Adivinanzas y juegos de prendas
Los juegos de adivinanzas -frecuentes en las tertulias rurales, ya se tratase de bautizos, "velorios de angelitos", festejos de "minga", casamientos, etc.- abarcaban todos los campos de la naturaleza y de la vida cotidiana, y el que oficiaba de "bastonero" utilizaba para plantearlas algunas fórmulas introductorias ya clásicas, como "adivina, adivinador", "adivinanza bonanza", "el que adivina, grano de oro, y el que no, cola de loro", o la más sintética y previsible de "¿qué será, que será?", recitando a continuación el dístico o la cuarteta enigmática:

En un monte montesano,
hay un fraile franciscano:
tiene dientes y no come,
tiene barba y no es humano.
(el choclo)

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Garra pero no de cuero,
pata pero no de vaca
(la garrapata)

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En la mesa se pone,
se corta y se reparte
y no se come
(los naipes)

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En el campo fui criada,
vestida de verdes lazos,
aquel que llora por mi
me está cortando en pedazos.
(la cebolla)

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Otras veces la formulación del enigma,
sin perder su carácter alusivo, era menos ingenua y se prestaba juego intencionado, de clara connotación sexual:

Un viejito arrugadito,
con el tronquito paradito.
(la pasa de uva)

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A las adivinanzas se sumaban los populares juegos de prendas, especialmente cuando en la tertulia había mujeres jóvenes y algún candidato a novio que no se decidía a romper lanzas, circunstancia que era aprovechada por los asistentes para crear situaciones propicias, embarazosas y simplemente divertidas.

Para los "juegos de prendas" servía el marro, la caja de amor, la pajarera, el serio, los oficios y otros parecidos. Mario López Osornio, el autor de Oro Nativo, ha descripto algunos como la sortija, la sortija con vaina, el vuela vuela, la carreta cargada de...,el gran bonete, el almacenero, el cordero y agua, cielo y tierra.

La sortija consistía en que uno de los asistentes hiciese circular por la rueda un anillo y otro tratase de adivinar en las manos de quién se encontraba en un determinado momento del juego. Para el gran bonete cada uno de los participantes elegía un color. El "bastonero" iniciaba el juego con la fórmula invariable de "al gran bonete se le ha perdido un pajarito y dice que el verde lo tiene", a partir de la cual se entablaba el siguiente diálogo: "¿yo señor?", "sí señor", "no señor", "pues entonces... ¿quién lo tiene?" "el rojo lo tiene...etc., diálogo que solo se interrumpía cuando alguno se equivocaba o distraía (lo que suponía una respuesta desacertada o a destiempo) y debía, en consecuencia, "pagar la prenda".

El cordero se prestaba "para la malicia", pues los asistentes elegían el nombre de alguna parte o achura del cordero, y el juego consistía en dirigirle a uno de los participantes, elegido ex profeso, la fórmula "allá va mi (aquí el nombre de la *parte*)" a la que éste debía responder "para mi... (Idem) ". "En más de una ocasión -refiere López Osornio- la malicia o picardía de algunos hacia que se buscase la combinación que permitiese enviar un órgano hacia un lugar inconveniente, que motivase la risa entre los concurrentes y propiciara la distracción de otro que tuviera que pagar una prenda por ello".

Las "prendas" consistían, por lo general, en adoptar actitudes ridículas, como ponerse cabeza abajo, atribuirse algún rasgo o particularidad negativos, besar a alguno de los presentes, etc. López Osornio menciona algunas variantes frecuentes en los ámbitos rurales de la provincia de Buenos Aires, como el "beso con tarjeta", el "mono" (repetir lo que otro hace o dice), "ponerle el ojo al chancho" (con los ojos vendados), "besar la sombra" (proyectada por alguien sobre un muro), contestar "yo, atrás de la puerta" a las preguntas formuladas por los otros jugadores (¿Quién pellizca a la Ramona?... Yo, atrás de la puerta), etcétera.

En otros casos al candidato se lo elegía para hacer de "mesa" en un partido de truco. Las dos parejas se situaban entonces en cuclillas en torno a la "mesa" y comenzaban a jugar, con abundancia de puñetazos sobre las costillas del candidato en el momento de hacer las bazas. La "mesa" podía servir también para una supuesta transacción comercial entre un estanciero y un acopiador de cerdas. En este caso la discusión sobre la calidad de las "cerdas", que se estiraba deliberadamente, comportaba -además de los puñetazos y palmadas de rigor- los imaginables tironeos y remezones de pelo (las "cerdas", que el candidato debía soportar pacientemente. La discusión terminaba con la firma del recibo de venta, para la cual el dedo oficiaba de lapicera, y de tintero.., lo que ustedes se imaginan (esta prenda se cumplió en un "velorio de angelito" realizado hacia 1910 en Salto Argentino).


