Curiosidades de la Primera Guerra Mundial

El día 24 de diciembre de 1914, al caer la noche sobre las trincheras del frente occidental, las luces comenzaron a iluminar el lado alemán, que pronto empezó a entonar sus canciones tradicionales. Franceses y alemanes les siguieron y en ese ambiente festivo, algunos soldados salieron del refugio y se plantaron en medio del campo neutral. Poco a poco, fue una mayoría la que descuidó la defensa y en aquel campo entre las trincheras empezaron a correr los cigarrillos y la bebida. Al día siguiente, británicos y alemanes disputaron un partido de fútbol que ganaron estos últimos por 3 a 2, aunque todos aceptaron el resultado con deportividad y el partido no tuvo especial dureza por ninguna de las partes. Hubo intercambio de recuerdos y de cigarrillos, se hicieron ofrendas comunes por los amigos caídos y poco a poco, los soldados regresaron a sus trincheras y unos días después, hacia el 29 de diciembre – en algunas partes ya comenzaron el día 26 –, reiniciaron las hostilidades.

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Geertruida Zelle, la célebre Mata-Hari, fue sin duda la espía más famosa de la guerra, pero esto no quiere decir que fuera la más eficiente, antes lo contrario. En realidad, Mata-Hari fue una mal espía, fácilmente descubierta y además, muy conocida, antes incluso de que la mataran, ya que era una de las estrellas del espectáculo de la época. Su muerte y la película de 1930 protagonizada por Greta Garbo la convirtieron en un mito, más por méritos cinematográficos que reales. Bailarina de variedades y prostituta eventual, Mata-Hari fue una espía doble que trabajó para alemanes y franceses. Descubierta por estos últimos, fue engañada para que volviera a Francia y fusilada en el bosque de Vicennes, junto a París. Dicen que antes de morir, lanzó un beso a los soldados que disparaban y es que ya en el proceso que la condenó había reconocido: “Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico”.

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Con un peso de 43 toneladas y un alcance de 12,5 kilómetros que triplicaba el de los cañones de su época, el cañón Bertha Modelo M, que salió de la fábrica alemana de Fiedrich Alfred Krupp – se llamó Bertha en honor a su hija – fue uno de los grandes colosos de la guerra. Lanzaba balas de 850 kilos y debido a su gran tamaño debía ser desmontado en cuatro piezas antes de ser transportado, para lo que se empleaban tractores con remolque. Fue probado con un éxito asombroso contra los fuertes belgas aunque posteriormente, no resultó tan eficaz en la batalla de Verdún. Se fabricaron unas doce unidades y muchos de ellos fueron inutilizados por culpa de munición en mal estado.

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La Primera Guerra Mundial fue el origen de un subgénero literario que fue el antibelicismo. Obras esenciales como ‘Sin novedad en el frente’ de Erich Maria Remarque, ‘Memorias de un soldado de infantería’ de Siegfried Sassoon, ‘Adiós a las Armas’ de Ernest Hemingway o ‘Johny cogió su fusil’ de Dalton Trumbo, marcaron las pautas de un género que tendría también su eco en las salas cinematográficas. Y es que Remarque, Sassoon, Hemingway y Trumbo fueron combatientes y vivieron la realidad de la guerra, desde la euforia inicial hasta la decepción de las alambradas, las trincheras atestadas de ratas y las granadas, además de las grandes batallas como Somme y Verdún, que enterraron todo idealismo al ser escenario de más de un millón de muertes. Además de los mencionados, la Gran Guerra juntó a otros conocidos artistas como Robert Graves, JRR Tolkien, Carl Off, Otto Dix o Ernst Junger.

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En líneas generales, los españoles aceptaron bien la declaración de neutralidad, aunque esto no evitó que la sociedad se dividiera en germanófilos y aliadófilos. Generalmente se ha presentado a los germanófilos como conservadores y por extensión, como afines a los sublevados en la guerra civil, mientras que los aliadófilos serían liberales o progresistas y por tanto, proclives a los republicanos, aunque las distinciones no son tan sencillas. Hubo grupos claramente definidos, como la jerarquía del ejército, que era germanófila, aunque no lo eran los militares en su conjunto y menos aún según descendemos en el escalafón, donde abundaban los aliadófilos. La Iglesia, la jerarquía eclesiástica también era germanófila por su aversión a Francia, que había roto relaciones con Roma a principios de siglo. Una gran parte de la aristocracia española era germanófila, sin embargo la mayoría del Partido Conservador de Eduardo Dato, era aliadófila. Mucho menos cierta es aún la división geográfica que ha distinguido entre un supuesto centro germanófilo y una periferia aliadófila.

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El perro Satán. Uno de los protagonistas anónimos de la batalla de Verdún fue el perro Satán, un collie negro que fue capaz de cruzar el fuego enemigo y llegar a una pequeña aldea donde una compañía francesa resistía heroicamente aislada del frente. Satán es herido en una pierna pero aún cojeando a tres patas logra entrar en la aldea y entregar su mensaje: “Resistid, mañana os enviamos refuerzos”. El oficial envía dos palomas mensajeras con otro mensaje: “Abatid la batería de la izquierda”. El escueto mensaje lleva también unas coordenadas de referencia y unas horas después, la batería vuela por los aires. No hubo medallas para estos heroicos animalitos pero cumplieron a la perfección con su papel en la guerra.

