La batalla de Los Ángeles



La batalla de Los Ángeles - OVNI 1942



Poco después de la media noche del lunes 23 de febrero de 1942 un submarino japonés emergió cerca de la orilla a unos 20 kilómetros al Norte de Santa Bárbara, California. En aquel sitio se encontraba localizado el campo y la refinería petrolera de Ellwood. Desde la cubierta del submarino se dispararon 25 obuses de cinco pulgadas. El ataque duró veinticinco minutos, aunque no produjo daños de consideración.

El Fourth Interceptor Command ordenó un apagón de Ventura hasta Goleta pero no envió ningún avión para repeler el ataque y hundir el submarino. Los Ángeles Times informó a sus lectores:

“Desde Santa Bárbara, área del ataque submarino del lunes por la noche, el abogado de distrito Percy Heckendorf dijo que solicitaría al teniente general John L. DeWitt, oficial en jefe del comando occidental de la defensa, que hiciera del Condado de Santa Bárbara un área restringida para los enemigos y también para los japoneses nacidos en Estados Unidos. “Hay pruebas convincentes”, afirmó Heckendorf, “de que hubo señales desde la orilla guiando al enemigo”. Heckendorf dijo que la gente responsabilizará al general DeWitt si no actúa. Los oficiales del ejército, mientras tanto, estudiaban más de 200 libras de fragmentos de misiles disparados por el submarino, que causó daños de solamente $500 en el campo petrolero de Ellwood cerca de Santa Bárbara”.

Se extendió el rumor entre los vecinos que el capitán, o uno de los oficiales en el submarino japonés, había trabajado en el campo petrolero de Ellwood algunos años antes de iniciar la guerra. La historia decía que el hombre estaba resentido por sus antiguos compañeros de trabajo que lo molestaban por sus rasgos orientales. Antes del inicio de la guerra había regresado a Japón y ahora regresaba para guiar y dirigir el submarino al área para atacarla.

No se sabe si este fue un hecho real o algo inventado por los servicios de inteligencia para crear temor entre la población americana de la costa Oeste. En ese sentido nos lleva a pensar la apatía del Cuarto Comando de Interceptores, al no enviar ningún avión para defender las instalaciones de la refinería. Si esto fuera así, el rumor sobre el antiguo trabajador japonés de la refinería de Ellwood sería parte de esta campaña xenofóbica, que se iría incrementando en el transcurso de la guerra.

Todo esto ocurría a tan sólo unas semanas del ataque japonés a Pearl Harbor, del 7 de diciembre de 1941. Era de entender el grado de psicosis al que estaba sometida la población civil.

Dos días después, el miércoles 25 de febrero, las sirenas antiaéreas comenzaron a sonar en el condado de Los Ángeles poco después de las 2 de la mañana. Millones de californianos se despertaron con el sonido de las sirenas. Muchos otros que estaban despiertos en los bares y clubes nocturnos, como el Trocadero, en Hollywood, se metieron debajo de las mesas.

A las 2:25 se ordenó un apagón en toda el área a fin de ocultar la zona a los aviones enemigos. Se prohibió el uso de teléfonos. También se mandó que las estaciones de radio salieran del aire, a las 3:08. Hubo algunos incidentes aislados en los que no se acató la orden de apagar las luces: algunos anuncios luminosos en el interior de las tiendas; semáforos que continuaban funcionando en algunos cruceros.

También hubo detenidos por no acatar la ordenanza. Curiosamente todos fueron ciudadanos americanos de ascendencia alemana, italiana o japonesa. John Y. Harada, por ejemplo, un vendedor de verduras de 25 años, fue acusado de violar la ordenanza. Al ser detenido por el sheriff capitán Ernest Sichler, se le acusó de negarse a apagar las luces de su camión en el que transportaba coliflores a un mercado local. Algo parecido le ocurrió a Giovouni Ghigo, de 57 años, que fue detenido mientras conducían su camión repleto de flores con rumbo al mercado. Finalmente Walter E. Van Der Linden, lechero de Norwalk, fue acusado de no apagar sus graneros de ordeña.

