Leyendas Urbanas Del Uruguay

Cualquier lugar del mundo cuenta con alguna Leyenda Urbana. Algunas son conocidas y otras no tanto. Aca les dejo unas cuantas leyendas que son de mi país, Uruguay.

Espero las disfruten...


PRIMERA PARTE:

EL EXORCISMO DEL DAYMAN:

Leyendas Urbanas Del Uruguay

La protagonista de la historia fue una muchacha mestiza, aún no completamente desarrollada -digamos seis o siete años- que vivía en una casita de la zona. Se llamaba L*** y había nacido en el Brasil, más precisamente en Rio Grande do Sul, sitio desde el que poco tiempo atrás había emigrado junto a su madre. Un buen día, y luego de haber convalecido de dolor toda una noche sin causa aparente, L*** comenzó a ejecutar algunas acciones extrañas y a ser víctima de accidentes ciertamente estrafalarios. Los parientes, amigos y vecinos que fueron testigos de estos prodigios, alucinados y asombrados en su imaginación, llegaron a la certidumbre irrefutable de que, verdaderamente, la muchacha "tenía a Mandinga en el cuerpo".

En ocasiones, L*** padecía de unos violentos ataques durante los que se comportaba casi como un animal. Comenzaba a gritar, a semejanza de un chancho que están carneando, y clamaba a viva voz que alguien había venido a llevársela a un paraje terrorífico. Se retorcía como una histérica, gemía como una desquiciada y lloraba escandalosamente. En estos accesos, la joven se estiraba completamente en la cama, y tiesa como estaba, parecía que la arrastraban de las piernas, escurriéndose del reposo. Uno y hasta dos hombres de campo muy forzudos no eran lo suficientemente poderosos como para sujetarla; por esta razón, y a pedido de la propia aterrada madre de la criatura, se convino en amarrarle las muñecas a la cabecera de la cama con unas sábanas.

Otras veces, y aún cuando segundos antes se encontrara apaciblemente tomando mate y conversando con su gente, la joven se transformaba de súbito, y comenzaba a proferir insultos soeces a todos los que se atrevían a dirigirle la palabra o a mirarla con atención. Se arañaba, afirmando que no era ella, sino otro ser invisible quien le clavaba las uñas. Golpeaba con recias patadas las puertas, las paredes, los muebles y las ventanas de la casa, y hasta se orinaba o defecaba en los rincones. También articulaba unos silbidos muy penetrantes, que parecían provenir de lo profundo del bosque circundante. Otra costumbre extravagante de la poseída era la de salir intempestivamente a los fondos de la casa y desde allí arrojar piedras al aire con tan milagrosa habilidad que las piedras retornaban al mismo lugar del que habían partido.

Otro rasgo extraño de la historia es que esta endemoniada, antes de haber entrado en este estado, no hablaba sino su lengua natal, el portugués. No obstante, desde que iniciaron los ataques, la muchacha comenzó a expresarse con tal corrección el castellano como si fuera una nativa, al punto que ni siquiera por el acento pudiera distinguirse del habla de los hijos del país, circunstancia que provocó la perplejidad de los vecinos.

La situación de L*** empeoraba cada vez, y entonces llegó un momento en que la familia de la niña se vio obligada a tomar cartas en el asunto. Se decidió, entonces, convocar a un exorcista. Sin embargo, y diferencia de lo que nos tienen acostumbrados los argumentos de las series televisivas, este ritual no fue llevado a cabo por un sacerdote de la Iglesia Católica, sino por el contrario, por un curandero popular. Pocos datos hay sobre este oscuro personaje, salvo que se trataba de un viejo con fama de brujo y de hechicero, y que ya tenía alguna experiencia en los métodos del magnetismo animal. Aunque también es cierto que, pese a su condición profana, las figuras y los instrumentos de que se valía para sus conjuros eran los mismos que se esgrimen en la liturgia cristiana: también el exorcista, además de brebajes y conjuros, portaba un crucifijo, rociaba agua bendita e invocaba el glorioso nombre de Dios.

Pese a tantas previsiones, el exorcismo culminó en un rotundo fracaso. Ya desde el principio, la endemoniada manifestó toda serie de irreverencias hacia los poderes de su sanador. Por ejemplo, el exorcista recitaba oraciones y le decía cosas tales como: "Clama, hija mía: Dios conmigo y el Diablo al Infierno", y la joven, enfurecida, respondía insultante: "El Diablo conmigo y Dios a la p ". En tales contratiempos, y como todo recurso, el exorcista la rociaba con más agua bendita y rezaba cada vez en tono más solemne. Por supuesto que, por momentos, el exorcismo parecía dar algún resultado, pues la muchacha cesaba de maldecir y no realizaba tantas extravagancias, pero el mal pronto volvía a exacerbarse. Y L***, conforme pasaban los días, estaba cada vez peor. Hacia el final, al borde de la locura, no hacía sino cubrirse el rostro con las manos o con las sábanas, y mientras sujetaba fuertemente las manos de una vieja, como buscando terrenal consuelo, manifestaba su malestar y su espanto con penetrantes gemidos. Un atardecer, luego de una larga sesión de espiritismo que había abarcado toda la noche y el día anterior, L*** finalmente murió.

Una vez fallecida la desventurada criatura, la casa en la que fue llevado a cabo el ritual adquirió una fama siniestra. Se decía del edificio -como del Teatro Larrañaga o del Museo de Bellas Artes- que fuerzas oscuras y misteriosas habían asentado allí su dominio infernal. Según hemos llegado a saber, este lugar fue, en repetidas ocasiones, escenario de apariciones de fantasmas, voces pavorosas, ayes fatídicos, luces que vagan solitarias, ruidos subterráneos y otras proposiciones infames por el estilo. Los antiguos vecinos del Daymán solían referirse a este sitio con mucho respeto, como si se tratara de un lugar de culto, aunque, temerosos, preferían no frecuentarlo demasiado. Hoy en día, y para beneplácito de los espantadizos, esta casa ya no existe; fue demolida, y en el lugar en que se encontraba fue edificado un lujoso hotel que hace las delicias de los turistas más exigentes.



