La Armadura


Las primeras referencias que se tiene de las protecciones para la guerra son los camisotes de piel de búfalo guarnecidos con escamas metálicas de los soldados asirios que bien llegaban hasta las caderas o hasta los pies, según fueran armados a la ligera o de manera más completa, especialmente los jinetes. También de esta época pueden datarse las primeras espinilleras, que cubrían la parte anterior de las piernas. En el antiguo Egipto se utilizaron pieles de cocodrilo y cascos de cuero endurecidos con refuerzos de bronce desde el 4.000 a. C. Desde Egipto se generalizaron estas protecciones hacia todo el Oriente Próximo, de manera que fueron también utilizadas por los persas, partos y sármatas.

En Siria, hacia el siglo XV a.C., se reforzó el traje típico, una camisa con mangas, mediante escamas de bronce, y fue utilizado como armadura por aquellos combatientes que, al ir subidos en carros y tener las dos manos ocupadas, no podían sostener un escudo; las escamas se cosían a una tela o se entretejían en hileras flexibles de laminillas. Los cascos, en forma de gorras ajustadas de cobre batido, fueron utilizados por primera vez por los sumerios desde épocas mucho más remotas.

Los griegos y romanos llevaban corazas de bronce, así como protectores de antebrazos y espinillas. Los romanos utilizaron fundamentalmente la loriga de escamas de metal (aunque también de hueso y de cuerno), que iba cosida con lienzo o cuero por medio de correas o alambres y cubría, además del pecho, la espalda, el vientre, las caderas y los hombros; en el caso de los soldados de caballería pesada, éstos usaban una armadura semejante que les cubría hasta los pies y las manos. El desarrollo de la armadura se detiene con la caída del Imperio Romano.

La armadura hace su reaparición en la época carolingia, recogiendo con algunas modificaciones el equipamiento de finales del Imperio Romano. De esta manera, la mayoría de las armaduras se fabrican con diversas piezas de metal (hierro o bronce), cosidas a un forro de cuero.

En el siglo X aparece en escena el caballero armado. Entonces, la armadura no será solamente una protección para el que la lleva, sino también una enseña, un signo distintivo que lo diferencia de los demás y que muestra su rango.

Con el transcurrir del tiempo y la evolución de las técnicas de combate, poco a poco fueron creándose protecciones hechas de fuertes chapas metálicas (launas) que aumentaban la eficacia de la defensa, al desviar las puntas de lanzas y los proyectiles, haciéndolos resbalar por su superficie cuando el ángulo de incidencia fuese pequeño. El metal fue poco a poco mejorándose hasta llegar al acero templado. Nacieron así las armaduras de placas, fabricadas artesanalmente por maestros armeros que martilleaban las chapas para más tarde calentarlas en una fragua y, posteriormente, dejarlas enfriar; las distintas piezas se iban forjando a partir de unos moldes realizados a tal efecto.

Hacia el siglo XIV es cuando ya se puede establecer el momento en el que aparece la armadura de placas tal y como tradicionalmente se conoce. Lo que hacia finales de dicho siglo el llamado arnés blanco o armadura de punta en blanco era lo que todo caballero que se preciara ansiaba poseer como arnés completo.


El inodoro


Se cree que fue hacia el siglo III o II a. C. cuando los romanos inventaron el orinal (matula), que durante veintidós siglos sería un utensilio doméstico básico.

Durante el siglo XVIII, la única innovación en este campo, técnicamente secundaria, fue la instalación en algunas casa de pozos negros que iban a dar a unas tinas especiales (conos truncados de 86 cm de alto, 40 de base y 26 de boca), sistema inventado en 1786 por P. Giraud; las tinas eran transportadas periódicamente a las afueras de las ciudades para vaciarlas. Sin embargo, la urbanización progresiva de las ciudades y el crecimiento demográfico hicieron la situación insoportable.

Entre 1865 y 1885, se producen dos inventos sucesivos, que muy pronto se complementarían. El primero es un invento colectivo, anónimo, surgido de una institución conocida entonces como escuela monje, que luego se la conocería como el instituto Carnot de París: es la taza de retrete, muy parecida a la que conocemos actualmente, provista de una tapa horadada de manera que puede subirse y bajarse; la tapa en cuestión era entonces de chapa. Este modesto invento se impuso finalmente al asociarse con otro invento, el del inglés Thomas Crapper, que al parecer data de 1886: la cisterna de agua. Craper tuvo la idea de instalar encima de la taza, a cierta altura, un depósito con capacidad para diez litros de agua que por medio de un sistema de palanca liberase su contenido al tirar de la cadena. La función de la cisterna era por tanto expulsora y limpiadora, pero además favorecía una valiosa ventaja complementaria, y es que al diluir las materias fecales contribuía a que los vertidos finales sobre los ríos fueran mucho menos densos.

Crapper, por otra parte, modificó también el diseño de la taza incorporando el sifón, que garantizaba que siempre hubiese en el fondo de esta una pequeña cantidad de agua relativamente limpia que aislaba el bombillo del conducto de bajada. Su water-closet, el famoso inodoro, protegía por fin a la vivienda de emanaciones perniciosas.

Sin embargo, su invento sólo pudo triunfar una vez que se impusieron sistemas de alcantarillado público y se garantizó el suministro de agua corriente a todas las viviendas, algo que no se ha conseguido hasta muy entrado el siglo XX.


Toallitas de Papel - Kleeflex

Hoy utilizamos este tejido como pañuelo desechable, pero no fue ese su propósito original, tal como lo concibió su fabricante después de la guerra 1914-1918. Al iniciarse la contienda había escasez de algodón, y se creó un sucedáneo de notable absorbencia como vendaje quirúrgico en los campos de batallas y en los hospitales de sangre. Una versión todavía más absorbente de este material encontró uso como filtro del aire en las máscaras antigás. La compresa, semejante al algodón y producida por KimberIy-Clark con el nombre de Cellucotton, fue fabricada en cantidades tan enormes que, después de la guerra, sus excedentes llenaron almacenes enteros.

