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Montaña de víboras por Sean Penn - 2º parte

Montaña de víboras (2º parte)


Alias de una dama sexy (FOX)

De vuelta a EEUU, en mi cama, en mi casa y sufriendo un poco del cansancio propio del viaje, comienzo a pasar por los canales cuando llego a Fox News. Sólo pasan 20 segundos o algo así antes de que escuche un comentario retorcido sobre mi viaje “pro-Chávez” a Venezuela. Esta gente es agotadora. Mis ojos comienzan a torcerse y en la esquina de la pantalla la palabra “Fox” comienza a transformarse. Veo la “F” inclinarse en el sentido de las agujas del reloj en un ángulo de 45°, una “F” más pequeña aparece en el centro de la “O” y cada una de las cuatro puntas de la “X” se extiende en un garabato en forma de serpiente. Como un grafiti jeroglífico para nuestra propia montaña de serpientes.

Salto por los canales un poco más. Es temporada de campaña y, evidentemente, temporada de brujas, ya que ciertos Demócratas en el Senado acaban de votar junto a George Bush para reconocer a la Guardia Revolucionaria Iraní como una organización terrorista, dándole al gobierno de Bush carta blanca para bombardear a Irán hasta perder el sentido. Pongo el televisor en silencio mientras reviso los mensajes telefónicos de una semana que no había podido revisar mientras estuve en Venezuela. Un amigo, el actor y activista Peter Coyote, estaba apoyando la campaña del senador John Edwards. Aunque él sabía que yo estaba apoyando al candidato Kucinich (quien es un congresista por Cleveland), Peter me había dejado un mensaje diciendo que Edwards estaría en el área de San Francisco en los siguientes días y que quería arreglar una reunión entre el senador y mi persona. Dos días después, me encontraba sentado con un pequeño grupo de partidarios del senador en una mesa de un café, al tiempo que el senador Edwards se quitaba la chaqueta, se aflojaba la corbata, se arremangaba las mangas y comenzaba a hablar, explicando con detalle una plataforma de campaña que estaba políticamente plagada de un hecho simple: “No hay dinero del PAC (Comité de Acción Política o Political Action Committee) involucrado en la pobreza” me dijo. Para ese momento, Edwards era el único candidato Democrático con un enfoque serio en este asunto. Era cándido y muy impresionante. Al final de la reunión y entendiendo el valor de su voz, me comprometí a dar apoyo financiero a la campaña de Edwards, pero manteniendo mi posición de refrendo para con el congresista Dennis Kucinich. Más adelante -y, para mi, públicamente irrelevante-, las revelaciones sobre la vida personal del senador, sacadas a la luz por las serpientes de los medios de comunicación norteamericanos y compañía, y, luego, por la montaña de Murdoch, silenciaron la singular voz del candidato.

Como va Alaska, también va Delaware

Es octubre del 2008, el senador Joe Biden fue seleccionado como el candidato a la vicepresidencia del próximamente Presidente Electo, Barack Obama. La elección de Biden me acaba de hacer ganar una apuesta de 2.000 dólares que hice con el analista político Lawrence O’Donnell dos meses antes de esta elección. Así que, en efecto, estoy viendo a mi perro en la carrera, mientras veo la concentración de partidarios de Biden en la televisión. He amado la jerga callejera de Biden cada vez que he estado de acuerdo con él a través de los años; pero, cuando escucho la misma voz de autoridad, sea con propósitos políticos o en verdadera oposición a mis principios, me provoca bofetearlo (y creo que mis amigos sienten lo mismo por mi). Pero ahí estaba él, hablando sobre energía, y estas son las palabras que escuché: “No podemos seguir siendo energéticamente dependientes de un dictador de Arabia Saudita o de Venezuela”. Bueno, yo sé que el de Arabia Saudita lo es, pero habiendo estado en Venezuela, me pregunto sin asombro sobre quién estaba refiriéndose el senador Biden. Aunque algunas irregularidades de interés han ocurrido antes y lo harán de nuevo en el futuro, el proceso de elección en Venezuela es uno de los más transparentes e internacionalmente validados en el mundo. Maldición, Joe. ¡Maldición! ¿Qué clase de “dictador” propone reformas constitucionales sobre límites de mandato –nada diferentes a las que acaba de proponer el condenado Alcalde de Nueva York- y pierde? ¿Qué clase de dictador es ese, Joe? Los dictadores no pierden y no aceptan la derrota con la gracia con la que lo hizo Chávez. Con esto no quiero decir que no hay razones para tener serias preocupaciones y consideraciones. Chávez es un maestro de los medios. Sus reformas han encontrado resultados desiguales. Mientras algunas de sus cooperativas prosperan, otras están en caos debido a una sobre-dependencia a los contractos gubernamentales, a la incompetencia gubernamental burocrática o a la falta de habilidades básicas de mercadeo. Y el crimen es excesivo. Así que es una jugada débil el hecho de que Chávez señale la derrota de su referendo sobre su período de mandato como la clave de la escalada de la criminalidad. En el período inmediatamente posterior al rechazado referendo, Chávez desplegó carteles en todas las calles de Venezuela afirmando que era “Por Ahora”. Si estas palabras se revelan como una amenaza intencionada, en un movimiento hacia el totalitarismo, tanto Chávez como Venezuela se autodestruirán. Pero, si el “Por Ahora” es una promesa de un líder comprometido de ejercer la voluntad de su pueblo, su experimento socialista podría dar frutos globales. Pero “por ahora”, como ellos dicen, las palabras de Biden eran el tipo de retórica que nos había conducido recientemente a una guerra costosa, tanto en lo monetario como en cuanto a la pérdida de vidas, la cual al tiempo que derrotaba a un pendejo homicida en Irak, también derrocaba los principios más dinámicos sobre los cuales los Estados Unidos se habían fundado, aumentaba las reclutas para Al-Qaeda y desmantelaba al ejército estadounidense. Es momento de elegir nuestras palabras con prudencia y cuidado.

En una conversación telefónica con la División de las Américas, el Director de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, me dijo “Chávez no es un dictador y Venezuela es una democracia, aunque nosotros creemos que una democracia débil. No matan a las personas por disentir ni mantienen prisioneros políticos. Es un sistema multipartidista y el poder está, hasta cierto punto, disperso. Condenamos categóricamente el intento de golpe de 2002”. Pero las noticias sobre Venezuela no eran todas buenas. Continuó diciendo “Desde entonces, las acciones de Chávez nos han causado preocupación. En el período inmediatamente posterior al intento de golpe, la Corte Suprema hizo fallos escandalosos, donde los generales que habían ejecutado el golpe no eran criminalmente responsables. En ese momento, la Corte Suprema era extremadamente imprevisible. De los veinte magistrados, la mitad era pro-Chávez y la otra mitad de la oposición. Pero, lo que Chávez hizo fue comenzar una serie de reformas con la designación de doce jueces nuevos adicionales. Desde ese momento, las decisiones de la corte han favorecido a Chávez casi universalmente. Esto no presta atención a los estándares de derechos humanos internacionales”. Chávez expulsó a la HRW de Venezuela el 18 de septiembre de este año. Sobre esta expulsión, Chávez presuntamente ha dicho “Estos eran extranjeros que vinieron a Venezuela a insultar a nuestro país”. En la tarde que llevó a su expulsión, Human Rights Watch sostuvo una conferencia de prensa en Caracas e informó sobre sus hallazgos en relación al sistema judicial y sobre lo que ellos consideraban que era un poder excesivo del gobierno sobre los medios televisivos y radiales. Vivanco comparó el sesgo de la televisión pro-Chávez con la veneración de Fox TV hacía el gobierno de Bush. Asimismo, Vivanco añadió que “En general, las ONG que están funcionando en Venezuela lo hacen en un ambiente de acoso y hostigamiento”. Mientras tanto, hasta el día de hoy, los tres principales periódicos en Venezuela están dirigidos por la oposición y son claramente antichavistas.

