En octubre de 1937, el dictador dominicano Rafael Trujillo condujo uno de los hechos más brutales y desconocidos de la historia del Caribe: la Masacre del Perejil.

La masacre del Perejil
Rafael Trujillo estuvo en el poder desde 1930 hasta que lo asesinaron en 1961.

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Dispuesto a solucionar lo que consideraba ser el “problema haitiano”, Trujillo mandó asesinar a más de 30.000 hombres, mujeres, niños y niñas haitianos que vivían en República Dominicana ejerciendo, casi todos ellos, trabajos rurales en condiciones de esclavitud. Se suponía que la “invasión” haitiana constituía una grave amenaza política, económica y cultural a la sociedad dominicana. Y Trujillo estaba dispuesto a ponerle fin. En pocos días, miles de haitianos y haitianas fueron masacrados por las fuerzas militares y policiales dominicanas con hachas, pistolas, cuchillos y palos. Tuvieron el auxilio de los alcaldes locales, en las zonas de frontera, y de no pocos civiles. Sus cuerpos fueron arrojados a un pequeño río maldecido por tragedias y desencuentros. Se trata del Río Dajabón, cuyos 55 kilómetros separan la frontera haitiana y dominicana desde 1776. Un río miserable y nauseabundo, por la historia y la sangre que ha teñido su cada vez más insignificante caudal.

Lo llaman, el Río Masacre.
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Río Masacre, frontera entre Haití y República Dominicana (Agencia EFE)

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Si “compartir” es usado como eufemismo de “dividir”, “quebrar”, “desmembrar”, “despedazar”, “romper” o “fragmentar”, podría afirmarse que Haití y la República Dominicana “comparten” una isla de las Antillas Mayores, en el Mar del Caribe, a 80 kilómetros de Cuba. Están divididas por 360 kilómetros de fronteras, sembradas de muerte y dolor.

No hay cómo diferenciar un haitiano de un dominicano si ambos están en silencio. Trujillo lo sabía. Por eso, para reconocer a los enemigos de la Patria, pidió a su ejército que exigiera a cada hombre, cada mujer, cada joven, cada niño, cada niña, que pronunciara la palabra “perejil”. La raíz francesa del kreyól ayisyen permitiría identificar el repugnante origen que el ejercito, las élites y algunos ciudadanos dominicanos atribuyen a los haitianos. Pronunciar la palabra “perejil” fue la trampa que inventó Trujillo para promover una limpieza étnica basada en sus más despreciables aspiraciones eugénicas.

Los único haitianos que no fueron exterminados trabajaban en las grandes haciendas de empresas o millonarios norteamericanos. La propiedad del imperio no se toca ni dentro ni fuera de sus fronteras, incluidos sus esclavos.

P-E-R-E-J-I-L

Su pronunciación equivocada costaba la vida. Y se la costó a 30.000 inocentes, con cuya desaparición, Trujillo dio por terminado el “problema haitiano”.

La situación de Haití no era diferente a la de siempre, desde que sus habitantes decidieron tener la osadía de ser la primer nación negra a independizarse de un imperio. Una crisis económica profunda, la ocupación militar norteamericana (que “dejó” formalmente el país en 1934), una gran miseria y la pertinaz inestabilidad institucional generada por su casi siempre corrupta e ineficiente dirigencia política. Una situación que, aún con matices, tampoco ha sido muy distinta del otro lado de la frontera. Allí, más allá de la petulante superioridad étnica y cultural que se atribuyen los sectores dominantes dominicanos sobre los haitianos, crisis económicas, corrupción, dictaduras y ocupaciones militares norteamericanas, también han marcado su historia. Como en la metáfora borgiana, a los haitianos y a los dominicanos, no los une el amor, sino el espanto.

Habitada por la misma gente y separada por la violencia, mucho más que por la lengua, la historia de la isla que comparten ambos países está marcada por el deseo de los haitianos más pobres (si es que se puede ser “más pobre” en Haití) de buscar un futuro digno en la República Dominicana. También, por la siempre cínica actitud de los gobiernos dominicanos de aprovechar las ventajas de la mano de obra esclava o semi-esclava haitiana en la cosecha de la caña de azúcar o en los trabajos más pesados de la construcción, mientras se llevan a cabo oscilantes acciones de expulsión migratoria y una permanente política de estigmatización, desprecio y humillación pública hacia los vecinos invasores.