LOS ESPÍRITUS DEL LICEO IPOLL (Salto)

Uruguay

Tal vez, algún día, los diligentes funcionarios del Catastro Nacional pondrán fin a la controversia. Sin embargo, hasta que tal cosa no ocurra, la acalorada polémica acerca del sitio exacto en el que se encontraba el antiguo cementerio de la ciudad, continuará. Diversos postulantes aspiran a la candidatura, como los subsuelos del nuevo local de la Regional Norte de la Universidad de la República, los de la Plaza Artigas o los descampados aledaños al Liceo del Salto Nuevo. No obstante, las versiones más persistentes afirman que dicho cementerio se encontraba en los terrenos sobre los que fue edificado el Instituto Politécnico Osimani y Llerena, y en el que funciona, desde hace ya varios años, el Liceo Nº 1 I.P.O.LL. Esta es la razón, según he podido saber, por la cual una vez que comienzan a esfumarse en el horizonte los últimos rayos del sol, este lugar es el escenario de un gran número de eventos misteriosos y paranormales.

De hecho, el repertorio de estos sucesos es tan amplio y variado que su detalle, menos que instruir, podría aburrir a cualquier lector. Simplemente señalaré que, entre otras cosas, se habla de bancos y pupitres que se mueven solos; de pizarrones que amanecen con bizarros dibujos y leyendas en idiomas extrañas; de papeleras misteriosamente desparramadas por manos anónimas en un sitio recién higienizado; de teléfonos que suenan persistentemente en salones que carecen de tal aparato; de puertas cerradas por dentro con postigo que, al abrirse, dan paso a habitaciones vacías; de inexplicables roturas de vidrios y hasta de insólitas desapariciones de expedientes, exámenes y documentos oficiales. Algunas veces, también pueden adivinarse sombras de ahorcados, proyectadas por los corredores, y figuras humanas deambulando que luego se desvanecen, atravesando paredes y muros, como por arte de magia. Naturalmente, entre los testigos más frecuentes de tales prodigios figuran tanto los alumnos, como los profesores, las autoridades y el personal del servicio de limpieza del liceo.

No obstante, las anécdotas más interesantes acerca de los misteriosos sucesos del Liceo I.P.O.LL me fueron comunicadas de primera mano por un agente de la Policía, padre de un buen amigo, que ha debido pasar largas noches en solitario en el edificio cumpliendo la guardia como sereno. Este hombre, digo, cuya veracidad es para mi el Evangelio, me comunicó que se manifiestan allí visiones de todos los colores imaginables: cuando no es una canilla que se abre sola en el baño, es una cisterna accionada por el aire; cuando no es una cisterna, se presentan increíbles ventoleras de frío, aún cuando sea en pleno verano y en los alrededores los árboles estén quietos y adormecidos por el agobiante calor; cuando no es una corriente de aire, es una neblina cerrada de color blanco que invade la atmósfera; cuando no es una neblina, se perciben luces y fogonazos en los corredores; y cuando no es ni éste ni ninguno de tales prodigios, en ocasiones puede detectarse un fortísimo olor a azufre emanando de los lugares más insólitos: el laboratorio, el salón de actos, la sala de profesores, el galponcito de gimnasia, la biblioteca. También se ven -me asegura- rostros inhumanos insinuándose en el fondo de los espejos.

Según mi testigo, son tantos los policías y serenos que podrían corroborar estas apariciones que, desde hace ya mucho tiempo, y fatigosamente atemorizados, ninguno de ellos se anima a hacer la guardia permaneciendo en el interior del liceo, sino que invariablemente realizan la ronda de vigilancia en los perímetros exteriores.

(Anécdotas)

Verónica y Mónica, dos estudiantes del turno nocturno del liceo, afirman que una vez, al salir a la medianoche, sintieron ruidos de cadenas y estallidos en el laboratorio (el lugar del instituto que más leyendas acumula).

Al acercarse a mirar, descubrieron que los muebles en donde se guardan los instrumentos estaban abiertos, y una ventana aparecía abierta a pesar de haber sido cerrada por las propias estudiantes minutos antes.

A la semana siguiente, las jóvenes volvieron a escuchar los ruidos de cadenas y al acercarse vieron una sombra. Las estudiantes no volvieron más al liceo y aseguran que jamás olvidarán lo sucedido allí.

Una ex funcionaria del IPOLL, que pidió que su identidad no fuera revelada, trabajó allí en el '85. Recuerda los comentarios en torno a los supuestos espíritus y comenta un caso que le impactó. Por aquella época quedó un funcionario de sereno, que debió quedarse todo enero mientras el liceo estaba cerrado. Cuando los profesores se reintegraron en febrero, el funcionario comentó los horrores que había pasado: gritos en la noche, lamentos, cosas extrañas. Ese compañero se suicidó a los pocos días de comenzar su licencia, y los restantes profesores recuerdan con pena no haber dado más importancia a sus relatos o contenerlo.

Otra de las tantas historias que nos llegaron proviene de un ex estudiante, que pide especialmente que no se mencione su nombre."Respecto al liceo he escuchado esa historia y también alguna más reciente", nos cuenta. "En los laboratorios de química, hace algunos años, un profesor salió espantado luego que al intentar echar un líquido en un tubo de ensayo, el chorro se dividiera en dos y cayera en los costados, sin que entrara una gota en el tubo".

"Cuando yo iba al liceo", continúa, "se hablaba de un fantasma con nombre y apellido. Yo me he quedado en algunas ocasiones de noche en la Universidad -atrás del liceo- y también se oyen pasos y ruidos extraños durante la noche. Actualmente sólo quedan policías afuera del liceo, en el ala opuesta a los laboratorios".