Así como Pat Robertson me llevó a Venezuela la primera vez, y el bombardeo de las Oficinas Centrales de la ONU en Bagdad en el verano de 2003 me llevaron a esa ciudad la segunda vez, Joe Biden, el senador de Delaware, podría haberme comprado mi pasaje a Venezuela la semana siguiente. Si vamos al caso, creo que me gustaría ver lo que está pasando en Cuba desde la transferencia de poder de Fidel a su hermano Raúl. Tal vez pueda obtener un pasaje de dos destinos por el precio de uno.

¿Hola Fernando, como está?

Quería dejarme de pendejadas. Ya había digerido mis visitas previas a Venezuela y Cuba y el tiempo compartido con Chávez y Fidel Castro. Me he vuelto cada vez más intolerante a la propaganda. Aunque el propio Chávez tiene una inclinación por la retórica, nunca ha sido una causa para la guerra. Esta vez me atreví a decirles a unos amigos en privado: “Es verdad, Chávez podría no ser un buen hombre, pero bien podría ser un gran hombre”. Entre las personas a las que les dije esto se encontraban el historiador y autor Profesor Douglas Brinkley y el escritor y columnista de la revista Vanity Fair, Christopher Hitchens. Como ambos habían expresado su interés de acompañarme en cualquier viaje subsiguiente a Venezuela, y, particularmente, porque quería una transversalidad de voces discutiendo sobre Chávez y Venezuela con el pueblo norteamericano, estos dos eran complementos perfectos: Brinkley, un notable y firme pensador, cuyo código de ética como historiador que es asegura la fidelidad a la evidencia sumamente razonada; y Hitchens, un astuto letrado, mucho más impredecible por su predisposición, es una persona un poco más salvaje que describió a Chávez una vez en un programa como un “payaso rico de petróleo”. Si bien creo que Hitchens es un hombre de tantos principios como inteligencia, puede ser combativo hasta el punto de intimidar, como cuando hizo comentarios severos sobre la activista santa y antibélica Cindy Sheehan. También es un hombre de políticas tan impredecibles como un volcán. Su presencia equilibrarían cualquier parcialidad percibida en mis escritos. Una vez dicho esto, estos son un par de tipos con los que me divierto mucho y a los que les tengo mucho cariño. Así que llamé a Fernando Sulichin, un viejo amigo y productor fílmico argentino, y le pedí que los investigara y aprobara para entrevistar a Chávez. Además, queríamos volar de Venezuela a La Habana, y le pedí a Fernando que solicitara de nuestra parte entrevistas con los hermanos Castro, más urgentemente con Raúl. El teléfono sonó a las 2 en punto de la tarde siguiente. “Mi hermano”, dijo Fernando, “ya está listo”.

Nuestro vuelo de Houston a Caracas se retrasó debido a problemas mecánicos. Era la 1 de la mañana, habíamos sido sacados del avión una hora después de abordar. Brinkley y yo nos sentamos en unas sillas con las piernas estiradas y las rodillas dobladas sobre nuestro equipaje de mano. Hitchens caminaba de un lado a otro. “Raras veces sólo una cosa sale mal”, dijo Christopher. Debió haberle gustado la forma en que lo dijo, porque lo repitió: “Raras veces sólo una cosa sale mal”. Era un pesimista de Dios. Le dije: “Hitch, todo saldrá bien. Buscarán otro avión y llegaremos a tiempo”. Pero el pesimista de Dios es en realidad el pesimista ateo de Dios. Y más tarde me recordarían la claridad en su ateísmo. De hecho, algo más salió mal. Bueno, bien y mal, como verán más adelante. Después de dos horas, estábamos despegando hacía Caracas.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Caracas, Fernando estaba ahí para recibirnos. Después de presentarnos brevemente, caminamos un pequeño trecho a través del aeropuerto hasta un terminal privado, donde esperamos en un área reservada generalmente para diplomáticos. Allí nos sirvieron un pequeño desayuno y esperamos la llegada del presidente Chávez. Su avión estaba en la pista y nos encontraríamos con él para ir a un mitin de candidatos a gobernadores en la bella Isla de Margarita.

Pasamos los dos días siguientes con la constante compañía de Chávez con acceso a él sin filtros y muchas horas de reuniones privadas entre los cuatro. En los cuartos privados del avión presidencial, descubrí que cuando habla de béisbol el dominio del inglés de Chávez mejora. Cuando Douglas preguntó si la Doctrina Monroe debería ser eliminada, Chávez, queriendo elegir sus palabras con cuidado, volvió al español para detallar los matices de su posición contra esta doctrina, llena de lagunas y justificaciones intervencionistas. “La Doctrina Monroe tiene que ser quebrada”, dijo. “Hemos estado atascados con ella por más de 200 años. Siempre volvemos a la vieja confrontación de Monroe contra Bolívar. Jefferson solía decir que Estados Unidos debería tragarse, una a una, las Repúblicas del Sur. El país donde ustedes nacieron se fundamentó en una actitud imperialista”. La inteligencia venezolana le informa que el Pentágono tiene planes de invadir a su país. “Sé que están pensando invadir Venezuela”, dice Chávez. Parece que ve la eliminación de la Doctrina Monroe como una norma para su destino. “Nadie puede venir aquí otra vez y exportar nuestros recursos naturales”. Confirmó que ha estado comprando armas con sus petro-millardos, pero contraria a la interpretación de los expertos, él insiste en que “nunca ha tenido ni tendrá escuadrones de la muerte”. ¿Estará preocupado por la reacción de Estados Unidos ante sus valientes declaraciones sobre la Doctrina Monroe? Citó al independentista uruguayo José Gervasio Artigas: “Con la verdad, ni ofendo, ni temo”.