Algunos juegos coloniales
Entre los juegos de naipes que más corrientemente se practicaron durante la época colonial en las mesas particulares y en pulperías, cafés y "casas de trucos", figuraban la baceta y el faraón; el paro, en el que se sacaba una carta para los "puntos" y otra para la "banca", ganando la mano la primera que lograse formar pareja con las que iban saliendo del mazo; el sacanete (o lansquenete), similar al paro; el cacho, en el que se formaban "flores"; la primera, que se jugaba con cuatro cartas por jugador y en la que ganaba la suerte del "flux", esto es, la posesión de cuatro cartas de un palo.

Se practicaban también las bazas, el comején y el hombre, en el que se elegía un palo de triunfo; la quinela, semejante a la primera por el lance del "flux"; la biscambra, con cinco cartas por jugador y una descubierta con el palo de triunfo; el burro, el revesino, la malilla, la pinta, la zanga, treinta y una (que también era un juego de billar), cascarela, pichingonga, quince, tururo, ciento, truquiflor (que es el antecedente colonial del truco) y una porción de juegos más, incluidos entre los citados en la famosa pragmática carolina de 1771.

Con el cubilete y los dados se practicaban, según referencias exhumadas por Grenón, el bisbis, que requería el complemento de un tablero dividido en casillas numeradas, en las que se colocaban las apuestas; el pasadiez, en el que perdía el jugador cuyos dados pasaban de los diez puntos; la veintiuna y otros juegos de azar naturalmente prohibidos por las autoridades.

Se apostaba también a la perinola, que era un pequeño trompo de cuatro caras marcadas con las letras S (saca), P (pone), D (deja) y T (todo), que indicaban la actitud que debían seguir los apostadores con respecto a lo "envitado"; a la mosqueta, con el concurso de las clásicas medias cáscaras de nuez; a la corregüela, que según el Diccionario de la Academia es un "juego de muchachos que se hace con una correa con las dos puntas cosidas. El que tiene la correa la presenta doblada con varios pliegues, y otro mete dentro de ellos un palito; si al soltar (o retirar) la correa resulta el palito dentro de ella, gana el que lo puso, y si cae fuera, gana el otro, etcétera.

Otros juegos que contaban con general asentimiento para los "envites", "traviesas" y "paradas", además de la taba, sobre la que volveremos más adelante, eran los de bochas y bolos, que se dividían en "juegos de destreza", como los bolos reales, en que había que derribar un número determinado de palos, y "juegos de azar", como el de pares o nones, en que el triunfo dependía exclusivamente de la suerte de los jugadores, según derribasen en cada mano un número par o impar de clavas. Tal como ocurría con las casas y mesas de juego toleradas (al margen de las militares, amparadas por la ley 5, título II del libro VII de la Recopilación de Indias), existía para estas canchas un riguroso sistema de contribuciones que recaudaba la Real Hacienda, sistema que pretendía desalentar en cierta medida su supervivencia y que se complementaba con las frecuentes visitas de los "corchetes" de la Intendencia de Policía, que las consideraban como verdaderos nidales de "vagos y malentretenidos".

Para muchos, sin embargo, los bolos eran una diversión "honesta" que podía practicar "todo género de gentes", y en tal sentido Grenón transcribe una rectificación judicial cordobesa de fines del siglo XVII, en la que se da cuenta de la variedad y calidad de los jugadores: "...siendo así que donde le hablé es en una cancha pública en la que a la sazón se hallaron muchos -donde se juega a las bolas y.donde entra todo género de gentes, clérigos de menores órdenes, sacerdotes y hombres nobles de esta ciudad y forasteros, negros, indios, mulatos y el dicho Escribano también. Y ser el dueño del suelo y casa un hombre principal y noble como lo es el capitán Juan Martínez de Baigorri y casado con una señora de lo bueno y principal que tiene esta Provincia".