NO SOLO LOS PERROS LAMEN:

Leyenda

La historia data de varias décadas atrás, y se desarrolla en una casa pudiente en las afueras de Montevideo. Allí vivía una familia adinerada, bien posicionada, influyente y con una hija única, de unos diez años.

La niña, independiente y de buena educación, cargaba con el peso de su soledad, ya que sus padres solían ausentarse del hogar para asistir a compromisos sociales. Con el objetivo de hacer más llevaderas las horas solitarias, sus padres le compraron un cachorro de labrador.

Con el correr de los años, la niña y el perro se volvieron inseparables, compartiendo espacio dentro del propio cuarto. Todas las noches, cuando la protagonista del relato se iba a dormir, el labrador se acurrucaba debajo de la cama; la niña estiraba entonces su mano y el perro se la lamía, a modo de saludo nocturno que se convirtió en una tradición o código entre ambos.

Una noche, los padres se retiraron a un nuevo evento social, quedando la joven sola con su perro. Se sumió en un sueño profundo hasta que a eso de las 2 de la mañana la despertó un fuerte ruido, que se derivó luego en algunos rasguños y golpeteos. Asustada, y también nerviosa por su perro, la niña bajó la mano en la oscuridad, esperando que el perro la lamiese. El can así lo hizo y su dueña pudo volver a dormirse con tranquilidad.

Horas después, al despertarse, comenzó a sentir un ruido extraño, como un goteo grueso e insistente que parecía provenir del baño. Caminó hasta allí, temerosa, y dio un grito de terror al abrir la puerta; su perro, descuartizado y sangrando, colgaba de una cuerda en el baño.

Al regresar al cuarto, en medio de un ataque de pánico vio las siguientes letras escritas en rojo en el espejo del tocador: "No sólo los perros lamen". Dio un grito y cayó desmayada en el medio de la habitación.

Cuando los padres regresaron, se encontraron con la casa desvalijada, el grotesco espectáculo del cuarto de baño y su hija en estado de shock, repitiendo en loop: "¿Quién me lamió?". Según algunas de las versiones, la niña debió ser internada en un manicomio, en el que permaneció hasta su muerte. Sus padres emigraron finalmente al extranjero.



LA SIRENA DEL RÍO URUGUAY:

relatos

El mito de la sirena del Río Uruguay es una de esas clásicas leyendas que desde tiempos inmemoriales seduce la imaginación de los hombres de todo el litoral oeste del país, e incluso de aquellos que habitan todavía más hacia el sur de la República, pues es evidente que la famosa sirena del Río de la Plata, sobre la que misteriosamente refieren algunos pescadores montevideanos, no es sino la mismísima ninfa de aguas dulces en una de sus excursiones más alejadas. Con todo, es probable que en ningún otro sitio como en Salto esta leyenda posea tantas anécdotas y testimonios que den prueba de su existencia.

Pese al ostensible nombre de esta bestia, la sirena del Río Uruguay es un animal que apenas recuerda a su congénere de la mitología clásica.

Una diferencia notoria proviene de las apreciaciones fisonómicas de cada una de estas especies. Las sirenas de la antigüedad helénica fueron seres de forma híbrida, que de la cintura para arriba asemejaban unas hermosísimas doncellas de largas cabelleras y de formas voluptuosas, mientras que de la cintura para abajo eran unos peces gigantescos. En cambio, la sirena del Río Uruguay no es un mero complemento entre una especie humana y otra animal, sino tal vez un híbrido indeterminado entre ambos términos. Se sabe que tiene extremidades, pero éstas no son los tiernos brazos de una náyade, sino unas especies de tentáculos provistos de largas garras y de aletas. Hay también consenso en que tiene abundantes cabellos, pero éstos no son finos y delicados, sino verduzcos y pinchudos como si se tratara de un puñado de bigotes de surubí. Sus ojos son amarillos y saltones, como los de un sapo, y no toleran la luz. El conjunto del monstruo da la impresión de un axolote enorme, pero cuyas facciones evocan, lejanamente, rasgos humanos. Su piel, brutalmente salpicada de erupciones, es de un color gris piedra que le permite un camuflaje sin igual en las oscurecidas aguas del río.

Otra diferencia importante es que al tiempo que las sirenas sobre las que nos refieren los relatos de la mitología y la epopeya clásica siempre avanzan en grupos, verdaderos harenes fantásticos de seductoras marinas, la sirena del Río Uruguay, en cambio, es un ente tristemente solitario. Es probable que se trate del último espécimen de su raza. La pobre criatura vaga de aquí para allá, desamparada, sin otra compañía que la corriente del río y la ocasional cercanía de otros peces que el azar de las aventuras pone en su camino.

Pero tal vez la principal diferencia entre la especie helénica y la sirena del Río Uruguay -a quienes conviene reconocer, sin embargo, como parientes muy lejanas-, es la absoluta disparidad entre sus respectivos comportamientos en relación a los humanos. Las sirenas de la antigüedad clásica encontraban singular deleite en provocar la desgracia y la muerte de los hombres. Sus hermosas melodías y sus hipnóticos cantos atraían la atención de los navegantes, que descuidaban el curso de sus naves y las estrellaban así contra los arrecifes, pereciendo toda la tripulación en las aguas. Por el contrario, la sirena del Río Uruguay es un ser absolutamente pacífico, y más que bonachón, casi inocente, que nunca ha causado y es previsible que no causará jamás daño a nadie.

Puesto que, como se dijo, se trata de un ser solitario en extremo, posee, eso sí, una gran curiosidad. Pero es de un carácter tan arisco y huraño que toda vez que se acerca a un humano, y es percibida por éste, la sirena se zambulle de súbito en las aguas y huye despavorida, como si la sola idea de ser contemplada por los ojos de la gente le provocara un estremecimiento más poderoso que su osadía de mostrarse.

