Elemental, Watson

Casos reales que investigó el creador de Sherlock Holmes


El libro Conan Doyle, detective, de Peter Costello (Ed. Alba), reúne crímenes que el escritor británico buscó aclarar por su cuenta, como la desaparición de Agatha Christie y el injusto encarcelamiento de George Edalji.

Elemental, Watson


A lo largo de su vida, sir Arthur Conan Doyle nunca ocultó su interés por aclarar innumerables delitos. A pesar de la enorme popularidad que alcanzaron sus relatos de detectives, muchas veces se pasa por alto que el creador de Sherlock Holmes fue también un eminente criminólogo y que las ocasiones en que actuó como asesor detectivesco no fueron pocas. En el libro Conan Doyle, detective se recogen algunos de los casos que han quedado inscritos en los anales del crimen y que, en privado, investigaba Conan Doyle. Entre ellos algunos que tuvieron especial resonancia en su época, como la misteriosa desaparición de Agatha Christie en 1926 y el caso de George Edalji, recientemente novelado por Julian Barnes.


El acoso de George Edalji


A mediados de diciembre de 1906, Conan Doyle recibió una carta de un joven que acababa de salir de la cárcel, en la que aseguraba que era inocente del delito por el que lo habían condenado: la morbosa viseración de un caballo. Fue el mayor Wood, su secretario personal, su Watson particular, quien le recomendó que la leyese.
El meollo de la cruel persecución que había sufrido George Edalji lo constituía una larga serie de espeluznantes cartas, salidas de una pluma realmente envenenada.
Conan Doyle, quien desempeñaba el trabajo de detective privado en la vida real, tomó en sus manos el caso y, durante los meses siguientes, hizo campaña a favor de la inocencia de aquel joven. Comenzó por recabar documentos, declaraciones y recortes de prensa. Así llegó a percatarse de la complejidad que revestía el asunto, detrás del cual, como tendría ocasión de descubrir más tarde, se ocultaba una realidad mucho más enrevesada. Fue un caso sorprendente, muy ilustrativo de la afirmación de Sherlock Holmes a propósito de la depravación que se ocultaba tras la hermosa campiña.

Los hechos habían tenido lugar en South Staffordshire; en los primeros meses de 1903. La aldea de Great Wyrley había sido presa de una gran agitación. Merodeaba por allí un delincuente cuyo torpe placer consistía en deslizarse con cautela de noche por los prados, con una navaja o un cuchillo afilado, y rajar al ganado, ovejas y caballos, dejando que se desangren hasta morir.
Aunque la policía estaba en guardia, no disponía de ninguna prueba para detener a nadie. Hasta que comenzaron a recibirse unas enigmáticas cartas. Llama la atención la extensión y el tono desagradable de las cartas. Conan Doyle apenas hubo de recurrir a su formación como médico y a su intuición como escritor para darse cuenta de que el autor de aquellas cartas era una persona profundamente trastornada. Daba a entender que se sentía hondamente agraviado por los habitantes de la localidad. Y algo mucho peor, como decía en una carta fechada el 10 de julio de 1903: “En noviembre, Wyrley vivirá tiempos de regocijo cuando comiencen con las chicas, porque piensan cargarse a veinte mozas igual que los caballos de antes del mes de marzo”.

Estaba claro que la policía tenía que hacer algo, detener a alguien o, de lo contrario, tarde o temprano, acabaría por cometerse un asesinato. Pero ¿cómo había llegado la policía a identificar a Edalji como el verdadero culpable?, se preguntaba Doyle. En las cartas mencionaban los nombres de varias personas pero, de todo Wyrley, sorprendía que se hubiesen fijado en George Edalji, uno de los hijos del párroco de la Iglesia anglicana.
Su padre, el reverendo Shapurji Edalji, había nacido en Bombay, en el seno de una familia parsi. No era más que un hombre de tez oscura. Antes de recalar en Wyrley en 1876, Edalji había prestado sus servicios en seis parroquias por toda Inglaterra, pero tener un vicario “negro”, casado con una mujer blanca y con hijos mestizos, era sorprendente en una parroquia rural del inculto centro del país. Y eso habría de traer problemas.

George era abogado y ejercía en Birmingham. Se había licenciado con honores. Aunque entonces era pobre, tenía por delante un brillante porvenir, que debió de exacerbar la inquina de los lugareños. Era un joven menudo, frágil y nervioso, que llevaba una vida ordenada, no fumaba ni bebía. Pero su aspecto singular le daba una expresión extraña, incluso siniestra.
Detuvieron a Edalji después del último ataque. La policía había insinuado que el delito había sido perpetrado por George, mientras “estaba dando un paseo”. A pesar de la escasa profesionalidad con que la policía se había manejado, la prueba de las huellas del calzado causó impresión en el jurado. Pero la prueba fundamental era la derivada de las cartas anónimas. Un calígrafo experimentado declaró que, en su opinión, George Edalji era autor de aquellas cartas en las que se acusaba a sí mismo de mutilar el ganado. Convencido de que se trataba de un caso sin ningún fundamento, de que no se sostenía, el abogado de Edalji no lo había preparado a fondo y carecía de especialistas a quienes recurrir. La policía sí que los tenía entrenados para saber lo que tenían que decir y, como suele ocurrir, los testimonios que ofrecieron resultaron creíbles porque los avalaba la policía.

