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homenaje a pablo escobar

Pablo Escobar Gaviria: “El Patrón”.

homenaje a pablo escobar“Dad todo el Poder al hombre más virtuoso que exista; pronto le veréis cambiar de actitud”.
HerodotoPablo Emilio Escobar Gaviria nació el 1 de diciembre de 1949 en El Tablazo, Vereda de Río Negro, Colombia. Desde niño mantuvo una relación casi edípica con su madre, Hermilda Gaviria, quien lo regañaba constantemente; ya adolescente, fumaba a escondidas cigarrillos de marihuana para relajarse.Pablo Escobar Gaviria cuando era niñoEmpezó su carrera criminal robando lápidas de los cementerios, regrabándolas y vendiéndolas nuevamente. Un tiempo se dedicó a robar autos en las calles de Medellín, pero pronto se involucró en el tráfico de marihuana hacia los Estados Unidos.Fiesta familiar en casa de los Escobar GaviriaIntroducido en el negocio del tráfico de cocaína por su primo Gustavo Gaviria, la visión empresarial, la inteligencia y la ambición de Pablo Escobar lo convirtieron rápidamente en líder. Primero se desempeñó como intermediario que compraba la pasta de coca en Perú para venderla a traficantes que la llevaban a Estados Unidos.Libros huecos: antiguo método utilizado por Escobar para enviar armas escondidas
Pablo
En 1971, estuvo involucrado en el secuestro y homicidio del industrial colombiano Diego Echeverría y del capo del narcotráfico Fabio Restrepo en 1975. Para 1976, fue el responsable del asesinato de dos policías que deseaban extorsionarlo: Luis Fernando Vasco Urquijo y Jesús Hernández Patiño. También comenzó su campaña contra los ricos hacendados de Colombia, que se le oponían de alguna forma. Su lema era “Plata o Plomo”, haciendo alusión a que las cosas podían resolverse con “plata” (dinero) o con “plomo” (con balas). Jhon Jairo Velásquez Vásquez “Popeye” (sic), el lugarteniente de Pablo Escobar y su principal sicario, escribió años después sus memorias junto con la periodista Astrid Legarda, en un libro titulado El verdadero Pablo: sangre, traición y muerte, donde narra la historia del Cártel de Medellín. Le llamaban “Popeye” por dos razones: su parecido físico con el personaje de historieta y el haberse enrolado en la Marina cuando era adolescente. En ese libro, “Popeye” cuenta:
“Ante el discurso del gobierno y la presión de la sociedad antioqueña por expropiar los bienes de los narcotraficantes, Pablo Escobar decide atacar personalmente a los ricos de Colombia. Va a la finca de Fabio Echeverría Correa, presidente de una de las empresas más importantes del país (…) La finca queda en (…) una de las zonas más costosas y exclusivas. La casa, rodeada de jardines y pesebreras (…) muestra la pujanza y el dinero de los industriales. Una construcción hermosa que refleja buen gusto, no sólo en la calidad de los acabados, sino en los muebles que la visten. Escobar ordena que rodeemos la casa, con los tres carros, a prudente distancia uno del otro. Pablo se adelanta rumbo a la finca. Entramos a la mansión con nuestras armas. Todos portamos fusiles R-15 y el Patrón su ametralladora MP-5. No hay servicio de vigilancia ni cámaras. Pieza por pieza revisamos hasta el último rincón. Una mujer y dos empleadas de servicio son las únicas en ese momento. La mujer, al ser indagada por Pablo, manifiesta ser la esposa de un hijo del propietario (…) Con las manos cruzadas y apretadas contra su boca, en señal de piedad y temor, no modula palabra alguna (…) Un perezoso perro San Bernardo es sacado por Tato, casi a rastras, desde la alcoba principal. El jefe ordena sacar a las mujeres de la casa, mientras el Trompón, Mamey y Paskin aparecen con galones de gasolina. Yo, al lado de Escobar, observo todo el operativo (…) (Los otros) vigilan a las tres mujeres, quienes ya sospechan las intenciones del Capo. Pablo ordena que rocíen y esparzan la gasolina por todo el lugar, especialmente sobre los muebles, los cuadros, las paredes y la ropa de los armarios. Los tres hombres obedecen y de arriba a abajo impregnan la casa de combustible, terminando en las caballerizas (…) Pablo ordena abrir las puertas de las caballerizas para que seis hermosos caballos salgan galopando. Las tres mujeres horrorizadas se miran unas a otras y no dicen nada. Todos nos retiramos, junto con ellas. El perro no se separa de su ama. Dando una muestra de lo que se le viene al país, Escobar enciende un fósforo y lo acerca a un camino de gasolina que Paskin ha traído hasta los pies del jefe. El incendio comienza tímidamente. Pablo ordena entonces que vayamos a los vehículos. No habrían transcurrido tres minutos cuando oímos una pequeña explosión (…) Ya la casa arde con fuerza. Escobar se queda mirando en silencio durante cinco minutos las inmensas llamas. Al día siguiente, encarga a Pinina que organice la quema de El Vagón, un símbolo de la oligarquía antioqueña. Se destruyen cuatro fincas más, de empresarios reconocidos”.
Campaña colombiana contra la drogadicción
Escobar siempre fue benefactor de los pobres: les daba casa, comida y trabajo. Muchos de ellos lo protegieron de la justicia por años; muchos otros votaron por él en las elecciones; otros se convirtieron en sus sicarios. Pero a todos brindó apoyo y protección, dinero en efectivo, les construyó hospitales, escuelas y canchas deportivas, servicios de electricidad y agua potable, viviendas y fuentes de empleo, a veces sin relación alguna con el narcotráfico. Creó un barrio con trescientas casas que regaló a los habitantes del basurero de la ciudad y a los indigentes que vagaban por las calles; se llamó “Medellín sin Tugurios” y los pobladores siempre veneraron a Escobar. Hasta el día de hoy, un gran sector de la población lo extraña y hablan de él con cariño, respeto y admiración. “Muchas veces hacemos el bien sólo para poder hacer el mal impunemente”, dirían sus detractores, citando a La Rochefoucauld. Pero la opinión de la gente que por fin recibía ayuda social era otra y con el pueblo no valían aforismos, sino acciones.
Ya en la década de los setenta, se convirtió en una pieza clave para el tráfico internacional de cocaína. Asociado con Gonzalo Rodríguez Gacha, Carlos Lehder, Jorge Luis Ochoa y sus hermanos Fabio y Juan David, fundó el Cártel de Medellín. Nadie discutía nunca su asumido liderazgo en el grupo. Se adueñó de pistas, rutas, laboratorios y monopolizó el comercio ilegal desde la producción hasta el consumo. Escobar llegaría a acumular una fortuna superior a los tres mil millones de dólares y a ser el séptimo hombre más rico del mundo, según la revista Forbes. Parte de las rutas las hacía a través de Nicaragua, estando de acuerdo con Daniel Ortega y los sandinistas. Una fotografía tomada por la DEA donde aparecen Escobar, miembros del gobierno nicaragüense y un piloto estadounidense cargando cocaína en una avioneta, destapó un escándalo.