Desde que los practicantes de la religión afro-umbandista instalaron en la playa Las Cavas una bellísima escultura de Ie-Manjá, los avistamientos más frecuentes de la sirena en la ciudad de Salto se produjeron precisamente en esa zona del Río Uruguay. Muchos de los devotos de esta diosa, que habitualmente se acercan a la costa del río a realizar sus rituales y a presentar sus ofrendas de flores, velas y animales, juran haber divisado más de una vez a la "Madre de las Aguas" saltando a lo lejos, o a veces también paseando en una barca, vestida con sus conocidos atuendos de colores blanco y turquesa, su silueta recortándose en el espejo de plata de la luna. Estas visiones me fueron confirmadas también por algunos de los muchachos del cuerpo de Guardavidas de la Intendencia que en las épocas del verano custodian las playas salteñas. Hacia el atardecer, cuando van a recoger las boyas de seguridad, se ven a menudo espantados por el súbito borbollón de agua que, en su torpe desplazamiento por debajo de la chalana, produce la sirena al pasar.

Igualmente, los marineros de la Prefectura, hastiados de caminar y de vigilar con sus binoculares toda la costa del Salto, fueron testigos de sus fugaces apariciones.

Fuera de estos registros recientes, hubo una época en la que los avistamientos más frecuentes de la sirena del Río Uruguay se realizaron en el puerto de la ciudad. Tal vez por esta razón, quienes están en mejores condiciones de proporcionar datos fidedignos sobre la existencia de este apacible monstruo acuático, sean los habituales pescadores que noche tras noche van allí a tirar sus plomadas. También los pescadores de río adentro, que rastrillan la zona portuaria con sus embarcaciones y sus redes, se ven de ordinario sorprendidos por la visita de este curioso engendro.

En ocasiones, las personas que hacia el atardecer regresan de Concordia en la lancha, pudieron observar también de qué simpática manera acompañaba la sirena el surco blanco de agua que el motor produce en el río, asomando la cabeza y hundiéndose en forma reiterada. Otras zonas de avistamientos frecuentes de la sirena del Río Uruguay en Salto son las rocas del Ayuí, las cuevas de San Antonio y las compuertas de la Represa de Salto Grande, sitio en el que no es por cierto infrecuente advertir a este fantástico animal, saltando alegremente junto a los dorados en los torbellinos de agua.



LOS OVNIS DE LA AURORA:

leyenda urbana

La estancia "La Aurora se encuentra a pocos metros de distancia del puente fronterizo Salto-Paysandú tendido sobre el río Daymán, con un pie en cada uno de estos departamentos, y a ella se accede a través de un estrecho sendero de tierra y polvo que se abre silenciosamente a un costado de la Ruta 3. En el portón de entrada a este distrito hay un cartel que reza: "Por el tema OVNI preguntar en la NASA". Los dueños del lugar han puesto esta leyenda, previsiblemente, con el ingenuo propósito de sumir aún más en el secreto la serie de hechos misteriosos y sobrenaturales que supuestamente ocurren allí. Incluso la sigla "OVNI" es un eufemismo, pues ya no existe ninguna duda de que allí verdaderamente se registra una copiosa actividad extraterrestre.

Para explicar esta presencia alienígena, la imaginación popular ha urdido varias teorías.
La más difundida de todas explica que en "La Aurora" hay ubicado aquello que los chamanes llamarían un axis mundo -o eje del mundo-, es decir, una abertura de carácter dimensional que permite comunicar las diferentes regiones del Universo. Puesto que, en efecto, el suelo allí es rico en cuarzos y cristales, se concentra una potente energía que al cabo de períodos regulares colapsa las categorías del espacio y del tiempo y abre un canal a través del cual seres de otras dimensiones pueden acceder a nuestras coordenadas. No se trata, estrictamente, de la abertura a una ciudad intraterrena, sino de un portal con el que se puede conectar con otras realidades coexistentes con la de nuestro planeta, pero ubicadas en niveles diferentes de la existencia. El caso no es original; a lo largo de la historia se recuerdan muchos epicentros energéticos como éste en la Tierra, aunque de diferente potencia. Los más poderosos son los del nivel siete, como los de Erks y Azgar en Rusia, el del Tibet, el del Triángulo de las Bermudas y el de la Antigua Capital de los Mayas; el hoyo energético de "La Aurora", en cambio, como el de Isidris en Mendoza y como otros sitios de Brasil, Colombia, China, EEUU y Europa, es apenas de segundo nivel.

Según otra versión, la menos convincente, en "La Aurora" habría instalado un observatorio subterráneo de la NASA en el que el gobierno norteamericano lleva a cabo ciertas operaciones secretas en confabulación con las células de inteligencia de nuestro país. Tal vez por esta razón, muchos de los avistamientos de objetos voladores registrados en la zona han sido atribuidos a falsas percepciones de satélites, aviones, prototipos de combates y otras maquinarias de las operaciones militares. Esta hipótesis es por cierto incontrastable, ya que amén de las repetidas visitas realizadas a Salto por el astronauta Neil Armstrong, "el primer hombre que pisó la luna" y uno de los agentes más universalmente conocidos de la NASA, no existen visiblemente en "La Aurora" elementos que den prueba de su veracidad.

Hay todavía una versión más rigurosa, que pude conocer gracias a la pericia de un astrólogo y ufólogo amigo, pero que exige una explicación preliminar. Según es fama, desde hace miles de años, los pueblos del Universo han estado librando una guerra. Dos son los bandos en eterno conflicto: por un lado, las Fuerzas de la Oscuridad, una congregación de colonialistas interplanetarios que intenta hacerse con el poder del Cosmos para dictar sus leyes y hacer agosto de la esclavitud de las razas; y por el otro, las fuerzas de la Confederación Intergaláctica, la unión de los pueblos libres del universo reacios a cualquier intervención forzosa y que participan de la idea de que todo organismo vivo que existe en la inmensidad del espacio debe ser el único rector de su destino. En términos generales, puede decirse que la Confederación Intergaláctica ha estado ganando sistemáticamente esta guerra; sin embargo, las Fuerzas de la Oscuridad intentan dar ocasionalmente algún golpe, buscando revertir la situación, y lo hacen precisamente tomando como objetivo a aquellos planetas que, como la Tierra, recién están en los primeros pasos de su evolución. Para evitar esta intervención clandestina sobre los pueblos neutrales, la Confederación Intergaláctica instaló en ellos, en secreto, sistemas defensivos y escudos de protección capaces de derribar toda agresión exterior, tal como puede comprobarse, por ejemplo, recordando lo ocurrido en el famoso caso Roswell. Pues bien, en "La Aurora", precisamente, habría instalada una base de este tipo, y las naves que allí se divisan por docenas no son sino las centinelas de la guardia de la Confederación.

