VIOLENCIAS Y SOCIEDADES SIN SENTIDO.


La intención de esta narrativa es problematizar el deterioro de nuestras ciudades , las violencias que se construyen y los jóvenes como objetos y sujetos de ella. El anclaje se hace desde Argentina en general y, en lo particular, se sitúa el caso de Azul. Este trabajo esta estructurado a partir de tres momentos, el primero se da un panorama de la situación que prevalece a nivel social y cultural, el segundo se centra en una cartografía de los procesos de exclusión social y, el tercero llamado “de las adscripciones identitarias o de las culturas juveniles a las etnografías” donde los protagonistas son los jóvenes estudiantes que habitan una institución educativa y expresan las tensiones y el conflicto social presente en nuestras sociedades urbanas .
Por ser casos paradigmáticos y emergentes sociales somos conscientes de que dejamos de mirar otras miradas, es decir, nuestra mirada es parcial y es un recorte de la realidad social.

De los contextos a los textos del deterioro urbano y la vida en las ciudades.

Actualmente en el debate contemporáneo en ciencias sociales como en las disciplinas humanas queda claro que los contextos nacionales, los económicos, los históricos, los políticos, los sociales, los culturales y los de la comunidad inmediata son centrales e infaltables para la comprensión de las realidades cotidianas de que se trate .Es necesario situar esos contextos que producen la condición juvenil en general y en particular la de riesgo y vulnerabilidad cuyos trayectos y desplazamientos nos llevan a los procesos de la exclusión social .
El desdibujamiento del Estado Benefactor y del Estado Nación; el fracaso del proyecto económico del neoliberalismo o del capitalismo salvaje en tanto ha generado crecientes fantasmas: la pobreza extrema y la miseria en la que viven millones de latinoamericanos, el desempleo y el subempleo; el desborde y la crisis de la explosión urbana; la cancelación de horizontes dignos y humanos de futuros posibles para la mayoría de la población; la violencia estructural, simbólica, política y de la vida cotidiana como lenguaje en la geografía de las urbes; el amplio descrédito de las instituciones políticas, religiosas, familiares y educativas incluyendo a los medios masivos de comunicación; mínimas oportunidades de participación política e incorporación cultural; pocos espacios para la convivencia social y la tolerancia democrática; incremento de los flujos migratorios que involucran a los jóvenes como característica de nuestro tiempo.
Dichos contextos macrosociales han tenido sus repercusiones concretas en la vida cotidiana de los barrios, las colonias, las unidades habitacionales y la comunidad que se traducen en una descomposición de los mecanismos de la sociabilidad, una fractura de los vínculos de solidaridad, una crisis del sentimiento de colectividad, una creciente desconfianza y sospecha por el “otro” u “los otros”, -particularmente hacia los jóvenes-, una preocupante gestación de la incertidumbre y del miedo, una creciente zozobra por la inseguridad pública y un dolor social compartido.
A partir de las articulaciones entre los contextos generales (latinoamericanos) y los locales (argentinos, bonaerenses), podemos caracterizar una particular producción de la condición juvenil en nuestra sociedad que se definirían en términos generales por su precariedad; ser los herederos de todas las crisis posibles; una cancelación de los horizontes de futuro, a mediano y largo plazo para muchos de ellos y ellas; el aquí y el ahora de la vida en tanto su fugacidad; la victoria de la hiperindividualidad sobre lo colectivo y lo grupal; la encarnación de las ciudadanías del mundo en cada joven; la marca de la exclusión social a partir de los consumos culturales y su ubicación en los servicios de salud, educativos y de empleo; las prácticas sociales y las identidades culturales inscritas en los flujos y reflujos migratorios; signados por las tecnologías de comunicación o por las sociedades del conocimiento; reconfiguración en la manera de participación de lo político y social en forma de redes horizontales; no se agrupan más por ideologías políticas sino por propósitos y acciones concretas y situacionales; los agrupamientos son microidentidades representadas y dramatizadas en el espacio urbano; gran importancia a la apropiación de los territorios locales, los espacios y los lugares públicos de las grandes ciudades del país; dramatización y puesta en escena de las corporalidades; la influencia de las industrias culturales dirigidas a los jóvenes que diseñan estéticaa.

La juventud en abstracto y los jóvenes en concreto, los de la vida cotidiana y del diario transcurrir, caracterizan una etapa compleja de transición de la vida hacia la vida adulta, es decir, la juventud es una edad social por la que se pasa y no por la que se está permanentemente, esto implica que ser joven es algo transitorio. Además, hay distintas formas de ser joven, es decir, los jóvenes son heterogéneos y diversos, múltiples y variantes. Esta configuración de los factores que tensan su situación de vulnerabilidad están marcados también por la edad que se tenga, el género al que se pertenezca (porque no es lo mismo ser joven hombre que mujer joven), el estrato social, la etnia o incluso al tipo de familia, hogar o comunidad de la que se es miembro.

