Quien es Eugenia Sacerdote de Lustig

Eugenia Sacerdote de Lustig

Tuvo que engañar a su madre diciendo que estudiaría matemática cuando en realidad se había inscripto en Medicina, en Italia. Las leyes antisemitas impuestas por Mussolini la obligaron a emigrar junto con su familia a la Argentina donde se destacó por sus investigaciones en histología. Afectuosa, optimista, cálida, próxima a cumplir 97 y con una energía que le hace gambetas a su casi ceguera, relata su conmovedora historia de vida y actividad científica.


Abre la puerta de su departamento del barrio de Belgrano sonriente y gentil, desafiando a una progresiva ceguera que ya no le permite trabajar con su fiel compañero: el microscopio, elemental instrumento que le ayudó a realizar tantas investigaciones de avanzada. "Me muevo libremente por mi casa porque la conozco de memoria, pero desde hace 7 años no puedo hacer nada, la falta de visión me lo impide cada vez más", se lamenta la doctora Eugenia Sacerdote de Lustig.

Pero sólo unos segundos dura su angustia. Con un ademán, como para apartar el problema que permanente la acucia, se arellana en su sillón favorito cerca de los amplios e iluminados ventanales del living de su hogar e invita a hacer lo mismo, mientras se dispone con un ánimo que entusiasma a evocar su dificultosa, exitosa, ajetreada y extensa trayectoria de vida.

Del Liceo Femenino a doctora en Medicina

No fue fácil para Eugenia (del griego bien nacida como se ocupó de inculcarle su padre) ser mujer, judía y querer ser científica durante la Italia fascista. La primera dificultad que tuvo que enfrentar fue anhelar obtener el título del liceo científico, el único que permitía el ingreso a la facultad.

"En mí adolescencia, estudiar ciencia era para los varones. Las mujeres nos preparábamos en el Liceo Femenino que nos formaba en idiomas, historia y literatura. También en confeccionar primorosos ajuares de bebé que siempre me salían defectuosos y me colocaban al borde de desaprobar manualidades", evoca risueña.

"Con mi prima Rita -continúa- habíamos decidido que queríamos seguir la carrera de medicina para lo que debíamos prepararnos en latín, griego, matemática, física, química y filosofía. Le dedicamos 12 horas por día durante un año al estudio de estas disciplinas bajo la tutoría de un riguroso profesor que aceptó enseñarnos dada nuestra persistencia". El esfuerzo dio sus frutos y luego de aprobar exigentes exámenes escritos y orales del latín al italiano, del griego al italiano y viceversa, además de las materias exactas, lograron su objetivo.

A su familia prefirió decirles que estudiaba matemática, seguramente una carrera que le pareció sería menos preocupante para su madre, viuda desde muy joven y responsable de su crianza junto con dos hermanos varones mayores. "Pero, finalmente, cuando un día vio que traía a mi casa huesos humanos para estudiarlos tuve que decirle la verdad a mi madre quien poco a poco lo digirió", agrega con un gesto de alivio, semejante seguramente al que sintió en ese momento.

Superar el primer año de la carrera fue un desafío de género. Eran 4 mujeres entre 500 varones, quienes les gastaban todo tipo de bromas pesadas para disuadirlas de su pretensión. Pero Eugenia y Rita no se amilanaron y para evitar las golpizas varias, tirones de pelo, robo de sombreros y de abrigos a que eran sometidas antes de entrar al aula lograron que el portero las dejara ingresar por una puerta trasera de modo de estar ya estaban sentadas en sus lugares cuando llegaba el profesor y así los compañeros no podían agredirlas.

"Después mejoró un poco el trato hasta que finalmente completé la carrera y tuve que defender mi tesis doctoral...¡llevando una blusa, que me prestó una amiga, oscura y con el distintivo fascista!¡Fue la única manera de poder rendirla!", se exalta aún al recordarlo.