La fotografía del escándalo
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El sicario “Popeye” recuerda en sus memorias:
“Las fotos de Pablo Escobar, de ‘El Mexicano’, de Federico Vaughan y de los funcionarios nicaragüenses, cargando con cocaína el avión piloteado por Barry Seal, fueron contundentes en el desarrollo de los hechos. Los sandinistas recibían de Pablo Escobar entre quinientos y mil dólares por cada kilo de cocaína, dependiendo del tamaño del embarque. Aparte de esto, cobraban doscientos dólares por el almacenamiento y custodia de cada kilo de coca. Lo que no veían era que se estaban fraguando su propia muerte política y el principio del fin de la Revolución Sandinista”.
Escobar durante una corrida de toros, recibiendo el homenaje del torero
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El Cártel de Medellín de Pablo Escobar creó en 1981 el primer grupo paramilitar moderno de Colombia, llamado MAS (siglas de “Muerte A Secuestradores”), como respuesta a los secuestros y acciones guerrilleras en su contra, incluido el del padre de Pablo Escobar, que terminó cuando el capo recuperó a su padre y asesinó a todos los secuestradores, menos a uno que consiguió escapar. De acuerdo con documentos de la DEA, al MAS se vincularon también Carlos Castaño y su hermano Fidel, luego conocidos comandantes paramilitares. La fotografía de su primera ficha policial de 1976, le muestra como un joven confiado. El hombre que llegaría a ser el enemigo público número uno de Colombia y número uno de la lista de los más buscados por el FBI se retrataba ante la policía como responsable de un delito contra la salud pública: un pequeño alijo de cocaína.
El primer arresto de Escobar
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Ese mismo año, Pablo se casó con María Victoria Henao Vallejos alias “Tata”, una hermosa colegiala de quince años de edad, neurótica, con tendencia a engordar y eternamente preocupada por su familia. Escobar le regalaba chocolates, discos de Raphael y de Camilo Sesto para conquistarla.
Escobar y Victoria Henao “Tata” el día de su boda
Escobar tuvo dos hijos con “Tata”: una niña llamada Manuela y un niño llamado Juan Pablo. A Manuela le apodaban “Terremoto”. Los dos eran su adoración y siempre los cuidó, veló por ellos y los protegió cuanto pudo del peligroso medio donde se desenvolvía.
Con sus hijos, Manuela y Juan Pablo
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Pero el primer Escobar público es el que aparece en las fotografías de Iván Restrepo, del diario El Tiempo: los balbuceos de un candidato al Congreso en enero de 1982.
Escobar lidera una campaña denominada “Medellín sin Tugurios”, durante la que organiza actos benéficos, ochocientos partidos de fútbol y corridas de toros para cosechar votos. Es un momento dulce y el prólogo de su debut como filántropo y constructor de un barrio de viviendas sociales para cuatrocientas familias pobres, que se entregan en mayo de 1984.
Paralelamente, Escobar (a quien ya apodaban “El Patrón”) amasaba una fortuna traficando con cocaína, un producto que, está convencido, acabará vendiendo legalmente, bajo la marca “Cocaína Escobar”, cuando la droga se legalice. Escobar realizaba fiestas de disfraces: le encantaba representar a personajes violentos, sobre todo gangsters o revolucionarios zapatistas, ya que admiraba al revolucionario mexicano Emiliano Zapata.
Escobar disfrazado de Al Capone y de Emiliano Zapata
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Son los años de gloria de un ecologista convencido que planta más de un millón de árboles en sus propiedades de Antioquia: según unos, por un desprendido impulso ambiental; en opinión de otros,“para que le sirvieran de protección frente a los helicópteros de la policía y le permitieran una huida rápida y segura”.
Son tiempos también de extravagancias fomentadas por el flujo incesante de narcodólares. Escobar hace de la Hacienda Nápoles el epicentro de su imperio: 3,000 hectáreas de terreno boscoso, mansiones de lujo, lagos artificiales, una cancha de football donde equipos profesionales iban a practicar, una plaza de toros, helipuerto y dos pistas de aterrizaje.
La entrada a la Hacienda Nápoles
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Había comprado la propiedad en 1979 por 63 millones de dólares; en los años de mayor bonanza, hacia 1983, la finca llegó a operar como un aeropuerto internacional “con tres o cuatro vuelos al día de aviones llenos de coca”, como declaró “El Profe”, uno de sus amigos íntimos. Sobre la puerta de entrada, Escobar colocó la primera avioneta con la que hizo un vuelo lleno de droga hacia Estados Unidos.
En los jardines hizo construir enormes dinosaurios de tamaño natural, para que su hijo jugara con ellos. Pero el colmo de la excentricidad fue el zoológico de la hacienda, en el que reunió la mayor colección de aves en cautiverio de Colombia; también elefantes, jirafas, canguros, cebras, búfalos, gacelas, ciervos, avestruces, tortugas, ñus, venados, faisanes, hipopótamos, leones, tigres, canguros y rinocerontes. Escobar reprodujo en la Hacienda Nápoles todos los elementos de su hábitat natural. La gente podía visitar el lugar y los domingos, las familias colombianas disfrutaban con el paseo. El mismo Escobar se les unía en varias ocasiones. Uno de los canguros se hizo famoso porque jugaba al football.
Los dinosaurios en la Hacienda Nápoles
Su primo menor, Jaime Gaviria, relataría:
“Los animales fueron descargados del avión y nos dijeron que había que llevarlos al zoológico de Medellín a pasar la cuarentena. Pablo sólo dijo: ‘De acuerdo, llévenselos’. Luego envió a su gente a comprar todos los patos, pollos y loros que pudieran encontrar y por la noche fuimos al zoo a rescatar los antílopes, las cacatúas, los cisnes negros europeos, el pato mandarín, los canguros, etcétera. A cambio, dejamos el producto nacional. Entonces alguien reparó en las cebras. Cierto, ¿cómo das el cambiazo a una cebra? Enseguida compramos cuatro mulos, y así, mientras las cebras verdaderas salían en un camión hacia la hacienda, alguien se quedó toda la noche pintando los jumentos, antes de que los cuidadores del zoo se despertasen”.
El zoológico de la Hacienda Nápoles, visto desde lejos
La voluntad de Escobar se hacía tan patente como su violencia. “Plata o plomo” era una de sus frases favoritas; a menudo, las últimas palabras que sus víctimas oían. “Los secuestros fueron la base de todos los crímenes de Escobar en Medellín; la droga no fue el negocio más importante, sólo el más rentable. Pero él secuestraba a gente, le pedía dinero y con frecuencia la mataba igualmente”, declaró años después el general Hugo Martínez.
