Vuelta al vinilo?

Durante una conferencia en Valencia el mes de julio del año pasado, el reconocido productor Stephen Webbern Le comentó a los presentes que la venta de discos de vinilo había ascendido 400% en relación al año pasado, es decir, 200% más que el récord histórico registrado en 2008. El dato, aunque asombroso, era esperado. Mucho se ha hablado acerca de la superior calidad de sonido en los formatos analógicos frente a los formatos digitales, incluso muchos de nosotros conservamos aún nuestros viejos reproductores y nuestros discos, aunque ya sólo los toquemos ocasionalmente por miedo a que se desgasten. ¿Nos acostumbraremos algún día, de una vez por todas, al sonido digital?, ¿realmente es el vinilo superior y de mejor calidad?, ¿vale la pena volver de nuevo a los soportes analógicos?
No hace mucho tiempo, el intérprete era el único reproductor musical conocido y como tal era tenido en gran estima. En aquellos tiempos felices, éste contaba con una amplia bolsa de trabajo en salas de conciertos, óperas, orquestas de zarzuela (género grande y género chico), bares, cafés o vestíbulos de hoteles. Donde quiera que hubiera música tenía que haber un músico o una banda, cuyo espectáculo, de mayor o menor calidad, nunca era dos veces el mismo. El público, a sabiendas de que podía estar escuchando por última vez una determinada melodía, prestaba toda la atención que le fuera posible si la música era de su agrado, de modo que ésta quedara grabada en su memoria para que su imaginación pudiera recrearse cuantas veces quisiera con ella. Claro está que este sistema tenía inconvenientes; por más buena que fuera la memoria, los efectos dinámicos y armónicos de la música perdían gran parte de su efecto en el recuerdo, además de ser inútil a largo plazo. Pero quizás lo que más diferenciaba al público de entonces es que tan sólo unos pocos tenían acceso a la música de élite, mientras que el resto vivían prácticamente al margen de nuevas propuestas.
Este panorama musical cambió radicalmente durante el pasado siglo a partir del nacimiento de las grabaciones sonoras a finales del siglo XIX. Desde el cilindro de fonógrafo hasta los primeros discos de vinilo en los años cincuenta, éstas fueron poco a poco acostumbrando al público a una nueva forma de escuchar la música. Lógicamente, en un inicio desataron el rechazo de muchos músicos y melómanos quienes despreciaron el producto, acusándolo de carecer del calor que sólo podía ofrecer un directo, no obstante, la nueva industria discográfica desató el furor del público general y hasta de los más grandes sabios musicales como Alejo Carpentier, quien siempre defendió el disco como una formidable aportación a la cultura humana. Y así lo fue, primeramente como soporte para la reproducción, y en última instancia como poseedor de un nuevo lenguaje: la post-producción. Ya sea desde la ecualización de una orquesta hasta las más audaces ediciones, el disco acabó ofreciendo al público una música nueva, diferente a la que se escuchaba en vivo. No es de extrañar que muchos de los nacidos en este siglo nos hayamos desconcertado al escuchar nuestra primera sinfonía en vivo, o que al escuchar por primera vez una de nuestras bandas favoritas hayamos sentido decepción. Sin embargo, aprendimos a disfrutar de un nuevo arte que emergió y culminó en los años sesenta y setenta: el disco en sí. Las tiendas se llenaron de sobres de cartón, de LP ́s y sencillos con audaces carátulas, algunas de ellas diseñadas por brillantes artistas como Roger Dean o Lou Beach, otras con formas en relieve, transparencias, o hasta un periódico despegable. Fuera como fuera, el disco parecía una buena inversión, un objeto valioso en sí mismo, hecho para degustarse también con la vista y el tacto. Mas no por ello la música pasó a segundo plano, al contrario, las canciones fueron dejando de ser temas aislados en función de un concepto general, con introducción, clímax y desenlace, hasta convertirse en verdaderos eventos épicos.