Alcanzó a trabajar muy poco en clínica médica: apenas las prácticas en el ambulatorio del hospital. Un día entró un ciclista que se había caído y lastimado, la miró y le dijo: "¿Puede llamar a un médico de verdad?". No podía creer que ella fuese médica. "Así era la idea pública de la mujer. Era una mentalidad muy difícil de vencer. La guerra cambió todo: cuando se dieron cuenta de que las mujeres debían ocupar el lugar de los hombres vieron la importancia que podían tener. Antes era una sociedad completamente masculina, todo estaba hecho para los hombres", reflexiona Sacerdote de Lustig.

Al año que se recibió Mussolini comenzó con las leyes raciales y como judía no pudo ejercer más en Italia su flamante profesión.

De los Alpes al Río de la Plata

Eugenia Sacerdote conoció a su marido, Maurizio Lustig, un ingeniero que trabajaba para la empresa Pirelli, mientras estudiaba la carrera de medicina y concurría durante el mes de agosto para hacer prácticas en un Instituto Internacional de Alta Montaña que estaba en el Monte Rosa de los Alpes y que dependía de la Cátedra de Fisiología de la Universidad de Turín.

Allí se estudiaba el efecto sobre el organismo humano de la falta de oxígeno ocasionada por la altura., tema que inquietaba a la aeronáutica italiana. Maurizio vivía en Roma y era primo del director de este Instituto y en unas vacaciones de verano fue a visitarlo. La encargada de hacer el recorrido por las instalaciones fue Eugenia. "Me preguntó sobre todo a tal punto que me hizo comentarle al director ¡cómo se interesó este muchacho por lo que hacemos!". Al poco tiempo "el preguntón" la fue a visitar a su casa, comenzaron a ser novios y se casaron.

En 1939, cuando su primogénita Livia tenía un año, los dirigentes de Pirelli se vieron obligados a despedir al ingeniero Lustig por ser judío. Luego le dieron la oportunidad de radicarse en Argentina donde la empresa pensaba instalar una fundidora de cobre.

"En agosto de ese mismo año emigramos para acá. Pero a los pocos meses Italia se plegó a la Segunda Guerra Mundial y no pudo salir ningún barco más por lo que las maquinarias para instalar la fundidora no llegaron. Entonces, Pirelli le ofreció a mi marido ir a trabajar a Sao Paulo donde tenían una fábrica ya funcionando. Así que él se fue para Brasil y yo me quedé en Buenos Aires esperando que llegaran en un conteiner desde Roma mis muebles y demás pertenencias, sola con mi beba, sin conocer a nadie, sin poder hacer nada, sin saber español, ignorando qué sería de mi madre y hermanos...", relata conmovida.

Todo lo que sabía de su esposo era la dirección de dónde estaba en Sao Paulo por un telegrama que le envió. Así estuvo 2 meses hasta que llegó el conteiner y pudo viajar a Brasil a reunirse con su marido. Aproximadamente al año y medio de estar allí llegaron a Buenos Aires las maquinarias que enviaba Pirelli, pero desde Estados Unidos, ya que la guerra se había extendido. El matrimonio, ahora con dos hijos ya que había nacido su primer hijo varón, regresó a nuestro país.

Su especialidad: el cultivo "in vitro" de células

Al poco tiempo llegó también a la Argentina el hermano del ingeniero Lustig con su esposa e hijos. "Por razones económicas, ya que el único que ganaba algo era mi marido, vinieron a vivir a nuestra casa y compartimos un departamento que alquilábamos en la calle Chirimay del barrio de Caballito en el año 1943", puntualiza la científica. Fue recién entonces cuando pudo comenzar a pensar en trabajar.

"Yo llevaba mis hijos y sobrinos a la mañana al Parque Chacabuco, al mediodía se los dejaba a mi cuñada y a la tarde empecé a ir a la biblioteca de la Facultad de Medicina, que en ese entonces estaba donde se encuentra ahora la Facultad de Ciencias Económicas. Así, preguntándole a la bibliotecaria llegué a la Cátedra de Histología que estaba funcionando, mientras se terminaba la nueva sede de la Facultad de Medicina de la calle Paraguay, en un horrible conventillo ubicado en Cangallo y Pasteur. Allí me ofrecí para investigar sobre histología, tema de mi tesis doctoral", continúa relatando haciendo gala de su prodigiosa memoria.