Es claro que los contextos y las múltiples variables intervinientes, así como la etapa de transición en tanto la definición del “yo” que implica el asunto de ser joven colocan a una gran mayoría de este sector poblacional en situaciones sociales muy desfavorables, por lo que los jóvenes en riesgo son definidos como aquellos: “que enfrentan situaciones ambientales, sociales y familiares que traban su desarrollo personal y su integración exitosa en la sociedad como ciudadanos productivos.
Son en su mayoría jóvenes que se viven la vida día tras día en donde regularmente no hay espacio para construir un proyecto de vida real para el futuro, porque para muchos de ellos, la temporalidad del futuro no existe, en tanto que el presente, el aquí y el ahora de sus existencias y de sus vidas cotidianas está negado. Quizás lo que alcanza es simplemente vivir para el día o los días inmediatos que vienen con todas las secuelas de las afectividades decaídas y las melancolías colectivas.
Las violencias y sus múltiples configuraciones son una realidad muy compleja y difícil de comprender por la gran diversidad de factores asociados y de variables que intervienen en su construcción o en su producción social. Estamos también ante un problema estructural y además muy arraigado en nuestras culturas latinoamericanas de larga tradición. En sí, las violencias tienen que ver con los particulares vínculos y relaciones que se establecen con los otros, desde una relación de poder, es decir, son vínculos asimétricos y sin lugar a dudas, uno de los principales actores o protagonistas de las violencias, son una parte de los jóvenes, hombres como mujeres, de nuestras ciudades.

De los datos a las realidades de las violencias juveniles.

Atendiendo a la definición que da la Organización Mundial de la Salud, (OMS), tenemos que la violencia consiste en el: “uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga mucha probabilidad de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”.
Es claro que las violencias son formas de relaciones y discursos de poder a través de los cuales hablan los sujetos, los colectivos y determinados grupos sociales que tiene que ver con las tensiones y el conflicto social. Es cierto también que asistimos a expresiones de la violencia con diferentes rostros y tesituras: autoinfligida (el suicidio juvenil), interpersonal (familiar, de pareja, comunitaria) y colectiva (social, política y económica). Además por su naturaleza puede ser física, sexual y psíquica.
Esto nos lleva a decir que ha sido un lugar común asociar directamente ser joven con ser violento y por consiguiente hablar de juventud violenta o de delincuencia juvenil. De ahí que es importante decir que los jóvenes por el hecho mismo de ser jóvenes no son violentos, es decir, la condición juvenil no los hace ser violentos, la violencia no es una esencia, es una construcción social y cultural que tiene que ver con el ejercicio del poder.
La mayoría de los jóvenes viven en los mundos violentos, no son ellos los causantes de esos mundos de las violencias, esos ya les preexisten, lo cual no niega que hay una parte de éstos jóvenes que son sujetos de ella, la ejercen, (son victimarios), aunque también hay que reconocer que la mayoría son objetos, es decir, (son víctimas), la padecen.
En cuanto a ubicar a los jóvenes como objetos de la violencia podemos desplegar dos planos, uno que hace al espacio privado y el otro lo que atañe al espacio público. Dentro del ámbito privado de quien más la padecen es de la familia y con respecto a lo público, es de los cuerpos de seguridad del Estado. Al parecer, el enemigo privado número uno para una gran parte de jóvenes es la familia y el enemigo público número uno es la policía.
También tenemos la situación de que se da una especie de interjuego o combinación en el que algunos jóvenes son al mismo tiempo tanto sujetos como objetos de violencia justamente contra otros jóvenes parecidos y similares a ellos.
Otro rostro de este tipo de violencia de interjuego entre ser sujeto y objeto de ella al mismo tiempo, se da en los espacios del divertimento, del tiempo libre y de los espectáculos deportivos

En la medida de que seamos capaces de pensar de forma distinta los problemas que nos atañen (la crisis urbana, los rostros de las violencias y los jóvenes) y, al mismo tiempo, sí intervenimos esas realidades o influimos en todas las variables que intervienen de manera integral e integrada, creo que es posible revertir, poco a poco, a nivel de la localidad, el barrio, la comunidad y los vínculos, sociales las situaciones de riesgo y de vulnerabilidad, a fin de que nuevamente nuestras sociedades tengan sentido para la población en general y para los jóvenes en particular.

No se puede seguir hablando de juventud en general.

La heterogeneidad de los sectores juveniles es una realidad que los distingue.
No podemos seguir estableciendo una
relación directa entre jóvenes y violencia.
De lo contrario, las instituciones seguiríamos apoyando la estigmatización
de los jóvenes.

Son las sociedades las que generan violencia y los jóvenes sólo reproducen lo que viven.
Por lo tanto, es ahí en las estructuras sociales donde debemos actuar. En las CAUSAS, no en los EFECTOS.
Por tal razón, podemos afirmar que el mayor riesgo de los jóvenes es la EXCLUSIÓN, derivada de la falta de oportunidades de desarrollo y bienestar para vivir plenamente la condición juvenil y el ejercicio de su ciudadanía.
En consecuencia debemos actuar en los tres entornos donde los jóvenes viven:
- El entorno personal

- El entorno comunitario

- El entorno global


(Alfredo Nateras Domínguez)