Sea como fuere, las evidencias de la actividad de naves y de seres extraterrestres en los campos de la estancia son tan variadas que cualquiera de ellas daría material de primera para un buen capítulo de la serie televisiva Los Archivos X. Los automovilistas que transitan por la carretera realizan con frecuencia avistamientos de platillos voladores solitarios o en formaciones de hasta cinco o seis individuos. Por las mañanas, y aún cuando en toda la noche no se escuchó un solo ruido, los peones encuentran misteriosas huellas de aterrizajes en el pasto, como si un objeto muy caliente se hubiera posado de pronto y quemado todo la gramilla circundante con su fulgor. Se divisaron también luces y bolas de fuego que recorren a una velocidad muy lenta el descampado y que de pronto ascienden con una propulsión imposible hacia los cielos, donde se pierden para siempre. Si uno es capaz de desarrollar sus facultades mentales en grado extremo, y logra dominar el arte de la telepatía, encontrará allí una sintonía especial para comunicarse -sin palabras ni imágenes- con seres de toda la galaxia. En ocasiones, hasta hay testigos que han logrado encuentros cercanos con algunos de estos internautas y visitantes de otros mundos, los que fueron descritos de maneras tan heterogéneas y contradictorias que es preferible no entrar en materia.

Por esta razón, los muchachos de las comunidades dedicadas al estudio del fenómeno OVNI de todas partes del mundo, como así también los iniciados en las artes de lo oculto, lo ausente y lo lejano, tienen entre sus itinerarios de actividades viajes y excursiones de todo tipo a este característico paisaje de la fantasía salteña con el fin de lograr, cosa que ocurre, alguna evidencia de los extraterrestres.



EL FANTASMA DE HORACIO QUIROGA:

urbana

Según los registros más fieles, la última vez que Horacio Quiroga puso un pie en Salto fue hacia fines del año 1902 o principios del 1903, cuando ya estaba radicado en Buenos Aires luego del trauma que le había provocado la muerte de su amigo Federico Ferrando. Juró entonces -cosa que literalmente cumplió- no regresar jamás en su vida. Las razones parecían justificadas: la ciudad natal, para Quiroga, no era otra cosa que un enorme signo de su desdicha personal. Salto había sido el escenario de dos muertes que calaron hondo en su espíritu (la de su padre Prudencio en 1879, y la de su padrastro Ascencio Barcos, en 1891). Fueron los salteños quienes desdeñaron con indiferencia sus ejercicios literarios en Gil Blas y en La Revista; y era también salteño, finalmente, el hermano del alma que acababa de morir, víctima de su propio descuido. Nada parecía haber en Salto que el precoz escritor -por entonces de apenas veinticinco años de edad- pudiera asociar con la felicidad o siquiera lejanamente con la alegría.

Sin embargo, muchos son los biógrafos que han advertido que, hacia los últimos instantes de su vida, Horacio Quiroga planeó casi secretamente una íntima reconciliación con el suelo natal. En buena medida, este propósito ya podría adivinarse considerando con atención la correspondencia quiroguiana hacia la época de su segundo exilio misionero y las reiteradas ocasiones que en ella el escritor recuerda con cariño y nostalgia las ya lejanas horas de la juventud. En algunas, como las cruzadas con Fernández Saldaña, Quiroga habla a menudo de rostros, de nombres y de amigos del Salto, y cuenta con insistencia humorísticas anécdotas y recuerdos allí vividos. En otras, como las mantenidas con su amigo y coterráneo Enrique Amorim, el escritor habla mucho más explícitamente de un proyecto general de "rever el paisaje salteño", proyecto que incluía no solamente una revaloración de las posibilidades estéticas del recuerdo del terruño sino también, acaso, una vuelta al hogar ("Al fin y al cabo -escribió una vez- hasta los elefantes van a morir todos al sitio dónde dieron sus primeros trotes". De hecho, este último propósito estuvo muy cerca de concretarse hacia el año 1935 cuando el propio Amorim le realizó una invitación al chalet "Las Nubes", que Quiroga a la postre rechazaría alegando su voluntad de evitar los previsibles homenajes oficiales.

No obstante, la verdadera razón por la que el proyecto quiroguiano de la recuperación del Salto quedó finalmente trunco fue mucho más drástico: poco tiempo más tarde el escritor comenzaría a padecer los primeros síntomas de un irreversible cáncer gástrico, y tanto su salud como su desequilibrado estado anímico lo arrastraron obligatoriamente hacia Buenos Aires. Allí, aquejado por el sufrimiento y la soledad, la idea del suicidio se instaló en su mente con más fuerza que la del regreso. Sin embargo, es verosímil que hacia sus últimos segundos, y ya de cara a Dios, Quiroga siguiera pensando, como en un sueño, en su Salto nativo. Pensó tal vez -como había dejado escrito en el Diario de Viaje a París- que solamente en Salto había encontrado alguna vez diversión. Que entre los amigos que lo acompañaron fielmente durante toda su vida figuraban muchos salteños. Que fueron los primeros escritos salteños, acaso, los únicos que le produjeron verdadera felicidad creativa. Que la absurda Comunidad de Los Tres Mosqueteros -precursora del célebre Consistorio del Gay Saber- fue una de las experiencias más delirantes que alguien pudiera imaginar. Que los carnavales salteños le proporcionaron el conocimiento de algunos amores imborrables; y que fueron muchos también, en definitiva, los buenos recuerdos de su vida de estudiante en el Instituto Politécnico. Es también verosímil suponer que la fatídica noche de febrero de 1937 en que Quiroga entró en la muerte en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires, luego de ingerir una fuerte dosis de cianuro, llevara todas o siquiera algunas de estas imágenes impregnadas en su retina.

