Tribus amarillas de Asia y Europs
Tribus amarillas de Asia

LOS SAMIS O LAPONES
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Ubicación: Noruega, Suecia, Finlandia y península de Kola (Rusia). Población total: 80.000. Lengua: Urálica (rama Ugrofinesa)

Los samis todavía se dedican al pastoreo de renos, aunque han asimilado gran número de costumbres de los países que habitan. Las primeras referencias escritas que se conocen del pueblo saami son las sagas islandesas del siglo XVIII. En ellas se describe a este pueblo como expertos en brujería y ocasionalmente peligrosos.

Esta visión era debida a la práctica chamánica de los lapones, que sorprendía enormemente a los europeos. Si bien es cierto que la religión saami se caracterizó hace años por girar alrededor de la figura de un chamán (experto en el mundo sobrenatural) y la armonía con la naturaleza, hoy en día la mayoría de los lapones profesan el luteranismo.

La presencia de los lapones del norte Europeo es anterior a la llegada de los escandinavos, finlandeses y rusos. En principio eran cazadores y recolectores, pero más tarde desarrollaron el pastoreo de renos, forma de vida similar a la de algunos pueblos del norte asiático. En nuestros días unos 7000 lapones practican todavía este método de supervivencia, y se calcula que poseen cerca de medio millón de renos.

La cría de este animal requiere un alto grado de coordinación entre las familias y comunidades samis. Así, cada familia pertenece a una especie de cooperativa que migra con sus rebaños por la zona asignada. Estos grupos de propietarios se unen en distritos, para promover los intereses de toda la comunidad que se dedica al pastoreo.

Sin embargo la llegada de inmigrantes, centrales hidroeléctricas, minas y turismo, han modificado en gran medida la vida de los samis. El impacto ambiental y la contaminación han reducido los pastizales y muchos pastores han tenido que optar por una vida sedentaria.

La identidad de este pueblo también se vio debilitada por los esfuerzos que, durante décadas, realizaron los países nórdicos y Rusia para que esta etnia se integrase en su cultura.

Así, los samis pastores que todavía se dedican a los renos han cambiado las largas marchas durante meses por el uso de automóviles, motos de nieve, trineos... con lo que la ganadería es más un negocio que una forma de vida.

Los lapones están representados en sus países por un Consejo o Parlamento. Los miembros que participan son elegidos entre las mismas comunidades samis, y financiados por los gobiernos nacionales.

LOS UZBECOS
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Ubicación: 1,403,000 en Afganistán (1991 WA), 1981 en Turquia (1982 SIL) 16.800.000 en Uzbekistán (1998 Encarta) Lengua: Altaica, Turko

El pueblo uzbeco tomó parte activa en la creación del imperio mongol de Gengis Khan. Su espíritu de jinetes indomables perdura en muchas de sus costumbres.
El pueblo uzbeco es conocido por la dominación que sus guerreros ejercieron hace muchos años sobre Asia Central. Sus mismos jinetes invadieron Rusia al mando del mítico mongol Gengis Khan. Pero su origen se remonta siglos atrás, a una época en que pueblos nómadas indoeropeos como los escitas o kushan extendieron sus dominios desde China. Más tarde los mongoles adoptarían su misma forma de vida nómada y crearían un imperio en el que los uzbecos jugaron un importante papel.

La dominación mongola era mantenida por la "Horda de Oro", agrupación de guerreros uzbecos que mantuvieron la hegemonía en Asia Central y el sur de Rusia, hasta bien entrado el siglo XVII.

Las guerras que asolaron la zona durante el siglo XIX, enfrentando a la Rusia zarista y la Inglaterra victoriana provocaron que Rusia absorbiera a la población uzbeca, no sin que ésta se continuase rebelando hasta el siglo XX. Uno de los métodos que los rusos emplearon para conseguir someter a los uzbecos, fue la alianza con sus enemigos tradicionales: los tayik (o tayikos). Finalmente los orgullosos guerreros de antaño tuvieron que someterse, o exiliarse a paises vecinos como Afganistán.

Hoy en día la mayor parte de esta población vive en Uzbekistán, donde trabajan en granjas o cooperativas de la época soviética. Sus casas tradicionales, cuadradas y de adobe, fueron adoptadas también por muchos de los tayik afganos. La convivencia entre estas dos poblaciones varía en Afganistán según las zonas, pero en general una de las étnias ostenta el poder mediante sus terratenientes y la otra trabaja para ellos y entrega gran parte de las cosechas en forma de impuestos.

Los poblados habitados por uzbecos y tayikos, se caracterizan por su segregación. Viven en barrios separados y rara vez se relacionan entre si. En las ciudades la convivencia es más abierta. En cuanto a los matrimonios, cada vez hay mayor flexibilidad étnica, aunque la primera mujer de un hombre tayik o uzbeco siempre ha de ser de su mismo grupo.

Muchos uzbecos de Afganistán se dedicaban hace unos años al comercio de caravanas o a la artesanía que vendían en los bazares callejeros. En las zonas dominadas por tayikos los oficios que les correspondían eran más humildes, como los de carnicero o herrero.

En los últimos años, las cosas han cambiado mucho para los uzbecos afganos. La férrea oposición a la invasión rusa y al régimen taliban les convirtió en aliados de los tayik y hazares para hacer frente a la étnia pashtun mayoritaria de la que procedían los talibanes.

