Vértigo en Viena

Vértigo en Viena


El rascacielos de Dominique Perrault, último estreno en la Donau City (La Ciudad del Danubio)

vertigo

Al otro lado del Danubio Viena se transforma. Del subterráneo de la historia y de las cornisas de los edificios imperiales se cruza al misterio de las alturas, los vidrios y los brillos. El cambio es radical y es también paradójico. De una parte, la ciudad despega del suelo: cada vez son más las torres que han contribuido a aumentar la altura de este distrito financiero. De otra, la vida parece hacerse más sobre dos piernas (o sobre dos ruedas) que sobre las cuatro que mueven los coches en los alrededores del viejo centro urbano. Así, un escenario metropolitano salpicado de rascacielos convive con una vida de barrio. Eso es lo que parecen buscar las rampas, las escalinatas, las plazas, los miradores y las zonas de tráfico peatonal (el rodado corre un nivel por debajo) que rodean los nuevos rascacielos de Donau City (La ciudad del Danubio).

En menos de dos décadas, esta zona de negocios de la capital austriaca ha dejado claro que no quiere ser un barrio fantasma, uno de esos vecindarios-escenario que aparece cada mañana con la llegada de los oficinistas y desaparece al caer la noche, cuando todos se marchan a su casa. Donau City quiere gente en la calle. Aspira a que las aceras se caminen y se empleen para la convivencia vecinal. Busca ciclistas que lleguen pedaleando a la oficina. Y algo de todo eso está empezando a ocurrir.

Austria

Al otro lado del Danubio Viena se transforma. Del subterráneo de la historia y de las cornisas de los edificios imperiales se cruza al misterio de las alturas, los vidrios y los brillos. El cambio es radical y es también paradójico. De una parte, la ciudad despega del suelo: cada vez son más las torres que han contribuido a aumentar la altura de este distrito financiero. De otra, la vida parece hacerse más sobre dos piernas (o sobre dos ruedas) que sobre las cuatro que mueven los coches en los alrededores del viejo centro urbano. Así, un escenario metropolitano salpicado de rascacielos convive con una vida de barrio. Eso es lo que parecen buscar las rampas, las escalinatas, las plazas, los miradores y las zonas de tráfico peatonal (el rodado corre un nivel por debajo) que rodean los nuevos rascacielos de Donau City (La ciudad del Danubio).

En menos de dos décadas, esta zona de negocios de la capital austriaca ha dejado claro que no quiere ser un barrio fantasma, uno de esos vecindarios-escenario que aparece cada mañana con la llegada de los oficinistas y desaparece al caer la noche, cuando todos se marchan a su casa. Donau City quiere gente en la calle. Aspira a que las aceras se caminen y se empleen para la convivencia vecinal. Busca ciclistas que lleguen pedaleando a la oficina. Y algo de todo eso está empezando a ocurrir.


El rascacielos de Dominique Perrault en Viena. / MICHAEL NAG
Para esa otra orilla del Danubio, a poco más de cinco minutos en metro desde la catedral gótica de San Esteban, el arquitecto francés Dominique Perrault planificó un urbanismo metropolitano pero tranquilo, con rascacielos al lado de parques y oficinas conviviendo con viviendas. Han pasado 12 años desde que el autor de la Biblioteca Nacional de Francia diseñara las dos torres desiguales DC (Danau City) destinadas a marcar el umbral de entrada en el nuevo barrio en el que, poco a poco, se han ido dando cita algunos de los edificios más ambiciosos de la ciudad. Pero estos días Perrault ha podido, por fin, inaugurar la primera de sus torres DC, un elegante rascacielos que, además del más alto de la capital, es a la vez una y muchas torres. Los pliegues oscuros con reflejos dorados de la fachada que puede verse al alcanzar la estación de metro de Kaisermuhlen (Viena International Center) informan de esa personalidad múltiple que condensa en un único edificio, culminado por un restaurante y un bar panorámico, apartamentos dúplex, oficinas y el hotel Meliá DC Tower, en las 15

Más allá del parque que recorre la orilla del río, la torre DC tiene vecinos de altura. La blanca Hochhaus, de 36 plantas y 150 metros (13 más que la torre más alta de la Catedral) está coronada por una estructura que recuerda una vela. Ese gesto remite hasta Sidney, el lugar donde vivía su autor, el arquitecto Harry Seidler, un proyectista de origen austriaco, que completó su rascacielos dedicado íntegramente a viviendas en 2001. El mismo año que se inauguraron esos pisos, se concluyó una torre cercana, el Internationalen Zentrum Donaustadt, otro de los vecinos ilustres del nuevo techo vienés que da, además, nombre a la estación de metro. En medio de ese paisaje de rascacielos diversos en formas y usos, los 220 metros con la firma de Perrault despuntan sobre el brillo de las luces urbanas.

Aunque desde 1964 existe en Viena una tradición que permite cenar con la ciudad a los pies en el Donauturm proyectado por Hannes Lintl frente al Prater, tomarse una copa en las alturas es una experiencia más de metrópolis norteamericana que de ciudad europea. Tal vez por eso, el dueño de la Torre DC optó por invitar al exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, a inaugurar su edificio.

Los dueños del creciente número de torres de la capital austriaca parecen creer firmemente en las bondades de apilar pisos. Así, lejos del histórico mirador Donauturm- con un observatorio a 150 metros del suelo- en esta misma orilla del Danubio, lo que singulariza la nueva torre DC no es tanto el récord nacional de altura –un asunto siempre efímero- como la expresión de una fachada que ya no resulta impenetrable.


El Hotel Topazz, en Viena, del estudio BWM.
Así, mientras la penúltima hornada de rascacielos vieneses, capitaneados por el Milleminum (1999) de Gustav Peichel y Boris Podrecca o las Torres Gemelas (2001) de Massimiliano Fuksas, hablaba fundamentalmente de altura, poder y tecnología, los nuevos edificios han cambiado el mensaje hacia la diversidad. Y abordan ese objetivo desde sus fachadas carismáticas. Sin ser un rascacielos, el esbelto prisma del Hotel Topazz (2012), atravesado por miradores elípticos en el centro de la ciudad, fue diseñado por los arquitectos del estudio BWM a partir de un cilindro brillante del secesionista Koloman Moser. Así, recubierto de mosaico marrón y con un diseño glamuroso -más emparentado con la Viena finisecular de Loos y Hoffmann que con la actual- también apuesta, sin embargo, por las vistas de cierta altura. Sus ventanas-mirador sobresalen en la fachada porque están preparadas para que, desde el interior, uno se siente en ese alfeizar a leer o a contemplar la ciudad. Lo mismo que sucede al otro lado del Danubio, en la nueva torre de Perrault, en la que los ascensores de vidrio en la fachada ofrecen las primeras vistas urbanas y, al otro lado, los pliegues de la fachada invitan a adentrarse en el espacio aéreo de la ciudad. Cambia la ciudad y, con ella, cambian también los miradores para contemplar ese cambio desde lo alto.


rascacielos



Si te molestaron los banners dale click al boton