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Para evitar que los norteamericanos se unieran a la causa aliada, Alemania había pensado en inmiscuir en la guerra a México, que debería atacar por sorpresa a los Estados Unidos a cambio del apoyo alemán para recuperar sus viejas posesiones en Nuevo México y Arizona. Con Alemania repleta de espías y las comunicaciones en permanente observación, el ministro de Exteriores alemán, Arthur Zimmermann tenía la difícil misión de hacer llegar el plan al embajador alemán en México. Con toda prudencia, los alemanes emplearon dos vías para mandar el mensaje, perfectamente encriptado. Por un lado, lo enviarían a través de la neutral Suecia y por otro, aprovechando el cauce que Estados Unidos, como mediador en la guerra, había dispuesto. Sin embargo, los ingleses habían pinchado el cable submarino que conectaba Europa con EEUU e interceptaron el mensaje, que fue rápidamente descifrado. Para los ingleses, la oportunidad era excelente para terminar de convencer a los americanos de que entraran en la guerra, aunque tenían el pequeño problema de explicar a un aliado por qué interceptaban sus mensajes. Para solventarlo, el espionaje británico trazó una compleja trama que le obligaba a interceptar de nuevo el mensaje en tierras mexicanas, cuando fuese enviado por el embajador alemán en Estados Unidos a su homólogo mexicano. El mensaje cayó por fin en manos del presidente norteamericano y fue publicado enseguida en prensa, causando opiniones encontradas. EEUU entraría finalmente en la guerra aunque la decisión no cabe atribuírsela al telegrama de forma contundente. Lo que sí quedó en absoluta evidencia fue la pericia de la Inteligencia alemana para enviar mensajes.

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Aunque fue neutral, España se convirtió en un escenario más de la guerra. Por aquí pasaron los más altos cargos de la Inteligencia alemana, británica, francesa e italiana. Uno de los más peculiares fue el Barón Rolland, el prototipo del malo de la película. Un hombre de ‘gatillo fácil’ que dirigía la red de Barcelona con absoluta falta de escrúpulos. Reclutaba ‘femme fatales’, frecuentaba tugurios y cabarets y le gustaba disfrazarse. Otro de los grandes espías españoles fue el policía Bravo Portillo, que tenía un expediente brillante, pero que escogió servir a los alemanes durante la guerra. Su muerte sigue siendo un misterio y se cree que una de las causas pudo ser que además de servir a los alemanes, informaba también a las autoridades españolas, lo que le convertía en una pieza molesta para ambos bandos.

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Hedor en las trincheras. La trinchera es uno de los elementos más característicos de la Primera Guerra Mundial, en la que se cavaron casi 40.000 kilómetros de zanjas, suficiente como para dar una vuelta completa a la Tierra. Las primeras surgen de forma espontánea en la zona de Ypres y parten del lado británico, aunque enseguida son copiadas por franceses y alemanes. Las trincheras obligan a los frentes a atacar con morteros, que disparan hacia arriba y son tremendamente letales cuando aciertan en la trinchera enemiga. La vida en la trinchera es asfixiante y causa múltiples enfermedades. Físicas, como el ‘pie de trinchera’, producto de la constante humedad y mentales, por culpa del estrés de sucederse lapsos de calma chicha con otros de bombardeos constantes que podían prolongarse durante varios días. Además, las trincheras estaban siempre atestadas de ratas que propagaban enfermedades y el hedor a cuerpo podrido por culpa de no poder dar sepultura a los fallecidos, era insoportable.

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Sucedió en Tanga, en el África oriental alemana, donde las tropas coloniales británicas se enfrentaron a un ejército mixto de askaris y alemanes comandado por el coronel Paul Emil Von Lettow-Vorbeck. La pericia del coronel permitió a los alemanes presentar una defensa elogiable aunque a la hora de la verdad contaron con un aliado sorpresa: un enorme enjambre de abejas rabiosas que se ensañaron con los británicos. La huida de las tropas coloniales fue tan desordenada que Von Lettow pudo recabar todo su arsenal, con el que resistiría heroicamente hasta el final de la guerra. El diario británico ‘The Times’ llegó a afirmar que las abejas estaban “adiestradas” y que todo respondía a un plan de guerra alemán, proponiendo que las tropas británicas hicieran lo propio con las abejas de las islas, a lo que los apicultores respondieron que la abeja inglesa era demasiado independiente para ser adiestrada.

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Las cifras de la guerra. La Primera Guerra Mundial, como primera guerra total y de magnitud global, nos dejó unas cifras que, sin llegar a los excesos de la Segunda, parecen bastante impresionantes. 70 millones de soldados en liza de diez países diferentes. Diez millones de militares muertos y casi 6 millones de civiles, junto a ocho millones de refugiados y 6 millones de discapacitados. 40.000 kilómetros de trincheras excavadas, 8.237 tanques fabricados, 8 millones de caballos muertos. Por poner un ejemplo que sirva para comparar, en la Segunda Guerra Mundial murieron entre 45 y 60 millones de personas.


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