Pero muchas de sus tradiciones han permanecido vivas. Conservan muchas creencias chamanistas y animistas, aún dentro de su religión musulmana. A menudo un hombre se considera la encarnación de un animal, que se le aparece en sueños y le revela su futuro. Por ello el mullah uzbeco suele resultar una mezcla de jefe, brujo y chamán.

En sus ropas todavía se aprecia la herencia de los trajes nómadas como sus típicas botas de cuero. Tienen además un deporte característico, el buzkashi, adoptado más tarde por otros grupos, que gira en torno a una cabra decapitada. El juego consiste en conseguir alcanzar una cabra decapitada que se halla en un punto central y llevarla hasta otro punto marcado a unos km de allí. Se disputa a caballo entre dos equipos. La prueba puede parecer sencilla, pero hay que tener en cuenta que muchas veces participan miles de hombres a caballo, en una maraña de polvo, látigos y golpes. La tradición dice que durante el imperio mongol, el mismo juego se practicaba con prisioneros de guerra.

Este deporte sintetiza los rasgos de la cultura uzbeca: la lucha fiera e individualista conjugada con el espíritu de solidaridad y colaboración. Son minoría en Afganistán y siguen intentando que su lengua, de origen turco, sea reconocida al mismo nivel que el persa y el pashto. En uzbekistán, donde son la mayoría de la población, destacaron como promotores de una autonomía que se consiguió con la desintegración de la URSS.

LOS HAZARES (HAZARAS)
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Ubicación: 1,403,000 en Afganistán (1989 SIL), 283,000 en Irán (1993 SIL), entre 110,000 y 220,000 en Pakistán (incluyendo refugiados en 1998, SIL) Lengua: Indo-europeo, Persa

El 9% de la población afgana la constituyen los hazares, un pueblo de marcada descendencia mongola y asentado también en Irán y Pakistán.

Los hazares son considerados por muchos historiadores como descendientes de los mongoles. Este dato se ve refrendado por sus rasgos, además de por sus viviendas cónicas y sus poblados rodeados de una muralla exterior. Las últimas teorías sobre su origen proponen que los hazares provienen de la mezcla entre los turcomongoles que se establecieron en Afganistán entre los siglos XIII y XV, y las tribus de la zona. Muchos de ellos se consideran descendientes de Gengis Khan

Constituyen uno de los grupos étnicos más importantes de Afganistán, (el tercero en población –9% del total-) y habitan principalmente en la zona montañosa de Hazarajat. La mayor parte de las tierras se dedican al cultivo, aunque los hazares también se dedican a criar vacas, ovejas y cabras.

Son un pueblo autosuficiente y tradicionalmente de carácter belicoso. Producen casi todo lo que necesitan y para conseguir el resto de los bienes comercian con sus vecinos nómadas pashtun. Algunos grupos, que habitan los valles, dejan sus casas en la época estival y se dirigen a las zonas altas en busca de pastos. Durante este tiempo viven en tiendas de fieltro y se reúnen con sus familiares, además de comerciar. En invierno pasan mucho tiempo aislados y la actividad es mucho menor.

Las mujeres elaboran queso y otros derivados de la leche, además de tejer y dedicarse a la artesanía. Ellas mismas confeccionan las alfombras, ropa y mantas de abrigo.

Antiguamente, los hazares se agrupaban en unidades tribales con un jefe hereditario (khan). Aunque los jefes han perdido muchas de sus funciones, se le sigue dando gran importancia a los lazos tribales. Son siete las tribus en que se dividen los hazares, frecuentemente enemistadas en el pasado.

LOS VOGUL
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Ubicación: Cuenca del río Obi (República autónoma de Janty-Mansi, Siberia Occidental). Población total: Mansi - 8,500 (1990 census); Khanty - 21,000 (1994 Salminen, 1994 Janhunen). Lengua: Mansí y Jantí (lengua urálica, rama ugrofinesa)

Los vogul conforman un grupo étnico que habita en la cuenca del río Obi (Siberia occidental). Este pueblo, está formado por dos subgrupos: los manti (en general se les llama vogul) y los khanty (también conocidos como ostyak u ostiacos).

Los vogul, formados por mantis y ostiakos, mantienen su forma de vida tradicional en el duro clima siberiano. Este pueblo se diferencia lingüística y racialmente del resto de los grupos siberianos. Son originarios de las estepas de Rusia oriental, de donde emigraron en el siglo I d.C. hacia su actual territorio. Esta migración conllevó cambios en sus costumbres, como el desuso de su principal medio de transporte en la estepa, el caballo.

La vida en esta zona es dura debido al clima. El invierno (que dura 6 meses) produce acumulaciones de nieve de hasta 2 m. de altura, mientras que en verano son frecuentes las inundaciones de la cuenca del río Obi, razón por la cual se hace imposible la agricultura. La forma de vida se basa en la pesca, la caza y la cría de renos. También recogen bayas y frutos de los bosques, y extraen la savia del abedul que utilizan como bebida habitual.

En verano, los hombres acampan en tiendas de corteza de abedul, para poder sobrevivir de la pesca. La mayoría del pescado se ahuma y se almacena para el invierno, y los excedentes se venden para obtener otros productos como pan y harina. Del pescado obtienen también el aceite. Cuando cambia la estación y los ríos comienzan a helarse vuelven a sus poblados en los bosques, formados por pequeñas aldeas de una docena de cabañas. Aquí se dedican a la caza de alces y renos salvajes, martas y ardillas. Algunos grupos también se dedican a la cría de renos.