Pronto, la industria discográfica se posicionó como la principal gestora del mercado musical, pero el reto mayor aún estaba por venir, destinado a revolver al mundo entero: la ingeniería informática. Poco a poco, los músicos fueron cambiando sus viejos instrumentos por sintetizadores digitales en forma de teclados, guitarras o baterías eléctricas, con sonidos nunca antes escuchados por el mundo, hasta que finalmente el ordenador mismo se volvió un instrumentos popular en los últimos años. Desde los ochenta, embelesados por la “música del futuro”, fuimos reemplazando nuestros viejos reproductores por pequeñas cadenas con cd-rom incorporado y los siempre detractores del vinilo se cambiaron de bando a los siempre detractores del disco compacto. Nadie podía desacreditar las ventajas del nuevo formato: ocupaba menos espacio, numerosos ruidos habían sido eliminado, no había que darle la vuelta e incluso podíamos reproducir varios discos ininterrumpidamente. Mas todo esto no parecía suficiente para compensar una larga lista de desventajas: los discos se rayaban con más facilidad, los reproductores eran más frágiles, y hasta las cajas de plástico se rompían antes. Pero sin duda, lo más desconcertante es que la calidad del sonido había menguado notablemente puesto que la capacidad de memoria digital no podía ser sino finita y el sonido debía ser reducido a su mínima expresión para ser almacenable. Bien es cierto que las frecuencias del sonido que son eliminadas no son perceptibles para el oído humano, pero crean un efecto de resonancia que hace vibrar nuestras paredes, vajillas, muebles, y hasta el más mínimo objeto, añadiendo a nuestra percepción sensación de realismo. Pero, ¿quién dijo que el realismo es una virtud?, ¿acaso son desdeñables los sonidos artificiales? Por el contrario, en la actualidad nos sentimos más estimulados por los sonidos fantásticos, falsos, o como queramos llamarlos. De hecho, las composiciones han tendido a simplificarse de forma que interfieran lo menos posible en lo que realmente nos interesa: el sonido como obra de arte. Tal es el principio de la música electrónica.
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Una vez más, la industria discográfica había amoldado a los músicos a sus intereses y éstos, como héroes que son, le habían sacado el mejor partido para beneficio de todos. Pero una sombra aún mayor amenazaba su futuro: el internet. Concretamente, las plataformas P2P fueron las responsables de acorralar a la industria contra las cuerdas desde finales de los años noventa. Desde entonces, la respuesta de los majors de la industria ha sido lenta, parcial y poco efectiva. En 2003, la compañía Apple lanzó iTunes, la mayor plataforma de comercialización musical por internet, con la intención de vender canciones a precios accesibles para aquellos que no desearan comprar un disco completo, pero principalmente con el propósito de vender sus reproductores. Ésta no ha sido ninguna solución real contra la piratería, pero ha trazado la nueva estrategia comercial de las productoras, la venta exclusivamente de información. En consecuencia, han surgido un gran número de one-hit wonders, con apenas discos vendidos. Y aunque la industria discográfica sigue agonizando, parece ser que el mercado musical se ha puesto a flote, emancipándose de una vez por todas y volviendo a sus raíces en los escenarios.
En este contexto, con el mayor porcentaje de acceso a internet de la historia y, por lo tanto, a música gratuita, sorprende que el vinilo haya tenido una escalada tan grande en los últimos años frente al disco compacto, en vertiginoso declive. Mientras que el archivo digital vuela libremente por internet, las estanterías de las tiendas se vuelven a llenar de sobres de colores, que nos piden que nos acerquemos para tocarlos y olerlos, y perdernos en su excelente sonido. No sabemos en qué acabara la historia, pero todo parece indicar que la industria discográfica ha hallado la forma de levantar cabeza ofreciendo de nuevo un producto de calidad irremplazable pero sin luchar contra la marea, dejándose llevar y asumiendo que a veces para avanzar hay que retroceder. Y así lo ha reconocido el público, apoyando con entusiasmo la inevitable vuelta al vinilo.


Opinion personal:
Personalmente debo decir que soy partidario de la vuelta del vinilo. La música se disfruta mucho mas en grabaciones analógicas. No me pidan que les explique porque, pero se siente como si hubiera sonidos en los vinilos que no están en la misma canción pero en mp3, por ejemplo.
Si alguno tiene a su alcance la posibilidad de escuchar vinilos le recomiendo que lo haga con auriculares (buenos en lo posible). Quizas asi se daran cuentan de lo que les digo.


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Gracias por pasarte por mi post, ojala lo hayas disfrutado!

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