Argentina, historia de una decandencia y fracaso

La expropiación a Repsol decretada por Cristina Kirchner ha vuelto a poner sobre la mesa las dudas que Argentina genera como país confiable para las inversiones extranjeras. Ahora, en pleno Bicentenario, es posible afirmar que Brasil se ha convertido en la superpotencia económica, militar y geoestratégica de Sudamérica, mientras que Argentina, rebosante de nacionalismo revanchista, a duras penas mantiene un cierto protagonismo internacional, sobre todo gracias a su pertenencia al G-20.

Argentina ha sido sinónimo en los últimos 30 años de nacionalismo exacerbado (de la invasión de las Malvinas en 1982 a la expropiación a Repsol), de repetidas crisis económicas (en 1982, en 1989, en 1994, entre 1998 y 2001), y de bandazos ideológicos (del neoliberalismo de Carlos Menem al intervencionismo proteccionista de los Kirchner).

Hace exactamente cien años, cuando los países de América Latina empezaban a conmemorar el Centenario de sus respectivas independencias, Argentina era el modelo a seguir por el resto de naciones de la región. Como recuerda el economista Pablo Gerchunoff, “Argentina alentaba el optimismo sobre lo que se llamaba “la Australia del Atlántico”, venía expandiéndose y progresando, incorporando flujos migratorios. Algunos, incluso, tuvieron buenas razones para pensarla como “los Estados Unidos del Sur”.

Su crecimiento económico, su alto nivel de desarrollo, su sociedad de clases medias, la belleza de sus ciudades (Buenos Aires aspirando a ser el París de Sudamérica) iban de la mano de un sistema político liberal oligárquico capaz de autoreformarse y dar paso a una democracia de masas sin que mediaran procesos revolucionarios o rupturistas.

La belle epoque argentina

Así, entre 1880 y 1930 Argentina vivió su particular “belle epoque”.

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En palabras del catedrático de Historia, Carlos Malamud a Infolatam, “en torno a la Primera Guerra Mundial Argentina era el sexto país del mundo en renta per capita. Hoy está ubicado mucho más atrás. A esa situación se llegó después de una serie de transformaciones políticas y económicas, que hicieron que el país forjado por la llamada Generación del 80, que era un foco de atracción de millones de personas de distintas partes del globo que pensaron que Argentina era un lugar donde construir su futuro se transformara en un caso especial en la historia global. Y no por los éxitos sino por los fracasos” .

Aldo Ferrer, ex ministro de economía, reflexiona sobre este tema: “es difícil explicar cómo con condiciones fundacionales tan propicias no logramos conformar una sociedad y una economía avanzadas. Pienso en Canadá y en Australia, países muy grandes, que tempranamente lograron conformar estructuras sociales y económicas más articuladas, más diversificadas, más complejas que les permitieron ser países industriales avanzados, mientras nosotros no pudimos”.


Roque Sáenz Peña presidente entre 1910 y 1914

politica

Argentina era a comienzos del siglo XX un modelo frente a un México que vivía desde 1910 en plena Revolución, una Colombia aún bajo las secuelas de la guerra civil (la de los Mil Días) y la pérdida de Panamá, un Perú florenciente pero con graves desequilibrios internos (étnicos y provinciales), un Chile desmasiado pequeño para alzarse como referente regional y un Brasil que aún buscaba la estabilidad tras pasar de ser una monarquía a una república.
Argentina, por el contrario, había demostrado ser un país “moderno” y su elite política capaz de adaptarse a una nueva época marcada por el ascenso de las clases medias y el nacimiento de la clase obrera. Esa elite tuvo la habilidad de reformar el sistema (Ley Sáenz Peña de 1912), dar entrada en 1913 a las nuevas fuerzas políticas (UCR y Partido Socialista) y aceptar democráticamente una no prevista derrota en 1916 (el triunfo de Hipólito Yrigoyen, líder de la Unión Cívica Radical).

Todo indicaba que el XX sería un siglo argentino, algo que finalmente no ocurrió: “Argentina pudo haber tenido en algún momento un producto bruto interno mayor que el de España, o pudo haberse parecido a Canadá o Australia, pero si esos países crecieron mucho más que el nuestro fue porque hicieron lo que nosotros no hicimos: transformarse plenamente en sociedades modernas e industrializadas”, asegura el historiador Mario Rapopport.

