AGRESIVIDAD: NO LA REPRIMA, ENCÁUCELA
Israel Cortés

La agresividad es una característica natural que ayuda a los seres vivos en su lucha por la supervivencia y que sirve al hombre para enfrentar situaciones desfavorables; pero, cuando esta energía "sale de control" puede generar problemas de violencia y convivencia social. Aquí algunos consejos para detectarla y canalizarla adecuadamente.

Es imposible encontrar un ser humano que no haya manifestado conducta agresiva en al menos una ocasión y, más aun, es probable que ésta reacción emocional vuelva a presentarse en muchas ocasiones durante su existencia, casi siempre cuando se repiten condiciones y circunstancias que generan incomodidad, inseguridad o falta de placer.

Lo cierto es que hablamos de un impulso que busca garantizar la subsistencia de una ser vivo, incluso de una especie, al momento de enfrentar adversidades o de elegir a los individuos más aptos para reproducirse y, de hecho, la humanidad tuvo que recurrir a este instinto en sus primeros días para cazar o luchar con sus predadores, pero el desarrollo de la civilización ha generado condiciones de convivencia en las que los ciudadanos resuelven diferencias por vías socialmente establecidas, regidas por leyes, por lo que en este contexto la agresividad es mal vista.

Cabe señalar que tan mala fama se debe a aquellos casos en que la agresividad llega hasta sus últimas consecuencias, en las que se presentan arranques intempestivos que concluyen en fuertes discusiones verbales y actos de violencia física, mismos que por desgracia generan dificultad para socializar, ocasionan lesiones corporales o anímicas e incluso pueden tener desenlaces fatales.

Lo cierto es que el carácter agresivo es un poco difícil de entender, ya que no sólo consiste en insultar, pegar, matar, robar, estafar o usurpar casas, sino que admite variaciones sutiles como llegar tarde o faltar a una cita, incurrir en actos de corrupción, crear condiciones adversas en el trabajo o dejar de realizar algún pago urgente, todo ello sin que el individuo lo note.

En efecto, el psicólogo francés Jacques Lacan (1901-1981) tuvo el acierto de realizar una distinción entre una agresión, que es consciente y deliberada, y la agresividad, la cual es inconsciente y pasa inadvertida, por lo que la persona no se da cuenta de cómo se comporta o que altera a terceros, pero presenta dificultades para convivir.

¿Aprendida o innata?
Aunque se coincide en señalar que la agresividad es un instinto natural, también es posible afirmar que la manera de manifestarla depende de las experiencias y del aprendizaje recibido en hogar, escuela, trabajo u otros grupos sociales, es decir, se moldea a través de lo que hemos disfrutado o sufrido a lo largo de la vida.

De este modo, el manejo de nuestros impulsos depende de la relación que se tenga con la gente y, sobre todo, con los padres, por lo que, a grandes rasgos, se puede afirmar que un niño que crece en un hogar donde las dificultades y diferencias se solucionan con gritos y golpes, aprende que es a través de estas vías como puede manejar su agresividad y hacer frente a toda situación desfavorable; algo similar ocurre en aquellas familias en donde la violencia se vale de formas más "suaves", como el chantaje emocional o la amenaza verbal.

Una persona educada en un ambiente adverso suele ser más sensible a los estímulos del exterior que pudieran representar peligro, de modo que "sale de control" o "estalla" en condiciones que para otra persona son comunes, por ejemplo:

• Cuando alguien se le aproxima mucho físicamente, le realiza preguntas "personales" o irrumpe en su lugar de trabajo, tiene la sensación de que invade su privacidad.
• En aquellos casos en que los deseos no se pueden llevar a cabo, como adquirir alguna mercancía o viajar en automóvil y encontrar el camino obstaculizado por un embotellamiento.
• Si un interlocutor realiza un comentario o gesto que le hace pensar que no se le presta atención o no se hace mucho esfuerzo por entenderle, pues se siente abandonado e incomprendido.
• Al presentarse alteraciones en su entorno, horario, rutina y, en general, cuando hay incertidumbre y desconcierto.
• También si su pareja es observada por otra persona con coquetería o recibe un halago.

Así, una persona agresiva actúa como si se encontrara amenazada y amplifica su agitación interna debido a que en su inconsciente guarda memoria de hechos que lo han marcado y en los que tuvo que sacrificar sus proyectos, sufrió una gran pérdida, recibió burlas repetidas, fue ignorado o careció de respeto a su persona y espacio vital.