Otros, por el contrario, achacaban a los bolos "la perdición de vidas y haciendas", como se deduce de la denuncia que formula un vecino de Morón sobre canchas en las que "de día y de noche no dejan de correr los bolos a la suerte de pares y nones, y en cada tiro saca el canchero medio real de la parada principal, de modo que a los pocos tiros ya se ha llevado todo el dinero de los jugadores y para que dure el juego no se deniega el amo de la casa a recibir las prendas empeñadas sin reserva de la camisa, calzoncillos y avíos de montar" (citado por J. Mariluz Urquijo en El Virreinato del Río de la Plata en la época del Marqués de Avilés).

"Honestas" o no, según la caracterización de los curiales de aquellos años, en Buenos Aires existían hacia fines del siglo XVIII varias canchas famosas, como las de Pedro Foguet, que había recibido "privilegio" del Virrey Melo; las de Sotoca, Francisco Leales, Domingo Alcayaga, Manita, El Lavado, etc.; y había, inclusive, quienes las poseían en sus casas y establecimientos de campo para recreo particular.

Entre los juegos de salón predilectosfiguraba el chaquete, que se practicaba en pareja, sobre un tablero dividido en dos partes. Cada parte se dividía a su vez en 12 compartimientos (llamados "flechas" por su forma),e color blanco y negro, alternativamente. Se empleaban 15 fichas blancas y 15 negras, y dos dados pararrojar los puntos.

AI comenzar el juego se amontonaban las fichas en la primera "flecha", a loue se llamaba "hacer monte" o "hacer fondo". Las fichas se movían según el número de puntos arrojadosor los dados, y debían pasar al extremo del campo contrario, ganando el que lograba pasarlas primero. El secreto del juego consistía en bloquear las fichas del contrario, a fin de impedir su avance. El chaquete provenía de las llamadas tablas reales, y en el Río de la Plata eran famosos y muy buscados los juegos fabricados en Montevideo, con fichas de asta o hueso.

Otro pasatiempo "honesto", con numerosos partidarios, era el dominó, un sencillo juego de origen presumiblemente oriental que habían puesto de moda los italianos en el siglo XVIII. Se jugaba, como en la actualidad, con 28 fichas rectangulares, fabricadas en hueso o marfil y punteadas desde el "doble cero" hasta el "doble seis". También se practicaba, entre adultos, el juego de la oca, descendiente de los "jardines de la oca" del medioevo alemán. Como en los juegos modernos se trataba de un tablero de cartón con una espiral de 63 casillas, con figuras pintadas, y para practicarlo se empleaban dos dados y unas pequeñas piezas de plomo que representaban a las "ocas" de cada jugador.

En el salon colonial figuraban, naturalmente, las damas, jugadas 'a la española' en tablero de 64 escaques, y el ajedrez, quo los peritos jugaban con gran despliegue de técnicas tradicionales y "filidorianas", aunque sin llegar, naturalmente, a pesar de la variedad de "aperturas" "defensas" "gambitos" y "finales" puestos en práctica entre narigada y narigada de rapé, al nivel de los jugadores del famoso Caté Régence, calificados por Diderot de "extraordinariamente sutiles".

El billar tenía también su feligresía devota, como verdadero juego de destreza que exige del jugador un conjunto de dotes especiales y una dedicación excluyente. Entre nosotros se jugaba al billar ya en el siglo XVI, con palos curvos; bolas de madera de boj o marfil y mesas de paño azul, pero la difusión del juego -reservado en sus comienzos al ámbito cortesano- estimuló la instalación de billares públicos, y hacia fines del siglo XVIII los aficionados bonaerenses practicaban cabaña, golpeado, carambolas, truco y treinta y una en las mesas de Pedro Botet, José Mes. tres, Domingo Alcayaga (con cancha de bolos anexa), Toribio Giles, Manuel Puche, Agustín Rocha, Pedro Marcó y Juan Zelaya, entra otras.


Aparición de los deportes británicos
A partir de 1810 la presencia de una colonia de comerciantes británicos relativamente numerosa y con fuertes tradiciones deportivas, no tardó en hacerse notar en el terreno de los juegos y entretenimientos, mediante la introducción de prácticas novedosas, como el atletismo, el cricket y más tarde el fútbol.

Los habitantes de Buenos Aires y de la campaña habían tenido ocasión de asombrarse, durante los lejanos días de las Invasiones, con el extravagante despilfarro de energías que desplegaban los hombres de Beresford en sus prácticas deportivas, y años después con las primeras carreras pedestres (en un país donde todo se hacía a caballo) animadas por el doctor Dick y por sus acompañantes Staples y Carlisle (cf. J. P. y G. P. Robertson, Cartas de Sud-América).