El jurado declaró a Edalji culpable. El acuchillador de Wyrley estaba entre rejas, aún cuando se había producido otro incidente similar mientras Edalji estaba a la espera del juicio tras las rejas y había aparecido una carta posterior a tales sucesos. Pero las autoridades estaban convencidas de que no eran sino cortinas de humo tendidas para enmarañar las cosas.
Tal era la situación a principios de 1907 cuando Doyle leyó la carta de Edalji. “A medida que iba leyendo, el inconfundible aroma de la verdad me llamó poderosamente la atención, y caí en la cuenta de las dimensiones de aquella espantosa tragedia y de que tenía que hacer cuanto estuviera en mis manos para poner las cosas en su sitio”.

Doyle y Edalji se citaron en un hotel de Londres. Doyle llegó tarde y encontró a Edalji leyendo un periódico y lo tenía casi pegado a la cara. Sorprendido, Doyle cayó en la cuenta de que debía de estar casi ciego. Recordando todo lo que había leído del caso, se percató de que era imposible que aquel joven hubiese podido ver algo en la oscuridad. Uno de los mejores especialistas en oftalmología confirmó que Edalji tenía miopía, ocho dioptrías; estaba peor de lo que Doyle, también oftalmólogo, había pensado. Para entonces, éste se las había ingeniado para darse una vuelta por Wyrley, ver la casa parroquial y los lugares en los que se habían cometido los delitos. Todas sus sospechas quedaron confirmadas con lo que observó en aquellos parajes: “Lo que me indignó de verdad y me animó para seguir adelante fue la increíble impotencia en que se encontraban aquellas personas: la extraña posición que ostentaba aquel clérigo de color, el coraje de su esposa y la hija, acosados por patanes, y la policía que, en lugar de actuar como una barrera defensiva, se dirigía a ellos en el más acerbo de los tonos y los acusaba, más allá del sentido común, de ser los únicos responsables de que los mirasen mal”. Doyle estuvo en la casa parroquial más de lo que el jefe de la policía había hecho. Llegó a la hora del desayuno y, mientras lo tomaban, comenzó a atar cabos sobre cómo se había desencadenado el caso, lo que se ocultaba tras la acusación o, mejor dicho, tras la persecución.

Durante casi veinte años, aquella reducida familia había sido objeto de crueles injurias, sin que la policía hubiese hecho algo, por no decir nada, para aclararlas. Este tremendo historial de acoso, al que para nada se aludió durante el juicio, situaba la actuación de la policía y las propias viseraciones en una perspectiva muy diferente.
Doyle inspeccionó el camino que supuestamente había seguido George. Para llegar desde la casa al prado en el que se había producido el último acuchillamiento, habría tenido que cruzar, a lo ancho, los raíles de ferrocarril por un montón de vías, cables y otros obstáculos, protegidos por espesos setos a ambos lados. “Ni siquiera a mí, que soy fuerte y estoy en buena forma, me resultó fácil cruzarlos a plena luz del día”, dijo. En cuanto a los campos, ¿cómo se las habría ingeniado un joven casi ciego para orientarse en una zona que no conocía? Y la idea de Edalji atacando un caballo era sencillamente ridícula.

Cuando regresó a Londres, Doyle escribió una serie de artículos sobre el caso, libres de derechos de autor, que fueron reproducidos en muchos periódicos. Los artículos causaron auténtica sensación. Otras personas se habían manifestado a favor de Edalji pero, en este caso, se trataba de Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, un héroe nacional. Y al Ministerio del Interior no le quedó otro remedio que prestarle atención.
Examinó sin descanso todas las pruebas de cargo que se habían presentado contra Edalji hasta desbaratar el caso tal como había sido presentado por la policía y sacando a la luz los innumerables prejuicios raciales que en él concurrían.

La polémica estalló de inmediato y adquirió enormes dimensiones. El Ministerio de Interior no se tomó gran interés en ofrecer una explicación, pero su titular tuvo a bien aceptar que se reabriese el caso. Como no había mecanismos jurídicos para proceder a un nuevo juicio, se contentó con designar una comisión. La comisión hizo público su informe en mayo de 1907, declarando su desacuerdo con el veredicto emitido por el jurado. Su conclusión era que George Edalji había sido declarado culpable por error. Edalji fue indultado, pero sin indemnización por los tres años que había pasado en prisión.