Hitchens seguía sentado tranquilo, tomando notas durante la conversación. Chávez reconoce un parpadeo de escepticismo en sus ojos. “Cris-to-fer, hazme una pregunta. Hazme la pregunta más difícil”. Comparten una sonrisa. Hitchens pregunta: “¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?” Chávez dice: “Fidel es comunista. Yo no. Soy social demócrata. Fidel es marxista-leninista. Yo no. Fidel es ateo. Yo no. Un día estábamos discutiendo sobre Dios y Cristo. Yo le dije: ‘Soy cristiano’, creo en los evangelios sociales de Cristo. Él no, simplemente no lo hace. Más de una vez, Castro me ha dicho que Venezuela no es Cuba, y que no estamos en los sesenta”. Su admiración por Castro no es más que ingenua y casi de niño y él no hace ningún intento por esconderla. Al confesar la repetición de esta última línea de Fidel “Más de una vez Castro me ha dicho…” también revela el afecto del anciano mentor romántico hacía Chávez. Es simultáneamente una aceptación de su necesidad de recordatorios paternales de tener cuidado de asegurarse de establecer diferencias entre las revoluciones de Cuba y Venezuela.

“Verás” –dice Chávez– “Venezuela tiene que tener un socialismo democrático. Castro ha sido un maestro para mí. Un mentor. No en ideología, sino en estrategia”. Quizás, irónicamente, John F. Kennedy fue el presidente estadounidense favorito de Chávez. “Yo era un muchacho”, dice. “Kennedy era la fuerza impulsora de las reformas en Estados Unidos”. Sorprendido por la afinidad de Chávez hacia Kennedy, Hitch interrumpe y se refiere al plan económico de Kennedy contra Cuba para América Latina: “¿La Alianza para el Progreso fue algo bueno?” “Sí”, dijo Chávez. “La Alianza para el Progreso era una propuesta política para mejorar las condiciones. Estaba dirigida a disminuir la diferencia social entre las culturas”. Comienzo a tomar consciencia cada vez más de la complejidad en este hombre de los llanos venezolanos. Al mismo tiempo, es él el héroe romántico de un continente que reclama respeto y un visionario de la vieja escuela cuya responsabilidad implícita es frenar el avance de la ola de imperios foráneos. Y eso ha sido conocido como un elemento que lo ha distraído de respetar a aquellos dentro de su propio partido. Pero uno no puede sino creer en la gracia de su esperanza y afecto por su pueblo. Y su pueblo no es un pueblo sumiso.

La conversación entre los cuatro continúa en buses, mítines y actos en toda la Isla de Margarita. Chávez es, literalmente, incansable. Se dirigió a cada nuevo grupo de simpatizantes durante horas y terminó bajo un sol abrasador. Duerme como máximo cuatro horas en la noche, y utiliza la primera hora de sus mañanas para leer las noticias mundiales. Pero, una vez que se pone de pie o en su podio es indetenible a pesar del calor, la humedad y las dos capas de rojas franelas revolucionarias que usa. No así, Hitch, Brinks y yo. Así que, durante el último mitin del día, no lejos de la Bahía de los Tiranos, donde el maníaco conquistador Aguirre llegó después de haber navegado el Amazonas, los tres encontramos refugio en un oasis de aire acondicionado. Un restaurant de hamburguesas de Wendy’s. Una vieja trucha como es, Hitchens apenas puede resistir estar en el local de una franquicia global, mucho menos ser mordido por su homogenización (o, en este caso, hegemonía), por lo que intenta “pinchar” nuestras Coca-Colas, como ha hecho con la suya, con ron cubano de una botella que ha sacado de su bolso. Mientras pongo la mano sobre mi vaso, sintiéndome suficientemente deshidratado, muchas gracias, le pregunto a Christopher de donde ha sacado el ron. Él se sonríe y me dice “Tu amigo Fernando es tremendo tipo”.

¡Hola Cuba! ¿Fidel y Raúl pueden salir a jugar?

Esa noche Hitch, Douglas, Fernando y yo decidimos salir a aventurar por la ciudad. Nos echamos algunos tragos en un casino y hasta nos detuvimos por un rato en un bar nocturno para el último trago de la noche. Chávez habría visto mal que entrásemos a estos locales, y sobretodo por nuestro patrocinio, pero era la única fuente disponible y un periodista debe hacer lo que tiene que hacer. Luego nos fuimos a descansar, en tanto que ya teníamos los ojos puestos sobre Cuba. Mientras que mi interpretación de lo que me hahía dicho Fernando era que esta pieza del rompecabezas había sido confirmada y aprobada, en alguna parte de nuestro intercambio cultural, idiomático y telefónico había habido un malentendido. Mientras tanto CBS News esperaba un reportaje de Brinkley, la revista Vanity Fair de Hitchens, y yo escribía en representación de la revista The Nation, y les había asegurado que el encuentro con Castro venía en camino.

En nuestro tercer día en Venezuela, nosotros cuatro, parados en el Aeropuerto Santiago Mariño de la Isla de Margarita, entre el personal de seguridad y la prensa, agradecimos al Presidente Chávez por su tiempo. Brinkley tenía una última pregunta, y yo también. “Señor Presidente”, preguntó Douglas, ¿Si Barack Obama es electo Presidente de los Estados Unidos, aceptaría Usted una invitación para ir a Washington y sostener una reunión con él? Chávez contestó inmediatamente: “Sí”. Le dio la mano a Christopher, se despidieron, y luego también se despidió de Douglas. Cuando me tocó a mí, puse mi mano sobre la espalda del Presidente, tratando de que se volteara para poder hacerle una pregunta en privado. “Señor Presidente” dije, “Es muy importante para nosotros reunirnos con Castro. Es imposible que contemos la historia de Venezuela sin incluir a Cuba y que contemos la historia de Cuba sin incluir a Castro”. Él contestó a mi pregunta privada de forma pública y abierta, tratando de incluir a Douglas y a Christopher. Nos prometió que llamaría al Presidente Castro cuando estuviese en el avión de regreso a Caracas, lo cual sería minutos después de nuestra conversación. Prometió que se lo pediría de nuestra parte, pero advirtió que era probable que el hermano Fidel no respondiese inmediatamente, puesto que se encontraba escribiendo muchas reflexiones en los últimos días, lo que no le permitía recibir a mucha gente. Tampoco podía prometer nada sobre Raúl.

Lo que yo no sabía en ese momento era cuan bajas eran las probabilidades de que Raúl nos recibiera. Vergonzosamente, no sé cómo encender una computadora y mucho menos cómo buscar algo en Google, por lo tanto no me había tomado la molestia, para entonces, de revisar algunas entrevistas dadas por Raúl. Si lo hubiera hecho, me habría encontrado con que no había ninguna, puesto que nunca ha concedido ni una. Pero Chávez nos prometió que lo intentaría, abordó, y vimos el avión alejarse.

La mañana siguiente, partimos para la Habana. Les cuento todo: Para realizar el viaje nos prestaron un avión del Ministerio de Energía y Petróleo de Venezuela. Si alguien se quiere referir a eso como un soborno, ¡adelante!. Pero cuando lea el reportaje de un periodista que viaja en un Air Force One, o con suerte a bordo de un avión de transporte militar de los Estados Unidos, que sea tan generoso como para también repudiar ese artículo. Nosotros apreciamos la cola en todo ese lujo, pero eso no influyó para nada en nuestro reportaje.