Para comunicarse con sus hombres, utilizaba palomas mensajeras especialmente entrenadas: nadie sospechaba de los pájaros y podían llegar incluso al interior de las prisiones.
Se ganó mediante la intimidación el apoyo que lo llevaría a la Cámara de Representantes por el movimiento Alternativa Liberal, después de haber sido expulsado junto con Jairo Ortega Ramírez del Nuevo Liberalismo que había fundado Luis Carlos Galán Sarmiento. En una carta, Galán declaró: “No podemos aceptar vinculación de personas cuyas actividades estén en contradicción con nuestras tesis de restauración moral y política del país. Si usted no acepta estas condiciones, yo no puedo permitir que la lista de su movimiento tenga vinculación alguna con mi candidatura presidencial”. Alberto Santofimio Botero, quien fue Senador, se unió a Escobar y se convirtió en su principal contacto en el poder, al grado de que Santofimio lo convenció, años después, de asesinar a varios políticos prominentes, entre ellos un candidato presidencial.
Alberto Santofimio Botero
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“Popeye” recuerda en sus memorias:
“Pero las recomendaciones de Alberto Santofimio Botero van más allá: pensando en sacar del camino a adversarios más fuertes, para así facilitar su acceso al poder, azuza a Escobar utilizando la frase que tantas veces repetiría en el futuro: ‘¡Mátalos, Pablo!’”
Como congresista fue invitado por el empresario español Enrique Sarasola, quien tenía negocios importantes en Medellín, a la toma de posesión de Felipe González como Jefe de Gobierno en España, en 1982.
De esta forma, en su mejor momento Pablo Escobar logró acumular gran influencia en múltiples estamentos legales, civiles, económicos, religiosos y sociales de Colombia, sobre todo en Bogotá, Antioquia y Medellín.
En abril de 1983, Escobar fue proclamado pomposamente “Robin Hood de Antioquia” por la revistaSemana, la más importante del país. Por entonces, un kilo de cocaína se pagaba a 80.000 dólares en Nueva York, y algo menos (50.000) en Miami.
El aeropuerto de la hacienda y Tranquilandia, uno de los mayores talleres de procesado de pasta de coca, capaz de generar hasta veinte toneladas al mes, funcionaban a marchas forzadas. Otro era Villacoca. En sus memorias, “Popeye” habla acerca del descubrimiento de Tranquilandia por parte de la policía:
“El 8 de marzo de 1984, la policía antinarcóticos descubre dos complejos laboratorios para el procesamiento de la pasta de coca. Son Tranquilandia y Villacoca, en las selvas del Yarí, en el Departamento del Caquetá. La policía, al mando del Coronel Jaime Ramírez y bajo el control del Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, muestra al mundo el extraordinario descubrimiento. Las gigantescas instalaciones son la prueba del imperio de la droga en Colombia. Tienen dos pistas para los aviones, todo lo necesario para el movimiento de insumos, mucho personal, pasta de coca en abundancia y finalmente, la cocaína lista para el consumo. De allí decolaban los aviones de la mafia, con droga, hacia los Estados Unidos. Las autoridades destruyen cuarenta laboratorios más; detienen a cuarenta y cuatro personas y alrededor de 250 trabajadores huyen, selva adentro, buscando el río Yarí, llevándose consigo cerca de quince toneladas de cocaína a cuestas. Decomisan diecisiete toneladas de coca listas para su exportación. Los campamentos están dotados de televisores, licuadoras, microondas, aire acondicionado, baños con agua potable, todo alimentado con plantas eléctricas a partir de gasolina. Cinco aviones son confiscados. Las imágenes de Tranquilandia y Villacoca le dan la vuelta al mundo. El complejo fue detectado por un satélite norteamericano. Las inmensas provisiones confiscadas daban a las autoridades un estimativo de la gran cantidad de operarios que atendían los laboratorios. Un casino de pilotos acaba por descrestar al Coronel Jaime Ramírez, a su hombre de confianza el capitán Macana y a sus demás oficiales. La pasta de coca era traída de Perú y Ecuador pues, aún no se sembraban las matas de coca, en el país. Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha son señalados por las autoridades como los dueños de los laboratorios. Es toda una ciudadela en el corazón de la selva. Gran triunfo para el Ministro de Justicia, la policía, la DEA y el gobierno norteamericano”.
Las instalaciones de Tranquilandia
Era aficionado a los carros lujosos. Guardaba más de cuarenta autos deportivos en el estacionamiento del Edificio Mónaco en Medellín, donde vivía parte de su familia. Sus bienes raíces incluían edificios, oficinas, fincas, locales comerciales y casas. Tenía más de quinientos predios de su propiedad.
También poseía helicópteros, motocicletas, lanchas y varias avionetas para transportar la droga a través de la difícil geografía colombiana. Incluso llegó a enviarla a través de submarinos, un método innovador que pronto sería imitado por otras organizaciones delictivas.
El interior de uno de los submarinos de Pablo Escobar
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Gaviria fundó la cultura del narco, que luego se extendería a varios países: la narcotectura (la arquitectura de las mansiones hiperlujosas y vulgares); la literatura del narco (que convierte a los traficantes en el centro de sus historias); el narcocine (donde películas baratas y de pésima manufactura dan cuenta de incontables balaceras y ejecuciones); el narcoarte (pinturas y esculturas destinadas a ellos o que los retratan); y la narcomúsica (canciones que cuentan sus andanzas, amores, vidas y muertes).
El Narcoarte
Gaviria también sentó las bases que después utilizarían los narcotraficantes de casi todo el mundo. Los cárteles de la droga que surgieron después de él en países como México, Venezuela, Estados Unidos y Colombia, usaron sus métodos y aprendieron sus tácticas de quien fuera el gran innovador. Fue Escobar quien comenzó a ejecutar a los traficantes traidores o rivales, él quien cortó las primeras cabezas y las envió a las autoridades, él quien retomó un viejo método de ejecución de los cincuenta, llamado “La Corbata Colombiana”, una tortura mediante la cual a la víctima se le abría la garganta y se le sacaba la lengua por el orificio, estirándola para que le colgara sobre el cuello.