Originariamente cada grupo se dividía en dos clanes (los mosch y los por), diferenciados por sus lugares sagrados y la adoración a distintos ancestros. El matrimonio dentro del mismo clan estaba prohibido, (aunque hoy en día es más habitual) y la pertenencia a un clan u otro de las nuevas parejas, era establecida por la original pertenencia del hombre.

Sus creencias chamanísticas giraban alrededor del culto a los antepasados, y la creencia de que el hombre poseía 5 almas y la mujer 4. Sólo el oso, animal venerado, se equiparaba en almas al ser humano.

Hoy en día conservan gran parte de su cultura (protegida oficialmente junto con su lengua) y siguen viviendo de la manera tradicional, no sin nuevas influencias que han permitido que la mayoría de la población sepa leer, escribir, o reciba asistencia sanitaria.

LOS MONGOLES
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Ubicación: China, Japón, Vietnam, Corea, Mongolia, grandes zonas de Siberia y sudeste asiático. Población total: 1.000.000 Lengua: Altaico-mongoloide.

El pueblo mongol ocupa una extensa zona en Asia oriental y central que incluye la República de Mongolia, cuya superficie es tres veces la de Francia; la Región Autónoma de Mongolia interior, perteneciente a China y también más extensa que Francia; y partes de la Región Autónoma de Xinjiang Uygur de China occidental.
Los mongoles continúan viviendo como sus antepasados, en las estepas asiáticas, de los caballos y el ganado. Son los herederos de Gengis Kan.

En ciudades como Ulán Bator, capital de la República de Mongolia (que tiene una población de 400.000 habitantes), los mongoles han aprendido a participar en la moderna tecnología industrial, pero muchos mongoles continúan viviendo como pastores nómadas, siguiendo su forma de vida tradicional.

La familia mongola nómada vive en una tienda de fieltro de forma circular (ger) y dedica su tiempo a criar caballos, ganado vacuno, camellos, ovejas y cabras: ellos siempre enumeran los animales en este orden, lo que indica su importancia relativa. Gran parte del tiempo se dedican a ordenar a todos estos animales y a hacer yogur, queso y una bebida alcohólica llamada airag. Hombres, mujeres y niños cabalgan con gran pericia.

Los mongoles aguantan increíbles rigores en invierno, estación en la que las temperaturas pueden descender hasta -40 'C y las ventiscas aúllan en las estepas. Cuando resulta posible, pasan el invierno en un lugar relativamente resguardado en la ladera meridional de un macizo montañoso. En verano, trasladan su ganado a altitudes mayores de las laderas septentrionales, y en raras ocasiones se desplazan más de unos cuantos kilómetros en el transcurso de un año.

Los mongoles formaban parte de una confederación dispersa de pueblos que el conquistador mongol Gengis Kan (h. 1160-1227) unificó en una sola nación a principios del siglo XIII. Bajo su mandato formaron un potente ejército que arrasó por el oeste hasta Europa y por el este hasta China, llegando a constituir un extenso imperio euroasiático.

Los descendientes de Gengis Kan gobernaron durante mucho tiempo sobre grandes áreas de China, Asia oriental, Rusia, Irán y Turquía. Los mongoles fueron derrotados posteriormente y pasaron a un segundo plano político, pero hoy en día todavía muchas familias hablan del gran conquistador con orgullo, e incluso en algunas casas se le honra con retratos y amuletos.

En la época de Gengis Kan, la sociedad mongola se basaba en clanes, formados por grupos de personas descendientes de un antepasado varón común. Los jefes de los clanes eran leales a un kan, que podía encabezar a los hombres de sus clanes súbditos a la guerra. Este sistema de clanes se desmoronó en la época moderna por diversas razones.

La dinastía Qing de China lo sustituyó por el sistema de «estandartes» en el siglo XVIII, en virtud del cual la población de diferentes distritos era gobernada por jefes locales mientras que los gobernantes comunistas de Chin y Mongolia trataron de sustituir las lealtades y rivalidades de clanes y familias por un sistema de comunas.

Cuando el gobierno comunista de Mongolia se desmoronó en 1990, los nómadas reanudaron sin tardanza la propiedad familiar del ganado, pero no hay indicios de que el sistema de clanes vaya a ser recuperado.

A pesar de su reputación histórica de conquistadores implacables, el pueblo mongol impresiona hoy al visitante por su amabilidad y su dulce voz. Los niños son tratados con gran deferencia, y el ritual preferido por todo el mundo es la celebración del Año Nuevo, durante la cual los miembros de la familia se abrazan y divierten juntos. Los visitantes, aun los absolutamente extraños, son bien recibidos siempre a los ger con hospitalidad formal, que incluye el ofrecimiento d refrescos, y si se quedan a pasar la noche se sacrificará una oveja para la cena.

La otra cara de la forma de vida de este pueblo radica en el cambio climático. Muchos mongoles se ven obligados a migrar año tras año. Cada vez los inviernos son más fríos y miles los animales que mueren, dejando a las familias sin medio de subsistencia. Las ayudas llegan tarde cuando llegan y no parece evitable que en pocos años se haga prácticamente imposible la forma de vida que este pueblo lleva practicando durante siglos.

En el pasado, los mongoles veneraban a Tenggeri, el dios del cielo, y creían que sus chamanes podían comunicarse con los espíritus. Exponían los cadáveres de sus muertos a los buitres y otros animales carroñeros, y construían santuarios (oboo) para los espíritus locales. Un oboo consta de uno o más montones de piedras, y todo aquel que lo visita ha de dar tres vueltas y añadir unas cuantas piedras al túmulo. En el siglo XVI, tras el contacto con los tibetanos, los mongoles adoptaron el budismo lamaísta. Esta religión fue reprimida por los gobiernos comunistas de Mongolia y China, pero hoy se la recupera en muchos lugares, y antiguos monasterios y templos se reconstruyen.