Mientras tanto los diversos grupos militares y voluntarios civiles se reportaban a sus puestos para repeler la incursión japonesa. En Inglewood estaba el 65 regimiento de artilleros (antiaéreo); y en Santa Mónica el 205 regimiento antiaéreo. Pero pasaron los minutos y nadie veía algo fuera de lo común en los cielos. Algunos civiles regresaron a la cama.

A las 3:36, sin embargo, se dio una nueva alarma. Esta vez fue seguida por el retumbar de las baterías antiaéreas de la Army’s 37th Coast Artillery Brigade. El cielo destellaba con la explosión de obuses de 12.8 libras. La mayor parte de los californianos estaban aterrados, pero el secretario de guerra Henry Stimson elogió la rápida respuesta del 37th.

¿AVIONES O GLOBOS?

El ufólogo Ralph Blum, que en ese entonces tenía nueve años, escribió que pensó que “los japoneses estaban bombardeando Beverly Hills”.

“Había sirenas, reflectores, incluso armas antiaéreas rugiendo a lo lejos en los cielos sobre Los Ángeles. Mi padre había sido un observador de globos (en la AEF) en la Primera Guerra Mundial, y él sabía cómo se escuchaban las grandes armas cuando las oyó. Le ordenó a mi madre llevar a mis hermanas, que eran bebés, al cuarto subterráneo de proyección -nuestra casa tenía toda la parafernalia de Hollywood-mientras él y yo salimos al balcón”.

“¡Qué escena! Eran después de las tres de la mañana. Los reflectores buscaban en el cielo occidental. Los traza-líneas volaban por el cielo. El traqueteo era terrible”.

El fuego continuó intermitentemente hasta las 4:14. Se dispararon 1,430 obuses de artillería. La metralla dañó a varias personas. Una manada de vacas lecheras fue golpeada pero solamente murieron algunas vacas.

Varias propiedades resultaron dañadas por los obuses antiaéreos. En un distrito residencial de Los Ángeles, la casa de la señorita Blanch Sedgewick resultó con severos daños en la puerta del garaje y varias ventanas rotas. Lo más impactante fue que parte de la metralla cayó en la cama en donde momentos antes había estado dormida con su sobrina, Josie Duffy.

Una escuadrilla de bomberos de Santa Mónica fue enviada para quitar un obús antiaéreo sin explotar en una calzada. Otras bombas sin explotar destruyeron las calles, hogares y edificios públicos. Milagrosamente en términos de las toneladas de misiles lanzados, sólo se reportaron dos personas heridas por los fragmentos de los obuses que cayeron, dos personas murieron en accidentes, dos debido a los obuses antiaéreos y dos más murieron de ataques del corazón directamente atribuibles al operativo. Entre ellos estaba el guardia estatal Henry B. Ayers, de 63 años, que conducía un carro de municiones. Los médicos dijeron que un ataque del corazón era al parecer el responsable. De la misma forma se explicó la muerte de un guardia de ataques aéreos en servicio. El sargento de la policía, E. Larsen de 59 años, de Long Beach, murió en un accidente de tráfico mientras estaba en ruta a un puesto de defensa antiaéreo. Finalmente se reportó la muerte de una mujer en una colisión automovilística en Arcadia. En total murieron 6 personas.

A pesar de la enorme cantidad de obuses AA, de 12 libras, disparados por las baterías antiaéreas, no se derribó ningún avión enemigo, y curiosamente estos supuestos aviones no dejaron caer ninguna bomba Más extraño: no se escuchaba el motor de ningún avión.

Se informó de la presencia de estos objetos en casi toda la zona. Estaban por todas partes. Se les vio por primera vez cuando estaban sobre los estudios MGM de Culver City y Santa Mónica, al Sur de Los Ángeles. También se les vio en Redondo Beach, Long Beach, Huntington Beach, Santa Ana, Inglewood y Santa Mónica. Algunos pensaron que era una escuadrilla completa de aviones, pero otros informaron de una especie de dirigible no rígido, pues se movía muy lentamente y no hacía ruido. Según estos reportes, uno de los objetos se movió de Santa Mónica a Long Beach, unos 32 kilómetros, en un lapso de 30 minutos.