Escobar envolvió los cadáveres en bolsas de plástico, dio tiros de gracia, ejecutó a docenas simultáneamente y los tiró en parajes y basureros. En Colombia, las autoridades colocaban letreros donde se pedía a la gente que no arrojara los cadáveres en ciertos lugares como los basureros, como si se tratase de algo normal. Pero la cotidianeidad del horror había empujado a los colombianos a ello. “Popeye” narra en sus memorias:
“En la ciudad, un sitio es famoso por la cantidad de cadáveres que la mafia deja allí: ‘La Cola del Zorro’ Es una estrecha ruta entre la transversal superior del poblado y la vía a Las Palmas, un atajo para cruzar prontamente al Oriente Antioqueño. Por su disposición, muy empinado y poco frecuentado, el paso permite advertir, desde lejos, cuando un vehículo sube. Su serpenteante trazado le da el nombre (…) Las autoridades montan vigilancia por temporadas y después la olvidan; ahí mismo vuelven los cadáveres. La policía, cuando hace sus trabajos sucios, también deja en el sitio los cuerpos para que sea culpada la mafia. Es tal la frecuencia con que esto sucede, que los vecinos de la zona han llegado al extremo de colocar letreros que dicen: ‘Prohibido tirar cadáveres aquí’…”
Escobar infiltró a todas las agencias de justicia, colocó a sus agentes, compró funcionarios y políticos, sobornó autoridades, corrompió a militares, pactó con empresarios. Escobar creó el concepto moderno del narcotraficante. Armó a sus ejércitos con los equipos más modernos, puso de moda el uso de las AK-47 y los fusiles automáticos, llevó la guerra a las calles. Se adueñó de un país y de muchas regiones en el extranjero. Durante muchos años, Pablo Escobar Gaviria fue el rey.
Pero faltaba un elemento y pronto llegaría a sus manos. En sus memorias, su lugarteniente “Popeye” recuerda un evento que cambiaría la historia de Escobar y sobre todo, la de Colombia:
“‘El Negro’ le cuenta a Escobar que cuando estuvo preso en los Estados Unidos, conoció a un experto en explosivos (llamado Miguel), integrante de la ETA, el grupo terrorista del País Vasco en España. A Escobar se le prende el bombillo y pregunta si lo pueden ubicar. Pabón le pide dos días para indagar por él, con un amigo que tienen en común. ‘El Negro’ Pabón se pone de lleno a buscar al experto en explosivos. En diez días lo ubica, vía telefónica. Le envía diez mil dólares a España; en quince días está en el apartamento del ‘Negro’ en Medellín. Pablo se encuentra en la Hacienda Nápoles (…) ‘El Negro’ llega a la Hacienda, por vía terrestre, con Miguel. Lo lleva al comedor, le ordena un refresco y va por Escobar a su habitación. ‘El Patrón’ no lo hace esperar y baja, frotándose las manos como quien quiere conocer a una estrella de cine. Miguel, el terrorista de ETA, ve venir al ‘Patrón’ con ‘El Negro’ y se levanta de su asiento igualmente emocionado: ‘Hombre, Pablo, que gusto conocerte’, dice el terrorista con su acento español. Se dan la mano. En ese apretón de manos está sellada la más sangrienta guerra de la historia del país. La llegada a Colombia del terrorismo indiscriminado. El destino permite una alianza tenebrosa. Un experto dinamitero con mente de terrorista y Pablo Escobar Gaviria, un narcotraficante sin escrúpulos. Cuando sueltan sus manos, ya la suerte está echada para miles de colombianos (…) La reunión se prolonga por tres horas; Escobar llama a Pinina; le pide un hombre inteligente y despierto para que tome un curso con Miguel y aprenda la técnica de los carros bomba, activados tanto a control remoto como por mecha lenta. ‘Tengo el hombre preciso, es un familiar mío que estudia Ingeniería Electrónica en la Universidad de Antioquia’, le responde. Se le asigna a Pinina la responsabilidad de mover a Miguel y de conseguirle todo lo que necesite, incluso la dinamita. El destino no juega, está escribiendo el temible libreto. Miguel es hospedado en una de las fincas de Pablo Escobar, con todo tipo de comodidades. El terrorista es ordenado, meticuloso y muy profesional. Nada de drogas, mujeres, ni de bebidas. Actúa como un científico”.
Es entonces cuando comienza realmente la historia negra de Escobar. El periodista Guillermo Cano, dueño y editor del diario El Espectador, se atrevió a abrir el debate sobre el origen real de sus bienes, mientras subrayaba el negativo impacto que las actividades del narcotráfico tenían para la imagen de Colombia, a la sazón primer país productor de cocaína en el mundo. Los acontecimientos se precipitaron. A raíz de las investigaciones del periódico, el debate sobre el dinero del narcotráfico llegó al Parlamento.
El periodista Guillermo Cano
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A principios de agosto de 1983, Rodrigo Lara Bonilla, Ministro de Justicia, demostró que la fortuna de Escobar no era tan limpia; el 25 del mismo mes, El Espectador secundó la denuncia mostrando por vez primera su ficha policial de 1976.
Pese a que Escobar ordenó a sus hombres que recorrieran la ciudad “y compraran todos los diarios disponibles”, la noticia le costó un tirón de orejas precedido por una imprecación enérgica de parte de su madre: “¡Pablo! ¡Levántate! ¡Tengo que hablar contigo!”, le dijo su madre. Ella no sabía de su detención. La opinión materna pesaba como ninguna otra en Escobar y nunca perdonaría al periódico por aquella humillación ante su progenitora.
Hermilda Gaviria, la madre de Pablo Escobar
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La factura se pagó poco después. El respetado periodista Guillermo Cano, dueño del periódico, fue asesinado poco después. Era apenas el inicio. La afrenta a Escobar acabó volviéndose contra el Estado.
Los colegios de pago se negaban a escolarizar a sus hijos, los clubes sociales no le aceptaban como miembro. Esa marginación de las clases altas colombianas encendió su furia.
La masacre de Pablo Escobar, pintura de Fernando Botero
La maquinaria de Escobar producía entre cuatro mil y cinco mil kilos de cocaína al mes. Cada vez que un cargamento de cocaína entraba a Estados Unidos, se lanzaban al aire fuegos artificiales; los traficantes decían que habían “coronado”. Al mismo tiempo, Medellín se convirtió en la ciudad más violenta del mundo: hubo 1,698 asesinatos en 1985 y 3,500 al año siguiente.
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Los narcos se disparaban en la calle, frente a todos, a cualquier hora. Nadie se metía. Años después, el escritor Fernando Vallejo retrataría esta realidad en su novela La virgen de los sicarios, la cual sería llevada al cine. Otra historia enmarcada en esa etapa fue Rosario Tijeras, novela de Jorge Franco, también adaptada al cine, supuestamente basada en la historia de una de las amantes de Escobar.