Para mí, las apuestas personales eran muy altas. Yo erróneamente había entendido que la verificación y la aprobación para darnos a nosotros tres acceso a Raúl Castro habían sido confirmadas antes de que saliéramos de los Estados Unidos. Incierto de esa garantía, y motándome ya en el avión hacia la Habana, me estaba empezando a poner nervioso. Christopher había cancelado algunos compromisos de conferencias importantes a última hora, para realizar el viaje. No es su costumbre, ni su reputación dejarles a los demás la carga. Por lo tanto, para él era “lo tomas o le dejas”, y ya se estaba exaltando. Douglas, profesor de Historia de la Universidad Rice, tendría que regresar de forma inminente por sus obligaciones académicas. Fernando ya sentía el peso de las expectativas, de que fuese él nuestro ariete. Y yo, bueno yo dependía de la llamada de Chávez a Castro, para que me concediera la entrevista, y poder salvar mi trasero ante mis compañeros.

Pocas veces sólo una cosa sale mal

Aterrizamos en la Habana cerca del mediodía y fuimos recibidos en la pista de aterrizaje por Omar González Jimenez y Luis Alberto Notario, presidente del Instituto Cubano de Cine y jefe del ala de coproducción internacional del Instituto, respectivamente. Había compartido con ellos dos en mi anterior viaje a Cuba. Nos pusimos al día mientras nos dirigíamos a la oficina de Inmigración. ¿Cómo están los niños? ¿Cuánto han crecido? Etc. etc. entonces Hitch se adelantó y sin ningún reparo le exigió a Omar, “Señor, TENEMOS que ver al Presidente. “Sí” respondió Omar. Estamos al tanto de su solicitud y ya le informamos al Presidente. Estamos esperando su respuesta. Omar me dijo entonces que Fidel también estaba al tanto de mi visita y quería saber cuánto tiempo me quedaría en Cuba. Le respondí que sólo podíamos quedarnos dos días debido a los compromisos impostergables que teníamos en nuestro país. “¿Dos días?” “Es muy corto, ¿no?” “Sí” le dije, pero de eso disponemos. Le rondó por la cabeza la idea de cumplir con nuestras peticiones en tan corto tiempo. “Bueno, ya veremos”, dijo. Después del chequeo de nuestros pasaportes y de las credenciales de Prensa, nos subimos al carro con Omar y Luis y nos fuimos a la ciudad. El resto del día y de la tarde siguiente torturamos a nuestros anfitriones con un incesante tiqui quitiqui: Raúl, Raúl, Raúl…

Presumí que si Fidel estaba en condiciones y podía sacar tiempo, llamaría. Y si no, yo estaba muy agradecido de nuestra reunión anterior y se lo hacía saber en una nota que le envié con Omar. De Raúl, lo único que sabía era lo que había leído, y no tenía la menor idea si nos iba a recibir o no.

Los cubanos son particularmente calurosos y hospitalarios. Nuestros anfitriones nos llevaron a recorrer la ciudad. Noté que el número de carros norteamericanos de los años 50 había disminuido considerablemente desde mi última visita, y habían sido reemplazados por modelos rusos más pequeños.

Al pasar por la Sección de Intereses de Estados Unidos, de aspecto invasivo, en el Malecón, donde las olas que chocan con las paredes del mar bañan los carros que pasan por allí, percibí algo indescriptible de la atmósfera de Cuba. La presencia palpable de la arquitectura y la historia de la vida humana en un pequeño trozo de tierra rodeado de agua. Hasta el visitante siente el espíritu de una cultura que proclama de diferentes formas “Éste es nuestro lugar especial”.

Recorrimos la Habana vieja, y en la afueras del Museo de la Revolución vimos, exhibido en una caja de vidrio, el Granma , el barco usado para transportar a los revolucionarios cubanos desde México a Cuba en 1956 con el propósito de derrocar el régimen de Fulgencio Batista. Nos trasladamos al Palacio de Bellas Artes, donde pudimos apreciar su colección de piezas apasionadas y políticas del talento cubano. Luego visitamos el Instituto Superior de Artes. Posteriormente, fuimos a cenar con el Presidente de la Asamblea Nacional, Alarcón, y con Roberto Fabelo, un pintor al que ellos invitaron, luego de que yo expresara esa tarde en el Museo de Artes mi aprecio por su trabajo artístico. Ya era medianoche y aun no habíamos recibido noticias de Raúl. Después, nos llevaron a la Casa de Protocolo, donde descansamos hasta el amanecer. Al mediodía del día siguiente, el sonido de la alarma retumbaba en nuestros oídos. A ese punto, nos quedaban 13 horas antes de partir al aeropuerto para tomar nuestro vuelo hacia los Estados Unidos, vía Cancún, México.

Suavizando el trago para mantenerme sobrio, en caso de que de repente nos llegaran buenas noticias, Hitch se sentó tranquilamente y la humedad de la Habana le peinaba su cabello fino como si fueran finos espaguetis. El cabello de Douglas estaba desafiando la geografía manteniéndose tan firme como sus temperamentales conversas sobre cocina. Yo, despeinado y alborotado. Y Fernando, calvo como una bola de billar, se reía placenteramente. Estábamos alrededor de de una mesa en Le Castellana, un exclusivo restaurante de la antigua Habana, junto a un grupo de artistas y músicos que, guiados por el famoso pintor cubano Kcho, había creado la Brigada Martha Mashdo (nombre de su madre), una organización de voluntarios que ayudaron a las víctimas de los huracanes Ike y Gustav en la Isla de la Juventud que sufrió los embates de huracanes de categoría 3 que la afectaron en amabas ocasiones. La Brigada cuanta con el apoyo económico del Gobierno, se les proporcionaron aviones y u personal que sería la envidia de los voluntarios de la costa del golfo. También nos acompañaba para el almuerzo Antonio Castro Soto del Valle, un joven buen mozo de carácter humilde (Cuba es una zona libre de snob) de 39 años. Se trata del hijo menor de Fidel Castro, un doctor y médico del equipo nacional de bésibol de Cuba. Conversé un rato con él y re-enfaticé sobre mi agenda “Raúl”.

El reloj ya no sonaba sino que latía. Omar me dijo que pronto escucharíamos la decisión del presidente. Con dedos cruzados, Douglas, Hitch, Fernando y yo regresamos a la sala protocolar para empacar nuestras maletas con antelación de manera que llegar en el momento preciso. A las 6:00 P.M. ya estábamos en el conteo regresivo y yo estaba esperando en la sala, leyendo con la poquita luz de la tarde. Hitch y Douglas estaban en las habitaciones de arriba, me imagino que durmiendo la siesta para bajar la ansiedad. Y Fernando estaba roncando en el sofá que estaba al lado del mío. Entonces, apareció Luis en la puerta frente a nosotros y miré por encima de mis lentes cuando me dio luz verde directamente y, sin palabras, lo miré y le hice señas hacia arriba preguntándole sobre mis compañeros. Pero Luis movió su cabeza como pidiendo disculpas y dijo “sólo tú”. El Presidente ya tomó la decisión.