Pues bien, tal es la razón, y no otra, por la que el fantasma de Horacio Quiroga se aparece todavía en tantos lugares del Salto: para conseguir, desde el más allá, la anhelada vuelta al hogar que su cuerpo humano no pudo alcanzar en vida. Tal vez también por esta razón, los lugares en que con más frecuencia se manifiesta su espectro sean las dos casas que éste habitó en la ciudad. En la primera, ubicada sobre calle Uruguay, sucesivos inquilinos han visto ciertas noches al fantasma de Quiroga deambulando por la oscuridad de los corredores, envuelto en una larga manta de color rojo; y en la segunda, la casona ubicada sobre Avenida Viera en que funcionaba hace no mucho tiempo la llamada "Escuela al Aire Libre", suele presentarse a los niños, caseros y cocineros del centro educativo, la mayoría de las veces sentado en una silla de hamaca ubicada junto a la estufa del lugar, aunque también hacia los terrenos del fondo, revolviendo las plantaciones de verduras o utilizando clandestinamente las herramientas del galpón. En tales casos, el fantasma aparece invariablemente con el aspecto con que recuerdan a Quiroga sus últimas fotografías: enflaquecido, la piel arrugada y amarillenta, la espesa barba comiéndole la cara, la mirada triste y como perdida en el vacío. Pero no son por cierto éstos los únicos sitios de sus póstumas peregrinaciones salteñas. Por el contrario, se refieren apariciones suyas en la zona de la Costanera Sur, más precisamente en los alrededores del Mausoleo erigido en su nombre y en el que está ubicada la famosa -y también maldita- urna de Ezria que guarda sus terrenales cenizas. Igualmente, hay testimonios que aseguran la presencia del fantasma de Horacio Quiroga re-editando en bicicleta la célebre travesía Salto-Paysandú, pedaleando muy orgulloso con su camiseta del Club Ciclista Salteño.

Tales apariciones salteñas del espectro de Quiroga, naturalmente, suelen promover el espanto de sus ocasionales testigos. Sin embargo, viéndolo de otro modo, son la cosa más natural del mundo. Al fin y al cabo ¿qué otro destino más conveniente para el fantasma de un hombre que en toda su vida no fue sino un perpetuo desterrado, que el de intentar recuperar, al cabo de ésta, el familiar sabor del suelo natal, vale decir, regresar a las entrañas mismas de la madre tierra?



LA APARIENCIA DE LA RUTA 3:


cuentos.

Fuera de esta sumisa anécdota, que referiré a continuación, no existen, que yo sepa, otras visiones de la Aparecida o de la Madre de la Ruta 3. Sin embargo, he podido comprobar que es tal el sobrecogimiento que invade indefectiblemente al ánimo del auditorio cuando se cuenta esta leyenda, tanto el miedo y la angustia que sobreviene ante su sola mención, que acaso no hay otra tan impactante como ella en todo el catálogo de los misterios salteños. Ésta me fue referida, casi al azar, en conversaciones privadas con uno de los propios involucrados en el hecho. Cierta noche muy lluviosa, un camionero que regresaba a Salto por la Ruta 3 luego de haber dejado en Río Grande un cargamento de naranjas, divisó, poco antes de llegar a la entrada de Belén, a una mujer que gesticulaba y hacía ademanes, presa de notoria ansiedad. El camionero, al principio, no sospechó nada en particular, pues para la gente de su profesión encontrarse con peregrinos que hacen dedo a la vera del los caminos, incluso bajo un diluvio y en medio de la nada, es pan de todos los días. No obstante, y conforme las luces de los focos del camión fueron acercándose al sitio en el que la mujer se hallaba, sus impresiones comenzaron a tomar una dirección muy diferente, más aún cuando pudo comprobar que algunos cuantos metros más adelante, justo en la naciente de una curva, había un auto volcado, con signos de haberse estrellado recientemente y que ya comenzaba a encenderse en llamas.

Al divisar esto, el camionero detuvo violentamente la máquina, y bajó precipitadamente a prestar auxilio a la mujer. Pudo advertir entonces que se trataba de una jovencita seriamente lastimada; sangraba profusamente, cojeaba de una pierna y tenía una herida muy profunda a un costado de la cabeza. No obstante, y para sorpresa del camionero, ésta no parecía mayormente interesada en su propia salud.

-¡Ayude, por favor, a mi hijo! gimió, casi suplicante, la joven-. ¡Mi hijo está atrapado en el auto! ¡Si no sale de allí pronto se va a morir! ¡Por favor, ayúdelo! Al camionero le costó trabajo reaccionar. Dijo entonces lo primero que se le pasó por la mente: le preguntó a la mujer si se encontraba bien, o si había sufrido ella misma algún tipo de herida que necesitara atención inmediata. Pero la mujer no parecía escucharlo.
-¡Mi hijo! gritaba angustiada-. ¡Por favor, salve a mi hijo!

El camionero, todavía perplejo, se alejó entonces de la mujer y salió corriendo a todo galope en dirección al auto accidentado. Al llegar a él, le costó bastante trabajo encontrar algún hueco por donde asomar la cabeza; el auto había dado muchas vueltas y casi no era otra cosa que un puñado de chatarra humeante y retorcida. Además, la fuerza del agua, mezclada con el hedor a nafta desparramada, tornaba casi imposible la respiración. Y hay que sumar a todo esto que la presencia de las llamas auguraba una inminente explosión. De todos modos, y haciendo acopio de su valor, el camionero se las ingenió para llegar a los asientos traseros, luego de romper una ventanilla, donde pudo notar que se hallaba un bulto de color blanco. Prestando mayor atención, pudo advertir también que, envuelto en aquellas mantas, se encontraba acurrucado un niño en su más tierna infancia, casi un bebé, que sollozaba bajito.