Los especialistas en aparatos más ligeros que el aire (dirigibles), de Akron, Ohio, dudaron que pudiera ser un dirigible no rígido japonés porque los japoneses no tenía ninguna fuente conocida de helio, y el hidrógeno era demasiado peligroso de utilizar bajo condiciones de combate. Pero estos especialistas nunca se enteraron de la existencia de los Fugos (ver el artículo de Kentaro Mori sobre los Fugos aquí) que de hecho utilizaban hidrógeno y cuya función era sembrar el terror al momento de lanzar sus bombas incendiarias o inflamarse ellos mismos.

El único que habló de una formación de aviones enemigos fue el redactor Peter Jenkins de Los Ángeles Herald Examiner: “Podía ver claramente la formación de V de cerca de 25 aviones plateados por encima que se movían lentamente a través del cielo hacia Long Beach”.

Pero no todos estaban seguros de la presencia de aviones o de que, por lo menos, las observaciones fueran objetivas. El jefe de la policía de Long Beach J. H. McClelland dijo, “Miré lo que fue descrito como la segunda oleada de aviones desde la parte superior del Long Beach City Hall de siete pisos. No vi ningún avión pero los hombres jóvenes que estaban conmigo dijeron que si lo veían. Un observador experimentado de la marina de guerra con prismáticos de gran alcance Carl Zeiss dijo que él contó nueve aviones en el cono del reflector. Dijo que eran de color plata. El grupo pasó adelante de una batería de reflectores a otra, y bajo fuego antiaéreos, voló en dirección de Redondo Beach y de Inglewood del lado de la tierra de Fort MacArthur, y continuó hacia Santa Ana y Huntington Beach. El fuego antiaéreo era tan pesado que no podíamos oír los motores de los aviones”.

El reportero Hill Henry de Los Ángeles Times escribió, “yo estaba suficientemente lejos para ver un objeto sin poder identificarlo… yo estaría dispuesto a apostar el dinero que tengo que hubo varios golpes directos sobre el objeto”.

“Los reflectores exploraron los cielos y las armas antiaéreas que protegían las vitales fábricas de aviones y de construcción naval entraron en acción. Las siguientes horas dispararían más de 1,400 obuses a un objeto móvil no identificado, lento en el cielo sobre Los Ángeles que parecía un dirigible no rígido, o un globo”.

CAMPOS DE CONCENTRACIÓN AMERICANOS

Algunos incluso informaron duelos entre los supuestos aviones japoneses y los americanos, cosa que nunca ocurrió simple y sencillamente porque no fue enviado ningún interceptor. Tal vez fue una confusión al ver las balas trazadoras disparadas desde estaciones de tierra militares y algunas personas confundieron el patrón de fuego hecho por estos proyectiles con combate aéreo. Otros observadores reportaron objetos luminosos que fueron descritos como bengalas rojas y blancas en grupos tres rojas y tres blancas, encendidas alternativamente, o de cadenas de luces rojas que parecían algo como un papalote iluminado.

Los periódicos sugirieron que algunas de estas luces fueron causadas por japoneses americanos señalando el camino con bengalas para los aviones japoneses que se acercaban para dirigirlos a los blancos seleccionados. Todo esto era parte de una campaña histérica de la prensa para detener a todos los descendientes de japoneses y ponerlos en campos de concentración.

De hecho agarraron a tres japoneses, dos hombres y una mujer, en la ciudad de playa de Venice acusados de señalar con linternas cerca del embarcadero. Los enviaron a la jefatura del FBI, en donde el jefe local Richard B. Hood, dijo, “a petición de las autoridades del ejército nosotros no tenemos nada que decir”.

Una investigación del Long Beach Press-Telegram estableció que: 1) no había caído ninguna bomba enemiga y 2) todas las investigaciones indicaban que nadie guiaba al enemigo desde tierra. Sin embargo los acusados no fueron liberados.

Franklin D. Roosevelt emitió la orden ejecutiva 9066, por la cual más de 80,000 japoneses americanos fueron enviados a campos de concentración en el centro del país.