El 30 de abril de 1984 cayó el Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Fue acribillado en plano día. Esto indignó al Poder Legislativo; arreciaron los movimientos legales para acelerar la extradición de narcos a Estados Unidos. “Popeye”, lugarteniente de Pablo Escobar, recuerda el hecho en sus memorias:
“Pablo Escobar ‘El Patrón’ se mueve en la clandestinidad, pero no se oculta. Desde su retiro, trata de subsanar el grave error cometido al incursionar el peligroso campo de la política, pero ello no detiene la incesante persecución del Ministro. Escobar, ya en su terreno, manda a Pinina, Chopo y Oto a hacerle inteligencia al Ministro en la Capital de la República. El grupo Escobar en Bogotá ubica la rutina del mismo y su escolta. Lara Bonilla nunca imagina que Pablo Escobar lo atacaría tan pronto. De todas formas, sabe que Escobar es un enemigo muy peligroso y busca refugio en los Estados Unidos, pero para el mes de mayo. ‘El Patrón’ asimila el golpe de Tranquilandia y en ese momento se decide y sentencia: ‘Hay que matar al Ministro’. Sabe que puede ser peor el remedio que la enfermedad, pero se la juega toda y va de frente. El comando de Pablo idea varias formas de ejecutar a Lara Bonilla. Una de ellas es dispararle ráfagas de fusil, desde una ambulancia. Pinina va a su barrio, Campo Valdés y contrata a Byron Velásquez apodado Quesito y a Iván Daría Guisado. El primero es un hombre diestro en el manejo de motocicletas y el segundo, un consumado asesino. Con una moto Yamaha sin pasado y una ametralladora Atlanta calibre 45, junto con Pinina, viajan a la ciudad de Bogotá, Chopo, Oto y la Yuca; optan por ametrallar al Ministro en el desplazamiento desde su casa al Ministerio de Justicia. Esta vez Lara Bonilla está en el terreno de Pablo Escobar Gaviria: las calles. La gente de Escobar termina la inteligencia y se repliega en la ciudad; le dejan el operativo a Byron e Iván Daría Guisado. El Ministro es celosamente custodiado por el DAS, pero su carro oficial no está blindado; allí encuentran su talón de Aquiles. La falla en su seguridad ya había sido detectada por Pinina y los demás. El Jefe espera el desenlace del operativo en la Hacienda Nápoles, bajo la seguridad de sus hombres. Su paraíso, que le servía para divertirse, ahora lo utiliza para ocultarse. En abril de 1984, la historia del país se rompe en dos: desplazándose en un automóvil oficial Mercedes Benz, por la Avenida 127 al norte de Bogotá, la mano de Pablo Escobar alcanza al Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla. Una ráfaga de ametralladora depositada en su humanidad por Iván Darío, pone fin a la disputa entre el Ministro y Pablo Escobar; pero inicia gran baño de sangre en el país”.
Rodrigo Lara Bonilla, Ministro de Justicia, poco antes de su asesinato
Se creó entonces un grupo clandestino que se haría famoso en el mundo entero: “Los Extraditables”, formado por todos aquellos narcotraficantes susceptibles de ser entregados a la justicia estadounidense. “Preferimos una tumba en Colombia, que una celda en los Estados Unidos”, afirmaban. La mayoría eran miembros del Cártel de Medellín. El objetivo de “Los Extraditables” era influir en la sociedad y en los estamentos jurídicos y legislativos del estado para que no existiese tratado de extradición con los Estados Unidos. Inicialmente el grupo se dedicó a publicar avisos de prensa en donde defendían su posición, así como a influir en partidos políticos para que defendieran sus tesis.
Parte de las actividades de “Los Extraditables” era secuestrar a políticos o empresarios que tuvieran que ver con los procesos de extradición. Uno de ellos fue Andrés Pastrana, hijo de un ex presidente de Colombia y quien contendía por la Alcaldía de Bogotá. En sus memorias, “Popeye” recuerda ese evento:
“(Miré a Andrés Pastrana tras su secuestro y le dije): ‘Soy Jhon Jairo Velásquez Vásquez, alias ‘Popeye’, jefe de un comando de Los Extraditables; usted va para la ciudad de Medellín’. Andrés Pastrana cae sentado en la cama y se toma la cara con las dos manos, totalmente descompuesto. Se va a desmayar. El niño consentido de la oligarquía, a quien están preparando para ser un día Presidente de Colombia, totalmente entregado. En un ataque de histeria, empieza a gritar llorando corno un bebé: ‘¡Me van a matar, me van a matar!’ Le digo al pobre proyecto de hombre cuya vida está en mis manos: ‘Me doy cuenta que las fuerzas lo abandonan. Ahí comprendo que la oligarquía es cobarde, por eso no mandan a sus niños a hacer el servicio militar, ni sirven para sicarios. Para eso tienen a los agentes del DAS’”.
Andrés Pastrana
“Tomo del brazo al afligido candidato y lo llevo al helicóptero. Con señas me saludo con el piloto. Nos dirigimos rumbo a la ciudad de Medellín. La lágrimas de Andrés Pastrana son tantas que empapan toda la funda de la almohada (…) Inquiere el por qué es secuestrado por Los Extraditables, ya que nunca ha dicho o hecho nada contra ellos (…) Del susto se le olvida que él fue presentador del noticiero TV Hoy, propiedad de su familia y en más de una ocasión, enfiló sus baterías contra el grupo. No tiene la hombría de reconocerlo…”
Otro hecho muy grave es el asesinato del Procurador Hoyos. Tras secuestrarlo, lo llevan a una casa de seguridad. En sus memorias, “Popeye” recuerda:
“Logro pasar dos retenes, uno del ejército y otro de la policía (…) Le insisto a un sargento que me van a despedir de mi trabajo y lo convenzo. Éste me deja seguir, no sabe que voy con la misión de matar al Procurador. Entro al escondite tranquilo (…) El sobrevuelo de los helicópteros oficiales complica más la situación. Sacamos al secuestrado del cuarto (…) ‘Procurador, esto es más complicado de lo que parece. A usted lo ha secuestrado un comando de Los Extraditables y será ejecutado por el delito de traición a la patria’, le digo mirándolo a los ojos. ‘¿A quién diablos traicioné yo?’, dice el político, abandonando sus modales y su compostura. ‘Traiciona sus orígenes, traiciona a su gente, traiciona a su país y se traiciona usted, al avalar las extradiciones y perseguir jurídicamente a Pablo Escobar Gaviria…’ Bruscamente me interrumpe y me pide a gritos que le llame a Escobar, para hablarle (…) Nos vamos junto con el Procurador a una cañada que hay a diez minutos del escondite. El Procurador, con una actitud digna, permanece en silencio, sin implorar por su vida (…) (El sicario) dispara una vez sobre la cabeza del Procurador Hoyos; éste cae sin quejarse (…) mira a la montaña donde están los soldados, le dispara de nuevo, en dos ocasiones”.