Argentina fue experimentando a los largo de la pasada centuria una progresiva decadencia, mientras al otro lado del Río de la Plata, emergía, con altibajos, eso sí, el Brasil de Getulio Vargas en los 30, el del desarrollismo de Juscelino Kubitschek en los 50, el del milagro económico de los 70 y el actual, hijo de las reformas de Fernando Henrique Cardoso y la habilidad de Lula da Silva para preservar esos cambios.

Ahora, en pleno Bicentenario, es posible afirmar que Brasil se ha convertido en la superpotencia económica, militar y geoestratégica de Sudamérica, mientras que Argentina, rebosante de nacionalismo revanchista, a duras penas mantiene un cierto protagonismo internacional, sobre todo gracias a su pertenencia al G-20.

Causas políticas del declive argentino

Desde un punto de vista político, la decadencia argentina está ligada a la inestabilidad institucional que vivió el país desde 1930. A partir de ese año y hasta 1989 ningún presidente electo democráticamente y sin fraude entregó la banda presidencial a otro electo de la misma forma.

Además, los grandes liderazgos nacionales, en especial el de Juan Domingo Perón desde 1945 jugaron con la institucionalidad para adaptarla a sus deseos. Hipólito Yrigoyen (1916-1930) usó y abusó de los poderes presidenciales para saltarse los controles del legislativo y diminuir la autonomía de las provincias.


Juan Domingo Perón, presidente entre 1946 y 1955 y entre 1973 y 1974

Sociedad

Tras 13 años de gobiernos surgidos de elecciones fraudulentas (1930-43), el peronismo (1946-55) impuso un régimen autoritario, avasalló la indepedencia de la justicia y de la prensa y consagró su dominio cambiando la constitución de 1853 por la de 1949 con el fin de permitir la reelección presidencial.

La estabilidad institucional ya no se recuperó hasta 1983. Como recuerda Carlos Malamud a Infolatam “en 1930, el golpe de estado del general Uriburu inauguró un largo período de alternancia entre dictaduras militares y gobiernos democráticos que afectó seriamente la gobernabilidad del país”.

El Catedrático de Historia de la UNED añade que “en 1945 surgió el peronismo, el movimiento populista por excelencia en América Latina, que si bien tuvo el gran acierto de incorporar a la vida política y económica nacional a las clases trabajadoras, provocó una gran desvalorización de la democracia y de las instituciones democráticas. La autarquía, el fuerte nacionalismo, un estatismo crecientemente presente completaron el panorama“.

Durante 20 años (1958-1976) se sucedieron presidencias débiles como las de Arturo Frondizi, Arturo Illia o María Estela Martínez que no eran capaces de terminar sus periodos presidenciales pues eran acosadas por el poder sindical e interrumpidas por golpes de Estado militares que degeneraban en dictaduras como las de Juan Carlos Onganía (1966-70) y la del Proceso de Reorganización Nacional (1976-83).

El periodo democrático aportó su propia dosis de inseguridad institucional: Raúl Alfonsín abandonó precipitadamente la presidencia, seis meses antes de lo previsto, ante la magnitud de la crisis de 1989.

Carlos Menem impulsó en 1994 la reforma de la Constitución de 1953 para introducir la reelección e incluso jugó con la posibilidad en 1999 de forzar una inconstitucional re-reelección. Su sucesor en 1999, Fernando de la Rúa, abandonó el poder en 2001 huyendo en un helicóptero de las protestas masivas en las calles de Buenos Aires.

Fernando de la Rúa huyendo en helicóptero de la Casa Rosada en diciembre de 2001

economia

En 2003 asumió Néstor Kirchner la presidencia de un país que había tenido seis presidentes en tres años. El propio Kirchner llegaba a la Casa Rosada no como vencedor, pues acabó segundo en la primera vuelta, sino debido a la retirada de su rival, Carlos Menem, que se negó a disputar el ballotage.
Luego de estabilizar su poder, la jugada kirchnerista de 2007 (que Cristina Fernández, la esposa del presidente, le sucediera, renunciando él a la reelección inmediata, con el fin de prolongar el control kirchnerista hasta 2019) atentaba contra los más elementales principios republicanos.

Ahora, el kirchnerismo se está planteando muy seriamente reformar la constitución con el objetivo de conseguir que Cristina Kirchner pueda continuar dirigiendo el país después de 2015, no tanto permitiendo la reeleción sino transformando el sistema presidencialista en uno parlamentario, donde ella actuaría como primer ministro.