Podía escuchar las palabras de duda de Hitch en mi cabeza, “raras veces sólo una cosa sale mal”. ¿Estaba hablando de mí? ¿Y yo también Brutus? Sin embargo, revisé mi bolsillo posterior para asegurarme de que aún tuviera mis anotaciones sobre Venezuela, revisé mi pluma, guardé mis notas y entré con Luis. Justo antes de cerrar la puerta de mi carro de espera, escuché la voz de Fernando llamándome. “! Sean¡” nos vamos.

Salí a ver al mago3

En Estados Unidos, el presidente Raúl Castro, ex ministro de las Fuerzas Armadas de la isla, ha sido calificado como un “militar frío” y un “títere” de Fidel Castro. Pero el joven revolucionario, que una vez usó cola de caballo, de la sierra Maestra está demostrando que las serpientes están equivocadas. De hecho, el “raulismo” está en auge junto al reciente auge económico industrial y agrícola. El legado de Fidel, como el de Chávez, dependerá de la sustentabilidad de una revolución flexible, una que pueda sobrevivir a la partida de su líder, ya sea por muerte o renuncia. Fidel de nuevo ha sido subestimado por el Norte. En la selección de su hermano Raúl, ha puesto la política del día a día de su país en manos formidables. En un informe del Consejo sobre Asuntos del Hemisferio, el vocero del Departamento de Estado John Casey reconoce que el raulismo podría conducir a una “mayor apertura y libertad para el pueblo cubano”.

Entonces como dije, estaba sentado con una libreta de pael fresco en una mesita pulida con el cabello más despeinado de que jamás haya visto. Agradecí al Presidente por la almohada.

“Fidel me acaba de llamar. Quiere que lo llame después de nuestra conversación”. Hay un humor en la voz de Raúl que muestra una vida de cariñosa tolerancia al ojo vigilante de su hermano mayor. “quiere conocer los detalles de nuestra tertulia”, dijo con sonrisa sabia. “Nunca me ha gustado dar entrevistas”, continuó. “Uno dice muchas cosas pero cuando las publican las acortan, las condensan. Las ideas pierden su significado. Me dijeron que haces largometrajes. Me imagino que también harás un periodismo extenso”. Le prometí que escribiría tan rápido como pudiera y que imprimiría tanto como escribiera. Me dijo que le prometieron su primera entrevista como presidente en otro lugar y, sin querer multiplicar lo que pudiera ser tomado como un insulto, me escogió entre mis compañeros.

La llamada de Chávez no pudo haber causado daño alguno. Entonces, le dije “Siento que es muy importante para mi país escuchar su voz, y es por esta razón que traje conmigo a Hitchens y a Douglas Brinkley también.” Pero por supuesto, Castro no mordió el anzuelo. Puedo ver a mis amigos en la sala protocolar y habiendo escuchado el grito de Fernando, bajaron corriendo por las escaleras restregándose los ojos, y sin perder el tiempo, Christopher mueve su cabeza, maldiciendo a Fernando, pues solo decidieron ver a Sean, ¿no? ¡Bastardos!

Castro y yo compartimos una taza de te. “Hace 46 años, exactamente a esta misma hora, nosotros movilizamos tropas, Alameda en el este, Fidel en la Habana, yo en Areda. En la noche se anunció en Washington que el presidente Kennedy daría un discurso. Esto sucedido durante la crisis de los misiles. Nosotros anticipamos que el discurso sería una declaración de guerra. Después de la humillación de Kennedy en Bahía de Cochinos, la presión de los misiles (la cual Castro consideró estrictamente defensiva) representaría una gran derrota para Kennedy, pero él no se quedaría con esa. Hoy estudiamos a los candidatos estadounidenses con mucho cuidado, enfocándonos en McCain y Obama. Escuchamos todos los viejos discursos, especialmente, los pronunciados en Florida, donde el hecho de ser opositor a Cuba se ha convertido en un negocio lucrativo para muchos. En la isla tenemos una fiesta, pero en Estados Unidos la diferencia es mínima. Ambas fiestas son una expresión de la clase dominante. “Él dice que los actuales miembros del lobby cubano de Miami son descendientes de la riqueza de la era de Batista, o de terratenientes internacionales “que sólo pagarían peniques por sus tierras”, mientras Cuba has estado bajo el absoluto dominio de Estados Unidos por sesenta años.

“La reforma agraria de 1959 fue el Rubicón de nuestra revolución. Una sentencia de muerte para nuestras relaciones con Estados Unidos”. Castro parece estar probándome cuando toma otro sobre de té. “En ese momento no hubo discusión sobre socialismo o las relaciones de Cuba con Rusia, pero ya el dado se había lanzado”.

Después de que el gobierno de Eisenhower bombardeara naves cargadas de armas dirigidas a Cuba, Fidel pidió ayuda a viejos aliados. Raúl dice “pedimos ayuda a Italia y nos dijo que no, a Checoslovaquia y nos dijo que no. Nadie nos daría armas para defendernos porque Eisenhower los presionó. Entonces, mientras obteníamos las armas desde Rusia, no teníamos tiempo de aprender a usarlas antes de que Estados Unidos nos atacara en Bahía de Cochinos”. Se ríe, se excusa y se dirige a un cuarto adyacente, se desapareció brevemente detrás de una pared, y luego regresó a la sala, bromeando, “a los 77 años, este es el defecto del té”.

Fuera de juego, Castro se mueve con la agilidad de un muchacho. Hace ejercicios todos los días, sus ojos brillan y su voz es fuerte. Luego volvió al punto donde habíamos quedado. “Tu sabes, Sean, había una famosa foto de Fidel en la invasión de Bahía de Cochinos donde sale parado frente a un tanque ruso. Aún no sabíamos cómo ponerlos a andar en reversa”. Entonces, bromea, “¡la retirada no era una opción!” Demasiado para el “militarista frío”. Raúl Castro era cariñoso, abierto, enérgico e inteligente.

Siguió diciendo que “EEUU envió un grupo de exiliados cubanos entrenados en operativos de reconocimiento avanzado a Bahía de Cochinos. Llegaron en pequeños botes durante la noche para que las huellas se perdieran en la playa. Como los cubanos no pueden vivir sin cantar, hablar y roncar, no pasaron desapercibidos. Así se confirmaron las sospechas de que el plan de ataque estadounidense comenzaría por Bahía de Cochinos.”

Retomé el tema de las elecciones de Estados Unidos repitiendo la pregunta que Brinkly había hecho a Chávez: ¿Aceptaría Castro una invitación a Washington para reunirse con el presidente Obama, asumiendo que ganó en las encuestas, hace algunas semanas? Entonces Castro se pone reflexivo y dice “es una pregunta interesante”, seguido de un más largo e incómodo silencio. “Estados Unidos tiene el proceso electoral más complicado del mundo. Hay expertos ladrones de elecciones en el lobby cubano-estadounidense en Florida…” Intervengo, “Creo que ese lobby se está fracturando”. Y luego, con la certeza de un optimista duro de matar, digo, “Obama será nuestro próximo presidente”.

