazis. Sin embargo, aunque dicho caldo de cultivo ha permanecido oculto casi siempre, sobre todo en los años de la posguerra, de vez en cuando emerge y consigue llamar la atención pública. Y entonces, se muestra especialmente virulento, como el cólera. Cuando ya no lo vemos, creemos que lo hemos derrotado, pero el virus sigue latente y dispuesto a propagar una epidemia en cuanto se den las circunstancias.

Después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, la Unión Soviética rompió sus relaciones diplomáticas con Israel y la Internacional Comunista se embarcó en una feroz campaña de propaganda difamatoria contra el estado judío. En el transcurso de ésta, la línea que separa el antisemitismo del antisionismo se difuminó deliberadamente.Los comunistas anti-stalinistas, como los trotskistas, fueron aún más lejos e impacientes por superar el órdago de Moscú, comenzaron a emplear un discurso antisemita que hasta la fecha había sido propiedad de la ultraderecha: los judíos de Israel (y no sólo los "capitalistas" que se contaban entre ellos) formaban ahora una "nación opresora". Por todo el mundo, se caricaturizó a los judíos como una casta de "usureros" (como veremos más adelante, es de esta ultraizquierda anti-stalinista de la que Chomsky aprendió sus primeras lecciones políticas).

Pero estas maniobras marginales pasaron desapercibidas para el gran público. Fue necesaria la intervención de ciertos individuos especialmente destacados, para que el tema consiguiera una publicidad sustancial y eso a pesar de la naturaleza generalmente excéntrica, nefasta y ridícula de sus declaraciones. Esas personas consiguieron explotar una prominencia o notoriedad que les llegó de forma fortuita. Fueron muchos, pero sin contar al propio Chomsky, el más conocido bien podría ser Jacques Vergès.

Vergès es un abogado francés de ascendencia franco-vietnamita y un antiguo miembro del Partido Comunista y más tarde militante activo de la Nueva Izquierda. Saltó a la fama mundial cuando, hace unos 10 años, ejerció de abogado defensor de Klaus Barbie, un oficial nazi durante la ocupación de Lyon, que terminó siendo arrestado, acusado de múltiples asesinatos. El interesante documental de Marcel Ophuls titulado Hotel Terminus, proporciona más de un dato revelador sobre la personalidad y las actividades del Maître Vergès.

Vergès, al igual que Chomsky, es aún considerado como un eminente representante de la izquierda. Es un activista mundial contra los Estados Unidos y las Democracias Occidentales. Promovió la agitación contra la guerra francesa en Argelia y está, de forma vehemente, al lado de los terroristas musulmanes, tanto como abogado defensor como propagandista. Al mismo tiempo, es un miembro activo del movimiento de los neo-nazis más recalcitrantes. Según Erna Paris, autora del libro "Unhealed Wounds" ("Heridas abiertas" ), Vergès ingresó en el movimiento neo-nazi gracias a François Genoud, un financiero ultraderechista suizo cuyos fondos, al parecer, provienen del dinero que se les robó a los judíos durante la guerra. Es probable que la defensa de Barbie fuera financiada con fondos de Genoud y de algunos grupos terroristas islámicos. Paris asegura que Genoud "personifica un híbrido entre extremismo ultraizquierdista y neo-nazi... podría incluso decirse que ha creado escuela".

Vergès llevó la defensa de Barbie como una farsa mezcla de teatro callejero y parodia. Afirmó que los auténticos criminales durante la Segunda Guerra Mundial no fueron los nazis; no: los verdaderos criminales fueron los judíos. Lo fueron tanto durante la guerra, como lo son hoy día, por sionistas. También fueron criminales los miembros de la Resistencia Francesa. Además, el gobierno de Francia es culpable por su guerra en Argelia y otras ofensas similares. Por estos motivos, decía Vergès, Barbie debía ser absuelto. La Corte de Lyon estuvo en desacuerdo, todo hay que decirlo, pero no antes de que Vergès consiguiera publicidad mundial para él y para su ideología de lo absurdo.

En el verano de 1994, Vergès salió de nuevo en las noticias. Una vez más, su rostro, tan impactante y exótico, y que nos es tan familiar gracias a Hotel Terminus, volvió a mofarse de nosotros con su clásica sonrisa de superioridad. En esa ocasión representaba al célebre "Chacal", (Carlos Ilich Ramírez Sánchez) acusado en París de numerosos asesinatos en nombre de varios grupos terroristas islámicos. Además, existen ahora informes procedentes del antiguo gobierno de Alemania Oriental, que sitúan al abogado francés como miembro de organizaciones terroristas.

Vergès y Chomsky comparten un programa político y un estilo de violencia y vituperación comunes. Son anti-Israel sin excepción. Mientras trabajan con las izquierdas que se oponen a las Democracias Occidentales (y de hecho dependen totalmente del apoyo de dichas izquierdas) también respaldan, sin ningún pudor, a movimientos neo-nazis, especialmente en cualquier asunto que implique a los judíos.

Y así llegamos al verdadero significado del fenómeno Chomsky. Junto con Vergès y varios otros prominentes americanos y europeos, ha conseguido salvar al viejo odio antisemita de la extinción a la que, de otro modo, habría estado avocado en el mundo post-hitleriano.

Pero hay algo más. Al contrario que Vergès, Chomsky es judío. Este es un hecho que, seguramente, puede tener bastante interés. Algunos lectores me han pedido que especule acerca de la psicología de un judío que se comporta de esta manera. Desafortunadamente, no tengo nada que ofrecer, que no haya podido dar ya al lector atento. Después de todo, Chomsky no es el primer judío de la Historia, ni seguramente será el último, que dedica su vida a este tipo de empresa.

Desde la primera edición de este libro, se han reforzado los vínculos de Chomsky con el Institute for Historical Review (Instituto para la Revisión de la Historia), una organización neo-nazi y negadora del Holocausto.

El sello editorial del IHR se llama Noontide Press y la negación del Holocausto es sólo uno de los platos del menú antisemita de este supermercado del nazismo. El último catálogo de NP se publicó en 1995 y entre sus ofertas se cuentan comentarios sobre algunas películas filmadas por los nazis, que están prohibidas en Alemania a causa de su descarada propaganda del régimen nacionalsocialista, además del célebre Protocolo de los Sabios de Sión, algunos libros escritos por Adolf Hitler y Joseph Goebbels y uno de los últimos trabajos del padre Coughlin . Chomsky está presente con varios trabajos: The Fateful Triangle (página 16), Necessary Illusions y Pirates and Emperors. Según el IHR, el profesor "arroja luz como ningún otro, sobre Israel, el Sionismo y la complicidad estadounidense"

También desde la primera edición de este libro, Chomsky y sus amigos han seguido produciendo una auténtica riada de propaganda. Está la "Common Courage Press", en Maine y la "Black Rose Books" en Canadá, además de otras empresas, imprimiendo panfletos suyos y de sus colaboradores. Las revistas "Z Magazine" y "Lies of Our Time", entre otras, publican sus artículos. La radio Pacifica emite incansablemente sus discursos. Y por último, una de las asociaciones de Chomsky se las ha arreglado para hacerse con fondos públicos canadienses, con los que ha producido una película hagiográfica titulada Manufacturing Consent, centrada en el propio profesor.

Chomsky no ha variado sus argumentos en medio de esta avalancha de palabrería. La mayor parte de lo que dice se resume simplemente en que los Estados Unidos e Israel son culpables de todos los males del mundo.


El libro completo se puede leer en la fuente

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