LOS TSAATANG
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Ubicación: Mongolia. Población total: Aprox. 300 Lengua: turca- Uryankahi (tuvintsi).

Los tsaatang viven en el noroeste de Mongolia del pastoreo y cría de renos. Este hecho ha suscitado la teoría de que su procedencia sea siberiana.

Los Tsaatang viven en los más inaccesibles bosques del noroeste de Mongolia. Todavía son nómadas y viven de la cría del reno, agrupados en pequeños clanes familiares.

Curiosamente es el único pueblo de la región todavía a principios del siglo XX obtenía todo lo necesario para vivir de la cría de un sólo animal. Esta es la razón de que el reno sea lo más importante en su sociedad y creencias.

Una familia media poseía unos 30 renos. Sólo los más ricos alcanzaban rebaños de 200 o 300 animales, por lo que su nivel de vida media es muy bajo.

La organización social se fundamenta en cuatro grupos principales, según los clanes más importantes. Los pastos tienen derechos hereditarios y los jóvenes al casarse recibían parte de los pastos de los padres. Desde mediados del siglo XX una parte de este pueblo no ha tenido más remedio que integrarse en cooperativas para poder subsistir.

Aún así siguen habitando en sus típicas tiendas cónicas revestidas de corteza de abedul. La migración es una de las actividades centrales de la vida de los tsaatang y se produce entre 6 y 8 veces al año en busca de nuevos pastos. Ésta se prepara con gran cuidado, consagrando a los espíritus uno de los renos que será el que abra la marcha.

Hace muchos años los tsaatang eran chamanistas y ni siquiera la influencia budista de la región consiguió cambiar sus creencias. Pero actualmente los chamanes están en declive y los jóvenes no suelen ya heredar tal oficio.

En cuanto a su procedencia, es desconocida y dado que su población tiende a desaparecer, parece poco probable que se llegue a descifrar. Aún así algunas teorías ubican a los primeros tsaatang en Siberia septentrional.

LOS MOSUO
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Ubicación: China. 225,000 en Yunnan y 20,000 en Sichuan. Población total: 278,009 (1990 SIL) Lengua: Sinotibetana, Naxi.

En los alrededores del lago Lugu, al suroeste de China, habitan los mosuo, un pueblo conocido por su peculiar forma de vida. Los mosuo conforman uno de los pocos matriarcados que existen en el planeta, lo que ha originado un gran número de leyendas sobre sus mujeres guerreras.

Los mosuo constituyen una de las pocas sociedades matriarcales del mundo. El sexo es libre, no existe el matrimonio ni la paternidad. El hombre, contento en su papel, es un simple fecundador.

Su sistema social se caracteriza por la inexistencia del matrimonio y del concepto de paternidad. Igualmente, en su mundo, el contenido de la palabra celos, no tiene el más mínimo significado.

El eslabón alrededor del cual se encadena toda la sociedad mosuo es la figura de la madre, que representa al cabeza de familia. Una familia mosuo agrupa, por lo general, a tres generaciones de mujeres con sus respectivos hijos. Abuelas, madres e hijas viven juntas, sin la presencia de ninguna figura masculina.

El único hombre que se acepta en estos núcleos familiares es al tío materno, hijos propios o sobrinos. Al no existir el concepto de matrimonio, el sexo se practica de forma abierta y libre. Basta elegir al compañero deseado para pasar la noche. La única norma al respecto es la prohibición del incesto. La fidelidad es un concepto totalmente rechazado. Los hombres son quienes manifiestan su deseo por la mujer, y esta no tiene más que decidir si acepta o no la proposición.

Las niñas mosuo celebran su mayoría de edad alrededor de los nueve años, en una ceremonia ritual en la que las mujeres lucen sus mejores galas. Desde ese momento la niña es considerada un ser humano completo y adulto.

Los hombres y mujeres se asocian en partidos. Cuando un integrante del partido masculino y una del partido femenino se atraen, suelen pasar tiempo juntos, en el trabajo y las celebraciones comunales. Además de intercambiar regalos, esperan a recibir el consentimiento de las ancianas del poblado. Una vez obtenido este ya se consideran pareja pero sus intereses no incluyen el matrimonio ni la vida en común.

El sigue viviendo en su casa y pasando la noche en casa de la "novia". Con el amanecer el joven amante vuelve a su hogar. Es probable que tengan hijos juntos, y de ser así, los niños nunca le llamarán padre. Será el tío materno quien les eduque. Los hijos son de la mujer, aunque su padre biológico les visite (continúe o no la relación) en algunas fechas señaladas del año.

Las madres, además de encabezar la sociedad, son quienes cuidan del hogar, deciden las herencias y otorgan a las familias su apellido, y sin embargo, a los hombres mosuo no parece indignarles esta situación, sino muy al contrario.

Este pueblo se caracteriza también por su fidelidad a las tradiciones, aunque comienzan a abrirse al turismo, al que acogen muy hospitalariamente y permiten que observe sus coloridos festejos y celebraciones. Los mosuo, en un mundo sin agua o electricidad transmiten un gran sentimiento de paz y alegría, lo cual demuestra que a veces, la sencillez puede ser la fuente de la felicidad.