El camionero lo sacó del auto presurosamente, tratando de alejarlo del peligro. Sin embargo, y cuando ya comenzaba a creer que su tarea había terminado con éxito, pudo advertir, para su sorpresa, un elemento que no había previsto: un segundo cuerpo yacía atrapado entre los hierros.

En eso, otra camioneta se detuvo en la ruta. Se trataba de una pareja de oficiales de la Policía Caminera que, al advertir el accidente, frenaron a prestar ayuda. El camionero fue a su encuentro con el niño en brazos y en dos palabras, jadeante, les explicó la situación. Puso especial énfasis en la necesidad de obrar con velocidad. Dicho esto, los dos oficiales tomaron de la parte trasera de la patrulla un bomberito y salieron corriendo en dirección al auto a prestar ayuda a la segunda víctima, mientras el camionero aplicaba los primeros auxilios al bebé. Afortunadamente, se encontraba sano y salvo. Cuando por fin pudo cerciorarse de esto, y tener un segundo de descanso y reflexión, es verosímil suponer que el camionero no pudo sin dudas dejar de advertir que la mujer que lo había detenido en medio de la ruta, solicitándole ayuda, hacía ya un largo rato que había desaparecido. Lo que sigue a continuación, el final de la historia, seguramente el lector ya lo habrá adivinado. Los dos oficiales llegaron al auto, y luego de forzar una puerta, con grave dificultad, consiguieron sacar la segunda víctima al exterior. Se trataba de una mujer, casi completamente desfigurada por las heridas, pero que el camionero pudo reconocer, estupefacto, como la misma que lo había detenido en la ruta. Era, en efecto, la propia madre de la criatura rescatada, salvo el hecho inexplicable de que hacía varios minutos que estaba muerta. Según mi testigo estrella, resulta innegable que la Aparecida de la Ruta 3 había sido el propio espíritu o el fantasma de la madre del niño, que una vez muerta en el accidente, y antes de emigrar al reino tenebroso, había querido asegurarse de dejar a buen resguardo la vida del pequeño.



ESPECTO DE MADRE:

Leyendas Urbabas

Esta historia de principios del siglo XX sucedió cerca del río Santa Lucía grande, límite natural que separa Florida con Canelones, en el entonces pequeño poblado de Fray Marcos, recordado por dos hechos bien marcados: el trágico tornado del 21 de abril de 1970 que dejó como triste saldo 10 personas fallecidas y la Batalla de 1904 (guerra civil del Uruguay) donde triunfaran los "blancos" de Aparicio Saravia sobre las fuerzas "coloradas" del comandante Melitón Muñoz. Esa sangrienta contienda fue una conmoción también para todos los habitantes de esta zona porque participaron en ella muchos civiles que tenían aquí su vivienda y cuyos descendientes aún siguen afincados en estas tierras.

Tal es el caso de doña Emilia, hoy septuagenaria, cuyo padre (siendo joven y soltero) estuvo nueve meses alistado junto al ejército revolucionario a la orden del "chiquito" Saravia ("el general de poncho blanco" y cuya madre no conoció ya que falleció cuando apenas tenía seis meses de vida (ni siquiera posee una sola fotografía). Fue criada por otra señora, su "madrastra", quien golpeaba y maltrataba con asiduidad a la pequeña Emilia. Cierta vez que, nuevamente sin motivo alguno, le "propinó" una páliza, corrió desesperada a refugiarse en su cama, no sin antes encender el candil con el cual siempre iluminaba aquella precaria pieza del humilde rancho donde vivía.

Al poco rato, las lágrimas de sus ojos no impidieron que observara, en ese mismo instante, como lentamente se acercaba hacia ella una espectral figura blanca que apareció en forma sorpresiva, como surgida desde la propia sombra del viejo ropero. Presa del miedo cerró fuertemente sus ojos y sintió que una mano fría acariciaba con suavidad su pequeña mejilla. Quedó inmóvil. Ni siquiera se animaba a abrir sus ojos. Cuando logró hacerlo observó (como todas las noches) las penumbras que se movían a la luz del candil, que eran siempre objeto de diversión (se pasaba las horas mirándolas hasta que se dormía) pero que esa noche la aterrorizaron.

Sacando fuerzas de flaqueza esbozó un grito de auxilio e inmediatamente llegó su padre, con el mismo trabuco con el cual 30 años atrás había defendido sus ideales (y también su vida), revisó cada rincón pero no pudo hallar nada. Apresuradamente, salió pero sólo pudo divisar la silueta de su caballo en el campo y los perros, que ladraron sin pausa alrededor del humilde rancho durante toda la oscura noche, siendo los constantes y únicos perturbadores del silencio sepulcral reinante...



LA CAMINANTE ESPECTRAL:


Leyendas Urbanas Del Uruguay

Una noche fría y ventosa, cerca del cementerio del Buceo (algunas versiones mencionan otros lugares) un hombre vio mientras conducía en su auto a una muchacha joven y bonita al costado del camino.
La chica hacía dedo, y aunque el hombre no tenía por costumbre levantar gente en la ciudad, parecía tan agradable y desamparada que decidió subirla al auto. Iniciaron una charla amena y descubrieron al instante una sintonía inmediata.
Pasaron buena parte de la noche juntos y al terminar la velada el hombre la llevó a la casa donde la muchacha indicó que vivía. Al día siguiente, el protagonista de nuestra historia descubrió que la joven había olvidado su bufanda en el auto. Se dirigió hacia allí y golpeó la puerta de la casa que la joven había señalado.
Una pareja mayor abrió la puerta, y cuando el hombre intentó explicar el motivo de su visita, preguntando por la chica, el matrimonio reaccionó violentamente. ¿Cómo se atrevía un desconocido a burlarse de la desgracia ajena? ¿Cómo podía hacerles afrontar el dolor de la pérdida?
El hombre, que no entendía nada, intentó explicarse mejor y les mostró como prueba de su historia la bufanda. La pareja quedó helada, resolvió entonces hacerlo entrar a la casa y lo condujo a un cuarto. Allí, sobre una mesa, estaba el retrato de la joven que había levantado la velada anterior, abrigada por la misma bufanda que el hombre aferraba en sus manos. Sus padres le explicaron que la chica estaba muerta desde hace años y yacía enterrada en el cementerio cercano.