A las 7:21 de la mañana, el teniente general John L. DeWitt dio la orden de alto al fuego, las sirenas anunciaron el fin de la “batalla Los Ángeles”. Las estaciones de radio volvieron al aire a las 8:23 de la mañana. Los residentes salieron a las calles y Long Beach adquirió el aspecto de una enorme búsqueda de huevo de pascua. Los niños e incluso los adultos en pijamas y pantuflas revolvían en las calles y lotes baldíos, buscando los pedazos de los fragmentos de metralla.

La policía negó los rumores de varios informes de aviones que habían sido derribados, dijo que todos eran falsas alarmas. La oficina de Pasadena del sector sur de California del Army Western Defense Command anunció que no se había identificado ningún avión enemigo; no se había derribado ningún avión; no había caído ninguna bomba; y ningún interceptor americano había salido de tierra para perseguir al intruso.

El mismo secretario de la Marina Frank Knox anunció que no se había avistado ningún avión. El fuego antiaéreo había sido accionado, dijo, por una falsa alarma y el nerviosismo de la guerra. También sugirió que algunas industrias de guerra a lo largo de la costa tendrían que ser movidas al interior a puntos invulnerables a los ataques de los submarinos enemigos y de los aviones lanzados desde portaviones.

Los Ángeles Times exigió una explicación completa de Washington. The Long Beach Telegram se quejó de que los oficiales del gobierno que en todo el tiempo habían deseado mover las industrias manipulaban el asunto para propósitos de propaganda. Y el Long Beach Independent observó que: “Hay una misteriosa reticencia sobre todo esto y parece que una cierta forma de censura está intentando parar la discusión del asunto. Aunque era noticia candente ningún comentarista de radio nacional le dio más que una simple mención”.

Una semana más tarde el general Mark Clark reconoció que los puestos de vigía del ejército creían haber detectado lo que pensaron eran cinco aviones ligeros que se acercaron a la costa en la noche del ataque aéreo. No se había enviado ningún interceptor para controlarlos, dijo, porque no había habido un ataque masivo.

George Marshall escribió un memorando al presidente Roosevelt sobre el incidente, que se desclasificó en 1974. Marshall concluyó que un avión convencional estaba implicado, probablemente las “fuentes comerciales, operadas por los agentes enemigos con objeto de dispersar la alarma, divulgando la localización de posiciones antiaéreas, y retardando la producción con el apagón.”

EL OVNI DE LOS ÁNGELES

Años después algunos ufólogos rescataron el incidente y supusieron que no se había tratado de aviones japoneses sino de platos voladores. Como prueba mostraban la fotografía publicada en los periódicos de la época en la que aparecían nueve haces de luz de los reflectores convergiendo en un punto.

Durante mucho tiempo los ufólogos publicaron esta fotografía indicando que los puntos luminosos eran los ovnis, pero en realidad se trata de los destellos producidos por el fuego antiaéreo. En el pie de foto original se puede leer:

“BUSCANDO EL OBJETO – Los haces de los reflectores construyeron una maraña de rayos de luz sobre Los Ángeles ayer por la mañana durante la alarma. Esta foto fue tomada durante el apagón; muestra nueve haces que convergen en un objeto en cielo en área de Culver City. Los destellos de luz que se muestran en el ápice de los ángulos de los haces fueron hechos por los obuses antiaéreos”.

Con pruebas tan endebles es con lo que se conforman los ufólogos. Bruce Maccabee cree identificar un ovni (por extraño que suene esta frase) en el lugar en donde convergen los reflectores, pero sus análisis son tan malos como casi todos sus trabajos anteriores (ver, por ejemplo, los análisis de Gulf Breeze, el ovni de la Fuerza Aérea Mexicana, por citar tan sólo dos casos).

Parece que todo el incidente de “La Batalla de Los Ángeles” se debió a una histeria colectiva debida a la crisis de guerra. No hubo tal ataque de aviones japoneses y mucho menos ninguna presencia de platos voladores de otros mundos, pero uno podría pensar que pudiera tratarse del primer ataque de globos Fugo. Existen todavía muchos documentos no liberados sobre este hecho histórico, quizá en el futuro tengamos las respuestas.





GRACIAS POR COMENTAR