LOS KAREN
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Ubicación: Tailandia y Myanmar Población por etnias: Brek 16.600 (1983 SIL); Bwe 15.700 (1983 SIL); Manumanaw 10.000 (2000 D. Bradley); Paku 5.300 (1983 SIL); Yinbaw 7.300 (1983 SIL); Yintale 10.000 (2000 Bradley); Lahta 9.500 (2000 WCD); Padaung 9.500 (1983 SIL); Geba 10.000 (2000 Bradley); Pa'o 560.743 (1983 SIL); Pwo 1.060.000 (1998 SIL); S'gaw 1.584.700; Zayein 9.300 (1983 SIL) Lengua: Sino-Tibetan, Tibeto-Burman, Karen

Los karen habitan la franja montañosa que separa Myanmar (Birmania) y Tailandia. Se trata de una denominación genérica, que abarca algunos grupos étnicos, con una misma lengua común. Así, tenemos los kayah, (integrados por las etnias brek, bwe, manumanaw, paku, yintale y yimbau),los karen negros (geba y pa'o), los padaung, los latha, los pwo, los 'gaw o karen blancos y los zayein.
Los karen subsisten de la agricultura y poseen un fuerte sentido nacionalista.

Hasta mediados del siglo XVIII los karen habitaban las montañas del este de Birmania, pero en los siglos XVIII y XIX se trasladaron a la zona de las tierras bajas de Birmania y a Tailandia.

Estas sociedades subsisten de la agricultura, y su base alimenticia esta constituida por el arroz, aunque también se aprovisionan de legumbres, algodón, tubérculos y maíz. Además crían cerdos y pollos, utilizan perros para cazar, y en algunas zonas (como el delta del Irawadi) son conocidos adiestradores de elefantes. Esta última actividad les aporta ingresos extra, ya que alquilan los animales como medio de transporte.

Los karen ubican sus poblados sobre las laderas de las montañas y los cercan con empalizadas que les sirven de protección. Las antiguas construcciones típicas eran largas casas de bambú, que llegaban a albergar hasta 30 familias, pero hoy en día construyen casas unifamiliares de bambú sobre postes de madera y con tejado de hierba. Además de las casas, las aldeas están constituidas por numerosos graneros para almacenar el arroz.

La unidad social, económica y religiosa es la familia. Los karen son monógamos y no aceptan las relaciones prematrimoniales ni extramatrimoniales. La jefatura del poblado es un cargo hereditario, además de encargarse de las cuestiones espirituales.

La unidad y continuidad de estas sociedades se ha basado en estructuras rituales y en pequeñas redes de parentesco. El espíritu ancestral es venerado por familiares de distintas familias e incluso aldeas, relacionados por vía materna. Al menos una vez al año todos estos familiares se reúnen para rendir culto al espíritu ancestral (bgha) con un festín sacrificial, en presencia de la mujer de mayor edad del linaje común.

La religión de estos pueblos se apoya en la creencia de que un poder impersonal reside en todas las cosas. Gracias a él algunas personas logran hacer cosas extraordinarias, e incluso mágicas. También creen que cada objeto, montaña, río... posee un espíritu. Algunos de ellos benévolos, y otros malévolos a los que hay que aplacar con sacrificios.

Estas creencias son comunes a la mayor parte de las etnias karen, aunque hoy en día algunos grupos han cambiado sus convicciones, como los karen de Birmania, que salvo los kayah, se han convertido al budismo. También la llegada de los misioneros cristianos ha influido en el progresivo abandono de su religión, y también en el creciente nacionalismo de este pueblo, que había vivido sometido a otros pueblos durante buena parte de su historia.

Este sentimiento de identidad nacional hizo que los karen se uniesen y pretendiesen alcanzar la independencia. En 1948 protagonizaron una rebelión frente a los birmanos y tomaron la ciudad de Moulmein, amenazando la capital (Rangún). La rebelión no prosperó y se terminó estableciendo la paz, pero la tensa relación entre karen y birmanos prosigue hoy en día.

LOS PADAUNG
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Ubicación: Myanmar Población: Padaung 9.500 (1983 SIL) Lengua: Sino-Tibetan, Tibeto-Burman, Karen, Sgaw-Bghai, Bghai

Los padaung ("cuello largo" son conocidos por los anillos dorados que estiran el cuello de sus mujeres.
Los padaung viven en el estado de Kayah, en Myanmar, junto a la frontera con Tailandia y pertenecen al grupo de los karen, pero poseen una peculiaridad que les distingue del resto de etnias de este grupo: los cuellos de sus mujeres son alargados con anillos hasta dos o tres veces su longitud normal.

El mismo término padaung (en birmano) significa “cuello largo”, aunque ellos prefieren su nombre étnico: kayan.

Se cree que antiguamente, la finalidad de estos anillos era la protección contra los ataques de los carnívoros, que habitualmente mataban a sus presas mordiendo su garganta. En aquellos tiempos la sociedad padaung era matrilineal y monógama, pero finalmente se convirtió en polígama dada la escasez de individuos, mermados por las guerras. Esto situó a los varones en una especial situación de poder, en la que la fidelidad de las mujeres tenía un importante papel.

Así pues, la infidelidad de la cónyuge, era castigada con la retirada de la espiral de anillos de cobre u oro, con la consiguiente incapacidad de sujetar con normalidad la cabeza, ya que los músculos del cuello se habían atrofiado a lo largo de los años. Estas mujeres tendrían que resignarse a vivir recostadas o sujetar la cabeza con sus propias manos.