"Si bien el profesor a cargo de la cátedra no se interesó para nada con mi especialidad que es el cultivo de células en vivo, porque aquí todavía no se conocía, me ofreció una mesa y una silla para que trabajara, nada más. Pero la observación de estos materiales debía hacerlo en un medio estéril. Así que como pude me preparé una cajita que cumplía con estas condiciones para tener material para trabajar compraba una gallina, le sacaba sangre del ala, y con este suero investigaba", explica sencillamente.

A los dos años aproximadamente se terminó de construir el nuevo edifico de la Facultad de Medicina y la Cátedra de Histología Embriológica se ubicó en el segundo piso. Ahora ya Lustig estaba instalada en un lugar nuevo y limpio pero su único estipendio continuaba siendo el remanente de un subsidio que recibía la Cátedra para reponer la vidriería. "Yo cuidaba que no se rompiera nada así me quedaba ese dinero", cuenta. Pero fue a partir de entonces que pudo conocer a los profesores Houssay, De Robertis, Mendez, algunos de los más destacados especialistas en el estudio de los tejidos humanos y cuando debido a que un asistente del grupo emigró a los Estados Unidos obtuvo un contrato que le permitió cobrar su primer sueldo.

En 1947 Juan Domingo Perón echó de la cátedra a Bernardo Houssay y por solidaridad renunciaron todos los miembros del equipo. "En su reemplazo enviaron a un profesor que le llamaban Flor de Ceibo porque llegaba, daba su materia y se retiraba. No se interesaba por nada, ni por los materiales que se preparaban ni por quiénes trabajaban en la cátedra. Además, yo no podía ni hablar porque si se daban cuenta que era extranjera corría el riesgo de que me expulsaran del país", reconoce angustiada.

Su salvación llegó de la mano del Dr. Brachetto Brian, Director del Instituto de Oncología Roffo quien le propuso trabajar con él investigando el cáncer. "Quería saber cómo se dividían las células tumorales. Si eran varios núcleos o si era el mismo núcleo el que se dividía. Así comencé mi tarea de investigadora en el área de investigación básica en oncología de este Instituto donde continué hasta el año 2000", explica animosa.

Y una anécdota aparece en el recuerdo. "Yo necesitaba más espacio para trabajar y había un cuarto al lado de mi laboratorio que me hubiera venido muy bien pero estaba cerrado y nadie podía entrar allí. En esa habitación estaba encerrada una caja fuerte, de la que se había perdido la llave, que tenía en su interior un cristal radiactivo que Madame Curie le había regalado al Dr. Roffo cuando vino invitada por él a dar una conferencia en Buenos Aires. Tuvimos que buscar en la cárcel a un ladrón experto en abrir cajas fuertes para extraer el cristal que se llevó la Comisión de Energía Atómica, previo eliminar las radiaciones del lugar". Es el laboratorio que sigue en pie hasta hoy.

En 1950 el Director de la Sección de Virología del Instituto Malbrán, el Dr. Armando Parodi, quien venía de especializarse en virus en Estados Unidos, la interesó para crear un Departamento de Bacteriología para estudiar estos microorganismos de los que recién se comenzaba a hablar. Él sabía que para estudiar los virus se necesitaba hacerlo con células vivas, tarea en la que la Dra. Lustig había sido pionera en la Argentina.

"Entonces comencé a trabajar hasta al mediodía en el Roffo, luego me iba a mi casa a darle de mamar a mi tercer hijo, Mauro, quien era recién nacido a las 2 de la tarde me pasaba a buscar el Dr. Parodi e íbamos para el Malbrán", relata sin estridencias. Eugenia no sabía nada sobre virus pero buscó libros, estudió todo lo que pudo y montó allí la Sección de Cultivos de Tejidos. "Tuve que inventar la virología", reconoce.

Al cabo de un tiempo a Parodi le ofrecieron un importante cargo público en Montevideo y se fue para Uruguay. Por lo que quedó únicamente en manos de la Dra. Lustig todo el Departamento de Histología del Instituto Malbrán.

