Cuando los españoles arribaron a México en 1518, la población aborigen ascendía a unos 25 millones de habitantes, diez años después había disminuido a 16,8 millones, para 1568 a 3 millones y para 1618 a sólo 1,6 millones. Los territorios andinos de Sudamérica albergaban unos 6 a 8 millones de nativos en el periodo prehispánico, fundamentalmente concentrados en el Tahuantinsuyu o Imperio Inca, estimándose que al sur de Panamá la población prehispánica total alcanzaba a algo menos de 20 millones de habitantes . Al norte de México, se estima que la población amerindia norteamericana alcanzaba también a unos 20 millones al inicio de la colonización, población que también decayó producto de las epidemias originadas desde el arribo de los colonizadores puritanos hacia 1560.

Guerra biológica en América


Así, desde la llegada de Colón, los europeos y sus infecciones, unos 56 millones de aborígenes americanos -prácticamente 95% de la población precolombina- habrían sido exterminados por los agentes biológicos, la destrucción de sus culturas ancestrales y los abusos de la conquista

Guerra biológica es el uso con fines hostiles de microorganismos vivos, cualquiera sea su naturaleza, o del material infectante o tóxico derivado de ellos, destinados a causar enfermedad o muerte al hombre, animales o plantas

Si bien parece ser una definición sencilla, históricamente puede ser difícil distinguir entre lo que pudiera ser la transmisión natural o antropogénica de una enfermedad infecciosa.

Por otro lado, el uso de agentes biológicos como estrategia de conquista y/o dominación no deja de plantearse como método atractivo en el contexto de la expansión europea en América. Los historiadores clásicos, sobretodo los iberoamericanos, tienden a exculpar de cualquier intencionalidad a los conquistadores en el desastre geno-ecológico arriba detallado. Indudablemente nos encontramos ante un fenómeno que podríamos rotular como el sesgo del vencedor, que distorsiona el relato de los eventos a lo largo de toda la historia humana, sobretodo cuando las culturas subyugadas han sido imposibilitadas de conservar o difundir documentación detallada de tales sucesos.

Con el propósito de conocer -con las salvedades ya comentadas- los antecedentes históricos del probable uso de armas biológicas en la invasión europea del nuevo mundo, se plantea bajo la estrategia de revisión sistemática de la literatura biomédica, la recolección de documentación significativa y verosímil al respecto.

La conquista de México y el imperio azteca


Hacia 1517, Cuba era el principal establecimiento español en América. Entre ese año y el siguiente el Gobernador Diego de Velásquez envió dos expediciones hacia el golfo de México, a cargo de Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva respectivamente. Las expectativas fueron promisorias, por lo que en 1519 Velásquez comisionó a Hernán Cortés (1485-1547) para una extensa expedición al continente . Las ordenes originales sólo contemplaban la exploración y el comercio, no la conquista. Sin embargo, Cortés se estableció en Veracruz (abril 22, 1519), donde se rebeló del mando de Velásquez, reconociendo sólo en la corona española una dependencia.

guerra


Gracias a una estrategia de alianzas matizada con crueles matanzas de poblaciones indígenas tiranizadas por el dominio azteca, Cortés logró alcanzar la capital imperial Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519 , donde el tlatoani Moctezuma, quien consideraba a los españoles enviados de los dioses, les recibió como huéspedes, colmándolo de tributos. Luego Moctezuma fue tomado prisionero por Cortés, quien debió enfrentar sucesivamente en mayo de 1520, la expedición de Pánfilo de Narváez, destinada a reducir su empresa y apresarlo, y la revuelta de los aztecas, producto de la Matanza del Gran Templo, posterior a lo cual fue asesinado Moctezuma. Como consecuencia de este último evento Cortés fue expulsado de Tenochtitlán, perdiendo cerca de dos tercios de su ejercito (unos 500 hombres); este episodio es conocido como la Noche Triste del 30 de junio de 1520.