Estos anillos, además de ser un adorno, son indicativos de la posición social de su dueña y en el pasado todas las mujeres lucían oro en sus cuellos. Hoy en día, este peculiar collar consiste en una espiral de cobre, adornada con objetos brillantes, que es limpiada dos veces al día para evitar que el metal produzca heridas en el cuello, además de prevenir la formación de moho en el mismo.

Aunque hoy en día aumenta el número de mujeres que no se colocan estos anillos, perdura entre las que lo llevan desde la infancia dada la imposibilidad de retirarlo.

Entre las que todavía adoptan esta costumbre, las niñas se preparan desde los cinco años estirándose el cuello unas a otras. La colocación de la primera anilla conlleva una ceremonia de iniciación. El pueblo se engalana y la fiesta se aduana de la aldea.

La niña en cuestión recibe un largo masaje, con un ungüento, cuya fórmula es secreta aún en nuestros días. Tras relajar el cuello, se ejercita éste durante una hora, haciendo girar la cabeza de la niña en todas la direcciones, para finalmente proceder a la colocación de la pieza, cuya anchura es de unos diez centímetros.

Cada dos años se repite la ceremonia, añadiendo una anilla más alta. Cuando una mujer llega a la extensión máxima de su cuello, ya no podrá volver a mover el cuello.

LOS TORAJA
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Ubicación: Sulawesi (Indonesia) Población: 500,000 (1990 UBS). Lengua: Toraja-Sa´dan (Malayo-Polinesia)

El pueblo toraja (Indonesia) practica hoy en día espectaculares ritos funerarios.
Los toraja habitan la región de Tana Toraja, en la isla indonesia de Sulawesi. Su concepción de la vida está fuertemente influenciada por el más allá. Por ello para este pueblo, vida y muerte se entrelaza de tal manera que no se concibe la existencia de la una sin la otra. Por ello el arroz tiene vida, y al morir les provee de alimento que a su vez les transmite vitalidad. Por la misma razón creen que los muertos tienen una forma de vida contraria a los vivos. Caminan cabeza abajo, hablan al revés, y las cosechas perdidas significan comida para los muertos.

Esta relación aporta a esta cultura características únicas. La inhumación de los muertos es un proceso sin final. Los huesos de los fallecidos se envuelven en tejidos que ellos mismos confeccionan y se colocan en tumbas ordenadas y abiertas a forma de auditorio. En su exterior se representa a los muertos con tallas de madera (tau-tau), que se cuentan por cientos.

Otra característica de este pueblo son sus llamativas casas (Tongkonan) cuyas paredes se adornan con coloridos paneles tallados y en las que viven varias familias de un mismo clan. En la parte superior, formada por una construcción puntiaguda que representa el mundo superior, se guardan los objetos de valor encerrados en cofres de sándalo. La parte media, que representa el mundo medio, alberga las actividades cotidianas de sus moradores y, por último, la parte baja (el mundo inferior) guarda a los animales de la familia.

El búfalo es para los toraja el animal más sagrado. Estos animales se crian y cuidan para ser sacrificados en las grandiosas celebraciones funerarias, y constituyen además un importante símbolo de riqueza. Como curiosidad no todos los búfalos tienen el mismo valor. Las reses de color mezclado son veinte veces más valiosas que las negras, más comunes en la zona. Una ceremonia ritual toraja puede suponer el sacrificio de unos 250 búfalos.

La posesión de tal número de animales presupone un elevado status social, que generalmente es hereditario. El rango social también viene determinado por el sexo y la edad, aunque son sociedades familiares en las que existe un jefe de clan que supervisa y reparte los recursos, ya que la sociedad toraja se funda en el reparto igualitario entre todos sus miembros.

Aunque sus matanzas de búfalos son espectaculares, los toraja ya no se dedican a la caza como antaño, ni a una actividad aprobada en otro tiempo: "los cazadores de cabezas". Debido a su visión enfrentada vida-muerte, los adultos de esta sociedad empleaban parte de su tiempo en exterminar a sus vecinos. Capturar cabezas significaba conseguir salud y fecundidad para su pueblo (de la muerte renace la vida). Así, aún hoy los toraja creen que cada individuo posee dos almas, una de la muerte y otra de la vida. Algunos hombres llegaban a ser decapitados durante los ritos funerarios.

En cuanto a estos fascinantes funerales, hay que anotar que son distintos según quien sea el fallecido o la edad que tenga. Pero todos coinciden en su estructura. La primera fiesta, la muerte oficial y la segunda, el enterramiento. Entre estas dos pueden pasar días, semanas, meses o años, y hasta su conclusión (que incluye la consecución por parte de la familia del número suficiente de bueyes para sacrificar y reunir a la familia) el muerto permanece en la casa familiar.

En la primera fase del funeral, se abre al difunto, se le extraen los intestinos y se limpia el cuerpo con aceite de copra. Una vez taponados todos los orificios del cuerpo se amortaja y coloca en la habitación que habitará hasta el final del proceso. Cortándole el pelo y las uñas (que servirán de amuletos a la familia) se garantiza que el difunto permanezca durante ese tiempo entre los vivos, por lo que se le servirán tres comidas al día y se matará un cerdo que nadie puede tocar y se pudrirá en la casa.

Durante esta primera fiesta todo el poblado contribuye a la construcción de un edificio provisional para recibir ofrendas y celebrar ritos. Frente a este escenario se sacrificarán a los animales. Todos los vecinos que hubieran contraído alguna deuda con el muerto deben ahora pagarsela con regalos.