¿Soluciones efectivas?
A lo largo de la historia de la humanidad se han propuesto distintas soluciones al problema de la agresividad, siendo algunas de ellas limitadas y otras poco viables. Dentro de estas últimas encontramos un par de casos extremos: erradicarla por completo o ejercerla libremente.

En primer lugar, es imposible despojar al ser humano de agresividad, no sólo por lo ya explicado, sino porque en la práctica se ha observado que realizar esto demanda alto costo: la Medicina da fe de intervenciones quirúrgicas en el cerebro a personas con trastornos mentales y carácter muy violento, con el fin de eliminar las conexiones nerviosas que comunican a la sección de la masa encefálica responsable del enojo; el resultado de dicha cirugía, indistintamente, es generar personas con una vida casi vegetativa. La conclusión al respecto es que no es posible eliminar este impulso instintivo sin destruir al hombre mismo.

En contraste, ejercer la agresividad con entera libertad implicaría obedecer todo deseo por insultar, robar, matar u organizar guerras; lo cierto es que el mundo se encontraría sin límites de ninguna especie, la vida se tornaría insoportable y se lograría el exterminio de la especie humana, algo que, justamente, es contrario al objetivo de este instinto: luchar por la supervivencia.

A la par de estas dos soluciones nada prácticas para controlar la agresividad, existen otras alternativas, como neutralizarla o reprimirla, pero ambas han tenido la cualidad de ser limitadas en sus alcances.

La neutralización busca detener la agitación interna a través del uso de una fuerza opuesta, como el amor o la solidaridad, de modo que el instinto, aunque no se erradica, puede inhibirse y controlarse. En principio se trata de una solución útil que une al sujeto a sus semejantes, pero en la práctica se ha visto que con el paso del tiempo no es lo suficientemente fuerte como para neutralizar impulsos muy intensos e incluso puede generar frustración en la persona, pues siente que ha perdido el autocontrol que había conseguido con tanto esfuerzo.

La represión es un sistema parecido al anterior, sólo que en vez de utilizar una fuerza contraria, la agresividad se opone a ella misma. Este tipo de control es también momentáneo dado que no siempre se cumple el objetivo de someter un impulso agresivo, pero además ocurre que el sujeto vuelca su agresividad consigo mismo, de modo que se martiriza y se crea una serie de culpas que merman su autoestima y autoimagen.
Ante la aparente falta de salidas, la conclusión a la que han llegado diversos especialistas en materia de salud mental, es que la manera más constructiva de convivir con nuestra propia agresividad consiste en encauzarla o canalizarla, para lo cual existen diversos recursos probados en la práctica.

En paz con la violencia
En primer lugar hay que señalar que una de las claves para manejar la agitación interna consiste en volvernos conscientes de nuestros pensamientos; esto se logra al detectar aquellas situaciones que resulten amenazantes y que conducen a la ira, o bien, si ocurre un estallido, se puede respirar profundamente y dejar pasar un poco de tiempo para evitar precipitaciones y, ante todo, para no interpretar ni juzgar las cosas de manera equivocada.

Una introspección seria sobre los móviles que desencadenan el enojo permite conocer los pensamientos repetitivos y malestares que guían inconscientemente a una persona, además de que bien puede servir para descubrir que la comunicación que se sostiene con los semejantes no es siempre la más indicada, e incluso que muchas de las costumbres propias son ofensivas o sólo sirven para empeorar las cosas, como gestos y movimientos corporales que ofenden.

Cabe mencionar que cualquier persona puede lograr cambios muy positivos a través de esta práctica, pero también que no siempre cuenta con la claridad de pensamiento ni la certeza de cómo actuar para cambiar, de modo que en dicha circunstancia no se debe dudar en acudir al psicólogo a fin de recibir la orientación adecuada para encaminar el trabajo individual.

Asimismo, para evitar frustración y motivos de agitación interna es muy conveniente comenzar a situarse en el "aquí y ahora", de modo que, por ejemplo, se planeen actividades o tareas que puedan ser cubiertas a través de las habilidades o capacidades de la persona, debido a que la creación de metas ilusorias o inalcanzables genera frustración e irritación; si la tarea que se desea alcanzar es muy compleja, se tratará de segmentar en pequeñas partes más sencillas.