Finalmente, Cortés doblegó al ejército de Narváez, entre cuyos refuerzos se incluyó un esclavo africano que padecía viruela. El episodio es relatado por el fraile Toribio de Benavente, Motolinia: "...que ya entrado en esta Nueva España el capitán y gobernador Dn. Fernando Cortés con su gente, al tiempo que el capitán Pánfilo de Narváez desembarcó en esta tierra, en uno de sus navíos vino un negro herido de viruelas, la cual enfermedad nunca en esta tierra se había visto, y a esta sazón estaba toda esta Nueva España en extremo muy llena de gente, y como las viruelas se comenzasen a pegar a los indios, fue entre ellos tan grande enfermedad y pestilencia mortal en toda la tierra, en los otros la proporción fue menor ..."

américa
Representación de enfermos con viruela (México 1538)


Casi un año después, el 31 de mayo de 1521, Cortés inició el asedio final de Tenochtiltlán, habiéndose propagado extensamente la epidemia de viruela, que había diezmado a los aztecas, dando cuenta también del sucesor de Moctezuma, el tlatoani Cuitláhuac. No obstante bajo la guía del joven príncipe Cuauhtémoc, la resistencia indígena se extendió por casi ochenta días de sitio, el 13 de agosto de 1521 la ciudad de México-Tenochtitlán cayó en manos de Hernán Cortés. Era el fin del imperio azteca


La caída del imperio incaico


Francisco Pizarro (1476-1541, al tanto de los rumores de la existencia de un imperio rico y populoso en las tierras del "birú" - nombre indígena de un río del norte de las costas colombianas, posteriormente llamadas "Perú"- organizó hacia 1524 junto al sacerdote Hernando de Luque y a Diego de Almagro la empresa de conquista de "las tierras de sur"

En las sucesivas exploraciones emprendidas desde Panamá, en 1525 y 1527 desembarcaron varias veces en Tacámez, Jama, Portoviejo, Isla Puna y Tumbes. Entre escaramuzas asaltos y encuentros pacíficos con los nativos, confirmaron la existencia del imperio Inca o Tahuantinsuyu. Las observaciones empíricas de sus capitanes, entre los que se encontraba su hermano Hernando, habían correlacionado la viruela con su enorme mortandad entre la población indígena, razón por la cual solían enviar por delante de sus tropas a soldados o esclavos portando lanzas con lienzos impregnados con secreciones obtenidas de enfermos de viruela; además, cuando levantaban sus campamentos abandonaban las prendas de los enfermos de viruela o las ofrecían a los indígenas locales; Así la idea fue obtener futuras victorias militares al diseminar esta enfermedad entre la población incaica.

Conquista


Hacia enero de 1531, Francisco Pizarro habiendo conseguido la autorización del rey Carlos I, emprendió la conquista definitiva del Perú. En Cajamarca en noviembre de 1532, Pizarro y su reducido destacamento mediante una sorprendente estratagema, emboscaron al estático ejercito inca de casi cuarenta mil soldados, capturando al emperador Atahualpa. En julio de 1533, luego de pagar un cuantioso rescate en oro, Atahualpa fue ejecutado y en su lugar los españoles instalaron a un monarca títere, Manco Inca


La guerra franco india y la rebelión de Pontiac de 1763

Hacia 1760 el líder de la tribu Ottawa Bwon-Diac (1720-1769), que por accidentes de traducción es conocido históricamente como Pontiac, declaró la guerra a los invasores franceses e ingleses apostados en la región de los Grandes Lagos y el Mediooeste norteamericano; ello le permitió conseguir el armisticio y una alianza estratégica con Francia en 1763.

Sin embargo, persistían los abusos de las fuerzas británicas, bajo el mando de Sir Jeffery Amsherst (1717-1797) . El 27 de abril de ese año en una asamblea de tribus, Pontiac concretó una coalición de doce tribus, entre los que se incluían los Ottawa, Chippewas, Shawnee, Mingo y Delaware. De este modo, el 7 de mayo se inició el asedio al Fuerte Detroit. Entre el 16 y el 29 de mayo nueve de los once fuertes británicos habían caído, manteniéndose sitiados los fuertes Pitt y Detroit

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El Fuerte Pitt, ubicado en la confluencia de los ríos Allergheny y Monongahela, se encontraba bajo el mando del capitán Simeón Ecuyer, quien reportaba su situación al Coronel Henry Bouquet en Filadelfia. Éste a su vez informaba al General Amherst. La resistencia era eficaz pero hacia el 16 de junio la viruela había brotado entre los sitiados. En un memorando sin fecha Sir Jeffery Amherst, pregunta al coronel Bouquet, "¿Podría idearse el enviar la viruela a esas tribus de indios descontentos?". La contestación fechada en julio 13 fue: "Voy a tratar de inocularlos con algunas cobijas que caigan en su poder, teniendo cuidado de no contraer yo mismo la enfermedad". El 16 de julio Amherst respondía "Hará bien con tratar de inocular a los indios por medio de mantas, como también trate de utilizar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esa aborrecible raza"

A esas alturas, el 24 de junio Bouquet había recibido a dos representantes Delaware Corazón de Tortuga y Mamaltee, quienes instaron a los ingleses a abandonar el Fuerte Pitt, a lo que obviamente éstos se negaron. Los indios solicitaron entonces pertrechos para su viaje de retorno, lo que aprovechó Bouquet para darles dos mantas y un pañuelo de seda obtenidos del dispensario de enfermos con viruela. "Esperamos que tengan los efectos deseados" escribiría luego en su diario William Trent, un soldado inglés del Fuerte Pitt. Aparentemente el subalterno habría obrado antes de recibir instrucciones de Amherst, frente a lo cual seguramente el General no habría presentado reparos.