Cuando todo está preparado y las ofrendas han sido recibidas, se sacrifican dos búfalos de forma cruenta y festiva, que simbolizan la muerte del protagonista. El alma ya ha abandonado al difunto. Y finalmente llega el momento central de la celebración. En días alternos se comienzan a sacrificar búfalos que llenan de sangre y hedor la aldea. Los niños recogen la sangre que lo inunda todo en cañas de bambú. Muchos de los cerdos ofrendados son sumados al sacrificio. Todo el pueblo se reúne y observa cómo se desangran y mueren lentamente los animales.

Dada la crueldad y espectacularidad de los ritos, el gobierno limitó el número de animales que podían participar en estas ceremonias a 40 reses. Ahora los toraja han adoptado un nuevo sistema. Se reúnen varias familias para compartir gastos y así se sigue multiplicando el número de búfalos.

Finalmente en una segunda fiesta el difunto abandonará la casa familiar junto su esterilla, los alimentos necesarios para el más allá, un arma y otros objetos. Tras otro sacrificio masivo de búfalos el muerto recibe sepultura en una característica grupo. La talla (tau-tau) que le representa es vestido con ropas del fallecido, que se renovarán cada cierto tiempo. Y allí permanecerá honrado por todos sus descendientes y expuesto para que nadie se olvide de que los muertos siguen allí, con expresión imborrable formando parte de la vida de todos los individuos de la aldea.

LOS SAMURAI
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Los samurais, famosos guerreros del Japón feudal, seguían un rígido código ético y social. Sobre estos principios giraba toda su vida. Los samurais integraron una poderosa clase social nipona que se encargaba de servir y proteger a los señores feudales. En 1877 con la Restauración Meiji, perdieron sus privilegios y se vieron condenados a desaparecer.

Durante siglos, los habitantes de Japón habían desarrollado el arte de la guerra. Las armas (en un principio arcos, flechas y espadas), las armaduras protectoras e incluso el código ético de los samurais fue variando durante siglos.

Las pautas de conducta de los guerreros, siguieron en un primer momento, el código chino Kyuba-no Michi (Vía del caballo y del arco), que finalmente derivó en el código bushido (Vía del guerrero), que encarnará el eje de la ética y los preceptos que debe seguir un samurai.

Este código surgió en el Japón feudal (aunque no existió por escrito hasta el siglo XVI) y se encarga de regir todos los aspectos de la vida de un samurai, a nivel físico, psíquico y espiritual. Todas estas normas tienen como fin fomentar en el guerrero (por medio del entrenamiento y la disciplina): la justicia, el coraje, la humildad, el desapego material, el sentido del deber, el control de las emociones, la indiferencia al dolor, una moralidad intachable y sobre todo, la lealtad y el honor.

En cuanto a la lealtad, era un pilar básico de la vida samurai (de influencia sintoísta) que implicaba la incuestionable fidelidad al señor feudal (daimyo) del que depende directamente el samurai, y también al emperador. Esta lealtad llega a tal punto que son estos superiores quienes tienen en su mano el disponer de la vida del samurai, quien aceptará gustosamente cualquier mandato (incluso el de su sacrificio).

Pero el gran dogma central del bushido es que todo samurái "debe siempre, ante todo, tener presente el hecho de que un día ha de morir". Esta idea, proveniente de la influencia budista, lleva implícita la creencia en la reencarnación, y en consecuencia el hecho de que un guerrero no podía temer a la muerte. Y esta idea es también, la causa de que el símbolo del mundo samurai sea la perecedera flor del cerezo (que sólo dura unas horas).

Así, casi toda la filosofía samurai gira en torno a la muerte, ya que vivir es la preparación a este hecho. Un samurai debe imaginar su muerte todos los días antes de dormir, entrenamiento destinado a vencer el miedo a enfrentar tal situación. Pero este concepto de la muerte se relaciona estrechamente con el honor, y dado que la muerte no es eterna pero la deshonra sí, la forma de morir adquiere vital importancia.

Un guerrero debe pues morir en batalla, como consecuencia de un acto de valor (no de un acto casual) para que su nombre y su honor se perpetúe en sus descendientes. En caso contrario, esto es, morir de forma deshonrosa (en un combate causado por una rencilla personal, o alcanzado en batalla casualmente por una flecha) su nombre y el su familia quedarían mancillados. Asimismo, si el nombre de un samurai era deshonrando por un acto de cobardía, por ser capturado por el enemigo o por no cumplir alguna norma del bushido, sólo existía un método para recuperar el honor: el sacrificio ritual o harakiri.

Un samurai siempre debía estar dispuesto a entrar en combate y nunca se separaba de su espada (ni durante el sueño), ya que ante todo era un guerrero. Los combates también se regían por ciertas normas que se debían observar. Antes del comienzo, el samurai debía invocar el nombre de su familia, su señor y su rango, así como sus logros personales. Al matar a un enemigo, era necesario llevarse su cabeza en señal de triunfo, máxime si era de un oficial de rango, en cuyo caso se exponían en la capital.

Un samurai tampoco podía mostrar sus sentimientos. El hecho de provocar compasión era considerado una deshonra, y sólo se le permitía llorar la muerte de su propia madre. En otro orden de cosas, los bushis también se caracterizaron por el desapego material. El dinero ensuciaba a su poseedor y por ello no era ninguna vergüenza el ser pobre, aunque sí parecerlo, lo que obligaba a los guerreros a cuidar su imagen de una forma exhaustiva. Esta es la razón por la que no cobraban sus servicios en dinero, sino en comida y alojamiento, característica que subsiste en muchos maestros de artes marciales actuales (sensei), cuyas enseñanzas son gratuitas.