Escobar con su familia
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Ante el panorama sombrío, Escobar decidió entonces dar otro paso. Antes de su muerte en agosto de 1984, Iván Marino Ospina, comandante del grupo guerrillero colombiano M-19, le comentó a Pablo Escobar que el M-19 tenía la intención de tomar el Palacio de Justicia para juzgar al presidente y llevarse a los magistrados a otro país. La ilegalidad en la que se movían había permitido que ambos hombres se relacionaran. A Escobar le encantó la idea y vio en ello la oportunidad de tomar venganza y hacer sentir su poder al estado colombiano. Les prestó a los guerrilleros la pista de la hacienda Nápoles para que importaran de Nicaragua los fusiles y el explosivo C-4 que utilizarían. Les dio además dinero: cinco millones de dólares. En sus memorias, el sicario “Popeye” menciona:
“Recuerdo claramente aquel día. Después de pedir una entrevista con el Patrón, los líderes del M-19, Iván Marino Ospina y Álvaro Fayad, llegaron a la Hacienda Nápoles. En la larga reunión llevada a cabo allí, le cuentan el ambicioso proyecto que tienen en mente: atacar el Palacio de Justicia. Le dicen que quieren montar un espectacular operativo, frente a los medios de comunicación del mundo, en plena Plaza de Bolívar, para denunciar al presidente de Colombia, Belisario Betancur, por haber incumplido y traicionado un cese del fuego y un diálogo pactado con la insurgencia. ‘Belisario nos está tomando el pelo’, le dice Iván Marino al Patrón, y él le contesta: ‘No, no les está tomando el pelo, es que en este país, los militares son dueños del presidente de turno y éstos no están dispuestos a seguir apoyando el proceso de paz’. ‘Si no hacemos estas cosas, Pablo, no seríamos fuertes negociadores en la mesa de diálogo’. El Patrón les pide que le cuenten los detalles del operativo; de inmediato, Álvaro Fayad le empieza a explicar con no poco entusiasmo: ‘La operación la vamos a bautizar Antonio Nariño, por los Derechos del Hombre; contamos con cerca de cincuenta efectivos. Veintiocho guerrilleros que ingresarán por el sótano, donde ya tenemos un infiltrado quien nos abrirá la puerta. Previamente seis compañeros estarán dentro del Palacio, haciéndose pasar por abogados, y en la parte exterior tendremos diez compañeros atentos con la inteligencia y listos para apoyarnos’. Después de varias horas de discutir sobre el operativo, Pablo Escobar se pone de pie y les pregunta: ‘Bueno, muy bien, todo suena perfecto y ¿qué necesitan de mí?’ ‘Pablo, pretendemos tu financiamiento de toda la operación; a ti te conviene por lo de la extradición, por eso te buscamos’, le dice Iván Marino Ospina. ‘Estimamos necesario un millón de dólares; es preciso traer fusiles de Nicaragua y explosivos C-4’, complementa Álvaro Fayad. Pablo se queda pensativo y les dice: ‘Yo les presto un avión que puede aterrizar en la Hacienda Nápoles y así pueden ser trasladadas las armas y los explosivos’. ‘¡Gracias Pablo!’, le contestan ambos en coro, entusiasmados. ‘Pero les voy a proponer un negocio más interesante para ustedes. Debemos aprovechar esa entrada al Palacio para darle un golpe fuerte a la extradición. Les voy a entregar dos millones de dólares, pero va a haber cinco más esperándolos cuando hayan terminado el operativo. Dos de mis hombres irán con ustedes con la misión de quemar los expedientes de todos aquellos que van a ser extraditados de Colombia hacia Estados Unidos y de asesinar a Reyes Echandía, Medellín Forero, Medina Moyano y Patiño Roselli, por traidores a la patria’. Los dos hombres se miran e Iván Ospina dice: ‘No, no nos parece muy buena idea que vayan personas diferentes al comando, ya que nuestros hombres llevan varios meses entrenándose para el operativo y sería demasiado riesgoso para el éxito de la misión’. ‘Bien, entonces ustedes se hacen cargo de que se cumpla este objetivo’. Al Jefe le seduce la idea de ayudar al grupo guerrillero, para con ello, de paso, atacar el núcleo de la justicia colombiana con la que está enfrentado. Pablo necesita eliminar a todos aquellos jueces quienes, con su fallo, aprueban la extradición; por eso ha mandado a asesinar, antes que a los demás, al magistrado responsable de la aprobación de la extradición”.
Mientras los guerrilleros preparaban el asalto, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) sentían los embates de los narcotraficantes. El 20 de septiembre de 1985 hubo una reunión en el Club Militar entre cinco funcionarios del gobierno y cinco magistrados de la Corte, presididos por Alfonso Reyes Echandía. El objetivo del encuentro era discutir las medidas de protección que se iban a tomar para resguardar a los cuatro magistrados de la Sala Constitucional de la Corte: Manuel Gaona Cruz, Carlos Medellín Forero, Ricardo Medina Moyano y Alfonso Patiño Roselli. Estos tenían a su cargo el tema de la extradición de los narcos, por cuenta de la cual los dos últimos ya habían recibido amenazas de muerte.
Alfonso Reyes Echandía, Presidente de la Corte
En ese encuentro se determinó que la policía hiciera un estudio de seguridad del Palacio de Justicia, el cual se llevó a cabo entre el 27 de septiembre y el 15 de octubre de ese año. Los resultados del mismo se presentaron en un Consejo de Gobierno el 17 de octubre. El día anterior, el Comando General de las Fuerzas Militares recibió un anónimo en el que se denunciaba que el M-19 iba a tratar de tomar el Palacio el día 17 de octubre. La ubicación del Palacio era estratégica: quedaba a 250 metros del Palacio de Nariño, la casa Presidencial. También se encontraba muy cerca del Capitolio Nacional, sede del Poder Legislativo.
En previsión de cualquier eventualidad entre el 17 de octubre y el 1 de noviembre, la seguridad del Palacio de Justicia fue reforzada con un oficial, un suboficial y veinte agentes de la policía. Ese día terminó la custodia especial por petición del presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, quien, según un oficio de la policía, solicitó su retiro por su “espíritu civilista” y “por las continuas quejas que recibía por parte de los abogados litigantes y miembros de la Corte Suprema y del Consejo de Estado, quienes veían con extrañeza y por demás perjudicial las medidas extremas que se estaban tomando en el Palacio de la Corte”.
El 6 de noviembre de 1985, los guerrilleros patrocinados por Escobar atacaron el Palacio de Justicia. A las 11:30 de la mañana comenzó el tiroteo en las inmediaciones de la Plaza de Bolívar. Veintiocho guerrilleros del M-19 irrumpieron por el sótano en tres vehículos. En la incursión asesinaron al administrador del edificio y a dos celadores. Adentro los esperaban siete compañeros más.
El ataque al Palacio de Justicia
Afuera se quedó otro grupo, con igual número de guerrilleros, que no alcanzó a llegar a tiempo. Así comenzó la “Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre”, la acción armada por medio de la cual el M-19 pretendía juzgar al entonces presidente Belisario Betancur por haber traicionado el acuerdo de cese al fuego que había sido firmado por ambas partes el 24 de agosto de 1984.
Casi en el mismo instante en que los guerrilleros del M-19 irrumpieron, comenzó la reacción de las Fuerzas Armadas. El subteniente de la policía José Rómulo Fonseca intentó ingresar por el sótano a repeler el asalto y fue herido de muerte. A las 12:30 horas, una hora después del inicio de la toma, treinta y cinco guerrilleros controlaban el Palacio y tenían a trescientas personas como rehenes.