En los años siguientes al incidente, la epidemia cundió entre la población indígena de las inmediaciones del Fuerte Pitt. En abril de 1764, Gershom Hicks, un explorador capturado por los Shawnee y Delaware un año antes, ya libre relataba "...que la viruela ha estado generalizada y furiosa entre los indios desde la primavera pasada y que treinta o cuarenta Mingos, Delaware y algún Shawneese han muerto de viruela desde entonces, que esto todavía sigue entre ellos". La epidemia se extendió hasta fines de 1765; esta cronología es muy sospechosa y coincide estrechamente con la distribución de artículos infectados por los colonos del Fuerte Pitt.


Las armas biológicas empíricamente formaban parte de las estrategias guerreras del medioevo europeo. En 1422 el ejército lituano catapultaba cadáveres y excrementos a los defensores de Carolstein (Austria), los españoles en 1495, a su vez, entregaban vino contaminado con sangre de leprosos a sus adversarios franceses. Por lo anterior, el traslado de estas tácticas al nuevo mundo no debe extrañar, pues los líderes de la conquista se formaron en arte de la guerra luchando contra sus vecinos.

Curiosamente es la misma viruela, protagonista de esta historia, la que hoy erradicada del mundo, lo asecha con mayor terror, pues el mundo entero se asimila a los aborígenes precolombinos, susceptibles a este letal y escondido Poxviridae. No extraña, por tanto los cuestionamientos de la comunidad médico científica en torno a la necesidad de reintroducir campañas de vacunación masiva en E.U.A. y Europa. Por de pronto las tropas europeas y americana ya reciben tal inmunización.

En suma, las evidencias expuestas denotan el trágico significado de la invasión europea sobre legendarias culturas precolombinas. Cuidadosamente evitamos usar el término genocidio, pues por un lado, esta revisión no esta exhaustivamente concebida para extraer tal conclusión y por otro lado el beneficio de la duda impone mesura al momento de juzgar personajes y épocas pretéritas.




La historia de la guerra biológica en la antigüedad, hasta el siglo XV, se escribió con muchos muertos.

Sabemos que los hititas, entre el 1500 y 1200 AC, expulsaban a las víctimas de la peste a los campos enemigos.

De los asirios se decía que conocían un hongo de centeno, el ergot (Claviceps purpurea) cuyos efectos serían semejantes al LSD; de lo que no hay pruebas concluyentes es que lo hayan empleado para envenenar las fuentes de agua de sus rivales.

Según Homero, en su tiempo se envenenaban las puntas de las flechas cuando sucedió la guerra de Troya.

Llegado el 590 AC, sabemos que Grecia conocía una variedad de plantas para envenenar las fuentes enemigas, la helleborus.

Durante el siglo IV AC los escitas lanzaban flechas envenenadas a las que untaban de heces de tal forma que las heridas causadas se infectaran.

En el 184 AC Aníbal hacía lanzar ollas llenas de víboras en las cubiertas de los barcos enemigos.

Durante la edad media las víctimas de peste bubónica eran catapultados a territorio rival como armas biológicas.

Destacamos durante el siglo XV a Vlad Dracul (1431-1476), más conocido como El empalador y el personaje histórico de referencia para la creación del Drácula de Bram Stocker. Estando en guerra contra los turcos, Vlad Dracul ideó un plan sencillo pero efectivo en su lucha: ordenó reunir a todos los tuberculosos, sifilíticos y demás enfermos contagiosos que habitaban su reino, proporcionándoles vestimentas turcas e infiltrándolos en las líneas enemigas. Eran ellos unas verdaderas bombas biológicas. Por si acaso fueron motivados fehacientemente: por cada turco que muriese, recibirían una recompensa. ¿Cómo lo demostrarían? Debían regresar a presencia de Vlad Dracul con el turbante del turco fallecido. He ahí pues, a mi juicio, la primera guerra biológica.



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