Castro se ríe, aparentemente de mi ingenuidad, pero la sonrisa desaparece cuando dice, “si no lo asesinan antes del 4 de noviembre, será su próximo presidente.” Noto que no ha contestado aún mi pregunta sobre el encuentro en Washington. “Tu sabes –dice– “que he leído las declaraciones de Obama de que mantendría el bloqueo.” Me interpongo y digo “la palabra que utilizó fue embargo”. “Sí”, dice Castro, “bloqueo es un acto de guerra, entonces los estadounidenses prefieren utilizar la palabra embargo, una palabra utilizada en procedimientos legales… pero en cualquier caso, sabemos que se trata de un conversación pre-electoral y que también ha dicho que está dispuesto a conversar con quien sea”.

Raúl se interrumpe y dice “Probablemente estás pensando, ¡oh!, el hermano habla tanto como Fidel” y nos reímos. “Usualmente no es así, pero tú sabes. Una vez Fidel tuvo una delegación aquí, en esta sala, de China. Estaban muchos diplomáticos y un joven traductor. Creo que era la primera vez que ese traductor estaba con un Jefe de Estado. Todos habían tenido un largo viaje y tenían una diferencia horaria. Fidel, por supuesto, sabía esto, y aún así habló durante horas. De pronto, el que estaba al final de la mesa, justo allá (señalando una silla que estaba cerca), se le comenzaron a cerrar los ojos, luego al otro y después al otro. Pero Fidel continuó hablando, y de pronto todos, incluyendo el de mayor jerarquía a quien Fidel estaba dirigiéndose, se quedaron profundamente dormidos en sus sillas. Entonces, Fidel voltea y mira al único que estaba despierto, el joven traductor, y conversó con él hasta el amanecer”. Hasta este punto de la historia tanto Raúl como yo nos reíamos a carcajadas. Solo me había reunido una vez con Fidel, cuya asombrosa mente y pasión sacan palabras. Pero fue suficiente para imaginarse aquella escena, el que no estaba riéndose era nuestro traductor, cuando Castro volvió retomar la conversa.

“En mi primera declaración después de que Fidel se enfermara, dije que estábamos dispuestos a discutir sobre nuestra relación con Estados Unidos en igualdad de condiciones. En 2006, lo dije otra vez en un discurso en la Plaza de la Revolución. Los medios estadounidenses se burlaron de mí porque estaba aplicando cosméticos al dictador”. “Los estadounidenses son unos de nuestros vecinos más cercanos y nos debemos respecto. Nunca hemos hecho nada en contra de los estadounidenses y sería muy positivo que tuviésemos buenas relaciones. Quizás no podamos resolver todos nuestros problemas, pero podemos resolver muchos de ellos”.

Se detuvo un instante y pensó: “Te diré algo, y esto nunca lo he dicho públicamente, en algún punto, alguien del Departamento de Estado estadounidense lo había dicho, pero fue rápidamente acallado debido a la preocupación del electorado de Florida, aunque ahora, cuando te digo esto, el Pentágono pensará que soy indiscreto”.

Espero con ansiedad y luego me dice “nosotros hemos mantenido contacto permanente con la Fuerza Armada estadounidense, mediante un acuerdo secreto, desde 1994”, me dice Castro. “Este acuerdo está basado en la premisa de que nosotros solo discutiríamos temas relacionados con Guantánamo. El 17 de febrero de 1993, luego de una solicitud por parte de Estados Unidos para discutir temas relacionados con localizadores de boyas para navegaciones de embarcaciones en la bahía, hicimos el primer contacto en la historia de la revolución. Entre el 4 de marzo y el 1º de julio, ocurrió la crisis de los Rafters. Se estableció una línea militar caliente y, el 9 de mayo de 1995, acordamos reunirnos mensualmente con líderes de ambos gobiernos. Hasta hoy hemos sostenido 157 encuentros y hay una grabación de cada encuentro.

Estas reuniones las hacemos cada tercer viernes de cada mes. Alternamos los lugares de encuentro entre la base estadounidense de Guantánamo y en territorio cubano. Realizamos ejercicios conjuntos de respuesta de emergencias, por ejemplo, encendemos una fogata y los helicópteros estadounidenses traen agua de la bahía, junto con helicópteros cubanos. [Antes de esto] la base estadounidense en Guantánamo había creado caos y habíamos perdido guardias de frontera y tenemos evidencia grafica de eso. Estados Unidos ha promovido la emigración ilegal y peligrosa con embarcaciones de los guardacostas que interceptan los cubanos que intentan irse de la isla. Ellos lo traerían a Guantánamo, y comenzó una cooperación mínima. Pero no resguardaríamos más nuestra costa, y dijimos que en caso de que alguien quisiera escapar, procedieran. Entonces, con los temas de navegación fue que comenzó esta colaboración. Ahora, ahí un representante del Departamento de Estado estadounidense en las reuniones de los viernes”. No reveló ningún nombre.

Luego continúa diciendo “el Departamento de Estado tiende a ser menos razonable que el Pentágono, pero nadie dice nada porque… no estoy de acuerdo y hablo fuerte. Este es el único lugar en el mundo donde estas dos milicias se reúnen en paz”.

“¿Y qué hay de Guantánamo?”, pregunté. “Te diré la verdad”, dijo Castro. “la base es nuestro rehén. Como presidente, digo que Estados Unidos debe irse. Como soldado, digo que se queden”.

Me dije a mí mismo “¿tengo una gran historia que explotar? ¿O es poco relevante?” No es cosa rara que los enemigos se hablen tras bastidores. Sabemos de estas negociaciones; incluso esas entre Israel y la OLP. Lo que sí es raro es que él me hable a mí de eso. Y con eso me remití a la interrogante de una reunión con Obama. “¿Debería haber una reunión entre usted y nuestro próximo presidente? ¿Cuál es la prioridad de Cuba?” Sin titubear, Castro respondió, “Normalizar el comercio”. La indecencia del embargo de Estados Unidos contra Cuba nunca ha sido tan evidente como ahora, después del paso de tres devastadores huracanes. Cuando las necesidades del pueblo cubano, en particular a causa de una red eléctrica deshecha, nunca habían sido tan apremiantes. El embargo es simplemente inhumano y completamente improductivo. Raúl continuó, “la única razón por la que nos bloquean es para atacarnos. Nada puede detener la revolución. Dejen a los cubanos venir a ver a sus familiares. Dejen a los estadounidenses venir a Cuba”. Parecía estar diciendo “déjenlos venir a Cuba a ver esta terrible dictadura comunista de la que oyen en los medios, donde hasta representantes del Departamento de Estado y disidentes importantes saben que en unas elecciones libres hoy en Cuba las ganaría el Partido Comunista con un 80 por ciento del electorado. Comencé a listar a varios conservadores estadounidenses que han sido críticos con respecto al embargo, desde el economista Milton Friedman, pasando por Colin Powell, hasta inclusive el senador republicano Kay Bailey Hutchison, quien dijo: “por mucho tiempo he creído que se deben buscar nuevas estrategias en relación a Cuba. Eso significa, abrir más el comercio, sobre todo el de alimentos, especialmente si podemos ofrecer a la gente más contacto con el mundo exterior. Si pudiéramos construir la economía, eso le daría a la gente más herramientas para luchar contra la dictadura”. Castro sin notar el desaire responde con énfasis “¡aceptamos el reto!”.