Afuera el Ejército había establecido un perímetro de seguridad, dos vehículos Cascabel habían ingresado al patio interior del edificio y tres helicópteros de la policía con miembros del Grupo de Operaciones Especiales habían intentado aterrizar en el techo. Uno de los helicópteros hizo vuelos rasantes y algunas descargas, luego de lo cual se levantó una densa columna de humo.
A las 13:30 horas, las tropas evacuaron a 138 personas y, según el testimonio que rindió el general Miguel Vega Uribe, ministro de Defensa de entonces, en ese momento los guerrilleros le prendieron fuego a los archivos. Cuando los periodistas lograron contactar en medio de la toma a Luis Otero, el comandante del M-19 que dirigió el operativo y le preguntaron por este hecho, les respondió: “Nosotros no los hemos quemado, no tenemos ningún interés en destruirlos”. Por supuesto, no era verdad: a Escobar le interesaba que todos los archivos sobre el narco fueran destruidos. Se quemaron allí seis mil expedientes.
En la conflagración y a causa de los incendios y el fuego de artillería, la temperatura alcanzó los 3.500 grados centígrados. Durante el asalto murieron los cuatro magistrados de la sala constitucional y Echandía, quien había sido uno de los redactores del Código Penal de 1980 que autorizaba la extradición.
El combate por el Palacio fue una debacle para los guerrilleros y una victoria pírrica para las Fuerzas Armadas. Para los intelectuales de izquierda el asalto del Palacio significó el entierro de la guerrilla como proyecto histórico.
El asalto condujo a un Golpe de Estado técnico. Con el presidente Betancur inmovilizado en forma tácita, las Fuerzas Armadas atacaron impulsivamente con todos los medios a su disposición y con la mayor rapidez. Esto permitió que 215 personas salieran vivas del Palacio de Justicia. Sin embargo, esa misma celeridad no permitió elaborar un plan de rescate quirúrgico que hubiera salvado la vida de once de los veinticuatro magistrados de la Corte Suprema de Justicia que perecieron en el combate.
Reyes Echandía, Presidente de la Corte, imploró a través de los medios: “No he podido comunicarme con el Presidente. Si siguen disparando nos van a matar”. En la refriega se sacrificó al Poder Judicial. La lluvia de plomo y la tormenta de fuego que se desató aceleraron el proceso de desinstitucionalización de Colombia. La investigación sobre los hechos del Palacio de Justicia llenó 100.000 folios y aun así quedaron muchas preguntas sin respuesta.
Sobre las ruinas humeantes del Palacio incinerado se levantó tiempo después una nueva mole para la justicia, que sepultó bajo concreto, mármol italiano y vidrios blindados todos los fantasmas del pasado. En sus Memorias, “Popeye” rememora la actitud de Escobar mientras todo ocurría:
“El ejército combate por veintiocho horas, eliminando a los guerrilleros; veintiocho horas de felicidad para el capo de capos, observando, como un niño emocionado, por televisión, en vivo y en directo, la culminación del plan urdido por el M-19 y financiado por él. No sólo consigue desaparecer los expedientes por la quema, también evita el tener que cazar en la calle, a los firmantes de las extradiciones, quienes mueren incinerados y con una bala en su cerebro. El periódico El Espectador denuncia la mano de Escobar en la toma del Palacio; don Guillermo Cano vigila con lupa los hechos que tienen el sello del ‘Patrón’ y los denuncia sin ningún escudo”.
El nuevo Palacio de Justicia
La acción costó la vida al presidente del Tribunal Supremo y a once de sus jueces. Casi un centenar de colombianos murieron durante las 28 horas que duró el combate por el Palacio. Después del asalto, la extradición quedó herida de muerte y un año después, la nueva Corte Suprema de Justicia la declaró inaplicable por un vicio de procedimiento. Escobar había logrado su objetivo. Después de esto, el presidente Betancur ya no tenía margen de maniobra. Se había jugado todo por la paz sin ningún resultado. No le quedaba más alternativa que la guerra.
El presidente Belisario Betancur
El asesinato de jueces se convirtió en una sangría. Combinado con el secuestro, acabó capturando a la nación entera. “Popeye”, el único lugarteniente de Escobar que quedaría con vida, afirmó en una entrevista: “Un tipo con un puñado de hombres como nosotros, en siete años puso al país de rodillas”.
El siguiente objetivo de Escobar fue el periódico El Espectador. Tras asesinar poco antes a su dueño, destruyó la redacción del diario con una bomba de cien kilos de explosivos. Escobar no había perdonado el mal rato que el diario le había hecho pasar ante su madre el día que publicaron su ficha policial.
El magnicidio de Luis Carlos Galán, candidato presidencial en las elecciones de 1990, fue otra vuelta de tuerca en su carrera criminal y un peldaño más en el descenso a los infiernos de Colombia. Galán luchaba contra el narco. De llegar al poder, hubiera combatido a Escobar como ningún otro. Fue el senador Alberto Santofimio quien dijo solamente dos palabras: “¡Mátalo, Pablo!”, sellando de esa forma el destino del candidato y hundiendo a Colombia en una de las mayores crisis políticas de su historia.


Enseguida se convirtió en un recluso de oro, rodeado de una guardia pretoriana fiel y con todas las comodidades que un preso o un hombre libre pudiera desear: piscina, discoteca, champagne francés, restaurante abierto las veinticuatro horas del día, muñecas inflables y un catálogo de prostitutas hermosísimas. Escobar encargaba directamente sardinas, chicas de quince o dieciséis años y organizaba orgías, con shows lésbicos y vibradores.
La celda de lujo de Escobar
homenaje a pablo escobar
También había un campo de football, al que acudían a jugar los tres equipos de Medellín. Escobar jugó allí varios partidos con René Higuita, uno de los jugadores colombianos más famosos del mundo. Más protegido que encerrado, reconstruía su imperio, seguía masacrando enemigos y repartía generosos sobornos entre los policías que se encargaban de la seguridad exterior de la finca.