En 1819, un grupo de estancieros, comerciantes y agentes de negocios británicos, entre los que figuraban John Harratt, Thomas Hogg, Richard B. Newton, George Love (director del British Packet), Alexander Crickton, etc., retomó la práctica del cricket, aunque la idea de jugarlo en forma permanente no prosperó por falta de jugadores e instalaciones apropiadas. En 1832 los ingleses volvieron a jugar cricket, esta vez con la participación de algunos criollos, como Federico Terrada, Rafael Calzada, Pedro de la Serna, Luis Gallina, etc., pero recién en la década de 1860 se afianzó la práctica, con la creación del Cricket Club en 1861 y la consiguiente habilitación de la cancha de Palermo.

T. Woodbine Hinchliff ofrece algunos datos de interés sobre los primeros tiempos del cricket en su libro Viaje al Plata en 1861:

"A cosa de una milla hacia el norte, y en el camino de Palermo, está el campo de cricket inglés. Esta importante institución se mantiene en Buenos Aires tan arraigada como en otras partes del mundo donde se congrega un moderado número de ingleses y yo tuve ocasión de presenciar muy buenos partidos. El suelo no estaba tan liso como hubiera sido de desear y a menudo excesivamente calcinado por el sol; en consecuenc iael juego rápido podía traer fácilmente alguna herida...
"Durante el último sitio de Buenos Aires, las fuerzas de Urquiza estaban entre la ciudad y este campo de cricket; los ingleses se hallaban en gran disgusto ante la perspectiva de perder un partido pro yectado y tuvieron ánimo para preguntar si podrían atravesar las líneas. Les fue concedido el permiso y el partido se jugó; pero era un procedimiento arriesgado, en verdad, para unos pocos hombres pasar el día rodeados por gente de la índole que podía esperarse tratándose de los últimos cuadros del ejército de Urquiza...
Recuerdo que un día, mientras empezábamos la partida, sentimos un hedor intolerable cuya fons et origo era un caballo muerto, según se descubrió. La pobre bestia había venido, perdida, a morir en el campo de cricket y fue tratada según la costumbre del país. Le había sacado el cuero el primero que la encontró, y luego la dejó ahí para corromper el aire: el efecto era bien desagradable y buscamos un hombre que le echó un lazo a las patas y salió galopando con ella a la rastra...
Entre el campo de cricket y el río hay una ancha franja de terrenos pantanosos donde, a despecho de los paseos que hacen en días festivos los barberos franceses y los deportistas ingleses, pueden hallarse todavía becasinas y patos silvestres. Allí vi por primera vez, con sorpresa y deleite, los grandes flamencos de alas rosadas."

En 1866 se realizó el primer torneo de atletismo, y un año después se fundó la Buenos Ayres Athletic Society y comenzaron con mayor regularidad las prácticas de salto en alto y largo, las carreras a pie sobre 100 y 440 yardas, las carreras con obstáculos, el lanzamiento de disco y martillo, los saltos con garrocha, etc. (The Standard, 30/5/1867). Al año siguiente se fundó el Buenos Ayres Football Club y en junio de 1868 comenzaron los encuentros todavía esporádicos en la cancha de Palermo.

A partir de la década de 1860 se fueron incorporando paulatinamente, con gran predicamento entre los alumnos de colegios británicos y los empleados ferroviarios, otras actividades como el tennis, el golf, el polo, el boxeo, el yachting, etcétera.

No trataremos en este trabajo el desarrollo de estos deportes, que exigen una consideración específica y mayor abundancia de detalles, pero consignamos que en forma lenta y selectiva en algunos casos (cricket, polo, tennis) o rápida y masiva (como el fútbol), estos deportes ganaron el favor de los criollos y contribuyeron a definir algunas de las características lúdicas de la actual sociedad argentina.

También se debe a la influencia británica, francesa y norteamericana, el arraigo de juegos de naipes como el poker, el bridge, el baccarat, el rummy, etc., que desplazaron a numerosos juegos de origen español o criollo en las preferencias de los jugadores de ciertas clases.

.html] PARTE 2 http://www.taringa.net/posts/info/2212986/Juegos-Tradicionales-de-Argentina-[Parte-2].html