Ahora, cambiamos de té a vino tinto y cena. “Déjame decirte algo”, dice. “Últimamente, hemos hecho investigaciones que sugieren enérgicamente que existen reservas de petróleo en aguas profundas mar abierto, que compañías estadounidenses pueden venir a taladrar. Podemos negociar. Estados Unidos está protegido por las mismas leyes comerciales cubanas y quizás pueda haber alguna reciprocidad. Hay 110.000 km2 de mar en el área dividida, explica, “Dios sería injusto si no nos diera un poco de petróleo. No creo que nos prive de esta manera”. Debemos tener petróleo allá. De hecho, la encuesta geológica estadounidense especula que hay 9 mil millones de barriles de petróleo y 21 trillones de pies cúbicos de reservas de gas natural en el norte de la faja de Cuba. Ahora que recientemente han mejorado las ásperas relaciones con México, Castro también está tratando de mejorar sus vínculos con la Unión Europea. “Con la salida de Bush, las relaciones con Estados Unidos deberían mejorar,” confiesa. Tomamos un sorbo de nuestro vino. “¿Y Estados Unidos?,” pregunto. “Oye” –dice- “somos tan pacientes como los chinos. Setenta por ciento de nuestra población nació bajo el bloqueo. Soy el comandante de las Fuerzas Armadas más antiguo en la historia, 48 años y medio hasta octubre pasado. Es por esa razón que aún uso este uniforme y sigo trabajando desde mi antigua oficina. En la oficina de Fidel, no se ha tocado nada. En los ejercicios militares del Pacto de Varsovia, yo era el más joven y quien había permanecido más tiempo allá. Para entonces, era el más antiguo e incluso quien había estado allá por más tiempo. Irak es un juego de niños comparado con lo que sucedería si Estados Unidos invadiera Cuba”. Después de otro sorbo de trago de vino, Castro dice, “prevenir una guerra es igual que ganarla”. Esa es nuestra doctrina”.

Luego de cenar, atravieso con el Presidente la puerta corrediza de vidrio que lleva hacia una terraza parecida a un invernadero, con plantas tropicales y pájaros. Mientras tomamos unos sorbos de vino, dice “Hay una película estadounidense, donde la elite está sentada en una mesa tratando de decidir quién será el próximo presidente. Miran por la ventana y ven al jardinero. ¿Sabes de qué película te hablo?” “Being There”, dije. “¡Sí!”, respondió Castro emocionado, “Being There. Me gusta mucho esa película. Con Estados Unidos, existe cualquier posibilidad objetiva. Los chinos dicen: ‘En el camino más largo, se empieza con el primer paso’. El Presidente estadounidense debería tomar este paso, pero sin amenazas a nuestra soberanía. Eso no se negocia. Podemos hacer exigencias sin decirle al otro qué hacer dentro de sus fronteras”.

“Presidente” -le dije- “en el último debate presidencial escuchamos a John McCain impulsando el Tratado de Libre Comercio con Colombia, un país donde son notorios los escuadrones de la muerte y donde han asesinado a líderes trabajadores; sin embargo, las relaciones con Estados Unidos continúan acercándose cada vez más, mientras el gobierno de Bush intenta presionar la concreción del acuerdo a través del Congreso. Como usted sabe, vengo de Venezuela, nación que al igual que Cuba el gobierno estadounidense considera enemiga, a pesar de que le compramos mucho petróleo. Se me ocurre que Colombia razonablemente puede convertirse en nuestro aliado geográfico estratégico en Suramérica, tal como lo es Israel en el Medio Oriente. ¿Podría comentar algo sobre esto?”.

Consideró la pregunta con cautela, y habló en un tono lento y mesurado. “En este momento”, dice, “tenemos buenas relaciones con Colombia, pero diría que si en Suramérica hay un país donde exista un ambiente vulnerable a eso… es Colombia”. Al pensar en la sospecha de Chávez sobre las intenciones de Estados Unidos de intervenir en Venezuela, respiro hondo.

“¿Lo estoy cansando? Me preguntó. No, le respondí; y lo dije en serio. Se estaba haciendo tarde, pero no quería irme sin preguntarle a Castro sobre los alegatos de violaciones a los derechos humanos y el supuesto narcotráfico facilitado por el gobierno cubano. Un informe de Human Rights Watch publicado en 2007 señala que Cuba “sigue siendo el único país en Latinoamérica que reprime casi todas las formas de disidencia política”. Además, actualmente hay más de 200 prisioneros políticos en la isla, de los cuales cerca de 4 por ciento son convictos por crímenes de disidencia no violenta. Mientras espero los comentarios de Castro, no puedo si no pensar en la cercana cárcel estadounidense en Guantánamo y las horribles violaciones a los derechos humanos que Estados Unidos hace en ese lugar.

Castro diría solo esto, “Ningún país está 100 por ciento libre de abusos a los derechos humanos”, me dice, pero insiste en que “las informaciones de los medios estadounidenses son extremadamente exageradas e hipócritas”. De hecho, incluso los disidentes cubanos de alto perfil, como Eloy Gutiérrez Menoyo, reconocen las manipulaciones y acusan a la Sección de Intereses de Estados Unidos de obtener testimonios de disidentes con sobornos. Irónicamente, en 1992 y 1994 Human Rights Watch también describió la anarquía e intimidación de grupos anticastristas en Miami, tal como lo calificó el escritor y periodista Reese Erlich, como “violaciones normalmente asociadas con las dictaduras latinoamericanas”.

Una vez dicho esto, soy un estadounidense orgulloso e infinitamente consciente de que si fuese un ciudadano cubano y fuese a escribir un artículo como este sobre el liderazgo cubano, podría estar encarcelado. Además, estoy orgulloso de que el sistema establecido por nuestros padres fundadores, aunque no esté exactamente intacto hoy en día, nunca fue dependiente de un solo gran líder por época. Estos aspectos siguen siendo una pregunta para los héroes románticos de Cuba y Venezuela. Chávez cuenta una historia de Fidel. "Chávez", dijo Fidel, "La historia nos absolverá". A lo que Chávez responde con humildad, "No Comandante, la historia lo absolverá. Yo todavía no puedo afirmar eso". "Bueno," Fidel admite con una sonrisa, "Pero la historia me dijo que te absolverá". El desafío de Chávez es enorme. Él debe mantener su cabeza por encima de las aguas para no ahogarse en su propio poder, evitando que le disparen, y sin su revolución disparar un solo tiro. Es del interés de los EE.UU. ayudarlo y ayudar a la revolución de su país a triunfar. Consideré mencionar esto, quizás debí haberlo hecho, pero tengo otra cosa en mente.