Cuando en 1952 comenzó en nuestro país la terrible epidemia de poliomielitis la investigadora estaba de vacaciones en Pinamar y el Ministro de Salud Pública la mandó llamar urgente. La epidemia avanzaba a un paso alarmante. No existía la vacuna y había que realizar entre 60 ó 70 diagnósticos por día.

"La desgracia es que el virus de la poliomielitis crece solamente sobre célula humana o sobre célula del mono rhesus que se encuentra en la India, aquí no hay. Por lo que la única forma de poder hacer diagnóstico de todos los enfermos que me llegaban diariamente era sobre tejido humano. ¿Qué podía hacer? Se me ocurrió recurrir a los restos de abortos que pudiera haber en las maternidades. A la mañana las recorría y en las heladeras algo encontraba. Llevaba un frasco grande estéril y colocaba estos trozos. Luego rápidamente, manejando mi coche, tratando que ningún policía me viera transportando restos humanos, corría al Malbrán. Allí cultivábamos in vitro estas células fetales que al día siguiente ya habían crecido lo suficiente como para poder ponerlas en contacto con el material a investigar y en 24 ó 48 horas dar un diagnóstico preciso", se explaya la médica.

"Tenía un miedo terrible de infectarme yo y que se infectara todo el personal. Cada día trabajaba hasta medianoche con mi técnica, Catalina, con quien todavía estoy en contacto. Cuando terminábamos poníamos todo el material que habíamos usado en el jardín del Malbrán, le echábamos nafta y prendíamos fuego, porque temíamos que a la mañana siguiente la persona que iba a limpiar tocara algo y se infectara. Después me cambiaba de pies a cabeza para irme a casa. Hasta los zapatos. Tenía terror de infectar a mis hijos", se espanta todavía hoy.

Tan grande era el miedo que al fin decidió mandarlos a Montevideo por seis meses, donde un primo lejano aceptó recibirlos. Ella viajaba a verlos cada sábado en avión y volvía el domingo a la noche.

Poco después se oyeron las primeras alentadoras noticias de la vacuna Salk. Eugenia fue becada por la OMS junto con investigadores de distintas partes del mundo para ir a Estados Unidos y Canadá, a estudiar los efectos de esa vacuna.

En aquel viaje logró encontrarse por unas horas con su prima Rita Levi Montalcini, su compañera de estudios de medicina en Turín a quien llevaba catorce años sin ver.

"Me tomé un avión desde Atlanta a Saint Louis, estuve con ella una noche y llegué a tiempo para poder ir al laboratorio a la mañana siguiente". Rita, un año mayor que ella, había emigrado a los Estados Unidos y estaba trabajando en la Universidad de Washington como especialista en neurocirugía.

A su regreso, Lustig impulsó el uso de la vacuna Salk. Si bien aún no había sido autorizada por el Ministerio de Salud, decidió vacunar a sus propios hijos para dar el ejemplo y ella misma se la aplicó a los primeros chicos que se acercaron al Malbrán. Tiempo después, y ya hacia el final de la epidemia, un enfrentamiento gremial terminó con su trabajo allí. Había caído Perón y un sector de los empleados del instituto resistían al científico que había sido nombrado como jefe. "Estaban de huelga. Yo quise entrar porque aún había casos de polio y tenía diagnósticos para hacer, pero no me dejaron. Les dije: entro igual, hago los diagnósticos y me voy. Entonces me tiraron un cajón enorme sobre un pie, que se me fisuró. Estuve más de un mes con yeso. Al día siguiente, renuncié", cuenta con dolor.

La noche de los bastones largos

Lustig pudo recién hacer reconocer su título durante el gobierno del Dr. Arturo Frondizi cuando su hermano, Risieri Frondizi, a la sazón rector de la Universidad de Buenos Aires renovó en 1957 los concursos y pudo presentarse para la cátedra de Biología Celular en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, aunque no había revalidado su título. Ganó el concurso y al día siguiente recibió en su casa el diploma italiano que había presentado, con el agregado: "Se reconoce el título".