Qué lección se puede sar de todo esto: Malamud concluye que “la vuelta del populismo tras la crisis de 2001 ha vuelto a poner sobre el tapete una serie de anomias que han debilitado a la sociedad argentina. Para muchos resulta incomprensible que una sociedad educada y culta, mucho más que otras de América latina tenga la capacidad cíclica de repetir errores. La expropiación de YPF de alguna manera es el mejor símbolo de todo esto. Para expropiar, y renacionalizar a la empresa petrolera, se agitan las banderas del nacionalismo y se cargan las tintas contra lo español. Paradójicamente, al mismo tiempo, se ha salido a buscar algún inversor extranjero que sea capaz de reemplazar a Repsol”.

El declive económico argentino

La inseguridad institucional fue unida durante el siglo XX a la inseguridad económica. Argentina fue durante el primer tercio del siglo XX el país que más crecía y el más desarrollado, económica y socialmente, de América latina. Pero el progresivo incremento del intervencionismo desde los años 30, la presencia nunca desterrada, ni siquiera en estos años de kirchenrismo, de la inflación, y las polítias clientelares, y no de Estado, mermaron seriamente las capacidades del país.


Carlos Menem, presidente entre 1989 y 1999

decadencia

Los diferentes gobiernos, peronistas y antiperonistas, mantuvieron el cierre de la economía y el apoyo a la industrialización sustitutiva de importaciones cada vez más ineficiente. Además, “la necesidad de financiar un déficit fiscal creciente condujo a una inflación crónica, y las políticas de estabilización monetaria y equilibrio externo –devaluación, austeridad fiscal- a las que se recurría para controlar la inflación y equilibrar las cuentas externas provocaban severas recesiones (ciclos de stop and go)”.

Los economistas Pablo Gerchunoff y Juan Luis Llach creen que 1930 fue un “punto de inflexión” y que la caída debido a la crisis de 1929 fue “estrepitosa”.

Si bien los años 50 y 60 trajeron nuevos periodos de bonanza desde 1975 y hasta 2002 el resultado es de “una auténtica debacle”: “nuestra historia de la posguerra, sobre todo desde 1975 en adelante, es una de sucesiones de crisis financieras. De tal manera que la geografía política de la segunda posguerra encuentra a Australia en la región más dinámica del capitalismo mundial —primero por Japón, después por el Sudeste Asiático, y finalmente por China y la India—, brindándoles materias primas”.

Además, Argentina se ha convertido en un país poco propicio a la seguridad jurídica de las inversiones extranjeras. El nacionalismo expropiador e intervencionista de Perón en los 40, fue sucedido por un economía acosada por la inflación y la hiperinflación en los 70 y 80: “si alguien dice belle époque para la belle époque oligárquica, alguien tiene que decir también que del 45 al 49 hubo una belle epoque popular. Si eso era sostenible en términos de patrón industrializador, es otra historia”, asegura Gerchunoff.


Los Kirchner, el último capítulo de la historia del peronismo

fracaso

La tradición nacionalizadora e intervencionista de Perón pervivió más allá de los años 50. El historiador Luis Alberto Romero lo confirma cuando dice que “YPF, como Malvinas, son temas con muchas facetas, pero los dos coinciden en una cosa: esa especie de ideario nacionalista que está presente en el sentido común de la sociedad argentina y que en determinadas circunstancias aflora. Cuando esto ocurre, el político que lo trae a colación concita el apoyo de todos”.

La apuesta aperturista de Carlos Menem rompió con la tradición clásica del peronismo pero sin embargo desembocó en un desastre, el del corralito en 2001 y el del fin de la convertibilidad que provocó que los ahorrros de miles de argentinos se evaporaran. La Argentina kircherista del G-20 sigue por los mismos caminos que ha transitado el país desde 1930: un país poco confiable, que espanta a las inversiones, que enarbola viejas banderas ultranacionalista que le enfrentan con la UE y los Estados Unidos.

Se trata, como dice Natalio Botana en el diario La Nación de un viejo problema que arrastra el país ya que “quiérase o no, la Argentina sigue prisionera del pasado. Fabrica lo que pasó como condimento de memorias inventadas, aptas en especial para borrar hechos reciente (véase, por ejemplo, lo que dicen del vaciamiento de YPF, como si a éste no lo hubiesen provocado decisiones del actual Gobierno), y también lo hace con la ilusión de recuperar un paraíso perdido, para poner en marcha políticas anacrónicas, a contrapelo de la formidable captura de inversiones directas que hoy advertimos en los países latinoamericanos más exitosos”.