Un bushi, debía siempre ser justo en sus actos y no cometer abuso de poder. Esto se extendía al cobro de impuestos y a su potestad para el ejercicio de castigos; aunque poseía el derecho (conferido por su clase social) de matar a quien les ofendiese o a un delincuente. La justicia era pues, uno de los valores máximos del código samurai.

Además de estas cualidades, el samurai debía poseer una exquisita educación y conocimiento, y por ello el guerrero debía, en tiempos de paz, poner su fuerza al servicio de los más débiles y ser un sabio maestro para los ignorantes. Esta era la causa de que antes de ser instruidos en las artes marciales –a los quince años-, se formasen académicamente.

En un primer momento, durante el Japón feudal, eran conocidos con el nombre de samurais los guerreros entrenados en artes marciales que se encargaban de proteger a un señor feudal o daimyo. Con el tiempo, pasaron a conocerse como samurais todos los militares (bushi), provenientes de un linaje de guerreros.

A partir del siglo XII, y ante la pérdida de poder de la figura del emperador, se instaura en Japón el régimen conocido como shogunado, caracterizado por un gobierno militar, en el que un general o shogun ostentaba el verdadero poder político, aunque subsistiese el emperador.

En la época del primer shogunado (Kamakura, 1185-1353) y el segundo (Muromachi, 1338-1573), se desarrolla en gran manera la figura de los samurais y el nombre de samuray-dokoro se convierte en la denominación oficial del Departamento de Guerra. Durante esta época los samurais viven su mayor apogeo. Se ocupaban en mantener la paz, cobrar impuestos y aplacar las revueltas que enfrentaban a los diversos clanes que ansiaban el control del país.

Será en 1603 cuando Tokugawa Ieyasu adquiera el título de shogun, por sus méritos militares y conquistas del territorio japonés. Este shogunado (Edo, 1603-1867) se caracterizará por un sistema social en el que unos 300 daimyos dependían del shogún y administraban sus tierras, con ayuda de sus propios samurais (guerreros hereditarios) o bushis (guerreros de clase baja). Aún así, algunos señores feudales continuaron oponiéndose al shogunado.

La importante tarea de controlar la paz en los distintos feudos, otorgó a la clase samurai un aumento de reconocimiento social, materializado en algunos privilegios tales como el derecho a llevar armas y apellido, del que carecían el resto de clases sociales: campesinos, comerciantes y artesanos.

La unificación del territorio produjo también la integración de muchos feudos, hecho que generó que muchos samurais quedasen sin un señor al que servir. Estos guerreros (ronin) se integraron en la sociedad ejerciendo labores administrativas, y otros oficios. Otros muchos samurais se dedicaron al cultivo del arte de la espada, la espiritualidad y las artes marciales. Es en este momento cuando nacen las escuelas que incluían en sus enseñanzas la formación del carácter y el código samurai.

En 1867 serían precisamente algunos guerreros ronin, y los samurais opuestos al régimen, al mando de Saigo Takamori, Kido Takayoshi y Okubo Toshimichi (feudos de Satsuma y Choshu); quienes aceleraron la restauración del gobierno imperial en la figura del emperador Meiji (Restauración Meiji). Algunos samurais se convirtieron en políticos o altos cargos civiles y militares. Y fue este nuevo régimen el que finalmente abolió los privilegios de los tradicionales guerreros (1870), una clase social que resultaba inútil para un país que se abría a las costumbres occidentales, incluso en sus métodos de defensa.

Finalmente, en 1876, se prohibió a los samurais portar sus armas y entrar en combate, además de ser obligados a pagar impuestos. Los samurai, descontentos con estas medidas protagonizaron algunos enfrentamientos. Uno de los más importantes fue el protagonizado por los hombres de Saigo Takamori. Esta rebelión (Satsuma, 1877) finalizó con el aplastamiento de los samurais por parte de un ejército de fuerzas alistadas y armadas, siguiendo el patrón de las milicias europeas y americanas. Ante la derrota, Saigo se autoinmoló en un sacrificio ritual (harakiri).

Otro de estos enfrentamientos fue llevado a cabo por los samurais de las islas Kyushu (Kumamoto), quienes se enfrentaron al nuevo ejército del país con las armas tradicionales. A este movimiento se le llamó kamikaze (“Viento Divino”), concepto que más tarde se volvería a aplicar a los pilotos suicidas nipones de la II Guerra Mundial.

Tras la pérdida de dichas batallas, la clase samurai se fue desintegrando y desapareció de la sociedad japonesa, pero sus principios espirituales y éticos, fomentados por la novela y el teatro, se mantuvieron en la mentalidad del pueblo japonés.

Con la industrialización, los trabajadores de las empresas siguieron practicando ese sentimiento subyacente de lealtad a los superiores que perdura hoy en día; y lo mismo sucede al contrario. Un jefe injusto hace que el deshonor caiga sobre su compañía, hecho que los japoneses siguen teniendo en cuenta a la hora de llevar a cabo sus negocios.

VIRTUDES DEL SAMURAI:

El sentido de la justicia y de la honestidad

El valor y el desprecio de la muerte

La simpatía hacia todos

La educación y el respeto a la etiqueta

La sinceridad y el respeto de la palabra dada

La lealtad absoluta hacia los superiores

La defensa del honor del nombre y del clan

SHALOM