Los nuevos ricos del planeta

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Urbanismo en China
Los nuevos ricos del planeta

Carlos Rehermann

CIENTO DOS ciudades chinas tienen más de un millón de habitantes. En Estados Unidos sólo nueve superan esa cifra. En los últimos treinta años, de 200 ciudades que había en el país se pasó a 700. En Estados Unidos, el 80 por ciento de la población es urbana. En China el 60 por ciento es rural. Serían necesarias miles de ciudades de gran tamaño para que la relación de población urbano/rural fuera similar a la de Occidente.

Sólo en un año, el 2003, en China se construyeron tres mil millones de metros cuadrados, lo que equivale a la octava parte de toda la superficie edificada en América del Norte. En 2004 se invirtieron 400 mil millones de dólares en proyectos de construcción.

En 1980 no había en Shanghai ningún edificio moderno destinado a oficinas. Hoy tiene casi el doble de rascacielos corporativos que la ciudad de Nueva York. La superficie construida desde 1990 en esa ciudad equivale al área de 340 edificios Empire State. Poco antes del año 2000 Shanghai tenía 23 mil obras en construcción simultánea. Hacia agosto de 2008, fecha de terminación de miles de construcciones por el inicio de los juegos olímpicos de Beijing, China consumía la mitad de la producción mundial de cemento Portland y acero de construcción. En diez años la longitud de las carreteras se multiplicó por 200, y la cantidad de automóviles privados por 6.

En 2006 el Producto Bruto nacional creció un 11 por ciento, y la tasa de crecimiento de millonarios es aún mayor: China es el país con más individuos ricos del planeta. Las industrias de la electrónica, la construcción y el turismo han producido numerosos nuevos héroes de la revolución, los millonarios self made, que no sienten que estén incurriendo en contradicciones cuando son conducidos a las sesiones de su seccional del Partido Comunista en automóviles BMW, Ferrari, Maserati fuera de serie, con diseños Pininfarina hechos a medida, por choferes vestidos de librea: "hacerse rico es glorioso", se dice que sentenció Deng Xiaoping.

Miles de estudios de arquitectura de Europa y Estados Unidos, Japón y la propia China reciben a su vez los beneficios millonarios del desmesurado crecimiento de las ciudades chinas desde que, en 1988, se vendieron los primeros cinco lotes de terreno de acuerdo a un nuevo sistema de propiedad privada.

El capitalismo chino vive una época dorada debido a la falta de sindicatos, leyes sociales y controles de impacto ambiental, lo cual es analizado a fondo por Thomas J. Campanella en el libro The Concrete Dragon (Princeton Architectural Press). Si bien unos 300 millones de personas han salido de la pobreza en los últimos treinta años, la desigualdad se siente en forma intensa: las grandes ciudades de la franja costera -Shenzhen, Guangzhou, Fuzhou, Shanghai, Beijing, Tianjin, Dalian- albergan una población considerablemente más rica que las provincias del interior del país.

CERCA DEL OLIMPO. Más que para otros países que tuvieron ciudades sede de los juegos olímpicos, Beijing 2008 se convirtió en el motor para miles de proyectos urbanísticos en todo el país. El nuevo aeropuerto de la capital es el más grande del mundo; se construyeron unos 300 kilómetros de nuevas avenidas, ocho nuevas líneas de tren subterráneo, y un complejo olímpico diseñado por grandes estudios de ingeniería y arquitectura de varios países, para seguir el plan maestro del arquitecto y urbanista alemán Albert Speer Jr., hijo del arquitecto predilecto de Hitler.

Durante los últimos diez años la carrera hacia Beijing 2008 estimuló una furia de desarrollo urbano en todo el país que cesará bruscamente este año. Se estima que la caída de la demanda china de materiales de construcción afectará seriamente la industria mundial de acero y cemento, que creció casi un 100 por ciento en dos décadas, en buena medida debido a esa demanda.

