El Genocidio En Ruanda.

Dado el uso "barato" en que ha caido la palabra GENOCIDIO traigo este capitulo negro de la historia contemporanea para hacer recordar a que se refiere el termino.


El Genocidio En Ruanda.


RUANDA 1994

Muchas veces, en lo antiguo y lo moderno, los hombres vomitan tormentas de una violencia atroz. Hacia mediados de los años noventa, inmensos ríos de sangre cubrieron la tierra africana de Ruanda. En este país africano dos etnias abrigaban sentimientos de enemistad. Los hutus (85% de la población) y los tutsis (la minoría, representada por un 12%).

El recelo entre los dos grupos surgió en 1962 cuando los hutus tomaron el poder luego de la muerte del rey tutsi. Entonces, unos 130.000 tutsis deberían abandonar su país. En 1994, el gobierno del hutu Juvenal Habryrimana sentía la amenazante sombra de lo que se creía era una inminente invasión de los tutsis antes exiliados. El poder hutu entonces organizó una gran matanza.

Distribuyó machetes y azadas para perpetrar un vendaval frenético de asesinatos y quemas de casas de los tutsis. Una de las historias más desgarradoras que surgirían después en la prensa internacional fue la de Kwibuka, de la etnia hutu, y su esposa tutsi Francosise. Una banda asesina de hutus obligó a Kwibuka a decapitar a su propia esposa. A pesar del demencial genocidio, donde los hutus pasarían luego de victimarios a víctimas, la comunidad internacional observó los hechos desde la distancia y la indiferencia.

En el país africano no había grandes riquezas en oro, petróleo o algún otro preciado recurso natural, que despertara el interés de las naciones poderosas en intervenir para contener la avalancha de muerte. Para recordar este genocidio, uno de los más recientes de Este mundo contemporáneo.



el mundo



GENOCIDIO


Mercellin Kwibuka vive aún atormentado por aquella horrible decisión que tuvo que tomar hace 10 años, en un remoto país africano llamado Ruanda: debía matar a su esposa o él y su familia serían asesinados.

Kwibuka es de la etnia hutu y estaba casado con una mujer de la etnia tutsi. El, sin quererlo, fue uno de los protagonistas de un genocidio espeluznante, concretado con garrotes, azadas y machetazos, que duró sólo 100 días y que dejó al menos 800.000 muertos, según la ONU. Hoy se cumplen 10 años del inicio de aquella barbarie, que transcurrió bajo la mirada impasible de las potencias internacionales.

"Hemos venido por tu animal", le dijo entonces una turba armada de hutus extremistas a Kwibuka, de 47 años, en la puerta de su casa. "¿Qué animal?", preguntó él. "Tu esposa", contestaron.

En la época del inicio del genocidio, Ruanda era un país de casi 8 millones de habitantes. El 85% eran hutus, y el 12% eran tutsis. Es fácil distinguir a simple vista una etnia de la otra: los hutus son más bien petisos, de piel negra azulada, nariz ancha y labios gruesos. En cambio, los tutsis son altos y longilíneos, de un color más achocolatado, y con la nariz y labios finos.

Tres años antes de la independencia de los belgas, en 1962, el rey tutsi había muerto y los hutus se rebelaron y tomaron el poder, obligando a exiliarse a unos 130.000 tutsis. Entonces las tensiones étnicas comenzaron a ser fuertes, pero el tema nunca había pasado de escaramuzas.

Pero en 1994, y cuando el gobierno del hutu Juvenal Habryrimana se sentía amenazado por una posible invasión de los tutsis desde el exterior, comenzó a organizarse el genocidio. Desde las radios gubernamentales se incitaba al odio y a la lucha racial. Pero todo se desató el 7 de abril de 1994, al día siguiente de que el avión del presidente ruandés fuera derribado de un misilazo por desconocidos.

El ladero del presidente, el terrorífico coronel Theoneste Bagosora, tomó las riendas del poder y llamó a los hutus a asesinar a los tutsis y a los hutus moderados que no querían sumarse a las matanzas. Se distribuyeron machetes y azadas como armas asesinas. Los hutus, enardecidos, los decapitaban y quemaban las casas de sus vecinos. Medio millón de mujeres jóvenes fueron violadas, según UNICEF.

Fue entonces cuando los hutus tocaron la puerta de Kwibuka, según contó a The New York Times. El les dijo que su esposa no estaba, que se había escapado. No le creyeron y amenazaron de muerte a él y a sus hijos, de 12, 3, 4 años y un mes. Al final, Francoise salió de su escondite y ofreció la vida a sus verdugos. En el patio de su casa, uno de ellos le asestó un golpe en la cabeza y luego gritó: "El mismo debe matarla", señalando a Kwibuka. El se negaba, pero ella, le imploraba: "¿Por qué vacilas? Dios sabe que no eres tú quien me está matando". El machete cayó sobre la cabeza de Francoise.

Los hutus también tendieron crueles trampas. Obligaron por ejemplo a unos 5.000 tutsis a concentrarse en una iglesia en Ntarama, en supuesto refugio, y luego les lanzaron granadas y mataron a todos.

El genocidio terminó cuando los tutsis que estaban en el exterior, que se aglutinaron en el Frente Patriótico Ruandés, al mando de Paul Kagame, logró tomar la capital, Kigali. Cuando vieron lo que había sucedido comenzaron a perseguir a los genocidas (mataron al menos a 25.000) y muchos de ellos huyeron con sus familias al vecino Congo, entonces llamado Zaire.

Recién entonces comenzaron a aparecer las imágenes en los medios. Las largas filas de mujeres y niños en inmensas caravanas en medio de las montañas verdes. La desesperación en la ciudad zaireña de Goma, donde la gente moría como perros en las calles miserables y polvorientas. Hasta allí los persiguieron y —según se estima— mataron hasta 200.000 hutus más. Los cuerpos flotaban en el lago Kivu, donde la gente tomaba agua y lavaba la ropa.

A 10 años de la tragedia, Ruanda lucha por cerrar las heridas. Los principales genocidas están siendo juzgados en una corte internacional en Tanzania. El presidente ruandés Paul Kagame lanzó una política de reconciliación nacional que muchos consideran exitosa.

Los más sangrientos asesinos fueron a la cárcel. Otros, a campos de reeducación para enseñarles a vivir en una nueva Ruanda "para todos", donde no importen las diferencias étnicas. Muchos de ellos aprendieron un oficio, salieron en libertad, y han vuelto a vivir en sus casas, muy cerca de los familiares de sus víctimas.

Kwibuka fue encarcelado tras confesar que mató a su mujer, pero el año pasado fue liberado por una amnistía, junto a otros 23.000 presos. Lo primero que hizo fue pedir perdón a los familiares de su esposa y explicarles a sus hijos qué había pasado exactamente aquella noche, hace 10 años.







http://www.temakel.com/emruanda.htm

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