EL CONTAGIO SINIESTRO:

Uruguay

Un hombre sale a bailar una noche y descubre que en la barra hay una mujer hermosa, que lo mira fijamente. El protagonista de la historia no puede creer su suerte y se lanza a la conquista.
Lo hace con tal éxito que ambos se van juntos del lugar y deciden pasar la noche en un motel. Bastante borrachos y obnubilados por la pasión, tienen sexo en forma repetida, sin protegerse.

A la mañana siguiente, ya tarde, el hombre se despierta exhausto. No hay nadie en la cama y descubre que la mujer del pub se fue, vaya uno a saber hace cuanto. Al dirigirse hacia el baño, nota que su acompañante le dejó un mensaje escrito con lápiz de labios en el espejo: "Bienvenido al club más grande del mundo, el club de los que tienen SIDA".



El MOTEL INDISCRETO:

Leyenda

Historia 1

Una pareja, ya se trate de novios jóvenes o esposos, decide reservar la habitación de un motel para pasar la noche. Todo sucede de acuerdo a lo previsto y la pareja se permite disfrutar de la cantidad de espejos que posee la habitación.

Se retiran luego, pasan varios meses y ambos olvidan el tema. Una noche, deciden alquilar una película para adultos en un sitio especializado, que cuenta con una oferta de videos de aficionados . Su sorpresa es mayúscula cuando al poner el film elegido en el videograbador descubren que los espléndidos actores de esta cinta -digna de una producción triple XXX- son ellos mismos, pescados in fraganti por dos cámaras colocadas en espejos de doble cara, en su incursión hotelera de meses atrás.


Comentarios

Esta es una historia que recorre el mundo entero y que debe haber afectado a más de un hotel del rubro, pero que es doblemente dudosa no sólo por la casualidad del hecho sino por el riesgo que afronta un hotel con una acción de este tipo, no demasiado redituable por otra parte. Sin embargo, hace escasas semanas un hombre fue detenido en Chile por colocar cámaras en los espejos de su pensión, que utilizaba para fabricar sus películas caseras, aunque no se guarda registro sobre novios que se hayan convertido a la vez en espectadores y actores protagónicos. Sea como sea, quizá más de uno tiene por costumbre revisar concienzudamente la habitación después de haber escuchado una historia similar a ésta.


Historia 2

Otra historia relacionada con moteles. Un hombre va con su pareja a una casa de citas y al salir ve estacionado en el parking el auto de un gran amigo, coche para el que había comprado días atrás un estéreo muy costoso. Divertido por pescar a su amigo in fraganti, decide hacerle una broma. Como el auto estaba sin llave, entra, saca la radio y se la lleva, con intenciones de devolvérsela a las pocas horas o al día siguiente y confesarle en qué lugar lo vio.
Cuando va a la casa de su amigo a burlarse de él, lo encuentra muy preocupado. Antes de poder explicarle la situación para tranquilizarlo, su amigo le relata cómo su mujer fue a cuidar a una amiga internada y le robaron su querida y reluciente radio. El hombre, según las diferentes versiones, entrega la radio a su mujer o decide no devolverla con tal de no tener que apenar a su compañero. (Gracias a Leticia)


Comentarios

El cuento del esposo inocente es un clásico, a tal punto que las versiones varían en las maldades que planea el amigo, la excusa que inventa la mujer, la decisión final del hombre que hizo la broma y la cantidad de amigos que preparan el chiste, en ocasiones compañeros de trabajo. Nada indica que una situación como la descrita no pueda darse, pero la cantidad de versiones alternativas casi idénticas existentes y los muchos amigos de amigos a los que les ha sucedido la historia la convierten una clásica leyenda urbana, aunque no incluya muertos resurrectos o contagios estrafalarios.


Fuente: http://www.montevideo.com.uy/catleyendas_332_1_1.html



Esta fue la PRIMERA parte, no se olviden de visitar la segunda y tercera parte de estas Leyendas Urbanas del Uruguay..


Saludos Para Todos


Diegouru


http://www.taringa.net/posts/info/1947100/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay-(2da-Parte).html
http://www.taringa.net/posts/info/1947102/Leyendas-Urbanas-Del-Uruguay-(Parte-3).html


relatos

14 comentarios - Leyendas Urbanas Del Uruguay

@Volarerunt
Exelente, tengo miedo k kasi

me hago del suste k me dan las historias

Exelente post.

Uno de los mejores sin duda, seguiré leendo hasta la 3
@Hansom
Buen post...algunas historias no son tan conocidas, pero otras ya son tan repetidas que resultan molestas.
@xerchux
aahahaha la del perro en el baño da miedo
@Germanel11
muy bueno tus cuentos, yo soy salteño y la verdad que algo escuche de todo eso.
@Foxvader2
MUY BUENOOO GENIAL
NO PUEDO DARTE PUNTOS PERO GENIAL
@Standby_09
me gusto mucho, te dejo mis 10!
voy a seguir leyendo los otros dos post
@Lonely_soul13
Yo no piso salto por nadaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahttp://o2.t26.net/images/smiles/rip.gif
@ELJP360
#BF0000">Nooo la Ruta 3 la hice con mi viejo de noche muchas veces en el camion