El caso de la dama desaparecida


El 3 de diciembre de 1926, Agatha Christie desapareció de su mansión de Berkshire en misteriosas, por no decir siniestras, circunstancias. Y todavía hoy siguen siendo confusas.
A pesar del éxito de sus novelas, 1926 no fue un buen año para la escritora. Se encontraba en un momento crítico de su vida, tanto personal como profesionalmente.
La causa de tanta amargura había sido la ruptura de su matrimonio con Archie Christie, un héroe de guerra encantador, pero inútil, como tuvo ocasión de comprobar al poco tiempo de mudarse juntos a Styles. Ella se sentía como una viuda, porque Archie pasaba cada vez más tiempo en el campo de golf. Luego, Agatha se enteró de que Archie se había enamorado de una muchacha llamada Nancy Neele. Le pidió el divorcio para casarse con Nancy; pero por sus convicciones religiosas y sociales, Agatha se negó a concedérselo y así siguió el matrimonio durante meses, como una pareja por fuera respetable aunque, de puertas para adentro, viviesen separados.

En la mañana del 3 de diciembre, el matrimonio Christie tuvo una pelea. El coronel metió sus cosas en una bolsa y se fue de la casa a pasar el fin de semana con amigos. Agatha pasó la tarde tomando el té con la madre de Arthur. Volvió a su casa y sacó de nuevo el coche hacia las diez de aquella noche.
Al día siguiente, por la mañana, la policía de Berkshire se presentó en Styles. Habían encontrado el Morris Cowley gris en la ladera de una laguna cerca de Newland’s Cross, el mismo sitio por el que la novelista había pasado la tarde del día anterior. El coche estaba en punto muerto y con las luces encendidas, ya sin batería. Dentro encontraron un abrigo de piel y otros objetos que no tardaron en identificar como propiedad de Agatha Christie.
La policía se había dividido el trabajo; por un lado, estaba el coche abandonado en Surrey y, por otro, la policía de Berkshire investigaba las cartas que Agatha había dejado en Styles, las cuales permitieron en algún momento albergar la sospecha de que la escritora ya estuviera muerta. Nunca se hizo público el contenido. En cuanto a Archie Christie, la policía sospechaba que había asesinado a su esposa.
Fue en ese momento cuando Conan Doyle decidió intervenir. Le dio una mano a la policía y también al coronel Christie. No sería, sin embargo, el espíritu de Sherlock Holmes el encargado de ocuparse de la investigación. Doyle consiguió que la policía le dejase uno de los guantes de la señora Christie y se lo llevó sin tardanza a un amigo suyo, Horace Leaf, un médium y vidente conocido. Esto ocurría el 12 de diciembre. Agatha Christie llevaba desaparecida ocho días. “Percibo perturbaciones en este objeto. Su dueña es una persona que está medio ofuscada y casi decidida a hacer algo. Pero no está muerta. Está viva, y creo que el próximo miércoles sabremos algo más de su paradero”, dijo Horace Leaf. Aquella misma noche el propio Conan Doyle envió un informe de la sesión al coronel Christie.

El recurso de la adivinación establece un punto de inflexión importante respecto a las anteriores labores que, como detective, había cometido Conan Doyle. Las cosas sucedieron tal y como Horace Leaf había predicho. Todos los periódicos de aquel miércoles daban a toda página la noticia de que la señora Christie estaba viva y gozaba de buena salud. La habían encontrado alojada con un apellido inventado en un hotel de Harrogate, la ciudad-balneario de Yorkshire. Cuando The Daily News ofreció una recompensa de cien libras por cualquier pista sobre su paradero, un empleado del hotel llamó al periódico. Tras conversar con ella, Archie Christie anunció a los periodistas que su mujer había perdido la memoria por completo. Ni la novelista ni su familia dieron más explicaciones. ¿Qué le había pasado en realidad a Agatha Christie?
La explicación habría que buscarla en lo que, en su informa sobre las predicciones de Horace Leaf, Conan Doyle llamaba “la forma de ser y los motivos” de la señora Christie. Había hechos que demostraban que Agatha no padecía amnesia, sino que sabía quién era y dónde se encontraba. ¿No sería, más bien, una suerte de revancha que Archie fuese detenido y que ella, como demostración de su gran amor y de cuánto lo necesitaba, apareciese quizá en el último momento para librarlo de un juicio por asesinato? Aunque nos parezca una de las tramas de la novelista, en esencia eso fue lo que ocurrió. Lo que no había calculado fue el sorprendente y desmedido interés que la prensa volcaría en su caso, o que llegasen a localizarla con tanta facilidad.

Conan Doyle extrajo otras conclusiones de sus propias investigaciones:
“El caso Christie nos ha ofrecido una impagable muestra de la utilidad de la adivinación para las labores detectivescas. Hay que admitir que se trata de una cualidad difícil de encontrar y no siempre fiable, pero, en ocasiones como ésta, se revela sumamente eficaz”.

FUENTE:VEINTITRES
http://www.elargentino.com/nota-25177-Elemental-Watson.html


holmes
Sherlock

2 comentarios - Elemental, Watson

@Nachomec
Estos son todos los cuentos que tiene el libro?