El que lee escribe. Escribe y reescribe al leer lo que lee. Tengo miedo de que me toquen la puerta, me muestren el escrito, me digan que no les gusta y me peguen un tiro. Pero eso está fuera de mi control y me tranquiliza.

Fernando Peña

El que lee escribe. Escribe y reescribe al leer lo que lee. Destroza y derrumba lo que lee, porque eso en cierta forma se llama interpretar, adecuar, acomodar. El que lee destruye lo escrito a medida que lo va leyendo y casi simultáneamente lo tipea en su cerebro, en su intelecto, a su manera. El que lee decodifica continuamente lo que lee para entenderlo y comprenderlo y si no le gusta o no entiende lo que lee lo tritura, lo reprocesa y lo arma otra vez y de otra manera que le sirva. Entonces... ¿sirve escribir? Sí, por supuesto que sirve, porque algo siempre queda y algo siempre le gusta al que lee. Lo que me pregunto es si sirve de manera didáctica, si sirve para hacer y hacerse entender, si sirve para que el que escribe se explique y explique lo que tenía en la cabeza… porque no es un secreto, el que escribe se va explicando y va explicando para tratar de entender lo que acaso nunca escribió. El que escribe tira de sus pensamientos, los baja al corazón, los imprime, los plasma y los dibuja con firuletes llamados letras para luego leer y entenderse. ¿El que escribe logra en algún momento entender lo que escribió? ¿El que escribe destruye y demuele lo que escribió al leerlo como el que lee? Tal vez lo que escribo parezca un trabalenguas o un intríngulis, y en cierta forma sí lo es. Es un misterio y nunca creo que podamos saber qué es lo que finalmente queda en el papel. Qué es lo que el que lee lee y que es lo que el que escribe trató de escribir. El escritor pulsea y lucha con la lapicera o con los botones para hacerse entender y luego reza para que el lector lo destruya y lo reescriba lo menos posible. El lector es a veces piadoso y trata de entender sin cambiar las palabras, sin destruir y sin disentir hasta que termina de leer lo escrito. ¡Atención!, muchísimas veces el que escribe tiene suerte porque el que lee embellece lo que lee, lo mejora y lo readapta a beneficio del que escribe.

¿Se dieron cuenta de la desesperación que emana a veces el que escribe? Muchas veces leo, sobre todo en diarios, columnas, escritos, editoriales e informes que chorrean ansiedad, sangre y sudor. Palabras que luchan entre sí, que se enredan, que se contradicen, que se autorizan y se desautorizan. Palabras que se empujan y se codean como si una quisiera estar antes de la otra. Frases que gritan y se desgañitan. Frases que tienen un altoparlante en la mano pegado al oído del lector para gritarles hasta hacerles volar el cerebro, limpiarlo de ideas para luego instalarse como nueva frase. Hay escritos desesperados que ruegan y reclaman ser entendidos y sobre todo obedecidos: “¡Hagan esto urgente!”, gritan los escritos como si quisieran que todo la manada adhiera para que el mundo no se acabe o para tener un mundo mejor. Hay escritos y escritores que sacuden y zamarrean desesperadamente a los lectores para que los sigan, para que confíen en ellos y en los escritos ciegamente. Hay lectores y lecturas que hacen esto y se tiñen lentamente del color del escritor y del escrito, eso pasa muchas veces en la sección de política, por ejemplo, cuando el lector es convencido no como sinónimo de lavado de la cabeza, sino como sinónimo de haberle explicado bien las cosas.

¿Para qué lee el que lee? ¿Porque está aburrido? ¿Por qué quiere entender algo? ¿Por qué está solo? Muchas veces el que lee lee porque está enojado y quiere entender, quiere que alguien le explique urgente lo que no entiende, quiere que alguien lo acompañe en su soledad de no entender, ya sea la vida, una traición, un amor, un decreto de un diputado.

También sucede muchas veces que el escritor está enojado o aburrido… y por qué no solo, y por eso escribe. Escribir y leer son casi la misma cosa. Escribir y leer son cosas totalmente distintas. Escribir y leer son a veces un baile que se va desarrollando en cámara lenta desde que el escritor va tramando las palabras, las imprime, las registra, el papel se desprende de las manos del que escribe, inicia su viaje al lector y el lector empieza a leer. Miles de lectores leen lo que uno solo escribió y al final del día las opiniones de esos miles son millones. El escrito se multiplica, se reproduce, a veces se alarga, se le producen apéndices, posdatas, epígrafes, aclaraciones. El escrito renace, pare otro escrito, florece y se abre en la cabeza del lector transformándose en otro escrito, con otra intención, con otra entidad… un escrito que nunca quiso ser escrito, pero el que lee logra estos fenómenos.

Las millones de opiniones, los millones de corazones, los millones de cerebros y de almas a los que llegan los escritos son culpables de su deformación y de su nueva intención en muchos casos, sea para mejor o para peor esto es inevitable.

Los malentendidos se producen todo el tiempo, hay millones de malos entendidos por segundo. Hay millones de mensajes mal recibidos por segundo y también hay millones de escritores y lectores que trabajan y se esfuerzan por entender y hacerse entender.

Me llena de esperanza que siga habiendo escritos, escritores, lectores y lecturas; eso significa que estamos tratando de hacernos entender, estamos tratando de salvarnos mutuamente. Me llena de esperanza ver a alguien escribiendo y ver a alguien leyendo. Me alegra y me emociona el acto de leer y de escribir. Aplaudo al que escribe, me pongo de pie ante el que lee, a lo mejor algún día ocurre un milagro y todos nos hacemos entender. A lo mejor algún día todo se aclara, el que lee entiende y el que escribe se hace entender. Me conmueve ver diarios, revistas, libros, cartas, papelitos, grafittis, mensajes, textos, mails y palomas mensajeras que todos los días y a cada minuto van y vienen, se cruzan, corren y vuelan para comunicar al que lee con el que escribe y viceversa.

Me aterra el malentendido, la destrucción del lector, lo que el que lee reescribe. Me da pánico que el que lee escriba otra cosa, otra idea. Me aterra que el que lee haga de mí un nuevo ser, una nueva persona, un nuevo escritor. Me angustia que el que lee tenga una idea errónea y desprenda sus propias palabras de mi pluma. Que me haga de una idea nueva, que me reconstruya y que me haga de principios o ideales que no tengo.

Me tranquiliza no tener control sobre eso, me calma y me relaja no saber quién es el que lee. Tiemblo también porque muchas veces quiero matar al que leo, porque lo que leo no me gusta. Tengo miedo de que me toquen la puerta, me muestren el escrito, me digan que no les gusta y me peguen un tiro. Pero eso está fuera de mi control y me tranquiliza. Releo lo que escribo y estoy nervioso. Me tranquilizo. Tal vez el que lo lee lo disfruta y le gusta. Tal vez el que lo lee desconfía de mi firma. Tal vez el que lo lee lo reescribe y nunca leyó lo que quise escribir.


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