También es muy útil que la persona deje de asumir responsabilidades que no le corresponden, como cuando conduce su vehículo y se encuentra en el cruce de dos avenidas muy conflictivas; este hecho suele generar mucha irritación y probables enfrentamientos verbales y físicos, pero una mente tranquila y serena, ubicada en su realidad, buscará alternativas para cumplir su objetivo en vez de enfrascarse en discusiones y maniobras que sólo fomentan más violencia.

Asimismo, se tiene bien establecido que la práctica deportiva permite a toda persona distraerse y liberar tensión, además de que ofrece muchos otros beneficios que son motivo de satisfacción personal, como mejoría general de la oxigenación del organismo y el fortalecimiento de huesos y músculos.
Recurrir a prácticas que tranquilizan la actividad mental, como meditar o realizar yoga, puede ser muy benéfico para encauzar un comportamiento agresivo y centrarse en la introspección para encontrar las causas primeras de la impulsividad, tal como lo han conseguido muchas personas.

Asertividad, solución inteligente
Ahora bien, se debe señalar que en muchas ocasiones la agresividad tiene el objetivo de que se respeten las decisiones, ideas y espacio individual, sólo que al tratar de marcar un límite es posible que el mensaje se proyecte con violencia y sólo se consiga iniciar una estéril discusión, amén de que probablemente el objetivo principal no se cumplirá.
En estos casos, es importante encontrar un punto medio entre la agresividad y la pasividad, de modo que el deseo de expresar los propios sentimientos, derechos y opiniones no ocurra en forma negativa (gritos, retos, burlas o incluso golpes), sino a través de su faceta más positiva: la asertividad.

Una persona asertiva es expresiva, espontánea y segura, gracias a que conoce sus emociones y anhelos, se siente satisfecha de su vida social y tiene confianza en sí misma, de modo que es capaz de encontrar un punto medio entre lo que quiere comunicar y lo que los demás quieren y esperan. Lograrlo no siempre es fácil, sobre todo por la falta de costumbre, pero se puede recurrir a la ayuda de un psicólogo para conseguirlo de la mejor manera.

Pongamos algunos ejemplos para clarificar este aspecto: si se invita a un amigo a cenar y éste llega, sin avisar, con retraso de una hora, es natural que se experimente irritación. Cuando la reacción del anfitrión es: "Entra, la cena está en la mesa", su actitud es evidentemente pasiva, y tendrá que contener su enfado y frustración, que además puede estallar en algún momento de la reunión.

Del lado opuesto se encuentra la conducta agresiva, que se manifiesta con frases como: "Me has puesto muy nervioso llegando tarde; ¡es la última vez que te invito!". Por su parte, un individuo asertivo expresa, con tono ecuánime: "He esperado durante una hora; me hubiera gustado que me avisaras que llegabas tarde".

Otro caso relativamente común es el del compañero de oficina que busca constantemente que otras personas hagan su trabajo. Cuando se piensa en que esa situación debe terminar y la persona conflictiva vuelve a pedir "ayuda", se pueden mostrar diferentes reacciones; la pasiva consistiría en una frase como: "Estoy bastante ocupado, pero si no consigues hacerlo te puedo ayudar", en tanto que una conducta agresiva sostendría: "Olvídalo, casi no queda tiempo para hacerlo. Me tratas como a un esclavo. Eres un desconsiderado".
En cambio, la idea se expresa con mayor claridad a través del pensamiento asertivo: "No, no voy a hacer tu trabajo. Estoy cansado de hacer, además de mi trabajo, el tuyo".

Finalmente, pensemos que la agresividad actúa de manera similar a un río, y aunque podemos optar por varias soluciones, como erradicarla (secar el río), ejercerla (dejarlo correr libremente), neutralizarla (oponerle una corriente de agua en sentido puesto), reprimirla (construir un dique e impedirle el paso), la mejor de las soluciones consiste en encauzarla (abrir canales para enviar el agua hacia fines productivos como el cultivo) a fin de obtener resultados positivos y una mejor convivencia, ¿no lo cree?


ESPERO QUE ESTO LES SIRVA PARA PODER ENTENDER Y AYUDAR A LAS PERSONAS QUE SUFREN ESTA "ENFERMEDAD".



Fuente==> http://www.saludymedicinas.com.mx/nota.asp?id=1361