La compañía buscó entonces un uso en tiempo de paz para aquel producto cuyo perfeccionamiento había requerido años. Una aplicación posterior para el Cellucotton sería el Kotex, una nueva compresa femenina, pero su primer éxito rotundo en la posguerra fue un producto de belleza, un tejido impregnado en colcrén y empleado por las estrellas de Hollywood y Broadway para eliminar el maquillaje.

Con el nombre de Kleenex Kerchiefs, fue objeto de una intensa promoción como sustituto desechable de las toallitas para la cara, y un paquete de un centenar de unidades se vendía a sesenta y cinco centavos. En los anuncios publicados en las revistas aparecían celebridades tales como Helen Hayes, Gertrude Lawrence y Ronaid Colman, y se explicaba a las mujeres americanas que los Kleenex Kerchiefs eran un medio “científico” y elegante para eliminar el colorete, la base, los polvos y el rojo de labios. Esta campaña en la que colaboraron estrellas funcionó a la perfección, y durante cinco años las ventas de Kleenex aumentaron sin cesar, pero después se produjo un fenómeno inesperado. Cartas y más cartas de los consumidores llegaron a la central de la empresa, alabando el producto como pañuelo desechable. Los hombres preguntaban por qué no se promovía en este sentido, y las mujeres se quejaban de que sus maridos se sonaban con sus Kerchiefs al colcrén.

El correo de la clientela se incrementó a fines de 1921. Este año, Andrew Olsen, un inventor de Chicago, había ideado una nueva y revolucionaria caja dispensadora de cuadrados de tejido, que la Kimberly-Clark había empezado a producir. Su contenido consistía en dos capas de tejido separadas y dobladas sobre sí mismas. Con el nombre de Serv-a-Tissue, este producto convenció todavía a más usuarios gracias a su rápida y fácil accesibilidad, que representaba una genuina ventaja para bloquear un repentino estornudo.

La dirección de la KimberIy-Clark, confusa y dividida, decidió en 1950 sondear el mercado para dejar bien aclarada la doble finalidad del tejido. Un grupo de consumidores de Peoría, Illinois, fue invitado a remitir a la empresa uno de los dos cupones que se les hicieron llegar. En uno se leía: “Estamos convencidos de que no hay nada como el Kleenex para eliminar el colcrén.” El texto del otro cupón estaba redactado en estos términos: “Estamos convencidos de que el Kleenex es maravilloso como pañuelo.” Los cupones podían cambiarse por una caja gratis en las farmacias y las tiendas locales. Cuando se contaron los votos, los números resultaron decisivos: el sesenta y uno por ciento de los remitentes de cupones se habían pronunciado por el uso como pañuelo.

La compañía empezó entonces a promover su producto como pañuelos desechables, y la campaña tuvo tal éxito que la dirección de la empresa concibió más de una docena de usos hogareños para el Kleenex, tales como limpieza y pulimento de muebles, eliminación de restos de comida en el interior de cacerolas y sartenes, escurrido de la grasa en las patatas fritas, y abrillantado de parabrisas. De hecho, una nota insertada en 1936 en los paquetes de Kleenex enumeraba cuarenta y ocho usos prácticos para el producto. No obstante, el público seguía comprándolo sobre todo para sonarse la nariz.


El Alfiler

El alfiler es una espiguilla ordinariamente de metal destinada a sujetar; termina a su extremo inferior en punta y en el superior en una cabeza cuyo objeto es evitar que el alfiler pase por el orificio abierto. Existen alfileres desde la más remota antigüedad; de la Edad Prehistórica se encuentran muchos ejemplares. La fabricación de la primera clase de alfileres, aunque muy antigua, no constituyó artículo de verdadera importancia hasta el s. XV de nuestra era. La materia de que se construían era muy variada, predominando los de hierro y bronce. La forma de los modernos alfileres data de los tiempos de Roma. Su fabricación era muy sencilla, consistiendo solamente en afilar por la punta una varilla delgada de metal y retorcerla por el otro extremo para formar la cabeza. Con el invento del estirado de alambre y sus aplicaciones en los ss. XIII y XIV, entró la industria de los alfileres en un nuevo periodo de desarrollo. Francia fue la primera en construir los alfileres industrialmente, proveyendo sola a las demás naciones de Europa. Inglaterra la estableció en 1.626, aventajando muy pronto a la industria francesa. En el s. XVI había empezado la fabricación de la cabeza por el método, aún hoy en uso, de las torsiones helicoidales, que se martelaban sólidamente en forma esférica, y hacia 1.680 se inventó el estampador basculante que elevó tanto el rendimiento, que un operario unía diariamente 10.000 cabezas de alfileres. Los alfileres de adorno se usaban ya en las antiguas civilizaciones de Egipto, Babilonia, Asiria y Persia; los indostanos y chinos hablan de ellos como de objetos conocidos de antiquísimas épocas. En Egipto, a juzgar por el número de alfileres hallados en los sepulcros, su industria y uso debió alcanzar un gran desarrollo, no sólo por la variedad de las formas, sino por el material que era oro, plata, marfil, hueso, etc. Pero donde llegó a su máximo esplendor fue en Grecia y Roma. Se les llamaba acus. La mayor parte estaban destinados a ser complementos del peinado. Lo que más ha variado a lo largo de los siglos ha sido la forma de la cabeza del alfiler, siendo esta de formas geométricas, zoomórficas o representando a las divinidades.


Fuente:http://www.esracodesesidees.com/category/10-inventos-con-historia/