Las adquisiciones del nuevo capitalismo chino tienen como precio el desplazamiento forzoso de cientos de miles de ciudadanos. Algunos, como Wu Ping, la dueña de un restaurant popular de Chonqing, se resisten a los desalojos forzados. Esta mujer se mantuvo tres años en su casa, impidiendo que una empresa constructora la demoliera para construir un centro comercial, y supo aprovechar la prensa de tal modo que logró concientizar a muchos otros en su misma situación. Estos resistentes son llamados "clavos", porque se mantienen aferrados a sus pequeñas casas tradicionales, aunque inevitablemente terminan por abandonarlas, seducidos por las enormes sumas que les pagan los especuladores. Todos estos desplazados viven en casas tradicionales en barrios de callejones llamados hutong. Como las calles medievales de París en la época del barón Haussmann, responsable de la remodelación de la ciudad (cuyo fondo de especulación está notablemente pintado en La ralea, de Émile Zola), el hutong va desapareciendo para dar lugar a una trama que beneficia el tránsito rápido, con lo cual todas las ciudades chinas terminan pareciéndose a Denver, Atlanta o Phoenix.

Las grandes ciudades chinas crecen a empujones de la competencia de los grandes estudios de arquitectura, según principios europeos de diseño puestos a punto para satisfacer un mundo obsesionado por el consumo. Las ciudades comienzan a pensarse a sí mismas como organismos que deben tener señas de identidad específicas. Desde que Sullivan comenzó a generar el skyline (la silueta) de Chicago a fines del siglo XIX, este rasgo se convirtió en una obsesión. Las ciudades tienen existencia en la imaginación colectiva si se elevan al cielo con un perfil característico. El bund de Shanghai, un paseo costero sobre el río, estaba en otro tiempo serenamente formado por edificios neoclásicos diseñados en los años 20, también por arquitectos europeos. Pero en aquellos años el bund era un símbolo de ignominia: se trataba de potencias extranjeras instaladas en el país. Ahora los chinos hacen ricos a los constructores europeos para hacer sus propios edificios que simbolizan casi exactamente lo contrario: el triunfo de China sobre todo el mundo capitalista.

LA MILENARIA SABIDURIA. Mientras la geomancia china (o feng shui) se vende como novedad imprescindible para quienes tienen cierto rechazo por el saber, los chinos crecen de la manera más occidental que pueden.

Los nuevos ricos ordenan construir mansiones que imitan la Casa Blanca de Washington D.C., las Maisons Laffitte, la casa de Elvis Presley, la de Elizabeth Taylor, o insisten con monstruosidades barrocas sin quejas de los arquitectos europeos, que harían un escándalo en sus países si se les pidiera semejante atropello contra los principios del diseño contemporáneo. El crecimiento urbano en China es tan rápido y de tal entidad que resulta imposible hacer una síntesis, pero escuchar a los arquitectos europeos que trabajan como asesores puede dar algún indicio de cómo son algunos de los procesos.

El suizo Carl Fingerhuth, arquitecto jefe de la ciudad de Basilea hasta 1992, fue contratado como asesor para los planes de remodelación de la ciudad china de Kumming, visitada por Marco Polo durante sus viajes. El resultado de su intervención y de la de los otros equipos de ingenieros y arquitectos europeos no se puede juzgar a la ligera, aunque es bastante impresionante la destrucción masiva de hutong que ocasionaron. Pero lo interesante es la mentalidad con la que este suizo fue a hacer su trabajo. En un libro reciente relata que cuando hizo las valijas para el viaje guardó el libro Tao: The Watercourse Way, de Alan Watts. Es riesgoso imaginar el resultado de la síntesis entre su aprendizaje de urbanismo de élite suizo, los requerimientos occidentalófilos de sus clientes chinos y lo que aprendió de un universitario inglés acerca de la más mística de las prácticas nihilistas orientales. Es probable que haya que esperar cincuenta o cien años para entender lo que está pasando en China desde hace unos quince años.

Una cosa es segura: es tan impresionante el trastorno que está produciendo la desmesurada demanda de profesionales, que el colapso abarca también a la ideología del diseño occidental. Eso se nota ya en el empobrecimiento de los discursos académicos del urbanismo actual, demasiado ansioso por complacer a los nuevos ricos del planeta.


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