Actualmente, hay en República Dominicana cerca de un millón de haitianos y haitianas que viven “clandestinamente” en el país. Trabajan y sobreviven en condiciones de penuria. Los que pueden tener una ocupación regular en la construcción civil, no ganan más de 150 dólares por mes. Aún así, los exiguos recursos que obtienen los haitianos y haitianas que trabajan ilegalmente, mantiene miles de familias del otro lado de la frontera. Viven con menos de 100 dólares. Envían 50 o más a sus familias. La frontera entre República Dominicana y Haití es una de las más brutales marcas de la prepotencia sub-imperial que aún persiste en el mundo. Poco se ve, poco se la denuncia, poco nos indigna. Quizás, porque Haití no exista, nunca existió. Quizás, porque las élites dominantes de República Dominicana siempre han cifrado sus esperanzas en un futuro de prosperidad, exterminando, borrando, pulverizando a sus vecinos.

El terremoto que asoló Haití en enero del 2010, creó la ilusión de que el abismo que separa ambas naciones tendería a cerrarse progresivamente. Poco, o casi nada ocurrió. O sí… ocurrió lo de siempre. El presidente dominicano, Leonel Fernández encontró en el histrionismo patriotero la forma de unirse en un gesto de hermandad con su par haitiano, Michell Martelly. En política, nada vale más que una obra y la foto con la que se la inaugura. Así fue que el mandatario de lengua española donó al mandatario de lengua, en este caso, francesa, una Universidad. Y la inauguraron juntos, quedando fijados para la posteridad en un acto que apenas arrancó un leve murmullo de aguas en el Río Masacre.

La donación de República Dominicana a Haití consistió en la Universidad Henri Christophe del Norte, situada en Limonade, a 130 kilómetros de Port au Prince. Si Haití la necesitaba o no, poco pareció importarle a un presidente amigo de la educación en países ajenos, pero enemigo en el propio. República Dominicana posee una de las inversiones en educación más baja de América Latina y el Caribe y, desde hace años, enfrenta la valerosa lucha de diversos movimientos y organizaciones de defensa de la educación pública. Esos mismos movimientos y organizaciones, que junto con otros, siempre han trabajado por el fortalecimiento de los lazos de solidaridad y amistad entre ambos países.

Tampoco pareció importarle demasiado a Leonel Fernández que la histórica Universidad del Estado de Haití estuviera hecha pedazos, que en ella hubieran muerto decenas de profesores y centenas de alumnos. Sacarse fotos en ese tipo de sitios carece de toda gracia. ¿Quién podría reconocer sobre los escombros el tamaño de su sonrisa generosa? El flamante edificio de Limonade fue inaugurado dos años después del terremoto. Y allí permanece, aún sin concluir, sin alumnos, sin profesores y sin que se haya dictado una única clase contando la silenciosa y dramática historia de los desencuentros entre dominicanos y haitianos.

La foto quedó a la altura de las circunstancias.
La masacre del Perejil
Los presidentes Leonel Fernández (derecha) y Michel Martelly (izquierda) inauguran el Campus de Limonade donado por el gobierno dominicano a 130 kilómetros de Port au Prince, en enero del 2012

A 76 años de la Masacre del Perejil, el abismo entre ambos países sigue aumentando. Hace pocos días, el Tribunal Constitucional de República Dominicana ha negado el derecho a la ciudadanía a los niños y niñas de padres haitianos que viven en el país. Mientras miles de dominicanos emigran clandestinamente a Estados Unidos en busca de un futuro mejor, la justicia de su país niega a los hijos e hijas de emigrantes haitianos lo que todos los tratados internacionales sobre derechos humanos y derechos del niño proclaman. La nacionalidad dominicana para los hijos de inmigrantes haitianos es “inconstitucional”. Un nuevo gesto de barbarie y de agresión hacia el país vecino, que UNICEF ha condenado vehementemente.

La Masacre del Perejil persiste. Hoy se ha vuelto, quizás, más higiénica, literalmente, más eugénica. “Se trata de una limpieza étnica legal”, sostiene la destacada escritora dominicana Rita Indiana, en El País:

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“Queremos que construyan nuestras casas, iglesias y puentes, queremos que corten nuestra caña y que limpien nuestra mierda, pero sin formar parte de la sociedad civil, víctimas de una ilegalidad irreparable, para cuya superación nos abren cada vez más caminos los países del Primer Mundo, adonde los dominicanos acudimos de la misma forma, en cientos de miles”.

Un millón de haitianos y haitianas que viven en República Dominicana son, simplemente, “extranjeros en tránsito”. Sus hijos, sus hijas, no existen. No tienen nacionalidad. Tampoco tendrán en Dominicana, como sus padres no tuvieron en Haití, derecho a la escuela, a la salud, a nada. No tienen patria ni la tendrán, aunque sean iguales a cualquier niño o niña dominicanos, aunque pronuncien como ellos la palabra “perejil”

Han pasado 76 años desde que Trujillo soñó un sueño de exterminio, desprecio y humillación. El río que corta, que divide, que hace sangrar esa isla del Caribe llena de gente heroica a ambos lados de la frontera, se sigue llamando Masacre.