Pablo Escobar jugando en la cancha de su prisión
Escobar abusó de sus privilegios, ejecutando incluso a viejos compañeros del Cártel en sus instalaciones, entre ellos los hermanos Moncada Galeano. El sicario “Popeye” recuerda las macabras ejecuciones llevadas a cabo dentro de la prisión donde Escobar se encontraba:
“Llega la noche. La oscuridad cubre las cabañas y la fogata es encendida; ‘Mugre’ sale de la cabaña de Roberto y va a prender el asador de carnes. Llega ‘El Patrón’ con los guardias municipales y les ordena estar atentos a que no suba nadie extraño, como el sargento de la guardia que a veces se movía por el penal. Nos llama Escobar a Oto y a mí para ordenamos que matemos a Fernando y a su acompañante. ‘Mugre’ coloca el equipo de sonido a todo volumen para ahogar los tiros y el ruido de la motosierra. La fogata ya tiene fuerza, es inmensa; es el símbolo del Mal. Vamos Oto y yo al sótano. ‘El Palomo’ nos abre y revólver en mano entramos al estrecho lugar por las pequeñas escaleras; éste nos alumbra el camino con su linterna. Cuando entramos, Fernando grita: ‘¡Nos van a matar!’ Yo quedo frente al contador de Kiko y le disparo un solo tiro en la cabeza; no lo dejo reaccionar. Lo mismo hace Oto con Fernando, tomándolo del cuello. Salgo del lugar y Oto pide la motosierra; ‘El Palomo’ le pasa la linterna a Icopor e ingresa al sótano para ayudar a Oto. Llego donde ‘El Patrón’ y está sentado en una silla; la fogata arde potentemente. A su lado, (su hermano) Roberto Escobar. Pablo, con la pierna cruzada, mira atento la fogata cautivado por el fuego; un gorro ruso lo hace ver más temible. No habla con nadie, sólo mira; al fondo se ven las luces de la ciudad. La hoguera, con sus altas llamas, alumbra todo el lugar; la montaña protege el sitio de ser visto, sólo el fuego se divisa a lo lejos. Llega Freddy González (…) trae el primer balde en el que se observa una pierna cortada a la altura de la rótula, aún con media y zapato, además de un brazo ensangrentado, y lo arroja a la fogata; todos miramos. Pablo mira serio y no se inmuta. Llega Juan ‘La Garra’ trayendo un nuevo balde con restos humanos. Valentín Taborda acompaña al ‘Mugre’ en el asador de carnes. La nota más macabra la coloca Freddy al llegar a la fogata; no tira el balde con su contenido a la hoguera, sino que saca la cabeza de Fernando Galeano y la lanza al fuego. Por la sangre se le resbala y rueda al pegar con un grueso madero, llegando hasta los pies de Pablo Escobar; éste, sin impresionarse, la mira con frialdad; Freddy corre y la toma de nuevo, arrojándola al centro de la hoguera. Vísceras, la otra cabeza, miembros ensangrentados eran el resultado de la gran carnicería en la prisión. Los cuerpos de Fernando y su acompañante a merced del fuego. ‘El Mugre’ tiene a todo volumen su equipo de sonido, para ahogar así cualquier ruido de la motosierra que escape del sótano. No escuchamos la música con agrado; sólo vemos el crimen que se hace patente en los baldes con restos humanos que, alumbrados por las llamas, son subidos por las escaleras de cemento provenientes del fatídico sótano (…) Las horas pasan y el fuego es alimentado con sangre (…) ‘El Patrón’ sólo mira el fuego; si alguien le habla, no contesta. Oto sale del sótano, se baña y se cambia de ropa; y haciendo alarde de tener buen estómago come carne del asador…”
El asesinato de los Moncada Galeano hizo que varios narcos y paramilitares, principalmente los hermanos Fidel y Carlos Castaño (quienes años después fundarían las AUC), conformaran un grupo que se hizo llamar “Los Pepes” (“Perseguidos Por Pablo Escobar”) y que utilizó las mismas tácticas para enfrentar al capo. Pusieron bombas en sus edificios, asesinaron a sus abogados y profundizaron el baño de sangre que sufría Colombia. A través de una carta anónima, el Gobierno tuvo conocimiento de los privilegios que disfrutaban los doce internos y de que la maquinaria criminal del clan Escobar seguía en marcha. Habían hecho la vista gorda, pero el asunto llegó a conocimiento de la DEA y los estadounidenses se indignaron. El presidente decidió endurecer el trato y Escobar planeó su fuga para evitar ser trasladado a una prisión de máxima seguridad. En julio de 1992, pese al destacamento de cuatrocientos policías en torno a La Catedral, Escobar se fue. Pero nada más escapar reanudó su contacto con el gobierno para negociar otra rendición. Esta vez, sin embargo, recibió una respuesta negativa. “No, no, no. Nada de pactos esta vez. Vamos a matarlo”, se oyó decir en el despacho presidencial según testigos.
Pablo Escobar estaba solo, oculto en algún lugar de Medellín. Viejos sistemas de telecomunicaciones le permitían mantenerse en contacto con su familia. Gracias a un cruce de líneas, Escobar fue localizado. Hugo Martínez, responsable del Bloque de Búsqueda (unidad de élite creada en 1989 para capturarle), vivió a diario, durante tres años, la experiencia de la persecución: cuando parecía estar a punto de alcanzarle, Escobar se esfumaba. Pero, tras más de catorce mil intentos frustrados, y por culpa de las llamadas telefónicas a su familia, Escobar se colocó en la mira.
Comenzaba el mes de diciembre de 1993. La justicia colombiana ofrecía una recompensa de millón y medio de dólares por él. Su familia voló a Alemania en busca de asilo político, pero fue devuelta en el acto a Colombia.
El ejército tras invadir la mansión de Pablo Escobar
Pablo
El 1 de diciembre, Escobar celebra su cumpleaños en la soledad de su escondite. Esa tarde habla con su mujer por teléfono durante un buen rato, más de los dos minutos a que se ciñe siempre para evitar que la llamada sea localizada. Lo hace en marcha, a bordo de un taxi, para que los sistemas de detección del Bloque no puedan triangular la señal.
Al día siguiente, 2 de diciembre, vuelve a llamar a su familia varias veces, pero en esta ocasión no desde el taxi, sino desde su escondite, que los policías sitúan en un vulgar edificio de dos pisos de un barrio de clase media de Medellín. La última llamada, a las 14:56, es con su hijo. Sus últimas palabras son: “Te dejo porque aquí está pasando algo raro”.
escobar
Fuerzas especiales de la policía rodean el inmueble, ubicado en la calle Carrera 79-A. Al verse rodeado, Escobar intenta escapar por el patio, pero cae abatido sobre el tejado, con tres impactos de bala en su cuerpo: uno en la pierna, otro en el hombro y otro más, el definitivo, con orificio de entrada y salida frontolateral en la cabeza.


3 comentarios - homenaje a pablo escobar

elpibe25 -3
pudo haber sido un forro,pero en lo que hacia fue el mejor y por eso llego a donde llego, a mi me encanta leer todo sobre el, fue un verdadero CAPO!
elpibe25
@mayer1 claro,no digo qe sean buenas personas,osea qe tuvieron talento,sabiduria y eficacia en lo qe hicieron,me exprese mal capaz,pero obviamente fueron unos hijos de puta
mayer1 +1
@elpibe25 te expresaste mal

el tipo pudo ser una mente brillante con respecto al liderar un poder mas fuerte que un estado mismo ? algo asi?
elpibe25
@mayer1 claro,haciendo maldades puso de rodillas a mas de uno
luis93cdm
si este viviera hoy en argentina seguro seria politico y crearia el programa merca para todos .