“¿Podemos hablar sobre el narcotráfico?”, pregunté a Castro, a lo que respondió: “Estados Unidos es el mayor consumidor de narcóticos del mundo. Cuba se encuentra justo entre Estados Unidos y sus proveedores. Es un gran problema para nosotros. En el pasado, cuando oficiales cubanos o americanos interceptaban los barcos de contrabando, por lo general los contrabandistas arrojaban las cargas al mar y muchos lavaban paquetes de drogas a las orillas de nuestro archipiélago. Los locales entregarían de inmediato esa droga a los oficiales, como lo establece estrictamente la ley nacional de narcóticos, lo cual limita el mercado local. Con la expansión del turismo, se ha desarrollado un nuevo mercado y luchamos contra eso. También se dice que permitimos a los narcotraficantes volar por el espacio aéreo cubano. No permitimos tales cosas. Estoy seguro de que algunos de esos aviones pasan cerca de nosotros. Es simplemente por las restricciones económicas que ya no tenemos funcionando el radar de baja altitud”.

Esto puede sonar a cuento chino, pero no es así. Según el coronel Lawrence Wilkerson, ex asesor de Colin Powell, quien dijo a Reesse Erlich en una entrevista en enero de 2008 “los cubanos son nuestros mejores aliados en la lucha contra el narcotráfico y la guerra contra el terrorismo en el Caribe. Mucho más que México. La milicia vio a Cuba como un aliado muy cooperativo”.

Quiero formularle a Castro mi pregunta incontestada una última vez dado que nuestro lenguaje corporal sugiere que hemos llegado a la medianoche. Ya es la 1, pero él comienza. “Ahora” –dice- “preguntaste si aceptaría reunirme con en Washington. Tendría que pensarlo. Lo discutiría con todos mis camaradas en la dirigencia. Personalmente, creo que no sería justo ser el primero en visitarlo porque siempre son los presidentes latinoamericanos quienes van a Estados Unidos primero. Pero también sería injusto esperar que el Presidente de Estados Unidos venga a Cuba. Deberíamos reunirnos en un lugar neutral”.

Hace una pausa y pone a un lado su vaso de vino vacío. “Quizás podríamos reunirnos en Guantánamo. Debemos reunirnos y comenzar a solucionar nuestros problemas, y al final de la reunión, podríamos darle un regalo al Presidente… Podríamos enviarlo a casa con la bandera estadounidense que ondea en la Bahía de Guantánamo”.

Cuando salimos de su oficina, nos sigue el personal mientras el presidente Castro me acompaña en el ascensor hasta el lobby y camina conmigo hasta el auto que me espera. Le agradecí la generosidad de esta ocasión. Cuando mi conductor estaba a punto de arrancar, el Presidente toca mi ventana. La bajo y revisa su reloj para decirme que habían pasado siete horas desde que comenzó la entrevista. Sonriendo, me dice: “Ahora llamaré a Fidel. Puedo prometerte que cuando Fidel se entere de que he hablado contigo siete horas, se asegurará de concederte siete horas y media cuando regreses a Cuba”. Compartimos una risa y un último apretón de manos.

Había llovido temprano en la noche. En esta oscuridad de las primeras horas del día, mientras nuestros neumáticos navegaban sobre el pavimento mojado, pensé que los asuntos más básicos de la soberanía ofrecen una idea sustancial de las complejidades del antagonismo de Estados Unidos hacia Cuba y Venezuela, así como hacia las políticas de estos dos países.

Tan sólo han tenido dos opciones: ser imperfectamente nuestros o imperfectamente a su propia manera. Nuestros tres países albergan realidades deprimentes y gloriosas, esperanzas empañadas y sueños vivos. Todos compartimos un deseo innegable de respeto. En los Estados Unidos hemos crecido recitando el mantra “Somos el país más grande de la tierra” Se siente bien y patriótico decirlo, ¿no? Pero pensemos. Piensen lo bueno que será para nosotros y nuestros hijos descubrir que es No es una declaración de la verdad. ¿No estaríamos mejor si pudiésemos celebrar legítimamente nuestro lugar ENTRE los grandes países y las culturas de un mundo diverso? Decidí esa noche sumarme a los Castros y a Hugo Chávez en creer que puede ser así con Barak Obama. Como el niño nacido en 1960 en la época de los asesinatos de líderes de América, la guerra de Vietnam y Watergate, voy a lanzar el dado una vez más.

Viva Cuba. Viva Venezuela. Viva EEUU

Cuando regresé a la Casa de Protocolo, eran casi las 2 de la mañana. Mi amigo Fernando, con una apariencia desastrosa, me había esperado despierto. Vaya noche habían tenido mis compañeros. El pobre Fernando había aguantado lo más recio de su frustración. No sabían adónde me había ido, ni por qué los había dejado. ¿Para ver a Raúl? ¿Fidel? ¿A ambos? Y los funcionarios cubanos a los que habían contactado les habían insistido en que se quedaran tranquilos en caso de que alguno de los hermanos Castro ofreciera espontáneamente una audiencia. Pero esto nunca se concretó. Así que se habían perdido también una última noche cubana en la ciudad. Después de ponerme al corriente, Fernando se fue a dormir un par de horas. Me quedé despierto revisando mis notas y fui el primero en la mesa del desayuno, a las 4:45 a.m. Cuando Douglas y Hitch bajaron las escaleras, me puse en la cabeza uno de los extremos del mantel a modo de burla y en señal de vergüenza. Supongo que bajo las circunstancias era un poco temprano (más allá de la hora) para probar su humor. La broma no funcionó. Mientras Fernando tomaba un vuelo hacia Buenos Aires, desayunamos tranquilamente y tuvimos un buen vuelo regreso al hogar dulce hogar.

Cuando llegamos a Houston, me di cuenta de que había subestimado la gruesa piel de estos dos profesionales. El hielo que había percibido temprano ya se había derretido. Nos despedimos y celebramos lo que habían sido varios días de suspenso. Ninguno fue tan rencoroso como para preguntarme el contenido de mi entrevista, pero Christopher se dirigió a su trasbordo con unas palabras: “Bueno, supongo que lo leeremos”.

¡Sí, se puede!

Me senté al filo de mi cama con mi esposa, mi hijo y mi hija. Las lágrimas bajaron por mi rostro mientras Barack Obama habló por primera vez como Presidente electo de los Estados Unidos de América. Cerré mis ojos y comencé a ver una película en mi cabeza. Podía escuchar la música también, nada más apropiado que las Dixie Chicks versionando una canción de Fleetwood Mac mientras rodaban imágenes en cámara lenta. Ahí estaban: Bush, Hannity, Cheney y McCain, Limbaugh y Robertson, Luis Posada Carriles. Los vi a todos, y la canción se escuchaba más alto a medida que la imagen de Sarah Palin se apoderó de la pantalla. Natalie Maines cantaba dulcemente:

And I saw my reflection in the snow-covered hills (Y vi mi reflejo en las colinas cubiertas de nieve)

till the landslide brought me down (Hasta que la avalancha me derribó).

Landslide brought me down... (La avalancha me derribó…)


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