A Perseo le fue dada la tarea de asesinar al monstruo Medusa, una de las tres hermanas Gorgonas, la única mortal, pero que con su mirada podía matar al más fuerte enemigo. Medusa originalmente era una hermosa doncella, sacerdotisa del templo de Atenea, pero cuando fue violada por Poseidón, en el mismo templo, la enfurecida diosa transformó el hermoso cabello de la joven en víboras que se retorcían sobre su cara tan horriblemente que cualquiera que pusiera sus ojos en ella se ponía rígido como una piedra antes que pudiera darle una bofetada.

Pero Perseo no temió ver la cara de la Gorgona, cuando su patrona Atenea le dio sabios consejos sobre cómo debería realizar esa peligrosa búsqueda.

"Sin ninguna ayuda de los dioses, el hombre más valiente puede combatir a ese enemigo", ella le hizo saber.

La diosa se le apareció en una radiante majestuosidad, acompañada por su hermano Hermes, y le dieron talismanes poderosos para ayudarle. Hermes le dio su propia espada curvada, con la que podría cortar la más sólida armadura, y calzó sus jóvenes pies con sus sandalias aladas, que le llevarían rápidamente por tierra y por mar. Además, del reino de Hades le trajo el casco maravilloso que le hacía invisible. Atenea le dio su escudo, que debía usar como espejo para atacar a Medusa sin mirar directamente su horrible cara. También le dio una bolsa de piel de cabra para esconder la cabeza de la Gorgona, que incluso muerta helaría la sangre de quien la contemplara, amigo o enemigo.

Perseo y la Gorgona Medusa


Así equipado, se le ordenó primero ir a la casa de hielo del norte de las Grayas, medio hermanas de las Gorgonas y que eran las únicas que podían decirle el camino para ir a la isla de Medusa. No perdió ni una hora desde la puesta del Sol, y sólo pidió a Atenea que velase por su madre hasta que volviese con la cabeza de Medusa. Con la ayuda divina estaba seguro de su victoria.

Saltando por los acantilados de Serifo voló hacia el Norte, hasta que llegó a la nieve, las nieblas y las montañas de hielo, donde ningún mortal podía vivir. Allí, a la orilla del mar Hiperbóreo, encontró a las hermanas Grayas juntas, débiles y sin forma, haciéndole dudar si eran dos o tres. Vestidas solamente con su pelo largo, blanco y erizado por el hielo, eran tan viejas y tan tontamente cariñosas que tenían un solo ojo y un diente para las tres, que con sus manos titubeantes se lo pasaban de una a otra con gemidos y murmullos, por turnos ellas mascaban copos de nieve o miraban a través de las nieblas cegadoras. Perseo sabía todo esto por Atenea y, como ella le ordenó, robó el ojo a las viejas brujas con su casco invisible; al oír ruido ellas intentaron coger su ojo para ver quién venía.

"Decidme el camino de las Gorgonas", dijo Perseo, "o también os quitaré el diente y os dejaré morir de hambre en este desierto".


Las hermanas Grayas dieron un gran grito cuando se dieron cuenta que les había robado una mano invisible. Con amenazas y maldiciones le ordenaron que les devolviera su ojo; pero él se mantuvo firme hasta que, como debía ser, refunfuñando le dieron la dirección para encontrar la isla de las Gorgonas. Como agradecimiento les devolvió su ojo pero ellas no lo vieron; él se había ido antes de que pudieran inclinar sus débiles cabezas, cayendo dormidas como bloques de hielo.


Ahora debía volar hacia el Sur, donde las nieblas y nieves pronto se desvanecerían y la tierra se tornaba verde en los campos y bosques, y el mar azul brillaba y centelleaba bajo un cielo brillante. El aire era cada vez más caliente y él volaba sobre la tierra y el mar hacia el otro límite del mundo; todos sus ríos y montañas se extendían bajo sus pies y al fin se encontraba en el gran océano donde no se navegaba. Allí, siguiendo el camino que le dijeron para guiarse por el Sol y las estrellas, espió la isla donde vivían aquellas odiosas hermanas, entre los hombres sin vida y bestias que sus miradas habían convertido en piedras.

A la caída de la tarde vio a las tres hermanas durmiendo, Medusa en el medio. Sobre ella él no fijó sus ojos; como Atenea le había dicho, se acercó de espaldas sosteniendo su escudo como espejo para que la cabeza ensangrentada, con su melena de serpientes rizándose y retorciéndose incluso en el sueño, él no viera. La cara de Medusa era bastante horrible; cuando ella se movió bruscamente Perseo vio cómo su cuerpo estaba cubierto de escamas repugnantes y plumas, y cómo sus extremidades terminaban en crueles garras, y su boca abierta con una sonrisa cruel enseñaba los dientes como los de una serpiente erizando su lengua bifurcada.

Se cuidó de no mirar por miedo a que ella pudiese abrir sus ojos sangrantes. Y viendo en su espejo cómo estaba tumbada, golpeó hacia atrás y con un solo golpe de la espada curvada de Hermes cortó limpiamente alrededor de su cuello, tan rápidamente que no emitió ni un solo grito. Entonces, con su mirada apartada y sus manos nerviosas, metió la cabeza ensangrentada en su bolsa de piel de cabra y se levantó con un grito de triunfo.

Ese grito despertó a las otras dos hermanas Gorgonas, que encontraron el cuerpo de Medusa sin cabeza entre ellas, oyendo la exultante voz del enemigo que había cometido esa atrocidad.

Silbando y aullando, ellas extendieron sus alas como pájaros monstruosos de presa para buscarle con sus garras de hierro. Pero Perseo se escondió de ellas con el casco de la invisibilidad y pronto estuvo lejos de ser alcanzado por esos monstruos vengativos de su hermana, que no podía haber sido asesinada por una mano mortal.

gigante


Rápido y lejos el héroe voló con su premio; el camino pronto le condujo sobre el desierto en el que no podía haber nada verde ni una criatura viva. Pero como la sangre de la Gorgona rezumaba de la piel de cabra, las gotas cayeron sobre la sedienta tierra y aparecieron serpientes y escorpiones venenosos, tanto que plagaron el estéril suelo. Altos pilares de arena se levantaron para marcar cómo las Gorgonas harapientas le perseguían en vano; Perseo se elevó sobre ellos invisible, sin poner un pie en la tierra, hasta que llegó por la tarde a los límites más occidentales del mundo desconocido.

Aquí de día y de noche, el viejo gigante Atlas estaba arrodillado, sujetando el peso de los pilares del cielo. A él Perseo, cansado de su largo viaje, rogó que le dejara quedarse y descansar en el famoso jardín de manzanas doradas, que Atlas guardaba celosamente vigilado por un dragón. Pero el gigante groseramente le pidió que se fuera.


"Soy hijo de Zeus y he realizado una hazaña para ser bien recibido"
, suplicó Perseo.

"¡Un hijo de Zeus está destinado a robar mi jardín!", gruñó el gigante recordando un oráculo antiguo, que en realidad fue cumplido por Hermes.

"Si tan cuidadoso eres de lo que es tuyo, coge un regalo mío", y con esto Perseo entregó la cabeza de la Gorgona para que la sostuviese el gigante.

Ninguna palabra más pronunció Atlas. El más enorme titán se transformó en una cumbre pétrea, su cabeza blanca de nieve, su barba de hielo, sus duras costillas cerdosas como bosques. Y así permaneció ese día, como una montaña muerta sujetando las nubes.

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