LA CRUZ es uno de los símbolos religiosos más conocidos y venerados del mundo, pues millones de personas la consideran el instrumento sagrado en el que se ejecutó a Jesús. El arqueólogo y escritor católico Adolphe-Napoleon Didron declaró: “La cruz ha recibido un culto parecido, si no igual, al de Cristo; el sagrado madero se ha reverenciado casi tanto como a Dios”.

Hay quienes dicen que la cruz los acerca a Dios cuando oran; otros la usan a modo de amuleto contra el mal. Ahora bien, ¿deberían los cristianos venerarla? ¿De verdad murió Jesús en ella? ¿Qué enseña la Biblia al respecto?
El verdadero simbolismo de la cruz

Mucho antes de comenzar la era cristiana, las cruces eran símbolos utilizados por los antiguos babilonios en el culto a Tamuz, dios de la fertilidad. Su uso se extendió con el tiempo a Egipto, la India, Siria y China. Con el paso de los siglos, los israelitas contaminaron la adoración de Jehová con diversos rituales en honor del dios falso Tamuz. La Biblia menciona este tipo de ritos entre las “cosas detestables” (Ezequiel 8:13, 14).

Los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan emplean el vocablo griego staurós para referirse al instrumento en el que fue ejecutado Jesús (Mateo 27:40; Marcos 15:30; Lucas 23:26). Dicho término alude a un poste, palo o madero vertical. La obra The Non-Christian Cross (La cruz no cristiana), escrita por J. D. Parsons, explica lo siguiente: “En ninguno de los numerosos escritos del texto griego original del Nuevo Testamento encontramos una sola oración que indique, ni siquiera de manera indirecta, que el staurós usado en el caso de Jesús fuera distinto del habitual, y mucho menos que estuviera formado por dos maderos clavados juntos en forma de cruz, en vez de por uno solo”.

Ciertos dibujos antiguos muestran el uso de un poste sencillo en las ejecuciones romanas

En el pasaje de Hechos 5:30, el apóstol Pedro empleó la palabra xýlon (literalmente “palo”) como sinónimo de staurós, lo cual da a entender que se trataba de un simple poste o madero vertical, y no de un madero con un travesaño. No fue sino hasta unos tres siglos después de morir Jesús cuando algunos miembros de la cristiandad empezaron a promover la idea de que Cristo murió en una cruz. Sin embargo, esta creencia se basaba en la tradición y en un mal uso del término griego staurós. Hay que destacar también que en ciertos dibujos antiguos de ejecuciones romanas se ve un poste sencillo o tronco.
Mujer rezando frente a una cruz
“Guárdense de los ídolos”

Sin embargo, algo que debería interesar todavía más a los cristianos es determinar si es apropiado o no venerar el instrumento con el que se mató a Jesús. Ya fuera un madero de tormento simple, una cruz, una flecha, una lanza o un cuchillo, ¿debería venerarse?

Imagínese que asesinaran brutalmente a un ser querido y se presentara ante un tribunal el arma homicida como prueba. ¿Trataría usted de recuperarla para tomarle fotografías, imprimir copias y luego distribuirlas? ¿Haría réplicas del arma en varios tamaños? ¿Modificaría algunas para usarlas a modo de joya? ¿O encargaría reproducciones para que sus amigos y familiares las compraran y las veneraran? De seguro, tan solo pensarlo le provocaría repulsión. Pues bien, eso es precisamente lo que se ha estado haciendo con la cruz.

Además, ¿qué diferencia hay entre usar la cruz para adorar a Dios y el empleo de imágenes en el culto, práctica que la Biblia condena? (Éxodo 20:2-5; Deuteronomio 4:25, 26.) El apóstol Juan dejó bien claro el criterio del cristianismo verdadero cuando exhortó a sus hermanos espirituales: “Guárdense de los ídolos” (1 Juan 5:21). Y los primeros cristianos obedecieron, aunque eso supusiera morir en el circo romano.

Con todo, aquellos cristianos del siglo primero valoraban mucho que Cristo hubiera sacrificado su vida. Igualmente, los cristianos verdaderos de la actualidad no adoran el instrumento en el que se torturó y mató a Jesús, pero sí conmemoran la muerte de Jesús, pues es el medio del que se vale Dios para salvar a los seres humanos imperfectos (Mateo 20:28). Esta muestra insuperable del amor divino proporcionará a quienes aman la verdad incontables bendiciones, entre ellas la vida eterna (Juan 17:3; Revelación 21:3, 4).