Su carrera académica terminó de manera drástica. Fue el 29 de julio de 1966, en la fatídica noche de los bastones largos, cuando asumió al gobierno el general Onganía. "Me dijeron mis compañeros de cátedra que a las 19 iba a haber una reunión importante con el decano para discutir la situación política porque se anunciaba un golpe militar. Yo quise avisar a mi casa que llegaría tarde y como el teléfono de la facultad de no funcionaba me corrí hasta el bar Querandí para hablar. Cuando volvía, vi que se estaban llevando a todos los profesores, a Sadosky, a Rolando García. Me salvé de ser detenida por ese llamado. Entonces me tomé el colectivo y me fui a mi casa. Después renuncié. Como verá me han echado varias veces durante mi carrera", bromea apelando a su sentido del humor.

Siguió trabajando en el Roffo como investigadora del Conicet luego de ser convocada por el Dr. Houssay y donde recorrió toda la carrera durante cuarenta años hasta ser nombrada investigadora emérita.

En 1970 murió Maurizio. Al jubilarse había caído en una profunda depresión. Lo sometieron a una cura de sueño, un método en boga en aquella época, que pareció hacerle bien. Pero días después su corazón falló. Fue un golpe difícil de asimilar para Eugenia en un momento en que dos de sus hijos ya habían partido. Poco después, sin embargo, volvió a trabajar al Roffo y ganó un concurso recién creado para el Departamento de Investigación Oncológica.

Eugenia Sacerdote trabajó hasta que sus ojos se lo permitieron y hasta hace poco investigaba sobre la relación del Mal de Alzheimer y el cáncer: Produjo muchos artículos, recibió premios y nunca le gustó hablar demasiado de los honores. Hace un año decidió grabar sus recuerdos: quería dejar un testimonio de su vida para sus nietos, que supieran cómo fue la Italia del fascismo. Pero lo que iba a ser un texto familiar fue pasando de manos y se convirtió en un pequeño libro: De los Alpes al Río de la Plata, editado por Leviatán.

Tiene un equipo de música junto al sillón, donde oye libros con la misma voracidad con la que antes leía. Primero acudió a la biblioteca de ciegos argentina, pero dice que allí sólo tienen 600 títulos y ya agotó todo lo que le interesaba. Entonces recurrió a la italiana, que incluye diez mil volúmenes. Periódicamente recibe una caja con casetes, que son para ella una fiesta. También le envían la grabación de una revista científica italiana, que la mantiene actualizada. "Me interesa mucho la historia. Ahora estaba curiosa por conocer la Historia del Islam. Se tan poco sobre este tema", aclara y la avidez por el conocimiento se trasunta en la expresión.

También recibe todos los jueves a la tarde a una amiga que la visita para leerle información que le interesa. "Me adelantó que esta semana me iba a traer una revista científica que tiene un trabajo reciente sobre el Mal de Alzheimer" y todos los domingos la llama su prima Rita, quien en 1986 obtuviera el Premio Nobel por sus descubrimientos del factor nervioso del crecimiento y que fuera nombrada senadora vitalicia. "Ahora está de vacaciones en los Apeninos, pero no se queda más de 10 días porque sigue investigando en el Instituto que le instalara el gobierno italiano cuando ganó el Nobel", narra entusiasta.

"Ayer me presentaron a mi primera biznieta", cuenta y los ojos parece que se le iluminaran. De sus tres hijos, Livia únicamente siguió sus pasos de investigadora. Los dos varones son ingenieros, el mayor, Leonardo, es agrónomo y vive en General Roca donde se dedica a la producción de peras y manzanas junto a su hija y yerno que también son agrónomos.

De sus nueve nietos uno siguió la carrera de biología, pero no le interesa investigar, rehúsa estar encerrado en un laboratorio "aunque lo mandé al Roffo y al Malbrán, pero no hay caso", se lamenta.

Me voy con una promesa: volveré para leerle la entrevista cuando salga publicada. Eugenia, cordial y amistosa, me despide hasta entonces. No me cabe duda: los ángeles existen y algunos están sobre la tierra.
fuente:http://www.universia.com.ar/galeria-cientificos/perfil-cientifico.jsp?investigador=25437

Personalmente es una Mujer en donde la humanidad toda le debe mucho a esta Dra. Dentro de la humanidad los Argentinos muchos mas. Un orgullo poder postearla, humildemente.

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